sábado, 23 de junio de 2012

La culpa la tiene Casciari

Por Martín Estévez

Me pasa todo el tiempo. Siento unas ganas irrefrenables de escribir algo simpático y con alguna idea medio fumada en el medio, y justo cuando estoy por arrancar me doy cuenta de que todo lo que quiero decir ya lo escribieron Alejandro Dolina o Hernán Casciari. Y las ganas de escribir se me vuelven angustia, y la angustia continúa incluso cuando desisto de escribir, y termino deprimido sin saber por qué, y sin haber escrito nada.

Casciari me enseñó que Borges “dijo todo lo necesario que había para decir en el mundo. Las demás cosas que dijo o escribió el resto pueden estar bien o estar mal, pero no son tan, tan, tan fundamentales”. Qué bien escribe el hijo de puta de Casciari. Pero él, incluso afirmando que Borges escribió todo lo que había para escribir, sigue escribiendo. Debería tomarlo como ejemplo y escribir pese a todo, pero ya estoy deprimido, y no quiero escribir, ni leer, ni tomar como ejemplo a un forro que escribe tan, tan, tan bien que me deja sin ganas de nada.

Acá entre nosotros, confieso con vergüenza de principiante que había hecho un listado de temas que podía desarrollar. Siguiendo mi obsesión cronológica, me tocaba escribir algo sobre 1993. Repasé mis recuerdos de cuarto grado, de un compañero llamado Matías Podestá al que le decíamos Zapallito con el que solo compartí ese año. También pensé en contar la cantidad de lamparitas que rompíamos con Mati jugando a la pelota, y a partir de ahí recorrer mi relación con él, con mi primo, con un tipo fundamental en mi vida. Pero hace poco escribí sobre mi prima Chuna y me pareció que era abusar del recurso.

Se me ocurrió ignorar a las mujeres que se quejan de que siempre hablo de fútbol y recordar los partidos de Racing en el ’93 de un modo particular: contando en dónde estaba yo mientras se jugaban. La derrota 5-1 contra Estudiantes, por ejemplo, la escuché en lo de mi abuela Lucy; el 0-3 contra Vélez, en un parque al que habíamos ido porque mi hermana quería ver a los de Festilindo, que cantaban ahí; el 2-0, también contra Vélez y con gol de chilena de Fleita, en el viejo departamento de mi papá; el 1-0 a Mandiyú fue un viernes a la noche, porque recuerdo que el gol nació desde la radio de mi abuelo, semidormido, y que me acerqué a escuchar si había sido de Racing o de los correntinos.

Hablando de Víctor, podría haber detallado los orígenes del prode familiar, que empezamos con Mati en el Clausura '93 y que, con interrupciones, sobrevivió justamente hasta que sobrevivió mi abuelo, en 2010. O usar como excusa que en esa época Mati me hizo escuchar por primera vez un cassette de Fito Páez (El amor después del amor, claro) para hacer una defensa ciega y pasional de la obra de Rodolfito.

Había pensado en todo eso, y también en adornar mis aburridas búsquedas de comics en el Parque Rivadavia, que empezaron por esa época, para ver si algún lector desprevenido se emocionaba en diferido con un pequeño buscando el (todavía inhallable) especial número 4 de la Liga de la Justicia.

Pero, como un adolescente que antes de masturbarse mira porno en Internet, agarré un libro de Casciari para motivarme. O para afanarle ideas. Justo lo que no tendría que haber hecho. Así me dejó: deprimido, entendiendo que mis ideas son galletitas de agua húmedas, rancias, con las que es imposible cocinar un texto riquísimo como los de Casciari, o nutritivo como los de Dolina. Me acaba de explotar en la cara lo lejos que estoy de ser un buen escritor.

Sin embargo, desde el mismo libro, Casciari me tira ánimo: “El arte sólo requiere un 10% de talento; el resto es práctica tenaz y constante”. La frase no es gran cosa, pero de algo tengo que agarrarme. Y escribo. Escribo con tenacidad y constancia, aun sin saber sobre qué. Dejo para otro día la historia de las lamparitas, la de la radio de mi abuelo o mis tardes en el Parque Rivadavia, pero escribo, lo que puedo y como puedo. Estoy lejos de crear con mis letras las Crónicas del Ángel Gris o El pibe que arruinaba las fotos, pero voy a seguir insistiendo, como insistía ese gordito de 9 años que escuchaba a Racing en diferentes radios, que no entendía las letras de Fito y que, cada vez que Mati le pegaba demasiado fuerte a la Caprichito naranja, se tapaba la cabeza porque sabía que, instantes después, pedacitos de vidrio que antes habían sido una lamparita jugarían a ser lluvia.

No hay comentarios: