jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que aprendí en un balcón

Por Martín Estévez  ¤¤¤  Ilustración: Leandro Ramos

Es 21 de diciembre del 2000 y estoy nervioso. Tengo 16 años y desde hace nueve espero una noche como ésta. No es la fiesta de egresados de mi hermana Gaby lo que me tiene así, si no lo que va a pasar en esa fiesta: estará, invitada por mí, la chica más linda de todos los barrios. No tengo chances con ella: está de novia y no le gusto. El deseo es verla, por una vez, fuera del colegio. Charlar cinco minutos con ella. Sólo eso. Yo no lo sé, pero al final de la noche me llevaré una grandísima sorpresa.

Estoy enamorado de Violeta desde los 7 años. Siempre fui feo, gordo y torpe, pero empecé a cambiar hace poco. Crecí, adelgacé, tomé confianza. Me siento otro: hasta tengo amigos. Y ellos forman parte del plan. La idea es juntarme con Marcelo y Juan Manuel, pasar a buscar a Rosana, e ir todos juntos a la fiesta. Tres de mis cinco amigos estarán ahí para ayudarme a soportar los nervios hasta que llegue ella. Ella.


Marcelo y Juan fueron los intermediarios en la invitación, porque son amigos de Violeta. Yo no: yo sólo la amo. La amo en larguísimo silencio. El plan comienza bien pero sufre un imperfecto cuando pasamos a buscar a Rosana.


No puedo, no puedo ir me dice en la puerta de su casa, con los ojos medio llorososDespués te explico, quedate tranquilo.


Sé lo que pasa: el papá de Rosana está otra vez borracho. Ella, su mamá y sus hermanos arrastran esa adicción desde hace años. La sufren. Cuando toma, es mejor quedarse en casa, para que no se dañe ni dañe a los demás. Dudo un segundo sobre qué decir, qué hacer. Ella me salva.


Andá, Mar me dice. Es una noche importante para vos. Va a salir todo bien, vas a ver. Mañana me contás todo.


Las palabras de Rosana me tranquilizan. Si ella, en esa situación, tiene la generosidad de desearme el bien, tengo que responder con valentía. Vivir la noche en serio, disfrutar de Violeta sin profesores, guardapolvos ni horarios en el medio. Aprender a decirle "hola, gracias por venir" sin temblar como una hoja.


La fiesta avanza rápido. A Gaby la quiero, pero casi no presto atención. Hay cena, música, palabras emotivas. Eso que hay siempre. Yo sólo espero que nada raro pase, que todo siga su curso, que no se arrepienta: que Violeta entre, a la hora pactada, por la puerta principal del salón Torre del Sol.


Termina la parte formal de la fiesta y se acerca el momento esperado. Me siento más raro de lo que pensaba. Más incómodo de lo que pensaba. La noche, la música fuerte, las risas artificiales siempre fueron mis enemigas, pero eso no debería pasar hoy. No esta noche. Pienso por qué, por qué estoy tan raro, hasta que la veo. La veo. Ella.


Guau.


La había visto ciento ochenta veces por año. Tal vez mil ochocientas veces desde que la conocí en sala verde. Pero nunca así: con un vestido hermoso, los ojos delineados, sin tiza alrededor. Ay, Violeta, de dónde saliste, quién te trajo al mundo, quién me dio el derecho a conocerte. Qué se hace, cómo se hace, cómo te arranco de donde nunca estuviste. Ay, Violeta. Ay.



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Después de la conmoción inicial, todo vuelve a la normalidad. Violeta está simpática y conversa cosas triviales con nosotros. La música aturde, algunos gritan y circulan jarras con alcohol que no acepto. Estoy bastante callado y termino alejándome para deambular por el inmenso salón. No sé qué me pasa. No sé qué otra cosa esperaba.

Ya son casi las tres de la mañana y necesito aire. Salgo a un balcón lujoso que muestra casi toda la ciudad de Banfield y me siento en un escaloncito. Por primera vez hay luz nítida, y me miro: tengo una camisa arremangada, un jean canchero, el pelo corto. Después de mucho tiempo, no me siento feo. Pero me siento raro.

—¿Puedo? me pregunta Violeta y se sienta al lado mío con dos (dos) copas de algo. Sonríe. Me da una.

Son las tres de la mañana de una noche del mundo en la que no me siento feo y en la que Violeta se sienta al lado mío y me da una copa. Sopla un viento veraniego, siento su perfume, estamos en un balcón hermoso, con unas luces hermosas, con copas en la mano, ella tiene un vestido y yo tengo una camisa. Si hubiera imaginado algo para esta noche no habría sido tan perfecto como este momento. Si tuviera que guardarme una sola imagen de mi vida, un solo momento, sería este, este instante, esta noche, este silencio y est...

—¿Por qué estás triste? me dice ella. No entiendo lo que me me pregunta.

—¿Qué? le respondo.

—Si no querés no me digas, pero estás triste. Se te nota.

—No... No sé... —titubeo.

—¿Pero en qué pensás? me pregunta con vos suave, y me mira.

—No, que iba a venir Rosana, también... Pero tiene problemas en la casa, medio complicados... Ojalá esté bien.

—Es lindo que te preocupes por ella me sonrió. Va a salir todo bien, vas a ver. Mañana la llamás y listo... ¿Pero igual hubieras querido que venga, no?

—Y sí... La verdad que sí.

Nos quedamos en silencio, viendo la luna, durante varios minutos. Largos, pacíficos, enormes minutos. Minutos de verdad. Después aparecen Marcelo y Juan, un poco excitados, y se llevan a Violeta hacia otra parte. Yo me quedo solo, sentado, mirándome las zapatillas, con una copa en la mano, pensando, mirando, entendiendo, preguntándome, razonando y volviendo a entender. A entender.

Ay, la puta madre que me parió: estoy enamorado de Rosana.

martes, 19 de julio de 2016

El Asesino Anónimo

Por Martín Estévez

Ahora escribo por muchas razones: por cariño, por soberbia, para que me quieran, a veces por dinero y casi siempre porque me parece justo. Pero a los 15 años escribía por una sola cosa: por necesidad. Escribía mucho. Muchísimo. Alguna vez, en esos tiempos, empecé a contar cuántas palabras decía y cuántas escribía en una semana, porque tenía la teoría de que escribía más de lo que hablaba. Perdí la cuenta un martes, pero hubiera sido una competencia pareja.

Mi compulsión por la escritura empezó de chico, anotando resultados deportivos. No los reales: inventaba otros, un poco por aburrimiento y un poco para que Racing ganara alguna vez. Después formé un equipo artístico: mi primo Matías dibujaba y yo escribía. En general, eran superhéroes creados por nosotros, pero una vez nos cebamos y armamos un libro de 48 páginas, tipo "Elige tu propia aventura", con la carrera de un futbolista ficticio. Todavía lo tengo.

Luego empecé con los poemas: montones de reflexiones básicas adolescentes que casi siempre ocultaba por vergüenza; algunas de las cuales, por desvergüenza, ahora aparecen en este blog. Como este extracto de un ensayo llamado 'Y siempre':

Porque al tornillo que nunca se te perdió lo volviste a encontrar 
Y porque siempre falta una linterna cuando estás en cortocircuito
Porque con ese tornillo no la podés fabricar 
Y porque igual lo intentás, lo intentás y lo volvés a intentar
Porque casi lo lográs
Y porque es eternamente casi.

El verso me resultaba fácil, porque escribir en verso es esconder un poco la verdad. Escribir en prosa, en cambio, sin fórmulas ni rimas ni métrica, es más difícil: es descubrir un poco la verdad.

Cuando empecé el Polimodal (últimos tres años de colegio), buscaba desesperadamente cómo comunicarme, pero lo único que encontré fue un boleto del colectivo 562 en mis bolsillos. No importó. Agarré la birome y anoté, en el boleto, seis palabras:

Van a morir

El Asesino Anónimo 

Esperé al recreo y lo dejé sobre el banco de Ivana, porque me parecía la más potra de mis nuevas compañeras. Sin saberlo, estaba empezando mi primera obra literaria: entre 1999 y 2000, escribiría 100 capítulos de El Asesino Anónimo, más una miniserie de cuatro partes sobre un personaje secundario: Bibbo.

El Asesino Anónimo fue una mezcla de formatos, un híbrido con poco sentido. Los primeros textos eran frases sueltas que simulaban ser avisos de películas. Pero una mañana encontré en la calle un montón de fotos viejas desparramadas y me animé: abandoné los boletos y empecé a escribir detrás de esas joyas en formato 10 x 15 que me permitían desplegar mis ideas.

Mis ideas, claro, no eran más que la suma de ideas robadas a decenas de guionistas de historietas. Mi único mérito, si es que tenía alguno, era reducir historias de 300 o 400 páginas al reverso de una foto.

En el primer año se publicaron 50 breves capítulos. Desde el 11 al 18, la fórmula fue tosca: se presentaba un personaje (el Pequeño Justiciero, el Violador de Leyes, la Chica Asesina) y una duda ("¿Qué tenebroso secreto guarda nuestro justiciero preferido?") que nunca era resuelta.

A partir del capítulo 19 comenzaron pequeñas sagas, como Guerra en Buenos Aires (en la que el enemigo era el presidente Carlos Menem); Guerra en el Instituto (a partir de ahí mis compañeros se convirtieron en protagonistas de la historia); Héroes enamorados (el Asesino se separaba de su novia); y la elaborada Crisis en Tierra Asesina, en la que murieron varios protagonistas y el Asesino Anónimo terminó encontrándose con alguien muy especial.

Llegaron las vacaciones y, cuando empezamos segundo año, las fotos se estaban terminando. Un grupo de chicas (tal vez mis primeras fans) juntó plata y compró algo nada barato: un rollo de 36 fotos para que la historia siguiera. Desde el principio, avisé que todo terminaría en el capítulo 100.

Los últimos 50 textos, claro, fueron más interesantes. Mezclaban chistes inocentes, homenajes a historietas y reflexiones sociales. Entre las principales sagas estuvieron Leyendas (donde el Asesino Anónimo queda preso); Leave Me Alone y Love Song (románticas hasta lo insoportable); Todos contra todos (contaba peleas entre compañeros del colegio); y La última historia, capítulos finales en los que aparecieron más de cien personajes y conseguí cerrar el círculo dejándolo abierto.

Confieso que al año siguiente pensé retomar la saga, pero mi popularidad se había ido al tacho y probablemente ya nadie tenía intenciones de leerme.

A la distancia, 16 años después, entiendo que el Asesino Anónimo fue un blog antes de los blogs: el Palabras enreveradas de mi adolescencia. Detesto muchos de esos textos como detestaré lo que escribo ahora cuando tenga 48 años; pero no olvido que no escribía por gusto, sino por necesidad. No olvido que no estaba alardeando: estaba creciendo.

Por eso me animo a invitarlos, si tienen ganas, a recorrer la historia del Asesino Anónimo. No la recomiendo: es confusa y está llena de chistes internos. Pero hacerla pública es mi manera de homenajear, respetar y no olvidar a todos los que alguna vez fui.

Lejos de arrepentirme de aquellas historias, o de ocultarlas, las empujo hasta el presente, porque sin ellas no sería posible entender que hoy no soy periodista ni actor ni corrector ni profesor ni historiador ni reciclador ni filósofo ni analista: desde que entendí que descubrir un poco la verdad alivia la angustia, soy escritor.

sábado, 18 de junio de 2016

La basquetbolista más linda

Por Martín Estévez

Marina era perfecta. Al menos, en la imagen de mujer que yo tenía a los 16 años. Rubia, de limpios ojos celestes, prolija, sonriente. Yo la miraba desde la ventana del primer piso del colegio, y ella siempre en el patio, radiante, dulce, femenina. Pensaba que escuchar su voz pegada a mis oídos sería la sensación más maravillosa que podría existir. Sin embargo, una noche me llevé una gran sorpresa.

La conocí en el Instituto Lomas, ella tenía 14, yo 16. Me gustó apenas la vi, y a eso me dediqué durante meses: a mirarla. Marina usaba el guardapolvo al revés (la espalda en el frente) y se maquillaba los ojos encantadoramente raro, con un delineador celeste que hacía insoportable su mirada. ¡Ay, qué potra era!

Pensaba mucho en ella, en ser su novio y pasear de la mano por la calle Laprida, en comprarle un helado, en verla llorar. Incluso le escribí un espantoso poema en el que expresé maravillosamente lo que me generaba:

"Llenándome de vos y sintiéndome vacío"

Tuve la virtud de resumir, en la única línea buena del poema, lo mismo que contaré en todo este texto.

En ese momento, ya sabía que Violeta jamás me querría, entonces Marina salvó mis mañanas de la total tristeza. Pronto dejó de alcanzarme con mirarla y quise hablarle, pero era tímido. Hasta que una vez, desde la ventana, Federico Relova (que era más grande y más canchero que yo) le sacó conversación, conmigo al lado, y le dijo:

Él quiere tu teléfono.

Ella se lo dio. Todavía lo recuerdo, terminaba en 34. No piensen en un celular: estamos en el año 2000. Era el teléfono de su casa. Decidí llamarla esa misma noche.

Estaba nervioso, entonces me tomé un tiempo para pensar lo que diría. Ante una persona tan delicada, tenía que ser un caballero, demostrar que era sensible, contar que escuchaba a Alejandro Sanz. Estaba seguro de que ella también lo escuchaba. 

Hola me atendió una voz masculina, tal vez su hermano.

Buenas noches, quisiera hablar con Marina, por favor.

Sí, soy yo.

Con apenas una palabra, había arruinado a la mujer perfecta: Marina no tenía la voz que esperaba. Sonaba distinta que desde la ventana, aunque era cierto: casi no la había escuchado hablar. No era masculina por el tono, sino por la actitud: no hablaba como una señorita.

Soy el que estaba el otro día en la ventana le expliqué.

Ah, ¿el de barbita?

—No, el de anteojos.

"Tal vez ella esperaba el llamado de Federico", pensé. Pero había empezado a reconstruir mi autoestima unos meses antes y puse lo mejor de mí en la conversación. Descubrí enseguida que a ella no le gustaba Alejandro Sanz, ni cocinar, ni las novelas de la tarde: a ella le gustaba competir. Luchar cuerpo a cuerpo con chicas más altas. Entrenar tres horas por día. Marina era basquetbolista.

El punto cúlmine llegó a los quince minutos de conversación.

—¡Paráa, pelotudo! gritó ella, y se explicó. Perdoname, es que mi hermano me está rompiendo las bolas para que le preste mis rodilleras.

Yo, que quería imaginarla en vestido y sandalias, ahora la imaginaba agarrándose a piñas con su hermano para ver quién usaba las rodilleras. Cortamos cinco minutos después y decidí olvidarla para siempre: ella no era lo que esperaba.

Sin embargo, cada vez que nos cruzábamos, nos saludábamos con simpatía. Y, viéndola de nuevo desde la ventana, volvió a gustarme. Decidí darle (¿darme?) otra oportunidad y actuar, esta vez en persona, la mañana de su cumpleaños de 15. Llevé el tema a la mesa familiar.

—Me gusta una chica que no es Violeta les conté a Tati y Gaby.

—No sabíamos que te gustaba Violeta dijo Gaby.

—Te lo conté a los 7 años.

—Pensé que se te había pasado.

—No. Pero ahora me gusta otra. Mañana cumple 15 años. Le quiero regalar una flor.

Acordamos que le robara una rosa blanca a nuestro vecino favorito Luchessi y que afrontara el momento con valentía.

¡Qué largo fue el viaje a la escuela, y esperar hasta el recreo! Había que esconder la rosa sin que se arruinara. El 24 de octubre de 2000, en el patio y con mis compañeros mirando desde la ventana, por primera vez en mi vida le regalé una flor a una mujer. La miró raro, como si hubiera recibido un adorno de porcelana con forma de antílope, pero me agradeció.

Conversamos varias veces, siempre con sus amigas cerca, vigilando. Yo hacía fuerza para seguir gustando de ella, porque era hermosa. No me gustaba lo que me decía, ni su voz, ni cómo me trataba, pero quería seguir gustando de ella, porque era hermosa.

El primer día que nos vimos solos, en un aula, le pregunté si no quería que nos viéramos fuera del colegio. Ella dijo que podía ser, pero que primero tenía que ir a verla jugar al básquet en el club Temperley.

No me rechazó, pero exigió algo que me daba miedo. ¿Cómo iba a ir, con quién iba a estar, cómo me acercaría a ella, qué le iba a decir? Mientras me invadía la inseguridad, me invitó a ver fotos del último torneo que habían ganado.

Los trofeos eran gigantes, pero yo me detuve en otra imagen: ella, toda transpirada, con protector bucal, rodilleras y rodeada de chicas más grandotas y musculosas que yo. Mugrosa, después de correr durante 40 minutos, sin delineador, ni guardapolvos dados vuelta ni sonrisas angelicales.

Esas fotos pusieron otra Marina al descubierto, y desistí. Me di cuenta de que me gustaba la Marina ideal que construí desde la ventana, y no esta transpirada realidad que tenía al lado.

Sin embargo, no la olvidé. Mientras se convertía en una de las revelaciones de la selección argentina, seguí averiguando datos sobre ella, mirando sus fotos en internet, recordándola.

Me recibí de periodista y en el año 2006, cuando yo tenía 22 y ella 20, usé la excusa de hacerle una nota en una revista para volver a verla. Hablaba como antes, pero no me generó rechazo. ¿Me estaban cambiando los gustos? ¿Por qué seguía atento a una chica de rodilleras, a la que le gustaba dar codazos bajo el aro y que no escuchaba Alejandro Sanz?

Volví a cruzarla en un subte (en 2009) y en el Cenard, cuando fui a entrevistar a un jugador de voley (en 2012). Ella siempre me saludó raro, como sabiendo que me conoce pero sin saber de dónde.

En estos días, en los que la selección femenina de básquet lucha por clasificarse a los Juegos Olímpicos, la extraño. No extraño a la Marina mujer: extraño a la Marina jugadora.

Me di cuenta, por fin me di cuenta: seguí pensando en Marina porque fue la primera deportista a la que admiré. Yo, tan machista en mis gustos deportivos, sólo seguía al Piojo López, a Milito, a Pepe Sánchez. Hasta que la vi por televisión a ella. A Marina. Pese a que medía 1,65, hacía lo que quería con la pelota, aguantaba los empujones y, en cada descanso, se acomodaba el pelo.

Marina pasó casi desapercibida para mi vida sentimental, pero fue vital para mi vida feminista: me obligó a aceptar que todas las mujeres tienen en su potencial a una excelente deportista. Que yo no quiera una novia basquetbolista, es una cosa; que no pueda admirarla con total sinceridad, es otra.

Dieciséis años después, me arrepiento de no haber ido a verla jugar aquella vez. No porque eso hubiera cambiado nuestra historia, sino porque en cada reunión con amigos, en cada conversación sobre deportes, podría decir con orgullo:

—Yo la vi jugar a Marina Cava cuando recién empezaba. ¿Linda? Sí, un poco linda era. Pero lo mejor, te lo juro, era verla jugar al básquet.

martes, 31 de mayo de 2016

Los orgasmos de mi abuela

Por Martín Estévez

Quiero escribir sobre mi abuela antes de que se muera. Más que nada, por principios: para que pueda defenderse. Aunque, la verdad, mucho no puede defenderse: tiene 84 años y anda débil, duerme casi todo el día y el cerebro está empezando a fallarle. Igual, aunque no sé cuándo morirá, prefiero escribir ahora. Y empezar contando que, a grandes rasgos, mi abuela podría ingresar en el grupo conocido como “viejas de mierda”.

Puede ser que escriba enojado por el trato que me dio hoy, por el que nos da a todos, todos los días. Puede ser. Aunque le cocinan, la cuidan, la quieren, mi abuela Teofania se queja. Maltrata a sus hijas, les rompe la paciencia, las ignora. Yo soy un boludo porque hago 35 cuadras en bicicleta bajo llovizna, con 11 grados de temperatura, con las orejas congeladas para verla. Y ella, con suerte, me saluda y me pregunta cómo estoy. Se queja de alguna cosa, se da vuelta y sigue durmiendo. Eso, en un buen día.

En un mal día me ignora, o me dice que su vida es una porquería, que no tiene nada que hacer, que tiene calor o tiene frío o le arden los ojos o no escucha bien o le molesta la luz o le molesta el ruido o le molesta la lluvia o le molesta que la llamen por teléfono o le molesta que alguien, en el mundo, sea feliz. Me dice que no la moleste más y sigue durmiendo.

Alguno pensará que es porque está vieja, pero no: Fanny fue siempre así. Mucha cara de perro, mucha queja. Cuando llorabas, te retaba porque llorabas. Cuando te reías, decía su frase más de mierda:

El que se ríe de día, va a llorar de noche…

¡Qué ganas de arruinarte el momento! Me acuerdo, me acuerdo bien una noche en la que Chuna se quedó a dormir abajo y, con mi hermana, cantábamos canciones groseras, bajito. Ella entró, nos escuchó a los tres, y me retó. A mí solo. “Sabía que vos ibas a estar cantando esas porquerías”, dijo. Y se fue.

Me acuerdo, me acuerdo bien cuando dibujé una bandera para regalársela, la de su país: Unión Soviética. ¡Más contento fui a dársela! Cuando la vio, en vez de explicarme que estaba en desacuerdo con el régimen político soviético, la rompió en pedacitos, en mi cara. Y, con cara de culo, me dijo: “Nunca más dibujes algo así”.

Me acuerdo, me acuerdo bien cuando me hablaba mal, muy mal de mi papá. A solas, aprovechándose de lo indefenso que puede estar un chico de 8 años. Llegó a decir que tenía que “colgarse de una soguita”. Sugirió, enfrente mío, envuelta en su dolor de madre, que mi papá tenía que suicidarse por las cosas que había hecho.

Me acuerdo, me acuerdo bien que, cuando yo tenía 19 años, salí de mi casa y volví enseguida, porque me había olvidado algo. Entré a mi pieza y ahí estaba ella, concentrada, silenciosa: Fanny leyendo mis cartas, las cartas íntimas que me escribía con mi novia, las cartas donde ella contaba cosas sólo para mí, y yo sólo para ella. Y Fanny, infame, sentada ahí, cagándose en mi privacidad, traicionándome.

Por las dudas, les aviso a mi tía Elvira y a mi mamá Tatiana (sus hijas) que, si esto les pareció demasiado fuerte, dejen de leer, porque lo que viene es peor.

Después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que mi abuela es así porque no disfrutó del sexo. No es que disfrutó poco: no disfrutó nada. Nunca se revolcó porque sí, mi abuela. Sí, estoy diciendo sexo: besarse, manosearse, excitarse. Si hace falta, introducir un pene en una vagina. Si leer esto los pone incómodos, estamos en problemas: lo único que vamos a lograr es generar personas reprimidas como mi abuela.

Yo la escuché hablar mucho a Fanny. Muchísimo. La escuché decir miles de cosas. Pero nunca, nunca jamás de su boca, salieron las palabras placer, goce, pasión. Nunca jamás la escuché decir sexo, pene o vagina. No estaban en su vocabulario. No se las enseñaron.

A Teofania, a Fanny, a mi abuela, le enseñaron que su trabajo era cocinar, lavar y coser. Nació en Bielorrusia, hacía frío, había nieve y, a los 11 años, a veces tenía que cuidar sola a sus hermanas mellizas, que tenían 3.

Repito: a los 11 años tenía que cuidar sola a sus hermanas mellizas, que tenían 3.

Y de pronto estaba en un barco, lleno de hombres y mujeres y borrachos y camarotes chiquitos. Semanas en un barco en el que había enfermedades, pestes, fiebre, personas que morían. Ella era una niña que veía a personas morir enfermas, sin medicinas, sin cuidados, sin sepulcro.

De pronto no había nieve y frío, sino calor, y ella estaba en Paraguay, y tenía que trabajar en la casa de desconocidos cocinando, barriendo y planchando. Era menor de edad y tal vez limpiaba los restos de mierda del inodoro de una familia de desconocidos. 

Hablo de Fanny. De mi abuela.

Y en Bielorrusia y en Paraguay y en Argentina escuchó la misma cosa: que ella era mujer, y que la mujer que gozaba era una prostituta. Que la mujer que se vestía como quería era una ramera. Que la mujer que cojía por placer era una puta. “Cojer”, sí. Alguno pensará que es aberrante que yo escriba así; yo digo que es aberrante que se lo hayan hecho creer a mi abuela.

Fanny tuvo sexo sólo para cumplir con otra obligación: tener hijos. Dos veces. Me juego tres dedos de la mano a que jamás tuvo un orgasmo. Le dediqué tiempo a pensar si mi abuela tuvo o no tuvo orgasmos. No es zarpado, ni gracioso: es lo que tenemos que hacer en esta sociedad para dejar de ser machistas.

Fanny rompía las bolas con que su marido (Víctor) no la llevo nunca al cine. Se lo escuché decir mil veces. La entiendo ahora: a ella no le molestaba que Víctor fuera o no fuera al cine. A Fanny, lo que la lastimaba, era que sus decisiones dependieran de un hombre. Desde lo psicológico, porque se lo habían enseñado: ella tenía que “seguirlo”. Pero también desde lo material: Fanny no tenía un peso. Cuando ella era joven, los hombres podían comprarse cigarrillos, ir al cine, pagar una prostituta y someterla. Las mujeres, como Fanny, no podían comprarse un peine, ni un chocolate, ni una entrada de cine sin pedirle plata a su marido.

Fanny no disfrutó de su familia, porque tuvo que trabajar. Fanny no disfrutó de lo material, porque era pobre. Y Fanny no disfrutó su sexualidad, porque era mujer. Qué vida de mierda le impusieron los políticos, los empresarios, los explotadores, el sistema. Qué vida de mierda.

¿Cómo no va a quejarse? ¿Cómo no va a sufrir? Le enseñaron que su vida dependía de un hombre, y el hombre se murió hace exactamente seis años. Y entonces ella se empezó a morir también, tal como se lo enseñaron: sin un hombre al lado, no servís.

¿Podría ser distinta? Sí. Su hermana Nina sufrió lo mismo, y también se le murió el marido, y no pudo tener hijos. Pero, aunque es amable y sonríe, es una excepción. Está mal pedirles a todas las mujeres que sufrieron tanto, que sean como Nina. Sería como pedirles a todos los niños pobres de Rosario que se conviertan en Messi: una injusticia absoluta.

Hoy lloró mi abuela, lloró mucho, como cada vez que la veo. A veces le preguntan por qué llora. A mí no me hace falta preguntarle: llora por cada infancia en la que fue mucama, por cada muerte que vio al lado suyo, por tantos deseos sexuales que tuvo que reprimir. Llora por las películas que no pudo ver sin su marido, por todas las putas tardes en las que ni siquiera puede reprocharle a un hombre todas sus lágrimas.

Llora mi abuela y lloro yo con ella, en silencio, sin que se dé cuenta. Lloro por ella y por todas las mujeres a las que les complicaron la vida con ideas absurdas, crueles, violentas. Le perdono todo porque soy hombre, porque soy yo el que tiene que pedir perdón. Sé que ser mujer hoy es tan difícil y me duele estar del otro lado, culpable por no arrancar a todos los hombres injustos que contaminan el mundo.

Sé que ser mujer hoy es tan difícil, pero no puedo ni imaginarme lo difícil que habrá sido en 1931, cuando nacía esta viejita hermosa. Cuando esta bisabuela que hoy nos trata mal no era bisabuela ni nos trataba mal, sino que esperaba del mundo lo que merecía: justicia, placer, amor.

El capitalismo le robó la justicia, porque mientras algunos no trabajaban y tenían mucho, ella trabajó mucho y no tuvo nada. El machismo le robó el placer, porque una mujer de bien no tenía que disfrutar del sexo. Le robaron la justicia y el placer. Y es por eso, especialmente por eso, que están ahí Tati, y Elvi, y estamos todos los que queremos estar, dándole cada vez que podemos lo único que no pudieron robarle: el amor.

El amor que Fanny me dio cada vez que me cocinaba, cada vez que me llevaba al colegio, cada vez que me compraba un chocolate antes de un examen. El amor que le vi mostrar por su marido sólo una vez, justo en el momento del infarto cerebral, cuando lo agarró de la cara y le dijo, se lo dijo, yo lo escuché: “¡Víctor, mi amor!”.

¡Cuánto, cuánto inmenso amor vi en los ojos de esa vieja quejosa, cuántos meses pasamos los dos sentados al lado de Víctor, cuántos dolores compartidos!

A vos, Fanny, te enseñaron a acompañar a tu marido hasta el final, y no te dijeron quién te acompañaría a vos. Pero quedate tranquila: ahí están tus hijas, pacientes, para quererte. Y aunque te quejes siempre, tragues fuerte, me trates mal, no quieras leer, no quieras conversar, no quieras mirar y tampoco quieras oír, también, te lo prometo, hasta el final de los finales, voy a estar yo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Los Andes es sólo una cordillera

Por Martín Estévez

Nunca tuve problemas con mi barrio. Lomas de Zamora es una localidad como tantas de Buenos Aires, con estación de tren, plaza principal y club de fútbol. El club se llama Los Andes y siempre fue motivo de unión en nuestra casa. Ahí convivíamos hinchas de Racing, Boca y River, pero los sábados a la tarde no había conflictos: éramos todos de Los Andes.

Recuerdo a mi abuelo Víctor escuchando, por Radio Lomense, partidos en los que jugaban Papescu, Herner o Arrebillaga. Señores a los que jamás les vi la cara, pero de los que sabía que eran un flojo delantero, que tenían un mellizo o que eran bajitos y gambeteaban. Hasta retengo en la mente una derrota 5-2 contra Argentino de Quilmes, en la que Víctor y yo terminamos al borde del llanto.

Antes que a la cancha de Racing, mi tío Alberto me llevó a la de Los Andes. En el 94 vimos la final por el ascenso al Nacional B contra Deportivo Armenio: ganamos 1-0 con gol de un uruguayo pelado llamado Gilmar Gilberto Villagrán. También festejé la salvación del descenso en el 95 y los goles del Pirata Czornomaz en el 96.

¿Cómo no iba a ser de Los Andes si la última vez que Víctor fue a una cancha fue a un Los Andes-Banfield, a los 75 años, y ahí estábamos todos? Él, Alberto, Diego, Matías y yo: los cinco varones de la calle Oliden. 

En el 2000, por única vez en 49 años, Los Andes ascendió a Primera. Fui a la ida de la final contra Quilmes y días después, aunque hacía frío, caminé hasta la cancha para festejar con más de 30.000 personas, llevarme un poquito de pasto y saludar a los jugadores, que paseaban en el camión de los bomberos. El barrio era una fiesta.

Servían, esas cosas, para desahogar las penas que me generaba Racing. Si aquel fue el peor año en la historia del club (último, en quiebra, al borde de la desaparición) fue también el año en el que más hincha fui. Mucho más que ahora. Amaba a Racing con locura. Le hacía canciones, vivía los partidos durante toda la semana previa, me sabía la formación de la Reserva. 

Era tanto el sufrimiento, que en mi colegio todos hinchaban un poco por Racing. No por cariño, sino por lástima. El día después del único triunfo en ocho meses (2-0 contra Almagro), los profesores no usaron el pizarrón por un solo motivo: me dejaron colgar ahí, durante todo el día, una bandera de Racing.

No sólo era hincha de Racing, sino de todo lo relacionado con Racing: de Pepe Sánchez, basquetbolista hincha de Racing; de Gimnasia, porque era amigo de Racing; y del Piojo López, porque había pasado por Racing. Les juro que no miento: nunca fueron tantos amigos a mi casa como cuando el equipo del Piojo, Valencia, jugó la final de la Liga de Campeones de Europa contra Real Madrid. Creo que no querían perderse la posibilidad de verme, por una vez en la vida, festejar un título. Pero claro: Valencia perdió 3 a 0.

Racing, Racing, Racing. Lo nombro tanto a propósito para que entiendan lo presente que estaba en mi vida en aquellos tiempos. Racing, Racing, Racing.

El 6 de agosto de 2000, el destino quiso que Los Andes debutara en Primera en cancha de Racing. Durante los días previos me preguntaron varias veces quién quería que ganara, y yo respondía Racing. Contestaba con tranquilidad, porque sabía que Los Andes sufriría mucho en Primera. No hacía falta humillarlo, sólo sumar tres puntos.

Fue una tarde rara. Diez mil hinchas de Los Andes viajaron con nosotros hasta Avellaneda, pero ellos fueron a una tribuna y yo a la otra. Me conmovió ver la popular visitante colmada y me sentí incómodo cuando los de Racing cantaron:

¡Los de Lomas son todos putos, los de Lomas son todos putos!

Yo hice un silencio de hondo respeto ante cada canción agresiva. Y mucho más cuando Racing se puso 1-0 con gol del Chanchi Estévez. Grité el gol, pero porque realmente necesitábamos ganar. Era un partido clave.

En el segundo tiempo, cuando nadie lo esperaba, Los Andes empató 1-1. No lo podía creer. El partido se puso caliente. Matías se agarraba la cabeza y yo miraba desconcertado. Los hinchas de Racing gritaron todavía más fuerte:

¡Los de Lomas son todos putos, los de Lomas son todos putos!

A mí me pareció una exageración. Los Andes no tenía la culpa de los errores de la defensa, y además, después de todo, había un empate. Me di cuenta, en medio de la tribuna, mientras todos parecían fanáticos dementes, que no era para tanto. Que se trataba de un partido de fútbol, y que del otro lado estaba Los Andes, el club del barrio, el de la familia, el de Lomas de Zamora.

Que me perdonen los hinchas de Racing, pero me amigué con la idea del empate. Era histórico para Los Andes, y Racing cortaba tanta mala racha. Por un momento me imaginé caminando por Lomas, durante la semana siguiente, y escuchando a todos decir:

Qué grande es Racing, qué empate le sacamos, deberíamos ser amigos de su hinchada.

Sabía que Víctor estaba con la oreja pegada a Radio Lomense escuchando orgulloso el empate. Que al otro día conversaríamos sobre eso. Me alegré. Y me sentí bien conmigo mismo.

Si alguna vez tenía que demostrar madurez y falta de egoísmo, era en ese momento. ¿Qué me costaba ponerme contento por un empate, si también dejaba contentos a los diez mil de enfrente y a toda mi familia? ¿Desde cuándo el fútbol se había transformado en un territorio en el que yo dejaba de ser reflexivo, callado y pensante para convertirme en un tarado más que insulta a los rivales? ¿No era hora de dejar de lado tanta estupidez?

Levanté la cabeza de a poco. Respiré profundo. Miré a mi tío. A mi primo. A los hinchas de este lado. A los del otro. Y sentí en el pecho la tranquilidad de saber que el cariño por Los Andes y el amor por Racing podían convivir pacíficamente dentro mío. 

Levanté un poco más la cabeza y miré hacia el campo de juego: un tipo llamado Oscar Monje, en la última jugada del partido, metió el 2-1 para Los Andes.

¡¡¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!! ¡¡¡La concha de tu madre, hijo de putaaaaaaaaa!!! le grité, pero no me escuchó.

Me saqué la zapatilla derecha y la revoleé con la intención de romperle la cabeza, pero ni llegó a pasar el alambrado. Los vi irse, a los diez mil, contentos y cantando. Y yo grité, más seguro que nunca, junto a todos los míos:

¡Los de Lomas son todos putos, los de Lomas son todos putos!

Cuando ellos, los visitantes, por fin se fueron, me senté en el escalón y lloré durante veinticinco minutos seguidos. Alberto y Mati me esperaron pacientemente. Volvimos destruidos, en tren, a una ciudad que sabíamos enemiga: Lomas de Zamora.

En casa, prendí fuego algunos recuerdos y no hablé con Víctor hasta el domingo siguiente. 

Para mí, desde aquel 6 de agosto y para siempre, Los Andes es sólo una cordillera.

domingo, 1 de mayo de 2016

El pelotudo de la mesa 51

Por Martín Estévez

Quiero que este texto recorra Buenos Aires para que le llegue a la persona que aparece a la derecha en esta foto. Sólo se ve su sombra, pero sé que podremos encontrarlo. Porque existen injusticias estructurales, generadas por el sistema, pero también existen injusticias individuales provocadas por energúmenos como este tipo. Quiero que le llegue a él y a todos los que son como él, para que se den cuenta de que están viviendo equivocados. De que el mundo entero los detesta. De que sus vidas son una gran y absurda mentira.

Los que me conocen, saben que no me gusta pagar. Desconfío de lo que no me regalan. Uno de los motivos por los que soy capaz de comprar algo no relacionado con mis necesidades básicas es un gordito llamado Hernán Casciari, cuya particularidad es ser uno de los dos mejores escritores vivos del planeta. Por eso, este viernes (29 de abril de 2016) fui a escucharlo contar historias en un centro cultural bastante antipático llamado No me olvides. Para ayudar en la búsqueda del energúmeno de la foto, apunto la dirección: Avenida Meeks 490, localidad de Lomas de Zamora. Él estaba sentado en la mesa número 51, pegadita a la ventana.

Antes de aclarar por qué lo busco, quiero explicarles que en el universo existen tres clases de personas. 

A) Un grupo está conformado por los que terminan siendo mejores que el contexto en el que crecieron. Por ejemplo, las personas oprimidas por el sistema que no se convierten en delincuentes (el atleta Braian Toledo); los que dedicaron su vida a la justicia social en lugar de al bienestar individual (la jubilada Norma Plá); o los que utilizan sus capacidades para mejorar el mundo de algún modo (Hernán Casciari). A este grupo lo llamo el de los genios (y genias, claro). A ellos, lo que hay que hacer es abrazarlos.

B) El segundo grupo de personas lo conforman los que terminan siendo similares a su contexto. Lo integran, entre otros, los que pasaron hambre de pequeños y se convirtieron en asesinos seriales; las que tenían una mamá maestra jardinera y hoy son maestras jardineras; los que tenían un papá abogado y ahora son corruptos; y los que recibieron cariño de chicos y ahora no les pegan a los animales. En este conjunto estamos (me incluyo) la gran mayoría de los seres humanos. Por ese motivo lo llamo el grupo de los normales. A estas personas, lo que hay que hacer es pedirles un poco más de esfuerzo.

C) El tercer y último grupo está formado por los que terminan siendo peores que su contexto. Personas a las que nunca les pegaron y fajan a su pareja; hijos de hippies que estudian Recursos Humanos o Marketing; los que recibieron alguna vez un subsidio del Estado y se quejan contra los planes sociales; o los imbéciles que son capaces de arruinarme una noche en la que Casciari cuenta historias. A este grupo los llamo los pelotudos (y pelotudas, claro), y lo que hay que hacer es encerrarlos a todos juntos para que no molesten a los demás.

Uno de ellos estuvo el viernes, en la fatídica mesa 51. Lo reconocí enseguida, y no se trata de un prejuicio: a los pelotudos se los detecta fácilmente por el tono de voz, por la forma de respirar o porque creen que Macri quiere hacer felices a los argentinos.

El pelotudo de la mesa 51, lo sé, estoy totalmente seguro, tuvo en su infancia un contexto favorable. No pasó hambre, fue a la escuela, su familia lo quiso, no le falta un brazo. No lo fajaron de chico, no tuvo que ocultar su sexualidad, alguna vez le regalaron un libro. Tuvo todo para ser una persona normal; hasta podría haber sido un genio. Pero no.

El viernes, un artista llamado Zambayonny cantaba una canción y, luego, Casciari contaba un cuento. Así, sucesivamente. En el lugar entraban pocas personas (unas 200), así que nada podía salir mal. El único capaz de arruinar algo así era él.

En cada canción, el pelotudo de la mesa 51 cantaba lo más fuerte que podía, muy mal, y golpeando la mesa. En cada cuento, se reía exageradamente, con una risa nauseabunda, con cara de foca descompuesta, y hacía comentarios forzados.

Todos se dieron cuenta de que era pelotudo por muchos motivos, pero especialmente por uno: se reía cuando no se tenía que reír. Cuando Zambayonny insultaba en una canción, él también insultaba y largaba una carcajada molesta. Vaya y pase. Pero cuando Casciari nos acercaba a todos a una reflexión sobre la condición humana, la muerte o la soledad, el pelotudo también se reía.

Que se entienda: él no cantaba porque le gustaba la canción ni se reía porque algo le causaba gracia. Los pelotudos cantan en recitales de otros porque no soportan no ser el centro de atención y porque son incapaces de esforzarse lo suficiente para crear arte. Él creía que por aprenderse una letra de Zambayonny era tan genial como Zambayonny, pero no. Ya sabemos que genio no es. Es otra cosa.

El pelotudo se reía de cada frase de Casciari (aunque fuera "extraño a mi viejo") porque quería fingir que entendía un código humorístico que los demás no, que captaba un chiste interno que era sólo para inteligentes, que él también podía estar sentado sobre el escenario. Pero no, flaco, no: cuando alguien dice que extraña a su papá, nunca tenés que reírte. Nunca.

Que sirva esta denuncia para que empecemos a escrachar a todos los pelotudos que nos rodean. Búsquenlos, son fáciles de encontrar: se hacen los dormidos en el colectivo cuando sube una mujer con bastón; insultan a personas por ser de otros países; se burlan de los ecologistas; cometen delitos porque "lo hace todo el mundo"; critican a los demás y no construyen nada; creen que las personas tienen hijos para que les den un plan social; reciben un regalo y le miran la marca; creen que todo lo importado es superior; dicen que siempre va a haber pobres; piensan que son mejores que los demás.

Lo peor, pelotudo de la mesa 51, es que no sólo los desconocidos te miraban porque se daban cuenta de tu condición. También tus amigos. Se les notaba que estaban ahí porque no les quedaba otra; que sentían vergüenza ajena ante tu intención de llamar la atención; que tus chistes nunca, pero nunca, les causaban gracia. Te tienen lástima, y está bien que así sea.

Sé que será difícil que te llegue este mensaje, pero no tengo ningún apuro. Porque estoy seguro de que, en la batalla de todos los tiempos (los que soñamos un mundo más justo contra los que lo convierten en un infierno) nos encontraremos. Vos estarás con tu risita estúpida, golpeando la mesa, molestando a tus compañeros de bando. Yo estaré tan pacífico como siempre, guardando en el bolsillo una trompada bien puesta que empecé a construir este viernes. Estaremos frente a frente y vos te reirás de la guerra, y yo también sentiré lástima, y por eso decidiré no pegarte. Pero vos, por un único motivo, revisarás mi bolsillo y recibirás en el medio de los dientes la trompada que deberían haberte pegado el viernes: porque sos un pelotudo.

martes, 26 de abril de 2016

Lo que me enseñó Marisa

Por Martín Estévez

Marisa se murió cuando tenía 16 años. Lo aclaro ahora porque no quiero usar el golpe bajo de contarlo al final del texto. También me parece sincero explicar que casi no tuve relación con ella: jamás fui a su casa, no recuerdo el nombre de sus padres, nunca nos sentamos juntos. Apenas sé que le gustaba Rata Blanca y que tuvo un novio llamado Nicolás. Aun así, Marisa me enseñó una de las cosas más importantes que aprendí en la vida. 

 Fuimos compañeros en primer grado. Y en segundo, y en tercero. Y en cuarto, en quinto, en sexto. En séptimo, en octavo y en noveno. Y en primer año del polimodal. Insisto: no éramos amigos. Pero, ahora mismo, me sorprendo pensando que nos vimos cuatro horas de lunes a viernes durante diez años. Y entiendo por qué estoy escribiendo esto. 

Marisa fue una más, como esos compañeros de trabajo con los que sólo te decís hola y chau, hasta que un día, en el colegio, nos contaron que tenía una enfermedad dura, probablemente terminal. Yo tenía 15 años (los mismos que ella) y la muerte sólo me había atacado en zonas superficiales: una bisabuela llamada Merce y un primo lejano que me hizo conocer qué era exactamente el SIDA. Por eso todavía creía que, a veces, a la muerte se le podía ganar. 

Se organizó una visita entre varios compañeros para visitar a Marisa, que estaba internada, y fui. No recuerdo en qué hospital era, pero el viaje me pareció eterno. Sentía la incomodidad de no saber qué hacer ante alguien que sufría. Entramos a la sala y la vimos: estaba tan flaca, tan débil, la enfermedad estaba siendo tan hija de puta con ella. Pensaba que era yo el que tenía que hacer algo, pero lo hizo ella, enseguida, justo en el momento en que me saludó.

Vengo contando en este blog que el año 2000 representó el primer gran quiebre en mi vida. Se sumaron cambios tontos (me corté el pelo, adelgacé, me sacaron los aparatos fijos) y algunos más importantes (me operé). Esas cosas estaban dando vueltas en mi cabeza cuando me tocó saludar a Marisa, acostada, con los ojos entrecerrados, con el pelo tan finito. Ella me dio un beso, me miró un rato, fijamente, y me dijo: 

–Te cortaste el pelo, Martín. Estás muy lindo. 

 Es difícil explicarles lo que sentí, lo que vuelvo a sentir otra vez ahora, pero igual lo intento: hasta ese momento, nunca jamás me habían dicho (ni yo tampoco había dicho) algo lindo a una persona que no fuera de mi familia. Eso no existía. Decirle “te quiero” a un hombre era de puto. Y antes de decirle “sos linda” a una mujer, me habría desmayado de los nervios. Con suerte, alguna vez le había escrito “sos un buen amigo” a alguien, pero nada más. 

Estás muy lindo. Marisa me lo dijo con una simpleza que me atravesó. No estaba diciendo que yo le gustaba, ni gracias por venir, ni ninguna otra cosa. Simplemente estaba diciendo lo que pensaba: que el corte de pelo me quedaba bien. Sólo eso. 

No le dio vergüenza. Fue evidente que ni siquiera le costó. Y tiene lógica: ella llevaba semanas luchando contra la muerte. La timidez era un rival al que podía ganarle con una mano atada. O con los ojos entrecerrados, con el pelo tan finito y acostada en esa cama de ese hospital en el que ella y yo, por fin sin la excusa de una escuela, fuimos, por única vez, nosotros. 

Insisto: casi no conocí a Marisa. Era, en la definición rápida de mi cerebro, la mejor amiga de Violeta. Cuando me enteré de su enfermedad no me cambió la vida, ni me largué a llorar, ni fui corriendo a verla. No quiero agregarle a este texto ningún dato que no sea absolutamente real y sincero. No hace falta. 

Aquella visita no fue larga. Probablemente permitían media hora, y había que irse. Debo haber hablado poco, porque éramos varios y porque yo sí era tímido. La miré mucho a Marisa, porque lo que yo había ido a buscar (una “compañera muy enferma”) se había convertido en otra cosa: en una parte de lo que es hoy este blog, este texto, mi vida. 

La forma de hablar de Marisa, de sonreír, de luchar, me generó algo. Algo que primero tuve en el estómago, y me fue subiendo hacia la garganta hasta que nos avisaron que teníamos que irnos. Todos la saludaron y, cuando me tocó a mí, de la garganta salió para afuera. Le acaricié la cara (nunca había acariciado la cara de alguien que no fuera mi mamá) y le dije: 

–Vos también estás hermosa. 

Ella me miró, seria. 

–No. Mirá cómo estoy… 

Y yo la miré con otros ojos: con los ojos que ella me había enseñado media hora antes. 

–De verdad –le dije–. Estás hermosa. 

Y Marisa sonrió. 

Su lucha duró unos meses más (hasta volvió al colegio durante algunos días). Y murió, a los 16 años. Es muy poco más lo que puedo contarles sobre ella. “Pienso mucho en Marisa, en lo que sufrió siendo tan chica, y en las ganas que tenía de vivir. Hacía quimioterapia y a la vez me pedía las carpetas para no atrasarse en el colegio. Hasta pidió rendir las materias para no perder el año. Me da bronca. Me da bronca que no viva”. Esas palabras, que alguna vez me escribió Violeta, tienen mucho más valor que todas las que yo pueda decir. 

Sólo me quedé con el aprendizaje, enorme, de decir lo que siento. Lo internalicé muy rápido, porque en ese mismo año 2000 cambió mi forma de expresarme. Empecé a ser más parecido a lo que soy ahora, a esta bestia capaz de decirle a Leandro que con rastas está re potro o a Luz que es mi actriz preferida para siempre. Pero también de decirle a cada persona que escriba un comentario en este texto, en público y sin ponerme colorado, alguna verdad que nunca le haya contado. 

Lo hago porque a la verdad no sólo hay que decirla, sino que hay que decirla cuanto antes. Lo hago porque no sabemos, nunca sabemos, cuál de todas será la última verdad que podamos decir. Y lo hago, especialmente, porque me lo enseñó Marisa.