viernes, 15 de junio de 2018

Choriplanero, tibio y globoludo

Por Martín Estévez 

Este texto será buen argumento para que los macristas me digan “choriplanero”, los revolucionarios me acusen de “tibio”, los kirchneristas me apoden “globoludo” y los apolíticos repitan que “gobierne quien gobierne, tengo que trabajar todos los días” (desconociendo que gracias a luchas sociales tienen uno o dos días de descanso por semana). Se los advierto desde el principio, como para que vayan frotándose las manos antes de destrozarme. 

Desarrollaré acá apenas dos ideas: inventaré el término “decisionista” y afirmaré que nada le hace peor a una ideología que sus propios fanáticos. O sea: que para el kirchnerismo no hay nada peor que un kirchnerista, y etcétera. Y después saldré corriendo para que no me fajen.


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El 15 de diciembre de 2005 a la mañana, yo era un vago de 21 años que estaba en el fondo de casa, metido en la pileta porque no tenía otra cosa que hacer. Mi tía Elvira, como siempre, había puesto Radio Mitre a todo lo que da. De pronto, ella, Gaby y yo escuchamos una conferencia en la que el presidente Néstor Kirchner decía: 

“En el día de la fecha hemos tomado las decisiones institucionales… que nos permitirán destinar nuestras reservas de libre disponibilidad… al pago de la deuda total con el Fondo Monetario Internacional…”. 

Oímos también aplausos y, de pronto, Elvi se puso a llorar. Fue la segunda vez que la vi lagrimear por una decisión gubernamental: la primera había sido cuando Menem terminó con el servicio militar obligatorio. 

–¿Por qué llorás? –le preguntó Gaby. 

–Porque por fin este país va a salir adelante… No sabés cuánto hace que venimos sufriendo para pagar esa deuda, un año, otro año, y no se terminaba nunca… Ay, qué alegría… 

Y siguió llorando. 

Trece años después, no conozco a nadie más antikirchnerista que Elvi. Es probable que si le pregunto por aquella mañana, la haya borrado de su memoria. Y si se la recuerdo, dirá: “No sé para qué pagaron la deuda, si después se robaron todo”. 

No es esto una crítica contra el gobierno de Kirchner ni contra mi tía, sino la historia (una de tantas) que da pie a una pregunta: reconocer que un gobierno que no nos gusta tomó una buena decisión, ¿es contradictorio con lo que pensamos? Y si lo hacemos, ¿estamos “beneficiando al enemigo”?

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Está difícil hablar de política sin generar enojos, sin que nos bloqueen de una red social, sin que un desconocido crea que somos amigos por apoyar una idea. Hay muchas personas olfateando, como perros de presa, si somos kirchneristas, macristas o cualquier-cosa-istas para saltarnos a la yugular y acusarnos de cosas horribles. 

Voy a aclarar rápidamente mi posición política para que no pierdan energías descubriendo un secreto que no existe. 

Por una parte, me parecen injustos y peligrosos los partidos políticos. Injustos, porque el poder en ellos no está distribuido: algunos mandan, otros obedecen. Peligrosos, por lo mismo: si las decisiones dependen de pocas personas (¡a veces de una sola!), las posibilidades de error aumentan. Y un error, a nivel gubernamental, puede generar sufrimiento, dolor, muertes. 

Prefiero (y formo parte de) organizaciones sociales que toman decisiones en asambleas donde las opiniones de todos valen por igual (esto disminuye la posibilidad de cometer errores) y que no apuestan a llegar a la presidencia, sino que trabajan por fuera del “sistema electoral” para generar modificaciones estructurales en barrios, localidades y provincias. 

Sin embargo (esta es la parte donde los revolucionarios me pueden considerar “tibio”) considero que no todos los partidos políticos son igual de malos; y que el voto es una importante herramienta que tenemos para luchar contra lo que creemos injusto. 

Por eso, en este texto haré dos propuestas: primero, a quienes gustan de los partidos políticos; y, luego, a los que no. Quédense: hay para todos.

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¿Por qué un kirchnerista es malo para el kirchnerismo? 

Porque los partidos políticos, por definición, necesitan crecer para sobrevivir. Crecer significa que personas que antes no apoyaban a ese partido comiencen a hacerlo. 

La mayoría de quienes se autodefinen “kirchneristas”, “macristas” o “lo-que-sea-istas” no son útiles para esa función por dos motivos: porque suelen estar más enfocados en demostrar su pertenencia que en convencer a los que piensan distinto; y porque al mostrar con vehemencia su afiliación hacia un partido pierden credibilidad. 

Les guste o no, que yo venga y diga: “Soy del Frente de Izquierda y quiero decirle que Nicolás del Caño es la mejor opción para presidente” da mucho menos resultado que decir “yo no estoy ni con uno ni con otro, pero la verdad que este chico Del Caño habla muy bien y, cuando dice algo, lo cumple”. 

¿Les estoy aconsejando a kirchneristas y macristas que si quieren favorecer a su partido deben ocultar su afiliación? ¡Sí, señoras y señores! ¡Exactamente! No se trata de avergonzarse de lo que son: se trata de estrategia para favorecer a su partido. Piensen ustedes mismos: ¿qué da más resultado? ¿Un kirchnerista criticando al macrismo; o alguien que dice “con el kirchnerismo tengo mis diferencias, pero lo que está haciendo el macrismo es mucho peor”? ¿Se entiende? 

Y ni hablar de aquellos que presentan “argumentos” en favor de su partido acompañados de términos como “la década ganada”, “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”, “gobierno nacional y popular”, “sinceramiento y transparencia” o, en los peores casos, “globoludo”, “choriplanero”, “facho” o “negro de mierda”. 

Al leer esas cosas, yo (y muchísimas personas) lo que más deseamos en el mundo es estar lo más lejos posible del partido que esa persona defiende. A mí me gustó la reestatización de YPF, pero si alguien la explica diciendo “para vos, globoludo, gato”, me dan ganas de oponerme sólo para no darle la razón. 

“Gorila”, “dinosaurio”, “feminazi”, “kuka”, “fascista”… Todas esas palabras anulan la posibilidad de cambiar el pensamiento de alguien. Y así, el kirchnerista o macrista fanático de sí mismo termina perjudicando a su partido. 

Si te gusta un espacio político por sus ideas, no se las repitas a los que se las saben de memoria: llevalas a territorio ajeno, robale fuerzas al que se opone. ¡Sé estratégico, escondé un rato tu bandera y convencé con argumentos, carajo!

Ay, me calenté para la mierda.


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Y los que no estamos de acuerdo con la política partidaria, ¿qué hacemos respecto a las acciones de los gobiernos?

Si no somos “kirchneristas”, “macristas” ni nada vinculado a un partido político, propongo que seamos “decisionistas”. Aprovechando nuestra libertad de opinión y cierta “neutralidad”, debatamos cada decisión gubernamental con total franqueza. No hace falta oponerse a todo, de ninguna manera. 

Seamos honestos por conveniencia: conseguiremos la confianza del otro y luego podremos comentarle por qué creemos en las organizaciones independientes y autogestivas. Por qué, aunque algunas decisiones de los partidos nos parezcan buenas o malas, consideramos que uno de los problemas es justamente el sistema partidario. 

Para poner un ejemplo práctico, arranco yo. Personas del mundo, aquí va toda mi tibieza: 

• me parece justo que el gobierno de Macri haya permitido el debate sobre el aborto, y me parece injusto que ordene golpear a personas que reclaman por sus derechos; 

• me parece justo que el gobierno de Cristina Fernández haya impulsado la Asignación Universal por Hijo, y me parece injusto que haya impulsado la Ley Antiterrorista; 

• me parece justo que las organizaciones sociales autogestivas decidan todo en asamblea, y me parece injusto que no le den al voto la importancia que merece; 

• me parece justo que los apolíticos desconfíen de la clase política, y me parece injusto que con su apatía sean cómplices de aberraciones criminales. 

¿Qué soy si digo todo esto? ¿Tibio, panqueque, choriplanero, globoludo, desclasado, anarquista, piquetero, imbécil? No: soy decisionista. Y también estratégico. Para cambiar de sociedad (y no sólo de gobierno) tenemos que ser muchas y muchos; y para llegar a serlo, tenemos que mostrar inteligencia, apertura mental y, sobre todo, honestidad. 

Si los que gustan de los partidos políticos tienen que mentir un poco más para sobrevivir, nosotros podemos permitirnos un camino más agradable: tenemos que decir más la verdad. 

Discutamos la suba de tarifas, la legalidad del aborto, la distribución de la riqueza, visibilicemos el hambre y el frío que pasan las personas que duermen en la calle sin sentirnos cancheros ni graciosos repartiendo insultos o chistes que minimicen las tragedias. 

“Macri gato” no es una realidad, una información ni un argumento convincente para nadie. “El gobierno de Macri ordena golpear y lanzar gases lacrimógenos a jubiladas que reclaman que no les aumenten más el gas”: esa es la realidad, esa es la información, ese es el argumento convincente. No seamos torpes: no reemplacemos la realidad por un apodo.

No tenemos derecho a aliviar el dolor que generan las injusticias compartiendo un meme en una red social; tenemos la obligación de aliviarlo informándonos y accionando para cambiar la realidad. Discutiendo y debatiendo, enfrentando o apoyando cada decisión que cada gobierno tome, sin prejuicios que nos aten y aceptando las contradicciones de los espacios a los que deseamos pertenecer. 

Un ejemplo de que este método funciona lo dieron en 2017 las 500.000 personas informadas (sin insultos ni fanatismos, con argumentos) que consiguieron anular la ley que liberaba a genocidas de la última dictadura. 

Otro ejemplo fueron las 700.000 mujeres informadas que consiguieron impulsar anteayer una ley que intenta finalizar con los abortos clandestinos. 

Sus ideas no incluían las consignas “Macri gato”, “no vuelven más” ni “son todos gorilas”: surgieron a partir de información recolectada, analizada y reconstruida por mujeres que se unieron bajo una consigna común. Mujeres orgullosamente feministas y, si se me permite a partir de ahora, mujeres “decisionistas”. Si queremos un mundo más justo, aprendamos de ellas.

viernes, 11 de mayo de 2018

Yo fui impotente

Por Martín Estévez

Escuché a muchas personas decir inmensas barbaridades, pero nunca a un hombre o a una mujer contar que no puede tener relaciones sexuales. Pronunciar “soy impotente” o “soy frígida” (o decir lo mismo evitando esas palabras de mierda) es muy difícil, es el infierno mismo en esta sociedad infernal. Casi todos preferimos contar que fuimos corruptos, que le pegamos a una vieja o que nos importan un carajo los demás antes que confesar que no se nos para el pene o no se nos lubrica la vagina.

Lo perverso no es que dos de cada tres personas tengan problemas sexuales, sino que el 80% de los casos de disfunción sexual (o, mal dicho, impotencia y frigidez) es estrictamente psicológico: cuerpos que funcionan bien a los que los nervios, la ansiedad, las malas experiencias, la presión los atan, los limitan, los censuran. Y aunque la solución más sencilla y directa es contar ese problema (como contamos que nos duele la cabeza o que nos salió un zarpullido en el pie), estamos obligados a callar, a guardarlo, a aumentar el sufrimiento embotellándolo dentro nuestro. 

Tengo mis teorías sobre por qué el placer sexual está mal visto, pero no quiero aburrirlos, sino hacer lo que suelo hacer en este blog: empezar a destrabar las puertas del infierno. Ser el primero en decir “soy impotente”.

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Mi pene siempre fue uno de mis grandes enemigos. Desde que tuve uso de razón hasta los 15 años, sufrí muchísimo por una extraña deformidad que tenía. Cuando lo solucioné viví sólo unos meses de calma, ya que a los 17 descubrí que era eyaculador precoz. Y cuando empecé a trabajar sobre eso, llegó el cachetazo final: la impotencia.

En el año 2005 tenía 21 años, y cuando mis únicos amigos (Pablo y Julia) me preguntaban por mi novia, respondía “de mi vida privada no hablo” y me hacía el superado. En realidad, de lo que no quería (no podía) hablar era de que llevábamos cuatro años en pareja y no disfrutábamos del sexo. Decenas, tal vez centenas de veces lo intentamos, siempre en el mismo lugar, siempre a la misma hora, siempre de la misma forma. Y aunque algunas veces terminábamos con menos angustia que otra, siempre, pero siempre estaba ahí la sombra negra de saber que no estábamos conformes, contentos, extasiados. Siempre cargamos una enorme frustración en la piel.

El doctor Juan Pablo Aguirre, que me soportaba desde hacía años, ya no sabía qué decirme.

–Es una cuestión de tranquilidad, de que se relajen –me explicaba–. Físicamente no tenés problemas. Si alguna vez tenés una erección, significa que siempre podés tenerla. Decime, ¿vos lo hablás con tu novia?


Y sí, doctor, lo hablábamos un montón, pero tal vez el problema no era cuánto hablarlo, sino cómo hablarlo. ¿Cómo hablar de algo que no sabíamos, que no entendíamos? ¿De cosas que no conversamos nunca con nuestras familias, en nuestra escuela ni con nuestros amigos? ¿Cómo aprender algo que nadie te enseña?

–Aunque no la necesites, tomate un cuarto de esta pastilla –me decía el bueno de Aguirre, y me daba 12,5 gramos de sildenafil, droga más conocida como Viagra–. Por ahí te sirve para empezar más tranquilo. 

Pero no: mi cerebro ya tenía demasiados años de frustración encima y no me permitía nada. Ni relajarme para que fluyera sangre del cerebro hacia abajo, ni pensar que el sexo no tenía que estar únicamente ligado a la genitalidad, a un pene entrando en una vagina. Yo no entendía que eso no era el principio del camino: era apenas un posible final. 

Cuanto más tiempo pasaba, más crecía el fantasma y más lejana parecía la solución. Por ese motivo, seguramente, en aquellos años era tan meloso, obsesivo, romántico: le escribía tantas poesías a mi novia, festejábamos tantos aniversarios ridículos, le tenía tantísima paciencia probablemente porque tenía culpa, una culpa abrumadora por lo que me pasaba. Tenía miedo de que un día se cansara de tanta frustración y se fuera por ahí, a buscarse a alguien que sí supiera, que sí pudiera. 

Un hombre que no juega al fútbol, no maneja un auto, no hace asado y no tiene relaciones sexuales, ¿cómo puede ser feliz en un mundo machista?

¡Cómo me cuesta pensar en esos días sin mezclarlos con aquella angustia! ¡Cuánto más hermosos serían los recuerdos sin esas madrugadas infinitas, sin esas despedidas agridulces! Hubiera cambiado todos los festejos exagerados, esas pavadas como “1500 días de noviazgo”, por una noche en la que nuestros cuerpos se entendieran tanto como nuestras manos. Pero no pasó. No hubo final feliz. 

Poco a poco hasta dejamos de intentarlo y, cuando nos separamos, sentí que mis traumas sexuales me perseguirían para siempre. Que tendría que seguir ocultando la frustración y el miedo en mi cerebro. Lo que no sabía en aquel momento era que justamente ese silencio, ese secreto putrefacto, era lo que me estaba cagando la vida.

Por eso, cada vez que me junto a charlar con alguien le cuento, antes que nada, esta historia. Le digo, con la voz firme y sin titubear, que fui impotente. Y si estamos en confianza soy capaz de usar palabras más groseras o graciosas, según para quién. “¿Sabés lo que es pasar cinco años sin que la chota te funcione?”, termino diciendo, y sonrío. 

No lo hago para que ustedes piensen que soy un maleducado de mierda, sino para lograr que, si a esa persona le pasa algo parecido, pueda contarlo. No ando gritando mi impotencia porque me parezca gracioso, sino porque alguien tiene que empezar, de una reputísima vez, a destrabar las puertas del infierno de la sexualidad.

martes, 10 de abril de 2018

Los milagros son apenas matemáticas

Por Martín Estévez 

Se los aviso: vengo a cagarles la vida. Si se creen especiales por algún motivo, estoy a punto de arruinarles esa sensación con una contundente demostración científica. Y si son razonables, después de leer este texto verán que todo es mentira, verán que nada es amor y que al mundo nada le importa. O mejor dicho, al mundo le importa una sola cosa: las matemáticas.


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Fue una tarde mágica, celestial. Que a un fanático de Racing como yo el diario Clarín lo enviara a un partido en Avellaneda ya era suficiente. Que ese partido fuera Racing-Independiente, sublime. Que Racing ganara el clásico de local después de 12 años, un sueño. Que mi ídolo, Lisandro López, metiera el 3-1 decisivo, el éxtasis. Pero si le sumamos que todo sucedió el 10 de abril de 2005, justo el día que yo cumplía 21 años, directamente hay que pensar que se trató de una señal divina, de un mensaje del más allá, de que (citando una pavada de Paulo Coelho), “cuando deseas alcanzar algo en la vida, el universo conspira para que lo logres”. 

¿Les gusta pensar esas cosas, no? Les encanta, seguro. Pero lo siento: no hay señales divinas ni conspiraciones galácticas. Lo que hay son probabilidades matemáticas, sólo eso. Lo raro sería que esas “magias” no existieran. Avancemos en la teoría, así la entienden. 

Algo es “especial” o “inexplicable” cuando es atípico. Nadie se considera especial por haber nacido un miércoles o por medir 1,72. Lo que creemos maravilloso es que una abuela, una madre y una hija cumplan años el mismo día; que alguien caiga de un cuarto piso y sobreviva. Nos conmueve padecer una enfermedad que sufre una de cada cien mil personas; o soñar con un accidente terrible la noche anterior a una catástrofe mundial. Cuando eso sucede creemos estar en presencia de algo “sobrenatural”, “mágico”, “metafísico”. 

Pero no, gorditas y gorditos. No. Lo que pasa es simplemente el cumplimiento de las probabilidades. 

Todos tenemos algo “especial”, improbable, raro, porque así lo determinan las matemáticas. El que mide 2,12 metros, el que se salva de tomar un avión que se cayó, la única pianista entrerriana que tocó en Japón: todos son “especiales”. 

Los consideramos así porque centramos la mirada en la única probabilidad rara que se les cumplió, pero no en las millones de probabilidades en las que son “normales”. Analicemos tu caso, estimado lector o lectora. Vos tenés: 

• Una posibilidad en 175 de ser muy pero muy bajo, o muy alto, o muy gordo, o muy flaco. 
• Una posibilidad en 183 de nacer el mismo día que tu mamá o papá. 
• Una posibilidad en 250 de haber sobrevivido a un accidente grave.
• Una posibilidad en 365 de nacer el mismo día que tu hermano. Si tenés cuatro hermanos, la chance aumenta a una en 92. 
• Una posibilidad en 500 de sufrir el síndrome de Brugada, porfiria eritropoyética o tetralogía de Fallot. 
• Una posibilidad en 4000 de haber nacido con un dedo menos, o un dedo más. 

Nombro seis, pero existen millones de “cosas rarísimas” que son simples probabilidades. Probabilidades que encima son acumulativas y están metidas en cada detalle de nuestra vida. Continúo la explicación.

Si sumamos las rarezas que nombré, cada uno de nosotros tiene el 5% de probabilidades de cumplir con alguna. ¡Y son apenas seis rarezas! Como existen millones y las probabilidades de tenerlas son acumulativas, eso genera que, finalmente, tengamos ¡más del 95%! de probabilidades de protagonizar alguna “rareza” en nuestras vidas. 

Insisto: son tantas las cosas “raras” que podrían pasar, que cada tanto alguna pasa. Y cuando pasa pensamos que es mágico, increíble, porque no nos damos cuenta de todas las que no pasaron. Por ejemplo, sería “especial” si, mientras escribo este texto, en televisión nombraran la palabra probabilidad, alguien me hablara de aquel partido de Racing o si sucediera una catástrofe justo ahora. Pero nada de eso está pasando, ni pasará. Y por cada miles de “rarezas” que no suceden, alguna tiene que suceder.

Todo esto no es menor, porque la felicidad en nuestra vida depende de las matemáticas. Podemos hacer las cosas lo mejor posible durante años, pero si nuestros seres queridos nos organizan una fiesta sorpresa y antes de que lleguemos hay una pérdida de gas y mueren todos, no seremos felices. Es una probabilidad “rara”, pero una posible, y que no depende de nosotros.

También puede pasar lo contrario: nos desmayamos en una vía de tren y, como justo había paro ferroviario, no hay trenes y nos salvamos. Son cosas poco probables; pero como ya vimos, lo poco probable, sumado, se transforma en bastante probable. 

Seguro que algunas de esas situaciones rarísimas te pasaron, o te van a pasar, y van a marcar tu vida para bien o para mal, sin explicación, sin justificación, sin otro sentido que el de ser una probabilidad matemática que se cumplió o no. 

¿Eso significa que no importa lo que hagamos, que todo depende de la suerte? No. Al menos, no exactamente. Lo que tenemos que hacer si queremos ser felices es aumentar las probabilidades de que nos sucedan cosas favorables. Todo el tiempo, a cada minuto, con cada acción estamos modificando esas chances. Eso no nos garantiza la felicidad, pero matemáticamente nos acerca a ella. 

Por ejemplo, si vas a la cita más importante del año, no vayas sobre la hora: hay un 15% de chances de demoras de tránsito, siempre. 

Si no querés que te pise un auto, no cruces la calle por cualquier lado ni mirando el teléfono. 

Si no querés que todos tus seres queridos mueran por una pérdida de gas antes de tu fiesta sorpresa, deciles que no te gustan las sorpresas o hacete amigo de un plomero con buen olfato, así lo invitan. 

La teoría es compleja, pero creo que la van entendiendo. Es cierto que podemos hacer todo bien y que las matemáticas igual nos jueguen en contra: que llueva cuando íbamos a ir a la plaza; que se corte la luz cuando tenemos que usar la computadora; que no nos quiera justo la persona a la que más queremos. 

Puede ser que hagamos todo para ser felices y no lo seamos, pero nunca sucede lo contrario: no hay probabilidad de ser felices si no hacemos algo para serlo. No hay situación “rara” que signifique felicidad duradera: ni ganar la lotería, ni curarnos de una enfermedad, ni tener una familia cariñosa. Todo eso lo podemos arruinar en segundos: usando mal la plata, cruzando mal la calle, tratando mal a los que nos quieren. Arruinando las probabilidades. 

Entonces, aunque corramos el riesgo de que las matemáticas nos destruyan, la única chance de ser felices es aliarnos a ellas: entenderlas, aplicarlas, volverlas a nuestro favor. Sí o sí, tenemos que aliarnos con las matemáticas para poder sonreír. 

Ahora mismo, por ejemplo, hay una probabilidad en diez millones de que este texto me convierta en un escritor famoso y me permita vivir de lo que amo. Una en diez millones: probabilidad casi inexistente. Pero si no lo escribiera, la posibilidad sería cero. Ninguna. 

Acá estoy, entonces: compartiendo este texto pero también comiendo sano para evitar enfermedades; evitando ser violento para bajar las chances de que me caguen a trompadas; saliendo con tiempo a las citas importantes, tratando lo mejor posible a los que me quieren y avisándoles a todos que no me gustan las fiestas sorpresa. 

Termino el texto acá porque si sigo escribiendo aumentan las probabilidades de que se cuelgue la computadora, de que me interrumpan antes de terminar o de que se aburran leyendo. Y también ahora mismo me siento más derecho en la silla, así disminuyo las chances de tener dolor de espaldas, contracturas o desviación de columna. Y también me voy a leer apuntes, así mejoro el porcentaje de chances de aprobar literatura latinoamericana. 

Voy a hacer todo eso, y especialmente voy a espiar en cada rincón, voy a mirar a mis espaldas, voy a estar siempre atento a cada detalle, porque las probabilidades matemáticas están en todos lados y tenemos que modificarlas porque, espero que lo acepten de una vez, todo lo especial, raro, bueno y malo de nuestras vidas depende de ellas.

domingo, 1 de abril de 2018

¿Qué onda, che, cómo se lee este blog?

► Cuento mi vida en orden cronológico en estos textos:

• Burum bum bum (1990)
• Walter Castaño (1990)
• El amigo que perdí (1990)
• El peso de la langosta (1991)
• Violeta (1991)
• Lo que ellas no pueden decir (1991)
• 1992 (1992)
• La edad de mis preocupaciones (1992)
• Apenas algo de Tavárez (1992)
• Y él respondía "nada" (1993)
• La culpa la tiene Casciari (1993)
• El Mundial '93 (1993)
• Terapia infantil (1994)
• Rodolfito (1994)
• Ir a la cancha es una mierda (1994)
• ¡Soy varón, la puta madre! (1995)
• Martín Estévez en wikipedia (1995)
• La esperanza no desciende (1995)
• Duhalde, mi buen amigo (1996)
• Esquinas (1996)
• Hoy maté al Piojo López (1996)
• El doctor Moldes (1997)
• Mi problema con Milito (1997)
• Los Chakales 1 - Borges 0 (1997)
• Verano del '98 (1998)
• No terminé el colegio (en serio) [1998]
• Mi mentira tiene patas largas (1998)
• El día que salvamos a Racing (1999)
• Mi papá (por fin me animo) [1999]
• Rencorito (1999)
• Me cortaron el pene (2000)
• Lo que me enseñó Marisa (2000)
• Los Andes es sólo una cordillera (2000)
• La basquetbolista más linda (2000)
• El Asesino Anónimo (2000)
• Lo que aprendí en un balcón (2000)
• Qué hacer si gustás de tu amiga (2001)
• Por qué odio Bariloche (2001)
• Tan cerca del dolor y de la fiesta (2001)
• La mentira del periodismo deportivo (2002)
• ¿Y vos de qué trabajaste? (2002)
• Yo fui eyaculador precoz (2002)
• La revista más pobre del mundo (2003)
• La agenda de la vergüenza (2003)
• Mi primera muerte virtual (2003)
• ¿Quién es el presidente de tus amigos? (2003)
• Estoy enfermo (2004)
• En paz descanses, e-mail (2004)
• Clarín me genera orgullo (2004)
Dejame en paz, Lisandro (2004)
• Los milagros son apenas matemáticas (2005)
• Yo fui impotente (2005)

► Textos "personales" pero sin orden de tiempo:


• Vanina (escrito en 2009)
• Tamara (aunque ella prefiera otro título) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (I) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (II) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (III) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (I) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (II) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (III) [2010]
• Quería llamarme Javier (2010)
• El último clásico (2011)
• Vivir solo (2012)
• Cuadras y barquitos (2012)
• Yo también soy Damián Toledo (2012)
• El que no arriesga, no pierde (2012)
Perdió Racing y estoy feliz (2015)
• Primeros años sin mi abuelo (2015)
• El pelotudo de la mesa 51 (2016)
• Los orgasmos de mi abuela (2016)
• El asesinato de mi tía-abuela (2017)

► Otros textos:

• Ausencias (escrito en 2006)
• Imposibles (2006)
• Soy maestra (2009)
 Soy ladrón (2009)
• Soy boliviano (2010)
• Los cedros (2011)
• Historias de sueños (2012)

► Poesías viejas que me avergüenzan pero las dejo porque perdí una apuesta: 

Y siempre (escrita en 1998)
 Historias secretas (1999)
 Te sigo perdiendo (2000)
 Acariciando tus manos (2001)
 Sueño de una noche de invierno (2002)
 El día que fui silencio (2003)
 Una fresia por cada sonrisa (2005)
 Neuquén (2007)
 Tu voz sin barniz (2007)
 La peor parte de Arjona (2007)
 Lo que queda de vos (2007)
 El vals de los milagros (2008)
 El secreto que ya sé (2008)
 Micaela (2009)
 Soneto para los que luchan (2016)

► Textos que fingen ser sobre deportes pero hablan de otra cosa: 

 Mundo Messi (2006)
 Cuentos asombrosos (2011)

lunes, 29 de enero de 2018

Dejame en paz, Lisandro

Por Martín Estévez 

¡No se vayan, por favor! ¡No voy a hablar de fútbol! Sé que muchas (y muchos) de ustedes están hartos de que escriba sobre partidos, campeonatos y esas cosas, pero déjenme decirles algo: yo también tengo los huevos llenos de que, cada vez que alguien me ve, la primera comunicación, el tema fácil, lo inevitable sea la pregunta: “¿Y, cómo ves a Racing?”. 

¿Saben cómo lo veo? Lo veo como el orto. Veo a treinta futbolistas llenándose de guita, a cuarenta mil personas pagando un montón de plata por mes para sostener esos sueldos aberrantes, a barrabravas haciendo negocios y a un ambiente de mierda, machista, hipócrita, lleno de mentirosos, corruptos, egocéntricos y mafiosos que se cagan en las pocas cosas lindas que podría tener el fútbol. 

Estoy a punto de separarme de Racing, de terminar con la simbiosis que desde 1990 me hace tener piernas celestes, brazos blancos, dedos celestes, uñas blancas, vísceras celestes, entrañas blancas. Estoy cerca de lograrlo, muy cerca, incluso más cerca de lo que estuve en el año 2004.


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En 2004 tenía 20 años y trabajaba en Clarín. Entre varias tareas, cubría los entrenamientos y partidos de Lanús. Vivía el día a día con el plantel, me sabía cada detalle. Por eso, rápida e inevitablemente, supe más sobre Lanús que sobre Racing. 

Cuando la Academia jugaba, yo estaba en una cancha de básquet, en la redacción o mirando a Lanús. Apenas podía escucharlo por radio. Para peor, aquel Racing era apático: no peleaba el campeonato ni el descenso, lo gerenciaba una empresa nefasta y contrataba desconocidos que no llegaban a nada. De 10 partidos, empató 3 y perdió 7. 

Cuando el tiempo dedicado a Lanús y a Racing era casi el mismo, en el diario me designaron para cubrir Almagro-Racing. Fue el 13 de noviembre de 2004. Un pibito que tenía un año más que yo, Lisandro López, metió dos golazos y Racing ganó 2-0. Me tocó entrevistarlo, conversar con él, escribir la nota. Esa tarde, la Academia y yo consolidamos nuestra simbiosis por otros catorce años. 



La culpa de mi extremo vínculo con Racing es casi toda mía, porque desde los 6 años fui un parásito que se alimentó de fútbol, pero el azar no me ayudó. Intentaré explicarles por qué. 

Tuve tres ídolos. Entre 1993 y 1996, el Piojo López, que se fue a España. Entre 1997 y 2003, Diego Milito, que se fue a Italia. Y entre 2003 y 2005, Lisandro López, que se fue a Portugal. Luego, nadie más. 

Ahí es cuando intervino el azar: en febrero de 2007 no quedaba ninguno y mi primera novia me rompió el corazón. Yo iba a tirar a la mierda todo (incluido el fútbol) para empezar de cero, pero el Piojo López volvió a la Argentina para retirarse en Racing. No pude evitar mezclar mis emociones y redoblé mi fanatismo: me hice socio y empecé a ir a la cancha siempre. 

Recién el 17 de julio de 2014 corté el cordón futbilical y maté al Piojo López. Con tanta mala suerte que, justo en ese momento, Diego Milito decidía volver para retirarse en Racing. Puta madre. 

Mi historia con Milito también la compartí: su retorno fue mítico y sacó campeón a Racing, pero sentí alivio cuando anunció que se retiraría en el 2016. Fue una liberación enorme. 

Me junté con mis amigos, con mi familia, con la chica con la que me gusta dormir, con la señora que atiende la dietética, con todos para anunciarles que en el 2016 terminaba mi condena. Que me dedicaría al trabajo comunitario, a tomar mate, a escribir boludeces. A lo que fuera, menos a faltar a reuniones porque había partido, a esperar colectivos en Avellaneda a la una de la mañana, a arruinar vacaciones recorriendo pueblos inhóspitos para ver un irrelevante amistoso de verano. Por fin, Racing y yo seríamos entes separados.

Pero en enero de 2016, me cago en la leche, volvió Lisandro.


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Tengo un testigo: hágase presente en el estrado Nicolás Briant. Nico estaba sentado al lado mío el 4 de abril de 2001, cuando abrí el diario y leí que un tal Lisandro López había metido tres goles en un partido de Quinta División. Lo miré y le dije: 

—Tengo un ídolo nuevo. 

Fue un poco por deseo y un poco por sabiduría. Lo deseaba porque su apellido y posición eran las mismas que las de mi primer ídolo. Pero lo sabía porque meter tres goles en un partido era una hazaña: Racing tenía unas divisiones inferiores tristísimas. 

Desde entonces seguí su carrera en Racing, en Portugal, en Francia. Pero después eligió Brasil y Qatar (¡Qatar!) antes que Avellaneda, y sospeché que no quería tanto a Racing como yo pensaba. Por eso, cuando volvió después de once años, traté de seguir con mi objetivo: separarme de Racing. 

Lisandro no me la hizo fácil: le metió un gol de chilena a Independiente en el minuto 90; y después le clavó otros dos para golearlo por primera vez en 41 años. Yo estaba por ceder: hasta convencí a mis compañeros de El Gráfico de que fuera la tapa de la revista

Pauté una entrevista con él con mucho tiempo de anticipación pero, la noche anterior, Racing perdió 1-0 contra Gimnasia y quedó eliminado de la Copa Argentina. 

Era el fin de la idolatría, porque yo sabía que nada me conformaría: si Lisandro no me daba la entrevista con la excusa de la derrota, no cumpliría con su palabra, lo que sería imperdonable. Y si, a pesar de semejante derrota, me daba la nota como si nada, significaba que no quería tanto a Racing, lo cual era todavía peor.


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El 20 de octubre de 2016, a las 11 de la mañana, yo era el único periodista en la sala de prensa. Los jugadores decidieron no hablar después de la derrota. El fútbol y el periodismo me tenían harto: llovía, hacía frío y sabía que estaba ahí solamente para derribar la estatua de un ídolo. Para cerrar una etapa en mi vida. 

Lisandro entró puntual, con cara de pocos amigos. Yo lo miré fijo, con cara de menos amigos todavía. Ninguno de los dos quería estar ahí. 

—Perdoname que esté así —me dijo—, pero lo de ayer fue durísimo. Vine solamente porque te había dado mi palabra. Así que si no necesitás que sonría mucho para las fotos, podemos hablar de lo que quieras. 

No sé por qué no le di un beso en la boca, si por heterosexualidad o por respeto, ¡pero, ay, Lisandro, cómo te quise en ese momento! 

Fue una de las entrevistas más largas y lindas que hice. Miramos libros sobre su carrera que eran “de un amigo” fanático suyo. Me contó cosas que jamás había contado; entre ellas, por qué no había vuelto antes. Y cuando terminamos le dije que el fanático era yo, y que le podía regalar esos libros. Me dijo que sí, y que para él había sido una entrevista linda. Antes de despedirnos, a coro, nos dijimos: 

—Lástima lo de ayer… 



Quince meses después de esa mañana, pasó de todo. Primero dejé de ser socio, pero iba a la cancha con la acreditación de prensa. Después dejé de ver a Racing de visitante, porque no lo pasaron más por la tele. Y hace poco dejé de ir de local, porque me quedé sin acreditación y sin trabajo. 

Los problemas familiares, el trabajo comunitario, la enfermedad de mi abuela, la convicción de usar la plata y el tiempo en cosas mejores que en el corrupto negocio del fútbol: todo me fue alejando de Racing hasta llegar a este presente en el que ya ni sé quiénes son los refuerzos. 

Les pido perdón, porque les dije que no iba a hablar de fútbol y al final lo hice, pero también les pido paciencia: ya falta poco para transformar mi relación con Racing en algo normal, llevadero, sano. 

Avancé mucho: este sábado me iré a un pueblo de Santiago del Estero y ni se me ocurrió planificar el viaje según los días que juega Racing. Ya no. No me interesa. 

Eso sí: si el domingo a las 21:30, justito, por casualidad, como quien no quiere la cosa, ando por algún bar santiagueño, y justito, por casualidad, como quien no quiere la cosa, tiene televisión, voy a preguntar si no ponen Racing-Huracán un segundo, un ratito, noventa minutitos, para verlo a él, al que nació en un pueblito de 900 habitantes, al de la camiseta 15, al pibito del diario, al que volvió después de once años, al que tan bien me trató aquella mañana de 2016. Para ver una vez más, en los instantes finales de su carrera, al último ídolo de mi vida.