jueves, 9 de febrero de 2017

La agenda de la vergüenza

Por Martín Estévez

Existe una técnica psicológica que se usa para superar miedos recurrentes: enfrentar al paciente directo con su trauma. ¿Miedo a las alturas? El analista te lleva a la terraza para que te asomes. ¿Temor al ridículo? Te hace cantar a gritos en la vía pública. ¿Aracnofobia? Te acerca una araña cada vez más hasta que la tenés al lado. Creo que se entendió. Lo que quiero contar es que uno de mis grandes miedos es que alguien encuentre y lea mi agenda del año 2003. Miedo no: tengo terror. Y como ya no quiero sufrir más, recurro a esa técnica: voy a mostrarles los terribles secretos que guardo ahí.

El principal secreto es que yo, en 2003, era estúpido. Cada página de la agenda es una demostración indiscutible, empezando por la tapa: "Agenda del fútbol". ¿Qué persona normal de 19 años puede usar algo llamado "agenda del fútbol"? Es probable que haya sido un regalo pero, después de la tapa, hay 365 evidencias más de que yo era un pobre tipo. Veamos, al azar, algunas anotaciones que hacía:

9 de marzo. Juan Verón cumple 28 años. Con Ro de 19 a 22:30, fuimos a Norte, comimos milanesas. Puntaje: 8.

11 de junio. 11 a 18 hs: DeporTea. Tomé mal el colectivo y terminé en Llavallol. ¡Qué idiota! No vi a Ro, ¡120 días sin peleas! Puntaje: 8.

8 de julio. Salida del sol: 8:00. Puesta del sol: 17:57. Con Mati de 15 a 19 hs, hicimos crucigramas con la tía. Con Ro de 21:30 a 2 hs. Le pasé bien. Puntaje: 8.

31 de agosto. Racing 3 Vélez 3. Puta madre. Llevé pastillas a la casa de Ro y me atendió Rosa. Lazio 4 Lecce 1, dos asistencias del Piojo. Puntaje: 5.

12 de septiembre. Sebastián Porto cumple 25 años. DeporTea: me saqué excelente en el trabajo, faltó Ariel Scher. No vi a Ro, salió con amigos. Puntaje: 9.

¡Ay, dios! Si yo encontrara hoy a un ser humano de 19 años que escribiera esas boludeces, lo agarraría a trompadas, o le explicaría que está dejando pasar la vida, o lo abrazaría y lloraría con él. No sé qué, pero algo haría. Supongo que si nadie lo hizo conmigo en 2003 es porque yo fingía leer a Borges y analizar el mundo del deporte, cuando en realidad estaba encerrado en una caja de diarios, novia y cobardía.

¿Juan Verón cumple 28 años? ¿Sebastián Porto cumple 25? ¡Y a quién le importa, Martín! ¡Ni siquiera sos hincha de Estudiantes, ni siquiera te gusta el motociclismo! ¿Cómo puede ser que uno de los datos de tu día sea ese? Se los digo en serio: mientras leo, me voy enojando conmigo mismo.

Lo dependiente que era de mi pareja ni es necesario descubrirlo: rebalsa por todos lados. El "con Ro" y "no vi a Ro" se repite en cada hoja hasta la insanía, y se complementa con un dato de lo más triste: los "días sin peleas". Yo no apostaba a pasar tardes inolvidables, noches apasionadas y mañanas reveladoras, lo único que quería era no pelearme, no discutir, no poner en riesgo una de las (poquísimas) cosas que me movilizaban: ella.

En 2003 no tenía amigos y entonces recurría a una agenda, que aunque era muy pequeña necesitaba datos absurdos para ser llenada, como el horario de la salida del sol, el menú de la cena o los resultados de la Lazio de Italia.

Me dolía la injusticia pero no comprendía el funcionamiento de la sociedad, no me esforzaba para entenderlo, no me arriesgaba para cambiarlo. Una de las vergüenzas más grandes de aquel año aparece el día 27 de abril. Vean si no:

  
¡Voté a Elisa Carrió! ¡Yo voté a Elisa Carrió! A partir de hoy, todos, pero todos los que discutan conmigo sobre política, o sobre fútbol, o sobre el precio de las lamparitas, tienen derecho a terminar la discusión con esta frase:

—Callate, vos votaste a Carrió.

Y yo cerraré la boca y les daré la razón.

Ya termino, ya termino de autoflagelarme. Queda sólo una cosita. No, no me voy a burlar de mí mismo por haber tomado al revés un colectivo, porque en 2017 sigo perdiéndome en todos lados. Lo que quiero remarcar es otra cosa. ¿Vieron esa gansada del puntaje que le ponía a cada día? Bueno, se completaba con un promedio de puntajes en los últimos cien días. Véanlo, aparece en la imagen anterior. 

Me pregunto ahora: ¿cómo puede ser feliz alguien que depende tanto de números, de estadísticas, de goles ajenos, de cumpleaños de desconocidos? ¿Alguien sin amigos, almidonado, adormecido? Le pido a Tati que no sufra pensando que yo sufría, porque no era así: había armado una estructura en mi cerebro tan férrea y tan potente que no me daba cuenta de lo que estaba pasando. Me sostenía en que, con esfuerzo y constancia, el promedio pasaría de 7,80 a 9,50; y entonces sí sería bien feliz, y tendría una vida emocionante.

Es buen momento para explicar que este blog nació para sacarme de encima cuentas pendientes, para barrer un poco mi pasado antes de que alguien lo encuentre todo mugroso. Y esa agenda, esas anotaciones, esa soledad y tanto color gris a los 19 años son algunas de las miserias que necesito exponer para construir mi presente sin tantos fantasmas.

Así que, ahora que terminé este texto y que me siento más tranquilo, voy a anotar en mi cuaderno de Racing que cumplí con el objetivo de escribir en Palabras Enreveradas, a mover la aguja que señala mi estado anímico de 0 a 37 (subió de 26 a 27) y a esperar a la chica con la que me gusta dormir: la vi sólo de 16:30 a 19:30, porque salió con sus amigas. Sí, salió justo hoy, cuando el conductor de televisión Santiago Del Moro cumple 38 años. ¡Cuántas cosas importantes en un día!

viernes, 13 de enero de 2017

El asesinato de mi tía-abuela

Por Martín Estévez

Acabo de descubrir quién fue el asesino de mi tía-abuela. No lo saben sus hermanos (uno era mi abuelo) y tampoco sus sobrinas (una es mi mamá), pero yo acabo de enterarme. Les juro que no es un chiste, ni un truco, ni una metáfora. Me acaba de pasar. Y lo único que se me ocurrió es denunciarlo acá, para que se enteren todos.

Cuento la historia tal como sucedió. Hace un rato, estaba en internet buscando información sobre el año 1936. Lo hago porque me gusta salvar historias que empiezan a ser olvidadas, y contarlas en facebook o en mis blogs. Parecía un día normal.

Encontré en wikipedia la mención de una manifestación de trabajadores en Oberá, Misiones, que terminó con 4 muertos por represión. Enseguida recordé una historia que me había contado mi abuelo Víctor antes de morir: la de su hermana Basilicia, asesinada en esa provincia durante una protesta de campesinos.

Me entusiasmé con la idea de que tuvieran relación, así que corrí a esa especie de autobiografía que escribí sobre Víctor, y comprobé que la muerte de su hermana había sido precisamente en 1936. 

Sentí un escalofrío en el cuerpo.

Decidí, aunque no tenía forma de comprobarlo, imaginar que ella había sido una de las manifestantes. Me pareció bien completar así esa parte de su historia (y de mi historia) porque, en definitiva, para mí significaba lo mismo si ella, una joven ucraniana y luchadora, había muerto en esa manifestación o en otra que había sido el mismo año, en la misma ciudad, y donde había mostrado la misma valentía.

El cuchillazo llegó cuando encontré este texto:

"Las investigaciones posteriores demostraron la culpabilidad de las fuerzas policiales. Basilicia Sawicki, una niña de 14 años, se cuenta entre las víctimas".

Ahora sí, no había dudas. Ella estaba ahí. Enseguida descubrí que hay muchos textos que hablan de "La masacre de Oberá", ocurrida el 15 de marzo de 1936, cuando inmigrantes ucranianos, rusos y polacos se manifestaron para pedir que les pagaran un poco más por lo que cosechaban en el campo. 

El apellido de Basilicia aparece como Sawicki, pero también como Savinski, problema típico al traducir los apellidos (mi mamá es Sawicki, su hermana es Saviski). Consta que no sólo murió Basilicia, sino también su tío Juan Melnik, que no participó de la protesta, pero recibió un balazo en las cercanías.

En mi familia nunca habían hablado sobre esto, y yo supe de repente que, sobre la manifestación en la que mataron a mi tía-abuela, existe un documental llamado Quieta Non Movere; el libro La masacre de Oberá; un mural en una plaza de Misiones; y que se hizo un acto en homenaje cuando se cumplieron 80 años, en 2016. 

Descubrí también el nombre de su asesino: el comisario Leandro Berón, que no sólo disparó contra los manifestantes sino que permitió que las mujeres detenidas fueran violadas y los hombres, torturados.

Cada palabra que encontré engrandece la lucha de esos trabajadores, que sufrían hambre y decidieron unirse, por ellos y por su pueblo. Jamás hubiera pensado que Basilicia tenía apenas 14 años, y que había decidido ir en representación de su familia, porque era la mayor de los cinco hermanos. Se me llenaron los ojos de algo que no eran lágrimas, sino orgullo.

No quiero alargar este texto, porque no hace falta. Y la verdad es que no encuentro palabras, todavía, para describir lo que significa esta historia para mí. Tal vez lo entienda con los años.

Sólo comparto dos frases más que encontré, y que me siguen conmoviendo:

"Para varias familias hay un antes y un después de ese triste 15 de marzo del año 1936. Principalmente para la familia de Basilicia Sawicki, la niña de 14 años fallecida ese día".  (texto completo)

"En Misiones, ni los manuales escolares, ni los discursos oficiales, recuerdan la matanza. La provincia 'eligió olvidar'"(texto completo)

Después de la masacre, la provincia se llamó a silencio, por conveniencia, por dolor o por miedo. "Babu nunca habla sobre su hermana", me decía mi abuela sobre Víctor, y yo no entendía por qué. Hasta hoy.

Esa familia que vivió un antes y un después en 1936 era la de mi abuelo, es la mía. Miro sus caras en una foto de 1937 y me parece entender, en sus ojos apagados, el dolor.

Los obligaron a guardar silencio para que la lucha de sus compañeros, de sus vecinos, de sus amigos quedara en el olvido, pero Víctor no estuvo de acuerdo y, por suerte, una tarde me lo contó:

"Basilicia reclamaba por la gente, para que nos trataran mejor. Un vez fueron a reclamarle al comisario y mataron a varios. Una era Basilicia".

Gracias a eso, hoy reconstruí esa historia, vi un documental que me contó por qué asesinaron a la hermana de mi abuelo y me emocioné, 81 años más tarde, con una lucha que el Estado y sus cómplices quisieron ocultar.


Si cada vez que respiro recuerdo a Luciano Arruga, a Mariano Ferreyra, a Darío Santillán, a Maxiliano Kosteki, a Jorge Julio López y a tantas personas asesinadas por luchar por los demás, ahora me acompañará también el nombre de Basilicia Sawicki, con la doble honra de que luchó por mi abuelo, y de que mi abuelo trajo su historia hasta mí.

No creo que lo que somos se lleve en la sangre, pero sí estoy seguro de que el amor que ofrecemos en cada lucha se transmite de persona en persona. Al amor que nos dio Basilicia, cuando tenía apenas 14 años, quisieron borrarlo. Pero, gracias a Víctor, y gracias a esta tarde, nunca, pero nunca, va a quedar en el olvido.

En cada 15 de marzo, y en cada día, y en cada minuto, hermosa Basilicia, prometo abrazar tu recuerdo.

sábado, 31 de diciembre de 2016

La revista más pobre del mundo

Por Martín Estévez

En 2003 ya existían internet, los programas de diseño, las impresoras láser, los archivos en PDF y los retoques digitales, pero a mí no me importaba. Yo había terminado el primer año de la carrera de periodismo deportivo y estaba desesperado por poner en práctica mis conocimientos. Así, con sólo una computadora viejita, comencé a producir la revista más pobre del mundo. El verdadero motivo por el que pudo publicarse lo contaré al final de este texto.

La revista se llamaba La Acadé y constó, en su primer número, de cuatro páginas que hablaban sobre Racing. Ahora lo pienso y me parece ridículo: la diseñaba en word, el programa que ustedes usan para escribir cualquier cosa. El problema es que, en cada página, yo quería poner fotos, títulos, columnas y recuadros. Hoy sé que no existe un programa más difícil para hacer una revista. Pero, en 2003, el word era todo lo que conocía.

El trabajo consistía en lo siguiente. Primero, elegía los temas sobre los que escribiría: un jugador, algún partido, el recuerdo de una fecha histórica. Después buscaba, entre mis recortes de diarios, las fotos que quería usar. Subía a la casa de mis tíos y pedía prestado el scanner para grabarlas en un diskette. Bajaba, abría un word y armaba, con una paciencia que hoy no tengo, cada página. El word hacía lo que quería conmigo: me mandaba de golpe a otra hoja, ponía las fotos donde se le cantaba o me obligaba a dejar espacios en blanco porque sí.

Para terminar, subía de nuevo a lo de mis tíos y le pedía a Mati algún detalle lindo para la tapa. Él, diseñador gráfico, hacía en quince minutos cosas para las que yo habría tardado dos vidas. Guardaba todo en el diskette, le daba una última mirada y ¡listo! los 30 ejemplares ya podían imprimirse.

Pese a ese precario sistema, La Acadé duró trece meses, en los que se publicaron once ediciones; y fue el lugar donde otros tres periodistas publicaron su primer texto. La revista pasó de sus 4 páginas iniciales a 16, prolijamente abrochadas. Del N°9 llegaron a imprimirse 250 copias: si alguien quiere una de regalo, avíseme, porque me quedan bastantes.

No quiero aburrirlos con anécdotas aburridas, así que sólo contaré tres cosas.

La primera vez que vendí una revista fue con mi hermana Gaby, en una pizzería de Villa Gesell. Vimos por tele el debut de Racing en la Libertadores (1-1 con Universitario) y, en el entretiempo, nos acercamos a las mesas a ofrecerlas. Me sentí feliz cuando ella apareció con 25 centavos y una familia, mientras terminaba su fugazzetta, pasaba las hojitas abrochadas de mano en mano.

El momento más dramático fue en el N°6. La computadora de mis tíos estaba en reparación y, cuando tenía que terminar la revista (sólo faltaba la tapa), mi teclado dejó de funcionar. Lo juro. Eran las 11 de la noche y tenía que entregar el diskette a las 7 de la mañana del día siguiente.

No sé si se les ocurre una solución mejor, pero yo hice algo que jamás voy a olvidar. Con el mouse, copié y pegué letra por letra hasta formar un texto de 1050 caracteres. Sí: 1050 veces busqué una letra en otra página, le puse "copy", fui a la tapa del N°6, me paré en el texto y clickeé "paste" con el botón derecho del mouse. 

Lo pienso y me desespero, porque no eran solamente las 26 letras del alfabeto: a veces las necesitaba en mayúscula, a veces con tilde, ¡y hasta tuve que copiar y pegar el espacio en blanco entre cada palabra!

La revista dejó de publicarse en 2004, a causa de dos factores. El primero fue que, durante dos semanas, recorrí negocios de mi barrio para ofrecerles publicidad. Yo era tímido, pero también pobre, y necesitaba plata para mis gastos. Pese al esfuerzo, sólo conseguí un sponsor: el dueño de Factor Ranch, local de venta de piletas, prometió pagarme 3 pesos cuando le llevara el N°12 impreso. Pero no hubo N°12, porque en abril de 2004 me ofrecieron una pasantía en Clarín y tuve que abandonar La Acadé.

Como en muchas historias que cuento, el héroe parezco yo, por mi dedicación para cumplir mis sueños y bla bla bla, pero no. Ni a palos. El único motivo por el que La Acadé existió fue otro.

Cuando yo terminaba la revista y la guardaba en un diskette, se la dejaba a una mujer sobre una mesa. Y ella, la verdadera heroína de esta historia, empezaba el trabajo en serio. Lo metía en su cartera, se tomaba un colectivo, se tomaba un tren, se tomaba otro colectivo y fingía trabajar en una concesionaria de autos.

Hacía todo lo necesario para no ser descubierta: atendía teléfonos, llevaba cheques al banco, registraba patentamientos y se teñía de rubia. Pero, en realidad, sólo esperaba el momento oportuno en el que no hubiera nadie para convertir la oficina en una imprenta clandestina.

¿Cuántas cosas que nunca supe habrá pasado mi mamá para traerme, siempre esa misma noche, siempre sin falta, siempre con una sonrisa orgullosa, todos los ejemplares que le pedía de La Acadé? Sin ella, no sólo esa revista, sino la mitad de las cosas buenas que hice en mi vida, serían mentira.

Mientras contaba esto, recordé cómo se terminó la tapa de aquel complicado N°6: dejé un espacio en blanco y Tati, en su trabajo, recortó fotos de dos futbolistas llamados Bastía y Arano, las pegó con cinta scotch sobre otra hoja en la que había escrito muchas veces "Racing Club", imprimió la tapa y pegó su collage en ese espacio con boligoma. Después, "solamente" sacó 100 fotocopias sin que nadie la viera, y listo.



Trato de no hablar mucho de Tati en mi blog para no ser pesado, pero en estos días, en estas semanas, en estos meses en que la vida le está siendo tan difícil, me parece justo contar que es la persona que me salvó de casi todo durante 25 años. Y que todavía, cada vez que escribo un texto, espero que ella lo lea y, aunque no entienda cómo puedo contar tantas intimidades de una manera tan bruta, esté de acuerdo conmigo. Que esté orgullosa de lo que soy.

Perdonen que me haya puesto sentimental, pero es 31 de diciembre, hace exactamente quince años empezaba a imaginar una revista llamada La Acadé, y Tati es la responsable de que haya existido.

Hoy, que me angustio pensando de qué manera ayudarla y cómo hacer que su vida sea menos terrible, al menos puedo animarme a que este texto sea demasiado cursi y agradecerle acá, enfrente de todos (ahora que sí sé usar internet), cada fotocopia, porque con cada página impresa me estaba queriendo un poco más. Y reconocer sin vergüenza que, cada vez que recuerdo eso, el que la quiere un poco más soy yo.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Yo fui eyaculador precoz

Por Martín Estévez

Dos de cada tres personas no están contentas con su sexualidad. Escucharon bien: dos de cada tres. Yo tengo 510 amigos en facebook, o sea que 340 sufren por algún conflicto vinculado al sexo, pero ninguno habla de eso. Cuentan sus asuntos familiares, económicos, laborales, psicológicos, hasta suben fotos de su abuelo en terapia intensiva. Pero de sexo, nada. Ese silencio, ese aislamiento, es parte importantísima del problema: hay que empezar a hablar sobre sexo. Y, ya que nadie se anima, arranco yo.

Vaginismo, impotencia, dolor en la penetración, falta de deseo, exceso de deseo, no llegar a un orgasmo, no saber qué es un orgasmo, no tener con quién estar, culpa al masturbarnos, falta de lubricación, hongos vaginales, HPV, frigidez, curiosidad de estar con más personas, bisexualidad, vergüenza de nuestro cuerpo, enfermedades venéreas, virginidad, represiones, recuerdos traumáticos, fantasías no cumplidas, angustia porque hace mucho (o nunca) nos revolcamos con alguien.

Todo eso, sépanlo, le pasa a todo el mundo. No me hacen falta estadísticas: todos mis amigos, y amigas, me han contado alguna angustia. ¡Y cómo les costó! Personas que al principio parecen sexópatas desenfrenados, o al menos satisfechos, terminan desahogando su tormento. El truco que uso para desatarlos es siempre el mismo: empiezo contando yo.

Alguno dirá que, en realidad, se habla de sexo todo el tiempo. Y es cierto, pero casi siempre son mentiras. ¡En cuántas reuniones de amigas escuché grandes hazañas sexuales! Y luego, en la intimidad, ellas terminan al borde del llanto soltando verdades, avergonzadas como si hubieran asesinado un conejo. La mayoría de los hombres, en cambio, ni se esfuerzan en mentir: directamente eluden hablar sobre el placer y se dedican a comentar tamaños de tetas o a fingir que les gusta el fútbol.

Yo fui eyaculador precoz. En serio. Me di cuenta a los 18 años, cuando intenté tener mis primeras relaciones sexuales. Sé que muchos de ustedes ya se están riendo o sintiendo repulsión. Sé que las mujeres de más de 50 años piensan que soy un desubicado. Y tal vez lo sea, pero eso no importa. Lo que importa es que este texto puede servir: si sos de los que sufren por su sexualidad, para ver que no sos el único. Y si no sufrís, para saber que la mayoría de tus conocidos sí sufren, y que podés ayudarlos.

La eyaculación precoz es la imposibilidad de controlar la salida de semen durante una relación sexual. Pero mi inconveniente, más que ese, era el silencio. En mi casa jamás se habló de sexo y yo no tenía amigos. Supe entonces que un problema que no se puede contar se convierte en una sombra que cada día crece más. Que te invade. Que te encierra.

Yo tenía todas las de perder: había sido operado del pene, sabía poco sobre sexo, era torpe para manejar mi cuerpo y mi pareja tampoco tenía experiencia. Un combo terrible.

Por eso, a los 18 años, me vi sentado en el consultorio del doctor Juan Pablo Aguirre, el mismo que me había operado, sorprendido ante mi visita.

—Es normal que las primeras relaciones sexuales sean difíciles —intentó tranquilizarme—. La eyaculación precoz casi nunca es un problema físico, sino de aprendizaje. Suele pasar que los hombres, cuando son chicos, tienen que masturbarse rápido para que nadie los vea. Entonces, en lugar de retener la eyaculación, la apuran. Eso genera que se debilite el músculo que sirve para controlarla.

¿A que no sabían eso? Bueno, yo tampoco. El doctor Aguirre me dijo también que tuviera paciencia y ordenó un tratamiento de tres partes. Primero, que tomara una droga llamada sertralina durante veinte días. Segundo, que cada vez que fuera al baño cortara el chorro todas las veces que pudiera, para ejercitar ese bendito músculo. Tercero, que leyera un libro.

—Conseguite “El Tao del sexo y del amor”. Es muy bueno, pero no le prestes atención a todo, porque dice cosas como que, cuando eyaculás, te morís un poco. Y eso no es verdad.

Lo miré con miedo.

—No, mejor no, a ver si todavía es peor —dijo él—. Mejor comprate “El hombre multiorgásmico”. Es más sencillo, pero te puede salir un poco caro.

Necesitaba plata para comprar las pastillas y el libro, pero además necesitaba coraje para entrar en farmacias y librerías. Y más que plata y coraje, necesitaba un buen lugar para esconder esas cosas en mi casa, donde vivía con mis abuelos, mi mamá y mi hermana.

Sólo podía hablar del tema con mi novia, y hasta ahí. Nos costaba mucho. Me sentía solo, con un problema gigante, con vergüenza. Pero, por favor, no sientan pena por el chico que fui hace catorce años: preocúpense porque, ahora mismo, dos de cada tres personas que conocen sufren algo parecido y no lo pueden contar. Eso es lo importante.

¡Hay tanto por aprender! Que la penetración es apenas una partecita de la sexualidad, que a todos nos gustan cosas distintas, que una mujer casi nunca llega a un orgasmo sin masturbarse o sin estar en una posición determinada, que lo que muestran las películas pornográficas es mentira, que la sexualidad es tan compleja porque tiene más relación con nuestro cerebro que con nuestro pene o vagina.

Yo no podía cojer (cojer, sí, no estoy diciendo nada malo) porque no me funcionaba bien un músculo, pero también porque me ponía nervioso, porque era torpe, porque no había abrazado ni acariciado a casi nadie, porque no tenía experiencia, porque mi cerebro pensaba en otras cosas.

La represión que tenemos sobre el sexo es tan grande que, mientras escribo esto, también estoy incómodo. Me preocupa qué pensará Tati, o Elvi, o mis conocidos cuando lean esto. Si se enojarán, o se burlarán, o pensarán que siempre digo cosas terribles. Qué mierda es esa parte de la sociedad, qué horrible que algo tan lindo como el placer sexual tengamos que ocultarlo, o sufrirlo.

¿Por qué otras cosas que nos dan placer físico, como rascarnos, comer o recibir masajes, son aceptadas; y acariciar una entrepierna, besar un pecho o lamer una oreja genera escándalo en la mesa familiar? No pretendo mostrar mis nalgas en medio de un almuerzo, sino que las personas puedan decir “estoy mal porque mi novio no me toca” sin que las miren con rechazo.

Ojalá este texto sirva para que alguien, aunque sea una persona, se anime a contar su problema. En facebook, o a algún amigo, o si hace falta escríbanme un mensaje privado, pero cuéntenlo. Por ustedes, pero también para que otros se animen a contarlo. Empecemos a romper este tabú que permite que se muestren muchos culos en televisión, pero no permite que disfrutemos de nuestra sexualidad.

Mientras ustedes piensan sobre esto, yo les prometo retomar pronto el tema, porque la historia no termina acá. Después de meses y meses de pastillas, de orinar por partes y de leer libros raros, por fin superé el problema. Pero entonces, recién entonces, me di cuenta de algo terrible. De que la eyaculación precoz estaba ocultando otro problema mucho peor. Descubrí, y les juro que es verdad, que era impotente. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

¿Y vos de qué trabajaste?

Por Martín Estévez

Fue el 30 de marzo de 2002, me acuerdo bien. A eso de las 11 de la mañana. El tipo se fue al fondo del cuartito, volvió y me los dio en la mano. “700 hoy y 700 mañana”, me dijo. Le pregunté por dónde había que ir. “Sólo repartimos acá cerquita, así que andá por dónde quieras”, respondió. Yo tenía 17 años, 700 volantes de la remisería Capri y una sonrisa orgullosa: había conseguido mi primer trabajo.

En aquel momento casi no había puestos, pero yo necesitaba hacer lo que fuera: tenía que pagarme los viajes a DeporTEA. Eran doce colectivos por semana y, gracias a mi habilidad para mentir, había conseguido un carnet para comprar boletos a 32 centavos. No mentí una vez: mentí durante los tres años que duró la carrera.


Pero no usé la plata para eso. Había leído muchas entrevistas en las que los futbolistas contaban que, con su primer contrato, les compraron una casita a los viejos, así que yo también quise tener mi momento de gloria. Y lo tuve.

Al día siguiente, repartí con honestidad los últimos 700 y pasé a cobrar. Era domingo de Pascuas, entré a mi casa con el pecho inflado. Metí la mano en un bolsillo, saqué los 14 pesos que había ganado con el sudor de mis piernas y dije con grandilocuencia:

—Esta plata es para colaborar con lo que gastaron en el almuerzo.

¡Qué recuerdo hermoso, la puta que me parió! En aquel momento, el viaje mínimo de un remís valía 2 pesos y una grande de muzzarella valía 3: para mí, esos 14 pesos eran una fortuna.

Mientras ustedes recuerdan su primer trabajo y se preparan para contarme cuál fue, les hago una listita de los diez más raros que tuve.

• Cartonero (2002-2003) 

Mi abuelo Víctor me dio la idea. Sabía que, a pocas cuadras, un señor acumulaba papel y cartón en su casillita, para vender; y sabía que yo necesitaba plata. Atábamos con prolijidad los Clarín, Olé y Pronto que se compraban en casa, las cajas de pizza, los papeles usados y después yo salía por el barrio para ver si encontraba algo más.

Si pudiera guardar una imagen de esa época, sería esa: Víctor y yo caminando por Lomas de Zamora con una carretilla, juntos, llevando un montón de papel y cartón. Nos daban 40 centavos por kilo, y nos quedábamos charlando con el cartonero, ahora nuestro colega, que nos contaba que lo revendía a 60 centavos, y que le venía muy bien que fuéramos socios.

• Embolsador de tornillos (2003) 

Era como en las películas, se los juro: una fábrica infinita ubicada en el centro industrial de Burzaco, con horario estricto de entrada, hombres grandotes usando su fuerza bruta, una chicharra que sonaba a la hora del almuerzo, una especie de cinta por donde pasábamos y nos servían la comida, otra chicharra para volver a trabajar y una última para irnos.

Fue el trabajo más alienante que hice, codo a codo con el hermano de mi novia. Nos daban un bolsón de tornillos, un bolsón de tuercas y un bolsón de bolsitas. Teníamos que agarrar dos tornillos y dos tuercas, meterlos en la bolsita, caminar hasta una máquina que los sellaba con calor, volver y ponerlos adentro de una caja de algo que no sabíamos qué era. Así, martes y jueves de 8 a 17.

Nos contrataron hasta terminar de embolsar, así que no duramos mucho; habrán sido tres semanas. Pero fue un flash: nos veíamos al lado de obreros de 45 años, obreros de verdad, de esos que trabajan a lo bestia, y almuerzan, y vuelven a trabajar sin quejarse. No parábamos de reírnos y de sufrir, porque nos dolían las manos, la espalda, la cabeza. Nunca antes, y nunca después, me sentí tan parte de la clase trabajadora.

• Llenador de formularios (2006) 

Cuando terminó mi primer paso por el diario Clarín, fui un desocupado más. Conseguí mi siguiente trabajo de un modo prehistórico: compré el diario, leí los avisos, armé un mapita y viajé a decir “vengo por el aviso”. Me tomaron a prueba en Multiled, una empresa de carteles electrónicos que quedaba cerca de Constitución.

Camisa y corbata, de lunes a sábado, trato muy frío, 500 pesos por mes, nueve horas por día atendiendo el teléfono y llenando formularios como este:
Cuando mi vida comenzaba a ser un infierno, recibí un llamado salvador: me ofrecieron escribir en la revista de Fox Sports. Menos mal.

• Corrector en un café (2006-2008) 

La cosa era así: nos juntábamos sábado o domingo en un café y Christian, ex compañero de Clarín, me daba las páginas de la revista sobre Banfield que producía. Él miraba un rato para otro lado y yo corregía las notas (incluida la que yo mismo había escrito) a la velocidad de la luz. Al principio lo hacía a cambio del café y una medialuna de manteca; después, Christian empezó a pagarme 80 pesos por mes.

Nos pasó algo hermoso: en un café de Lanús nos atendió Ricardo Zielinski, actual director técnico de Racing. Era el dueño, pero había faltado la empleada y no quería cerrar. Nos deseó suerte con la revista y nos preparó dos cortados con mucha espumita. Christian es testigo.

• Modelo publicitario (2007) 

Una diseñadora amiga, Sandra, me llamó desesperada.

—Se nos cayó el modelo y necesitan alguien como vos. 


—¿Qué? —le respondí sin entender nada.

—Sí, sí, lo iba a conseguir yo, pero no puede —insistió. Por favor, me tenés que salvar. Son unas fotos nada más. Plata no hay, pero te dan los productos de regalo.

“Me tenés que salvar” es una frase imposible de esquivar. Sólo por eso estuve cuatro horas fingiendo usar almohadones de todo tipo frente a un fotógrafo. Sólo por eso, tal como pueden ver apretando acá y acá, sigo figurando en los catálogos de una marca llamada Mejor Postura casi diez años después.

• Estampador de remeras (2008-2010) 

Mi primo Matías, talentoso diseñador, creó su propia marca de remeras: EA Ropa. El tallercito era en el fondo de casa, así que a cada persona que pasaba cerca, Mati la ponía a apretar shablones o a colgar remeras en la soga. Yo pasaba seguido a propósito, porque me gustaba conversar con él y porque, cuando terminábamos, me regalaba la remera que peor había quedado. Todavía, la mitad de mi ropa lleva el símbolo de EA.



• Evitador de peleas (2009) 

Cuando cerró la revista de Fox Sports, otra vez engordé la lista de desempleados. Hice de todo en aquellos meses, pero el trabajo más glorioso fue organizador de torneos de fútbol 5. Fue nuevamente Christian el que me convocó y mi tarea más importante no era llenar planillas, darle charla al árbitro o entregarle una coca al ganador, sino evitar que los equipos protagonistas terminaran agarrándose a piñas. 

Lo logré casi siempre, excepto una vez: los diez jugadores de Malna y CPJ Avellaneda se empezaron a dar con todo, me quise meter a separar y ligué también. Ahí me di cuenta de que era mejor dejar que se pegaran, y contarlo después en las notas que escribía por gusto después de cada partido.

Editor-corrector-diseñador-y de todo de un libro (2010) 

Al principio, la municipalidad de Los Toldos iba a invertir mucho dinero en un libro por el centenario del club Viamonte, que sería escrito por la periodista Angelina Lombardo. Pablo Aro Geraldes me recomendó para dar una mano en la edición de textos; pero de pronto, por razones presupuestarias, el equipo de trabajo se vio reducido a Angelina y yo.

No supe renunciar a tiempo: Angelina escribía los textos y yo corregía, editaba, recortaba, diseñaba, retocaba fotos, armaba los PDF y hasta hablaba con la imprenta para saber cuánta demasía necesitaba la solapa de la tapa. Yo, hasta ese momento, no sabía qué demonios era la demasía.

Valió la pena: el libro, de más de cien páginas, quedó hermoso.

 • Extra publicitario (2010) 

Antes que seguir recibiendo piñas de futbolistas amateurs, preferí copiarme de mi amigo Sebastián Fernández y probar otro trabajo desesperado: ¡extra de avisos publicitarios!

No fallaba: hacías castings, te sacabas unas fotos y al poco tiempo te mandaban un mensaje de texto parecido a este:

"Publicidad martes 11 hs tiempo indefinido $ 20 la hora + $ 30 después de las 8 horas . Zona Palermo. Para confirmar llamar al 4861-4666".

Y yo llamaba, y me la pasaba ocho o nueve horas esperando para ser, durante veinte o treinta segundos, una persona que pasaba caminando por atrás, o parte de una muchedumbre, o sólo para tirar papelitos desde un segundo piso. 

Lo mejor, por lejos, fue cuando se filmó una publicidad en cancha de Racing: Martín Palermo fingía festejar un gol y yo hacía de fotógrafo. Esa noche grabé un videíto que pueden ver clickeando acá.

• Vendedor de historietas (2010-2013) 

Un día, decidí que tener 7.000 historietas era demasiado y que tenía que achicar la colección, así que elegí las peores y me senté en la plaza de Lomas durante horas. 

No vendí ninguna.

Por suerte, después conocí algo hermoso llamado Feria del Libro Independiente y Autogestiva, donde decenas de lectores que me las compraron o me las cambiaron por un sánguche vegetariano. Por suerte, todavía guardo algunas.


Ahora sí, los escucho: ¿cuáles fueron sus trabajos más raros?

domingo, 20 de noviembre de 2016

La mentira del periodismo deportivo

Por Martín Estévez

Abandoné el periodismo deportivo el 18 de marzo de 2002. Tenía 17 años y hasta ese momento había cumplido brillantemente mi labor: leía diez diarios por semana, miraba veinte partidos por mes y no hacía más que escribir sobre fútbol, básquet o saltos ornamentales. Esa mañana me sucedió algo horrible: empecé a estudiar en DeporTEA.

En realidad, yo quería ser guionista de comics. Mi objetivo no era cubrir los Juegos Olímpicos, sino ser el primer argentino en escribir la Liga de la Justicia. Apenas terminé el secundario averigüé en la Escuela Argentina de Historieta, pero no otorgaba título oficial y era un poco cara.

Eso lo podés estudiar después, como un hobbie escuché una y otra vez de mis conocidos. Hacé lo que quieras —me decían pero para mí tendrías que estudiar periodismo deportivo.

Me tomé en serio lo de "hacé lo que quieras" y resistí. Supe que la carrera de periodismo deportivo no existía en universidades públicas y que también había que pagar, así que los comics seguían con ventaja. 

A Tati alguien le dijo que DeporTEA era un buen lugar. Llamé y supe que la cuota era de $220 por mes. Imposible para nosotros: la crisis del 2001 nos había cacheteado y Tati hacía malabares para que todos pudiéramos comer. Pero ella investigó más.

—Me enteré de que dan becas —me explicó—. Vos venís de una escuela casi pública y tenés buen promedio en el boletín. Si te dan la beca y tu papá puede pagar una parte, llegamos.

Hablé con Juanca y él redobló la apuesta:

—No te preocupes, yo te pago la mitad. Y no hace falta que hagas los trámites para la beca, te doy 110 y listo.

Igual era una fortuna, así que hice los trámites por mi cuenta y conseguí un 20% de descuento, que me mantendrían si faltaba poco y tenía buenas notas. Juanca ponía 110, Tati 66 y yo tenía que arreglármelas para pagar los viajes y el resto de los gastos. Todo cerraba.

¿Todo cerraba? No. Mientras eso sucedía, seguía pensando en ser guionista. Lo único que me interesaba del periodismo era completar las campañas de Racing entre 1990 y 1997. Que esos partidos que recordaba tuvieran su comprobante físico: las hermosas síntesis de El Gráfico. El resto (entrevistar a un jugador de voley, comentar una semifinal o armar una tabla de posiciones) me parecía bien, pero no me obsesionaba.

A mediados de febrero, Tati me dijo:

—Te acompaño a DeporTEA y terminamos de averiguar todo. Y, si te convence, te anotás ese mismo día. Ya te queda poco tiempo.

—Tampoco hay tanto apuro —respondí haciéndome el canchero.

Cuando llegamos, me explicaron que la carrera duraba tres años y que el título era oficial. Que algunos periodistas conocidos habían estudiado ahí. Que la cuota sería más barata en los dos años siguientes. Que los profesores trabajaban en varios medios de comunicación y que había pasantías. Pero nada de eso me conmovía. No estaba convencido.

Ya en la planta baja, justo antes de irnos, me invitaron a pasar al archivo.

—Tenemos miles de revistas, libros y diarios —me contó un señor simpático llamado Enrique Stroppiana—.  Los alumnos pueden verlos y fotocopiarlos.

—¿Y de la revista El Gráfico tienen algo? —pregunté.

—Desde 1959 hasta este año, la colección completa, con las ediciones especiales incluidas.


La miré a Tati.

—Subamos así me anoto —le dije—. Ya me queda poco tiempo.

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Enseguida supe que la carrera era muy pobre: apenas seis horas de clase por semana, centradas en ejercitar "qué hacer cuando nos toque trabajar en algún medio". Además, los lunes de 9 a 12 había conferencias de prensa de deportistas. Sólo eso.

Es triste: en DeporTEA podés recibirte sin saber quiénes fueron los presidentes argentinos, qué significa monopolio o qué fue la Segunda Guerra Mundial. Estoy seguro de que buena parte de mis compañeros no sabían esas cosas. En el aula escuché nombrar muchas veces las palabras Palermo, Batistuta y Ginóbili. Pocas veces, ortografía, gramática y sintaxis. Y casi ninguna vez, Marx, capitalismo o explotación.

En DeporTEA no se estudia historia, filosofía ni sociología. Sólo se trata de escribir y aprender un poco sobre cada deporte. Muy poco: el examen final de la materia "automovilismo", por ejemplo, constó de una pregunta a cada estudiante. Un compañero, Amós, tuvo que responder cómo se escribía "Schumacher". Lo hizo mal: lo deletreó dos veces con G. Dijo Schumager. Igual aprobó.

Si aprendí algo en DeporTEA fue porque tipos como Daniel Vilá o Ariel Scher estropeaban los planes de mantenernos ignorantes. Vilá nos hablaba de la dictadura militar, de la suciedad del Grupo Clarín, de los periodistas corruptos. Ariel nos decía que no cuestionarse el mundo es ser pelotudo, que no leer es ser pelotudo y que el mundo ya tenía suficientes pelotudos para que nosotros ampliáramos el número.

A mí nada me importaba: después de cada clase, corría al archivo y me quedaba hasta el anochecer mirando revistas El Gráfico. Una por una, empezando por 1990. Hasta completar mis partidos, mi colección, mis memorias.

¡Cuántos vacíos oculté en ese archivo! Durante todo el 2002 no tuve amigos; ni una sola vez me junté con alguien a conversar, a tomar algo, a mirar televisión. No había con quién. Sólo tenía una novia a la que veía, con suerte, dos ratitos a la semana. Casi todas las noches me quedaba en mi casa recortando diarios, mirando televisión o leyendo historietas.

Entonces no era raro que los lunes entrara al archivo a las 12 y me fuera a las 19. Lo recuerdo ahora y me sorprendo: Enrique me esperaba con las cinco revistas siguientes a la última que había leído. Me convertí en parte del decorado del archivo: era el chico que siempre estaba ahí, mirando revistas.

Al menos empecé a verme con mis compañeros fuera de DeporTEA: los viernes, cuando iba al kiosco de la vuelta a fotocopiar los partidos de Racing, cuatro o cinco estaban ahí comiéndose un pancho y conversando. Yo pasaba y les decía "hola" muy bajito. Ellos no entendían por qué yo me hacía tanto daño.

En aquellas solitarias tardes de 2002, todavía no sabía que El Gráfico también tenía una historia sucia, ni que leer aquellas 416 revistas sería lo más periodístico de mi formación. Y mucho, pero mucho menos, imaginaba que algún día me pagarían por hacer exactamente ese trabajo.

Aunque no soy ni me siento periodista deportivo, empecé a trabajar en El Gráfico en 2010. Y en 2015 propuse una idea: leer toda la colección para construir un enorme resumen que finalizará cuando la revista cumpla cien años. En 2019, cuando llegue ese aniversario, habré leído los 4.805 números de El Gráfico.

Así que termino este texto un poco apurado, porque estoy en la redacción y tengo que seguir pasando páginas. Leo las revistas sorprendido de que me paguen por hacerlo, pero también con mucho cuidado y mucho detenimiento. No porque tenga miedo de que se me escape algún dato, sino porque quiero estar seguro, muy seguro, de que esta vez no las leo para ocultar mis problemas, mis vacíos ni mi soledad, sino solamente para honrar a ese gran periodista que supe ser hasta aquel 18 de marzo de 2002.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Tan cerca del dolor y de la fiesta

Por Martín Estévez

Es 27 de diciembre del 2001 y estoy llorando. Lloro sentado en el patio de mi casa, mirando para abajo, con la cabeza entre los brazos. Hay bombas de estruendo en el barrio. Yo lloro más fuerte. Hace 177 segundos, 178, ahora 179 segundos, Racing acaba de salir campeón por primera vez en mi vida. Esperé mucho este momento, muchísimo este momento, y lloro. Mi tía Elvira me mira, creyendo que lloro de felicidad. Pero no: lloro porque estoy muy triste.



•••

Lo leí hace poco en un libro y me fascinó: sólo se llora por tristeza. No es posible llorar por alegría ni por felicidad. El cuerpo no puede fabricar lágrimas sin la reacción química que genera la tristeza en el cerebro. No quiero escuchar opiniones diferentes, no insistan: esto está comprobado científicamente.

Vayan para atrás, repasen rápidamente sus vidas, y noten cómo cambian las cosas; ahora saben que todas, pero todas las veces que lloraron, fue por tristeza, angustia, dolor o miedo. Pero por felicidad, nunca: es imposible.

¿Por qué llora una madre que tuvo un embarazo difícil cuando ve a su hijo recién nacido? Porque lo primero que aparece en su mente es el inmenso sufrimiento que atravesó para llegar a verlo. Recién entonces se permite soltar las muchas lágrimas que se guardó. Llora ese dolor.

¿Por qué lloran algunos padres cuando ven entrar a su hija al cumpleaños de 15? Por angustia: entienden de golpe que el pasado jamás volverá, que el tiempo ha avanzado más rápido de lo esperado, que la vida es corta. Lloran porque su hija es cada vez menos suya.

¿Y por qué llora la hija, también? Llora porque tiene miedo. Tiene miedo de que algo en la fiesta salga mal, se siente demasiado observada, y descubre que cada vez está más cerca de tener que hacerse cargo de su vida, sin la protección permanente de los que están ahí. Y si yo estuviera en su lugar, les digo la verdad, también lloraría.

Más allá de que las causas cambien, siempre están vinculadas a la angustia. Busquen cada llanto posible, y van a ver que todos tienen una contracara triste, una oscura explicación que quedaría perfectamente oculta si no fuera por un detalle: las lágrimas. 

Yo vi la cara de los que dicen llorar por felicidad y no hace falta que me lo confirme la ciencia: son caras de angustia, de dolor acumulado. No piensan "qué bueno que apareció esta felicidad"; piensan "por fin se acabó esta tortura".

Así que ya lo saben, cuando vean a alguien "llorar de emoción", sepan que esa emoción nunca es felicidad. Que esa persona está triste, angustiada o asustada. Ustedes ahora lo saben, y no podrán olvidarlo nunca más. En cambio, en 2001, mi tía Elvira no lo sabía.

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Aquel 27 de diciembre lloraba porque pensaba que el día de Racing campeón iba a ser distinto. Me imaginaba feliz, con toda mi familia cerca, o tal vez saltando con Mati y Albert en la cancha, y recibiendo saludos de un montón de amigos. Pero no: estaba en un momento de mierda.

El año 2001 fue una tortura. Después del viaje a Bariloche, viví los seis peores meses de mi vida. Odiaba ir al colegio. Sufría. Callaba. Era el último año del secundario y mis ex amigos hicieron lo posible para que la pasara mal. No les costó mucho conseguirlo: me ignoraron y, cuando no me ignoraron, fue sólo para hacer comentarios hirientes sobre mí.

Que quede claro, de todas formas, que el problema no eran ellos. El problema era yo, que hacía dos años había empezado a sentirme mejor conmigo mismo, y ahora estaba otra vez ante el gran miedo de mi vida, ante el gran miedo de la vida de muchos de nosotros: sentirme solo.

En toda esa puta mitad de 2001, cada vez que pisé la vereda del colegio sentí que a nadie le importaba mi sufrimiento. Si en ese momento alguien me hubiera dado un botón que saltara el tiempo seis meses hacia adelante, lo habría apretado hasta con los testículos.

En medio de mi trauma personal, de mi falta de amigos, el país se fue al carajo. La década menemista fue una bomba que explotó dos años después, con pobreza, hambre, desocupación, corralito. 

Días antes de aprender a decir "Racing campeón", aprendí lo que significaba "estado de sitio", "saqueos", "presidentes interinos" y "congelamiento de cuentas". En la calle, la mitad de Lomas de Zamora tenía miedo, y la otra mitad tenía hambre. Yo no estaba en ninguna de las dos mitades: yo sólo tenía tristeza.

El día que se iba a definir el campeonato no hubo fútbol porque, tres días antes, el presidente se había escapado en helicóptero. Por eso, Racing jugó un jueves a la tarde. Hice fila desde la madrugada, pero no conseguí entradas: lo vi en casa, sin Mati, sin Albert, sin Tati. Y me sentí un poco más solo.

En esos mismos días, tan agrios, tan raros, un gordo hermoso llamado Hernán Casciari escribió un texto llamado Tan lejos del dolor y de la fiesta, en el que explicó cómo vivió desde España sus angustias internas, el dolor de su Argentina y la fiesta de su Racing. A mí me pasó al revés: me explotó todo tan cerca que no pude procesarlo.

Ese jueves a la tarde, ese 27 de diciembre de 2001, tenía todas esas cosas en la cabeza cuando el árbitro sonó el silbato, Racing empató 1-1 con Vélez y fui campeón por primera vez. Sentía tristeza, angustia, dolor, miedo. Por eso lloraba.

Cuando terminé de llorar recordé que, aunque ya habían terminado las clases, dos días después era mi entrega de medallas. Tuve miedo de una humillación, ya no privada, sino enfrente de mi familia. Que me gritaran "pelotudo" o "puto" mientras alguien me acercaba el diploma. Pero la tristeza ya me tenía harto. Marcelo, Lucas y Juan Manuel ya me tenían harto.

Ese mismo 29 de diciembre, por suerte, Racing decidió celebrar el título con un partido amistoso. Supe enseguida lo que debía hacer: mientras un directivo en el Instituto Lomas de Zamora decía "Martín Estévez" por un micrófono, y miraba para todos lados esperando mi aparición, yo estaba en la cancha, gritando "dale campeón, dale campeón" con Gaby. Viendo, aliviado, la única entrega de medallas que no me hacía llorar.