jueves, 27 de septiembre de 2018

Soy rasca

Por Martín Estévez 

Fue en 2006. Casi ni nos conocíamos, pero nos tocó almorzar juntos. Pablo (no diré que su apellido es Aro Geraldes para preservar su intimidad) y yo teníamos trabajo estable, plata en los bolsillos, pocas urgencias; era tal vez el mejor momento económico de nuestras vidas. Nos dieron el menú del restaurante, lo abrí y enseguida supe lo que quería: era irresistible. No sabía si pedirlo o no, porque tenía miedo de que Pablo me mirara raro. Para disimular, empecé por la comida: 

–Te pidooo… Tira de asado con papas fritas, por favor –le dije al mozo fingiendo que no estaba nervioso. 

–Yo quiero un bife de chorizo, también con fritas –pidió Pablo. 

El mozo anotó. Yo sentía que llegaba el momento clave y me decidí: lo iba a pedir fuera como fuera. No podía dejarlo pasar. 

–¿Y para tomar? –preguntó el mozo. 

–¡Un vaso de soda! –grité yo y gritó Pablo, los dos al mismo tiempo, formando un coro que reveló algo maravilloso: él también era rasca.


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Que ni se les ocurra confundirme con un codicioso, un avaro o un egoísta. No soy nada de eso. Soy simplemente rasca. 

Rasca no es el que gasta poca plata para guardarla o invertirla: es el que siente un inmenso, delicioso placer al hacer compras baratas, al conseguir a 30 algo que valía 70, al comprar cuatro paquetes de 250 gramos porque sumados valen menos que el de un kilo. 

Me encanta caminar 30 cuadras hasta una panadería que vende la docena de facturas a $10 menos que la que está a la vuelta de mi casa. Disfruto pasando horas en kiosquitos que ofrece golosinas al por mayor pensando en cuál me sale menos por unidad. 

Amo los restaurantes que tienen gaseosa de dos litros, pero más amo que te vendan un vaso de soda a un precio casi inexistente, más amo tomar esa soda de a poco para no tener que pedir otra, más amo gastar en un almuerzo con entrada y postre lo mismo que otras personas gastan en una coca y un alfajor. 

¿Por qué digo que no soy avaro o codicioso? Porque no lo hago por la plata. Si vamos a comer catorce personas, y todas piden mariscos y champagne, me gusta dividir la cuenta por igual. Eso sí: yo seguro pediré tortilla de acelga con agua mineral, para gastar menos.

No necesito plata: necesito el dulce éxtasis de encontrar ofertas, necesito el milagro de la rebaja, necesito la hazaña de regatearle pesitos a una multinacional. 

Cada noche, cuando me acuesto, repaso en silencio mis mejores momentos: los 14 alfajores Suschen a $0,89 (¡menos de 7 centavos cada uno!) en 2002; el sánguche de tortilla de papas a $15 en 2009; que me arreglen la rueda de la bicicleta por $25 en 2017. ¡Ay, qué orgasmos, carajo! 

Y agrego algo más (esta es la parte en la que todos piensan que miento aunque diga la verdad): mi gusto por lo rasca me está alterando el cerebro. Es en serio, créanme. Justo antes de comer algo de oferta, de probarme una remera barata o de entrar a una pizzería de mala muerte, es como si mi mente dijera: “Esto te va a gustar”. 

Parece increíble, pero les juro que me terminan encantando las empanadas de $9, el helado de Grido, andar en bicicleta, la Pritty lima-limón, las canchas de paddle rotas, la pizza de Ugi’s, las mandarinas, los turrones después de Navidad, bañarme con jabón blanco, los chizitos sueltos. No es chiste: mi cerebro me hace creer que el chocolate Hamlet no tiene grandes diferencias con el Milka; siento que el desodorante Axe no me dura tanto como el Etiquet; las vacaciones en Humahuaca, en una casa de familia, me gustan mil veces más que en un hotel cuatro estrellas de Río de Janeiro. 

Me sentía un poco solo en el mundo hasta que con Pablo vimos el precio del vaso con soda. Desde entonces, nuestra relación no se basó en charlar, en trabajar juntos, en cuidarlo cuando sufre síncopes ni en que me enseñe detalles de países absurdos: creció gracias a porciones compartidas, a sobrecitos de azúcar gratis, a estrategias sobre cómo potenciar la austeridad hasta extremos sin sentido. 

Ya los escucho cuchichear a ustedes, los que están leyendo. “Este en realidad es una rata, un amarrete”, deben andar pensando. Por eso les contaré nuestra obra magna, que debería figurar en el manual del buen rasca. Ojalá Pablo recuerde esa noche. 

Eran más de las once, teníamos hambre, entramos al lugar menos ostentoso que encontramos. Miramos la carta, calculamos $75 cada uno por la comida y $35 cada uno por las gaseosas (no había grande). Total: $220. Podíamos gastar eso sin problemas, pero sentimos que la sangre rasca hervía en nuestras venas. 

La pizza grande estaba $110, era un buen ahorro, pero encontramos algo mejor: porciones de pizza a $12 cada una (muzzarella, obvio). Pedimos cinco, dos y media para cada uno. Nuestro total descendía a $130, pero no nos conformamos. 

La moza iba y venía esperando que pidiéramos, pero nosotros seguimos buscándole la vuelta al asunto. Pablo encontró, en un rinconcito del menú, “pingüino de moscato”. Me explicó que era un vino medio raro, en una jarra medio rara, pero valía $45 y, si pedíamos mucho hielo, duraría toda la cena. Accedí sin dudarlo. 

Comimos y tomamos por $105 y, desde ese momento, me volví fanático del moscato: me parece la mejor bebida alcohólica del planeta. Siempre tengo uno en casita para los jueves a la noche. 

Después de terminar la quinta porción, quedamos tan contentos que pedimos otro moscato y terminamos medio borrachos, hablando de cuando nos conocimos en la revista Fox Sports, de todos los trabajos que él me consiguió, de equipos de fútbol africanos, de Dolina, de cómo nos duele a veces la vida. 

Ya no quedaba nadie, la moza nos puso cara de “por-favor-váyanse-así-cierro”. Pagamos, Pablo se escondió tres sobrecitos de azúcar en el bolsillo y, antes de irnos, puso 10 pesos de propina y yo puse otros 10. 

Amagamos con salir, abrimos la puerta de vidrio, pero él volvió y puso 10 más. Y yo puse otros 10. Después él puso 5, y yo puse otros 10. Nos miramos con intensidad. Sin emitir palabras, empezamos a sacar lo que teníamos de los bolsillos, apoyamos todo lo que pudimos sobre la mesa. Y al final lo contamos, para estar seguros de lo que estábamos haciendo: dejamos $137 de propina. Entonces sí, salimos a la calle. 

Dormiríamos en su departamento, que estaba a unas 25 cuadras. Me acuerdo bien: hacía frío, lloviznaba un poco. Nos sentíamos algo mareados, sonreíamos. Y empezó a llover un poco más.  

–Vayamos caminando –me dijo Pablo– así nos ahorramos la guita del colectivo.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Me cago en mis promesas

Por Martín Estévez

Tengo una costumbre de mierda: prometer cuando estoy sensible. “Quedate tranquila que yo lo arreglo”, “La semana que viene voy seguro”, “Lo guardo hasta que haga falta” y “Te voy a amar para siempre” son frases que suelo decir conmovido por algo que pasó en el mundo, pero que me terminan atando durante días, meses, siglos a promesas que después ni sé por qué hice y que me niego a olvidar (también sin saber por qué). 

Una de esas promesas se originó el miércoles 19 de julio de 2006. Yo escribía y corregía una revista llamada Fox Sports, en Palermo: un trabajo durísimo que me ocupaba buena parte de la vida. Una compañera del sector de administración, Sandra, se acercó temprano a la redacción y preguntó si a la tarde podían visitarnos su hijo y un amigo para que les contáramos “cómo era ser periodista”. 

“Ser periodista es una mierda”, pensé por dentro, antes de darme cuenta de que mis compañeros se hacían los boludos y miraban para otro lado. “Justo tengo una nota”, “me voy temprano”, “conmigo se van a aburrir”, fue el coro de excusas. Vi la cara de derrota de Sandra y no pude evitarlo: 

–Yo recién empiezo en esto del periodismo –le dije–. Pero no tengo problemas en estar un rato con ellos. 

Desde entonces fui su favorito, pero me metí en un quilombo grande. 

Su hijo Maxi y el amigo de él, Lautaro, tenían 11 años y resultaron bastante simpáticos. A mí, cualquier cosa me parecía mejor que corregir revistas que se publicaban en El Salvador, así que les armé un show en el que el periodismo era la pasión misma e imagino (porque ahora haría lo mismo) que armamos una nota en la que ellos eran protagonistas. Fin del asunto. 

¿Cuál es el gran problema, entonces? Que, seis años después, me llegó este mail de Lautaro:


Yo atravesaba un momento sensible y su mensaje me conmovió. Recordé los ojos del pequeño Lautaro y le dije que sí, que claro, que contara conmigo para lo que fuera. Y pisé el palito, como siempre: le prometí que nos juntaríamos personalmente a conversar. ¿Por qué hiciste eso, Martín? ¡¿Por quéee?! 

Ya pasaron seis años desde aquel mail. Seis años en los que presentí que no podría cumplir la promesa; pero, en vez de confesarlo, la seguí alimentando: saludaba a Lautaro por facebook en su cumpleaños, les daba MG a sus publicaciones y anotaba su nombre en mi lista de “cosas pendientes”. Me mentía a mí mismo. 

Hasta ahora había podido cumplir todas mis promesas, pero me doy cuenta de que tal vez no pueda seguir haciéndolo. Que es verdad que nuestra palabra es importante, pero eso no significa que haya que viajar durante horas para ver a un desconocido y conversarle sobre no-sé-qué-cosa solamente para dormir tranquilo, solamente para poder decir “no traicioné a nadie”. 

Y también sé, lo asumo, que ser capaz de romper una promesa es ser capaz de romperlas todas. Yo prometí visitar a Fanny hasta que alguno deje de respirar; prometí no pegarle a una puerta nunca más; prometí no hacer nada injusto por plata; prometí no olvidar a las mujeres que amé para siempre… ¿Seré capaz de romper también esas? 

Dirán que no son comparables, pero la promesa que le hice a Lautaro valía exactamente lo mismo que todas, porque todas son una, todas son mi palabra, todas son lo que prometí ser. Y me duele, pero mucho peor que no cumplir una promesa sería no asumir que no la vamos a cumplir. 

Así que escribo este texto para pedirle perdón a Lautaro por haberlo hecho esperar en vano durante doce años. Y confesar, ante todos los que están leyendo, que hoy ya no sé si es posible amar siempre lo imprevisible, encapricharnos con nuestras promesas, hacer lo que creemos justo aunque nos duela como la mierda. 

Durante seis años quise escribirle a Lautaro que no nos íbamos a ver nunca, que me arrepentía de lo que le dije, que me perdonara, o que no me perdonara, pero que yo no sabía, no tenía idea de qué decirle cuando lo viera, que tenía miedo de que fuera una mala persona y tener que caretear simpatía, o de que él pensara que yo era mala persona y me despreciara. Durante seis años quise decirle a Lautaro que ya soy un señor grande y que no es tan fácil dedicar tardes enteras a buscar historias, que me duelen los huesos, me duele la vida, Lautaro, que no te puedo aconsejar casi nada porque yo tampoco sé para dónde voy, que ya no sé qué es el periodismo, qué soy yo, que ya ni siquiera sé si soy ese pibe de anteojos, asustado, apático, sin sexo, explotado por malas personas que una tarde de 2006 mintió con fuerza para que ese chico de 11 años no supiera antes de tiempo que lo que le esperaba en la vida no eran periodismos brillantes y tardes de sueños, sino angustias brutales, explosiones de injusticias, alivios en el amor, pérdidas, imposibilidad de entender, enfermedades, mujeres que tal vez ya no nos amen y también otra clase de mentiras, las compartidas, porque las mentiras compartidas entre personas que se aman son siempre un poco verdad. 

Pero no me animé, no me animé nunca a escribirle, estuve años escondiéndome como un imbécil, como un injusto, como esto que soy. Angustiado, angustiadísimo por todo aquello que me persigue, doce años después, exactamente doce años después de la primera vez que nos vimos, el 19 de julio de 2018, no aguanté más tanto silencio, tanta cobardía y tuve que admitirlo todo. Fui a su casa, toqué su puerta y se lo dije: las promesas, Lautaro, están hechas para cumplirlas.


miércoles, 18 de julio de 2018

Homenaje en vida

Por Martín Estévez 

Me hincho soberanamente los huevos cuando se muere un famoso y todo el mundo se convierte en su fanático. En los últimos años lo sufrí con Spinetta (2012), Gustavo Cerati (2014) y Eduardo Galeano (2015). Centenas de personas a las que jamás en la puta vida les oí nombrarlos, comenzaron a poner frases de sus canciones, partes de sus textos o hasta fotos diciendo “te vamos a extrañar”. ¡No van a extrañar una mierda, mentirosos del infierno! ¡Están careteando para quedar bien! Usar un cadáver para ganar popularidad es lo más bajo que se me ocurre. Perdonen las malas palabras, pero este tema me pone loco. 

Entiendo que, algunas veces, homenajear a nuestros muertos sirve como un legado futuro. Recordar todo el tiempo a Luciano Arruga, Norma Plá, Darío Santillán o Anahí Benítez me parece bien, porque nos enseña el camino hacia un sistema más justo. Pero rondar las redes sociales como buitres, esperando que muera un famoso para buscar sus frases en Google y pegarlas en nuestro muro, eso directamente nos denigra como especie. 

Redoblo la apuesta: no sólo me enojo con los que elogian hipócritamente a los recién muertos, sino con los que realmente admiraban a Cerati, Galeano o a quien sea, y no lo dijeron a tiempo. ¡Había que abrazarlos, mandarles cartas y homenajearlos cuando estaban vivos! ¡Ahora ya no sirve para nada! A Spinetta, lamento decirles, no le hace feliz que se hagan un tatuaje con su cara… ¡porque ya se murió! 

Y todo esto, claro, lo traslado a nuestra vida cercana, íntima, familiar. ¡Cuántas, cuántas miles de veces nos quedamos con cosas por decir cuando se muere alguien! “Me hubiera gustado decirte que…” es una proclama de nuestra cobardía, nuestra torpeza, nuestros más grandes errores. ¡Hablemos ahora, carajo! ¡Hablemos antes de que la gente se muera! 

Yo empecé la Campaña Mundial de Homenajes en Vida (CMHV) el 18 de diciembre de 2005. Ese día, mi abuelo Víctor cumplió 80 años y decidí contar su historia para conocerlo, para compartirla y para decirle cuando todavía me podía escuchar: “Te quiero tanto, gordito hermoso”. 

Desde entonces no hago más que perseguir personas vivas para gritar a tiempo lo que pienso de ellas. ¡Me aterra pensar que se mueran antes de oírlo! Mis blogs están llenos de homenajes a seres que todavía respiran, comen postre y cantan. Cuando alguien muera, no quiero pensar “me hubiera gustado decirte que…”. 

Si los homenajes a los muertos nos dejan sabor gris, sensación de vacío, los homenajes en vida generan lo contrario: nos acercan a los que amamos y resignifican su existencia cuando todavía nos queda tiempo para abrazarlos o insultarlos. Hablar durante tres tardes con Víctor sirvió para que él supiera, durante los últimos cuatro años de su vida, cuánto lo quería. Estoy seguro de que eso lo hizo feliz. 

Homenajear a un muerto no es un riesgo: podemos decir que Galeano fue un héroe o nuestra bisabuela una genia porque ya no pueden decepcionarnos ni arruinarlo todo. Los homenajes en vida, en cambio, son para valientes: por ahí le hacemos un monumento a alguien que, poco después, comete una injusticia aberrante que humilla nuestra admiración. Pero, como dice Alejandro Dolina, poner las manos en el fuego por alguien sólo tiene valor si sabemos que podemos quemarnos. 

Por eso, quiero seguir hablando y hablando de Dolina y de todos los vivos a los que admiro. No quiero esperar a que Vanesa Orieta, Hernán Casciari, Nora Cortiñas, Braian Toledo, Marcelo Bielsa o mi abuela Fanny se mueran para hablar maravillas de ellas y ellos. Hay que hacerlo antes. Hay que hacerlo ahora. Hay que hacerlo ya. 

Propongo que todos se sumen a la Campaña Mundial de Homenajes en Vida y cuenten, ahora mismo y todos los días, a quién adoran, a quién aman, a quién admiran. Háganlo para que esas personas se enteren y sean felices. Para que los demás los conozcamos y vayamos a abrazarlos. ¡Homenajeemos en vida, carajo! 

Yo mismo quisiera que cierren el pico cuando me muera. Las personas que jamás dijeron algo bueno de mí, no me felicitaron, no anotaron frases mías en sus cuadernos, no me regalaron parte de su tiempo, no tienen el más mínimo derecho a elogiarme cuando ya no esté. 

Incluso si existiera algo después de la muerte, no pienso volver a la Tierra a escuchar lo que dicen de mí: quiero saberlo ahora. Y no sólo yo: todos queremos saberlo ahora. Queremos saberlo vivos. 

Estoy haciendo un listado de personas que me homenajearon. Sólo ellos, cuando muera, podrán levantar la voz, clamar verdades, amarme sin culpas. Sólo ellos dormirán tranquilos porque, cuando me vieron sufrir, no se quedaron en silencio pensando “algún día le voy a decir que…”. 

Y para demostrar que me tomo la campaña mundial en serio, me la juego: a los que cuenten ahora qué dirían sobre mí el día de mi muerte, les diré lo que yo diría sobre ellos. Porque homenajes hay muchos, es cierto. Pero los homenajes de verdad, los importantes, los justicieros, los que cambian el mundo, señoras y señores, se hacen en vida.

viernes, 15 de junio de 2018

¿Qué onda, che, cómo se lee este blog?

► Cuento mi vida en orden cronológico en estos textos:

• Burum bum bum (1990)
• Walter Castaño (1990)
• El amigo que perdí (1990)
• El peso de la langosta (1991)
• Violeta (1991)
• Lo que ellas no pueden decir (1991)
• 1992 (1992)
• La edad de mis preocupaciones (1992)
• Apenas algo de Tavárez (1992)
• Y él respondía "nada" (1993)
• La culpa la tiene Casciari (1993)
• El Mundial '93 (1993)
• Terapia infantil (1994)
• Rodolfito (1994)
• Ir a la cancha es una mierda (1994)
• ¡Soy varón, la puta madre! (1995)
• Martín Estévez en wikipedia (1995)
• La esperanza no desciende (1995)
• Duhalde, mi buen amigo (1996)
• Esquinas (1996)
• Hoy maté al Piojo López (1996)
• El doctor Moldes (1997)
• Mi problema con Milito (1997)
• Los Chakales 1 - Borges 0 (1997)
• Verano del '98 (1998)
• No terminé el colegio (en serio) [1998]
• Mi mentira tiene patas largas (1998)
• El día que salvamos a Racing (1999)
• Mi papá (por fin me animo) [1999]
• Rencorito (1999)
• Me cortaron el pene (2000)
• Lo que me enseñó Marisa (2000)
• Los Andes es sólo una cordillera (2000)
• La basquetbolista más linda (2000)
• El Asesino Anónimo (2000)
• Lo que aprendí en un balcón (2000)
• Qué hacer si gustás de tu amiga (2001)
• Por qué odio Bariloche (2001)
• Tan cerca del dolor y de la fiesta (2001)
• La mentira del periodismo deportivo (2002)
• ¿Y vos de qué trabajaste? (2002)
• Yo fui eyaculador precoz (2002)
• La revista más pobre del mundo (2003)
• La agenda de la vergüenza (2003)
• Mi primera muerte virtual (2003)
• ¿Quién es el presidente de tus amigos? (2003)
• Estoy enfermo (2004)
• En paz descanses, e-mail (2004)
• Clarín me genera orgullo (2004)
Dejame en paz, Lisandro (2004)
• Los milagros son apenas matemáticas (2005)
• Yo fui impotente (2005)
Choriplanero, tibio y globoludo (2005)
Homenaje en vida (2005)
Me cago en mis promesas (2006)

► Textos "personales" pero sin orden de tiempo:


• Vanina (escrito en 2009)
• Tamara (aunque ella prefiera otro título) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (I) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (II) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (III) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (I) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (II) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (III) [2010]
• Quería llamarme Javier (2010)
• El último clásico (2011)
• Vivir solo (2012)
• Cuadras y barquitos (2012)
• Yo también soy Damián Toledo (2012)
• El que no arriesga, no pierde (2012)
Perdió Racing y estoy feliz (2015)
• Primeros años sin mi abuelo (2015)
• El pelotudo de la mesa 51 (2016)
• Los orgasmos de mi abuela (2016)
• El asesinato de mi tía-abuela (2017)

► Otros textos:

• Ausencias (escrito en 2006)
• Imposibles (2006)
• Soy maestra (2009)
 Soy ladrón (2009)
• Soy boliviano (2010)
• Los cedros (2011)
• Historias de sueños (2012)

► Poesías viejas que me avergüenzan pero las dejo porque perdí una apuesta: 

Y siempre (escrita en 1998)
 Historias secretas (1999)
 Te sigo perdiendo (2000)
 Acariciando tus manos (2001)
 Sueño de una noche de invierno (2002)
 El día que fui silencio (2003)
 Una fresia por cada sonrisa (2005)
 Neuquén (2007)
 Tu voz sin barniz (2007)
 La peor parte de Arjona (2007)
 Lo que queda de vos (2007)
 El vals de los milagros (2008)
 El secreto que ya sé (2008)
 Micaela (2009)
 Soneto para los que luchan (2016)

► Textos que fingen ser sobre deportes pero hablan de otra cosa: 

 Mundo Messi (2006)
 Cuentos asombrosos (2011)

Choriplanero, tibio y globoludo

Por Martín Estévez 

Este texto será buen argumento para que los macristas me digan “choriplanero”, los revolucionarios me acusen de “tibio”, los kirchneristas me apoden “globoludo” y los apolíticos repitan que “gobierne quien gobierne, tengo que trabajar todos los días” (desconociendo que gracias a luchas sociales tienen uno o dos días de descanso por semana). Se los advierto desde el principio, como para que vayan frotándose las manos antes de destrozarme. 

Desarrollaré acá apenas dos ideas: inventaré el término “decisionista” y afirmaré que nada le hace peor a una ideología que sus propios fanáticos. O sea: que para el kirchnerismo no hay nada peor que un kirchnerista, y etcétera. Y después saldré corriendo para que no me fajen.


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El 15 de diciembre de 2005 a la mañana, yo era un vago de 21 años que estaba en el fondo de casa, metido en la pileta porque no tenía otra cosa que hacer. Mi tía Elvira, como siempre, había puesto Radio Mitre a todo lo que da. De pronto, ella, Gaby y yo escuchamos una conferencia en la que el presidente Néstor Kirchner decía: 

“En el día de la fecha hemos tomado las decisiones institucionales… que nos permitirán destinar nuestras reservas de libre disponibilidad… al pago de la deuda total con el Fondo Monetario Internacional…”. 

Oímos también aplausos y, de pronto, Elvi se puso a llorar. Fue la segunda vez que la vi lagrimear por una decisión gubernamental: la primera había sido cuando Menem terminó con el servicio militar obligatorio. 

–¿Por qué llorás? –le preguntó Gaby. 

–Porque por fin este país va a salir adelante… No sabés cuánto hace que venimos sufriendo para pagar esa deuda, un año, otro año, y no se terminaba nunca… Ay, qué alegría… 

Y siguió llorando. 

Trece años después, no conozco a nadie más antikirchnerista que Elvi. Es probable que si le pregunto por aquella mañana, la haya borrado de su memoria. Y si se la recuerdo, dirá: “No sé para qué pagaron la deuda, si después se robaron todo”. 

No es esto una crítica contra el gobierno de Kirchner ni contra mi tía, sino la historia (una de tantas) que da pie a una pregunta: reconocer que un gobierno que no nos gusta tomó una buena decisión, ¿es contradictorio con lo que pensamos? Y si lo hacemos, ¿estamos “beneficiando al enemigo”?

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Está difícil hablar de política sin generar enojos, sin que nos bloqueen de una red social, sin que un desconocido crea que somos amigos por apoyar una idea. Hay muchas personas olfateando, como perros de presa, si somos kirchneristas, macristas o cualquier-cosa-istas para saltarnos a la yugular y acusarnos de cosas horribles. 

Voy a aclarar rápidamente mi posición política para que no pierdan energías descubriendo un secreto que no existe. 

Por una parte, me parecen injustos y peligrosos los partidos políticos. Injustos, porque el poder en ellos no está distribuido: algunos mandan, otros obedecen. Peligrosos, por lo mismo: si las decisiones dependen de pocas personas (¡a veces de una sola!), las posibilidades de error aumentan. Y un error, a nivel gubernamental, puede generar sufrimiento, dolor, muertes. 

Prefiero (y formo parte de) organizaciones sociales que toman decisiones en asambleas donde las opiniones de todos valen por igual (esto disminuye la posibilidad de cometer errores) y que no apuestan a llegar a la presidencia, sino que trabajan por fuera del “sistema electoral” para generar modificaciones estructurales en barrios, localidades y provincias. 

Sin embargo (esta es la parte donde los revolucionarios me pueden considerar “tibio”) considero que no todos los partidos políticos son igual de malos; y que el voto es una importante herramienta que tenemos para luchar contra lo que creemos injusto. 

Por eso, en este texto haré dos propuestas: primero, a quienes gustan de los partidos políticos; y, luego, a los que no. Quédense: hay para todos.

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¿Por qué un kirchnerista es malo para el kirchnerismo? 

Porque los partidos políticos, por definición, necesitan crecer para sobrevivir. Crecer significa que personas que antes no apoyaban a ese partido comiencen a hacerlo. 

La mayoría de quienes se autodefinen “kirchneristas”, “macristas” o “lo-que-sea-istas” no son útiles para esa función por dos motivos: porque suelen estar más enfocados en demostrar su pertenencia que en convencer a los que piensan distinto; y porque al mostrar con vehemencia su afiliación hacia un partido pierden credibilidad. 

Les guste o no, que yo venga y diga: “Soy del Frente de Izquierda y quiero decirle que Nicolás del Caño es la mejor opción para presidente” da mucho menos resultado que decir “yo no estoy ni con uno ni con otro, pero la verdad que este chico Del Caño habla muy bien y, cuando dice algo, lo cumple”. 

¿Les estoy aconsejando a kirchneristas y macristas que si quieren favorecer a su partido deben ocultar su afiliación? ¡Sí, señoras y señores! ¡Exactamente! No se trata de avergonzarse de lo que son: se trata de estrategia para favorecer a su partido. Piensen ustedes mismos: ¿qué da más resultado? ¿Un kirchnerista criticando al macrismo; o alguien que dice “con el kirchnerismo tengo mis diferencias, pero lo que está haciendo el macrismo es mucho peor”? ¿Se entiende? 

Y ni hablar de aquellos que presentan “argumentos” en favor de su partido acompañados de términos como “la década ganada”, “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”, “gobierno nacional y popular”, “sinceramiento y transparencia” o, en los peores casos, “globoludo”, “choriplanero”, “facho” o “negro de mierda”. 

Al leer esas cosas, yo (y muchísimas personas) lo que más deseamos en el mundo es estar lo más lejos posible del partido que esa persona defiende. A mí me gustó la reestatización de YPF, pero si alguien la explica diciendo “para vos, globoludo, gato”, me dan ganas de oponerme sólo para no darle la razón. 

“Gorila”, “dinosaurio”, “feminazi”, “kuka”, “fascista”… Todas esas palabras anulan la posibilidad de cambiar el pensamiento de alguien. Y así, el kirchnerista o macrista fanático de sí mismo termina perjudicando a su partido. 

Si te gusta un espacio político por sus ideas, no se las repitas a los que se las saben de memoria: llevalas a territorio ajeno, robale fuerzas al que se opone. ¡Sé estratégico, escondé un rato tu bandera y convencé con argumentos, carajo!

Ay, me calenté para la mierda.


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Y los que no estamos de acuerdo con la política partidaria, ¿qué hacemos respecto a las acciones de los gobiernos?

Si no somos “kirchneristas”, “macristas” ni nada vinculado a un partido político, propongo que seamos “decisionistas”. Aprovechando nuestra libertad de opinión y cierta “neutralidad”, debatamos cada decisión gubernamental con total franqueza. No hace falta oponerse a todo, de ninguna manera. 

Seamos honestos por conveniencia: conseguiremos la confianza del otro y luego podremos comentarle por qué creemos en las organizaciones independientes y autogestivas. Por qué, aunque algunas decisiones de los partidos nos parezcan buenas o malas, consideramos que uno de los problemas es justamente el sistema partidario. 

Para poner un ejemplo práctico, arranco yo. Personas del mundo, aquí va toda mi tibieza: 

• me parece justo que el gobierno de Macri haya permitido el debate sobre el aborto, y me parece injusto que ordene golpear a personas que reclaman por sus derechos; 

• me parece justo que el gobierno de Cristina Fernández haya impulsado la Asignación Universal por Hijo, y me parece injusto que haya impulsado la Ley Antiterrorista; 

• me parece justo que las organizaciones sociales autogestivas decidan todo en asamblea, y me parece injusto que no le den al voto la importancia que merece; 

• me parece justo que los apolíticos desconfíen de la clase política, y me parece injusto que con su apatía sean cómplices de aberraciones criminales. 

¿Qué soy si digo todo esto? ¿Tibio, panqueque, choriplanero, globoludo, desclasado, anarquista, piquetero, imbécil? No: soy decisionista. Y también estratégico. Para cambiar de sociedad (y no sólo de gobierno) tenemos que ser muchas y muchos; y para llegar a serlo, tenemos que mostrar inteligencia, apertura mental y, sobre todo, honestidad. 

Si los que gustan de los partidos políticos tienen que mentir un poco más para sobrevivir, nosotros podemos permitirnos un camino más agradable: tenemos que decir más la verdad. 

Discutamos la suba de tarifas, la legalidad del aborto, la distribución de la riqueza, visibilicemos el hambre y el frío que pasan las personas que duermen en la calle sin sentirnos cancheros ni graciosos repartiendo insultos o chistes que minimicen las tragedias. 

“Macri gato” no es una realidad, una información ni un argumento convincente para nadie. “El gobierno de Macri ordena golpear y lanzar gases lacrimógenos a jubiladas que reclaman que no les aumenten más el gas”: esa es la realidad, esa es la información, ese es el argumento convincente. No seamos torpes: no reemplacemos la realidad por un apodo.

No tenemos derecho a aliviar el dolor que generan las injusticias compartiendo un meme en una red social; tenemos la obligación de aliviarlo informándonos y accionando para cambiar la realidad. Discutiendo y debatiendo, enfrentando o apoyando cada decisión que cada gobierno tome, sin prejuicios que nos aten y aceptando las contradicciones de los espacios a los que deseamos pertenecer. 

Un ejemplo de que este método funciona lo dieron en 2017 las 500.000 personas informadas (sin insultos ni fanatismos, con argumentos) que consiguieron anular la ley que liberaba a genocidas de la última dictadura. 

Otro ejemplo fueron las 700.000 mujeres informadas que consiguieron impulsar anteayer una ley que intenta finalizar con los abortos clandestinos. 

Sus ideas no incluían las consignas “Macri gato”, “no vuelven más” ni “son todos gorilas”: surgieron a partir de información recolectada, analizada y reconstruida por mujeres que se unieron bajo una consigna común. Mujeres orgullosamente feministas y, si se me permite a partir de ahora, mujeres “decisionistas”. Si queremos un mundo más justo, aprendamos de ellas.

viernes, 11 de mayo de 2018

Yo fui impotente

Por Martín Estévez

Escuché a muchas personas decir inmensas barbaridades, pero nunca a un hombre o a una mujer contar que no puede tener relaciones sexuales. Pronunciar “soy impotente” o “soy frígida” (o decir lo mismo evitando esas palabras de mierda) es muy difícil, es el infierno mismo en esta sociedad infernal. Casi todos preferimos contar que fuimos corruptos, que le pegamos a una vieja o que nos importan un carajo los demás antes que confesar que no se nos para el pene o no se nos lubrica la vagina.

Lo perverso no es que dos de cada tres personas tengan problemas sexuales, sino que el 80% de los casos de disfunción sexual (o, mal dicho, impotencia y frigidez) es estrictamente psicológico: cuerpos que funcionan bien a los que los nervios, la ansiedad, las malas experiencias, la presión los atan, los limitan, los censuran. Y aunque la solución más sencilla y directa es contar ese problema (como contamos que nos duele la cabeza o que nos salió un zarpullido en el pie), estamos obligados a callar, a guardarlo, a aumentar el sufrimiento embotellándolo dentro nuestro. 

Tengo mis teorías sobre por qué el placer sexual está mal visto, pero no quiero aburrirlos, sino hacer lo que suelo hacer en este blog: empezar a destrabar las puertas del infierno. Ser el primero en decir “soy impotente”.

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Mi pene siempre fue uno de mis grandes enemigos. Desde que tuve uso de razón hasta los 15 años, sufrí muchísimo por una extraña deformidad que tenía. Cuando lo solucioné viví sólo unos meses de calma, ya que a los 17 descubrí que era eyaculador precoz. Y cuando empecé a trabajar sobre eso, llegó el cachetazo final: la impotencia.

En el año 2005 tenía 21 años, y cuando mis únicos amigos (Pablo y Julia) me preguntaban por mi novia, respondía “de mi vida privada no hablo” y me hacía el superado. En realidad, de lo que no quería (no podía) hablar era de que llevábamos cuatro años en pareja y no disfrutábamos del sexo. Decenas, tal vez centenas de veces lo intentamos, siempre en el mismo lugar, siempre a la misma hora, siempre de la misma forma. Y aunque algunas veces terminábamos con menos angustia que otra, siempre, pero siempre estaba ahí la sombra negra de saber que no estábamos conformes, contentos, extasiados. Siempre cargamos una enorme frustración en la piel.

El doctor Juan Pablo Aguirre, que me soportaba desde hacía años, ya no sabía qué decirme.

–Es una cuestión de tranquilidad, de que se relajen –me explicaba–. Físicamente no tenés problemas. Si alguna vez tenés una erección, significa que siempre podés tenerla. Decime, ¿vos lo hablás con tu novia?


Y sí, doctor, lo hablábamos un montón, pero tal vez el problema no era cuánto hablarlo, sino cómo hablarlo. ¿Cómo hablar de algo que no sabíamos, que no entendíamos? ¿De cosas que no conversamos nunca con nuestras familias, en nuestra escuela ni con nuestros amigos? ¿Cómo aprender algo que nadie te enseña?

–Aunque no la necesites, tomate un cuarto de esta pastilla –me decía el bueno de Aguirre, y me daba 12,5 gramos de sildenafil, droga más conocida como Viagra–. Por ahí te sirve para empezar más tranquilo. 

Pero no: mi cerebro ya tenía demasiados años de frustración encima y no me permitía nada. Ni relajarme para que fluyera sangre del cerebro hacia abajo, ni pensar que el sexo no tenía que estar únicamente ligado a la genitalidad, a un pene entrando en una vagina. Yo no entendía que eso no era el principio del camino: era apenas un posible final. 

Cuanto más tiempo pasaba, más crecía el fantasma y más lejana parecía la solución. Por ese motivo, seguramente, en aquellos años era tan meloso, obsesivo, romántico: le escribía tantas poesías a mi novia, festejábamos tantos aniversarios ridículos, le tenía tantísima paciencia probablemente porque tenía culpa, una culpa abrumadora por lo que me pasaba. Tenía miedo de que un día se cansara de tanta frustración y se fuera por ahí, a buscarse a alguien que sí supiera, que sí pudiera. 

Un hombre que no juega al fútbol, no maneja un auto, no hace asado y no tiene relaciones sexuales, ¿cómo puede ser feliz en un mundo machista?

¡Cómo me cuesta pensar en esos días sin mezclarlos con aquella angustia! ¡Cuánto más hermosos serían los recuerdos sin esas madrugadas infinitas, sin esas despedidas agridulces! Hubiera cambiado todos los festejos exagerados, esas pavadas como “1500 días de noviazgo”, por una noche en la que nuestros cuerpos se entendieran tanto como nuestras manos. Pero no pasó. No hubo final feliz. 

Poco a poco hasta dejamos de intentarlo y, cuando nos separamos, sentí que mis traumas sexuales me perseguirían para siempre. Que tendría que seguir ocultando la frustración y el miedo en mi cerebro. Lo que no sabía en aquel momento era que justamente ese silencio, ese secreto putrefacto, era lo que me estaba cagando la vida.

Por eso, cada vez que me junto a charlar con alguien le cuento, antes que nada, esta historia. Le digo, con la voz firme y sin titubear, que fui impotente. Y si estamos en confianza soy capaz de usar palabras más groseras o graciosas, según para quién. “¿Sabés lo que es pasar cinco años sin que la chota te funcione?”, termino diciendo, y sonrío. 

No lo hago para que ustedes piensen que soy un maleducado de mierda, sino para lograr que, si a esa persona le pasa algo parecido, pueda contarlo. No ando gritando mi impotencia porque me parezca gracioso, sino porque alguien tiene que empezar, de una reputísima vez, a destrabar las puertas del infierno de la sexualidad.