jueves, 27 de septiembre de 2018

Soy rasca

Por Martín Estévez 

Fue en 2006. Casi ni nos conocíamos, pero nos tocó almorzar juntos. Pablo (no diré que su apellido es Aro Geraldes para preservar su intimidad) y yo teníamos trabajo estable, plata en los bolsillos, pocas urgencias; era tal vez el mejor momento económico de nuestras vidas. Nos dieron el menú del restaurante, lo abrí y enseguida supe lo que quería: era irresistible. No sabía si pedirlo o no, porque tenía miedo de que Pablo me mirara raro. Para disimular, empecé por la comida: 

–Te pidooo… Tira de asado con papas fritas, por favor –le dije al mozo fingiendo que no estaba nervioso. 

–Yo quiero un bife de chorizo, también con fritas –pidió Pablo. 

El mozo anotó. Yo sentía que llegaba el momento clave y me decidí: lo iba a pedir fuera como fuera. No podía dejarlo pasar. 

–¿Y para tomar? –preguntó el mozo. 

–¡Un vaso de soda! –grité yo y gritó Pablo, los dos al mismo tiempo, formando un coro que reveló algo maravilloso: él también era rasca.


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Que ni se les ocurra confundirme con un codicioso, un avaro o un egoísta. No soy nada de eso. Soy simplemente rasca. 

Rasca no es el que gasta poca plata para guardarla o invertirla: es el que siente un inmenso, delicioso placer al hacer compras baratas, al conseguir a 30 algo que valía 70, al comprar cuatro paquetes de 250 gramos porque sumados valen menos que el de un kilo. 

Me encanta caminar 30 cuadras hasta una panadería que vende la docena de facturas a $10 menos que la que está a la vuelta de mi casa. Disfruto pasando horas en kiosquitos que ofrece golosinas al por mayor pensando en cuál me sale menos por unidad. 

Amo los restaurantes que tienen gaseosa de dos litros, pero más amo que te vendan un vaso de soda a un precio casi inexistente, más amo tomar esa soda de a poco para no tener que pedir otra, más amo gastar en un almuerzo con entrada y postre lo mismo que otras personas gastan en una coca y un alfajor. 

¿Por qué digo que no soy avaro o codicioso? Porque no lo hago por la plata. Si vamos a comer catorce personas, y todas piden mariscos y champagne, me gusta dividir la cuenta por igual. Eso sí: yo seguro pediré tortilla de acelga con agua mineral, para gastar menos.

No necesito plata: necesito el dulce éxtasis de encontrar ofertas, necesito el milagro de la rebaja, necesito la hazaña de regatearle pesitos a una multinacional. 

Cada noche, cuando me acuesto, repaso en silencio mis mejores momentos: los 14 alfajores Suschen a $0,89 (¡menos de 7 centavos cada uno!) en 2002; el sánguche de tortilla de papas a $15 en 2009; que me arreglen la rueda de la bicicleta por $25 en 2017. ¡Ay, qué orgasmos, carajo! 

Y agrego algo más (esta es la parte en la que todos piensan que miento aunque diga la verdad): mi gusto por lo rasca me está alterando el cerebro. Es en serio, créanme. Justo antes de comer algo de oferta, de probarme una remera barata o de entrar a una pizzería de mala muerte, es como si mi mente dijera: “Esto te va a gustar”. 

Parece increíble, pero les juro que me terminan encantando las empanadas de $9, el helado de Grido, andar en bicicleta, la Pritty lima-limón, las canchas de paddle rotas, la pizza de Ugi’s, las mandarinas, los turrones después de Navidad, bañarme con jabón blanco, los chizitos sueltos. No es chiste: mi cerebro me hace creer que el chocolate Hamlet no tiene grandes diferencias con el Milka; siento que el desodorante Axe no me dura tanto como el Etiquet; las vacaciones en Humahuaca, en una casa de familia, me gustan mil veces más que en un hotel cuatro estrellas de Río de Janeiro. 

Me sentía un poco solo en el mundo hasta que con Pablo vimos el precio del vaso con soda. Desde entonces, nuestra relación no se basó en charlar, en trabajar juntos, en cuidarlo cuando sufre síncopes ni en que me enseñe detalles de países absurdos: creció gracias a porciones compartidas, a sobrecitos de azúcar gratis, a estrategias sobre cómo potenciar la austeridad hasta extremos sin sentido. 

Ya los escucho cuchichear a ustedes, los que están leyendo. “Este en realidad es una rata, un amarrete”, deben andar pensando. Por eso les contaré nuestra obra magna, que debería figurar en el manual del buen rasca. Ojalá Pablo recuerde esa noche. 

Eran más de las once, teníamos hambre, entramos al lugar menos ostentoso que encontramos. Miramos la carta, calculamos $75 cada uno por la comida y $35 cada uno por las gaseosas (no había grande). Total: $220. Podíamos gastar eso sin problemas, pero sentimos que la sangre rasca hervía en nuestras venas. 

La pizza grande estaba $110, era un buen ahorro, pero encontramos algo mejor: porciones de pizza a $12 cada una (muzzarella, obvio). Pedimos cinco, dos y media para cada uno. Nuestro total descendía a $130, pero no nos conformamos. 

La moza iba y venía esperando que pidiéramos, pero nosotros seguimos buscándole la vuelta al asunto. Pablo encontró, en un rinconcito del menú, “pingüino de moscato”. Me explicó que era un vino medio raro, en una jarra medio rara, pero valía $45 y, si pedíamos mucho hielo, duraría toda la cena. Accedí sin dudarlo. 

Comimos y tomamos por $105 y, desde ese momento, me volví fanático del moscato: me parece la mejor bebida alcohólica del planeta. Siempre tengo uno en casita para los jueves a la noche. 

Después de terminar la quinta porción, quedamos tan contentos que pedimos otro moscato y terminamos medio borrachos, hablando de cuando nos conocimos en la revista Fox Sports, de todos los trabajos que él me consiguió, de equipos de fútbol africanos, de Dolina, de cómo nos duele a veces la vida. 

Ya no quedaba nadie, la moza nos puso cara de “por-favor-váyanse-así-cierro”. Pagamos, Pablo se escondió tres sobrecitos de azúcar en el bolsillo y, antes de irnos, puso 10 pesos de propina y yo puse otros 10. 

Amagamos con salir, abrimos la puerta de vidrio, pero él volvió y puso 10 más. Y yo puse otros 10. Después él puso 5, y yo puse otros 10. Nos miramos con intensidad. Sin emitir palabras, empezamos a sacar lo que teníamos de los bolsillos, apoyamos todo lo que pudimos sobre la mesa. Y al final lo contamos, para estar seguros de lo que estábamos haciendo: dejamos $137 de propina. Entonces sí, salimos a la calle. 

Dormiríamos en su departamento, que estaba a unas 25 cuadras. Me acuerdo bien: hacía frío, lloviznaba un poco. Nos sentíamos algo mareados, sonreíamos. Y empezó a llover un poco más.  

–Vayamos caminando –me dijo Pablo– así nos ahorramos la guita del colectivo.

3 comentarios:

Fer dijo...

Puedo dar fe de lo que escribís. Pablin compraba galletitas Terepin, más por baratas que por ricas. Creo que de tanto comprarlas, ayudó a que después cambiaran el packaging y el precio se fuera al joraca. Aguante el moscato loco!

Unknown dijo...

Hay un pequeño error matematico si compraste 5 de muzza a $12 son 60 mas el moscato da 105 no 95 jeje no fuiste tan extremadamente rasca.excelente relato sos crack amigo.

Martín Estévez dijo...

Fer, las historias rasca con Pablo son más de cuatro, es un as de la austeridad innecesaria.

Anónim@: ¡corregido el error! Soy bueno para no gastar, pero malo para las matemáticas.