miércoles, 18 de julio de 2018

Homenaje en vida

Por Martín Estévez 

Me hincho soberanamente los huevos cuando se muere un famoso y todo el mundo se convierte en su fanático. En los últimos años lo sufrí con Spinetta (2012), Gustavo Cerati (2014) y Eduardo Galeano (2015). Centenas de personas a las que jamás en la puta vida les oí nombrarlos, comenzaron a poner frases de sus canciones, partes de sus textos o hasta fotos diciendo “te vamos a extrañar”. ¡No van a extrañar una mierda, mentirosos del infierno! ¡Están careteando para quedar bien! Usar un cadáver para ganar popularidad es lo más bajo que se me ocurre. Perdonen las malas palabras, pero este tema me pone loco. 

Entiendo que, algunas veces, homenajear a nuestros muertos sirve como un legado futuro. Recordar todo el tiempo a Luciano Arruga, Norma Plá, Darío Santillán o Anahí Benítez me parece bien, porque nos enseña el camino hacia un sistema más justo. Pero rondar las redes sociales como buitres, esperando que muera un famoso para buscar sus frases en Google y pegarlas en nuestro muro, eso directamente nos denigra como especie. 

Redoblo la apuesta: no sólo me enojo con los que elogian hipócritamente a los recién muertos, sino con los que realmente admiraban a Cerati, Galeano o a quien sea, y no lo dijeron a tiempo. ¡Había que abrazarlos, mandarles cartas y homenajearlos cuando estaban vivos! ¡Ahora ya no sirve para nada! A Spinetta, lamento decirles, no le hace feliz que se hagan un tatuaje con su cara… ¡porque ya se murió! 

Y todo esto, claro, lo traslado a nuestra vida cercana, íntima, familiar. ¡Cuántas, cuántas miles de veces nos quedamos con cosas por decir cuando se muere alguien! “Me hubiera gustado decirte que…” es una proclama de nuestra cobardía, nuestra torpeza, nuestros más grandes errores. ¡Hablemos ahora, carajo! ¡Hablemos antes de que la gente se muera! 

Yo empecé la Campaña Mundial de Homenajes en Vida (CMHV) el 18 de diciembre de 2005. Ese día, mi abuelo Víctor cumplió 80 años y decidí contar su historia para conocerlo, para compartirla y para decirle cuando todavía me podía escuchar: “Te quiero tanto, gordito hermoso”. 

Desde entonces no hago más que perseguir personas vivas para gritar a tiempo lo que pienso de ellas. ¡Me aterra pensar que se mueran antes de oírlo! Mis blogs están llenos de homenajes a seres que todavía respiran, comen postre y cantan. Cuando alguien muera, no quiero pensar “me hubiera gustado decirte que…”. 

Si los homenajes a los muertos nos dejan sabor gris, sensación de vacío, los homenajes en vida generan lo contrario: nos acercan a los que amamos y resignifican su existencia cuando todavía nos queda tiempo para abrazarlos o insultarlos. Hablar durante tres tardes con Víctor sirvió para que él supiera, durante los últimos cuatro años de su vida, cuánto lo quería. Estoy seguro de que eso lo hizo feliz. 

Homenajear a un muerto no es un riesgo: podemos decir que Galeano fue un héroe o nuestra bisabuela una genia porque ya no pueden decepcionarnos ni arruinarlo todo. Los homenajes en vida, en cambio, son para valientes: por ahí le hacemos un monumento a alguien que, poco después, comete una injusticia aberrante que humilla nuestra admiración. Pero, como dice Alejandro Dolina, poner las manos en el fuego por alguien sólo tiene valor si sabemos que podemos quemarnos. 

Por eso, quiero seguir hablando y hablando de Dolina y de todos los vivos a los que admiro. No quiero esperar a que Vanesa Orieta, Hernán Casciari, Nora Cortiñas, Braian Toledo, Marcelo Bielsa o mi abuela Fanny se mueran para hablar maravillas de ellas y ellos. Hay que hacerlo antes. Hay que hacerlo ahora. Hay que hacerlo ya. 

Propongo que todos se sumen a la Campaña Mundial de Homenajes en Vida y cuenten, ahora mismo y todos los días, a quién adoran, a quién aman, a quién admiran. Háganlo para que esas personas se enteren y sean felices. Para que los demás los conozcamos y vayamos a abrazarlos. ¡Homenajeemos en vida, carajo! 

Yo mismo quisiera que cierren el pico cuando me muera. Las personas que jamás dijeron algo bueno de mí, no me felicitaron, no anotaron frases mías en sus cuadernos, no me regalaron parte de su tiempo, no tienen el más mínimo derecho a elogiarme cuando ya no esté. 

Incluso si existiera algo después de la muerte, no pienso volver a la Tierra a escuchar lo que dicen de mí: quiero saberlo ahora. Y no sólo yo: todos queremos saberlo ahora. Queremos saberlo vivos. 

Estoy haciendo un listado de personas que me homenajearon. Sólo ellos, cuando muera, podrán levantar la voz, clamar verdades, amarme sin culpas. Sólo ellos dormirán tranquilos porque, cuando me vieron sufrir, no se quedaron en silencio pensando “algún día le voy a decir que…”. 

Y para demostrar que me tomo la campaña mundial en serio, me la juego: a los que cuenten ahora qué dirían sobre mí el día de mi muerte, les diré lo que yo diría sobre ellos. Porque homenajes hay muchos, es cierto. Pero los homenajes de verdad, los importantes, los justicieros, los que cambian el mundo, señoras y señores, se hacen en vida.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Comparto lo que decís, y te quería rendir homenaje diciéndote gracias por escribir estas cosas lindas,que nos hacen pensar y sentir a la vez, que la humanidad no está perdida, y que todavía hay gente que vale la pena conocer... Voy a citar una frase de este texto que me servira para poder llevar a la acción esto de homenajear en vida a mis seres queridos: "Si los homenajes a los muertos nos dejan sabor gris, sensación de vacío, los homenajes en vida generan lo contrario: nos acercan a los que amamos y resignifican su existencia cuando todavía nos queda tiempo para abrazarlos o insultarlos". Abrazo

Leticia Moro dijo...

Yo diría que fuiste el único escritor que leí, que conocí en persona y se tomó el tiempo de buscarme en las redes para que yo pueda acceder a su libro. Que admiro profundamente como y que escribís! Que cuando leí el libro me llevaste de viaje gratis a muchos momentos de mi infancia y adolescencia y eso, hasta ahora, no lo hizo ninguna lectura. Gracias Martín, muchas gracias. Ayer justamente le mostré las páginas que más me gustaron de tu libro a una amiga, y le encantó. Creo que ese es mi humilde homenaje.