jueves, 8 de septiembre de 2016

Por qué odio Bariloche

Por Martín Estévez

Vengo a traerles una solución gratuita, inmediata y efectiva para las etapas difíciles, para los momentos de mierda que atraviesen durante el resto de sus vidas. No hacen falta pastillas ni obra social, ni siquiera tener tarjeta SUBE: lo único necesario es seguir este consejo detallada e intensamente. Van a ver qué sencillo y maravilloso resulta.

¿Cómo es el truco? Facilísimo: cuando estén tristes, relájense y enfoquen su mente en un momento. No en cualquier momento, sino en un recuerdo muy puntual: en el peor viaje de sus vidas. En aquellas horas, aquellos días en los que estuvieron lejos de casa, incómodos, aburridos, angustiados, deprimidos o desesperados. Todos tuvimos un viaje de esos, seguro que sí. El truco comienza de esa manera: vuelvan el tiempo hacia atrás y siéntanse de nuevo esas personas que fueron. Revivan esa angustia minuto a minuto.

Aunque todavía no haya terminado de explicar mi método, háganme caso: sirve en serio. Si lo hacen bien, con compromiso, funciona. Por ahora, mientras ustedes intentan recordar cuál fue ese viaje nefasto del que se arrepienten, les voy a contar el que yo utilizo siempre, el que tiene cien por ciento de efectividad, el que no me falla nunca: mi viaje a Bariloche.


¡Ay, pero qué viaje de mierda! Nunca más, como en aquel julio de 2001, se unieron tantos factores negativos, tantas porquerías tristes, en una misma semana. Aunque intento recordar algo bueno, enseguida llegan las sombras, la pesadilla real, y me empieza a doler la panza. Qué horrible fue.

Repasemos el elenco:

♦ Una novia sociable que detestaba que yo fuera antisociable.

♦ Tres amigos enojados dispuestos a hacerme la vida imposible.

♦ Doscientos treinta adolescentes desesperados por alcohol, noche y lujuria.

♦ Un anteojudo inseguro que detestaba el alcohol, la noche y la lujuria: yo.

Arrancó mal desde el principio, en el viaje de ida: todos intercambiaban asientos menos yo; y el nerd del otro curso vomitaba sin parar. Hasta él supo que, para encajar, tenía que emborracharse o fingir. Pero yo no: yo era incorruptible, estúpidamente fiel a mis principios. Y mis principios, lo reconozco, eran parecidos a los de una evangelista de 45 años.

A ver si me entienden: tenía 17 años y nunca había probado cerveza. Ni vino. Ni licor. Ni una gota. Sólo una vez había ido a un boliche (Majito, los de Lomas saben de qué hablo) y me alcanzó para saber que no quería ir nunca más. Predicaba el pacifismo, la honradez, la reflexión con galletitas y vasos de agua. Bariloche no puso a prueba mis creencias: se burló de ellas, las humilló, las enterró en la nieve, las desenterró frías y me las tiró encima.

Llegué a Bariloche con cuatro amigos y volví con uno. Tres de ellos (tal vez celosos porque tenía novia, tal vez porque ya no me querían) me advirtieron que no compartirían habitación conmigo, que buscara una con gente "que estuviera en pareja". Mi cuarto amigo, Nicolás, no fue a Bariloche.

Al final, Marcelo, Lucas y Juan Manuel tuvieron que aceptarme en su habitación, pero se encargaron de dejarme afuera la primera noche (sólo teníamos dos llaves) para evidenciar que no me lo harían fácil. Esa noche ya había descubierto que el tiempo no es constante: no solamente avanza rápido cuando tu equipo pierde 1 a 0; sino que pasa muy, pero muy lento cuando te sentás en un boliche a esperar que amanezca. Son noches extensas, eternas, infinitas: tanto, que a veces creo que sigo sentado en algún sillón de Grisú.

Ahora les hago una enumeración rápida para no aburrirlos, pero cuando uso a Bariloche como método para no estar triste, no vale apurarse. Hay que hundirse en cada detalle tenebroso, en cada tortura psicológica de aquella excursión infernal.

Los días arrancaban temprano, para ir a tocar la nieve. Yo sufría el frío y también la soledad de los desayunos, pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que usaba anteojos, y los anteojos se mojaban, y no veía nada durante las excursiones. No: lo peor fue cuando alquilamos los trajes para nieve. Como yo andaba solo, llegué último y me quedó el peor: uno de mujer que me hacía parecer un Teletubbie. No, lo peor fue que calzaba 47 y no había botas de nieve para mí: me dieron borcegos de cuero número 44 y me hacían doler mucho, mucho los pies.

(Piénsenlo un segundo: nieve, 5 grados bajo cero, zapatos de cuero tres números más chicos, correr y saltar de un lado a otro. Ay, cómo duelen, la puta que lo parió).

Lo peor, en realidad, fue que con Rosana cumplimos cuatro meses de novios y ella me ignoró todo aquel día. O lo peor, ahora que lo pienso, fue ser el sobrio que acompañaba a los borrachos a su habitación y les ofrecía café. O tal vez lo peor fue que una de las borrachas haya sido Rosana. O el imbécil coordinador catamarqueño que tuvimos. O la noche que fingí fiebre para evitar el martirio del boliche y quedarme solo en el hotel, contando cuántas horas faltaban para volver.

¿O habrá sido peor el momento en que alguien me confesó que quería cagarme a trompadas porque su ex novia gustaba de mí? ¿O cuando me di cuenta de que la compañía con la que viajamos (Río) estaba dispuesta a estafarnos sin escrúpulos? ¿O acaso cuando vi a las chicas más tranquilas y fieles del curso regalarse a cualquier rosarino sin pensar en sus novios?

Yo creo, sin embargo, que lo peor fue estar entre los que decidieron tener, en Bariloche, su primera relación sexual. Fue la última noche antes de volver; Rosana decidió no ir al boliche para quedarnos en su habitación. Estábamos nerviosos y torpes; yo era virgen de cuerpo y también de mente. Todavía no era un degenerado.

Sin embargo, la calefacción y los besos, juntos, funcionaron. Nos excitamos. Por un momento, Bariloche valió la pena. Sobraba tiempo, la habitación estaba cerrada con llave y no importaba cómo lo hiciéramos: lo importante era experimentar, intentarlo, disfrutar.

Yo estaba sacándome el jean cuando la puerta se abrió: las llaves eran dos, y una de las amigas de Rosana entró llorando. Ella también se había quedado. No sólo se había quedado: también había decidido revolcarse con su novio. No sólo se había revolcado: se les había reventado el forro. 

Terminé la noche tranquilizando a ella, a él, a Rosana. Con el jean puesto. Y sin habitación, porque mis ex amigos otra vez me dejaron afuera.

Ni el llamado por teléfono de Gaby me ayudó: me contó que Sessa, Canobbio y Contreras se iban de Racing, y que hasta Chatruc estaba en duda. Ni la foto grupal disimuló: me aplastaron tanto en la torre humana que fui el único al que no se le vio la cara. Ni importó que me regalaran el video del viaje: jamás lo vi, jamás le conté a mi familia que existía.

Ya agobiado por los recuerdos, llega el momento crucial del truco de magia. Respiro hondo y me voy de Bariloche. Viajo lejos, en el tiempo y el espacio, y vuelvo acá. Lomas de Zamora, año 2016. Hace frío, me cuesta aprender latín, sufro cronolitis, no tengo tiempo para nada. Puedo estar lleno de problemas y cansado, pero nada, nada se compara con el infierno de Bariloche. Pienso en que ya no estoy allá, en que estoy acá, y me siento aliviado, tranquilo, esperanzado, ligero. Me siento feliz.

Joaquín Sabina (a quien tengo el disgusto de conocer) dijo que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Yo redoblo su apuesta: afirmo que al lugar donde hemos sido infelices hay que volver seguido, muy seguido, cada vez que estemos tristes. Para recordar que hubo un viaje, un tiempo, una vida, en la que todo fue gris y áspero, en la que todo fue mucho peor. Meter la cabeza debajo de esa pileta amarga sirve para sacarla y darnos cuenta de lo maravilloso que es respirar lejos de ese pasado, de esas desdichas, de esas heridas. Lejos de Bariloche.

1 comentario:

Leandro Nahuel Ramos dijo...

Menos mal que nunca fui a Bariloche.