lunes, 3 de agosto de 2026

Reflexiones en un baño químico


Estoy cagando en un baño químico inmundo en una montaña de Chile, con más de 200 personas alrededor. No es un sueño de ayer: lo sufro ahora mismo, mientras ruego que alcance el papel, mientras ruego estar pronto en casa.

Los periodistas deportivos aman los “viajes por trabajo”. Yo los odio. Me aterran. Me angustian. Pero no sé decir que no. Acaso haya viajes a hoteles de lujo con tiempo para pasear, pero no es lo que me toca.

Una vez compartí un fin de semana con un equipo de TC2000. “Conociste Santa Fe”, me dicen. No: de Santa Fe solo conocí desayunos apurados, autódromos aburridos y mecánicos nerviosos. Otra vez viajé a Salta por un torneo de polo de pésimo nivel: compartí una habitación chiquita con cinco polistas a los que no conocía y me caían pésimo.

También me pusieron máscara de oxígeno a 5.000 metros de altura: en San Juan, una empresa quería lavarle la cara a la megaminería con un torneíto de fútbol 5; casi me echan de El Gráfico por negarme a escribir sobre ese mamarracho.

También estuve cuatro horas al lado de un baño en Mar del Plata esperando a la “megaestrella” Carlos Ischia. Ah, y las miles de horas en micro a Chaco terminaron con un Argentina-Brasil que no se jugó… ¡por corte de luz!

Esas cosas eran, para mí, “viajar por trabajo”. Pero ahora es peor, porque viajé intoxicado: antes de salir vomité por tercera vez en mi vida, con Tati teniéndome el balde. Pero los pasajes ya estaban pagos, todo estaba reservado, no había forma de decir que no.

Así de roto viajé a Mendoza a cubrir algo llamado “cruce de los Andes”. La diversión es acompañar a centenas de personas que pagan por atravesar, corriendo, la cordillera de los Andes, de Mendoza a Chile. Hay que hacer entrevistas, anotar curiosidades, sacar fotos. Pero tengo una diarrea espantosa, me duele todo, me falta el aire.

Los periodistas no corremos. Caminamos, caminamos y, cuando quedamos atrás, nos llevan al punto siguiente en camioneta. “El punto siguiente” es un descanso entre montañas con baños químicos por los que pasaron cientos de corredores, pero yo necesito estar siempre cerca de uno. Me cago todo el tiempo.

No puedo comer casi nada. Tomo agua, pero poca para no mearme entre descansos. La noche no es mucho mejor: una habitación compartida con cuatro barbudos que no conozco.

“Quejas de privilegiado”, pensarán ustedes con razón. Yo igual no entiendo por qué a los periodistas les gustan estos viajes. ¿Por qué alguien disfruta pasar días enteros compartiendo habitación con hombres desconocidos, levantándose temprano, no eligiendo qué comer, con horarios decididos por otra persona, trabajando casi todo el día? Ni siquiera pagan extra: a veces perdemos un fin de semana y después “te tomás un día para compensar”. 

Sospecho que muchos periodistas tienen una vida de mierda. Entonces quieren “sacarse de encima a la jermu”, “despejar la cabeza”, “comer lo que se pueda de arriba”, ser infieles con pocas chances de ser descubiertos. Algunos tienen hijos: ¿cómo preferís una semana con tipos de 50 años que no paran de hablar de "fulbo" a una semana viendo crecer a tu hija de 4 años?

Mientras me hago esas preguntas, ya con el culo limpio, salgo del baño ubicado entre montañas, deseando que nadie me vea salir. Me siento en la tierra, se acerca alguien de quien ni siquiera sé el nombre y hace un chiste gracioso. Sonrío.

Desde algún parlantito suena Ismael Serrano. Me sensibilizo. Aunque extraño mi cama y mi inodoro, me parece que ya entiendo.

Entiendo que, cuando vuelva, Leandro se matará de risa escuchando lo que viví. Entiendo que la incomodidad y las angustias, a largo plazo, suelen ser aprendizaje. Y entiendo especialmente que dentro de 13 años, cuando esté triste y quiera escribir sobre algo, no servirán mis días rutinarios y tranquilos recortando diarios: necesitaré haber sufrido estos viajes insoportables, estas humillantes desventuras, esta tarde cagando en un baño químico en una montaña de Chile. 

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