viernes, 2 de septiembre de 2011

1992

Por Martín Estévez

No me acuerdo nada de 1992. Todos los años tienen una particularidad, un evento importante, alguna tristeza contundente. Algo que los hace identificables, que los distingue de los demás. Pero mi 1992 no tuvo nada de nada de nada. Como mucho, puedo decir que iba a tercer grado y que mi maestra se llamaba Elisa Susana Bandín. Que sepa su nombre completo es la muestra de que, ese año, mi memoria no tuvo nada mejor que atesorar.

Algunas mujeres van a odiar este comentario, pero cuando pienso en un año lo asocio a lo que pasó futbolísticamente. Y en el ’92 no pasó nada: no hubo Mundial ni Copa América, y las campañas de Racing fueron tristes. Habría sido un año memorable si ganaba la Supercopa, pero perder 4-0 una final contra Cruzeiro no es algo que quiera recordar muy seguido.

Si hago fuerza, puedo acordarme algunos momentos de 1992, pero tan insípidos que nadie más los recuerda. Como lo que pasó el día después de la final de la Copa Libertadores. Esa mañana, Mati bajó y me preguntó si había visto la derrota por penales de Newell’s ante San Pablo.

--¿Si lo vio? –se metió Gaby de golpe--. ¡Cuando Ñuls perdió se puso a llorar!

Mati no estaba seguro de creerle o no, y me miró medio raro. Yo sabía que no tenía por qué confesar. Podía decirle que era mentira, que mi hermana inventaba, que cómo iba a llorar por algo así. Sabía que Gaby no tenía por qué meterse, que Mati no tenía por qué creerle, que mi intimidad era mi intimidad y era problema mío si me había angustiado por el penal que Alfredo Mendoza tiró por arriba del travesaño. Podía negarlo todo.

--¿En serio lloraste? –me preguntó Mati.

--Sí –respondí lleno de vergüenza y bajé la cabeza.

Mati, claro, era mi ídolo. De hecho, en 1992 me había dejado el pelo largo para parecerme a él, pero terminé pareciendo una nena. ¡Qué espantoso me quedaba! Todos los días, un rato antes de salir para la escuela, Fanny agarraba el gel e intentaba que mi pelo no estuviera tan desprolijo. Pero era peor, mucho peor: se endurecía y me salía en punta por los costados. A los 8 años, la puta madre, me parecía a Gokú. Y encima, a un Gokú gordo.

En el ’92 no hacía más que estar en mi casa y en la escuela. Ya me gustaba Violeta, pero nadie en el mundo lo sabía. Tampoco nadie sabía que tenía un problema físico que me atormentaría durante años. Sí: digo un problema físico porque el problema era exactamente donde se imaginan. Exactamente ahí. Sí, sí: ahí.

Leía el suplemento deportivo de Crónica los domingos y relatábamos partidos imaginarios con Mati; mis tíos tenían una cassettera que grababa la voz, y eso nos parecía un milagro tecnológico. En aquellos años, sépanlo los más jóvenes, no había computadora, ni DVD, ni videojuegos (el Atari ya estaba roto).

Si tuviera que mirar una filmación del más emocionante de esos 365 días de mi vida, bostezaría a los cinco minutos. No hacía nada. Comía, iba a la escuela, jugaba a la pelota solo, dormía. Ni siquiera dormía bien: tenía pesadillas recurrentes.

Fue por el ’92 cuando volví a ver a mi papá (después de que se lo llevara la policía en mi cumpleaños del ’89), y le tenía un miedo horrendo. El sueño se repetía: él pasaba a buscarme en su Renault 12 por mi casa, arrancaba y no frenaba nunca más. Me raptaba, me llevaba lejos, me dejaba sin Tati, sin Elvi, sin Víctor: me dejaba sin familia. Familia eran esas nueve personas que vivían conmigo en la casa de Oliden, nueve de las diez personas que yo más quería en el mundo. La otra, perdonen que insista, era Violeta.

En el ’92 ya era rasca. Rasca se les llama a las personas que sienten placer al ahorrar centavos. Por rasca no tengo la foto grupal de tercer grado: me parecía cara. Me gusta pensar que en realidad no quería tener la cara de Elisa Susana Bandín guardada para siempre, pero no era eso: yo, simplemente, era rasca.

Rasca creativo, sin embargo: le pedí a mi tía que fuera al grado y sacara fotos, así que Elvi irrumpió en medio de la clase de dibujo (dirigida por una señora poco feliz llamada Sarita) y disparó el flash una decena de veces. Las fotos son espantosas, casi no aparezco y, ahora que lo pienso, revelarlas era más caro que comprar la foto grupal. En 1992, además de rasca, era boludo yo.

Vivíamos con un perro que se llamaba Max y que me daba miedo. Me encantaban las papas fritas. En Pumper Nic pedía papas fritas y una hamburguesa sin tomate, sin queso, sin mayonesa, sin nada. O con algo: con papas fritas. Algún martes lluvioso faltaba a la escuela y completaba con Mati la revista El Ojo Sagaz. Me gustaban las malas de los dibujitos, como Gatúbela o Catra, la villana de She-Ra que está en la imagen de arriba. Jem y sus amigas, por ejemplo, me parecían inocentes con sus guitarritas rosas; The Misfits, las chicas malas, con sus pelos verdes y sus medias de red, me volaban el cerebro. Eran los inicios de mi perversión: años después, saldría con una flogger.

En el ’92, Elisa Susana Bandín hizo repetir de grado a mi amigo Víctor y yo me largué a llorar. No lloraba por Newell’s ni por Víctor en el ’92: lloraba por mí. Estaba empezando a inhalar silencios. ¿Cuántas, cuántas veces pateé la Caprichito naranja en el patio, grité un gol falso y me acerqué al tanque de agua para anotar el resultado de un partido que había inventado cinco minutos antes? ¿Cuántas veces apoyé la lapicera gris sobre la tapa despintada del tanque con miedo a que se caiga por el desnivel? ¿Cuántas veces Diego y yo fuimos la Selección de Angola, cuántas veces Mati fue Estados Unidos, cuántas veces tiré al aro desde lejos y le pegué al caño de gas, y todos nos miramos como diciendo “algún día se va a romper”? ¿Cómo me pude olvidar de que Mati estaba en séptimo grado, de que fueron las últimas veces que caminamos juntos hasta la escuela? De bajar una mandarina de un árbol, justo a mitad de camino, y empezar a patearla. Del tiro desde lejos para meterla en la alcantarilla de la esquina de la escuela. De Elvi quejándose porque ensuciábamos las zapatillas, de los días de lluvia en los que tomábamos el 550, de Babu yendo a buscarnos con la botellita de agua, de los anillitos en la merienda, de Tati llegando a la noche con una Superman en la mano, de las otras setenta historietas en los cajones del placard amarillo, de las rifas que vendíamos con Chuna para sortear una torta incomible, de las jaulas vacías de pajaritos que se oxidaban en el galpón, de las lamparitas rotas por los pelotazos, del olor a manteca de cacao de una vecina llamada María Emilia, de las paradas de bicicletas que improvisábamos en las paredes, de las noches de verano en las que comíamos afuera, de mis dolores de piernas de los lunes, de Los Autos Locos, de escuchar a Fito Páez por primera vez...

¿Cómo puede haber pasado? ¿Cómo puede ser que no me acuerde nada, pero absolutamente nada, de ese vacío año llamado 1992?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces uno piensa que ya no hay nada lindo por escribir, que todas las frases son iguales, que huelgan las historias emotivas, llenas de sonrisas y llantos a la vez, esas que sacan hermosas imagenes del fondo de un baul que existe en el corazon de los que se quieren... cuando uno piensa que se termino la era de esas historias, apareces Martin, para darme toda la alegria que puede entrar en un cuerpo, en un par de renglones nada mas.
me emocionas cada dia mas. Te quiero mucho. M.S.A.

Carla dijo...

llegué a vos buscando una imagen de "el ojo sagaz" y me voy con mil imágenes en la cabeza. buena vida!

Martín Estévez dijo...

¡Gracias, Carla!