sábado, 22 de octubre de 2011

La edad de mis preocupaciones

Por Martín Estévez

Yo no sé si tenía pocos problemas o era muy pelotudo, pero a los 8 años mi mayor drama fue perder una historieta, la Flush Man número 3. Drama en serio, eh: con preocupación, angustia y posterior llanto; pérdida de hambre, bronca y dolor. Hubiera firmado una vida sin postre a cambio de volver a ver esa tapa en la que (como siempre) Flush Man corría a toda velocidad. Si hoy puedo seguir comiendo helado es porque esa tarde el Diablo estaba distraído.

En realidad, ahora que lo pienso, casi todas mis grandes preocupaciones del pasado hoy me causan un poco de vergüenza. Las veo desde lejos y no puedo entender cómo cuestiones tan patéticamente sencillas me amargaban la merienda. Especialmente la merienda de los sábados, que era el día que en casa compraban facturas.

A los 7 años le tenía miedo a la fiesta de fin de año del colegio porque había sufrido en la del año anterior: no encontraba a mi familia y pensé que se habían ido sin mí.

A los 9, sentía pánico cada vez que tenía que ser árbitro en un partido entre mis primos, porque Diego se enojaba, me gritaba y yo terminaba llorando, o cobrando cualquier cosa.

A los 11, me hubiera encerrado para siempre en mi pieza si alguien se enteraba de que me gustaba Violeta.

A los 14, mi vida dependía de que Racing no desapareciera: la primera vez que entré a un banco fue para depositar, en la cuenta del club, monedas que les pedía a mis compañeros con lágrimas en los ojos.

A los 15, vivía atormentado pensando que jamás le iba a dar un beso a una chica. Los aparatos fijos no me ayudaban.

A los 17, tenía pesadillas en las que alguien descubría mi mayor secreto: que no sabía andar en bicicleta.

A los 19, cuestioné mi vida porque me fue mal en una evaluación de conocimientos generales. Me obsesioné con saberlo todo y lo único que logré fue perder días enteros leyendo libros del siglo XVII, viendo cine mudo y resumiendo la Historia Universal.

A los 22, me levantaba a las tres de la mañana para grabar los goles del Piojo López en México que sólo televisaba ESPN, y me angustiaba cuando no los pasaban. Todavía no sé por qué.

A los 24, me ocultaba para que nadie supiera que salía con chicas a las que había conocido chateando.

A los 26, sufría imaginando que alguien deduciría que, aunque yo estaba a cargo de la revista El Gráfico Polo, en mi reputísima vida había visto o leído algo sobre polo.

Los miedos terribles e inevitables (a la muerte o a que se te caigan todos los dientes) no me afectaban tanto como el terror a que Diego se enojara o a morir virgen de besos. Lo que realmente me ponía mal era que alguien me viera perdiendo el equilibrio y cayéndome de la bici en Sucre al 1500.

¿A qué quiero llegar con esto? A que sigo siendo un cobarde exagerado, un maricón crónico, a que sigo preocupado y muerto de miedo por cosas que nunca van a pasar.

Porque la Flush Man número 3 apareció, nunca me abandonaron en la escuela y di mi primer beso a los 16. Porque Racing levantó su quiebra, dejé de grabar goles en la madrugada, por chat conocí gente maravillosa y aprendí que lo único que hay que saber sobre polo es que es mejor no saber nada.

Sin embargo, a los 27 años, sigo sintiendo que me rondan tragedias ocultas, sigo arruinando los mejores momentos de mi vida preocupado por alguna estupidez.

Le tengo un miedo exageradísimo a que mi jefe me llame a su oficina y diga por fin: “¿Se puede saber por qué llegás tarde absolutamente todos los días?”. Miedo en serio, eh: subo corriendo las escaleras mecánicas, atravieso pasillos sin saludar y prendo la computadora incluso antes de sacarme la mochila de los hombros. Se los juro: hoy mismo, 20 de octubre de 2011, estuve asustado hasta que mi jefe se acercó y dijo lo que me dice cada vez que llego tardísimo: “Hola, ¿cómo va?”.

Mis momentos más pasionales en la popular de Racing, lo confieso, son una mentira: en realidad, todo el tiempo estoy pensando que, si mete un gol, en la avalancha me van a destrozar los anteojos y voy a estar ciego durante días por no tener unos de repuesto. Tener 3,75 de aumento no es joda: me imagino cruzando la calle guiado exclusivamente por sonidos y olores. Dios, no quiero ir más a la cancha.

Le tengo miedo a boludeces, a que se me pierdan las llaves de casa, a no pagar los impuestos, a comer algo que tenga carne sin saberlo. Miedo a que me den un billete falso, a olvidarme de un cumpleaños importante, a no conocer nunca a Fausto. Miedo, miedo, muchísimos miedos insensatos y molestos que me nublan el cerebro.

¿Cómo puede ser que, aunque ya lo sepa, me siga pasando? Si sé que siempre me preocupé sin sentido, incluso ahora, ¿por qué estoy angustiado frente al teclado y pensando en que tal vez este texto, y todos los que escribo, en realidad a todos les parecen una porquería y nadie me lo quiere decir?

9 comentarios:

lean dijo...

eehh.. despreocupate..jaja el cuento está genial, no lo desmerezcas, en serio me gustó muchísimo..

Anónimo dijo...

Absolutamente todo lo que publicas es fantastico. Lo unico decadente es que me hagas esperar tanto entre una publicacion y otra, haciendo que la expectativa se convierta en decepcion cuando la pagina carga, mostrando el mismo titulo que el mes pasado.
(Tengo un abuelo que ya no esta, pero que solia decir "No le tengas miedo al miedo, que mas miedo te va a dar")

Anónimo dijo...

Hola, ¿qué tal? Me llamo Fausto y no sé leer, pero me contaron de este post que me menciona. Cuando yo escriba "La edad de mis preocupaciones" no voy a dudar en asegurar que a los 18 meses temía no conocer a Martín. Y que a los 6 meses ya me daba miedo no ver nunca un ascenso de Villa Dálmine. Son cosas que pasan, me dice mamá Marina. Todo pasa, me dice el abuelo Julio, que no es Don ni es Grondona...

Anónimo dijo...

Ya paso casi un mes. Queremos mas material !

Fer dijo...

Martín, sé andar en bicicleta, pero mi miedo, mi pánico más grande era dar una vuelta manzana...no sabía con qué me encontraría, y peor aún, no sabía si volvería al mismo lugar de partida. Asi que, quedate tranquilo, todos tenemos miedos, que a los ojos de los demás, pueden ser tontos, pero para el que los padece, es una tragedia.Besos!Fer

Martín Estévez dijo...

Leandro: la opinión de un genio cuenta doble. Y la tuya, triple.

¡No seas tan ansiosa, Georgina!

Fausto, espero que seas mejor que tu papá. ¿Ya te conté lo mal que me hizo sentir una vez que estaba borracho?

Fernanda, es obvio que cuando das una vuelta manzana en bicicleta llegás a un barrio lleno de desconocidos del que nunca podés salir. Yo lo hice una vez, y sigo buscando cómo volver. De hecho, no sé quiénes es ninguno de ustedes.

Anónimo dijo...

nico.
no sientas miedo.... seguis vigente y yo siento pena por vender todos los numeros hasta el 25 a mis insensastos 21.

Anónimo dijo...

soy Silvia estoy llegando a los 70 y junto a varias mujeres integro un club de lectura en la biblio de Don Bosco,hoy una compañera nos trajo Violeta,La culpa la tiene Casciari y La edad de mis preocupaciones.Nos gustaron mucho y se armo un lindo debate, algunas te encontaron con la autoestima baja pero la mayoria penso que pintabas muy bien las angustias juveniles.te seguiremos leyendo para conocerte mas.un cariño

Martín Estévez dijo...

Qué sorpresa, Silvia. Me encantaría participar algún día del club para conocerlas. Si querés escribime un mail (martinestevez84@yahoo.com.ar) y tratamos de combinar. Muchos cariños para todas.