sábado, 25 de febrero de 2012

Apenas algo de Tavárez

Por Martín Estévez

Odio los textos en los que alguien escribe sobre alguien para que lo lean un montón de personas que no conocen a la persona sobre la que se escribe y, a veces, tampoco a la persona que escribe. Odio que todo sea público, odio las largas declaraciones de Facebook en las que una adolescente elogia a su mejor amiga y repite veintidós veces “te amo, Natyyyy, por estar siempre y por esa noche genial con las chicas”, y nadie sabe quién es Naty, quiénes son las chicas y qué pasó en la noche genial. Por ese motivo les aclaro algo ahora mismo, para quedar bien en orsai: este texto es tan odioso como el de la amiga de Naty. Y habla sobre Chuna.

En realidad quiero contar otra cosa, pero la voy a usar a ella de excusa. Todo empieza una tarde cualquiera. Yo tenía 7 años y estaba leyendo el anuario de El Gráfico de la temporada 90/91. Tranquilas, mujeres: no voy a hablar de fútbol, se los prometo. No sé que estaría haciendo Chuna en ese momento, pero yo la miré y tuvimos esta corta conversación.

Vane...
¿Qué?
Apenas algo de Tavárez.

No me pidan que les explique por qué se lo dije. Ni yo lo entiendo del todo. Lo llamativo es que a partir de ese momento, sin que ninguno de los dos lo explicitara, establecimos un código. No sé bien cómo funcionaba, pero todo el maldito tiempo, tres o cuatro veces por día, repetíamos el diálogo.

Martín...
¿Qué?
Apenas algo de Tavárez.

El asunto duró algunos meses, durante los que el origen de esa frase fue un misterio familiar. El secreto carece de emoción: simplemente leí esa oración en un comentario sobre Chaco For Ever, me resultó curiosa y se la dije a Chuna. Fin del misterio.

Un psicólogo podría hacer un análisis mejor de por qué hacíamos esa estupidez de repetirla sin sentido, pero mi explicación seguro es más linda: me gusta creer que Chuna y yo, de esa manera, estábamos construyendo una relación.

En casa éramos cinco primos: Diego, Mati, Chuna, Gaby y yo. Diego era el más grande y yo era el más chico. Esos siete años de diferencia no nos permitieron compartir demasiada infancia. Con quien sí compartí demasiado, pero demasiado, fue con Gaby, mi hermana. Nos odiábamos un poco por estar siempre juntos y otro poco por nuestras personalidades exageradamente opuestas. A Mati lo admiré desde chiquito, el tipo era mi referente y cualquier cosa que hiciera me parecía bien. Con Chuna, en cambio, todo había que construirlo.

Ella era mujer, dos años más grande que yo y, por lógica, se juntaba más con Gaby. Además era muy sociable, le iba bien en el colegio y siempre estaba rodeada de amigas. Yo era un proyecto de ermitaño, un boceto de persona dedicada a leer historietas y bla bla bla (voy a hablar sobre Chuna, no sobre mí).

De chicos, sin embargo, pasábamos mucho tiempo juntos. “Herminio Masantonio”, “Claudio-Miguel/Miguel-Claudio” y “el agujero en la garganta de la tía Kseña” son otras palabras-código que solo nosotros entendíamos. Claro, ahora las entiendo yo solo, porque tengo que contarles otra cosa sobre Chuna: tiene muy mala memoria. No se acuerda de casi nada que haya pasado hace más de dos meses. “No me entran los datos en el rígido –dice, riéndose como cuando tenía 9 años-. Para agregar información nueva tengo que sacar la vieja”.

Es espantoso cuando te pasa eso. Te sentís muy tonto cuando pensás que compartís un secreto con alguien, un chiste interno, y de golpe te das cuenta de que el único idiota que le había dado importancia fuiste vos. Me pasó ochenta y cuatro veces en mi vida.

¡Hoola, Adrián! ¡Mi socio en el ya pidió-ya salió!
¿Qué?
¡Ya pidió-ya salió, boludo! ¿No te acordás del lugar ése en el que comíamos?
No, ni idea.

Qué bronca, la puta madre. Por eso, cuando alguien me habla de algo que no recuerdo, le sigo la conversación hasta el final para no romperle el alma.

Ése es el único problema con Chuna: no se acuerda de nada. Ella lo intenta, hace el esfuerzo, pero los recuerdos le desaparecen. Nos queremos un montón, pero estoy seguro de que ella no se acuerda bien por qué. Yo sí me acuerdo: nos queremos porque construímos. Porque fuimos cómplices silenciosos de chicos y somos cómplices silenciosos de grandes.

Las relaciones importantes necesitan de momentos importantes. Piénsenlo ustedes, que están ahí leyendo. Piensen en las cinco o seis relaciones importantes que tienen y recuerden en qué momento se transformaron en importantes. Casi siempre es por algo: una depresión, una separación, un secreto, un dolor muy profundo. En esos momentos en que no podemos recurrir a casi nadie, aparecen las benditas relaciones importantes. Aparece Chuna. De todas maneras, no me sorprendería que éste sea otro código que no comparto con nadie. Ya imagino el diálogo:

¡Chunaa! ¡Tanto tiempo! ¡Qué hermosa amistad construimos!
Bueno, no es para tanto.

O algo así. Pero no me importa, Chuna. No me importa que no te acuerdes de nada, que no te consideres mi amiga o que te hayas quedado con mis discos de Los Piojos. No me importan las diferencias ideológicas, no me importa que a vos no te gusten los piqueteros y que a mí cada vez me gusten más. Alguna vez te voy a convencer. Cómo no te voy a querer, Chuna, si hasta a tus novios los termino queriendo, si nunca me sentí incómodo en un lugar en el que estuvieras vos, si yo te escuchaba a las 7 de la mañana tragándote las lágrimas para poder hablar con él y hacerlo reír.

Todo este texto, que es igual a esos textos que odio de los que hablé arriba, es solo para que entiendan lo que sentí el 12 de agosto, durante una tarde de mierda, cuando abrí el facebook y vi una notificación: Chuna Arias ha publicado en tu muro. Eterna desmemoriada, pensé yo, espero que no me escriba para preguntarme cuántos años tengo. Hice clic con un poco de desconfianza, pero lo que leí fue lo que nunca hubiera esperado. Chuna, porque sí y sin ningún motivo, publicó en mi muro:

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Te quiero tantoooo!!!

Fer dijo...

No te imaginás lo que te entiendo!yo, que tengo recuerdos de cuando el Papa fue en el ´82 a Tucumán (yo soy del ´80), que recuerdo exactamente cuando mi mamá preparaba mi mamadera y me sentaba en la mesada hasta que se calentara (y tomé mamadera hasta los 2 años y medio), que recuerdo el color del vestido de mi primer año y el arco iris que formaba el vidrio de la mesita de luz con el sol, cada vez que alguien me deja en orsai con mis recuerdos, siento todo eso que sentís vos. Ah! y nuestra frase era por ejemplo: - diego. - Qué? - Gol, y nos matábamos de risa con mis hermanos. Pd. Cada vez escribís mejor. Yo también odio al gordo Casciari, lo odio de envidia nomás, pero tus relatos me emocionan tanto como los él. Yo,quiero ser como ustedes! beso