martes, 10 de abril de 2018

Los milagros son apenas matemáticas

Por Martín Estévez 

Se los aviso: vengo a cagarles la vida. Si se creen especiales por algún motivo, estoy a punto de arruinarles esa sensación con una contundente demostración científica. Y si son razonables, después de leer este texto verán que todo es mentira, verán que nada es amor y que al mundo nada le importa. O mejor dicho, al mundo le importa una sola cosa: las matemáticas.


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Fue una tarde mágica, celestial. Que a un fanático de Racing como yo el diario Clarín lo enviara a un partido en Avellaneda ya era suficiente. Que ese partido fuera Racing-Independiente, sublime. Que Racing ganara el clásico de local después de 12 años, un sueño. Que mi ídolo, Lisandro López, metiera el 3-1 decisivo, el éxtasis. Pero si le sumamos que todo sucedió el 10 de abril de 2005, justo el día que yo cumplía 21 años, directamente hay que pensar que se trató de una señal divina, de un mensaje del más allá, de que (citando una pavada de Paulo Coelho), “cuando deseas alcanzar algo en la vida, el universo conspira para que lo logres”. 

¿Les gusta pensar esas cosas, no? Les encanta, seguro. Pero lo siento: no hay señales divinas ni conspiraciones galácticas. Lo que hay son probabilidades matemáticas, sólo eso. Lo raro sería que esas “magias” no existieran. Avancemos en la teoría, así la entienden. 

Algo es “especial” o “inexplicable” cuando es atípico. Nadie se considera especial por haber nacido un miércoles o por medir 1,72. Lo que creemos maravilloso es que una abuela, una madre y una hija cumplan años el mismo día; que alguien caiga de un cuarto piso y sobreviva. Nos conmueve padecer una enfermedad que sufre una de cada cien mil personas; o soñar con un accidente terrible la noche anterior a una catástrofe mundial. Cuando eso sucede creemos estar en presencia de algo “sobrenatural”, “mágico”, “metafísico”. 

Pero no, gorditas y gorditos. No. Lo que pasa es simplemente el cumplimiento de las probabilidades. 

Todos tenemos algo “especial”, improbable, raro, porque así lo determinan las matemáticas. El que mide 2,12 metros, el que se salva de tomar un avión que se cayó, la única pianista entrerriana que tocó en Japón: todos son “especiales”. 

Los consideramos así porque centramos la mirada en la única probabilidad rara que se les cumplió, pero no en las millones de probabilidades en las que son “normales”. Analicemos tu caso, estimado lector o lectora. Vos tenés: 

• Una posibilidad en 175 de ser muy pero muy bajo, o muy alto, o muy gordo, o muy flaco. 
• Una posibilidad en 183 de nacer el mismo día que tu mamá o papá. 
• Una posibilidad en 250 de haber sobrevivido a un accidente grave.
• Una posibilidad en 365 de nacer el mismo día que tu hermano. Si tenés cuatro hermanos, la chance aumenta a una en 92. 
• Una posibilidad en 500 de sufrir el síndrome de Brugada, porfiria eritropoyética o tetralogía de Fallot. 
• Una posibilidad en 4000 de haber nacido con un dedo menos, o un dedo más. 

Nombro seis, pero existen millones de “cosas rarísimas” que son simples probabilidades. Probabilidades que encima son acumulativas y están metidas en cada detalle de nuestra vida. Continúo la explicación.

Si sumamos las rarezas que nombré, cada uno de nosotros tiene el 5% de probabilidades de cumplir con alguna. ¡Y son apenas seis rarezas! Como existen millones y las probabilidades de tenerlas son acumulativas, eso genera que, finalmente, tengamos ¡más del 95%! de probabilidades de protagonizar alguna “rareza” en nuestras vidas. 

Insisto: son tantas las cosas “raras” que podrían pasar, que cada tanto alguna pasa. Y cuando pasa pensamos que es mágico, increíble, porque no nos damos cuenta de todas las que no pasaron. Por ejemplo, sería “especial” si, mientras escribo este texto, en televisión nombraran la palabra probabilidad, alguien me hablara de aquel partido de Racing o si sucediera una catástrofe justo ahora. Pero nada de eso está pasando, ni pasará. Y por cada miles de “rarezas” que no suceden, alguna tiene que suceder.

Todo esto no es menor, porque la felicidad en nuestra vida depende de las matemáticas. Podemos hacer las cosas lo mejor posible durante años, pero si nuestros seres queridos nos organizan una fiesta sorpresa y antes de que lleguemos hay una pérdida de gas y mueren todos, no seremos felices. Es una probabilidad “rara”, pero una posible, y que no depende de nosotros.

También puede pasar lo contrario: nos desmayamos en una vía de tren y, como justo había paro ferroviario, no hay trenes y nos salvamos. Son cosas poco probables; pero como ya vimos, lo poco probable, sumado, se transforma en bastante probable. 

Seguro que algunas de esas situaciones rarísimas te pasaron, o te van a pasar, y van a marcar tu vida para bien o para mal, sin explicación, sin justificación, sin otro sentido que el de ser una probabilidad matemática que se cumplió o no. 

¿Eso significa que no importa lo que hagamos, que todo depende de la suerte? No. Al menos, no exactamente. Lo que tenemos que hacer si queremos ser felices es aumentar las probabilidades de que nos sucedan cosas favorables. Todo el tiempo, a cada minuto, con cada acción estamos modificando esas chances. Eso no nos garantiza la felicidad, pero matemáticamente nos acerca a ella. 

Por ejemplo, si vas a la cita más importante del año, no vayas sobre la hora: hay un 15% de chances de demoras de tránsito, siempre. 

Si no querés que te pise un auto, no cruces la calle por cualquier lado ni mirando el teléfono. 

Si no querés que todos tus seres queridos mueran por una pérdida de gas antes de tu fiesta sorpresa, deciles que no te gustan las sorpresas o hacete amigo de un plomero con buen olfato, así lo invitan. 

La teoría es compleja, pero creo que la van entendiendo. Es cierto que podemos hacer todo bien y que las matemáticas igual nos jueguen en contra: que llueva cuando íbamos a ir a la plaza; que se corte la luz cuando tenemos que usar la computadora; que no nos quiera justo la persona a la que más queremos. 

Puede ser que hagamos todo para ser felices y no lo seamos, pero nunca sucede lo contrario: no hay probabilidad de ser felices si no hacemos algo para serlo. No hay situación “rara” que signifique felicidad duradera: ni ganar la lotería, ni curarnos de una enfermedad, ni tener una familia cariñosa. Todo eso lo podemos arruinar en segundos: usando mal la plata, cruzando mal la calle, tratando mal a los que nos quieren. Arruinando las probabilidades. 

Entonces, aunque corramos el riesgo de que las matemáticas nos destruyan, la única chance de ser felices es aliarnos a ellas: entenderlas, aplicarlas, volverlas a nuestro favor. Sí o sí, tenemos que aliarnos con las matemáticas para poder sonreír. 

Ahora mismo, por ejemplo, hay una probabilidad en diez millones de que este texto me convierta en un escritor famoso y me permita vivir de lo que amo. Una en diez millones: probabilidad casi inexistente. Pero si no lo escribiera, la posibilidad sería cero. Ninguna. 

Acá estoy, entonces: compartiendo este texto pero también comiendo sano para evitar enfermedades; evitando ser violento para bajar las chances de que me caguen a trompadas; saliendo con tiempo a las citas importantes, tratando lo mejor posible a los que me quieren y avisándoles a todos que no me gustan las fiestas sorpresa. 

Termino el texto acá porque si sigo escribiendo aumentan las probabilidades de que se cuelgue la computadora, de que me interrumpan antes de terminar o de que se aburran leyendo. Y también ahora mismo me siento más derecho en la silla, así disminuyo las chances de tener dolor de espaldas, contracturas o desviación de columna. Y también me voy a leer apuntes, así mejoro el porcentaje de chances de aprobar literatura latinoamericana. 

Voy a hacer todo eso, y especialmente voy a espiar en cada rincón, voy a mirar a mis espaldas, voy a estar siempre atento a cada detalle, porque las probabilidades matemáticas están en todos lados y tenemos que modificarlas porque, espero que lo acepten de una vez, todo lo especial, raro, bueno y malo de nuestras vidas depende de ellas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Minutos antes de subir al tren Roca ramal Ezeiza en la estación Lomas de Zamora, ella viaja por mi mente apenas un instante; aparece, de repente, la imagen en mi cabeza es fugaz pero concreta y al segundo la olvido. Al subir y caminar apenas unos pasos ahí esta ella apoyada contra el "apoya culos" con auriculares en las orejas haciendo como que no me ve. Rareza de probabilidad.

Julieta Fernandez dijo...

Como bien sabes, soy abogada pero no ejerzo, solo voy una vez cada 8, 9 años a tribunales de capital por causas familiares, mas precisamente alguna sucesión que quedo inconclusa y que muy a mi pesar lo debo hacer para no fallarle a aquellos que esperan lo haga!! y en esa única vez en diez años que voy, me cruzo con mi ex al que no veo desde hace muchos mas!! loco no?? que probabilidad de cruzarme con el tenia?? por supuesto que es Abogado también (lo cual calculo reduce esas posibilidades matemáticas de las que hablas) y un ex que ningún recuerdo lindo me dejo!!
Saludos!! perdón por no poner algunos tildes! no se usarlos en esta maquina.

Fer dijo...

Soy la peor del mundo en matemáticas.La peor.Por más que me expliques las probabilidades y pongas mucho más de 6 ejemplos, me gusta creer que, en las cosas buenas al menos, la vida nos hace una guiñadita de ojo, y nos sorprende.