jueves, 6 de enero de 2011

Violeta

Por Martín Estévez

La culpa de mi tristeza la tiene Violeta. No la tristeza pasajera, que aparece porque perdió Racing o porque Tamara se enojó al ver que de nuevo estoy hablando sobre otras mujeres en mi blog. Esa tristeza se soluciona con un gol de Lugüercio, por un lado; o con mates y besos, por el otro. Violeta, en cambio, es la culpable de mi tristeza esencial, eterna e inmodificable. Violeta moldeó mi nostalgia con sus ojos.

Si de chico tenía alguna esperanza de que existiera Dios, estaba relacionada con que ella y yo fuéramos todos los días a la misma escuela. No fue amor a primera vista: nos conocíamos desde el prescolar y recién en segundo grado me enamoré. Perdidamente.

Violeta tenía pecas y desesperantes ratos de timidez. Cuando algo le daba vergüenza no sólo se ponía roja como cualquiera: los ojos se le cerraban un poquito y le brillaban, dejaba escapar un tercio de sonrisa majestuoso, movía los hombros con delicadeza insuperable. Cuando Violeta sentía vergüenza, mirarla me generaba exactamente lo mismo.

La segunda prueba de la existencia de Dios fue cuando nuestra maestra de segundo, Silvia (sobre quien escribí alguna vez), nos sentó juntos. A los dos. Violeta y yo. Solos. Fueron tres de las mejores semanas de mi vida, aunque casi ni me animé a hablarle.

Silvia explicaba que era para que nos conociéramos, para que el grupo se integrara, pero yo intuía que no era así: ella sabía la verdad, había notado mi amor y había decidido (ya que era su alumno preferido) intervenir para que Violeta y yo nos casáramos de grandes.

Hace poco, hablando por chat, Silvia me juró que nunca notó nada y que nos sentó juntos por motivos pedagógicos: éramos los únicos del grado que leíamos de corrido. No sólo eso, también me aclaró que nunca fui su alumno favorito. Pero sé que es mentira: Silvia lo sabía todo y entendía que yo no podía vivir sin Violeta.

Quiero que lo entiendan: todo lo que escriba sobre mi vida entre 1991 y 2000 en realidad habla sobre Violeta. Todas mis acciones, todos mis pensamientos, todos mis sueños eran motivados por sus ojazos verdes. Todos mis textos sobre esos nueve cortos años se refieren a ella aunque simulen hablar de otro tema. Lo digo en serio.

En verano vivía en estado de animación suspendida. Si en mis primeras vacaciones había extrañado a un amigo, en las siguientes casi no dormía por culpa de una pesadilla recurrente: comenzaban las clases y todos formábamos, pero ella no estaba. Violeta se había cambiado de colegio y mi mundo se había terminado para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre. Verla el primer día me garantizaba un año más de vida. De hecho, el único motivo por el que hice el secundario en el Instituto Lomas fue porque supe que ella se había anotado ahí.

Cualquier mínimo suceso que ocurriera entre nosotros me parecía un milagro. En tercer grado nos tocó el mismo turno para ir a la biblioteca; fue así como, para impresionarla, leí Fuenteovejuna, La vida es sueño y Fausto sin entender nada de lo que decían.

-¿Seguro querés las obras completas de Voltaire? –me preguntaba la bibliotecaria con desconfianza.

En quinto votamos qué canción cantar a fin de año y eligió la misma que yo; durante tres meses tarareé ese tema con una sonrisa. La mejor nota que recibí en mi infancia fue un 3 en Ciencias Naturales: exactamente la misma que se sacó Violeta. Era maravilloso, ambos teníamos idénticos conocimientos sobre la composición de las células. Para mí resultaba evidente: éramos el uno para el otro.

Cada año había una fecha determinante para saber qué sentía ella por mí: la entrega de las fotos grupales. Esa tarde todos firmábamos las fotos de todos, y a los que no tenían plata para comprarla, agarrábamos una hoja y les firmábamos igual.

Si en cuarto grado había vivido veinte segundos lumínicos discutiendo con ella quién pondría primero el inocente “Violeta” o “Martín” en la foto del otro, porque teníamos una sola lapicera para los dos, en sexto me rompió el corazón. Todos empezaban a soltarse un poco más y, en lugar de los nombres, proliferaban frases como Sos mi mejor amiga, Me parecés el más divertido del grado o Aguante River ‘95. Yo había ensayado durante días cómo firmarle y tomé la iniciativa, declarándola por escrito como la chica más linda de todas las veredas del mundo. Ella me escribió lo siguiente:

Para un buen compañero
Violeta

¿Para un buen compañero? ¡¿Para un buen compañero?! Yo empezaba a crecer y ésa fue la primera verdad inmodificable de mi vida: ella no gustaba de mí. Nunca iba a gustar de mí. Volví triste a casa y no tomé la merienda. A la noche asumí que debería adorarla sin esperar nada a cambio.

Acá entre nosotros: en realidad siempre supe que no tenía chances con ella. Ninguna. Durante mi infancia yo era una especie de insulto a la estética: gordo, con pelo largo, inútil para conversar con una chica, cobarde. Tenía todo en contra y Violeta tenía dos cosas determinantes a su favor: sus ojos. Yo no estaba a su altura y eso me generaba doble angustia: lo sabía y no podía compartir mi dolor con nadie.

La ausencia total de amigos y la literatura suelen ir de la mano. Yo tenía ante mí la certeza del amor no correspondido en toda su magnificencia. Sabía que estaba condenado a soñar con alguien que nunca soñaría conmigo. El amor no correspondido era una monstruosa sombra negra que no me permitía mostrar los dientes al reír, que me hacía doler las piernas todos los lunes, que me empujaba hacia adentro para que yo nunca pudiera salir.

Pasar nueve años pensando en alguien a quien jamás vas a poder abrazar. Eso me hizo ser lo que soy ahora. No hay nada que haya influido tanto en mi formación como persona como el amor no correspondido. No hay nada que me haya generado tanta melancolía como esperar sin esperanza. Pero los ojos de Violeta, además de tristeza, me dieron una vocación: si este blog existe es porque Violeta no me quiso.

Fue un sábado. Yo tenía 12 años y estaba en la casa de Juanca en Lugano. Eran las dos de la mañana y todos dormían. El Nintendo ya me había fastidiado y yo no hacía otra cosa que pensar, como siempre, en Violeta. En cada gesto que había hecho durante la semana, en qué excusa podría inventar para hablarle. En qué estaría haciendo, en cómo dormiría, en por qué, por qué, por qué nunca, ella y yo, estaríamos juntos.

La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo: supe que era de noche, y que ella estaba lejos, y que nunca sabría nada de mí, y que yo estaba triste; supe que la angustia es perversa, que enamorarse es peligroso, que aunque había comido cinco porciones de pizza me sentía vacío.

Fue un ejercicio maravilloso porque no hubo nadie para verlo. Nació espontáneo, como si esas palabras hubieran estado siempre dentro mío, esperando para salir en cuanto me animara. No supe bien qué hice, pero lo hice: miré fijo la servilleta, apreté la lapicera y escribí mi primera poesía.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Te amo tanto! aunque le escribas a Violetas. Imposible no enamorarse de esa niña.

Nadia Hardy dijo...

Construcción favorita:
"La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo."
Me encantó cómo todo finaliza en la narración del nacimiento del escritor. Felicitaciones.

Mariana dijo...

Gracias Violeta!!!

Anónimo dijo...

Tenía insomnio a las 3 am, ya casi son las 5 y sigo deleitándome con tus palabras. Tengo que confesar que además de ser los únicos que leían en ese 2º grado entre 26 (vos y Viole), se los veía lindos juntos...Tal vez siempre supiste que eras mi alumno preferido y usaste a Violeta en estas palabras enreveradas para delatarme ante todos. Dicen que siempre hay un momento para todo; eras mi alumno preferido!, pero no porque sabías las banderas y el peso de la langosta, sino porque durante ese año le dabas sentido a mis tardes convenciéndome que si Viole y vos podían leer, mi esfuerzo por que los otros 24 lo lograran no iba a ser en vano.
Además de preferirte en esos años aprendí a elegirte ahora, con tus 26, sin tu flequillo y con esa magia que me lleva a lugares que creí no volvería a visitar...tu infancia y mi ilusión de que aprendan......te quiero "tu seño,Sil"

Anónimo dijo...

no voy a decir nada tan dulce sobre tu relato...a si que Violeta es la culpable de estos intentos de narraciòn, de este intento de writter...me gusto la parte que dice algo asi: "la total falta de amigos y la literatura van de la mano, o juntas" es verdad...pero sabes que me obsesiona el "otro lado" y no lo veo en este texto....