viernes, 26 de diciembre de 2025

Un lugar donde vivir

El día después de una noche de llanto tiene el gusto a alivio que me recorre ahora. Mi primer viaje hippie recién empieza y hay que dejar el hostel salteño. Melisa es la única de los tres que sabe manejar, pero igual alquilamos un auto. Pobre santa: viajaremos por rutas imposibles.

En Salta pasamos por Vaqueros, donde nos metemos al río; por un camino riesgoso y hermoso como nunca vi llamado Cuesta del Obispo; por Payogasta, pueblo de 9 cuadras y 200 habitantes; por Cachi, donde por primera vez sufrí la falta de aire a 2.200 metros de altura; nos cruzamos con pilotos que viajan en autos de carrera rumbo al Rally Dakar; y llegamos a Cafayate, donde para bañarnos sí o sí tiene que haber alguien afuera para sostener algo parecido a una puerta y nuestra ropa.

Cruzamos a Tucumán para conocer las dolorosas ruinas de los Kilmes, pueblo originario torturado por genocidas españoles que los obligaron a caminar esclavizados desde Tucumán hasta Quilmes, Buenos Aires.

Seguimos: Amaicha del Valle, la Garganta del Diablo, la Quebrada de las Conchas, el Anfiteatro… Este texto no es sobre lugares por los que pasamos, pero me cuesta no nombrarlos. Yo, tan de Lomas de Zamora, no puedo creer que existan tantos mundos tan diferentes a tan poca distancia.

Nos volvemos (nos vuelve Melisa) a Salta para devolver el auto y seguir en micro rumbo a otra provincia: por primera vez piso Jujuy.

Llegamos a Tilcara a medianoche. Es enero: hay montones de adolescentes por todos lados y mucha oscuridad. Vivo en Buenos Aires: imposible no tener miedo. Tardo algunas horas en entender que acá la inseguridad no existe.

Por la comida, el viaje, el estrés, no sé, en Tilcara me agarra un dolor de culo insoportable. Hace meses me viene doliendo, sospecho que son hemorroides, pero no fui al médico por vergüenza. Maldigo que me pase justo ahora. Termino en el hospital de Tilcara, donde me ignoran bastante y me dicen que tome mucha agua y no coma casi nada.

Cuando llegamos a Purmamarca ya estoy recuperado: hay una cancha de fútbol en medio de la nada, una exposición de fotos en medio de una montaña (guardaré una para siempre) y de vuelta a Tilcara para pasar la tarde en el Pukará, vieja fortaleza aborigen, y ver a Racing ganarle a Boca en una estación de servicio.

La que tiene más idea del recorrido (creo que su hermano había estado por acá) es Micaela, que propone nuestro próximo destino: Humahuaca. Ni idea de qué habla, solo recuerdo una canción de un programa infantil de Flavia Palmiero llamado ‘Corazón de Tiza’:

“Estoy contento,
me voy a ir de campamento.
Gracias, Flavia, ¡estoy feliz!
porque a Humahuaca vamos a ir”.

Piso Humahuaca por primera vez el 14 de enero de 2013. Si hasta acá el viaje fue vértigo, asombro y ojos abiertos, Humahuaca es otra cosa: un lugar donde me gustaría vivir.

Nos quedamos en una casa de familia donde compartimos la comida, nos tratan con cariño, nos muestran marcas de balas en una pared: durante la dictadura refugiaban a personas que podían sumarse a la enorme lista de desaparecidos.

En Humahuaca dejamos de correr. Es verano, pero el calor no es sofocante. Está cerca de Tilcara, pero llena de dulce silencio. Acá no hay obelisco ni esas mierdas: el monumento principal es un enormísimo poblador originario que nos mira desde arriba recordándonos quiénes salvaron a esta patria de la reconquista española entre 1814 y 1820.

En la placita hay música tranquila todo el día. Yo no sabía escalar pero subí a la Peña Blanca. A Mica le gusta una banda que se llama Humahuaca Trío y justo-justísimo tocan, y vamos a verlos, y me encantan: 12 años después los voy a seguir escuchando.

En Humahuaca me siento como en casa, pero hay que seguir.

¿Cómo definir Iruya? Parecido a caminar arriba de un subibaja rodeado de burros. “Cierren la puerta de noche”, nos piden en el galponcito donde dormimos. “¿Hay inseguridad?”, preguntamos. “No, no: es que los burros entran y se llevan sus cosas”, nos dicen con seriedad. En una madrugada de Iruya con Melisa nos contamos nuestro mayor secreto.

Última parada: San Salvador. La ciudad no nos gusta, pero Mica y Meli militan en una organización piquetera llamada Frente de Organizaciones en Lucha, que construyó un increíble barrio obrero ahí. 

Yo (aunque cobarde para entregar mi cuerpo a una causa) estoy enamorado de los bachilleratos populares, las ferias anarquistas y la lucha de la familia de Luciano Arruga por encontrarlo: vivir unos días en el barrio del FOL es una experiencia que me pone la piel de gallina.

Vida comunitaria, vecinos con formación política compartiendo recursos y angustias: todo me parece avasallante, emotivo, extremadamente real. Los debates nocturnos superan mi conocimiento: por momentos hago fuerza por entender y por momentos me desconcentro intentando guardar cada detalle de esta casa, de este barrio, de mi primer viaje hippie.

Mientras vuelvo en micro hacia Buenos Aires, pienso con nostalgia urgente que tal vez estoy despidiéndome de Jujuy para siempre. Qué recontra equivocadísimo estoy.

martes, 16 de diciembre de 2025

Mi primer viaje hippie

“Yo voy a donde sea, pero les aviso que no sé hacer fuego con palitos, ni escalar, ni nadar, y al menos una vez por semana necesito bañarme en un río o algo”.

Tengo 28 años y me proponen hacer un viaje “de mochilero”. No solamente jamás lo hice: pienso que ser mochilero es viajar a una ciudad lejana con solo una mochila, caminar a través de montañas durante todo el día, a la noche hacer un fuego, comer lo que haya y dormir en una carpa en medio de la nada. Despertarse cuando sale el sol y seguir caminando y caminando durante semanas hasta que la barba me llegue al pecho. Soy bruto: confundo mochilear con montañismo.

Melisa y Micaela me explican que no, que dormiremos en campings o patios con duchas, con electricidad, con seres humanos. Que no seremos deportistas extremos: seremos hippies. Entonces lanzo un grito histérico y se me llenan los ojos de emoción: por fin una aventura de verdad.

Es la primera vez en mi vida que veo a Micaela, pero Micaela es amiga de Melisa, y Melisa es una de las dos personas con las que más tiempo pasé en el último año. Queda chiquito decirla mi amiga: estamos en ese nivel en el que compartimos secretos aberrantes, en el que nos sonamos los mocos el uno al otro mientras lloramos. Con ella voy a cualquier lado y con quien sea.

Esto será el cierre perfecto a lo quiero ser. Hasta los 23 años había sido un cobarde prolijísimo, un pensador inofensivo. Gracias a que mi primera novia me dejó, empecé un proceso de búsqueda, exposición, ridiculez y riesgos que me llevó a felicidades y angustias más extremas de las que hubiera imaginado. Cinco años después tengo por delante semanas impredecibles, dos mujeres agradables que irán conmigo, ninguna tristeza enorme.

Viajamos en un micro ilegal. Nos avisan que, si nos detiene gendarmería, tenemos que decir que somos taekwondistas y viajamos a un torneo. Lo juro. El pasaje es hasta un pueblo llamado Rosario de la Frontera, pero quien sabe por qué nos dejan en la ciudad de Salta.

Como el viaje fue larguísimo, decidimos que la primera noche sea en un hostel barato que encontramos. Habitación compartida con desconocidos: ¡me siento en un reality show! Esto recién empieza y ya me corre electricidad por el cuerpo. ¡Qué orgulloso va a estar Leandro cuando le cuente!

Enseguida, Melisa y Micaela hacen amigos: unos europeos cancheros ante los que me siento poca cosa. Tan amigos se hacen que las pierdo de vista. Es la primera noche de mi gran viaje y en la habitación estoy solo y frustrado.

La primera en volver, pasada la medianoche, es Micaela. Aunque casi no la conozco, a los 30 minutos estoy llorando como un marrano frente a ella, tratando de explicarle cuánta vida hace que me siento solo, cuánta vida hace que deposito en una persona y en otra y en otra la esperanza de que me entiendan de verdad, de compartir casi todo, de no sentirme solo nunca más.

Al amanecer, el vendaval de angustia terminó y Micaela ya me está contando su historia. Cuando Melisa abre la puerta y me ve (con los ojos hinchados y sonándome los mocos solo) pone cara de horror. “¿Me perdí algo, no?”, pregunta.