Mostrando entradas con la etiqueta 1991. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1991. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de enero de 2011

Violeta

Por Martín Estévez

La culpa de mi tristeza la tiene Violeta. No la tristeza pasajera, que aparece porque perdió Racing o porque Tamara se enojó porque de nuevo estoy hablando sobre otras mujeres en mi blog. Esa tristeza se soluciona con un gol de Lugüercio, por un lado; o con mates y besos, por el otro. 

Violeta, en cambio, es la culpable de mi tristeza esencial, eterna e inmodificable. Violeta moldeó mi nostalgia con sus ojos.

Si de chico tenía una esperanza de que existiera Dios, era porque eso explicaba que ella y yo fuéramos todos los días a la misma escuela. Nos conocíamos desde el prescolar, pero recién en segundo grado me enamoré. Perdidamente.

Violeta tenía pecas y desesperantes ratos de timidez. Cuando algo le daba vergüenza no se ponía roja como cualquiera: los ojos se le cerraban un poquito y le brillaban, dejaba escapar un tercio de sonrisa majestuoso, movía los hombros con delicadeza insuperable. 

Cuando Violeta sentía vergüenza, mirarla me generaba exactamente lo mismo.

La segunda prueba de la existencia de Dios fue cuando nuestra maestra de segundo, Silvia (sobre quien escribí alguna vez), nos sentó juntos. A los dos. Violeta y yo. Solos. Fueron tres de las mejores semanas de mi vida, aunque casi ni me animé a hablarle.

Silvia decía que nos mezclaba a todos para que el grupo se integrara, pero yo intuía que no era así: ella sabía la verdad, había notado mi amor y había decidido (ya que era su alumno preferido) intervenir para que Violeta y yo nos casáramos de grandes.

(Hace poco, Silvia me juró que nos sentó juntos por motivos pedagógicos: éramos los únicos del grado que leíamos de corrido. Y también me aclaró que nunca fui su alumno favorito. Pero sé que es mentira: Silvia sabía que yo no podía vivir sin Violeta).

Quiero que lo entiendan: todo lo que escriba sobre mi vida entre 1991 y 2000 en realidad habla sobre Violeta. Todas mis acciones, mis pensamientos, mis sueños eran motivados por sus ojazos verdes. Todos mis textos sobre esos nueve cortos años se refieren a ella aunque simulen hablar de otro tema. Lo digo en serio.

En verano vivía en estado de animación suspendida. Casi no dormía por culpa de una pesadilla recurrente: comenzaban las clases, todos formábamos y ella no estaba. Violeta se había cambiado de colegio y mi mundo se había terminado para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre. Verla el primer día me garantizaba un año más de vida. De hecho, el único motivo por el que hice el secundario en el Instituto Lomas fue porque ella se había anotado ahí.

Cualquier mínimo suceso que ocurriera entre nosotros me parecía un milagro. En tercer grado nos tocó el mismo turno para ir a la biblioteca; fue así como, para impresionarla, leí Fuenteovejuna, La vida es sueño y Fausto sin entender nada de lo que decían.

¿Seguro querés las obras completas de Voltaire? —me preguntaba la bibliotecaria con desconfianza.

En quinto votamos qué canción cantar a fin de año y eligió la misma que yo; durante tres meses tarareé ese tema con una sonrisa. 

La mejor nota que recibí en mi infancia fue un 3 en Ciencias Naturales: exactamente la misma que se sacó Violeta. Era maravilloso, ambos teníamos idéntico desconocimiento sobre la composición de las células. Para mí resultaba evidente: éramos el uno para el otro.

Cada año había una fecha determinante para saber qué sentía ella por mí: la entrega de las fotos grupales. Esa tarde todos firmábamos las fotos de todos, y a los que no tenían plata para comprarla, agarrábamos una hoja y les firmábamos igual.

Si en cuarto grado había vivido veinte segundos lumínicos discutiendo con ella quién pondría primero el inocente “Violeta” o “Martín” en la foto del otro (teníamos una sola lapicera para los dos), en sexto me rompió el corazón. 

Todos empezaban a soltarse y, en lugar de los nombres, proliferaban frases como Sos mi mejor amiga, Me parecés el más divertido del grado o Aguante River 95. Yo había ensayado durante días cómo firmarle y tomé la iniciativa, declarándola por escrito la chica más linda de todas las veredas del mundo. Ella me escribió lo siguiente:


Para un buen compañero
Violeta

¿Para un buen compañero? ¡¿Para un buen compañero?! Yo empezaba a crecer y ésa fue la primera verdad inmodificable de mi vida: ella no gustaba de mí. Nunca iba a gustar de mí. Volví triste a casa y no tomé la merienda. A la noche, asumí que debería adorarla sin esperar nada a cambio.

En realidad, siempre supe que no tenía chances con ella. Ninguna. Durante mi infancia yo era una especie de insulto a la estética: gordo, con pelo largo, inútil para conversar con una chica, cobarde. Tenía todo en contra y Violeta tenía dos cosas determinantes a su favor: sus ojos. Yo no estaba a su altura y eso me generaba doble angustia: lo sabía y no podía compartir mi dolor con nadie.

La ausencia total de amigos y la literatura suelen ir de la mano. Yo tenía ante mí la certeza del amor no correspondido en toda su magnificencia. Sabía que estaba condenado a soñar con alguien que nunca soñaría conmigo. El amor no correspondido era una monstruosa sombra negra que no me permitía mostrar los dientes al reír, que me hacía doler las piernas todos los lunes, que me empujaba hacia adentro para que yo nunca pudiera salir.

Pasar nueve años pensando en alguien a quien jamás vas a poder abrazar: eso me hizo ser lo que soy ahora. No hay nada que haya influido tanto en mi formación como persona como el amor no correspondido. No hay nada que me haya generado tanta melancolía como esperar sin esperanza. Pero los ojos de Violeta, además de tristeza, me dieron una vocación: si este blog existe es porque Violeta no me quiso.

Fue un sábado. Yo tenía 12 años y estaba en la casa de Juanca (mi papá) en Lugano. Eran las dos de la mañana y todos dormían. El Nintendo ya me había fastidiado y no hacía otra cosa que pensar, como siempre, en Violeta. En cada gesto que había hecho durante la semana, en qué excusa inventar para hablarle. En qué estaría haciendo, en cómo dormiría, en por qué, por qué, por qué nunca, ella y yo, estaríamos juntos.

La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo: supe que era de noche, que ella estaba lejos, que nunca sabría nada de mí y que yo estaba triste; supe que la angustia es perversa, que enamorarse es peligroso, que aunque había comido cinco porciones de pizza me sentía vacío.

Fue un ejercicio maravilloso porque no hubo nadie para verlo. Nació espontáneo, como si esas palabras hubieran estado siempre dentro mío, esperando para salir en cuanto me animara. No supe bien qué hice, pero lo hice: miré fijo la servilleta, apreté la lapicera y escribí mi primera poesía.

martes, 2 de noviembre de 2010

El peso de la langosta

Por Martín Estévez / Ilustración: Matías Arias

Gaby y Alberto están en su casa mirando un libro. Gaby es amiga de mi mamá y Alberto es su esposo. El libro está repleto de banderas. Yo tengo 7 años y los miro esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez. 

¿Ésta es de algún país árabe, no?”  dice ella. 
Puede ser. Siria o alguno de ésos dice él. 
Tailandia no es. ¿Y Pakistán? dice ella. 
¿Seguro no es de Europa?” dice mi mamá.
Mozambique digo yo. 

Y todos miran asombrados.

La situación se repite todo el tiempo. No el hecho de ir a lo de Gabriela, sino que me miren con asombro. Por exceso de tiempo libre, memorizo datos inútiles: diseños de banderas africanas, la programación de ATC, el plantel de Ferro, canciones de Los Rodríguez. El hecho, de tan cotidiano, me es indiferente.

Después, cuando llame tu mamá, pedile su número de documento me dice mi tía Elvi.
Dieciocho siete cuatro dos siete tres cinco le respondo sin quitar la mirada de la Croniquita.

Sin embargo, mis conocimientos no habían incomodado a nadie hasta esta tarde de domingo en la que Diego revisa las cartas de Lucha Fuerte con desdén. Diego tiene 14 años y es mi primo. Lucha Fuerte es un programa de catch barato que miro por televisión. Yo estoy en la mesa familiar esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.

Si te toca la carta de Gibor cantás la edad y ganás siempre se queja Diego. ¡Tiene 125 años!
Kruel tiene 140 digo con voz casi imperceptible. Y Robox, 150.

Y todos miran asombrados.

Treinta y cuatro segundos después, Diego ya me apostó 5.000 australes a que no puedo decirle todos los datos de las cartas. Está seguro de que en alguna voy a fallar. Acepto sin darle demasiada importancia.

El ninja negro. ¿Peso? dispara Diego.
82 kilos respondo.

El Charro Santana. ¿Estatura?
1,70.

Enrique Orchessi. ¿Levantamiento de pesas?
150 kilos.

Papa Pacífico. ¿Edad?
48 años.

Diego empieza a transpirar y a pensar en cómo conseguir 5.000 australes. Los otros ocho integrantes de la familia me miran orgullosos, deseando mi victoria. Soy el más chico, y eso genera simpatía.

Iván Kowalski. ¿Estatura?
1,78.

Rasputín. ¿Levantamiento de pesas?
143 kilos. 

El tiburón del Caribe, ¿edad? 
43 años. 

El triunfo está asegurado y sonrío haciéndome el canchero. No hay chances de perder. Queda sólo una pregunta y Diego la hace con resignación.

La langosta. ¿Peso?

La sé. Claro que la sé. Sé que la langosta pesa 73 kilos, cinco más que Don Pepo, 47 menos que William Boo. Levanto la cabeza con soberbia y veo a Diego molesto, herido, derrotado. Si hasta este momento las cosas que recuerdo no han hecho daño, eso está por cambiar. Diego está sufriendo.

Me detengo. Se hace un silencio. Un silencio largo. “Me parece que no la sabe”, susurra Chuna. 

Entiendo de pronto que, si respondo correctamente, si gano esos 5.000 australes sin esfuerzo, seré siempre un burdo buscador de asombro, un recolector de datos inútiles, un desdichado que solo querrá llamar la atención. 

Si respondo correctamente seré un cobarde que le temerá a la ignorancia. Durante los interminables años que me queden de vida intentaré acumular conocimientos por temor a que no me quieran. 

Si digo el peso exacto de la langosta, hoy me regocijaré sintiéndome mejor que los demás, pero mañana mi bolso lleno de datos inútiles estará vacío, o peor: lleno de ausencias y de soledad.

Si no respondo, en cambio, si digo un número cualquiera, si simulo que los nervios me derrotaron, si me permito perder, elegiré otro camino. 

Diego no se sentirá humillado por un chico de 7 años, mi familia no esperará que yo siempre sepa todo, no nadaré durante décadas en una infundada soberbia. 

Si respondo mal pierdo 5.000 australes pero gano libertad: me quito de encima las miradas, las obligaciones, la desesperación por mostrarles a todos que no solo sé que Qatar y Ghana son países, sino que también sé que jugaron el último Mundial Sub 17.

Dejo la cucharita, dejo el bizcochuelo y los miro a ellos, a nueve personas que no saben que en este momento estoy definiendo buena parte de mi vida. Que, en el instante en que responda, estaré condenándome a acumular millones de datos inútiles para caer bien; o decidiendo una vida feliz donde no me importe la mirada de los demás, donde no me sienta avergonzado por mis defectos.

Respiro. El silencio ya es insoportable. Diego está por insultarme y siento calor en la cara. El momento llega. Alguien mueve una silla. Respiro de nuevo. Miro al vacío e intento que no me tiemble la voz.


73 kilos respondo.



Escuchá este texto en Spotify.
Mirá y escuchá este texto en YouTube.
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.