Por Martín Estévez
No digo nada. Cierro la boca. No opino. Y, si estoy forzado a opinar, tiro una evasiva. Me refiero a las adolescentes fanáticas de One Direction, Justin Bieber o La Piedra Urbana. De los pibes que se la pasan jugando a la PlayStation, aprendiéndose letras de reggaeton o formando club de fans ridículos. No es que no piense nada sobre ellos, pero estoy obligado a callarme. ¿Qué quieren que diga? ¿Que son tontos? ¿Que pierden el tiempo? ¿Que así nunca van a llegar a nada? ¿Cómo carajo puedo criticarlos si yo... si yo...? Ay, dios mío... Si yo era fanático de Los Chakales.
Supongo que ustedes no saben cómo funciona este blog, pero mi idea es contar tres historias de cada año de mi vida. Este texto corresponde a 1997, año para el cual tenía una sola palabra anotada en la puerta de la heladera: "Borges". Yo quería contar con orgullo que a los 13 años ya había leído Ficciones y El Aleph, libros que le había pedido especialmente a Tati. No sólo que los había leído: que se los había recomendado a mi primo Matías, y que a él también le gustaron, y que terminé regalándole uno de los dos.
Quería contar que leía a Borges, pero es mentira. La verdad es que si en 1997 estuve, con suerte, diez horas leyendo a Borges, le dediqué veinte veces más tiempo a Los Chakales. ¡Ay, carajo! No era sólo ver Tropicalísima y TropiHits los fines de semana, o comprar revistas sobre cumbia (¡revistas sobre cumbia!) cada mes: todos los días, al mediodía y a las siete de la tarde, por un canal que ya no existe llamado TVA, miraba una hora de un programa intragable para esperar los dos minutos y medio por reloj (cortaban los temas donde fuera) que les dedicaban a Los Chakales. Y encima los grababa.
No tenía gollete, en serio: ni siquiera tocaban en vivo. Hacían playback, siempre en el mismo estudio, siempre de las mismas canciones y, como los Simpsons, siempre con la misma ropa. ¡¿Para qué los grababa, la puta que me parió?! Me acuerdo y me quiero pegar un fierrazo en la cabeza. ¡Horas de tu vida, Martín! ¡Horas de tu vida perdiste en esa pelotudez!
Me sabía los pasos de cada canción, el autor de cada letra, ¡hasta me hice trencitas en el pelo como el cantante! Déjenme, déjenme seguir contando, tengo que sacarme todo esto de encima: firmaba en el colegio como el Chakal de Lomas y pedía que me llamaran "Julito", como el líder de la banda.
En el cumpleaños de 15 de Gaby me comporté como debe comportarse un hermano de 13 años: conversé sobre fútbol y no bailé ningún tema. Hasta que pusieron Vete de mi lado: entonces, mi torpe cuerpo no evitó la tentación, en camisa, corbata y frente a cien invitados, de bailar como un poseído. Por suerte, como en TVA, la canción se cortó a los dos minutos y medio y volví avergonzado a la mesa.
No exagero: los habré visto unas trescientas veces (sí: trescientas veces) hacer lo mismo. Un conductor ignoto gritaba: "Con ustedees... ¡Loos Chaaakalessss!"; ponían algunas de sus tres o cuatro canciones conocidas; ellos fingían que tocaban; las chicas de la tribuna coreaban "¡Y dale dale dale dale Cha-ka-les!"; y todo terminaba. Yo apretaba stop en la videocassetera y me quedaba lo más tranquilo. Lo más emocionante que podía pasar, se lo comentaba a Gaby:
-¡Mirá, hoy Toto salió con una guitarra de juguete en vez de una de verdad!
O tal vez:
-Qué raro que no está Juampi... ¿se habrá ido de la banda?
"Toto" y "Juampi", la puta que me parió. Me acuerdo los apodos de dos pibes que tocaban (¿tocaban?) hace 17 años en Los Chakales, pero no me acuerdo el día del cumpleaños de Lucía, y muchísimo menos de los títulos de los cuentos de Borges.
¿Y saben qué es lo peor de esto? Que no estoy arrepentido. Que no creo que ser un fanático descerebrado de Los Chakales me haya atrofiado el cerebro. Es más: creo que, a los 13 años, era una de las mejores cosas que podía hacer.
Si hubiera leído doscientas horas a Borges, y hubiera visto diez de programas de cumbia, creo que estaría asfixiado de literatura, harto de sobriedad, o peor: me creería superior al resto. Pero no: por suerte fui un pelotudo, como hay que serlo un poco a los 13 años, y soñaba con verlos en alguna de esas bailantas que, en aquel momento, me parecían tan peligrosas como el infierno. Pero, por escuchar Ay de mí en vivo, hubiera soportado los pinchazos de algún demonio de segundo orden.
Hoy, a escondidas, escucho a Los Chakales de vez en cuando, y me alegra haber vivido esa etapa tan ridícula. Ojalá hubiera hecho lo mismo después. Porque a los 17, 18 años ya me volví serio, correcto, aburrido. Si hubiera hecho lo que correspondía, si me hubiera comportado conforme a mi edad, hoy no estaría vestido como adolescente, no trataría a los adolescentes como iguales y, especialmente, no estaría a punto de irme con dos semi-adolescentes a andar en bicicleta hasta cualquier lugar con un casco parecido al de los Power Rangers para armar una carpa, dormir a la intemperie y contarnos cosas que nos duelen.
Así que ya saben: a mí no me rompan las pelotas con que ahora los adolescentes son estúpidos, ni me pidan que les aconseje un libro de Nietzsche para leer. A los adolescentes hay que dejarlos equivocarse, ser fanáticos, rebeldes y molestos. Hay que dejarlos vivir. Y, cada tanto, preguntarles por algún tema bueno de One Direction, pedirles que nos presten la Play o por ahí que nos canten un reggaeton. No sea cosa que, por hacernos tanto los adultos, nos estemos perdiendo algo bueno.
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sábado, 10 de enero de 2015
domingo, 21 de diciembre de 2014
Mi problema con Milito
Por Martín Estévez
Conocí a Diego Milito en abril de 1997. Yo estaba enfermo por Racing y leí en la revista Sólo Fútbol que le había metido cuatro goles a San Lorenzo en Quinta División. Creí, entonces, que debía empezar a seguirlo, recortar y anotar cada detalle de su carrera por si él se transformaba en un crack que sacaba campeón a Racing, brillaba en Europa y volvía para despedirse a lo grande en La Academia. Creía, en realidad, que por admirarlo desde aquel 6-2 a San Lorenzo, él, algún día, retribuiría mi esfuerzo. Hoy, lo digo con un poco de dolor y para sorpresa de los que leen esto, me doy cuenta de que estaba equivocado.
Sí, es cierto que ese pibe, Milito, llegó a Primera; y en 2000, cuando todos los que sentimos a Racing como algo propio sufríamos por la quiebra, la desaparición, los promedios, por la agonía diaria del club, él se plantó frente al periodismo y dijo: "Yo amo a Racing. Más allá de todo lo que nos pasa, me quiero quedar a jugar acá, a cambiar la historia".
El mundo pareció darme la razón cuando, después de 35 años, Racing ganó el título con Milito en el equipo. Aquellos eran días difíciles para mí, abrumado por la adolescencia y problemas más importantes que ya contaré en este blog, así que lloré mucho, como lloró él, cuando el 27 de diciembre de 2001 fuimos campeones por primera vez.
Lo adoré mientras jugó en Racing (hasta enero de 2004) y también después, cuando se fue a Italia. En 2005 ascendió con el Genoa y yo, que ya era periodista, lo entrevisté por teléfono mientras él saltaba en un vestuario a miles de kilómetros de distancia.
De ahí se fue a España, para brillar en Zaragoza hasta 2008. Otro añito en Genoa y, después, la gloria con el Inter: en ocho meses, Milito fue campeón de la Copa Italia, la Liga Italiana, la Champions League, la Supercopa Italiana y el Mundial de Clubes, y lo eligieron mejor jugador de Europa. En el medio, jugó la Copa del Mundo de Sudáfrica. Zarpado.
Mientras iba rompiendo estadísticas y se convertía en uno de los futbolistas argentinos más importantes de todos los tiempos, decía que su sueño era volver a Racing. Pero dudaba. En 2013 lo conocí personalmente, y le mostré mis kilos de recortes y anotaciones sobre su carrera. Él me dijo:
-Ni mi mamá tiene tantas cosas de mi carrera. ¿No me los regalás?
-No -le respondí con una de las caras más sinceras de mi vida-. Primero volvé a Racing y, cuando termines tu carrera, te lo llevo adonde quieras y terminado.
Se anotó mi número de teléfono como si fuera el de una agencia de reclamos. Me parece que de verdad le habían gustado los libracos. En enero de este año, mientras estaba en Villazón, Bolivia, a punto de quedar incomunicado durante semanas, me llegó un mensaje:
-Hola, Martín. Soy el representante de Diego Milito. Me mandó una camiseta para vos. Combinemos para que pueda alcanzártela.
Y volvió, eh. Volvió menos de un año después, para rearmar los pedacitos de un Racing semi destruído. Con tanto amor, con tanta paciencia, con tanto coraje los armó, que fue sumando triunfo tras triunfo y hace un rato, el 14 de diciembre de 2014, lo vi dar la vuelta olímpica otra vez, a metros de mis ojos, mientras 55 mil personas gritaban su apellido, ese que yo había conocido 17 años antes.
El de 2001 y éste fueron los únicos dos títulos que ganó Racing desde que respiro celeste y expiro blanco. ¿Y saben qué? Éste lo disfruté más, ya sin los traumas de mi adolescencia, seguro de haber encontrado un camino justo para mí y para la injusta sociedad que me rodea. Lloré, sí, lloré, pero no porque tengo problemas que me parezcan imposibles de resolver. Lloré por estos 13 años sin títulos, por todos los fines de semana de angustia, porque tenía ganas de abrazarme con personas a las que abrazo cada vez menos. Pero también fui feliz, porque entendí que todo eso era crecer, como Milito había crecido en su década europea, para ser una persona mejor, para poder ser feliz sin mentirme.
Conocí a Diego Milito en 1997 y creí que, por admirarlo desde aquel 6-2 a San Lorenzo, él, algún día, retribuiría mi esfuerzo. Pero, para sorpresa de los que leen esto, me doy cuenta de que estaba equivocado. Me di cuenta cuando él, el día que nos conocimos y miraba mis anotaciones, me dijo:
-Estos cuatro goles en la Quinta no fueron contra San Lorenzo: fueron contra Independiente. No me los olvido más.
Perdón, Diego, por haber estado tantos años equivocado. Y gracias por haberle hecho sentir a ese chico de 13 años que recortar diarios y anotar goles no eran tiempo perdido, sino futuro ganado.
Conocí a Diego Milito en abril de 1997. Yo estaba enfermo por Racing y leí en la revista Sólo Fútbol que le había metido cuatro goles a San Lorenzo en Quinta División. Creí, entonces, que debía empezar a seguirlo, recortar y anotar cada detalle de su carrera por si él se transformaba en un crack que sacaba campeón a Racing, brillaba en Europa y volvía para despedirse a lo grande en La Academia. Creía, en realidad, que por admirarlo desde aquel 6-2 a San Lorenzo, él, algún día, retribuiría mi esfuerzo. Hoy, lo digo con un poco de dolor y para sorpresa de los que leen esto, me doy cuenta de que estaba equivocado.
Sí, es cierto que ese pibe, Milito, llegó a Primera; y en 2000, cuando todos los que sentimos a Racing como algo propio sufríamos por la quiebra, la desaparición, los promedios, por la agonía diaria del club, él se plantó frente al periodismo y dijo: "Yo amo a Racing. Más allá de todo lo que nos pasa, me quiero quedar a jugar acá, a cambiar la historia".
El mundo pareció darme la razón cuando, después de 35 años, Racing ganó el título con Milito en el equipo. Aquellos eran días difíciles para mí, abrumado por la adolescencia y problemas más importantes que ya contaré en este blog, así que lloré mucho, como lloró él, cuando el 27 de diciembre de 2001 fuimos campeones por primera vez.
Lo adoré mientras jugó en Racing (hasta enero de 2004) y también después, cuando se fue a Italia. En 2005 ascendió con el Genoa y yo, que ya era periodista, lo entrevisté por teléfono mientras él saltaba en un vestuario a miles de kilómetros de distancia.
De ahí se fue a España, para brillar en Zaragoza hasta 2008. Otro añito en Genoa y, después, la gloria con el Inter: en ocho meses, Milito fue campeón de la Copa Italia, la Liga Italiana, la Champions League, la Supercopa Italiana y el Mundial de Clubes, y lo eligieron mejor jugador de Europa. En el medio, jugó la Copa del Mundo de Sudáfrica. Zarpado.
Mientras iba rompiendo estadísticas y se convertía en uno de los futbolistas argentinos más importantes de todos los tiempos, decía que su sueño era volver a Racing. Pero dudaba. En 2013 lo conocí personalmente, y le mostré mis kilos de recortes y anotaciones sobre su carrera. Él me dijo:
-Ni mi mamá tiene tantas cosas de mi carrera. ¿No me los regalás?
-No -le respondí con una de las caras más sinceras de mi vida-. Primero volvé a Racing y, cuando termines tu carrera, te lo llevo adonde quieras y terminado.
Se anotó mi número de teléfono como si fuera el de una agencia de reclamos. Me parece que de verdad le habían gustado los libracos. En enero de este año, mientras estaba en Villazón, Bolivia, a punto de quedar incomunicado durante semanas, me llegó un mensaje:
-Hola, Martín. Soy el representante de Diego Milito. Me mandó una camiseta para vos. Combinemos para que pueda alcanzártela.
Y volvió, eh. Volvió menos de un año después, para rearmar los pedacitos de un Racing semi destruído. Con tanto amor, con tanta paciencia, con tanto coraje los armó, que fue sumando triunfo tras triunfo y hace un rato, el 14 de diciembre de 2014, lo vi dar la vuelta olímpica otra vez, a metros de mis ojos, mientras 55 mil personas gritaban su apellido, ese que yo había conocido 17 años antes.
El de 2001 y éste fueron los únicos dos títulos que ganó Racing desde que respiro celeste y expiro blanco. ¿Y saben qué? Éste lo disfruté más, ya sin los traumas de mi adolescencia, seguro de haber encontrado un camino justo para mí y para la injusta sociedad que me rodea. Lloré, sí, lloré, pero no porque tengo problemas que me parezcan imposibles de resolver. Lloré por estos 13 años sin títulos, por todos los fines de semana de angustia, porque tenía ganas de abrazarme con personas a las que abrazo cada vez menos. Pero también fui feliz, porque entendí que todo eso era crecer, como Milito había crecido en su década europea, para ser una persona mejor, para poder ser feliz sin mentirme.
Conocí a Diego Milito en 1997 y creí que, por admirarlo desde aquel 6-2 a San Lorenzo, él, algún día, retribuiría mi esfuerzo. Pero, para sorpresa de los que leen esto, me doy cuenta de que estaba equivocado. Me di cuenta cuando él, el día que nos conocimos y miraba mis anotaciones, me dijo:
-Estos cuatro goles en la Quinta no fueron contra San Lorenzo: fueron contra Independiente. No me los olvido más.
Perdón, Diego, por haber estado tantos años equivocado. Y gracias por haberle hecho sentir a ese chico de 13 años que recortar diarios y anotar goles no eran tiempo perdido, sino futuro ganado.
domingo, 7 de septiembre de 2014
El doctor Moldes
Por Martín Estévez
La vista iba camino a ser uno de
los grandes traumas de mi vida. Hacía bastante tiempo que no veía el pizarrón
desde lejos, así que a los 13 años empecé a usar anteojos. Nada liviano: 1.5
grados de aumento.
Tati decía que a mi edad la vista
se corregía, que por ahí los usaba un tiempo y no los necesitaba más, pero yo
ya sospechaba que mi nariz nunca más iba a estar libre. Lo peor llegó meses
después. Cuando volví al oculista (o al oftalmólogo, como se llame), un hombre
frío y cruel, el doctor Amenta, me dijo con cara de nada:
-Esto
empeoró mucho. Te fuiste a 2.5 en cada ojo. Y tendrías que haber venido antes:
el control es cada tres meses y pasaron nueve. Acá está la receta para los
anteojos nuevos.
“Esto”, cínico doctor,
eran mis ojos, uno de los tres sentidos más importantes que tenemos los seres
humanos. Me contuve y cuando salimos del consultorio, frente a Tati y Gaby, me
largué a llorar.
-Ya
está, negrito –me decía Tati con tristeza-. El
hijo de Isabel tiene ocho en cada ojo y es más chico que vos, así que lo tuyo
no es tanto.
-No
lloro por eso –le dije-. Lloro porque el forro
del doctor tenía razón: ¡tendría que haber venido hace seis meses!
Hoy entiendo que, aunque tal vez
Amenta tenía razón, con la razón no alcanza: hay que tener algo más en la vida.
Sensibilidad, tacto, dedicación por lo que hacemos, ¡compasión al menos! Todo
eso que le faltaba al tibio de Amenta, le sobraría después al doctor Moldes.
Volví al oculista a los tres
meses. Amenta estaba de vacaciones y me atendió otro tipo. Alto, algo amanerado, con poco pelo y bigotes: el doctor Juan Antonio Moldes.
¡Ay, dios, escucho su nombre y ya se me llena el corazón!
Moldes era oftalmólogo, pero si
hubiera sido motivador de personas condenadas a muerte también le habría ido
bien. En diez minutos de visita me cambió la cabeza:
-¡Pero
qué bien están estos ojos, Martincito! –gritó después del control de
rutina-. ¡Perfecto, la miopía no avanzó
ni un centímetro! ¡Tenemos que seguir así, Martincito! ¡Tenemos que seguir así,
eh!
“Tenemos”, dijo Moldes. El tipo
vio en mis ojos no sólo el nivel de enfermedad, sino también el terror que tenía a una mala noticia. Se puso la camiseta del paciente, se puso mi camiseta
y gritó con euforia: “¡Tenemos que seguir así!”.
-La
última vez empeoré mucho –le conté-, así que
ahora estoy comiendo más zanahoria y viendo menos televisión a la noche.
-No la
fuerces, Martincito –me dijo bajando la voz y se acercó-. Lo que tenés que hacer es no forzar la vista. Cuando la sientas
cansada, dejala descansar. Ah: y volvé dentro de tres meses.
Salí del centro de ojos (queda en
Alsina al 200, Banfield, por si alguno lo conoce) sonriendo y cantando Fito
Páez. Y a partir de ahí comenzó una constante: cada vez que iba, el doctor
Moldes me decía cuándo volver, pero yo aparecía antes. Si me pedía “vení en
tres meses”, yo volvía en dos. Si me decía que lo visitara en seis, yo estaba
ahí en apenas cuatro. Es que visitar a Moldes me encantaba, me levantaba el ánimo. Incluso
trataba de ir cerca de Navidad para desearle felices fiestas y darle un abrazo.
Casualidad o no, durante más de diez años mi vista casi no empeoró. No sé cuántas veces habré ido a verlo, pero
seguro fueron más de cuarenta. Durante el control me hacía leer números, aunque en un momento ya no me hacía falta mirar: me los sabía de memoria. De hecho,
todavía los sé. Las dos últimas líneas, por ejemplo, eran:
9 6 7 6
7 4 2 9
Se los juro. Igual, jamás le
mentía. Si veía borroso, le aclaraba: “Sé que dice 7-4-2-9, pero no lo veo
bien”. Entonces Moldes usaba otra forma de examinarme.
Fuimos perdiendo la formalidad y
nos contábamos cosas de nuestra vida. Hasta me enteré de que tenía un hijo hincha del
Valencia de España, como yo. Me gustaba pensar que me trataba así porque era su
paciente preferido, pero sabía que no. Sabía que trataba así a todos, que no lo
hacía por favoritismo sino por generosidad: el doctor Moldes deseaba que las
personas fueran más felices y hacía lo que estaba a su alcance por
lograrlo.
Cuando yo tenía unos 24 años, dejó
de atender a pacientes que tenían OSDE. Fue un golpe duro, pero lo tomé
como el fin de una etapa. Como homenaje, decidí comprarme lentes de contacto,
algo con lo que él siempre me insistía y a lo que yo me negaba.
Ahora que soy profesor, me doy
cuenta de que lo más importante para entusiasmar a los chicos de la secundaria
lo aprendí del doctor Moldes. Me enseñó que jamás hay que decirles “esto
empeoró mucho” señalando sus faltas de ortografía; ni preguntarles “¿esto es lo
mejor que se les ocurrió?” cuando presentan una idea para un cortometraje. Hay que poner en juego la
sensibilidad, el tacto, la compasión. ¡El alma hay que poner!
-Sí,
tenés setecientos errores de ortografía, como elejir, que se escribe con “G” –le decía a Facu
Szeinkop en El Rancho, escuela de Turdera-. ¡Pero
qué hermosa te sale la jota! ¡Es la mejor jota que vi!
Y Facundo, en vez de frustrarse
porque lo llenaba de reproches, al siguiente trabajo se la pasaba buscando
palabras con jota para lucirse. Y eso no sólo servía para motivarlo, sino que
lo obligaba a pensar bien qué palabras usar. Se me ocurren pocas formas mejores
que esa para sumar herramientas literarias.
-La
verdad es que este grupo funciona bastante mal, no se juntan nunca y siempre se
quejan de todo –les remarqué anteayer a Brenda y Sofía en la Escuela 37 de Lomas-. Pero ustedes vinieron a la reunión un día de
lluvia a las ocho de la mañana. ¡Son unas genias!
Hace bastante quería escribir
sobre el doctor Moldes, pero lo hago justo hoy, minutos después de una derrota de Racing: 1-3 contra Lanús en Avellaneda. ¿Qué tiene que ver esto? Que pensé en él
durante el retorno hasta mi casa. Intenté pensar como él para aliviarme.
-Sí,
perdimos otra vez y el árbitro nos afanó de nuevo, Martincito –imaginé su voz en
mi cabeza-. ¡Pero qué golazo hizo
Centurión! ¡Cuánta gente fue a la cancha! ¡Qué noble es ser de Racing,
Martincito, qué noble!
Después me acomodé los anteojos y, la
verdad, me sentí menos triste.
Si este mundo tuviera muchos Juan Antonio Moldes –pienso ahora- no harían falta antidepresivos, interconsultas
médicas ni renuncias de directores técnicos. Yo no sé qué será de su vida, de
hecho ni siquiera sé si está vivo, pero si alguno de ustedes lo conoce o se
atiende con él, le pido que la próxima vez que lo vea le dé un abrazo sentido y
lleno de cariño. Y no le digan que es de mi parte, eh, nada de eso: díganle que
es de parte de la humanidad.
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