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jueves, 20 de abril de 2017

¿Quién es el presidente de tus amigos?

Por Martín Estévez

Siempre tenemos una mejor amiga o amigo. Sólo uno. Es imposible que sean dos, tres o diez. La amistad es como un partido de básquet: no permite empates. Sé que habrá protestas de grupos de amigues que dicen quererse todes por igual, pero lo siento, chiques: se están mintiendo. Mírense a las caras y se van a dar cuenta, muy rápido, de que cada une de ustedes tiene un favorito. 

La única forma de no tener un mejor amigo es, sencillamente, no tener amigos. De lo contrario, en cada momento de nuestra vida existirá una persona a la que queramos contarle antes que a nadie algún hecho feliz, triste, aburrido o absurdo. Siempre es una. Sólo una.

Hay gente que es capaz de todo para negar esta verdad científicamente comprobada. Fíjense si no: Jean Koum no creó Whats app para llenarse de guita (como creen muchos), sino para hablar con todos sus amigos a la vez y negar que tenía uno preferido. Claro que cometió un error: al primero que le dijo “voy a crear algo llamado whats app” fue a Dan Grayson. ¿Saben quién es? Yo sí lo sé: es su mejor amigo. 

Ojo: no tenemos por qué reconocerlo. No hay motivos para andar explicándole a Naty que la queremos menos que a la Negra; ni a Javier que, si tuviéramos que donar un riñón, se lo daríamos a Ignacio antes que a él. No es obligación confesar: se acepta la cobardía del silencio. 

Un mejor amigo no es eterno: puede durar un día o diez años, pero suele cambiar. ¿Cómo es que cambia sin que nos demos cuenta? Resulta que todos tenemos muchos habitantes dentro del cuerpo (en el cerebro, en el corazón, en la entrepierna) y, cada tanto, se reúnen para votar y elegir a esa persona: al presidente de nuestros amigos. 

En el pasado existió una época oscura en la que nos imponían a nuestros amigos y presidentes. “Vos te vas a juntar con Ulises, porque se saca mejores notas que Andrés”, decían las madres en el año 77. “A ustedes los va a gobernar Videla, y al que no le gusta lo matamos”, decían los militares al mismo tiempo. 

Por suerte, yo nací en democracia y, tal vez por eso, las elecciones para presidente del país y de mis amigos se parecen un poco. Miren: 

 • 1984-1989 
Alfonsín fue el padre de la democracia y yo tuve una madre, Tati, que ocupó varios roles, incluso el de mejor amiga. 

 • 1989-1999 
¡Pasaron cosas horribles en el 89! A mí, en mi cumpleaños; al país, en las urnas: eligieron a Carlos Menem. Empezaron así diez años de individualismo, de importar pavadas y de copiar a otros países. Por eso, durante una década yo no tuve amigos, leí comics estadounidenses e intenté ser como mi primo Matías. 

 • 1999-2003 
 En Argentina eligieron a De la Rúa, pero en 2001 explotó la crisis y tuvimos dos presidentes que duraron poco (Rodríguez Saa y Puerta) hasta que asumió el cargo un hincha de Banfield: Duhalde. 

Yo elegí a un compañero de colegio, Marcelo, pero en 2001 explotó mi crisis y tuve dos mejores amigas que duraron poco (Rosana y Gaby) hasta que asumió el cargo un hincha de Banfield: Nico. 

 • 2003-2011 
El nuevo presidente del país llegó desde muy lejos (Santa Cruz) y estuvo muchos años cerca. En los últimos años, armó un proyecto con su esposa, Cristina. Se llamó Néstor Kirchner. 

El nuevo presidente de mis amigos llegó desde muy lejos (Campana) y estuvo muchos años cerca. En los últimos años, armó un proyecto con su esposa, Marina. Se llamó Pablo Scoccia y es el Perón de mi vida. No por ideología política (bien lejos andamos del peronismo), sino porque es el que más tiempo duró en el cargo de mejor amigo: ocho años.

(En realidad, el presidente que más tiempo estuvo es Menem, pero compararlo con Pablo me da escalofríos). 

 • 2011-2017 
En 2011 asumí que soy mucho más uruguayo que argentino, así que, aunque en el país reeligieron a Marina (perdón, a Cristina), yo cambié de presidente: comenzó el gobierno de Leandro, al que conocí en la universidad. 

Sin embargo, era obvio que Leandro no podía coincidir en su presidencia con Macri, así que a partir de diciembre de 2015, aunque nos queremos mucho, decidió tomar distancia, más que nada para que yo no le eche la culpa por tanta represión: la mía y la de Mauricio.

Leandro amaga con no presentarse a las próximas elecciones y mi pueblo interno reclama que alguien se haga cargo de los conflictos con los jubilados, más específicamente con el de mi abuela Fanny. 

Mientras me sumo al piquete, los invito a que cuenten ustedes: ¿cuál es la persona que fue su mejor amiga durante más tiempo? No se los pregunto en un día cualquiera: es el día en que Pablo, el Perón de mis amigos, cumple años. Y por eso, solamente por eso, hoy quise hablar sobre la amistad.

viernes, 31 de marzo de 2017

Mi primera muerte virtual

Por Martín Estévez

Antes, se morían dos tipos de personas: las que conocíamos y las que no conocíamos. Teníamos claro a quién llorar y a quién no. Pero en los últimos años se sumó un nuevo tipo de muerte: la virtual. ¿Qué pasa cuando muere alguien a quien nunca vimos personalmente, pero que fue nuestro amigo en Facebook, nos gustaban sus fotos en Instagram, mantuvimos conversaciones en Messenger? ¿Hay que llorar, ir al velatorio, hay que escribir en su muro? ¿Es una falta de respeto borrarlo de los contactos o hay que mantenerlo aunque nunca más haya actualizaciones? 

Yo, para romper el hielo en esta polémica, voy a contar mi primera muerte virtual. 

Corría el año 2003. Estudiaba periodismo y tenía que proponer una nota para la revista de la facultad. Propuse contar la historia de un equipo de rugby llamado Defensores de Glew, del que no sabía nada. En realidad, sabía una sola cosa: perdía siempre. 

Cada domingo leía, en el diario, los resultados de la peor categoría del rugby. Sólo eso aparecía: los resultados. Y Glew siempre perdía. Llevaba más de cuarenta derrotas. Me daba intriga saber para qué jugaban esas personas que se sabían vencidas de antemano.

Con Amós, compañero de curso, empezamos a ir a los partidos de Glew. Entre ellos, su peor derrota: 121 a 0 (sí, ciento veintiuno a cero) contra DAOM. El último fin de semana antes de entregar nuestra nota sobre “el equipo que siempre pierde” (ese iba a ser el título), Defensores de Glew jugó de local contra Ciudad de Campana. Fue un 27 de septiembre. No me lo olvido más. 

Llovía mucho y no podíamos cubrirnos: en la cancha no había techos, ni tribunas, ni vestuarios. No había nada: sólo 30 jugadores persiguiendo una pelota ovalada y 70 personas mirando el partido. Viendo lo que se podía ver bajo tanta lluvia. 

Fue un partido raro, desprolijo, tan cambiante que terminó cambiando el título de nuestra nota: 

Y sí: en el último minuto, con una patada imposible, Defensores de Glew ganó por primera vez en su historia, después de 47 derrotas seguidas. Con Amós (lo cuento sin vergüenza) entramos a la cancha a festejar con los jugadores. Esa, la primera nota que publiqué en mi vida, sigue siendo una de mis preferidas. 

Cuatro años después, en 2007, abrí un blog; y la primera nota que subí fue la del triunfo de Glew. Un día me llegó un comentario de un tal Damián Longo: 



Le respondí, nos agregamos al Messenger y comenzamos a chatear. No hablamos mucho: algunos recuerdos de aquel partido, comentarios aislados y varias invitaciones que me hizo cada vez que hubo una fiesta en el club. Fiestas a las que, por timidez y vagancia, nunca fui. 

Supe pronto que Damián era un símbolo de Defensores de Glew, una de las personas más queridas. Si me intrigaba saber para qué juegan esas personas que se saben vencidas de antemano, con Damián lo supe: juegan para correr, para compartir, para conocer, para desafiarse, para ser felices. Juegan para muchas cosas que no son ganar. 

No habría sabido nada más sobre Damián si no se hubieran dado algunas casualidades: que el 28 de abril de 2013 fue domingo; que, por ser domingo, llegó el diario a casa; y que, porque tenía tiempo libre, me leí el diario entero, incluso los recuadros sobre rugby.  Y ahí lo vi: 


“Defensores de Glew suspendió su partido por la muerte de uno de sus jugadores: Damián Longo”. 

Como cuenta esta nota, Damián murió por un ataque de asma. Era muy joven y su familia lo necesitaba mucho.

Miré a Tati con ganas de contarle lo que había pasado, pero no sabía qué contarle. ¿Quién había muerto? ¿Un jugador de rugby, un contacto de Messenger, un desconocido? No le dije nada. Me quedé en silencio, con el diario delante mío, conmovido. 

Como el Messenger había caído en desuso, no tuve que decidir qué hacer con Damián: la tecnología lo eliminó antes que yo. Sin embargo, desde ese día me pregunto qué deberíamos hacer cuando la tragedia nos alcanza y se queda instalada en una ventanita, recordándonos todo el tiempo que alguien a quien conocimos ya no existe. 

¿Hay que atravesar el dolor de una vez, borrarlo del mundo virtual y guardarlo sólo en nuestro recuerdo? ¿O es mejor dejarlo ahí, a la vista, recordándonos que ya no está y nunca más nos mandará un mensaje privado; recordándonos que la vida es finita y debemos vivirla tan intensamente como podamos? 

Como todavía no tengo respuesta, cada mañana entro desesperado a internet: no para ver fotos ni para saber qué pasa, sino para asegurarme de que mis 569 amigos de Facebook siguen vivos. Y a veces pienso que, tal vez, podrían haber sido 570: ojalá también estuviera Damián.

jueves, 9 de febrero de 2017

La agenda de la vergüenza

Por Martín Estévez

Existe una técnica psicológica que se usa para superar miedos recurrentes: enfrentar al paciente directo con su trauma. ¿Miedo a las alturas? El analista te lleva a la terraza para que te asomes. ¿Temor al ridículo? Te hace cantar a gritos en la vía pública. ¿Aracnofobia? Te acerca una araña cada vez más hasta que la tenés al lado. Creo que se entendió. Lo que quiero contar es que uno de mis grandes miedos es que alguien encuentre y lea mi agenda del año 2003. Miedo no: tengo terror. Y como ya no quiero sufrir más, recurro a esa técnica: voy a mostrarles los terribles secretos que guardo ahí.

El principal secreto es que yo, en 2003, era estúpido. Cada página de la agenda es una demostración indiscutible, empezando por la tapa: "Agenda del fútbol". ¿Qué persona normal de 19 años puede usar algo llamado "agenda del fútbol"? Es probable que haya sido un regalo pero, después de la tapa, hay 365 evidencias más de que yo era un pobre tipo. Veamos, al azar, algunas anotaciones que hacía:

9 de marzo. Juan Verón cumple 28 años. Con Ro de 19 a 22:30, fuimos a Norte, comimos milanesas. Puntaje: 8.

11 de junio. 11 a 18 hs: DeporTea. Tomé mal el colectivo y terminé en Llavallol. ¡Qué idiota! No vi a Ro, ¡120 días sin peleas! Puntaje: 8.

8 de julio. Salida del sol: 8:00. Puesta del sol: 17:57. Con Mati de 15 a 19 hs, hicimos crucigramas con la tía. Con Ro de 21:30 a 2 hs. Le pasé bien. Puntaje: 8.

31 de agosto. Racing 3 Vélez 3. Puta madre. Llevé pastillas a la casa de Ro y me atendió Rosa. Lazio 4 Lecce 1, dos asistencias del Piojo. Puntaje: 5.

12 de septiembre. Sebastián Porto cumple 25 años. DeporTea: me saqué excelente en el trabajo, faltó Ariel Scher. No vi a Ro, salió con amigos. Puntaje: 9.

¡Ay, dios! Si yo encontrara hoy a un ser humano de 19 años que escribiera esas boludeces, lo agarraría a trompadas, o le explicaría que está dejando pasar la vida, o lo abrazaría y lloraría con él. No sé qué, pero algo haría. Supongo que si nadie lo hizo conmigo en 2003 es porque yo fingía leer a Borges y analizar el mundo del deporte, cuando en realidad estaba encerrado en una caja de diarios, novia y cobardía.

¿Juan Verón cumple 28 años? ¿Sebastián Porto cumple 25? ¡Y a quién le importa, Martín! ¡Ni siquiera sos hincha de Estudiantes, ni siquiera te gusta el motociclismo! ¿Cómo puede ser que uno de los datos de tu día sea ese? Se los digo en serio: mientras leo, me voy enojando conmigo mismo.

Lo dependiente que era de mi pareja ni es necesario descubrirlo: rebalsa por todos lados. El "con Ro" y "no vi a Ro" se repite en cada hoja hasta la insanía, y se complementa con un dato de lo más triste: los "días sin peleas". Yo no apostaba a pasar tardes inolvidables, noches apasionadas y mañanas reveladoras, lo único que quería era no pelearme, no discutir, no poner en riesgo una de las (poquísimas) cosas que me movilizaban: ella.

En 2003 no tenía amigos y entonces recurría a una agenda, que aunque era muy pequeña necesitaba datos absurdos para ser llenada, como el horario de la salida del sol, el menú de la cena o los resultados de la Lazio de Italia.

Me dolía la injusticia pero no comprendía el funcionamiento de la sociedad, no me esforzaba para entenderlo, no me arriesgaba para cambiarlo. Una de las vergüenzas más grandes de aquel año aparece el día 27 de abril. Vean si no:

  
¡Voté a Elisa Carrió! ¡Yo voté a Elisa Carrió! A partir de hoy, todos, pero todos los que discutan conmigo sobre política, o sobre fútbol, o sobre el precio de las lamparitas, tienen derecho a terminar la discusión con esta frase:

—Callate, vos votaste a Carrió.

Y yo cerraré la boca y les daré la razón.

Ya termino, ya termino de autoflagelarme. Queda sólo una cosita. No, no me voy a burlar de mí mismo por haber tomado al revés un colectivo, porque en 2017 sigo perdiéndome en todos lados. Lo que quiero remarcar es otra cosa. ¿Vieron esa gansada del puntaje que le ponía a cada día? Bueno, se completaba con un promedio de puntajes en los últimos cien días. Véanlo, aparece en la imagen anterior. 

Me pregunto ahora: ¿cómo puede ser feliz alguien que depende tanto de números, de estadísticas, de goles ajenos, de cumpleaños de desconocidos? ¿Alguien sin amigos, almidonado, adormecido? Le pido a Tati que no sufra pensando que yo sufría, porque no era así: había armado una estructura en mi cerebro tan férrea y tan potente que no me daba cuenta de lo que estaba pasando. Me sostenía en que, con esfuerzo y constancia, el promedio pasaría de 7,80 a 9,50; y entonces sí sería bien feliz, y tendría una vida emocionante.

Es buen momento para explicar que este blog nació para sacarme de encima cuentas pendientes, para barrer un poco mi pasado antes de que alguien lo encuentre todo mugroso. Y esa agenda, esas anotaciones, esa soledad y tanto color gris a los 19 años son algunas de las miserias que necesito exponer para construir mi presente sin tantos fantasmas.

Así que, ahora que terminé este texto y que me siento más tranquilo, voy a anotar en mi cuaderno de Racing que cumplí con el objetivo de escribir en Palabras Enreveradas, a mover la aguja que señala mi estado anímico de 0 a 37 (subió de 26 a 27) y a esperar a la chica con la que me gusta dormir: la vi sólo de 16:30 a 19:30, porque salió con sus amigas. Sí, salió justo hoy, cuando el conductor de televisión Santiago Del Moro cumple 38 años. ¡Cuántas cosas importantes en un día!

sábado, 31 de diciembre de 2016

La revista más pobre del mundo

Por Martín Estévez

En 2003 ya existían internet, los programas de diseño, las impresoras láser, los archivos en PDF y los retoques digitales, pero a mí no me importaba. Yo había terminado el primer año de la carrera de periodismo deportivo y estaba desesperado por poner en práctica mis conocimientos. Así, con sólo una computadora viejita, comencé a producir la revista más pobre del mundo. El verdadero motivo por el que pudo publicarse lo contaré al final de este texto.

La revista se llamaba La Acadé y constó, en su primer número, de cuatro páginas que hablaban sobre Racing. Ahora lo pienso y me parece ridículo: la diseñaba en word, el programa que ustedes usan para escribir cualquier cosa. El problema es que, en cada página, yo quería poner fotos, títulos, columnas y recuadros. Hoy sé que no existe un programa más difícil para hacer una revista. Pero, en 2003, el word era todo lo que conocía.

El trabajo consistía en lo siguiente. Primero, elegía los temas sobre los que escribiría: un jugador, algún partido, el recuerdo de una fecha histórica. Después buscaba, entre mis recortes de diarios, las fotos que quería usar. Subía a la casa de mis tíos y pedía prestado el scanner para grabarlas en un diskette. Bajaba, abría un word y armaba, con una paciencia que hoy no tengo, cada página. El word hacía lo que quería conmigo: me mandaba de golpe a otra hoja, ponía las fotos donde se le cantaba o me obligaba a dejar espacios en blanco porque sí.

Para terminar, subía de nuevo a lo de mis tíos y le pedía a Mati algún detalle lindo para la tapa. Él, diseñador gráfico, hacía en quince minutos cosas para las que yo habría tardado dos vidas. Guardaba todo en el diskette, le daba una última mirada y ¡listo! los 30 ejemplares ya podían imprimirse.

Pese a ese precario sistema, La Acadé duró trece meses, en los que se publicaron once ediciones; y fue el lugar donde otros tres periodistas publicaron su primer texto. La revista pasó de sus 4 páginas iniciales a 16, prolijamente abrochadas. Del N°9 llegaron a imprimirse 250 copias: si alguien quiere una de regalo, avíseme, porque me quedan bastantes.

No quiero aburrirlos con anécdotas aburridas, así que sólo contaré tres cosas.

La primera vez que vendí una revista fue con mi hermana Gaby, en una pizzería de Villa Gesell. Vimos por tele el debut de Racing en la Libertadores (1-1 con Universitario) y, en el entretiempo, nos acercamos a las mesas a ofrecerlas. Me sentí feliz cuando ella apareció con 25 centavos y una familia, mientras terminaba su fugazzetta, pasaba las hojitas abrochadas de mano en mano.

El momento más dramático fue en el N°6. La computadora de mis tíos estaba en reparación y, cuando tenía que terminar la revista (sólo faltaba la tapa), mi teclado dejó de funcionar. Lo juro. Eran las 11 de la noche y tenía que entregar el diskette a las 7 de la mañana del día siguiente.

No sé si se les ocurre una solución mejor, pero yo hice algo que jamás voy a olvidar. Con el mouse, copié y pegué letra por letra hasta formar un texto de 1050 caracteres. Sí: 1050 veces busqué una letra en otra página, le puse "copy", fui a la tapa del N°6, me paré en el texto y clickeé "paste" con el botón derecho del mouse. 

Lo pienso y me desespero, porque no eran solamente las 26 letras del alfabeto: a veces las necesitaba en mayúscula, a veces con tilde, ¡y hasta tuve que copiar y pegar el espacio en blanco entre cada palabra!

La revista dejó de publicarse en 2004, a causa de dos factores. El primero fue que, durante dos semanas, recorrí negocios de mi barrio para ofrecerles publicidad. Yo era tímido, pero también pobre, y necesitaba plata para mis gastos. Pese al esfuerzo, sólo conseguí un sponsor: el dueño de Factor Ranch, local de venta de piletas, prometió pagarme 3 pesos cuando le llevara el N°12 impreso. Pero no hubo N°12, porque en abril de 2004 me ofrecieron una pasantía en Clarín y tuve que abandonar La Acadé.

Como en muchas historias que cuento, el héroe parezco yo, por mi dedicación para cumplir mis sueños y bla bla bla, pero no. Ni a palos. El único motivo por el que La Acadé existió fue otro.

Cuando yo terminaba la revista y la guardaba en un diskette, se la dejaba a una mujer sobre una mesa. Y ella, la verdadera heroína de esta historia, empezaba el trabajo en serio. Lo metía en su cartera, se tomaba un colectivo, se tomaba un tren, se tomaba otro colectivo y fingía trabajar en una concesionaria de autos.

Hacía todo lo necesario para no ser descubierta: atendía teléfonos, llevaba cheques al banco, registraba patentamientos y se teñía de rubia. Pero, en realidad, sólo esperaba el momento oportuno en el que no hubiera nadie para convertir la oficina en una imprenta clandestina.

¿Cuántas cosas que nunca supe habrá pasado mi mamá para traerme, siempre esa misma noche, siempre sin falta, siempre con una sonrisa orgullosa, todos los ejemplares que le pedía de La Acadé? Sin ella, no sólo esa revista, sino la mitad de las cosas buenas que hice en mi vida, serían mentira.

Mientras contaba esto, recordé cómo se terminó la tapa de aquel complicado N°6: dejé un espacio en blanco y Tati, en su trabajo, recortó fotos de dos futbolistas llamados Bastía y Arano, las pegó con cinta scotch sobre otra hoja en la que había escrito muchas veces "Racing Club", imprimió la tapa y pegó su collage en ese espacio con boligoma. Después, "solamente" sacó 100 fotocopias sin que nadie la viera, y listo.



Trato de no hablar mucho de Tati en mi blog para no ser pesado, pero en estos días, en estas semanas, en estos meses en que la vida le está siendo tan difícil, me parece justo contar que es la persona que me salvó de casi todo durante 25 años. Y que todavía, cada vez que escribo un texto, espero que ella lo lea y, aunque no entienda cómo puedo contar tantas intimidades de una manera tan bruta, esté de acuerdo conmigo. Que esté orgullosa de lo que soy.

Perdonen que me haya puesto sentimental, pero es 31 de diciembre, hace exactamente quince años empezaba a imaginar una revista llamada La Acadé, y Tati es la responsable de que haya existido.

Hoy, que me angustio pensando de qué manera ayudarla y cómo hacer que su vida sea menos terrible, al menos puedo animarme a que este texto sea demasiado cursi y agradecerle acá, enfrente de todos (ahora que sí sé usar internet), cada fotocopia, porque con cada página impresa me estaba queriendo un poco más. Y reconocer sin vergüenza que, cada vez que recuerdo eso, el que la quiere un poco más soy yo.

sábado, 31 de enero de 2009

Extractos (2003-2004)

"... En medio de un mundo desolado
Nació nuestro amor
Como una flor debe nacer en el desierto.
Poco importa si un jardín ha de crecer
Nuestro amor siempre tendrá
El encanto de lo eterno.
Y si todo se termina alguna vez
El susurro de lo efímero
Contará nuestro secreto..."

(Mes 25: Una flor en el desierto, 2003)

"... Yo no quiero que se pierda la rutina
De cada día amarte en forma diferente
Yo no quiero que se pierda entre la gente
Este amor que en ocasiones desafina.
Déjame inventar una banda sonora
Que recuerde nuestra historia eternamente
Que algún día, si este amor no está presente
No permita que te puedas olvidar..."

(Mes 29: Otro acorde de la más bella canción, 2003)

"... Esto es lo que siento, y lo hago poesía
Cuando, en realidad, es menos importante
Y menos real, y menos brillante
Que decirlo todo como lo sentía..."

"... Quiero la rima olvidar
y ser siempre lo efusivo.
Pero ese intento, vida mía,
otra vez volvió a fallar
Pues tú eres un beso fatal
Y mi amor es poesía..."

(Mes 35, Lanzar esta pluma, 2004)

sábado, 27 de diciembre de 2008

Mes 33: El día que fui silencio

... Donde el límite lo marca el dolor; la cotidianeidad como catástrofe; imposibilidad de avanzar; y donde los puntos suspensivos se extienden...

Quizás no supe dirigir una orquesta
Que cante contigo de madrugada
Que acune tus sueños en cada siesta
Y entone una canción que ya fue olvidada.

Quizás me reclame un imperfecto día,
O una mancha gris en el centro del cielo,
La tarde importante que no tuvo vuelo
O no haberte dicho cuánto te quería.

¿Qué soy si me busco en un tiempo pasado?
¿Habré abandonado alguna primavera?
¿Será que es inútil la sala de espera?
¿O soy la nostalgia de un enamorado?

Me siento un instante y observo tu foto
Inconscientemente se pierde la rima
Prefiero sentir a mi corazón roto
Que ver tu dulzura morir en la esquina.

Me siento un error intentando ser arte
También un hereje intentando explicarte
Destellos que de irrelevancia murieron
Quizá solo deba callarme y amarte.

El cielo vuelve.
El gris se extinguió.
El mundo grita.
Eres sol.
Y sólo callo.


(La herida seguía, pero ella seguía siendo sol. Al final pude ver a mi corazón roto y, quizás, a su dulzura morir en la esquina. No hubo preferencia, no hubo elección. El cielo se fue. El gris se expandió. El mundo calla. Ella es sol. Y sólo grito).

Mes 32: Arco Iris

... Donde el rival es antivida, gris y ausencia; pérdida, sufrimiento y dolor; soledad, vacío y extinción. Donde somos la esperanza...

Te busco.
Eres sol.
Brillas. Me encegueces. No veo.
Tengo frío. Me das calor. El mundo calla.
Eres sol.

Y lo olvido entre recuerdos que denuncian primaveras
Y te sueño en el insomnio de diez mil noches enteras
No lo entiendo, pero igual quisiera que lo entendieras
Que tu risa significa mi alegría...

En esta noche imperfecta, por favor no estés tan triste
El amor es un abrigo que a la desolación viste
Yo no sé lo que te doy, pero sé lo que me diste
Hoy mi día fue sombrío sin tu voz...

Si el océano es profundo, pensando en tus ojos nado
Si vivo llego a la orilla, no te vayas de mi lado
Pues las últimas palabras de este tonto enamorado
Son que nunca pude dejarte de amar...

Y eres sol.
Atardece. Está oscuro. Te extraño.
Te sueño. Despierto. Y estás ahí.
Eres sol.
Yo soy lluvia.
Y te busco...


(Un texto con taquicardia lenta, un momento de transparencia mental. Tras soñar en el insomnio de diez mil noches enteras, mi desolación está desabrigada. Y está oscuro. Y soy lluvia. Y la busco).

lunes, 8 de diciembre de 2008

Mes 27: La salida que me encierra

Eres destello del arte
Un acorde musical
Eres sombra maternal
Y mi forma de mirarte.
Eres arma pacifista
Un rezo y una oración
Eres siempre mi canción
Y el deleite de mi vista.
Eres restos de una guerra
Reconstruyes mi interior
Eres Sol abrasador
La salida que me encierra.
En un mundo diferente
Eres la similitud
Lejos de la multitud
Yo comparto tu presente.
Eres verde amanecer
Y un mediodía amarillo
Necesito de tu brillo
Para nunca oscurecer.
Para retrasar mis ansias
Y superar un error
Necesito tu fragancia
Y tus labios, tu calor.
Explicame, por favor,
Cómo puedo enamorarte...

Regá tus besos sobre mi alma
Sobre mi piel modelá tus sueños
Alejame de cualquier karma
No te olvides de los pequeños
Detalles de la alegría
Razones para vivir
Perdonámelo, mi vida
El no animarme a decir...

El día que no estés
voy a estar incompleto
La tarde en que llores
no voy a reír
El grito que no me escuchás
es secreto
La noche en que me dejes,
me voy a morir...


(Tiene el ritmo del enamorado correspondido, de quien teme la derrota con la victoria cerca de su mano: "eres sombra maternal y mi forma de mirarte", "en un mundo diferente eres la similitud", "alejame de cualquier karma"... Pero tiene también ese tono fatídico, excesivamente oscuro al final; nunca creí que pudiera ser tan perfectamente profético. Cuando ella me dejó, morí. Aunque me lo discuta la ciencia. Aunque hoy parezca respirar)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mes 26: Ella

Ella tiene siempre
La forma justa de verme sonreír
Ella sabe todo
Y a la vez no sabe nada de mí
Ella se encontró y se perdió tantas veces
Que ni siquiera puede contarlas
Ella abandonó vicisitudes
por colgarse de estas ramas.

Va volando por aquí y por allá
No quiero tenerla sino acompañarla
Ella es tan normal
Como una foto de Cristo en un callejón...

Ella nunca caminaba sola
Pero nunca junto a nadie tan terrible como yo
Ella sin saberlo usó una escoba
Para barrer un pasado que vivía en borrador
Ella no entendió y cuando no entiende
Posee la invalorable valentía de intentarlo
Ella es una charla permanente,
Un silencio aterrador y una forma de olvidarlo.

Y está aquí, y está allá
Y donde no hay lugares para buscarla
Y no llega, y se va
Y busco veintiséis formas para calmarla...

(Y no tienen solución el amor, el dolor,
ni hay remedios para el alma
y no soy de reloj
mi tiempo es el que paso junto a vos)

Es que ella es la perfecta
Representación de la belleza
Ella hace más hermosas
Las paredes de mi pieza
Es que mire adonde mire
Yo siempre la miro a ella
Y a un extracto del amor,
tu mirada de princesa...

No intentes irte, mi sol
No sé si soy tu peor sueño o tu mejor pesadilla
O un guerrero que no peleó
Y se rindió ante tu hermosura
Ante toda la locura
De saber que ella sos vos...


(Lo de 'Ella' se mantuvo, lo mantuve durante mucho tiempo. Lo de 'Ella' se mantiene, lo mantengo desde hace mucho tiempo. Siempre hay una Ella aunque no sea siempre la misma. Lo que le falta de forma y de prolijidad a esta poesía lo justifica una frase: "Ella es una charla permanente, un silencio aterrador y una forma de olvidarlo". ¿Qué es Ella, entonces? Es todo, claro. Ella siempre es todo)

lunes, 3 de noviembre de 2008

Mes 22: Rayuela

... Donde las hojas secas, aún fuera de estación; lugares vacíos, aunque vigilados; donde la naturaleza invita a seguir adelante, sin más caminos que la imaginación; y donde el alma exclama: no me olvides...

Arrojo una piedra y arrojo mi mano
Extremo deseo que no sea en vano
Mirar tu sonrisa a mi lado, temprano,
Es la forma divina de resucitar.


Simpleza precisa siempre un primer paso
Y es siempre preciso algún simple rechazo
Caemos exactos en exactos brazos
Pletórica forma de finalizar.

Sensación siguiente es un salto al vacío
Vacío me siento, relámpago mío
Si llueve en tu ausencia me muero de frío
Un trueno jamás lo podrá equilibrar.

Y luego la técnica, que evoluciona
Y técnicamente allí se desmorona
El paso del tiempo que nunca perdona
La improvisación comienza a agonizar.

A ojos ajenos es un retroceso
Un paso adelante es poder obviar eso
Si preso termino por robarte un beso
Al menos que sea por improvisar.

El maldito tiempo a tu lado es delicia
Respiro la paz que me da esa caricia
El bendito tiempo sin vos me desquicia
Percibo en el alma el terror a fallar.

Pues miedo genera a mi lado tenerte
Temor a que tal vez no sepa quererte
Pero mucho más miedo me da perderte
Y ya no tenerte a mi lado jamás.

El azar jamás estará dominado
Aunque no imagino a Dios tirando un dado
No necesitamos que esté a nuestro lado
Sólo cuatro ocasiones aprovechar.

El juego culmina conforme a la vida
No sólo porque finaliza enseguida:
Ganar es el cielo, la meta querida
Y el cielo en mi vida es con vos siempre estar.


(A los 19 me puse pretencioso: los paralelismos entre el amor y un juego, y un guiño al Cortázar que nunca leí. Es espantosa la rima "tenerte-quererte-perderte", pero me gusta "mirar tu sonrisa a mi lado, temprano, es la forma divina de resucitar". ¡Autoelogio!, gritaríamos con un amigo. Y sí...)

Chico listo

Chico listo se frenó
Y miró tras de su cara
Otra vez volvió a sentir
La maldita sensación
De los muebles añejados
Transportados al futuro
Un futuro que perdura
Un presente nada más.

Chico listo y obediente
Ayudó a cargar su vida
En algún camión sin nombre
De algún lejano lugar
Se despidió de personas
Que no llegó a conocer
En su mochila, tres libros
Que siempre vuelve a leer.

Chico listo al otro lado
De una extraña ciudad
Un juego de llaves nuevo
Ningún perfume especial
Las miradas dando vueltas
Amor que no va a llegar
El cuello siempre arreglado
El alma sin arreglar.

Chico listo ya no es chico
Y está listo para andar
Chico listo tuvo casa
Pero nunca tuvo hogar
Abrió el nuevo picaporte
Y anunció a los del lugar:
"Lo siento, pero soy yo
esta vez el que se va...".


(Me parece casi imposible escribir sin ser autorreferencial. Casi. Acá no estoy. Tampoco estoy seguro de que estén ellas. Quizá existe, por primera vez, una búsqueda literaria independiente de mi garganta. No me gustó como quedó, pero que es curiosa, es curiosa.)