miércoles, 13 de marzo de 2019

Voy a ser papá

Por Martín Estévez 

Sé que muchas personas van a sorprenderse con lo que voy a decir. Pensé durante un montón de tiempo si tenía que escribir sobre esto o no, pero es hora de hacerme cargo. Siempre dije que hay que hablar de lo que nos pasa, especialmente si nos incomoda, si nos pone nerviosos, si lo necesitamos, así que no me puedo callar. Me decidí hace un rato, cuando recibí una noticia muy importante. Ahora sí puedo decirlo: voy a ser papá.

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Una de las primeras cosas que pensé después de mi última separación fue que ya no iba a tener hijos. Hice cuentas en mi cabeza sobre cuánto tardaría en superar el dolor, conocer a otra persona, construir una pareja y un larguísimo etcétera, crucé esos datos con la edad en la que deseaba tener una hija o un hijo, y supe enseguida que los números no me daban. 

En esta sociedad machista y patriarcal, no sólo es raro que los hombres lloren, que no les guste tener relaciones sexuales en la primera cita o que no sepan manejar: también es raro que un hombre soltero diga “quiero tener un hijo”. 

Yo tenía ganas, tenía un deseo fuerte y sincero, y supe que jamás lo iba a cumplir. 

Me acordé de Nancy. No vi muchas veces a Nancy: tal vez quince. Es una amiga de Tati (mi mamá) y supe su historia a través de ella. Nancy es una buena persona que durante 20 años, desde los 29 hasta los 49, deseó ser madre. 

A mí me importan un huevo los mandatos sociales, aclaro: celebro que haya personas que no quieran tener hijos, que no amen por obligación a su familia, que hagan lo que se les cante el upite con sus vidas. 

Lo que siempre me emocionó en la historia de Nancy no fue el asunto de la maternidad, sino la intensidad de su deseo, la sinceridad de su deseo (las quince veces que la vi, se lo noté en los ojos) y la constancia que tuvo para perseguirlo. Nancy hizo lo que pudo, lo que no pudo, lo imposible y un poco más que lo imposible para ser madre, durante 20 años.

Pero no lo consiguió. 

Fueron frustraciones infinitas. Cada vez que Tati ponía cara triste un sábado al mediodía, sabía que me iba a contar que Federer había perdido en semifinales. Pero cada vez que Tati hacía un silencio largo y su mirada gris parecía gritar que el mundo no tiene sentido, no hacía falta que hablara: sabía que, otra vez, Nancy había perdido un embarazo. 

Nancy jamás lo supo, pero en los últimos diez años me volví fanático de su deseo: pocas cosas quise tanto como que pudiera ser mamá. Me la pasaba hablando de eso con personas que ni siquiera la conocían. Pero a los 49 años, cuando sus dos últimos óvulos fértiles se apagaron, Nancy supo que tendría que vivir sin ser madre. 

Qué triste fue ese momento, pero qué valiente fue ella para seguir, pese a todo. Para intentar construirse una felicidad que no dependiera de eso. Para no hundirse. Para no vivir sufriendo por lo que no pudo ser. 

Yo no creo que las historias tengan siempre final feliz, que con esfuerzo todo se consiga, ni que el universo conspire a nuestro favor. Nada de eso. Creo que el mundo es un caos lleno de injusticias y sin explicación, y que cuando ocurre algo justo, algo merecido, algo con sentido, nos alivia, nos resucita la esperanza, nos tira un cachito de aire para respirar sin dolor durante un rato. 

Lamentablemente, eso no sucede casi nunca. Pero, a veces, sí. 

Esa sensación de justicia existencial, de oxígeno cósmico, de dolor de panza que afloja, la sentí cuando supe que un óvulo de Nancy había quedado perdido en una clínica, y que se podía usar tiempo después, y que ella quería volver a intentarlo una vez más. 

Esa sensación de milagro sin dioses de por medio, de siesta con lluvia al lado de la persona que amás, de felicidad que te empuja a seguir (felicidad, después de tanto) la estoy sintiendo ahora, en la noche de un día gris que podría haber sido un día más pero no lo es, en los minutos finales de este glorioso miércoles 13 de marzo de 2019. 

Hoy, recién, ahora, acá nomás, en este mundo, a los 50 años, Nancy acaba de ser mamá. 

Después de 21 años de bancarse la vida y su frustración, la vida y su dolor, la vida y su cosa horrible que no podemos entender, la vida en este mundo y en esta sociedad que casi siempre es angustia y silencio y violencia y resistir, Nancy acaba de ser mamá. 

Nació su deseo, y se llama Ramiro, y lo único que me importa ahora, lo único que nos importa a todos los que supimos sobre Nancy, es que aprendimos dos cosas. 

La primera: hay pocas chances de que la felicidad real nos encuentre, la encontremos, exista, se nos quede un rato. Y la segunda cosa: para que haya una pequeña chance de encontrarla, de sentirla, de ser felices, tenemos que seguir nuestros caminos, nuestros esfuerzos, nuestras luchas muy, muy hasta el final, más hasta el final todavía, porque la felicidad es exigente y nunca le da “me gusta” a nuestros primeros intentos. 

Hasta hace un rato yo estaba preocupado porque a los 34 años me sentía viejo para seguir levantándome todos los días a perseguir con intensidad las cosas que deseo. Pero Nancy y su valentía y Ramiro me acaban de despertar de mis cobardías.

Es cierto: aun haciéndolo todo, no era seguro que Nancy cumpliera su deseo. Pero lo seguro es que, si no seguía hasta el final, si no se hubiera dicho “voy a ser mamá” una y otra vez, durante 20 años, no lo hubiera logrado. 

Es más: a esta altura, les digo, importa cada vez menos si los deseos se cumplen o no. Lo importante es hacer todo, absolutamente todo lo que esté a nuestro alcance para que sucedan. Poner nuestro deseo enfrente nuestro, construir una historia gracias a él, y seguir esa historia hasta el final, muy hasta el final, más hasta el final todavía. 

Lo importante, ahora lo veo, es que nosotros mismos y nosotras mismas seamos nuestro propio deseo: que seamos lo que deseamos ser. 

Así que yo empiezo hoy, recién, ahora, acá nomás, en este mundo, a los 34 años. Deseo ser alguien que, como Nancy, persiga sus deseos. Que se diga todos los días lo que desea. Así que digo un deseo por primera vez, convencido, sin vergüenza, sin miedo: no sé cuándo, cómo ni con quién, pero un día, Nancy querida, voy a ser papá.

viernes, 22 de febrero de 2019

El Día del Fin del Mundo

Por Martín Estévez

El 22 de febrero de 2007 se me hizo mierda el corazón. Después de seis años, de 71 meses, de 2180 días, Rosana me dijo que no me amaba más, que no quería ser mi novia, que no quería pasear de la mano, cenar juntos, irnos a la playa, no quería darme besos ni abrazarme para siempre ni tener hijos ni llegar juntos a viejos ni nada de lo que yo sí quería con desesperación mientras ella me lo decía con los ojos ya sin amor que me acaban de hacer mierda. 

Rosana es lo que descubrí de mí y lo mejor que pude dar y si ella no me ama para qué sirve lo mejor que puedo dar, que no es nada, que no alcanza, que estoy solo y no sé para dónde correr porque es de noche, y porque si fuera de día tampoco sabría. Rosana me late en la cabeza, pero yo no estoy en la suya y siento que no estoy en ningún lado más que en ese rincón oscuro en el que estaba antes de que alguien me amara como ella me amó. 

Es 22 de febrero y el primer día de esta muerte de la que nunca voy a resucitar porque no quiero, no entiendo, no sé, no sé, no me importa escribir, no me importa lo que me importaba, me importa saber si puedo hacer algo, si hay alguna esperanza, soy capaz de ser tanto por ver otra vez en sus ojos algo que no sea esa violencia terrible que se llama un poco de cariño

Rosana es la madre que mis hijos ya nunca tendrán, la historia que nunca podré escribir sin llorar, los ojos que ya no voy a ver nunca más al despertarme. Rosana me acaba de matar y no es su culpa ni la mía y no me importa, no me importa nada, quiero romper y no sé romper y no sé para qué serviría y me doy cuenta de qué poco me siento yo solo, acá, en esta oscuridad, que es igual que la luz si ella no me ama. 

22 de febrero hijo de puta de mierda, ¿así que mañana tengo que ir a trabajar? ¿Para contarle a quién, para luchar por qué, para qué vacaciones, viajes y proyectos que nunca vamos a hacer? ¿En qué momento pasó, cuando dejó de sentir que no era yo, lo sintió alguna vez, qué hice mal, ella lo sabe, ella me lo diría, existen esas cosas? ¿Qué hago mañana, y pasado, y en la vida, y en mi pieza y en el mundo? ¿Qué hago acá? 

Tan orgulloso de tan poco, de mi trabajo, de mis respetos, de mis notas, de mis poemas tan melosos que ahora me dan vergüenza pero necesito seguir escribiéndolos porque son lo que soy ahora, esa humillación, ese ruego, esa necesidad de pedir ayuda justo a quien no me tiene que ayudar. 

Rosana se liberó de mí pero yo no sé liberarme de ella, no quiero ser libre, yo quería desayunar con vos, Rosana, y hacer el chiste de la medialuna. Yo quería un día contarle al mundo que mi primera novia era también la última y que el amor para toda la vida sí existe, pero a vos no te existió, no te existió una mierda. ¿Por qué, por qué, carajo del mundo, por qué? 

Nunca en la puta vida voy a poder olvidar este 22 de febrero que elegiste para matarme con toda la delicadeza posible, y lo voy a arrastrar y me voy a quejar y te voy a extrañar porque ni siquiera vos, con esa forma tan hermosa que tenés de decirme que no me amás, vas a poder evitar que te extrañe para siempre, que te respire, que toda la vida me acuerde del primer día que nos acariciamos. 

El 22 de febrero de 2007 se me hizo mierda el corazón y lo que te pasa cuando se te hace mierda el corazón es que querés que tu mamá te abrace, despertarte de golpe, que caiga un rayo gigante y el mundo se acabe de una vez, pero no querés que sea tu mamá, ni despertarte, ni rayo, ni final, querés que alguien te ayude a que pare ese dolor tan terrible, tan directo, tan material, porque se siente, lo siento acá, lo tengo acá, al lado, es imposible que no exista, que todos ustedes no puedan ver en mis ojos, que no puedan ver en mis labios, que no paran de temblar, que este dolor no es pasajero ni psicología ni miedo ni autoestima ni inseguridad. 

Este dolor es uno de esos dolores que son únicamente dolor de verdad, esos dolores que sólo pueden incrustarse después de años de compartir sentimientos y sensaciones y amores profundos, construcciones gigantes que cuando se nos caen sobre el dedo más chiquito de nuestra vida son solo este dolor inmenso, real, absoluto. Puedo contarlo tan claramente, puedo recordarlo sin manchas, puedo llorarlo mientras escribo porque, exactamente 12 años después, aunque ya no sea por Rosana, lo estoy sintiendo otra vez.

jueves, 21 de febrero de 2019

Conocí a Messi de chiquito

Por Martín Estévez

¿Por qué un trabajador argentino que no es fanático ciego del fútbol podría querer a Lionel Messi, un multimillonario que abandonó su país, no hace nada por los demás y se saca fotos con el injusto Mauricio Macri? Mejor dicho: ¿por qué demonios quiero a Messi?

En febrero del 2006, Messi tenía 18 años y yo, 21. Hacía 15 días trabajaba en la revista Fox Sports y viajé a la calle Lavalleja del barrio La Bajada de la ciudad de Rosario: me mandaron una semana a vivir en la cuadra en la que había vivido Messi.

Hoy sería inútil: es tan famoso que casi todas las opiniones sobre él son exageraciones, conveniencias o mentiras. Quienes nunca lo vieron dicen que lo conocen. Quienes lo vieron una vez dicen que son sus amigos. Y quienes realmente lo quisieron prefieren no decir nada para no perjudicarlo. Pero, en 2006, Messi era un pibito que jugaba en España y se había hecho conocido en el Mundial Sub 20. Todos hablaban de él sin especulaciones.

La Bajada era un barrio empobrecido, olvidado por los gobernantes, lleno de pibas y pibes con futuro vulnerable en las esquinas. Más para no aburrirme que por otra cosa, me metí en las casas de los vecinos, en la escuela a la que fue Messi, en el club, en el kiosco de su hermano, ¡hasta estuve con el médico que presenció su nacimiento!

Norberto Odetto, la verdad, mucho no me dijo: "Imaginate que no me acuerdo de cada parto, y a Lionel nunca lo volví a ver". Pero enfrente de su casa vivía Claudia, que lo cuidaba cuando la mamá de Lío, Celia, se iba a trabajar. 

Claudia amamantó a Messi durante meses. Me mostró un montón de fotos de Lionel, muchas de ellas con su hija, Cintia, que me contó: "Lío era re tímido, sólo salía para jugar a la pelota. O iba a lo de su tía Marcela y volvía, pero nada más. Sólo le gustaba el fútbol".

Un vecino, don Quiroga, me ofreció un mate muy amargo y me dijo algo parecido: "Los hermanos, Rodrigo y Matías, lo cagaban a patadas. Y él se levantaba y seguía jugando. ¿Cómo no se va a bancar las patadas ahora? Cuando se hacía de noche, los pibes se iban y él seguía pateando solo, en mi portón, hasta que mi suegra salía a retarlo".

En la Escuela N° 66 pasé dos días tratando de descubrir cosas. Supe que Messi era extremadamente callado; sólo quería que llegara el recreo para patear una plasticola, porque no les permitían llevar pelotas. No es un dato simpático: parece imposible que un chico tan silencioso y obsesionado no estuviera sufriendo.

Sus maestras (Viviana Kosciuk, Silvana Suárez, Andrea Sosa) sólo recordaban su flequillo, que era chiquito y callado, y que los varones se peleaban por tenerlo en su equipo. Le decían Piqui; nadie recuerda por qué.



Su papá, Jorge, sabía que era un futbolista excelente. El club del barrio, Grandoli, ganó todo gracias a Lío. Cuenta la leyenda que, una vez, Jorge no pudo pagar los 2 pesos de entrada para verlo jugar y no lo dejaron pasar. Esa misma tarde decidió que no jugara más ahí.

Después, ya en Newell's, descubrieron que estaba creciendo poco y quedaría pequeño si no hacía un tratamiento. En Buenos Aires era gratis, pero no había plata para viajar. En Rosario salía 900 pesos por mes. Newell's y la metalúrgica Acindar se comprometieron a pagar los gastos, pero bicicleteaban a los Messi, les daban cuotas de 300 pesos cada tanto. Y Jorge, otra vez, se enojó y lo sacó del club.

El resto es conocido: consiguió una prueba en Barcelona y se quedó allá cuando tenía apenas 13 años. Lío aprendió a inyectarse, solo, las hormonas de crecimiento. Todos los días. Lejos de su club, de su escuela, de su familia, de su calle Lavalleja. Pobre santo.

Después, para los injustos de siempre, sumó tres manchas: no ganar los Mundiales 2010, 2014 y 2018. Pero, para los que nos importan más las personas que los futbolistas, también sumó tres manchas: fue condenado por evadir impuestos; mostró poco compromiso político con su país; y se sacó una foto con Macri.

Reconozco que alguna vez me calenté para la mierda con él. Casi dejo de quererlo. Pero... ¿qué demonios le podemos pedir a Messi?

Un pibito amamantado por una vecina porque sus viejos tenían que laburar, ignorado por el Estado ante una enfermedad, inadvertido en la escuela, decepcionado por sus clubes, alejado de su familia para hacer un tratamiento, para no quedar pequeño. Ese es Lionel Messi.

¿Messi sabía que evadía impuestos? Según la Justicia española, no. Y si lo sabía, ya se sentó en un banquillo, fue enjuiciado frente al planeta y condenado a pagar más de lo que evadió. Para mí es suficiente. Y además... ¿desde cuándo no pagarle al Estado español, que jamás se disculpó por asesinar a nuestra población durante 300 años, es tan grave? ¿No vive Europa, incluso ahora, explotando al resto de los continentes?

Sigamos: ¿Messi no tiene compromiso político? Es cierto. ¿Y cómo hace alguien que a los 13 años se va sabiendo poco y nada gracias a un sistema educativo nefasto, para aprender en Barcelona qué postura tomar, cómo ayudar realmente (más allá de donaciones esporádicas) a su antiguo país? Exigirle a Messi que haga desde allá lo que muy pocos intentamos acá me resulta injustísimo.

La otra mancha: ¿Messi se sacó una foto con Macri? ¡Pero también con Cristina, amig@s! Busquen, busquen: Messi se la pasa evitando a los políticos. En 15 años le sacaron apenas dos fotos por decisión grupal: la Selección aceptó ser recibida por la presidenta después del Mundial 2014; y decidió apoyar la candidatura de Buenos Aires para los Juegos Olímpicos de la Juventud 2018. ¿Qué tenía que hacer Messi? ¿Ir contra todos sus compañeros, darles una trompada a los presidentes y salir corriendo? ¿Cuánto le pedimos, no?

¿Sabemos las veces que se negó? ¿Los mensajitos que los asesores de Macri le mandan para manipularlo todos los días? ¿Sabemos que con su pareja, Antonela, publicaron un tweet para difundir una marcha contra Macri por el ajuste en discapacidad? ¿Sabemos que Macri le pidió ser invitado a su casamiento en 2017 y él le dijo "no"? ¿Esas cosas no nos las cuenta nadie, no es cierto?


Yo no digo que Messi sea la mejor persona del mundo, pero el sistema lo formó para que terminara enfermo por falta de hormonas, robando o trabajando en situación precaria. Para que fuera un explotado más. Y él hizo todo lo que pudo para evitarlo.

Un pibito callado y pobre que llega a ser el mejor futbolista del siglo podría transformarse en amigo de los injustos (como Carlos Tevez) o en un soberbio insoportable. Pero Lío, pero Piqui, pero el rosarino sin hormonas sigue fijándose bien con quién se junta, declarando con humildad, recordando a quién le debe su poca o mucha felicidad.

¿Cómo lo sé? Aprendí en el barrio La Bajada que, un día, Lío descubrió que nadie iba a poder llevarlo al club a jugar a la pelota. Él no se quejaba nunca, pero esa vez entró a la casa de su abuela Celia y se lo contó llorando.

Me parece estar viéndolos ahora. Ella le acarició la cara, le secó dos lágrimas y le dijo: 

Tranquilo, hijito, yo te voy a llevar a jugar a la pelota hasta que me muera. 

Desde ese día caminaron juntos 30 cuadras para que él pudiera jugar a la pelota. Hasta que ella murió.

Creo que por eso lo quiero: porque el enanito rosarino, en cada uno de los 671 goles que metió hasta hoy, levanta las manos y señala hacia arriba, haciendo fuerza para recordar, para no olvidar, para ser justo. Para agradecerle cada cuadra hecha, con dolor de piernas y con amor de verdad, a su abuela Celia.



(La nota escrita en 2006 podés leerla acá)

jueves, 27 de septiembre de 2018

Soy rasca

Por Martín Estévez 

Fue en 2006. Casi ni nos conocíamos, pero nos tocó almorzar juntos. Pablo (no diré que su apellido es Aro Geraldes para preservar su intimidad) y yo teníamos trabajo estable, plata en los bolsillos, pocas urgencias; era tal vez el mejor momento económico de nuestras vidas. Nos dieron el menú del restaurante, lo abrí y enseguida supe lo que quería: era irresistible. No sabía si pedirlo o no, porque tenía miedo de que Pablo me mirara raro. Para disimular, empecé por la comida: 

–Te pidooo… Tira de asado con papas fritas, por favor –le dije al mozo fingiendo que no estaba nervioso. 

–Yo quiero un bife de chorizo, también con fritas –pidió Pablo. 

El mozo anotó. Yo sentía que llegaba el momento clave y me decidí: lo iba a pedir fuera como fuera. No podía dejarlo pasar. 

–¿Y para tomar? –preguntó el mozo. 

–¡Un vaso de soda! –grité yo y gritó Pablo, los dos al mismo tiempo, formando un coro que reveló algo maravilloso: él también era rasca.


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Que ni se les ocurra confundirme con un codicioso, un avaro o un egoísta. No soy nada de eso. Soy simplemente rasca. 

Rasca no es el que gasta poca plata para guardarla o invertirla: es el que siente un inmenso, delicioso placer al hacer compras baratas, al conseguir a 30 algo que valía 70, al comprar cuatro paquetes de 250 gramos porque sumados valen menos que el de un kilo. 

Me encanta caminar 30 cuadras hasta una panadería que vende la docena de facturas a $10 menos que la que está a la vuelta de mi casa. Disfruto pasando horas en kiosquitos que ofrece golosinas al por mayor pensando en cuál me sale menos por unidad. 

Amo los restaurantes que tienen gaseosa de dos litros, pero más amo que te vendan un vaso de soda a un precio casi inexistente, más amo tomar esa soda de a poco para no tener que pedir otra, más amo gastar en un almuerzo con entrada y postre lo mismo que otras personas gastan en una coca y un alfajor. 

¿Por qué digo que no soy avaro o codicioso? Porque no lo hago por la plata. Si vamos a comer catorce personas, y todas piden mariscos y champagne, me gusta dividir la cuenta por igual. Eso sí: yo seguro pediré tortilla de acelga con agua mineral, para gastar menos.

No necesito plata: necesito el dulce éxtasis de encontrar ofertas, necesito el milagro de la rebaja, necesito la hazaña de regatearle pesitos a una multinacional. 

Cada noche, cuando me acuesto, repaso en silencio mis mejores momentos: los 14 alfajores Suschen a $0,89 (¡menos de 7 centavos cada uno!) en 2002; el sánguche de tortilla de papas a $15 en 2009; que me arreglen la rueda de la bicicleta por $25 en 2017. ¡Ay, qué orgasmos, carajo! 

Y agrego algo más (esta es la parte en la que todos piensan que miento aunque diga la verdad): mi gusto por lo rasca me está alterando el cerebro. Es en serio, créanme. Justo antes de comer algo de oferta, de probarme una remera barata o de entrar a una pizzería de mala muerte, es como si mi mente dijera: “Esto te va a gustar”. 

Parece increíble, pero les juro que me terminan encantando las empanadas de $9, el helado de Grido, andar en bicicleta, la Pritty lima-limón, las canchas de paddle rotas, la pizza de Ugi’s, las mandarinas, los turrones después de Navidad, bañarme con jabón blanco, los chizitos sueltos. No es chiste: mi cerebro me hace creer que el chocolate Hamlet no tiene grandes diferencias con el Milka; siento que el desodorante Axe no me dura tanto como el Etiquet; las vacaciones en Humahuaca, en una casa de familia, me gustan mil veces más que en un hotel cuatro estrellas de Río de Janeiro. 

Me sentía un poco solo en el mundo hasta que con Pablo vimos el precio del vaso con soda. Desde entonces, nuestra relación no se basó en charlar, en trabajar juntos, en cuidarlo cuando sufre síncopes ni en que me enseñe detalles de países absurdos: creció gracias a porciones compartidas, a sobrecitos de azúcar gratis, a estrategias sobre cómo potenciar la austeridad hasta extremos sin sentido. 

Ya los escucho cuchichear a ustedes, los que están leyendo. “Este en realidad es una rata, un amarrete”, deben andar pensando. Por eso les contaré nuestra obra magna, que debería figurar en el manual del buen rasca. Ojalá Pablo recuerde esa noche. 

Eran más de las once, teníamos hambre, entramos al lugar menos ostentoso que encontramos. Miramos la carta, calculamos $75 cada uno por la comida y $35 cada uno por las gaseosas (no había grande). Total: $220. Podíamos gastar eso sin problemas, pero sentimos que la sangre rasca hervía en nuestras venas. 

La pizza grande estaba $110, era un buen ahorro, pero encontramos algo mejor: porciones de pizza a $12 cada una (muzzarella, obvio). Pedimos cinco, dos y media para cada uno. Nuestro total descendía a $130, pero no nos conformamos. 

La moza iba y venía esperando que pidiéramos, pero nosotros seguimos buscándole la vuelta al asunto. Pablo encontró, en un rinconcito del menú, “pingüino de moscato”. Me explicó que era un vino medio raro, en una jarra medio rara, pero valía $45 y, si pedíamos mucho hielo, duraría toda la cena. Accedí sin dudarlo. 

Comimos y tomamos por $105 y, desde ese momento, me volví fanático del moscato: me parece la mejor bebida alcohólica del planeta. Siempre tengo uno en casita para los jueves a la noche. 

Después de terminar la quinta porción, quedamos tan contentos que pedimos otro moscato y terminamos medio borrachos, hablando de cuando nos conocimos en la revista Fox Sports, de todos los trabajos que él me consiguió, de equipos de fútbol africanos, de Dolina, de cómo nos duele a veces la vida. 

Ya no quedaba nadie, la moza nos puso cara de “por-favor-váyanse-así-cierro”. Pagamos, Pablo se escondió tres sobrecitos de azúcar en el bolsillo y, antes de irnos, puso 10 pesos de propina y yo puse otros 10. 

Amagamos con salir, abrimos la puerta de vidrio, pero él volvió y puso 10 más. Y yo puse otros 10. Después él puso 5, y yo puse otros 10. Nos miramos con intensidad. Sin emitir palabras, empezamos a sacar lo que teníamos de los bolsillos, apoyamos todo lo que pudimos sobre la mesa. Y al final lo contamos, para estar seguros de lo que estábamos haciendo: dejamos $137 de propina. Entonces sí, salimos a la calle. 

Dormiríamos en su departamento, que estaba a unas 25 cuadras. Me acuerdo bien: hacía frío, lloviznaba un poco. Nos sentíamos algo mareados, sonreíamos. Y empezó a llover un poco más.  

–Vayamos caminando –me dijo Pablo– así nos ahorramos la guita del colectivo.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Me cago en mis promesas

Por Martín Estévez

Tengo una costumbre de mierda: prometer cuando estoy sensible. “Quedate tranquila que yo lo arreglo”, “La semana que viene voy seguro”, “Lo guardo hasta que haga falta” y “Te voy a amar para siempre” son frases que suelo decir conmovido por algo que pasó en el mundo, pero que me terminan atando durante días, meses, siglos a promesas que después ni sé por qué hice y que me niego a olvidar (también sin saber por qué). 

Una de esas promesas se originó el miércoles 19 de julio de 2006. Yo escribía y corregía una revista llamada Fox Sports, en Palermo: un trabajo durísimo que me ocupaba buena parte de la vida. Una compañera del sector de administración, Sandra, se acercó temprano a la redacción y preguntó si a la tarde podían visitarnos su hijo y un amigo para que les contáramos “cómo era ser periodista”. 

“Ser periodista es una mierda”, pensé por dentro, antes de darme cuenta de que mis compañeros se hacían los boludos y miraban para otro lado. “Justo tengo una nota”, “me voy temprano”, “conmigo se van a aburrir”, fue el coro de excusas. Vi la cara de derrota de Sandra y no pude evitarlo: 

–Yo recién empiezo en esto del periodismo –le dije–. Pero no tengo problemas en estar un rato con ellos. 

Desde entonces fui su favorito, pero me metí en un quilombo grande. 

Su hijo Maxi y el amigo de él, Lautaro, tenían 11 años y resultaron bastante simpáticos. A mí, cualquier cosa me parecía mejor que corregir revistas que se publicaban en El Salvador, así que les armé un show en el que el periodismo era la pasión misma e imagino (porque ahora haría lo mismo) que armamos una nota en la que ellos eran protagonistas. Fin del asunto. 

¿Cuál es el gran problema, entonces? Que, seis años después, me llegó este mail de Lautaro:


Yo atravesaba un momento sensible y su mensaje me conmovió. Recordé los ojos del pequeño Lautaro y le dije que sí, que claro, que contara conmigo para lo que fuera. Y pisé el palito, como siempre: le prometí que nos juntaríamos personalmente a conversar. ¿Por qué hiciste eso, Martín? ¡¿Por quéee?! 

Ya pasaron seis años desde aquel mail. Seis años en los que presentí que no podría cumplir la promesa; pero, en vez de confesarlo, la seguí alimentando: saludaba a Lautaro por facebook en su cumpleaños, les daba MG a sus publicaciones y anotaba su nombre en mi lista de “cosas pendientes”. Me mentía a mí mismo. 

Hasta ahora había podido cumplir todas mis promesas, pero me doy cuenta de que tal vez no pueda seguir haciéndolo. Que es verdad que nuestra palabra es importante, pero eso no significa que haya que viajar durante horas para ver a un desconocido y conversarle sobre no-sé-qué-cosa solamente para dormir tranquilo, solamente para poder decir “no traicioné a nadie”. 

Y también sé, lo asumo, que ser capaz de romper una promesa es ser capaz de romperlas todas. Yo prometí visitar a Fanny hasta que alguno deje de respirar; prometí no pegarle a una puerta nunca más; prometí no hacer nada injusto por plata; prometí no olvidar a las mujeres que amé para siempre… ¿Seré capaz de romper también esas? 

Dirán que no son comparables, pero la promesa que le hice a Lautaro valía exactamente lo mismo que todas, porque todas son una, todas son mi palabra, todas son lo que prometí ser. Y me duele, pero mucho peor que no cumplir una promesa sería no asumir que no la vamos a cumplir. 

Así que escribo este texto para pedirle perdón a Lautaro por haberlo hecho esperar en vano durante doce años. Y confesar, ante todos los que están leyendo, que hoy ya no sé si es posible amar siempre lo imprevisible, encapricharnos con nuestras promesas, hacer lo que creemos justo aunque nos duela como la mierda. 

Durante seis años quise escribirle a Lautaro que no nos íbamos a ver nunca, que me arrepentía de lo que le dije, que me perdonara, o que no me perdonara, pero que yo no sabía, no tenía idea de qué decirle cuando lo viera, que tenía miedo de que fuera una mala persona y tener que caretear simpatía, o de que él pensara que yo era mala persona y me despreciara. Durante seis años quise decirle a Lautaro que ya soy un señor grande y que no es tan fácil dedicar tardes enteras a buscar historias, que me duelen los huesos, me duele la vida, Lautaro, que no te puedo aconsejar casi nada porque yo tampoco sé para dónde voy, que ya no sé qué es el periodismo, qué soy yo, que ya ni siquiera sé si soy ese pibe de anteojos, asustado, apático, sin sexo, explotado por malas personas que una tarde de 2006 mintió con fuerza para que ese chico de 11 años no supiera antes de tiempo que lo que le esperaba en la vida no eran periodismos brillantes y tardes de sueños, sino angustias brutales, explosiones de injusticias, alivios en el amor, pérdidas, imposibilidad de entender, enfermedades, mujeres que tal vez ya no nos amen y también otra clase de mentiras, las compartidas, porque las mentiras compartidas entre personas que se aman son siempre un poco verdad. 

Pero no me animé, no me animé nunca a escribirle, estuve años escondiéndome como un imbécil, como un injusto, como esto que soy. Angustiado, angustiadísimo por todo aquello que me persigue, doce años después, exactamente doce años después de la primera vez que nos vimos, el 19 de julio de 2018, no aguanté más tanto silencio, tanta cobardía y tuve que admitirlo todo. Fui a su casa, toqué su puerta y se lo dije: las promesas, Lautaro, están hechas para cumplirlas.


miércoles, 18 de julio de 2018

Homenaje en vida

Por Martín Estévez 

Me hincho soberanamente los huevos cuando se muere un famoso y todo el mundo se convierte en su fanático. En los últimos años lo sufrí con Spinetta (2012), Gustavo Cerati (2014) y Eduardo Galeano (2015). Centenas de personas a las que jamás en la puta vida les oí nombrarlos, comenzaron a poner frases de sus canciones, partes de sus textos o hasta fotos diciendo “te vamos a extrañar”. ¡No van a extrañar una mierda, mentirosos del infierno! ¡Están careteando para quedar bien! Usar un cadáver para ganar popularidad es lo más bajo que se me ocurre. Perdonen las malas palabras, pero este tema me pone loco. 

Entiendo que, algunas veces, homenajear a nuestros muertos sirve como un legado futuro. Recordar todo el tiempo a Luciano Arruga, Norma Plá, Darío Santillán o Anahí Benítez me parece bien, porque nos enseña el camino hacia un sistema más justo. Pero rondar las redes sociales como buitres, esperando que muera un famoso para buscar sus frases en Google y pegarlas en nuestro muro, eso directamente nos denigra como especie. 

Redoblo la apuesta: no sólo me enojo con los que elogian hipócritamente a los recién muertos, sino con los que realmente admiraban a Cerati, Galeano o a quien sea, y no lo dijeron a tiempo. ¡Había que abrazarlos, mandarles cartas y homenajearlos cuando estaban vivos! ¡Ahora ya no sirve para nada! A Spinetta, lamento decirles, no le hace feliz que se hagan un tatuaje con su cara… ¡porque ya se murió! 

Y todo esto, claro, lo traslado a nuestra vida cercana, íntima, familiar. ¡Cuántas, cuántas miles de veces nos quedamos con cosas por decir cuando se muere alguien! “Me hubiera gustado decirte que…” es una proclama de nuestra cobardía, nuestra torpeza, nuestros más grandes errores. ¡Hablemos ahora, carajo! ¡Hablemos antes de que la gente se muera! 

Yo empecé la Campaña Mundial de Homenajes en Vida (CMHV) el 18 de diciembre de 2005. Ese día, mi abuelo Víctor cumplió 80 años y decidí contar su historia para conocerlo, para compartirla y para decirle cuando todavía me podía escuchar: “Te quiero tanto, gordito hermoso”. 

Desde entonces no hago más que perseguir personas vivas para gritar a tiempo lo que pienso de ellas. ¡Me aterra pensar que se mueran antes de oírlo! Mis blogs están llenos de homenajes a seres que todavía respiran, comen postre y cantan. Cuando alguien muera, no quiero pensar “me hubiera gustado decirte que…”. 

Si los homenajes a los muertos nos dejan sabor gris, sensación de vacío, los homenajes en vida generan lo contrario: nos acercan a los que amamos y resignifican su existencia cuando todavía nos queda tiempo para abrazarlos o insultarlos. Hablar durante tres tardes con Víctor sirvió para que él supiera, durante los últimos cuatro años de su vida, cuánto lo quería. Estoy seguro de que eso lo hizo feliz. 

Homenajear a un muerto no es un riesgo: podemos decir que Galeano fue un héroe o nuestra bisabuela una genia porque ya no pueden decepcionarnos ni arruinarlo todo. Los homenajes en vida, en cambio, son para valientes: por ahí le hacemos un monumento a alguien que, poco después, comete una injusticia aberrante que humilla nuestra admiración. Pero, como dice Alejandro Dolina, poner las manos en el fuego por alguien sólo tiene valor si sabemos que podemos quemarnos. 

Por eso, quiero seguir hablando y hablando de Dolina y de todos los vivos a los que admiro. No quiero esperar a que Vanesa Orieta, Hernán Casciari, Nora Cortiñas, Braian Toledo, Marcelo Bielsa o mi abuela Fanny se mueran para hablar maravillas de ellas y ellos. Hay que hacerlo antes. Hay que hacerlo ahora. Hay que hacerlo ya. 

Propongo que todos se sumen a la Campaña Mundial de Homenajes en Vida y cuenten, ahora mismo y todos los días, a quién adoran, a quién aman, a quién admiran. Háganlo para que esas personas se enteren y sean felices. Para que los demás los conozcamos y vayamos a abrazarlos. ¡Homenajeemos en vida, carajo! 

Yo mismo quisiera que cierren el pico cuando me muera. Las personas que jamás dijeron algo bueno de mí, no me felicitaron, no anotaron frases mías en sus cuadernos, no me regalaron parte de su tiempo, no tienen el más mínimo derecho a elogiarme cuando ya no esté. 

Incluso si existiera algo después de la muerte, no pienso volver a la Tierra a escuchar lo que dicen de mí: quiero saberlo ahora. Y no sólo yo: todos queremos saberlo ahora. Queremos saberlo vivos. 

Estoy haciendo un listado de personas que me homenajearon. Sólo ellos, cuando muera, podrán levantar la voz, clamar verdades, amarme sin culpas. Sólo ellos dormirán tranquilos porque, cuando me vieron sufrir, no se quedaron en silencio pensando “algún día le voy a decir que…”. 

Y para demostrar que me tomo la campaña mundial en serio, me la juego: a los que cuenten ahora qué dirían sobre mí el día de mi muerte, les diré lo que yo diría sobre ellos. Porque homenajes hay muchos, es cierto. Pero los homenajes de verdad, los importantes, los justicieros, los que cambian el mundo, señoras y señores, se hacen en vida.

viernes, 15 de junio de 2018

Choriplanero, tibio y globoludo

Por Martín Estévez 

Este texto será buen argumento para que los macristas me digan “choriplanero”, los revolucionarios me acusen de “tibio”, los kirchneristas me apoden “globoludo” y los apolíticos repitan que “gobierne quien gobierne, tengo que trabajar todos los días” (desconociendo que gracias a luchas sociales tienen uno o dos días de descanso por semana). Se los advierto desde el principio, como para que vayan frotándose las manos antes de destrozarme. 

Desarrollaré acá apenas dos ideas: inventaré el término “decisionista” y afirmaré que nada le hace peor a una ideología que sus propios fanáticos. O sea: que para el kirchnerismo no hay nada peor que un kirchnerista, y etcétera. Y después saldré corriendo para que no me fajen.


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El 15 de diciembre de 2005 a la mañana, yo era un vago de 21 años que estaba en el fondo de casa, metido en la pileta porque no tenía otra cosa que hacer. Mi tía Elvira, como siempre, había puesto Radio Mitre a todo lo que da. De pronto, ella, Gaby y yo escuchamos una conferencia en la que el presidente Néstor Kirchner decía: 

“En el día de la fecha hemos tomado las decisiones institucionales… que nos permitirán destinar nuestras reservas de libre disponibilidad… al pago de la deuda total con el Fondo Monetario Internacional…”. 

Oímos también aplausos y, de pronto, Elvi se puso a llorar. Fue la segunda vez que la vi lagrimear por una decisión gubernamental: la primera había sido cuando Menem terminó con el servicio militar obligatorio. 

–¿Por qué llorás? –le preguntó Gaby. 

–Porque por fin este país va a salir adelante… No sabés cuánto hace que venimos sufriendo para pagar esa deuda, un año, otro año, y no se terminaba nunca… Ay, qué alegría… 

Y siguió llorando. 

Trece años después, no conozco a nadie más antikirchnerista que Elvi. Es probable que si le pregunto por aquella mañana, la haya borrado de su memoria. Y si se la recuerdo, dirá: “No sé para qué pagaron la deuda, si después se robaron todo”. 

No es esto una crítica contra el gobierno de Kirchner ni contra mi tía, sino la historia (una de tantas) que da pie a una pregunta: reconocer que un gobierno que no nos gusta tomó una buena decisión, ¿es contradictorio con lo que pensamos? Y si lo hacemos, ¿estamos “beneficiando al enemigo”?

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Está difícil hablar de política sin generar enojos, sin que nos bloqueen de una red social, sin que un desconocido crea que somos amigos por apoyar una idea. Hay muchas personas olfateando, como perros de presa, si somos kirchneristas, macristas o cualquier-cosa-istas para saltarnos a la yugular y acusarnos de cosas horribles. 

Voy a aclarar rápidamente mi posición política para que no pierdan energías descubriendo un secreto que no existe. 

Por una parte, me parecen injustos y peligrosos los partidos políticos. Injustos, porque el poder en ellos no está distribuido: algunos mandan, otros obedecen. Peligrosos, por lo mismo: si las decisiones dependen de pocas personas (¡a veces de una sola!), las posibilidades de error aumentan. Y un error, a nivel gubernamental, puede generar sufrimiento, dolor, muertes. 

Prefiero (y formo parte de) organizaciones sociales que toman decisiones en asambleas donde las opiniones de todos valen por igual (esto disminuye la posibilidad de cometer errores) y que no apuestan a llegar a la presidencia, sino que trabajan por fuera del “sistema electoral” para generar modificaciones estructurales en barrios, localidades y provincias. 

Sin embargo (esta es la parte donde los revolucionarios me pueden considerar “tibio”) considero que no todos los partidos políticos son igual de malos; y que el voto es una importante herramienta que tenemos para luchar contra lo que creemos injusto. 

Por eso, en este texto haré dos propuestas: primero, a quienes gustan de los partidos políticos; y, luego, a los que no. Quédense: hay para todos.

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¿Por qué un kirchnerista es malo para el kirchnerismo? 

Porque los partidos políticos, por definición, necesitan crecer para sobrevivir. Crecer significa que personas que antes no apoyaban a ese partido comiencen a hacerlo. 

La mayoría de quienes se autodefinen “kirchneristas”, “macristas” o “lo-que-sea-istas” no son útiles para esa función por dos motivos: porque suelen estar más enfocados en demostrar su pertenencia que en convencer a los que piensan distinto; y porque al mostrar con vehemencia su afiliación hacia un partido pierden credibilidad. 

Les guste o no, que yo venga y diga: “Soy del Frente de Izquierda y quiero decirle que Nicolás del Caño es la mejor opción para presidente” da mucho menos resultado que decir “yo no estoy ni con uno ni con otro, pero la verdad que este chico Del Caño habla muy bien y, cuando dice algo, lo cumple”. 

¿Les estoy aconsejando a kirchneristas y macristas que si quieren favorecer a su partido deben ocultar su afiliación? ¡Sí, señoras y señores! ¡Exactamente! No se trata de avergonzarse de lo que son: se trata de estrategia para favorecer a su partido. Piensen ustedes mismos: ¿qué da más resultado? ¿Un kirchnerista criticando al macrismo; o alguien que dice “con el kirchnerismo tengo mis diferencias, pero lo que está haciendo el macrismo es mucho peor”? ¿Se entiende? 

Y ni hablar de aquellos que presentan “argumentos” en favor de su partido acompañados de términos como “la década ganada”, “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”, “gobierno nacional y popular”, “sinceramiento y transparencia” o, en los peores casos, “globoludo”, “choriplanero”, “facho” o “negro de mierda”. 

Al leer esas cosas, yo (y muchísimas personas) lo que más deseamos en el mundo es estar lo más lejos posible del partido que esa persona defiende. A mí me gustó la reestatización de YPF, pero si alguien la explica diciendo “para vos, globoludo, gato”, me dan ganas de oponerme sólo para no darle la razón. 

“Gorila”, “dinosaurio”, “feminazi”, “kuka”, “fascista”… Todas esas palabras anulan la posibilidad de cambiar el pensamiento de alguien. Y así, el kirchnerista o macrista fanático de sí mismo termina perjudicando a su partido. 

Si te gusta un espacio político por sus ideas, no se las repitas a los que se las saben de memoria: llevalas a territorio ajeno, robale fuerzas al que se opone. ¡Sé estratégico, escondé un rato tu bandera y convencé con argumentos, carajo!

Ay, me calenté para la mierda.


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Y los que no estamos de acuerdo con la política partidaria, ¿qué hacemos respecto a las acciones de los gobiernos?

Si no somos “kirchneristas”, “macristas” ni nada vinculado a un partido político, propongo que seamos “decisionistas”. Aprovechando nuestra libertad de opinión y cierta “neutralidad”, debatamos cada decisión gubernamental con total franqueza. No hace falta oponerse a todo, de ninguna manera. 

Seamos honestos por conveniencia: conseguiremos la confianza del otro y luego podremos comentarle por qué creemos en las organizaciones independientes y autogestivas. Por qué, aunque algunas decisiones de los partidos nos parezcan buenas o malas, consideramos que uno de los problemas es justamente el sistema partidario. 

Para poner un ejemplo práctico, arranco yo. Personas del mundo, aquí va toda mi tibieza: 

• me parece justo que el gobierno de Macri haya permitido el debate sobre el aborto, y me parece injusto que ordene golpear a personas que reclaman por sus derechos; 

• me parece justo que el gobierno de Cristina Fernández haya impulsado la Asignación Universal por Hijo, y me parece injusto que haya impulsado la Ley Antiterrorista; 

• me parece justo que las organizaciones sociales autogestivas decidan todo en asamblea, y me parece injusto que no le den al voto la importancia que merece; 

• me parece justo que los apolíticos desconfíen de la clase política, y me parece injusto que con su apatía sean cómplices de aberraciones criminales. 

¿Qué soy si digo todo esto? ¿Tibio, panqueque, choriplanero, globoludo, desclasado, anarquista, piquetero, imbécil? No: soy decisionista. Y también estratégico. Para cambiar de sociedad (y no sólo de gobierno) tenemos que ser muchas y muchos; y para llegar a serlo, tenemos que mostrar inteligencia, apertura mental y, sobre todo, honestidad. 

Si los que gustan de los partidos políticos tienen que mentir un poco más para sobrevivir, nosotros podemos permitirnos un camino más agradable: tenemos que decir más la verdad. 

Discutamos la suba de tarifas, la legalidad del aborto, la distribución de la riqueza, visibilicemos el hambre y el frío que pasan las personas que duermen en la calle sin sentirnos cancheros ni graciosos repartiendo insultos o chistes que minimicen las tragedias. 

“Macri gato” no es una realidad, una información ni un argumento convincente para nadie. “El gobierno de Macri ordena golpear y lanzar gases lacrimógenos a jubiladas que reclaman que no les aumenten más el gas”: esa es la realidad, esa es la información, ese es el argumento convincente. No seamos torpes: no reemplacemos la realidad por un apodo.

No tenemos derecho a aliviar el dolor que generan las injusticias compartiendo un meme en una red social; tenemos la obligación de aliviarlo informándonos y accionando para cambiar la realidad. Discutiendo y debatiendo, enfrentando o apoyando cada decisión que cada gobierno tome, sin prejuicios que nos aten y aceptando las contradicciones de los espacios a los que deseamos pertenecer. 

Un ejemplo de que este método funciona lo dieron en 2017 las 500.000 personas informadas (sin insultos ni fanatismos, con argumentos) que consiguieron anular la ley que liberaba a genocidas de la última dictadura. 

Otro ejemplo fueron las 700.000 mujeres informadas que consiguieron impulsar anteayer una ley que intenta finalizar con los abortos clandestinos. 

Sus ideas no incluían las consignas “Macri gato”, “no vuelven más” ni “son todos gorilas”: surgieron a partir de información recolectada, analizada y reconstruida por mujeres que se unieron bajo una consigna común. Mujeres orgullosamente feministas y, si se me permite a partir de ahora, mujeres “decisionistas”. Si queremos un mundo más justo, aprendamos de ellas.

viernes, 11 de mayo de 2018

Yo fui impotente

Por Martín Estévez

Escuché a muchas personas decir inmensas barbaridades, pero nunca a un hombre o a una mujer contar que no puede tener relaciones sexuales. Pronunciar “soy impotente” o “soy frígida” (o decir lo mismo evitando esas palabras de mierda) es muy difícil, es el infierno mismo en esta sociedad infernal. Casi todos preferimos contar que fuimos corruptos, que le pegamos a una vieja o que nos importan un carajo los demás antes que confesar que no se nos para el pene o no se nos lubrica la vagina.

Lo perverso no es que dos de cada tres personas tengan problemas sexuales, sino que el 80% de los casos de disfunción sexual (o, mal dicho, impotencia y frigidez) es estrictamente psicológico: cuerpos que funcionan bien a los que los nervios, la ansiedad, las malas experiencias, la presión los atan, los limitan, los censuran. Y aunque la solución más sencilla y directa es contar ese problema (como contamos que nos duele la cabeza o que nos salió un zarpullido en el pie), estamos obligados a callar, a guardarlo, a aumentar el sufrimiento embotellándolo dentro nuestro. 

Tengo mis teorías sobre por qué el placer sexual está mal visto, pero no quiero aburrirlos, sino hacer lo que suelo hacer en este blog: empezar a destrabar las puertas del infierno. Ser el primero en decir “soy impotente”.

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Mi pene siempre fue uno de mis grandes enemigos. Desde que tuve uso de razón hasta los 15 años, sufrí muchísimo por una extraña deformidad que tenía. Cuando lo solucioné viví sólo unos meses de calma, ya que a los 17 descubrí que era eyaculador precoz. Y cuando empecé a trabajar sobre eso, llegó el cachetazo final: la impotencia.

En el año 2005 tenía 21 años, y cuando mis únicos amigos (Pablo y Julia) me preguntaban por mi novia, respondía “de mi vida privada no hablo” y me hacía el superado. En realidad, de lo que no quería (no podía) hablar era de que llevábamos cuatro años en pareja y no disfrutábamos del sexo. Decenas, tal vez centenas de veces lo intentamos, siempre en el mismo lugar, siempre a la misma hora, siempre de la misma forma. Y aunque algunas veces terminábamos con menos angustia que otra, siempre, pero siempre estaba ahí la sombra negra de saber que no estábamos conformes, contentos, extasiados. Siempre cargamos una enorme frustración en la piel.

El doctor Juan Pablo Aguirre, que me soportaba desde hacía años, ya no sabía qué decirme.

–Es una cuestión de tranquilidad, de que se relajen –me explicaba–. Físicamente no tenés problemas. Si alguna vez tenés una erección, significa que siempre podés tenerla. Decime, ¿vos lo hablás con tu novia?


Y sí, doctor, lo hablábamos un montón, pero tal vez el problema no era cuánto hablarlo, sino cómo hablarlo. ¿Cómo hablar de algo que no sabíamos, que no entendíamos? ¿De cosas que no conversamos nunca con nuestras familias, en nuestra escuela ni con nuestros amigos? ¿Cómo aprender algo que nadie te enseña?

–Aunque no la necesites, tomate un cuarto de esta pastilla –me decía el bueno de Aguirre, y me daba 12,5 gramos de sildenafil, droga más conocida como Viagra–. Por ahí te sirve para empezar más tranquilo. 

Pero no: mi cerebro ya tenía demasiados años de frustración encima y no me permitía nada. Ni relajarme para que fluyera sangre del cerebro hacia abajo, ni pensar que el sexo no tenía que estar únicamente ligado a la genitalidad, a un pene entrando en una vagina. Yo no entendía que eso no era el principio del camino: era apenas un posible final. 

Cuanto más tiempo pasaba, más crecía el fantasma y más lejana parecía la solución. Por ese motivo, seguramente, en aquellos años era tan meloso, obsesivo, romántico: le escribía tantas poesías a mi novia, festejábamos tantos aniversarios ridículos, le tenía tantísima paciencia probablemente porque tenía culpa, una culpa abrumadora por lo que me pasaba. Tenía miedo de que un día se cansara de tanta frustración y se fuera por ahí, a buscarse a alguien que sí supiera, que sí pudiera. 

Un hombre que no juega al fútbol, no maneja un auto, no hace asado y no tiene relaciones sexuales, ¿cómo puede ser feliz en un mundo machista?

¡Cómo me cuesta pensar en esos días sin mezclarlos con aquella angustia! ¡Cuánto más hermosos serían los recuerdos sin esas madrugadas infinitas, sin esas despedidas agridulces! Hubiera cambiado todos los festejos exagerados, esas pavadas como “1500 días de noviazgo”, por una noche en la que nuestros cuerpos se entendieran tanto como nuestras manos. Pero no pasó. No hubo final feliz. 

Poco a poco hasta dejamos de intentarlo y, cuando nos separamos, sentí que mis traumas sexuales me perseguirían para siempre. Que tendría que seguir ocultando la frustración y el miedo en mi cerebro. Lo que no sabía en aquel momento era que justamente ese silencio, ese secreto putrefacto, era lo que me estaba cagando la vida.

Por eso, cada vez que me junto a charlar con alguien le cuento, antes que nada, esta historia. Le digo, con la voz firme y sin titubear, que fui impotente. Y si estamos en confianza soy capaz de usar palabras más groseras o graciosas, según para quién. “¿Sabés lo que es pasar cinco años sin que la chota te funcione?”, termino diciendo, y sonrío. 

No lo hago para que ustedes piensen que soy un maleducado de mierda, sino para lograr que, si a esa persona le pasa algo parecido, pueda contarlo. No ando gritando mi impotencia porque me parezca gracioso, sino porque alguien tiene que empezar, de una reputísima vez, a destrabar las puertas del infierno de la sexualidad.

martes, 10 de abril de 2018

Los milagros son apenas matemáticas

Por Martín Estévez 

Se los aviso: vengo a cagarles la vida. Si se creen especiales por algún motivo, estoy a punto de arruinarles esa sensación con una contundente demostración científica. Y si son razonables, después de leer este texto verán que todo es mentira, verán que nada es amor y que al mundo nada le importa. O mejor dicho, al mundo le importa una sola cosa: las matemáticas.


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Fue una tarde mágica, celestial. Que a un fanático de Racing como yo el diario Clarín lo enviara a un partido en Avellaneda ya era suficiente. Que ese partido fuera Racing-Independiente, sublime. Que Racing ganara el clásico de local después de 12 años, un sueño. Que mi ídolo, Lisandro López, metiera el 3-1 decisivo, el éxtasis. Pero si le sumamos que todo sucedió el 10 de abril de 2005, justo el día que yo cumplía 21 años, directamente hay que pensar que se trató de una señal divina, de un mensaje del más allá, de que (citando una pavada de Paulo Coelho), “cuando deseas alcanzar algo en la vida, el universo conspira para que lo logres”. 

¿Les gusta pensar esas cosas, no? Les encanta, seguro. Pero lo siento: no hay señales divinas ni conspiraciones galácticas. Lo que hay son probabilidades matemáticas, sólo eso. Lo raro sería que esas “magias” no existieran. Avancemos en la teoría, así la entienden. 

Algo es “especial” o “inexplicable” cuando es atípico. Nadie se considera especial por haber nacido un miércoles o por medir 1,72. Lo que creemos maravilloso es que una abuela, una madre y una hija cumplan años el mismo día; que alguien caiga de un cuarto piso y sobreviva. Nos conmueve padecer una enfermedad que sufre una de cada cien mil personas; o soñar con un accidente terrible la noche anterior a una catástrofe mundial. Cuando eso sucede creemos estar en presencia de algo “sobrenatural”, “mágico”, “metafísico”. 

Pero no, gorditas y gorditos. No. Lo que pasa es simplemente el cumplimiento de las probabilidades. 

Todos tenemos algo “especial”, improbable, raro, porque así lo determinan las matemáticas. El que mide 2,12 metros, el que se salva de tomar un avión que se cayó, la única pianista entrerriana que tocó en Japón: todos son “especiales”. 

Los consideramos así porque centramos la mirada en la única probabilidad rara que se les cumplió, pero no en las millones de probabilidades en las que son “normales”. Analicemos tu caso, estimado lector o lectora. Vos tenés: 

• Una posibilidad en 175 de ser muy pero muy bajo, o muy alto, o muy gordo, o muy flaco. 
• Una posibilidad en 183 de nacer el mismo día que tu mamá o papá. 
• Una posibilidad en 250 de haber sobrevivido a un accidente grave.
• Una posibilidad en 365 de nacer el mismo día que tu hermano. Si tenés cuatro hermanos, la chance aumenta a una en 92. 
• Una posibilidad en 500 de sufrir el síndrome de Brugada, porfiria eritropoyética o tetralogía de Fallot. 
• Una posibilidad en 4000 de haber nacido con un dedo menos, o un dedo más. 

Nombro seis, pero existen millones de “cosas rarísimas” que son simples probabilidades. Probabilidades que encima son acumulativas y están metidas en cada detalle de nuestra vida. Continúo la explicación.

Si sumamos las rarezas que nombré, cada uno de nosotros tiene el 5% de probabilidades de cumplir con alguna. ¡Y son apenas seis rarezas! Como existen millones y las probabilidades de tenerlas son acumulativas, eso genera que, finalmente, tengamos ¡más del 95%! de probabilidades de protagonizar alguna “rareza” en nuestras vidas. 

Insisto: son tantas las cosas “raras” que podrían pasar, que cada tanto alguna pasa. Y cuando pasa pensamos que es mágico, increíble, porque no nos damos cuenta de todas las que no pasaron. Por ejemplo, sería “especial” si, mientras escribo este texto, en televisión nombraran la palabra probabilidad, alguien me hablara de aquel partido de Racing o si sucediera una catástrofe justo ahora. Pero nada de eso está pasando, ni pasará. Y por cada miles de “rarezas” que no suceden, alguna tiene que suceder.

Todo esto no es menor, porque la felicidad en nuestra vida depende de las matemáticas. Podemos hacer las cosas lo mejor posible durante años, pero si nuestros seres queridos nos organizan una fiesta sorpresa y antes de que lleguemos hay una pérdida de gas y mueren todos, no seremos felices. Es una probabilidad “rara”, pero una posible, y que no depende de nosotros.

También puede pasar lo contrario: nos desmayamos en una vía de tren y, como justo había paro ferroviario, no hay trenes y nos salvamos. Son cosas poco probables; pero como ya vimos, lo poco probable, sumado, se transforma en bastante probable. 

Seguro que algunas de esas situaciones rarísimas te pasaron, o te van a pasar, y van a marcar tu vida para bien o para mal, sin explicación, sin justificación, sin otro sentido que el de ser una probabilidad matemática que se cumplió o no. 

¿Eso significa que no importa lo que hagamos, que todo depende de la suerte? No. Al menos, no exactamente. Lo que tenemos que hacer si queremos ser felices es aumentar las probabilidades de que nos sucedan cosas favorables. Todo el tiempo, a cada minuto, con cada acción estamos modificando esas chances. Eso no nos garantiza la felicidad, pero matemáticamente nos acerca a ella. 

Por ejemplo, si vas a la cita más importante del año, no vayas sobre la hora: hay un 15% de chances de demoras de tránsito, siempre. 

Si no querés que te pise un auto, no cruces la calle por cualquier lado ni mirando el teléfono. 

Si no querés que todos tus seres queridos mueran por una pérdida de gas antes de tu fiesta sorpresa, deciles que no te gustan las sorpresas o hacete amigo de un plomero con buen olfato, así lo invitan. 

La teoría es compleja, pero creo que la van entendiendo. Es cierto que podemos hacer todo bien y que las matemáticas igual nos jueguen en contra: que llueva cuando íbamos a ir a la plaza; que se corte la luz cuando tenemos que usar la computadora; que no nos quiera justo la persona a la que más queremos. 

Puede ser que hagamos todo para ser felices y no lo seamos, pero nunca sucede lo contrario: no hay probabilidad de ser felices si no hacemos algo para serlo. No hay situación “rara” que signifique felicidad duradera: ni ganar la lotería, ni curarnos de una enfermedad, ni tener una familia cariñosa. Todo eso lo podemos arruinar en segundos: usando mal la plata, cruzando mal la calle, tratando mal a los que nos quieren. Arruinando las probabilidades. 

Entonces, aunque corramos el riesgo de que las matemáticas nos destruyan, la única chance de ser felices es aliarnos a ellas: entenderlas, aplicarlas, volverlas a nuestro favor. Sí o sí, tenemos que aliarnos con las matemáticas para poder sonreír. 

Ahora mismo, por ejemplo, hay una probabilidad en diez millones de que este texto me convierta en un escritor famoso y me permita vivir de lo que amo. Una en diez millones: probabilidad casi inexistente. Pero si no lo escribiera, la posibilidad sería cero. Ninguna. 

Acá estoy, entonces: compartiendo este texto pero también comiendo sano para evitar enfermedades; evitando ser violento para bajar las chances de que me caguen a trompadas; saliendo con tiempo a las citas importantes, tratando lo mejor posible a los que me quieren y avisándoles a todos que no me gustan las fiestas sorpresa. 

Termino el texto acá porque si sigo escribiendo aumentan las probabilidades de que se cuelgue la computadora, de que me interrumpan antes de terminar o de que se aburran leyendo. Y también ahora mismo me siento más derecho en la silla, así disminuyo las chances de tener dolor de espaldas, contracturas o desviación de columna. Y también me voy a leer apuntes, así mejoro el porcentaje de chances de aprobar literatura latinoamericana. 

Voy a hacer todo eso, y especialmente voy a espiar en cada rincón, voy a mirar a mis espaldas, voy a estar siempre atento a cada detalle, porque las probabilidades matemáticas están en todos lados y tenemos que modificarlas porque, espero que lo acepten de una vez, todo lo especial, raro, bueno y malo de nuestras vidas depende de ellas.