martes, 10 de abril de 2018

Los milagros son apenas matemáticas

Por Martín Estévez 

Se los aviso: vengo a cagarles la vida. Si se creen especiales por algún motivo, estoy a punto de arruinarles esa sensación con una contundente demostración científica. Y si son razonables, después de leer este texto verán que todo es mentira, verán que nada es amor y que al mundo nada le importa. O mejor dicho, al mundo le importa una sola cosa: las matemáticas.


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Fue una tarde mágica, celestial. Que a un fanático de Racing como yo el diario Clarín lo enviara a un partido en Avellaneda ya era suficiente. Que ese partido fuera Racing-Independiente, sublime. Que Racing ganara el clásico de local después de 12 años, un sueño. Que mi ídolo, Lisandro López, metiera el 3-1 decisivo, el éxtasis. Pero si le sumamos que todo sucedió el 10 de abril de 2005, justo el día que yo cumplía 21 años, directamente hay que pensar que se trató de una señal divina, de un mensaje del más allá, de que (citando una pavada de Paulo Coelho), “cuando deseas alcanzar algo en la vida, el universo conspira para que lo logres”. 

¿Les gusta pensar esas cosas, no? Les encanta, seguro. Pero lo siento: no hay señales divinas ni conspiraciones galácticas. Lo que hay son probabilidades matemáticas, sólo eso. Lo raro sería que esas “magias” no existieran. Avancemos en la teoría, así la entienden. 

Algo es “especial” o “inexplicable” cuando es atípico. Nadie se considera especial por haber nacido un miércoles o por medir 1,72. Lo que creemos maravilloso es que una abuela, una madre y una hija cumplan años el mismo día; que alguien caiga de un cuarto piso y sobreviva. Nos conmueve padecer una enfermedad que sufre una de cada cien mil personas; o soñar con un accidente terrible la noche anterior a una catástrofe mundial. Cuando eso sucede creemos estar en presencia de algo “sobrenatural”, “mágico”, “metafísico”. 

Pero no, gorditas y gorditos. No. Lo que pasa es simplemente el cumplimiento de las probabilidades. 

Todos tenemos algo “especial”, improbable, raro, porque así lo determinan las matemáticas. El que mide 2,12 metros, el que se salva de tomar un avión que se cayó, la única pianista entrerriana que tocó en Japón: todos son “especiales”. 

Los consideramos así porque centramos la mirada en la única probabilidad rara que se les cumplió, pero no en las millones de probabilidades en las que son “normales”. Analicemos tu caso, estimado lector o lectora. Vos tenés: 

• Una posibilidad en 175 de ser muy pero muy bajo, o muy alto, o muy gordo, o muy flaco. 
• Una posibilidad en 183 de nacer el mismo día que tu mamá o papá. 
• Una posibilidad en 250 de haber sobrevivido a un accidente grave.
• Una posibilidad en 365 de nacer el mismo día que tu hermano. Si tenés cuatro hermanos, la chance aumenta a una en 92. 
• Una posibilidad en 500 de sufrir el síndrome de Brugada, porfiria eritropoyética o tetralogía de Fallot. 
• Una posibilidad en 4000 de haber nacido con un dedo menos, o un dedo más. 

Nombro seis, pero existen millones de “cosas rarísimas” que son simples probabilidades. Probabilidades que encima son acumulativas y están metidas en cada detalle de nuestra vida. Continúo la explicación.

Si sumamos las rarezas que nombré, cada uno de nosotros tiene el 5% de probabilidades de cumplir con alguna. ¡Y son apenas seis rarezas! Como existen millones y las probabilidades de tenerlas son acumulativas, eso genera que, finalmente, tengamos ¡más del 95%! de probabilidades de protagonizar alguna “rareza” en nuestras vidas. 

Insisto: son tantas las cosas “raras” que podrían pasar, que cada tanto alguna pasa. Y cuando pasa pensamos que es mágico, increíble, porque no nos damos cuenta de todas las que no pasaron. Por ejemplo, sería “especial” si, mientras escribo este texto, en televisión nombraran la palabra probabilidad, alguien me hablara de aquel partido de Racing o si sucediera una catástrofe justo ahora. Pero nada de eso está pasando, ni pasará. Y por cada miles de “rarezas” que no suceden, alguna tiene que suceder.

Todo esto no es menor, porque la felicidad en nuestra vida depende de las matemáticas. Podemos hacer las cosas lo mejor posible durante años, pero si nuestros seres queridos nos organizan una fiesta sorpresa y antes de que lleguemos hay una pérdida de gas y mueren todos, no seremos felices. Es una probabilidad “rara”, pero una posible, y que no depende de nosotros.

También puede pasar lo contrario: nos desmayamos en una vía de tren y, como justo había paro ferroviario, no hay trenes y nos salvamos. Son cosas poco probables; pero como ya vimos, lo poco probable, sumado, se transforma en bastante probable. 

Seguro que algunas de esas situaciones rarísimas te pasaron, o te van a pasar, y van a marcar tu vida para bien o para mal, sin explicación, sin justificación, sin otro sentido que el de ser una probabilidad matemática que se cumplió o no. 

¿Eso significa que no importa lo que hagamos, que todo depende de la suerte? No. Al menos, no exactamente. Lo que tenemos que hacer si queremos ser felices es aumentar las probabilidades de que nos sucedan cosas favorables. Todo el tiempo, a cada minuto, con cada acción estamos modificando esas chances. Eso no nos garantiza la felicidad, pero matemáticamente nos acerca a ella. 

Por ejemplo, si vas a la cita más importante del año, no vayas sobre la hora: hay un 15% de chances de demoras de tránsito, siempre. 

Si no querés que te pise un auto, no cruces la calle por cualquier lado ni mirando el teléfono. 

Si no querés que todos tus seres queridos mueran por una pérdida de gas antes de tu fiesta sorpresa, deciles que no te gustan las sorpresas o hacete amigo de un plomero con buen olfato, así lo invitan. 

La teoría es compleja, pero creo que la van entendiendo. Es cierto que podemos hacer todo bien y que las matemáticas igual nos jueguen en contra: que llueva cuando íbamos a ir a la plaza; que se corte la luz cuando tenemos que usar la computadora; que no nos quiera justo la persona a la que más queremos. 

Puede ser que hagamos todo para ser felices y no lo seamos, pero nunca sucede lo contrario: no hay probabilidad de ser felices si no hacemos algo para serlo. No hay situación “rara” que signifique felicidad duradera: ni ganar la lotería, ni curarnos de una enfermedad, ni tener una familia cariñosa. Todo eso lo podemos arruinar en segundos: usando mal la plata, cruzando mal la calle, tratando mal a los que nos quieren. Arruinando las probabilidades. 

Entonces, aunque corramos el riesgo de que las matemáticas nos destruyan, la única chance de ser felices es aliarnos a ellas: entenderlas, aplicarlas, volverlas a nuestro favor. Sí o sí, tenemos que aliarnos con las matemáticas para poder sonreír. 

Ahora mismo, por ejemplo, hay una probabilidad en diez millones de que este texto me convierta en un escritor famoso y me permita vivir de lo que amo. Una en diez millones: probabilidad casi inexistente. Pero si no lo escribiera, la posibilidad sería cero. Ninguna. 

Acá estoy, entonces: compartiendo este texto pero también comiendo sano para evitar enfermedades; evitando ser violento para bajar las chances de que me caguen a trompadas; saliendo con tiempo a las citas importantes, tratando lo mejor posible a los que me quieren y avisándoles a todos que no me gustan las fiestas sorpresa. 

Termino el texto acá porque si sigo escribiendo aumentan las probabilidades de que se cuelgue la computadora, de que me interrumpan antes de terminar o de que se aburran leyendo. Y también ahora mismo me siento más derecho en la silla, así disminuyo las chances de tener dolor de espaldas, contracturas o desviación de columna. Y también me voy a leer apuntes, así mejoro el porcentaje de chances de aprobar literatura latinoamericana. 

Voy a hacer todo eso, y especialmente voy a espiar en cada rincón, voy a mirar a mis espaldas, voy a estar siempre atento a cada detalle, porque las probabilidades matemáticas están en todos lados y tenemos que modificarlas porque, espero que lo acepten de una vez, todo lo especial, raro, bueno y malo de nuestras vidas depende de ellas.

lunes, 29 de enero de 2018

Dejame en paz, Lisandro

Por Martín Estévez 

¡No se vayan, por favor! ¡No voy a hablar de fútbol! Sé que muchas (y muchos) de ustedes están hartos de que escriba sobre partidos, campeonatos y esas cosas, pero déjenme decirles algo: yo también tengo los huevos llenos de que, cada vez que alguien me ve, la primera comunicación, el tema fácil, lo inevitable sea la pregunta: “¿Y, cómo ves a Racing?”. 

¿Saben cómo lo veo? Lo veo como el orto. Veo a treinta futbolistas llenándose de guita, a cuarenta mil personas pagando un montón de plata por mes para sostener esos sueldos aberrantes, a barrabravas haciendo negocios y a un ambiente de mierda, machista, hipócrita, lleno de mentirosos, corruptos, egocéntricos y mafiosos que se cagan en las pocas cosas lindas que podría tener el fútbol. 

Estoy a punto de separarme de Racing, de terminar con la simbiosis que desde 1990 me hace tener piernas celestes, brazos blancos, dedos celestes, uñas blancas, vísceras celestes, entrañas blancas. Estoy cerca de lograrlo, muy cerca, incluso más cerca de lo que estuve en el año 2004.


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En 2004 tenía 20 años y trabajaba en Clarín. Entre varias tareas, cubría los entrenamientos y partidos de Lanús. Vivía el día a día con el plantel, me sabía cada detalle. Por eso, rápida e inevitablemente, supe más sobre Lanús que sobre Racing. 

Cuando la Academia jugaba, yo estaba en una cancha de básquet, en la redacción o mirando a Lanús. Apenas podía escucharlo por radio. Para peor, aquel Racing era apático: no peleaba el campeonato ni el descenso, lo gerenciaba una empresa nefasta y contrataba desconocidos que no llegaban a nada. De 10 partidos, empató 3 y perdió 7. 

Cuando el tiempo dedicado a Lanús y a Racing era casi el mismo, en el diario me designaron para cubrir Almagro-Racing. Fue el 13 de noviembre de 2004. Un pibito que tenía un año más que yo, Lisandro López, metió dos golazos y Racing ganó 2-0. Me tocó entrevistarlo, conversar con él, escribir la nota. Esa tarde, la Academia y yo consolidamos nuestra simbiosis por otros catorce años. 



La culpa de mi extremo vínculo con Racing es casi toda mía, porque desde los 6 años fui un parásito que se alimentó de fútbol, pero el azar no me ayudó. Intentaré explicarles por qué. 

Tuve tres ídolos. Entre 1993 y 1996, el Piojo López, que se fue a España. Entre 1997 y 2003, Diego Milito, que se fue a Italia. Y entre 2003 y 2005, Lisandro López, que se fue a Portugal. Luego, nadie más. 

Ahí es cuando intervino el azar: en febrero de 2007 no quedaba ninguno y mi primera novia me rompió el corazón. Yo iba a tirar a la mierda todo (incluido el fútbol) para empezar de cero, pero el Piojo López volvió a la Argentina para retirarse en Racing. No pude evitar mezclar mis emociones y redoblé mi fanatismo: me hice socio y empecé a ir a la cancha siempre. 

Recién el 17 de julio de 2014 corté el cordón futbilical y maté al Piojo López. Con tanta mala suerte que, justo en ese momento, Diego Milito decidía volver para retirarse en Racing. Puta madre. 

Mi historia con Milito también la compartí: su retorno fue mítico y sacó campeón a Racing, pero sentí alivio cuando anunció que se retiraría en el 2016. Fue una liberación enorme. 

Me junté con mis amigos, con mi familia, con la chica con la que me gusta dormir, con la señora que atiende la dietética, con todos para anunciarles que en el 2016 terminaba mi condena. Que me dedicaría al trabajo comunitario, a tomar mate, a escribir boludeces. A lo que fuera, menos a faltar a reuniones porque había partido, a esperar colectivos en Avellaneda a la una de la mañana, a arruinar vacaciones recorriendo pueblos inhóspitos para ver un irrelevante amistoso de verano. Por fin, Racing y yo seríamos entes separados.

Pero en enero de 2016, me cago en la leche, volvió Lisandro.


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Tengo un testigo: hágase presente en el estrado Nicolás Briant. Nico estaba sentado al lado mío el 4 de abril de 2001, cuando abrí el diario y leí que un tal Lisandro López había metido tres goles en un partido de Quinta División. Lo miré y le dije: 

—Tengo un ídolo nuevo. 

Fue un poco por deseo y un poco por sabiduría. Lo deseaba porque su apellido y posición eran las mismas que las de mi primer ídolo. Pero lo sabía porque meter tres goles en un partido era una hazaña: Racing tenía unas divisiones inferiores tristísimas. 

Desde entonces seguí su carrera en Racing, en Portugal, en Francia. Pero después eligió Brasil y Qatar (¡Qatar!) antes que Avellaneda, y sospeché que no quería tanto a Racing como yo pensaba. Por eso, cuando volvió después de once años, traté de seguir con mi objetivo: separarme de Racing. 

Lisandro no me la hizo fácil: le metió un gol de chilena a Independiente en el minuto 90; y después le clavó otros dos para golearlo por primera vez en 41 años. Yo estaba por ceder: hasta convencí a mis compañeros de El Gráfico de que fuera la tapa de la revista

Pauté una entrevista con él con mucho tiempo de anticipación pero, la noche anterior, Racing perdió 1-0 contra Gimnasia y quedó eliminado de la Copa Argentina. 

Era el fin de la idolatría, porque yo sabía que nada me conformaría: si Lisandro no me daba la entrevista con la excusa de la derrota, no cumpliría con su palabra, lo que sería imperdonable. Y si, a pesar de semejante derrota, me daba la nota como si nada, significaba que no quería tanto a Racing, lo cual era todavía peor.


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El 20 de octubre de 2016, a las 11 de la mañana, yo era el único periodista en la sala de prensa. Los jugadores decidieron no hablar después de la derrota. El fútbol y el periodismo me tenían harto: llovía, hacía frío y sabía que estaba ahí solamente para derribar la estatua de un ídolo. Para cerrar una etapa en mi vida. 

Lisandro entró puntual, con cara de pocos amigos. Yo lo miré fijo, con cara de menos amigos todavía. Ninguno de los dos quería estar ahí. 

—Perdoname que esté así —me dijo—, pero lo de ayer fue durísimo. Vine solamente porque te había dado mi palabra. Así que si no necesitás que sonría mucho para las fotos, podemos hablar de lo que quieras. 

No sé por qué no le di un beso en la boca, si por heterosexualidad o por respeto, ¡pero, ay, Lisandro, cómo te quise en ese momento! 

Fue una de las entrevistas más largas y lindas que hice. Miramos libros sobre su carrera que eran “de un amigo” fanático suyo. Me contó cosas que jamás había contado; entre ellas, por qué no había vuelto antes. Y cuando terminamos le dije que el fanático era yo, y que le podía regalar esos libros. Me dijo que sí, y que para él había sido una entrevista linda. Antes de despedirnos, a coro, nos dijimos: 

—Lástima lo de ayer… 



Quince meses después de esa mañana, pasó de todo. Primero dejé de ser socio, pero iba a la cancha con la acreditación de prensa. Después dejé de ver a Racing de visitante, porque no lo pasaron más por la tele. Y hace poco dejé de ir de local, porque me quedé sin acreditación y sin trabajo. 

Los problemas familiares, el trabajo comunitario, la enfermedad de mi abuela, la convicción de usar la plata y el tiempo en cosas mejores que en el corrupto negocio del fútbol: todo me fue alejando de Racing hasta llegar a este presente en el que ya ni sé quiénes son los refuerzos. 

Les pido perdón, porque les dije que no iba a hablar de fútbol y al final lo hice, pero también les pido paciencia: ya falta poco para transformar mi relación con Racing en algo normal, llevadero, sano. 

Avancé mucho: este sábado me iré a un pueblo de Santiago del Estero y ni se me ocurrió planificar el viaje según los días que juega Racing. Ya no. No me interesa. 

Eso sí: si el domingo a las 21:30, justito, por casualidad, como quien no quiere la cosa, ando por algún bar santiagueño, y justito, por casualidad, como quien no quiere la cosa, tiene televisión, voy a preguntar si no ponen Racing-Huracán un segundo, un ratito, noventa minutitos, para verlo a él, al que nació en un pueblito de 900 habitantes, al de la camiseta 15, al pibito del diario, al que volvió después de once años, al que tan bien me trató aquella mañana de 2016. Para ver una vez más, en los instantes finales de su carrera, al último ídolo de mi vida.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Clarín me genera orgullo

Por Martín Estévez

Acaban de llamarme de Clarín para decirme que el sábado empiezo a trabajar en el diario. Aunque finja que no me genera gran cosa, es una buena posibilidad para saber si sirvo en esto del periodismo deportivo. No estoy de acuerdo con la ideología de la empresa, pero supongo que hay que adaptarse, ¿no? Tampoco uno puede andar renunciando a Clarín porque el diario sea cómplice de injusticias.

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Ayer, 24 de abril de 2004, cubrí mi primer partido: San Martín de Burzaco contra Sacachispas. Al entrar al estadio, dos gordos grandotes se me pusieron enfrente y me dijeron: “Sabemos quién sos”. Yo no pensé que la fama llegaba tan rápido.

—Ya te vimos acá otras veces, estamos vendiendo rifas para una camiseta —me “explicaron”.

—Pero yo no vine nunca, no tengo plata... —respondí con los anteojos empañados.

—Dale, cómo no vas a tener 3 pesos, danos 3 pesos y después te cuidamos todo el partido, así trabajás tranquilo. 

Además de cuatro boletos de colectivo a 75 centavos, entonces, pagué 3 pesos de extorsión. Sin contar la llamada desde el celular de Tati (al diario, cuando terminó el partido) y el cagazo que me pegué, de los 20 pesos que me dio Clarín, me quedaron 14. Algo es algo. 

Ah: ganó Sacachispas 2 a 1 y en el diario salieron cuatro líneas. 

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Al principio sólo cubría partidos del ascenso, ahora me designaron para los entrenamientos de Lanús. Empiezo mañana, pero hoy me pidieron que investigue algo: varios socios denunciaron que la barra brava los echó de una asamblea. Me pasan el teléfono de un dirigente del club y lo llamo:

—Mirá, Martín Estévez —me dice después de dos preguntas—. Son todas mentiras, es un tema sin importancia. Si querés trabajar tranquilo en el club, lo mejor es que no se publique nada. Ya tengo tu nombre y no creo que quieras que se lo pase a nadie.

Y cortó. Salí corriendo a contárselo al editor de la página.

—Eran sólo unas líneas, así que no te preocupes, no ponemos nada —me “explica”—. Buscamos algo de otro equipo y listo.

—¡Pero yo mañana tengo que ir al entrenamiento! ¿Cómo hago?

—Andá, andá tranquilo, y si pasa algo nos avisás.

Fui, y no pasó nada. Pero durante los primeros tres meses, por las dudas, no le dije mi nombre a nadie.

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Los pasantes no pueden firmar notas. Trabajan como burros y sus nombres no salen en ningún lado. Clarín se evita problemas legales: intenta no dejar rastros de que estuvimos ahí.

El 26 de junio era el último día en que un periodista llamado Néstor Straimel trabajaba en el diario. Esa tarde, Almagro ascendió a Primera y el cronista tuvo problemas para volver a la redacción. Él estaba a cargo de ese partido.

—Vos, ¿estás libre? —me preguntó y ni siquiera me dejó 
responder—. Necesitamos 62 líneas sobre la historia de Almagro en una hora, ¿te animás?

Tampoco me dejó responder: sólo me dijo sobre qué documento había que tipear. Cuarenta minutos después, había terminado. No es que sea veloz: es que era de noche y la redacción está en Constitución. No quería irme tan tarde.

Al otro día, cuando me desperté, Tati me dijo que le había gustado mi texto, pero yo no entendía cómo sabía qué nota había escrito. Y, después de verla, tampoco supe qué palabras borró Straimel para, en vez de las 62 líneas, usar 61.


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Me llevó semanas lograr que los demás pasantes entendieran que yo no era familiar de Straimel. Que no había acomodo. Se hizo evidente, porque Clarín me exprimía: hubo días en los que, por 20 pesos, a la mañana iba al entrenamiento de Lanús, a la tarde escribía sobre otros clubes y a la noche me quedaba cubriendo la Liga Nacional de básquet.

Un viernes, a eso de las 23:30, un editor maltrató a otro pasante, Julián Villadangos, porque había entendido mal qué cantidad de líneas correspondían a cada partido. Lo hizo sentir mal. Recién ahí descubrí mi primer límite: el sábado entregué mi credencial de la Liga Nacional y no volví a cubrir básquet.

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En esos 13 meses de pasantía no vi la final de Roland Garros entre Gaudio y Coria porque me mandaron a recorrer bares a las 7 de la mañana; entrevisté a Diego Milito y a Lisandro López; y cubrí un triunfo de Racing sobre Independiente el día de mi cumpleaños.

Conocí buenas personas (Ariel Scher, Eduardo Menegazzi, Adrián Maladesky) y soporté a otras. Al no tener computadoras propias, usábamos las de periodistas que no estaban. Y cuando alguno aparecía, tenías que buscar otra. El peor era Horacio Pagani: directamente te apoyaba el bolso sobre el teclado, como para que no tardaras más de veinte segundos en irte.

Días después del final del contrato, a Sebastián Fernández y a mí nos contrataron durante tres meses más para escribir “productos especiales” junto a dos pasantes de la camada anterior. Primero hicimos un libro sobre la historia de Estudiantes en 45 días; después, uno sobre tenis argentino en 30; y al final, uno sobre un corredor de autos en 15. Y otra vez adiós.

El teléfono volvió a sonar en enero de 2006: me llamaron para comenzar de urgencia la guía del Torneo Clausura que iba a publicar el diario. No se sabía cuánto me pagarían, pero necesitaban que arrancara enseguida.

Así que al otro día estuve en la redacción trabajando para la guía y, cuando me fui, me dijeron que esperara un llamado de recursos humanos para firmar el contrato antes de volver, así todo se hacía prolijamente.

Nunca más me llamó nadie.

Ni de recursos humanos, ni de la redacción, ni los dos editores que me hicieron trabajar ese día (Sergio, Daniel: estuvieron muy mal). No solamente no me pagaron el día sino que, cuando salió la guía, había dos textos míos a los que no les habían modificado ni una sola línea. Clarín, el gran diario argentino.

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En mayo de 2010 mi vida era un caos: tenía dos trabajos que casi no me daban plata, mi abuelo estaba enfermo, iba a la facultad, hacía teatro y tenía una relación de pareja conflictiva. Una tarde me llamó Ariel Scher y me dijo que existía la chance de volver a Clarín: otra vez un contrato temporal, más que nada para trabajar los fines de semana. Necesitaba una respuesta urgente.

Corté, lo pensamos quince minutos con Tamara y lo llamé: bueno, dale, Ariel, cuándo empiezo.

Dos días antes de empezar, murió mi abuelo. 

Pensé que volver al diario me iba a ayudar, que encontraría viejos conocidos y nuevos desafíos, pero nada de eso pasó. Encontré periodistas cinco años más viejos y cinco años más aburguesados. Encontré nuevos compañeros que me veían más como competencia que como un amigo potencial. Me encontré triste e incómodo en un medio gris, del que ya no me separaban diferencias ideológicas, sino un abismo insalvable.

Esa vez sí tuve acomodo: no sé por qué, pero Ariel Scher hizo lo posible para que yo fuera feliz. Me dio libertades, me eligió para cubrir a Racing y, especialmente, conversó mucho conmigo.

Igual, dos meses después de entrar ya me sentía ahogado y no tenía ningún otro trabajo, apenas una chance dando vueltas. ¿Qué iba a hacer, entonces? ¿Tampoco uno puede andar renunciando a Clarín porque el diario sea cómplice de injusticias, no?

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El 3 de agosto de 2010 caminé decidido hasta el correo y por fin lo hice: renuncié a medios de comunicación que me den asco, a trabajos en los que me maltraten, a quedarme estancado por conformismo barato.

Renuncié a empresas que no me paguen el día trabajado, al miedo a quedar fuera del sistema, a ser cómplice de la explotación, las mentiras y las injusticias.

Renuncié al monstruo gigante que ensucia la realidad argentina desde hace décadas, al que nos miente todos los días, al que oculta con sus páginas la sangre de los que luchan.

El 3 de agosto de 2010, con orgullo y para siempre, renuncié a Clarín.

viernes, 11 de agosto de 2017

En paz descanses, e-mail

Por Martín Estévez

Muchas personas todavía no lo saben, pero los mails han muerto. Los que mandamos y nos llegan en la actualidad son solo fantasmas, ecos de la revolución que el correo electrónico generó alguna vez, pero la realidad es que ya no importan. Nadie manda cosas importantes por mail: apenas sirven para recuperar contraseñas, cumplir obligaciones de oficina o demostrar que algo no nos interesa:

–Dale, mandámelo por mail y después vemos 
–es la indisimulada declaración de que jamás responderemos un mensaje.

A los mails los fueron destruyendo en cadena el MSN, los mensajes de texto, Facebook, Twitter, los números free, Instagram y el último gran depredador: el Whats App.

Incluso yo, antipático hacia las nuevas tecnologías, tuve que aceptarlo ayer, cuando abrí mi casilla de Yahoo y descubrí un mensaje en el que Andrey me invitaba a jugar al paddle... hace tres semanas. ¡Había estado un mes sin abrir mi mail! Pero, alguna vez, las cosas fueron distintas.

Hubo una época dorada en la que los sensibles mandaban PowerPoints con dibujos de ositos; los desubicados, archivos adjuntos con fotos eróticas; y los que hoy hacen catarsis en su muro de Facebook, nos empernaban con mensajes que llevaban copia oculta para todos sus contactos.

También estaban las cadenas de jeques árabes que prometían regalarnos su fortuna si les enviábamos nuestros datos; los juegos (¡hechos en Excel!) para adivinar caritas, logos, cosas; y la advertencia de los amigos: "Si el asunto está en inglés no lo abras, porque es un virus".

Ah: y los que imprimían los mails porque tenían miedo de que se les borraran. Qué gente rara.


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Mi primera cuenta me la hice en 2003, con una dirección ridícula (martinyotrosheroes@yahoo.com.ar) que todavía conservo. Pero mi gran romance con los mails sucedió en el verano del 2004. ¡Aaah, qué tiempos aquellos!

Los que tienen menos de 20 años, escuchen, así después se pueden burlar.

Yo no tenía internet en casa, ni mucha plata. Entonces escribía cartas para mis conocidos en un Word, las grababa en un diskette (¡en un diskette!), caminaba 25 cuadras hasta el locutorio más cercano y pedía una computadora con diskettera. Comenzaba el desafío de hacer todo en 15 minutos, que valían un peso. Si te pasabas unos segundos, ya te cobraban dos.

Rápidamente, iba a mi bandeja de entrada, leía los dos o tres mensajes nuevos, abría el Word y enviaba las cartas de a una. Incluso, si me habían escrito algo muy largo, lo copiaba en el diskette para leerlo tranquilo en casa.

Acto seguido, pagaba el peso y comenzaba el retorno: otras 25 cuadras bajo el sol que a veces se aliviaban cuando me compraba un cuarto de helado que valía 8 pesos (o sea, dos horas de internet) y me duraba hasta la cuadra 12. Las últimas 13 volvían a ser un suplicio.

Mis mensajes eran siempre largos e infumables. Pronto les compartiré una recopilación de los peores, pero, para que tengan una idea, presentaban quejas de este tipo:


"Me extraña que en la Paparazzi, además de la deleznable foto de Nicole Neumann en pleno acto sexual, no haya salido una nota sobre mí, contando que mi novia se las toma para Chascomús este fin de semana y yo, sin novia, sin computadora, sin Pablo Scoccia, sin viento y sin vida social, espero la llegada del Armageddón".

El mail se convirtió en un buen medio de expresión para los cobardes, así que me volví un poco fanático, al punto que en diciembre de 2005 comencé una corta tradición: a fin de año, enviaba un mail a cada persona a la que quería y no veía durante las fiestas. En 2007 mandé 50 y en 2008 fueron 48: escribí 48 mensajes diferentes en doce horas, todos intentando ser ingenioso y con títulos absurdos.



Sin embargo, en 2009 ya usaba MSN y Facebook, así que fui abandonando el mail, aunque hice una excepción por mi mejor amigo. Pablo no tenía Facebook, casi no usaba MSN y vivía lejos. Entonces, como lo extrañaba, le escribía por correo electrónico. 

En el año 2011 nos enviamos 116 mails: lo sé porque hacíamos una competencia para ver quién escribía más. Era una especie de diario íntimo para el otro:

Viernes 18 de febrero 

Decidí no seguir haciendo teatro y eso me tiene mal. Creo que el motivo lo sabés. En El Gráfico sigo haciendo estadísticas baratas, apurado, y escribo textos tristes para Palabras Enreveradas. La noche es en casa de Tamara. Sin sobresaltos, diría Soda Stereo. O sí: en Mendoza hay sequía y peligran nuestras vacaciones. 

Sábado 19 de febrero 
Hago todo mal. Todo. Corro de un lado a otro. De lo de Tamara a Oliden. De Oliden al ATP de Buenos Aires. ¿Podés creer que estaba acreditado y vi tres games? Tres: los tres primeros de Almagro-Robredo. Del ATP a lo de Tamara para ver perder a Racing. Después vimos una película de dibujos animados muy triste. Al final, aprovechando la luz apagada, dejé escapar una lágrima. Hace mucho que no me permitía llorar.

En el año 2012 nos mandamos 85 mails, pero fingiendo que en realidad estábamos twitteando en 140 caracteres:

8 de febrero. Pastillas, hielo, crema rectal: ya estoy cansado de decir “hemorroides”. Igual, le suman un lindo capítulo a mi historia de humillaciones. 

9 de febrero. A mí me gustaba Spinetta, más por lo que representaba que por lo que era. Recuerdo cuando llevaste Pan a Fox; todavía lo tengo en la Mac.

10 de febrero. Hoy pude comer algo que no era verde o cereal tras doce días: una milanesa de soja. La Copa Davis es tan simpática como los viernes. 

Sin embargo, ni siquiera mi amistad con Pablo pudo vencer lo anacrónico que resulta el mail en años-en-los-que-todo-ocurre-enseguida-sin-tiempo-que-perder. Hoy, él me muestra fotos de su hija Lara por Whats App, y yo le mando recortes de 1964 por Facebook. Y mi Yahoo hiberna durante 29 de cada 30 días.

Por eso, para darle una despedida adecuada al viejo y querido correo electrónico les propongo que, después de comentar este texto, anoten su mail, así yo le mando un mensaje a cada uno contándole algún secreto del 2004, ese año en el que caminaba ansioso bajo el sol, con un diskette en el bolsillo y con la esperanza de encontrar la felicidad en mi bandeja de entrada.

jueves, 4 de mayo de 2017

Estoy enfermo

Por Martín Estévez

Tengo una enfermedad mental. No es un chiste; escribo angustiado y triste, sobrepasado por la situación. Escribo porque contarlo públicamente me obligará a hacerme cargo de algo que creía manejable, normal, hasta simpático, y ahora tengo miedo de que me cague la vida. Están leyendo mi mamá, mi prima, mis compañeros de trabajo: no me expondría tanto si no estuviera desesperado. Es difícil de explicar, pero cuando terminen el texto van a entender. Sólo repito que no es un chiste ni un recurso literario: estoy enfermo, y de verdad.

Las enfermedades mentales tienen influencias genéticas y sociales. De lo genético no sé, pero el motivo social de mi enfermedad se disparó el 7 de abril de 2004. Ese miércoles, en la escuela terciaria a la que iba, tomaron un examen de conocimientos básicos: respondí bien 5 preguntas sobre deportes, pero fallé 4 de 5 sobre información general. Recuerdo específicamente una:

“Raúl Castells y Luis D’elía… ¿cuál es el piquetero opositor y cuál el oficialista?”

¡Cuánto me dolió no saberlo! Pero no lo sabía; lo cuento ahora con la misma vergüenza que sentí en ese momento. Estaba a meses de recibirme de periodista, pero no sabía nada y no entendía por qué. En el viaje de vuelta empecé a preguntarme: ¿cómo se aprende quién es el gobernador de Salta, la forma de extraer petróleo o qué fue el Ku Klux Klan? Y yendo más al fondo: ¿cómo es posible conocer todo lo posible?

Durante tres días, desorientado, pensé en cómo terminar con mi ignorancia: “¿Qué hago? ¿Agarro libros al azar, hago cursos, me anoto en otra carrera?”. La información era infinita. ¿Cómo ordenarla para aprenderla de a poco? ¿De qué manera podía conocer cosas tan diferentes como razas de perro, formas de cocinar, reyes de Europa, cantantes famosos y el tamaño del Sol?

Llegué a una conclusión: lo único que une a todas las cosas del mundo es el tiempo. Los perros, los reyes, los cantantes, el Sol: todo nació, se originó o se descubrió alguna vez, en algún momento. Todo comparte una línea cronológica. Si repasaba con cuidado esa línea (la historia universal), tarde o temprano sumaría los conocimientos generales que me faltaban.

El plan era ambicioso, pero mi hambre me devoraba: el 11 de abril de 2004 empecé el proyecto “Historia de la humanidad”, luego renombrado “Historia Universal para principiantes”. Y ese día, también, empecé a enfermarme.

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Al principio, con cuatro o cinco libros alrededor, escribía en un cuaderno todos los sucesos que encontraba, empezando por el Big Bang y en orden cronológico, porque saltearse algo significaba abandonar la única forma posible de ordenar tanta información. La cronología empezó a convertirse en obsesión: empecé a llamar a ese problema “cronolitis”.

Poco a poco, la obsesión cronológica invadió otros espacios de mi vida. Consideré que no era posible comprender del todo un libro, una película o un disco sin haber conocido los anteriores (al menos los más importantes), así que empecé otras cronologías: sólo leía libros antiguos, sólo miraba películas mudas, sólo escuchaba música clásica.

Claro que, mientras una parte mía quería sumar conocimientos a cualquier precio, otra parte quería leer a Dolina, mirar Batman y escuchar a Fito Páez. Quería divertirse. Pero las cosas nuevas quitaban tiempo a lo viejo, entonces no se podía: Fito Páez tenía que esperar, porque primero había que escuchar a Vivaldi, luego a Glenn Miller, luego a los Beach Boys. Todo en orden, todo cronológicamente, todo prolijo: si no, nunca iba a aprender nada.

En ese momento pensaba que podía romper esa estructura cuando quisiera. Y tal vez al principio fue así, pero después no. Se habrán sumado muchos factores: inseguridad, soledad, mucho tiempo libre, no sé, pero la estructura fue creciendo en mi cabeza y se mezcló en mis rutinas.

Cada vez más, todo lo que hacía tenía que respetar un orden determinado. Tenía que: era una obligación. Me costaba empezar algo que no tuviera un orden cronológico y no registrarlo. Porque se sumó eso: registrarlo todo. En un cuaderno, en un Word, en un blog, donde fuera. Si veía una película, la anotaba y la comentaba. Si leía una historieta de junio de 1988, la agregaba a una lista y la acomodaba entre las de mayo y julio. Estrictamente, prolijamente. Tenía que ser así.

Sé que esto todavía no les parece una enfermedad con todas las letras, pero paciencia: recién empiezo a contarles.

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Lo que me pasa en los últimos años puede sonar gracioso, pero no lo es. Les juro que no. Por ejemplo, si tengo ganas de ver a dos personas, le doy prioridad a la que nació antes. Si hago una entrevista, siempre empiezo preguntando por la infancia. Si dono ropa, lo hago según el año en que empecé a usarla. Leyeron bien: busco fotos para saber cuándo “tengo” que dejar de usar una remera. Sufro por eso.

No es tan sencillo como “bueno, dejá de hacerlo”: aunque done un buzo de 2012 antes que uno de 2010, mi cerebro me dice “acordate de que este es más viejo”. Lo grave no es la acción, sino lo que pasa dentro de mi cabeza.

Mientras tanto, avancé con la historia universal en el cuadernito, pero la empecé de nuevo para hacer un libro, y después de nuevo para hacer un blog, y después de nuevo para dar un curso. Mientras tanto, sigo leyendo libros, viendo películas y escuchando discos en orden. Mientras tanto, sumé más y más líneas de tiempo. Subo canciones a Spotify cronológicamente, mis carpetas de la computadora se dividen por año y este mismo blog está escrito en orden: arranqué con historias de 1990 y fui avanzando hasta 2004.

Y mientras tanto, también, dentro mío sigo sintiendo la vocecita, reprimida, que me pide diversión: “Basta de años, de listas, hacé lo que se te canta, leé textos de Casciari aunque te falten otros anteriores, subí una foto de hoy aunque no hayas subido las del año pasado, escribí sobre Leandro aunque no hayas escrito sobre tu tía Elvira”.

Pero no puedo, no puedo y no puedo.

Entonces trato de apurarme, de avanzar con las cronologías, pero ya son infinitas, y no sé cómo seguir, cuándo abandonar, qué hacer. Me empezó a faltar tiempo para todo, porque cada minuto es la posibilidad de avanzar en una cronología: coser un par de medias lleva el mismo tiempo que escribir un texto sobre Marco Polo; visitar a Fanny equivale a dos películas de 1942.

Me animé a pedir ayuda: Leandro puso papelitos con mis actividades en una bolsa para que las hiciera al azar; Luz me armó dos, cuatro, diez listas diferentes sobre qué era bueno y qué era malo hacer; Tati dejó de tener diarios en su casa así no los leo todos juntos, a las apuradas, cada vez que la visito.

Pero igual no paré. En el trabajo inventé una excusa para mirar las 4.481 ediciones de El Gráfico publicadas desde 1919, en orden cronológico. Intenté, para unificar cronologías, que los libros, el cine y las campañas de Racing se acoplaran a El Gráfico. Pero El Gráfico avanzó y el resto no, y entonces me quedo de madrugada viendo películas de Chaplin, leo desesperado cuentos de Borges, pido ayuda para contar los partidos del Chueco García en 1938. Pero no llego, nunca llego.

Ya no me hace falta anotar las cronologías: me las sé de memoria. Esto repite mi cabeza a cada rato: “En historia universal voy por el 1490, en cine, literatura y Racing por 1941, en El Gráfico por 1959, en discos de rock por 1988, en videos de Racing por 2003, en palabras enreveradas por 2004, en textos de Casciari por 2012, en recortes de Racing por 2015, en mi otro blog por 2016, en actividades del Movimiento Etiopía por febrero de 2017”.

Eso está siempre en mi cabeza, excepto cuando tengo relaciones sexuales, cuando ando en bicicleta, cuando me río fuerte, cuando escribo barbaridades y cuando sé que me quieren. Parecen muchas cosas, pero no lo son: la cronología me habla el 90% del tiempo que estoy despierto.

Voy a contar algo más, que me da mucha vergüenza. En los últimos meses, varias veces, corrí desde la parada del colectivo hasta mi casa para ganar tiempo y avanzar más rápido. Se los juro por mi mamá: corrí. No es nada gracioso. Me acuesto cada noche pensando en levantarme temprano para avanzar en alguna cronología.

La última vez que intenté explicar con sinceridad por qué hago lo que hago, qué es lo que pasa por mi cabeza, lloré. Lloré mucho. De hecho, tengo los ojos húmedos ahora. Estoy harto. Y enfermo.

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En los últimos días me pasaron dos cosas importantes. Primero, noté la frustración de los que me quieren: los vi preocupados, pero también aburridos de mí, del mismo tema, de los mismos argumentos pelotudos que uso para defender diarios viejos, fotos de 2007, historietas infumables. Tengo mucho miedo de que ya nadie pueda (ni quiera) ayudarme.

Lo segundo fue que armé un listado de mis cronologías, cosas para hacer, obligaciones y deseos para intentar ordenarme, para saber qué hacer primero y qué dejar para después, antes de que todo me aplaste.

En la lista no hay seis o siete cosas. Hay 135.


Ahí están. Algunas me llevarían 15 minutos, como arreglar una silla, pero otras son infinitas, como seguir escribiendo la historia universal. Intenté con todos los recursos matemáticos que me enseñó Paenza, pero llegué a un callejón sin salida: ya no hay forma de hacerlo todo. No llegaría aunque renunciara a mis trabajos, aunque no durmiera, aunque viviera hasta los 90 años.

Quiero creer, quiero creer con mucha fuerza, que mi cerebro hizo un clic. Ojalá que el miedo a volver a terapia, o a llegar a un psiquiatra, sea más fuerte. Ojalá que el deseo de hacerme bien sea más grande que esta estructura de mierda que me habla en la cabeza.

Seguro será difícil y habrá recaídas, pero hoy, 4 de mayo de 2017, doy el primer paso: aunque cronológicamente tenía que escribir otro texto, escribí este. Porque lo sentí, porque lo necesito, porque me quiero sanar: un texto desordenado, fuera de tiempo y de estructura, perfumado por el deseo de curarme. Después de 13 años de enfermedad, recién ahora puedo hacerme cargo. No sé por qué tardé tanto, pero no importa: aprendí, después de mucho sufrimiento, que no tenemos la obligación de saberlo todo.

jueves, 20 de abril de 2017

¿Quién es el presidente de tus amigos?

Por Martín Estévez

Siempre tenemos una mejor amiga o amigo. Sólo uno. Es imposible que sean dos, tres o diez. La amistad es como un partido de básquet: no permite empates. Sé que habrá protestas de grupos de amigues que dicen quererse todes por igual, pero lo siento, chiques: se están mintiendo. Mírense a las caras y se van a dar cuenta, muy rápido, de que cada une de ustedes tiene un favorito. 

La única forma de no tener un mejor amigo es, sencillamente, no tener amigos. De lo contrario, en cada momento de nuestra vida existirá una persona a la que queramos contarle antes que a nadie algún hecho feliz, triste, aburrido o absurdo. Siempre es una. Sólo una.

Hay gente que es capaz de todo para negar esta verdad científicamente comprobada. Fíjense si no: Jean Koum no creó Whats app para llenarse de guita (como creen muchos), sino para hablar con todos sus amigos a la vez y negar que tenía uno preferido. Claro que cometió un error: al primero que le dijo “voy a crear algo llamado whats app” fue a Dan Grayson. ¿Saben quién es? Yo sí lo sé: es su mejor amigo. 

Ojo: no tenemos por qué reconocerlo. No hay motivos para andar explicándole a Naty que la queremos menos que a la Negra; ni a Javier que, si tuviéramos que donar un riñón, se lo daríamos a Ignacio antes que a él. No es obligación confesar: se acepta la cobardía del silencio. 

Un mejor amigo no es eterno: puede durar un día o diez años, pero suele cambiar. ¿Cómo es que cambia sin que nos demos cuenta? Resulta que todos tenemos muchos habitantes dentro del cuerpo (en el cerebro, en el corazón, en la entrepierna) y, cada tanto, se reúnen para votar y elegir a esa persona: al presidente de nuestros amigos. 

En el pasado existió una época oscura en la que nos imponían a nuestros amigos y presidentes. “Vos te vas a juntar con Ulises, porque se saca mejores notas que Andrés”, decían las madres en el año 77. “A ustedes los va a gobernar Videla, y al que no le gusta lo matamos”, decían los militares al mismo tiempo. 

Por suerte, yo nací en democracia y, tal vez por eso, las elecciones para presidente del país y de mis amigos se parecen un poco. Miren: 

 • 1984-1989 
Alfonsín fue el padre de la democracia y yo tuve una madre, Tati, que ocupó varios roles, incluso el de mejor amiga. 

 • 1989-1999 
¡Pasaron cosas horribles en el 89! A mí, en mi cumpleaños; al país, en las urnas: eligieron a Carlos Menem. Empezaron así diez años de individualismo, de importar pavadas y de copiar a otros países. Por eso, durante una década yo no tuve amigos, leí comics estadounidenses e intenté ser como mi primo Matías. 

 • 1999-2003 
 En Argentina eligieron a De la Rúa, pero en 2001 explotó la crisis y tuvimos dos presidentes que duraron poco (Rodríguez Saa y Puerta) hasta que asumió el cargo un hincha de Banfield: Duhalde. 

Yo elegí a un compañero de colegio, Marcelo, pero en 2001 explotó mi crisis y tuve dos mejores amigas que duraron poco (Rosana y Gaby) hasta que asumió el cargo un hincha de Banfield: Nico. 

 • 2003-2011 
El nuevo presidente del país llegó desde muy lejos (Santa Cruz) y estuvo muchos años cerca. En los últimos años, armó un proyecto con su esposa, Cristina. Se llamó Néstor Kirchner. 

El nuevo presidente de mis amigos llegó desde muy lejos (Campana) y estuvo muchos años cerca. En los últimos años, armó un proyecto con su esposa, Marina. Se llamó Pablo Scoccia y es el Perón de mi vida. No por ideología política (bien lejos andamos del peronismo), sino porque es el que más tiempo duró en el cargo de mejor amigo: ocho años.

(En realidad, el presidente que más tiempo estuvo es Menem, pero compararlo con Pablo me da escalofríos). 

 • 2011-2017 
En 2011 asumí que soy mucho más uruguayo que argentino, así que, aunque en el país reeligieron a Marina (perdón, a Cristina), yo cambié de presidente: comenzó el gobierno de Leandro, al que conocí en la universidad. 

Sin embargo, era obvio que Leandro no podía coincidir en su presidencia con Macri, así que a partir de diciembre de 2015, aunque nos queremos mucho, decidió tomar distancia, más que nada para que yo no le eche la culpa por tanta represión: la mía y la de Mauricio.

Leandro amaga con no presentarse a las próximas elecciones y mi pueblo interno reclama que alguien se haga cargo de los conflictos con los jubilados, más específicamente con el de mi abuela Fanny. 

Mientras me sumo al piquete, los invito a que cuenten ustedes: ¿cuál es la persona que fue su mejor amiga durante más tiempo? No se los pregunto en un día cualquiera: es el día en que Pablo, el Perón de mis amigos, cumple años. Y por eso, solamente por eso, hoy quise hablar sobre la amistad.