sábado, 31 de julio de 2010

Primeras tardes sin mi abuelo

Vos ya te fuiste una vez. Fue en 1993. Y aunque las cosas eran distintas (ibas a Rusia y volverías pronto, yo tenía 9 años y parecía mujer), probablemente el día que te fuiste para siempre yo haya tenido esa misma cara, esos mismos ojos cargados de miedo, de una angustia intraducible en lágrimas.

El día que te fuiste para siempre dolió más porque teníamos el alma más grande. A mí no me contaron quién eras, Víctor. A nosotros no nos veía nadie cuando jugábamos a la pelota, cuando leíamos el diario, cuando volvíamos juntos de la escuela. Yo no necesitaba postear textos contando que habíamos escuchado juntos a Los Andes o que otra vez me compraste turrones. Pero ahora sí.

Ahora necesito escribir esto porque ya no puedo mirar el Nacional B con vos. Ahora necesito escanear tus fotos para verte porque ya no puedo hacerlo. Ahora necesito llorar cada tanto, solo, porque necesito exorcisar el dolor que vivimos juntos. Te acompañé porque me acompañaste. No podía dejarte solo porque quedaba solo también.

Esta vez, aunque no lo creas, el que se está por ir soy yo. No me voy a Rusia ni me voy para siempre, pero empiezo a irme de esta casa que construiste con tus rodillas cansadas y con una boina en la cabeza. Al final vivimos juntos hasta el final, y me parece bien que haya sido así. No lo hubiera querido de otra forma.

Ojalá algún día, cuando yo visite estos ladrillos que pusiste uno sobre otro durante la década del '60, volvamos a encontrarnos para mirar otro Racing-Boca o para escucharte cantar Ruperta. No importa que yo sepa que eso no va a pasar nunca: lo que importa es que sé que vos hubieras querido lo mismo.

martes, 29 de junio de 2010

Últimos días con mi abuelo (III)

Son las once menos veinte de la noche y tengo que cuidar a Babu hasta las dos y media de la mañana. Sólo eso. Apenas tres horas y cincuenta minutos para que Tati pueda descansar un poco. Después duermo hasta las siete y voy a la facultad. No es nada. No puede ser peor que en el hospital, nunca. Son las once menos veinte y el tiempo va a pasar rápido. Ya hablé con Tamara, ya saqué las cosas de la cama para no perder tiempo después. Me traje un diario viejo, un libro de Dostoievsky de 1866 y una campaña de Racing de 2002. Esta silla es incómoda, pero podría ser peor. La luz del velador alcanza. Además, hace mucho que tenía ganas de leer.

El suero, chequeo el suero. Treinta y cinco gotas por minuto, me dijo Albert. Ya aprendí a calcularlo con sólo tres gotitas. Tienen que correr a los segundos. Cada dos segundos, la gotita tiene que acercarse un poquito al ruido del segundero. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Perfecto. Si la gotita cae más rápido, pero parecido, perfecto. Víctor se va a alimentar como debe ser.

Levanto el almohadón y me fijo que esté bien la aguja, que nada se mueva. El que se mueve es Babu, como si tuviera una pesadilla permanente, como si dormir ya no estuviera dentro de las acciones que puede realizar. Dale, Babu, dormí. Dale, Babu.

Agarro el libro de Racing, leo un recorte del 3-2 a Gimnasia. No me puedo concentrar porque Babu se mueve. El suero, chequeá el suero. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Está bien. Babu mueve el brazo derecho, el izquierdo sigue abajo del almohadón, la aguja está bien agarrada con cintas. Tranquilo, Martín. Nada va a salir mal.

Miro el libro de Dostoievsky (él también es ruso) y la miro a Baba a mi derecha, sola en una cama que no es la suya. Pienso que ella sí está durmiendo, pienso que Tati sí está durmiendo, que Elvi y Albert sí están durmiendo, que es hora de que todos descansen. Pienso que esta vez, viejito lindo, nos toca a nosotros dos, como en el hospital, como tantas veces nos tocó. Si vos no dormís, yo tampoco, Babu. Estoy acá para que estés mejor, estoy acá para que el suero te haga bien. El suero, Martín, chequeá el suero. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Está bien. Todo va a estar bien.

Tiene una mano fría, tiene las dos manos frías, le tapo una, le acaricio la otra, despacio para no despertarlo. No duerme, pero tampoco está despierto, y cada vez que susurra "¡oooy!", cada vez que se queja del dolor, me duele también. Tanto, tanto, tanto. Yo estoy acá, gordito, ya va a pasar.


A las tres hay que poner la pastilla en el suero, la del dolor. Pienso en vos y en que no estés. Miro a Fanny. Fanny sí duerme, y está bien. Dale, viejito, descansá. No toqués la sonda. Dale. Dale.

"¡Oooooy!" de nuevo, más alargado, y los ojos que se te abren. Babu se está despertando y trata de mirarme pero no me ve. Le susurro que "soy yo, soy Martín", pero no escucha. Miro a Baba, le pido perdón con la mirada y hablo más fuerte. "Soy yo, Babito, estoy acá con vos". Y le acaricio la cara y los ojos se me llenan de lágrimas.

"Ay, Martín...", me dice. "Ay...", y me mira sin verme. No quiero que Baba me vea llorando. Nadie tiene que ver llorar a otro. "Ya te vamos a dar la pastilla, gordito. Tratá de dormir". Me doy cuenta de que tengo el libro en la mano, abierto en las hojas del 3-2 con Gimnasia. El suero, Martín, el suero. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Está bien.

Baba sí duerme, Tati sí duerme, el suero está bien, tapale la mano a Babu, dejá el libro, si igual no vas a leer. "¡Oooy!", le duele a Babu y trata de levantar el brazo izquierdo, el del suero. Y lo retengo. Me enjuago las lágrimas y pongo voz firme, porque aprendí lo importante que es el modo de hablar con Babu. Cuando le hablamos como a una persona, entiende como persona. No es un gordito, ni un viejo, ni mi abuelo. Es Víctor, es un hombre y sigue siendo un hombre, aunque yo vea que es mi abuelo y se está yendo de a poco.

"Escuchame, Víctor, esta mano no la podés mover. Tenés que dejarla quieta, ¿sí? Tenés suero, para sentirte mejor. Acá, dejala acá, dale. Tratá de dormir". Gira la cabeza para otro lado, como diciendo "voy a cumplir pero no porque me guste". Muevo más la silla, le doy un poco la espalda a Baba. Sí, el suero. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Listo. El suero se va a acabar pronto. ¿Aguantará hasta que se despierte Tati?

Otra vez Babu se mueve, otra vez no duerme, otra vez intenta levantar su zurda llena de clavos desde aquella vez que se cortó los dedos con una sierra. Otra vez le sostengo la mano para que no la mueva. Yo lo miro y él intenta mirarme, pero ya no ve, y me pregunto por qué tengo sostenerle la mano, qué derecho tengo si él es un hombre. Por qué le retengo la mano si lo único que puede hacer es moverla, si lo único que le queda de libertad es mover la mano. Por qué estoy reteniéndole la mano como si estuviera presa, como si él no mereciera decidir por sí mismo si quiere moverla o no.

Apreto los dientes y lo dejo, dejo que mueva el brazo, y rezo con oraciones falsas para que no se le salga la sonda, para que esto no sea un charco de sangre y yo sienta culpa por no haber hecho lo que tenía que hacer. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Tengo que mirar el suero y mirar la mano a la vez. No tengo que pensar en otra cosa. Inclino un poco más la silla y choca con la cama ortopédica. Me duele el cuello, se me entumece. Que no se suelte la aguja, que no se suelte.

¿Cuándo te pasó esto, tan de a poco y tan de pronto? ¿Cuándo te me empezaste a poner así de frágil, cuándo dejaste de cuidarme vos y empecé a cuidarte yo? ¿Cuándo, Babu, empecé a retener estas ganas de llorar y abrazarte, estas ganas de pedirte que no, que no te vayas, que no estoy listo para verte morir? ¿Qué te duele, cómo te duele, por qué ya casi no lo podés decir? Se me entumece el cuello porque se te entumece el cuerpo, y otra vez tu "¡Oooy!", y decido agarrar tu mano, tratar de dejarla quieta un segundo. Me doy cuenta de que no estoy pestañando. Y el suero, no miré el suero.

Tic, tac, cayó. Tic, tac, tic, cayó. Tic, tac, tic, tac, cayó. Tic, tac, tic, tac y no cae. El suero, arreglá el suero, Martín. Abrilo un poquito, muy poquito. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac. Ahora sí.

Me pregunto si voy a volver a afeitarte, si voy a volver a escucharte, si voy a volver a verte sonreír. Tengo un nudo en la garganta y no quiero hacer ruido para no despertar a los que sí duermen. Porque sé que vos no dormís, Víctor. Se que estás navegando entre tanto dolor, entre tanto pasado y entre tantas preguntas. Y miro el suero y miro el brazo y quiero acariciarte y quiero llorar. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac.

"¡Ooooy!", me seguís diciendo cada vez con menos fuerza, cada vez con menos ganas de vivir. Lo sé. Faltan horas para poder darte una pastilla y movés el brazo de nuevo, y miro el suero de nuevo, y miro tus ojos de nuevo, ojos que ya no pueden ver pero sí pueden llorar. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, tac, cayó. Tic, cayó, tac.

Miro el reloj y apenas pasaron cinco minutos. Cinco minutos. Son las once menos cuarto de la noche y tengo que cuidar a Babu hasta las dos y media de la mañana. El tiempo va a pasar rápido. Seguro.

viernes, 14 de mayo de 2010

Últimos días con mi abuelo (II)

Los milagros cambian de forma. Se adecúan a nuestra edad, a nuestras ideas y también a nuestra realidad. Hoy, mi milagro tiene las manos de mi abuelo.

Lejos, a semanas de distancia del milagro de la recuperación, de la salud, de la supervivencia, mi milagro es ver a Víctor sobre ruedas, bajo el sol, sonriendo. Habiendo tantos milagros celestiales, sí, elijo uno tan terrenal. Uno que parece cada vez más milagro.

Hoy mi abuelo se sentó una, dos, tres veces. Llegó a levantar la frente, a balbucear un "parece que sí". Se redescubrió sentado, alto como antes, mirando al mundo en vertical. Se tocó sus orejas, su nariz, su pelo. Se alimentó de su propia emoción mientras yo era espectador privilegiado de su vida. Víctor, hoy, siguió soñando.

Por unas horas, por unos días, quizá por todo este año fatal que me nació invertido, mi milagro no será volar, ni justicia, ni barniz. No será social, ni complejo, ni gigante. Mi milagro será el mismo que sueña este hombre que nació hace 84 años, que se sentó tres veces y gracias al que, hoy y pese a este insulto de la realidad, puedo soñar milagros.

viernes, 23 de abril de 2010

Últimos días con mi abuelo

Los ojos de Víctor tienen 84 años y me van despidiendo de a poco. Cada vez que lo veo, lo escucho, lo toco, le digo un chau silencioso, ahogado. Víctor sigue sin leer en voz baja, sigue haciendo bromas elegantes, sigue escuchando los partidos de Los Andes en su radio a pilas. Sólo que cada vez que me mira puede ser la última vez.

Mi abuelo no se murió de golpe: se muere cada día. Empezó a morir en mis brazos una tarde de enero sin que yo llegara a sospechar que tanto, o que tan poco, faltaba para el final. Mi abuelo se parece tanto a mi abuelo que siento miedo de pensarlo siempre así: tan frágil, tan temeroso, tan amigo.

Mi abuelo es carpintero y albañil, y un poco jardinero, y un poco jardín. Mi abuelo construyó mi casa con sus manos, con ésas que hoy tiemblan y duelen y sienten insoportable el peso de una cuchara. Mi abuelo antes podía comerse al mundo y hoy ya no puede masticar.

Mi abuelo me enseñó a atornillar y a pintar y a cantar canciones del pasado. Él no es una persona especial ni mágica: la cercanía de la muerte no tergiversa la realidad. Ni este nudo, ni esta enredadera en el cuello, ni ésas lágrimas atragantadas a la medianoche en un hospital. Es que cuando el milagro es la muerte, dejamos de creer.

Mi abuelo es un cuerpo que se extingue y un hilo de voz filoso que se clava en todo aquello que no queremos ver. Mi abuelo es el temor a no vivir con descaro, a no arriesgar el pecho por aquello que en verdad soñamos, por aquello que en verdad amamos. Mi abuelo me mira y en sus ojos asustados también me veo yo.

Los ojos de Víctor tienen 84 años y me van despidiendo de a poco. Cada vez que lo beso, lo acaricio, le sonrío, le digo este chau triste, desesperanzado. Víctor sigue machucando sus fuerzas, sigue caminando bajo la nieve, sigue viajando en barcos y barcos y barcos en busca de un futuro mejor que ya no va a llegar. Sólo que cada vez que me mira puede ser la última vez.

sábado, 13 de marzo de 2010

Primera persona: soy boliviano

Me llamo Marco, tengo 27 años, soy boliviano. Nací en Oruro, vivo en Villa Celina y acabo de escuchar otra vez el mismo chiste. 

—A Celina le dicen rulemán, porque está lleno de bolitas. 

Es buenísimo, tanto como este otro: 

—¿En qué se parecía Pinochet a Racing? En que llevaba personas a los estadios para torturarlas.

Serían chistes geniales si fueran contados por personas dignas, personas que no estuvieran a favor de torturar, que no se creyeran superiores a otras por el lugar de nacimiento.

Soy Licenciado en Comunicación Social, trabajo, leo a Tolstoi y a Dolina, tengo documentos, uso forro durante mis relaciones sexuales, nunca tiré cáscaras de mandarina en un lugar que no sea un tacho. “Vos sos la excepción”, me dice Fabio, un compañero de facultad (estudio Historia). 


Fabio es argentino y es estúpido, pero no por eso creo que todos los argentinos sean estúpidos.

Existen bolivianos ignorantes, agresivos y sucios. También existen alemanes, canadienses y suizos ignorantes, agresivos y sucios. También hay argentinos así.


Mi novia se llama Anahí y vive en Caballito. La conocí en la UBA. Salimos desde hace menos de un año y ya sumamos diecisiete lugares a los que no pudimos entrar. Diecisiete. ¿Por qué? Porque tengo mucha pinta de boliviano. 


Al principio sentía que si no me enojaba, si no agredía al tipo que me estaba prohibiendo el paso, Anahí iba a pensar que yo era poco hombre. La tercera vez que nos pasó (en un barcito de Palermo, creo), me dijo: “No vale la pena ir a lugares manejados por gente tan hueca”. 

Anahí es argentina y hermosa. Sin embargo, no por eso considero que todas las argentinas sean hermosas.

Soy boliviano y me encanta haber nacido en el mismo país que el escritor Ramón Rocha Monroy (“La felicidad sólo admite una estética: haberla perdido”), que un político como Andrés de Santa Cruz, un pensador como Carlos Medinaceli, una escultora como Marina Núñez del Prado, un futbolista como Jaime Moreno. Ellos no fueron ni son ignorantes, agresivos ni sucios. Y sin embargo (léase como una ironía, porque algunos bolivianos sabemos qué significa ironía) son bolivianos.

Más que el chiste sobre los rulemanes, me divierte haber nacido en dos países a la vez. Al menos eso creo cuando me gritan boliguayo: me indican que he nacido tanto en Bolivia como en Paraguay. Y que poseo las características de unos y de otros. No sólo todos los bolivianos somos iguales: además nos copiamos de los paraguayos.

A través de un comentario que leí en Internet aprendí mucho sobre mi vida:


“Basta de permitir que se nos enquisten los bolivianos!!! Están comprando los mejores negocios, propiedades, vehículos, etc. Con su bajo perfil y cara de inocentes recorren las picadas y hullas de las fronteras pasando merca y blanqueando la plata. vayan un día al hospital y miren la cantidad de gente que hay en las salas de espera el 80 % es boliviana y que hacen? se atienden gratis, piden remedios, leche gratis y afuera los espera el marido con una Toyota 4x4 nueva.

Si estos bolivianos tienen tantas propiedades, casi todos los taxis, camiones, mercados, empresas, etc. porque siguen haciéndose los indigentes para seguir consiguiendo tierras, servicios, medicamentos GRATIS!!!!!


Es verdad que trabajan muchas horas por dia, pero los trabajos que realizan son malos, sin calidad y después cuando se van a sus casas siempre se llevan algo (una canillita, un poco de cemento, pedazos de hierro, etc), todos los días y después de un tiempo usurpan terrenos y con todos estos materiales (que se roban tipo hormiga) construyen piezas”.


A veces me sorprendo a mí mismo: resulta que tengo negocios, propiedades y vehículos y no me enteré. No sólo paso merca por las fronteras (la última vez que atravesé una frontera tenía 5 años) y voy a hospitales a pedir leche gratis (las habré guardado en el ropero, porque en mi heladera no veo ninguna), sino que ¡tengo marido! (al menos me espera con una 4x4). 

Por último, ya con mi marido acostado al lado mío, me entero de que robo elementos laborales. Debo ser un genio, porque no sólo encuentro canillas y cemento todos los días en la redacción de la revista en la que trabajo, sino que con canillas y un poco de cemento construyo piezas. Y todo eso por ser boliviano.

Sin embargo, por este comentario posteado en Internet no considero que los argentinos discriminen o sean groseros, que se crean superiores o no asuman sus problemas. Lo único que comparten todos los argentinos, en Argentina lo saben bien, es ser argentinos. Y lo único que compartimos todos los bolivianos, a veces con orgullo inmenso, es ser bolivianos.


Publicado en http://www.campananoticias.com.ar/ en febrero de 2010

martes, 16 de febrero de 2010

Primera persona: soy ladrón

Por Martín Estévez

Me llamo Ignacio, tengo 17 años, soy ladrón.

Soy ladrón aunque nunca quise serlo. No lo era cuando vivía en casa con mi vieja, con mi viejo, con Mica. Soy ladrón porque quiero a Mica con toda mi alma, porque quiero que Mica me quiera. Mica es mi hermana, tiene 5 años y sonríe más lindo que nadie en el mundo.

Hasta hace poco podía dormir. Hoy es la primera noche en la que no tenemos dónde. ¿Sentiste mucho frío alguna vez? Esperando un colectivo, caminando, donde sea. Ese frío que duele, que lastima. Ese frío, mucho frío, lo sentí durante toda la noche. No dormí. No puedo pensar. Tengo frío. Estamos en la calle. Mica y yo. Y mi viejo. Tengo cartón encima y acabo de descubrir que el cartón no abriga. Mica está tapada con toda la ropa que conseguimos. Duerme temblando.

Mi viejo dice que van a ser unos días. Que pronto vamos a tener dónde ir. Yo voy encontrar un trabajo y a sacarnos a todos de acá. No un buen trabajo: un trabajo. Cualquiera. No me hace falta pedirle monedas a nadie. Y no voy a dejar que Mica lo haga, nunca.

En sexto grado fui abanderado. Ese día mi vieja vino a verme. Fue la última vez que la vi sonreír antes de morirse. La de matemáticas me decía que tenía un montón de futuro. Pero eso no le importa a nadie. Cortar el pasto, pasear perros, atender un kiosco: parezco no servir para nada. No consigo ni un estúpido trabajo. Ninguno.

Van 23 días pero parecen muchos más. Mi viejo empezó a juntarse con unos tipos en otro lugar y aparece borracho, insulta, se va. Me pregunto de dónde saca lo que toma. Ya ni habla de irnos de acá. Pedí monedas durante unos días y recibí cientos de “andá a laburar”. ¿Dónde, dónde consigo un trabajo que me saque de acá?

Cada vez me siento más sucio: aunque me bañara durante una semana no me sacaría esta mugre de encima. Mica sí consigue algunas monedas pidiendo. Las suficientes para no morirnos de hambre. Ella me mantiene y yo me siento un inútil. ¿Qué diría la de matemáticas si me viera ahora?

Tengo algunos amigos por acá. Me dicen que hay que aspirar y robar. Que es la única forma. Que tarde o temprano voy a darme cuenta. Pero yo no voy a robar nunca. No soy como ellos. Y la única vez que aspiré pegamento, Mica me vio y se puso a llorar. No voy a volver a hacer llorar a Mica. Nunca, nunca más.

¿Cuántos días van? ¿60? ¿70? ¿Mil? Es igual, esto no tiene fin. No sé dónde está papá. Rodri, el pibe que dormía acá a la vuelta, se juntó con una bandita y ya tiene dónde dormir. “Dos veces por día”, me dice. “Manoteás dos carteras, dos bolsillos, lo que sea, y ya está, tenés techo y algo para morfar”, me dice. “Nunca maté a nadie, el arma ni siquiera está cargada”, me dice.

¿Vos qué harías? ¿Qué harías si no podés dormir por tanto, tanto frío? ¿Qué harías si sabés que no podés bañarte, si comés sólo a veces, si Mica ya casi no sonríe? ¿Qué harías? 


Yo no voy a robarle a nadie. No voy a hacerlo. Voy a sacar a Mica de acá y voy a poder mirarla a la cara. No voy a robarle a nadie. Nunca.

Necesito 40 pesos. Sergio dijo que por 40 pesos consiguió esa frazada increíble con la que duerme. Que puede conseguirme una. Desde que la tiene, Sergio duerme de otra manera. ¿Yo? Yo ya ni duermo. Cada vez hace más frío y no siento las manos.

Anteayer, antes de que amanezca, pasó una vieja y no me vio. No sé que buscaba, sacó la billetera. Sólo tenía que sacársela y correr. Ni empujarla, ni asustarla: sólo sacarle la billetera y correr. Y Mica hubiera dormido abrigada y sonriendo. Hoy Mica cumple 6 años. La vieja parecía inmóvil con toda esa plata en la mano. Se me pasaron mil cosas por la cabeza. Mica, y mi abuela, y Mica, y ser ingeniero, y toda esa gente mirándome con miedo, y mi vieja, y Mica. No pude. No le robé. Nunca voy a hacerlo. No voy a drogarme ni a robar ni a hacer nada que no pueda explicarle a Mica cuando sea más grande. Perdón, Mica, por no poder regalarte nada en tu cumpleaños. Perdón por tanto, tanto frío.

Anoche no sólo llovió: anoche hizo más frío que nunca. No es que yo lo haya sentido, para mí todos los fríos son iguales. Me di cuenta porque fue la primera noche que Mica no durmió. La abracé, le hablé, la tapé con todo lo que tenemos, pero sentía sus hombritos temblar y sus ojos parpadeando. Mica no durmió en toda la noche. No es un segundo de verla sufrir. Son dos, tres, cuatro. Diez, once, doce. Cien, doscientos, trescientos. A cada segundo, Mica temblaba. Mil, dos mil, tres mil. ¿Cuántos segundos dura la peor noche de tu vida? Que salga el Sol. Que salga el Sol para que Mica deje de temblar. Es la primera vez que lloro desde que murió mamá. Perdón, Mica. Perdón.

Son las once de la noche y Mica está pálida. Hace tanto, tanto frío. La dejo con Natalia, un ratito. Natalia sabe que no tiene que fumar delante de Mica. Le hace mal. Me duele mucho la cabeza. Tengo las medias mojadas y van a tardar años en secarse. Me pica el cuerpo. Todo el día pensando en Mica, en sus ojitos sin dormir. ¿Cuánto hace que no sonríe? Necesito 40 pesos. Tengo 12 y los voy a gastar pronto para que Mica pueda comer. Nunca voy a llegar. 40 pesos no significaban nada antes. Pero, ¿cómo los conseguís cuándo no tenés nada para ofrecer? ¿Cómo?

Son las once y media y ese tipo que habla por celular tiene plata en la otra mano. Y está distraído. Mica. Creo que no me vio. Me acerco rápido. Mica. Sólo un manotazo, lo que salga y correr. Mica. Mica. Mica.

“¡Hijo de puta, chorro hijo de puta! ¡La puta que los parió, son todos iguales, negro de mierda! ¡Chorro!”.

Escucho los gritos del tipo y sigo corriendo. Freno, estoy agitado. 76 pesos. Mica va a comer y va a dormir sin frío. Me tiemblan las manos, el cuerpo, tengo la vista nublada. Pienso en mamá, en mi viejo, en la de matemáticas. Siento tanta vergüenza, y miedo, y dolor.

Me llamo Ignacio, tengo 17 años y, desde hace exactamente veinticinco segundos, soy ladrón.


[ Texto publicado en campananoticias.com.ar durante octubre de 2009. Luego fue editado por Etiopía Cultura Libre, que lo regala en diversos eventos culturales. ]

jueves, 21 de enero de 2010

Primera persona: soy maestra

Me llamo Silvia, tengo 46 años, soy maestra. Recién escuché en la tele que alguien decía “los maestros no quieren trabajar”. Sonreí. Sonreí pese a mi cadera.

Soy maestra pese a que mi mamá quería que fuera contadora, o algo relacionado con los números. Soy maestra porque así lo soñé desde muy chica. Soy maestra porque no deseo ser otra cosa.

Soy maestra aunque podría ser secretaria (de hecho lo fui), aunque podría ser directora (de hecho lo fui), aunque podría ser inspectora (de hecho pude haberlo intentado). Soy maestra porque quiero que me quieran.

Empecé con los grados más chicos, de 1º a 3º, y luego decidí trabajar en jardín de infantes. Recuerdo, lo juro, cada uno de los grados y salitas que tuve. Y los informes que recibía del director antes de tomar un grado, como aquel 2ºC: “Acá hay uno que lee interpretativo y una que lee corriente; con el resto, hacé lo que puedas”. Ése año logré que los 26 terminaran leyendo.

Juro que cuando algún grupo quiere escaparse de mi memoria cierro los ojos y los veo formados en el patio o sentados en el aula. Recuerdo la timidez de Yanina, la historia de Moisés, la sonrisa dulce de Violeta. Recuerdo a muchos de sus padres, y que al conocerlos entendía por qué ellos eran como eran. Ellos: Violeta, Moisés, Yanina. Ellos.

La vida no me pareció fácil. Bastante cruel, en realidad: mis padres murieron jóvenes, mi marido sufrió una enfermedad complicada y me costó muchísimo tener hijos. Justo a mí, que sólo sé quererlos y enseñarles y extrañarlos. Adopté a Candela y hoy, cuando la veo crecida y hermosa, entiendo que por algo, por algún extraño motivo, las cosas suceden, incluso pese a tanto dolor. Y no me refiero a mi cadera.

Sufrí mi historia familiar y también sufrí cuando fui designada directora. No porque no me hayan pagado durante ocho meses por cuestiones burocráticas: sufrí porque creía que si tenía más responsabilidades iba a poder cambiar las cosas. Pero me sentí presa de una política educativa que no existe, supe que tendría que seguir lineamientos con los que no estaba de acuerdo y además estaba un poco más lejos de ellos: de Violeta, de Moisés, de Yanina.

Estar lejos de ellos, de lo que deseo hacer, me duele. Desde marzo, esta maldita cadera no me deja en paz. “Licencia médica”, me dijeron. Entonces comenzaron los masajes que cubre la ART, y masajes que me pago yo, y cuidados, y el deseo de volver pronto, de volver ya. Tanto levantarlos, tanto agacharme para estar más cerquita de ellos, tanto quererlos tuvo un precio. Y ahora, mientras limpio mi casa con movimientos casi robóticos para curarme pronto, mientras ayudo a Candela a estudiar, mientras me siento culpable porque el Estado me paga un sueldo sin que yo haga nada, mientras deseo rabiosamente volver a ponerme el delantal, escucho a alguien que dice en la tele “los maestros no quieren trabajar”. Y sonrío. Porque pese a mi cadera, pese a tanto dolor, volvería, una y doce mil veces, a ser maestra.


(Publicado en http://www.campananoticias.com durante octubre de 2009)

viernes, 15 de enero de 2010

Tamara (aunque ella prefiera otro título)

Yo, que mentí tantas sonrisas, te estoy sonriendo así. Tantas veces con la ropa tan arreglada, con el pelo tan acomodado, con tanto miedo en cada detalle. Tanta sonrisa de mentira y ahora te estoy sonriendo así. Vos, dormida como si nunca hubieras dormido, como si nada de lo que te pasó en la vida te hubiera atravesado como un cuchillo. Vos dormida, y Maga entre nuestros pies, y el libro que leemos cada noche, y esta sonrisa que te sonrío.

Yo, que pensé que todo tenía que doler tanto, te estoy sonriendo así. Tanto sufrimiento acumulado, tanto fracaso sin fuegos artificiales, tanto estruendo que quiso dejarme sordo. Tanta sonrisa de mentira y ahora te miro de costado, mis ojos sobre mis hombros, tus ojos sobre esa almohada que me prestarías si te la pidiera. Vos dormida, y el Universo afuera, y el sueño que no soñamos en mi sonrisa. Esta sonrisa grandota que te sonrío.

Yo, que ahora entiendo que las más sinceras son las sonrisas que nadie ve, las que se te escapan como el conejo de la infancia, las que no vuelven nunca más. Yo, que siempre forcé tantos amores sin fuerza, que inventé tanta irrealidad, te estoy sonriendo como si sonriera por primera vez. Yo, mientras vos estás durmiendo, estoy al lado tuyo, despierto, vivo, feliz.

martes, 12 de enero de 2010

Historia Universal, capítulo 10: Imperio Romano

Imperio Romano (30 a.C. - 395 d.C.)

¿Qué le festejamos al Imperio Romano? ¿Su capacidad de masacrar inocentes? Puta madre, nuestra Historia Universal está repleta de asesinos y vacía de sensibilidad. Puta madre, nuestro presente está repleto de asesinos y vacío de sensibilidad.

Nosotros, los refutadores de leyendas de Campana, estamos a favor de la muerte. Básicamente, porque le tememos a la inmortalidad mucho más que a la muerte. Eso sí: siempre y cuando la muerte nos llegue con aviso, con signos de vejez, con ganas de olvidar.

Nosotros, los hombres sensibles de Lomas, sentimos en cambio que ya hemos muerto muchas veces.

La primera, al saber que todos moriremos alguna vez, lo que Miguel de Unamuno definió como el sentimiento trágico de la vida.

La segunda, cuando la vida nos separó de un amigo verdadero, sincero, de un amigo, pese a todo, inseparable.

La tercera, cuando asumimos que amar con toda el alma no nos otorga el derecho a ser amados.

La cuarta, cuando ELLA nos deja por primera vez.

La quinta, cuando entendemos que nuestro día empieza cuando abrimos los ojos y termina cuando los cerramos: que estamos solos en el mundo.

La sexta, cuando un sueño que sostuvimos durante años se esfuma delante nuestro y sin explosiones cósmicas.

La séptima, cuando ELLA, esta vez la verdadera ELLA, nos deja por última vez.

Yo tengo 25 años y me morí muchas veces. A veces siento que muero todos los días: que el que abre los ojos el martes no es el mismo que los cerró el lunes. Que el que sufre por la enanita revoltosa no es el mismo que sufrió por la morocha generosa.

En lugar de morir todos los días, los militares del Imperio Romano mataban todos los días. Peor: se enorgullecían de ello. ¿Cuántos, cuántos hombres sensibles, cuántos refutadores de leyendas, cuántos Pablos, cuántas enanitas revoltosas, cuántas morochas generosas, cuántos adolescentes angustiados como ustedes, queridos floggers, fueron asesinados por el ejército romano?

César Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Flavio Vespasiano, Domiciano, Trajano, estúpidos, estúpidos emperadores del Imperio Romano, sépanlo: no los recordamos con onda, no nos caen bien, no queremos nada de ustedes. Preferimos a los floggers coloridos y con pocas ideas, preferimos a los tristes con esperanzas, preferimos a las vidas que están por venir, preferimos este sufrimiento que parece nunca terminar antes que a ustedes, asesinos, criminales, idiotas disfrazados de guerra. Todos, todos aquellos inocentes a los que mataron, tarde o temprano, volverán. Todos, todos aquellos sueños que se esfumaron por culpa de tanta muerte, tarde o temprano, se cumplirán.

(Publicado originalmente en www.fotolog.com/del0al37 durante noviembre de 2009)

sábado, 2 de enero de 2010

Historia Universal, capítulo 9: Período Helenístico

Período Helenístico (330 a.C - 30 a.C.)

¿Quién de ustedes, floggers, exhibicionistas, adoradores de ustedes mismos, se anima a leer este post? Es sobre el Período Helenístico. ¿Y eso qué es? Bue, se los digo fácil porque sé que son bastaaante brutitos: es lo más grosso que pasa en la Tierra entre la muerte de Alejandro Magno (el pobre tipo del que hablamos en el post anterior) y la consolidación del sanguinario Imperio Romano. ¿Por qué en el título dice que termina en el 30 a.C.? Es cuando mueren Cleopatra y Marco Antonio, a los que seguro escuchaste nombrar pero no tenés ni puta idea de quiénes fueron realmente. Bue: con ellos termina el período helenístico, en el que pasa de todo, pero sé que a vos no te interesa.

Yo tampoco tengo la sabiduría de los griegos. No te digo algún filósofo: ni siquiera tengo la inteligencia de los griegos medio pelo. Y así como les digo a ustedes, floggers lindas, floggers desesperados, que son brutos, reconozco que yo también lo soy. Que me mando una cagada detrás de otra persiguiendo quién sabe qué. Ustedes persiguen un gold, una firma, que les digan lo lindos que son. Yo persigo algo mucho más difícil de alcanzar, básicamente porque tiene que ver con sonreír sin tener que tragar lágrimas antes. Y no sé quién es más tonto, entonces. Si ustedes, tan asumidos de sus limitaciones, tan pero tan floggers, tan simples en sus nadas; o yo, que creo estar construyendo una cultura tan perdurable y compleja como la helenística, pero en realidad soy tan básico, tan obsoleto, tan fácil como ustedes.

(Publicado originalmente en www.fotolog.com/del0al37 durante octubre de 2009.)

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Historia Universal, capítulo 8: Alejandro Magno

Alejandro Magno (338 a.C - 330 a.C.)

Alejandro Magno quería que lo quieran. Por eso fue una de las personas más importantes de la Historia Universal. Por eso conquistó Persia, Siria, Egipto y vaya a saber cuántas regiones más. Vos, que subís fotos lindas en tu fotolog, buscás aceptación: querés que te quieran. Yo, que intento contar la Historia Universal de un modo curioso, quiero que me quieran.

Pablo va a tener un hijo y, quizá por primera vez en su vida, tiene más ganas de querer que ganas de que lo quieran. Cuando conseguimos eso, serenarnos un momento, dejar de subir seis fotos por día, o dejar de manipular a los que nos quieren, o escribir sin sentido usando de excusa a Alejandro Magno, entonces somos un poquito mejores como personas. Somos más verdaderos.

El amor romántico es distinto. Mi prima Chuna dice que es una mierda. Vani citó a alguien para insistir con que "el amor es muy puto". Yo siempre sostuve un romanticismo idealista, pero se me anda cayendo por el piso. Demasiado fracaso, demasiado dolor, demasiada estrategia que no sé manejar. Mi primo Matu me jura: "Tarde o temprano llega el amor que tiene que llegar, el que le da sentido a tanto fracaso, a tanto dolor". Me abrazo a esa idea, todavía. No porque me la crea mucho: la abrazo porque me permite seguir viviendo, seguir sonriendo, seguir escribiendo en este fotolog.

Yo no le creo mucho a Alejandro Magno, ni lo respeto. Me parece que era un tipo muy necesitado de amor y no lo tuvo nunca. Cuando exageramos nuestras acciones hasta el infinito para ser queridos, tenemos un problema. Porque debemos empezar por nosotros mismos: por querernos, por respetarnos.

Adivino el miedo de Vani, entiendo la angustia de Chuna, pero creo que tarde o temprano tenemos que ser Pablo o Matu. Aquellos que decidimos afrontar la verdad, los que no nos dedicamos a conquistar el mundo o a manipular personas que nos quieren en la inmensidad, los que no tapamos nuestros vacíos con cadáveres ajenos, tarde o temprano tendremos más ganas de querer que de ser queridos. Tendremos más ganas de tener un hijo, de ser felices, que de sentirnos importantes. Lo que nunca le pasó a Alejandro Magno. Ojalá podamos, Chuna. Ojalá podamos, Vani. Ojalá podamos.

(Publicado en www.fotolog.com/del0al37 durante septiembre de 2009.)

jueves, 12 de noviembre de 2009

Historia Universal, capítulo 7: Grecia clásica

Esplendor Griego (500 a.C - 338 a.C)

Dudo que alguien lea esto. Básicamente porque a vos, chica gold que sólo querés tener mil firmas en un minuto, chico flog que sólo quiere levantarse chicas gold, no les importan tres cuernos Pablo, la Historia Universal ni yo. Pero sepan que en algún momento no alcanza con que te effeen, no alcanza con que 50 tipos se baboseen viendo tu imagen, no alcanza con subir fotos copadas de una fiesta donde la pasaste como el orto.

En un momento necesitás dar un paso adelante, necesitás que Marina te mire de un modo que nunca antes te había mirado, necesitás abrazar a alguna mujer pensando nada más que en abrazarla, por cara de galletita o por violinista o por sonreír tan lindo.

Alguna vez, Grecia necesitó dar un paso adelante y lo dio, y a eso se le llama el período clásico. Ahí los tipos empezaron a pensar el mundo, ahí la filosofía los abrazó para no soltarlos nunca más. Grecia no era el paraíso que nos pintan, pero sí era un lugar mucho mejor que los que existieron antes.

Ustedes, chicos y chicas de fotolog, son la Grecia arcaica, básica, militar, burda. Aunque a veces sus fotos sean las más hermosas (especialmente las de algunas chicas, lo reconocemos). Pablo, y Marina, y la vida que está por venir son la Grecia clásica, la que tiene alma, la que decidió dar un paso adelante.

¿Yo? Yo soy un viajero temporal que aún no encuentra lugar ni era. ¿Yo? Yo sigo siendo, desde el Big Bang, el que espera un milagro.


(Publicado en www.fotolog.com/del0al37 durante septiembre de 2009, después de enterarme de que un amigo inmenso iba a ser papá y antes de vivirlo.)