sábado, 27 de octubre de 2012

Rodolfito

Por Martín Estévez

En el año ’94, Tati compró nuestro primer equipo de música con una novedad inmensa: la posibilidad de escuchar compact discs. En mi familia todavía se ríen de la pregunta de Gaby la primera vez que vio uno: “¿Y esto cómo se rebobina?”. Días después me regalaron mi primer disco: El amor después del amor, de Fito Páez.

Mi admiración por Fito había nacido dos años antes, cuando Mati bajó las escaleras con el cassette de El amor después del amor y lo puso para ver si me gustaba.

Me rompió la cabeza.

Yo tenía 8 años y no capté ni por casualidad las alegorías, metáforas e intertextos de las letras, pero me sentí fascinado. Los ojos se me quedaban fijos y mi cabeza, siempre tan grande e inútil, entraba en una dimensión de supermarkets, AZT’s, círculos de baba, mandalas y Gibson Les Pauls. 

No tenía ni puta idea de qué eran esas cosas, pero me excitaron el cerebro. Hubo algo en la melodía, en la voz, en esas catorce canciones que me transportó a un lugar que nunca había visitado hasta entonces. Sí: estaba conociendo a la música.

Me grabé el cassette en un TDK y lo escuché tanto que, cuando Gaby y Tati quisieron comprarme mi primer CD, ni tuvieron que pensar cuál debía ser. Y así, un tipo empezó a escurrir su voz entre mis ropas, entre mis amigos, entre mis tristezas. Desde hace ya veinte años, este tal Fito Páez es tan parte de mi vida como mi mano izquierda.

No soy su fan, no lo considero perfecto. Incluso algunas de sus canciones me parecen menos buenas que otras. Pero no puedo negarlo: aunque me inyecté en los oídos cientos de otros músicos, ritmos y sonidos durante estas dos décadas, es Fito quien está componiendo la banda sonora de mi vida.

En el secundario, con Nico cambiábamos las letras de sus canciones para transformarlas en futboleras. Veamos un ejemplo. Si El diablo de tu corazón decía:

¡Buenos Aires, sí, sacate el diablo de tu corazón!
Porque aquí en todas partes hay pibes en el balcón
También hay pibes en un cajón
Hay mucha rabia suelta, y angustia, nena
¡Y hay mucha, mucha desesperación!

Nosotros cantábamos:

¡Academia, sí, sacate el miedo de la promoción!
Porque aquí por todas partes hay pibes de Selección
Pibes que dejan el corazón
El Chanchi está de vuelta, y las redes llena
¡Bastía es lucha y recuperación!

Un poco más osada era la conversión de Lleva. La canción original dice en su parte más hermosa:

Llevame vos, llevo mucha nada en la valija
Llevarlo es preciso para amar
¡Llevame como yo te llevo!
Under, así, liviano
Llevame el fuego, no lleves mal.

Y nuestra traducción racinguista era:

Llevala vos, Chatruc, vos siempre sos una fija
Llevala vos, sos preciso y sos un crack
¡Sessa, que buen corte de pelo!
“Bajen, Lux, Green y Arano,
si yo no llego”, gritó Bressán.

No sólo marcó mi amistad con Nico, sino muchas otras relaciones. Conocí a Vanina porque su nick en el messenger era: “El tiempo a mí me puso en otro lado”, frase de Al lado del camino. Y esa canción representa mi vínculo con Pablo aunque no sepamos por qué. Tamara odiaba a Fito pero terminamos cantando juntos El cuarto de al lado. La última planta que me regaló Melisa dice en su maceta: “El tiempo cuenta al final lo que valió la pena”, un extracto de Limbo Mambo. Y otro Pablo de mi vida, Aro Geraldes, hasta se parece físicamente a él.

Mientras fui creciendo, descubrí que las palabras raras de sus canciones (hash, art decó, voyeur, requiem, Jobim, steady cam, Kubrick, Chagall) en realidad existían; y cada vez que me aprendía una, sus canciones se resignificaban. La semana pasada, sin ir más lejos, leyendo un número de Orsai descubrí que macoña, eso que menciona en Ojos rojos, es el nombre que recibe la marihuana en Brasil. ¡Ahora entiendo, viejo!

Quiera o no quiera, sus frases están todo el tiempo en mi cabeza, asegurándome que “nada nos deja más en soledad que la alegría si se va” y que “lo que perdemos lo volvemos a amar”, aconsejándome que “no dificulte la llegada del amor” y recordándome que “nadie nos prometió un jardín de rosas”. 

Fito, Fito, Fito. Camino por Oliden tarareando Soy un hippie, me anudo la garganta escuchando Las palabras encerrado en casa, adoro Un vestido y un amor al repasarla en silencio, grito la letra de Sable chino mientras escribo este texto. Canté tanto sus canciones que a cualquier tema, aunque sea de Valeria Lynch, termino cantándolo con su voz. Los que me conocen saben que no es chiste.

Está tanto Fito en mi vida que lo tienen incluso acá arriba, en el nombre de este blog: Palabras enreveradas es antes que nada un homenaje a él, que inventó la palabra “enreverado” en la gloriosa Al lado del camino.

Se supone que este texto viene a cuento de que se cumplen veinte años desde que compuso El amor después del amor, y de que me emocioné escuchándolo en el Planetario. Pero podría haberlo escrito ayer o mañana, a los 10 años o a los 37, porque Fito es un tipo que desde hace dos décadas es parte de mi vida cotidiana y de mis giros, de mis mañanas entusiastas y mis noches melancólicas, de mis euforias y mis despedidas, de mi viejo mundo y de mi mundo de hoy, de mis hermosos buenos tiempos y de mis más dolorosas e inolvidables tumbas de la gloria.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Terapia infantil

Por Martín Estévez

La primera vez que fui a una psicóloga tenía 10 años. Me da mucha vergüenza contar esta situación, pero necesito exorcisarla. Un lunes me desperté a las 7:30, corrí a la cocina y les pregunté a mis abuelos dónde estaba mi mamá. Cuando respondieron que, como siempre, se había ido a trabajar, me largué a llorar. Y no paré.

Ojalá supiera el motivo, pero no lo sé. Sólo sé que lloré y lloré y lloré durante horas. Sin gritos, ni quejas, ni palabras: sólo lágrimas. Fanny y Víctor estaban viviendo la pesadilla que habían imaginado: Martín, el más pequeño de sus cinco nietos, por fin había enloquecido.

Enseguida me encerraron en la pieza para que nadie se contagiara. Yo los escuchaba hablar detrás de la puerta, pero sólo podía llorar. No reclamaba amor, ni regalos, ni faltar a la escuela. Lloraba con la mente en blanco, o demasiado llena de colores para distinguir alguno. La cosa se estaba poniendo fulera.

–Gaby, decile a Martín si quiere jugar diez minutos a la pelota, antes de que vayan al colegio –le dijo mi primo a mi hermana.

–No, Mati, me parece que Martín no va. Está encerrado en la pieza llorando –respondió Gaby mientras se peinaba.

–¿Que qué? –se sorprendió Mati y, sin pensarlo, abrió la puerta con valentía.

Levanté la cara de la almohada y quedó petrificado. Nos miramos fijo. Intentó decirme algo, preguntarme, darme ánimo, pero no pudo. Con las lágrimas chorreando como una catarata silenciosa, hice un gesto lapidario. Seguro supo codificar el mensaje: “Parece que esta vez va en serio”.

Cuando Tati intenta sacarme fotos en un momento inapropiado, debería recordar sus viajes desde el trabajo por cualquier pavada: Gaby era abanderada, Martín actuaba de Belgrano, había reunión de padres. Colectivo-tren-colectivo-escuela-colectivo-tren-colectivo. Tres horas de viaje por unos minutos de orgullo materno. Y yo, qué hijo de puta soy, me quejo porque quiere una foto justo cuando tengo ganas de ir al baño.

La hora y media de Tati hasta casa debe haber sido de las peores. Cuando llegó y me preguntó qué pasaba, no tuve nada para decirle. Seguí llorando. Ella también sintió ganas de llorar, pero se contuvo. O tal vez lloró como lloran las buenas madres: con tanto disimulo que ni nos enteramos. Pasaban las horas y nos mirábamos con impotencia. Me apretó las manos en silencio y me miró, gesto que traduje como:

–Si no sé qué te pasa, no tengo idea de qué puedo hacer.

Le respondí moviendo los hombros, lo que significaba:

–Tengo 10 años, ¿cómo querés que lo sepa?

Probablemente ya era de noche cuando aparecieron las palabras salvadoras. A esa altura, Tati estaba más cansada que preocupada.

–¿Y si voy a un psicólogo? –le dije mientras me sonaba los mocos.

No se crean que vengo de una familia analizada: ni uno solo de los diez que vivíamos en la casa de Oliden había ido a terapia. Ni siquiera sé cómo demonios había aprendido la palabra psicólogo. Pero Tati accedió.

La primera experiencia fue nefasta. Después de una conversación de diez minutos en la que explicamos mi caso (o sea, que no teníamos idea de por qué no paraba de llorar), una licenciada muy de mierda nos cobró cien pesos y dijo que volviera tres días después.

Cuando salimos del consultorio, la paré a Tati en la vereda y le dije: “Es mucha plata, por ahí no hace falta un psicólogo. De verdad”. Ella confió en mí y me contó lo que sentía. “Sí, es mucha plata, pero además me dio esto –abrió la cartera y sacó una receta–. Quiere que tomes estas pastillas antes de venir”. Nos miramos aterrados. “Martín, no quiero que tomes esto. No sé ni qué es”. Acabábamos de descubrir la diferencia entre una psicóloga y una psiquiatra. “No, no, pastillas no”, dije pálido. Cruzamos la avenida corriendo y nunca más supimos de la vieja ni de los cien pesos.

Al final, Tati consiguió una psicóloga sin pastillas y dentro de nuestras posibilidades económicas: la hermana de una amiga. Era una chica joven, bastante novata, que la remó como pudo.

–Contame, Martín, ¿qué hiciste ayer?

–Y... Se armó un lindo partido, con dos equipos muy parejos, hubo alguna patada de más pero ninguna tarjeta roja. Jugamos noventa minutos y nada: un cero a cero cerrado, con pocas llegadas a los arcos, doctora.

–Mirá vos... ¿y en dónde jugaron?

–En el patio de mi casa.

–¿Entraron todos en el patio de tu casa? ¿Cuántos chicos eran?

–Yo solo.

A ella le sobraban buenas intenciones pero no sabía para dónde agarrar. Pobre santa. Se le ocurrió decirme que llevara juegos de mesa para usar durante la sesión. Habíamos empezado con la ruleta hacía sólo diez minutos cuando le conté:

–Mi hermana siempre me trata mal. Eso me pone triste.

–Bueno, cuando te trate mal, preguntale con tranquilidad: ¿por qué me tratás mal? ¿Qué te hice?

Al otro día, yo estaba mirando televisión y Gaby cambió el canal para molestar. Lo puse donde estaba, pero cambió de nuevo. Y otra vez. Y otra. Diez segundos después, y no es chiste, mi hermana estaba acurrucada en la cocina protegiéndose bajo una silla de madera. Yo era un cuerpo de 70 kilos de furia a punto de pegarle mientras gritaba:

–¿¿¿Por qué??? ¿¿¿Por qué me hinchás tanto las pelotas, por qué??? ¿¿¿Por qué no me dejás de joder de una vez, pelotuda???

Por primera vez, Gaby tuvo miedo de que le rompieran la jeta. Yo grité un poco más, me largué a llorar y me encerré en el baño.

Fue la última vez que me molestó.

A los tres meses, ya estaba hinchado las pelotas de ir a la psicóloga. Y mucho más cansado estaba de no tener amigos y de no poder contarle a nadie que sufría por una chica, que mi cuerpo me avergonzaba, que el mundo que estaba fuera de las paredes de mi casa me daba pánico. Hasta que una noche todos se juntaron a cenar y yo, que lloraba en la pieza (como siempre), llamé a Tati.

–Creo que ya sé lo que me pasa –le dije.

Tati respiró hondo. No sabía si estaba por anunciarle una solución o un problema. Me preguntó qué me pasaba.

–Me siento solo.

Ella necesitaba algo concreto. Que un compañero de colegio me pegaba, que se me había perdido una historieta o que no quería ser más de Racing. Pero lo que le dije era muy abstracto y no le gustó nada.

–¿¿¿Te sentís solo??? ¿¿¿Te sentís solo??? ¡Martín, mirá a tu alrededor! ¡Somos diez personas, en esta casa no podés estar solo ni aunque quieras! –me dijo–. Yo te quiero ayudar, ¡pero no me vengas con pelotudeces!

Sí, Tati, te lo juro: dijiste pelotudeces. Igual, no te culpes ni te preocupes: no sólo te perdoné, sino que gracias a eso me di cuenta de que no podía depender de alguien para todo. Había cosas que ni Tati, ni Mati, ni mis abuelos, ni nadie podía hacer por mí. Dejé de llorar sin sentido, de llamar la atención, de esperar que alguien me entendiera siempre. Crecer, igual, dolió como la mierda.

Mi primera frase en la siguiente sesión con la psicóloga fue también la última:

–Le quería decir que no voy a venir más.

domingo, 12 de agosto de 2012

El que no arriesga, no pierde

Por Martín Estévez

Son las 6:57 del domingo. Todavía es de noche y hace frío. Estoy caminando por calles desiertas buscando un café en el que pasen el partido de básquet entre Argentina y Rusia. Tal vez debería comprarme un televisor, pienso. Hasta hoy, no había dudado del innegable beneficio de no tener tele. Pero pasan las cuadras y lo único que cruzo son borrachines volviendo de bailar.

Encuentro una remisería con un televisor prendido y pienso seriamente en pedir un auto para dos horas después, quedarme a ver el partido y cancelar el auto cuando termine. Pero no: el mejor equipo de la historia argentina define la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos y la señora de anteojos tiene la tele en Crónica. Qué indignante.

Entro en la pizzería donde comíamos con Albert y Mati después de ir a la cancha de Racing y digo con entusiasmo: vengo a ver el partido de básquet. La rubia no entiende de qué le hablo y se encoge de hombros. En silencio, me siento en la mesa más cercana a la televisión. No hay nadie más en Las Carabelas.

El partido ya empezó; pido un café y medialunas sin perder tiempo. La tele es pequeña, está muy arriba y le da el reflejo de las luces, pero el problema es otro: el sonido. No hay sonido, y lo peor es que en la pizzería suena una especie de música funcional espantosa. Nocioni pelea un rebote con ferocidad mientras se escucha Phil Collins, o una porquería así. ¿Se podrá subir un poquito el volumen de la tele?, le pregunto a la rubia con mi mejor tono de súplica. No le ponemos volumen, responde con mala cara. Qué gentil.

Cuando Argentina pasa de ganar 27-21 a perder 27-33, y a la música de dentista barato se suma el ruido de los empleados pegándole a las milanesas, decido irme. Me doy vuelta para cancelar el pedido y ahí viene ella, la desalmada que no le sube el volumen a esta tele de mierda, con el café y las medialunas. Lo tomo rápido y me voy en el entretiempo, pienso.

¿Adónde voy a ir, si no hay nada abierto? La casa más cercana es la de Tati: 25 cuadras. Si espero el 562 un domingo a esta hora, voy a llegar para los Juegos Olímpicos de 2016. Mientras la primera mitad termina 38-40, internamente le agradezco a Tamara por las veces que me prestó su tele en horarios como éste.

Si me voy a quedar, tendré que inventarme una realidad: decido relatar el partido en mi cabeza, con los gritos de las tribunas y todo. No dejo de pensar en Pablo: hago todo esto para que él crea que me gusta el básquet. Ya miraba los partidos de la Selección una década antes de conocerlo, pero era para que la mentira fuera más creíble. Yo me pongo contento al reconocer un triple de Leo Gutiérrez por la posición de sus piernas; Pablo podría reconocer a Hernán Jasen por la posición de sus dientes.

Arranca el segundo tiempo y miro alrededor buscando compañía, una mirada cómplice, pero la indiferencia es avasallante. Recuerdo un texto de Hernán Casciari en el que cuenta que, cuando Racing salió campeón, estaba solo en un bar de España. Era de madrugada y, aunque había esperado ese momento durante una vida, terminó triste. Lo entiendo: yo esperé 11 años que el Piojo López volviera a Racing, y lo hizo horas después de que una novia me dejara para siempre. Otra vez pienso en Pablo: esperó 15 años que Dálmine subiera a Primera B, y horas antes supo que su mamá tenía cáncer. ¿Cómo estará Pato después de la sesión de quimioterapia del jueves?

Cuando Argentina lo empata en 44, mi festejo ya es grotesco. Los empleados notan que están en presencia de un chiflado. Claro que, si detesto el nacionalismo, no debería desear tanto un triunfo argentino. Veo la camiseta rival y entiendo que no es nacionalismo: Rusia me recuerda a mi abuelo Víctor. Jamás le desearía una derrota. Y si jugaran Las Leonas, por ejemplo, me importaría un rábano. Si estoy acá, sufriendo este triple en contra que nos deja 44-47, es porque estos pibes parecen buena gente y juegan como hubiera querido jugar yo. Y por Pablo, claro.

Terminé el café y las medialunas hace una eternidad. La emoción aumenta gracias al falso relato. Mi sensibilidad está en llamas y un simple rebote ganado por Argentina impulsa pensamientos existenciales: debería escribir más, debería hacer cosas que me gusten.

De golpe, el desarrollo del partido empieza a influir en mi vida. Cuando Scola mete un doble que nos deja 48-49, decido pedirme una semana de vacaciones para el mes que viene. Al ver a Prigioni defender con el corazón, me prometo no hacerme mala sangre por pavadas. Alguno postulará que este partido es una pavada. Ja. Puede ser que me importe por motivos ajenos al básquet, por problemas ocultos que no puedo resolver desde hace años. Lo que quieran. Pero no es una pavada, señora de anteojos de la remisería. De ninguna manera es una pavada.

Un tal Sasha Kaun les da tres de ventaja a ellos; mi abuela me explicó que tanto Sasha como Shura, en ruso, significan Alejandro. Nunca entendí cómo es que se traduce un nombre, pero cuando Mati dibujó a un luchador ruso le pusimos ese nombre, que en alfabeto cirílico se escribe muy parecido a wypa. Está claro: no me puedo concentrar en el partido.

Cuando los rusos clavan el 48-56 y Ginóbili pierde una pelota innecesariamente, descubro que tengo las manos como si estuviera rezando y las bajo rápido. ¿Habré estado mucho tiempo así? En un partido como éste, sería bueno creer en un Dios. O podría empezar, al menos, por creer en mí. En la pizzería suena una canción odiosa de Mandy Moore, una rubia que me gustaba cuando era chico. Había conseguido anular la música en mi cerebro, pero el resultado y mis recuerdos no ayudan. Me gustaría que mi vida fuera distinta, pienso porque sí y me angustio.

Scola pelea y consigue el 50-56, entonces decido que pelearé yo también para cambiar mi rumbo. Rusia saca once de ventaja: 50-61. Se nos está yendo la medalla de las manos. Y tal vez yo nunca pueda cambiar. Odio este lugar, esta mañana, odio mi vida.

Queda 1:16 para el final del tercer cuarto y Julio Lamas, que con esos anteojos se parece a Quino, arenga a sus muchachos. En mi imaginación, el entrenador cita a Dolina y les dice:

-Muchachos, el Universo es una organización perversa donde siempre ocurre lo que uno no desea y donde todo acaba siempre en tragedia. Las fuerzas del bien son minoría y el destino apoya descaradamente a los malvados. Así que no se preocupen, porque toda victoria es una traición.

En realidad, probablemente haya dicho:

-¡Marquen a Kirilenko, carajo!

Los instantes siguientes son casi un tratado filosófico. Con la rápida jugada de tres puntos de Manu, comprendo que en la vida no hay que dejar pasar el tiempo e intentar todo lo antes posible. Cuando Scola falla un tiro libre y Nocioni recupera la pelota con un rebote colosal, confirmo que los buenos amigos pueden ser nuestros salvadores. Facu Campazzo clava un triple tremendo a tres segundos del cierre y se me revela que la esperanza no es un artificio inútil, sino la fotosíntesis del alma.

Antes del último cuarto, Tati se despierta a 25 cuadras de distancia y me manda un mensaje para saber si estoy viendo. No sé qué le escribí, pero me respondió “tranquilo, che”. Exactamente dos segundos después, un mozo pasa cerca y me repite: “Tranquilo, muchacho”. Las manchas que me aparecen cuando me pongo nervioso deben estar pintando murales en mi cara.

La bandeja de Scola gira sobre el aro y entra. Nos ponemos 60-61 y siento que se viene otro triunfo épico. Ellos tiran libres que no pasan ni cerca, y entre Manu y Delfino empatan el partido en 64. ¡Ya los tenemos! De pronto, a 4:16 del final, Rusia toma ventaja de cinco: 66-71. ¡Marquen a Kirilenko, carajo!

Chapu Nocioni acierta un triple bestial y Manu, con 2:44 en el reloj, nos pone 72-71. Ya estoy sobre el mostrador, pegado a la tele. Me alegra haberme levantado temprano, y haber venido acá, y que los mozos estén al lado mío, un poco por interés en el resultado y otro poco para entender por qué alguien está gritando en una pizzería un domingo a la mañana.

Ellos empatan y Delfino tiene dos tiros libres infernales en sus manos. Por un momento, el juego de equipo se transforma en individual. Comprendo que aunque debemos agruparnos para cambiar el mundo a través organizaciones sociales y etcétera etcétera, a veces nuestras decisiones personales también son importantes. Dale, Cabeza, metelos porque si no el capitalismo no se acaba más. Adentro: 74-72 arriba. ¡Vamos la revolución!

Mi relato ya es en voz alta. Faltan 54 segundos y Rusia gana 76-75. Prometo cosas improbables en nombre del triunfo: olvidar viejos rencores, desencadenar a mi sombra, comprarme un cepillo de dientes nuevo. Ginóbili hace una jugada valiente, desprolija, y tira de espaldas al aro. Hay que tirar en la vida, viejo. Hay que poner el pecho como Manu. La pelota entra con suspenso y el mozo lo grita conmigo. Quedan 43 segundos y ganamos 77-76. ¡Por favor, Dios!

Pero, como sabemos todos, Dios no existe: en una ráfaga criminal Rusia mete cinco puntos y gana el partido 81-77. Así, como una cachetada invisible, sin pedir perdón y sin pagarme el café. Así, como esas felicidades que extrañamos sin haberlas sentido nunca.

Tal vez perder no esté tan mal, después de todo. Los que dicen que ése es el consuelo de los mediocres, no entienden nada. Los grandes derrotados no participan: arriesgan lo que tienen, se juegan los dientes para cambiar una realidad, exponen su piel ante los rayos ultravioletas del fracaso. Si alguien perdió mucho es porque apostó mucho y lo hizo sin promesas de éxito, sin el conformismo de los indeseables ni la resignación de los cobardes.

Son las 9 de la mañana de este domingo, que puede ser un domingo cualquiera o el domingo en el que arriesguemos el pellejo por un fin noble. Podría ser un lunes de lluvia, un martes ocupado, el jueves en que te despidieron del trabajo: cualquier día es el indicado para empezar a hacer lo que tenemos que hacer.

No esperemos señales cósmicas, tener más plata, que llegue el verano. No esperemos hasta las seis y media, hasta que ella nos quiera, hasta que él nos llame. No esperemos un momento mejor, porque no hay momento mejor que ahora. Cuando podamos hacer lo que queremos, tal vez ya no queramos hacerlo. Entonces, quedémonos con la tranquilidad de haberlo intentado a tiempo.

Caminemos a horarios extraños hasta encontrar lo que buscamos. Si no nos ayudan a hacerlo, hagámoslo nosotros mismos. Relatemos nuestra vida con ganas y sin miedo al ridículo. Las medallas y los resultados sólo les importan a los ganadores de siempre, a los que dibujaron esta realidad de injusticias justificadas y de personas durmiendo en la calle. Los que ganaron crearon un mundo triunfal pero lleno de sufrimiento y soledad.

Sólo una cosa más: los que pierden muchas veces ya no le tienen miedo a la derrota. Los ganadores, en cambio, andan con el maletín lleno, mirando con desconfianza, temiendo que la buena racha se acabe. Y ya se sabe que el miedo y la felicidad nunca juegan en el mismo equipo. Si alguien nos pide todos nuestros triunfos de cotillón, nuestros festejos pasajeros, las medallitas que acumulamos para satisfacer nuestro ego a cambio de un rato, un instante, un segundo de felicidad libre y valiente, aceptemos sin dudar. Seguro, pero seguro, salimos ganando.

sábado, 14 de julio de 2012

Historias de sueños

Por Martín Estévez

I
Desde chico, Bruno Loscri sufría una pesadilla recurrente: una cálida reunión familiar era interrumpida por una viejita que repartía paquetes. Todos recibían hermosos obsequios, hasta que llegaba el turno de su madre. Cuando ella abría el regalo, sufría una terrible descarga eléctrica y moría instantáneamente. Bruno miraba a la vieja y en su lugar estaba el demonio.

La pesadilla se repitió durante años. Apenas comenzaba, Bruno sabía lo que iba a pasar pero el pánico lo inmovilizaba. Miraba desesperado a sus familiares y nadie parecía advertir el repetido final: la violenta muerte de su madre.

Cuando Bruno conoció a Verónica, se enamoró de ella y comenzaron a dormir juntos. Verónica descubrió muchas veces a Bruno sobresaltado, agitado, con miedo a dormir. Él le contó la verdad con miedo a ser humillado; ella le acarició la cara con sus manos chiquitas y le dijo:

-La próxima vez, buscame entre tu familia. Aunque vos no te puedas mover, yo le voy a pegar una trompada a esa vieja y no te va a molestar nunca más.

Bruno sonrió. Casi deseó tener aquel sueño, pero nunca volvió a soñarlo. Tal vez saber la solución eliminó automáticamente el problema. O tal vez olvidó, porque a veces olvidamos nuestros sueños, una batalla épica en la que Verónica y él derrotaron al demonio y fueron felices para siempre.

II
Lautaro Paz y Agustín Naranjo discutían desaforados. A Lautaro le habían dicho que en los sueños es imposible leer. Que la parte del cerebro capaz de reconocer letras no funciona mientras dormimos. Agustín aseguraba haber leído decenas de veces mientras soñaba. Como ocurría cada vez que un conflicto no encontraba solución, consultaron a Ungenio Ramírez.

Ungenio, que cuando soñaba sabía que soñaba, les pidió una noche para develar el misterio. Y lo hizo: descubrió que, efectivamente, en los sueños no podemos leer, pero que a veces tenemos la sensación de estar leyendo porque visualizamos imágenes, colores o escenas que nos remiten a un texto. “Si vemos un logo similar al de Coca-Cola, creeremos leer Coca-Cola aunque sólo veamos borrosas manchas –explicó Ungenio-. Es como el amor: aquellos que lo vimos alguna vez creemos verlo en todos lados, aunque sólo veamos borrosas manchas”.

III
Henry es un empresario inescrupuloso que gana dinero aprovechándose de los más débiles. Pero esta noche sueña que es un obrero que lucha por sacar adelante a su familia y se une a otros, a los que llama compañeros, para transformar una realidad que los oprime. En el sueño, ama y es amado, sufre y es feliz, participa de gestas colectivas que le ponen la piel de gallina. Henry despierta bruscamente, transpirado, y sólo se calma cuando ve el vaso de whisky y, durmiendo a su lado, a una mujer que no lo ama.

sábado, 7 de julio de 2012

El Mundial ‘93

Por Martín Estévez

Una de las emociones más grandes de mi vida fue haber jugado un campeonato mundial. Y, además, haberlo compartido con mi primo Matías. Fue a principios del ’93 y yo fui arquero de 64 equipos. Peor la tuvo Mati, que cumplió el papel de 640 futbolistas de campo, e incluso de algunos suplentes. Pero, para llegar a aquel torneo, tuvimos que atravesar situaciones difíciles.

Si digo que viví la mitad de mi infancia con Mati y la otra mitad solo, sería una exageración no tan exagerada. Al principio, nos conformábamos con ir al patio y jugar un rato a la pelota. Teníamos un arco bastante bien delimitado y los roles eran claros: él pateaba, yo atajaba. Pero no nos quedamos con eso.

Pronto empezamos a armar pequeños torneos entre equipos de todo el mundo. Inventábamos los nombres de los jugadores del Steaua Bucarest de Rumania, imaginábamos que el Jazz de Finlandia no le ganaba a nadie y festejábamos como propios los triunfos del Werder Bremen alemán. Esos torneos tenían un punto en común: el campeón siempre era Racing.

El día que la Academia le dio vuelta un 0-3 al Barcelona en la final y ganó con cuatro goles de un rústico lateral llamado Cosme Zaccanti nos dimos cuenta de que nuestros torneos invitaban a la sospecha.

–Por ahí –me dijo Mati con culpa– podríamos... No sé... Si Racing pierde, igual va a seguir siendo el mejor. No cambia nada si pierde, ¿no?

–Está bien –entendí enseguida–. Pero si pierde, queda todo acá. No se lo contamos a nadie.

–Dale –dijo más tranquilo–. En el próximo torneo, si pierde, no pasa nada.

El acuerdo, realizado con códigos casi mafiosos, era claro: al siguiente torneo, Racing no tenía que ganar. Sin embargo, superó las primeras rondas, como para que la derrota fuera más digna. Cuando llegó la final contra el Milan de Italia, nos miramos serios. Si atacaba Racing, lo sabíamos, Mati tenía que patear muy al medio o muy desviado. Y en los ataques del Milan, yo no debía oponer demasiada resistencia.

Empezó el partido con Milan ganando 1-0, pero en un ataque de Racing se me escapó la pelota y todo quedó 1-1. El final del partido fue dramático. Los delanteros de Racing se perdían goles que en otro torneo jamás hubieran fallado. Y, en el último minuto, Van Basten quedó mano a mano conmigo y metió el 2-1 para el Milan. El objetivo se cumplió y Racing no fue campeón, pero no estábamos felices.

–¿Cómo te vas a errar esos goles, boludo? –le grité yo, que jamás puteaba–. ¡Sos Racing, no te podés errar esos goles!

–¿Y vos? ¿Tenés un problema en las manos o solamente sos estúpido? ¡El último tiro lo atajaba hasta Vanesa! –me respondió.

Estuvimos dos días sin hablarnos, hasta que subí (Mati vivía en la planta alta) para que me ayudaran con una tarea de Sociales. Diego, el mayor de los primos, nos vio preocupados y preguntó qué pasaba.

–Si jugamos y Racing gana, es aburrido –le explicó Mati–. Pero no queremos que pierda.

–¡Hagan torneos en los que no juegue Racing! –dijo Diego.

La idea era tan lógica, estaba tan en nuestras narices, que no la vimos. Estaba decidido: a partir de ese momento, Racing se retiraba de nuestros campeonatos.

Empezamos entusiasmados porque los resultados eran inciertos, pero poco a poco nos fuimos sintiendo vacíos. Después de una final que River perdió humillantemente contra el Cosmos de Estados Unidos, los dos dijimos solamente una frase, y era idéntica: “Este torneo, Racing lo ganaba de taquito”.

A principios del ’93 supimos que nuestras vidas iban a cambiar para siempre. En marzo, después de las vacaciones, Mati empezaba el secundario. Él tendría ocupadas las mañanas; y yo, que recién pasaba a cuarto grado, seguiría yendo a la tarde. Era una verdad terrible: se acababan los torneos, nunca más decenas de partidos con definiciones interminables.

Mati, que ya tenía alma de diseñador, armó con telgopor la copa más hermosa que vi en mi vida. Tenía la forma perfecta, el tamaño perfecto y estaba cubierta de papel metalizado. Brillaba más que la Champions League. Acordamos que organizaríamos un torneo más, un Mundial que definiría todo. El ganador se quedaba con la copa y ya nunca más habría campeonatos.

Elegimos a los más importantes y armamos un cuadro de 64 equipos. Teníamos un serio problema: no sabíamos qué hacer con Racing. Si lo incluíamos, sería un campeón obvio. Y tampoco queríamos que no ganara y pelearnos de nuevo.

Tuvimos una larga reunión, interrumpida una vez para comer y otra para tirarles bombuchas a Chuna y Gaby, y tomamos una decisión: el resultado de los partidos se definiría por sorteo. Para evitar que nuestros deseos interfirieran con la limpieza del torneo, metíamos posibles resultados en una bolsa y sacábamos un papelito para cada partido.

Eso posibilitaba la inclusión de Racing en el Mundial, aunque sabíamos que el método generaba inconvenientes. Para empezar, uno de los dos tenía que saber el resultado del partido antes de jugarlo: Mati, que era el que pateaba. Entonces, cuando se realizaba el sorteo, él evitaba cualquier gesto cuando veía qué papelito había salido para que yo no supiera el resultado.

La primera fase, de 32 partidos, generó dos situaciones dignas de mención. La primera fue el debut de Racing. ¡Dios, cómo queríamos que se quedara con la copa! En el sorteo le había tocado jugar contra otro equipo de Argentina, Ferro, y Mati no había hecho la más mínima mueca cuando salió el resultado, así que yo no sabía qué esperar.

Recuerdo que Ferro se venía como una tromba. Yo jugué uno de los mejores partidos de mi vida; parecía el verdadero Lechuga Roa. Racing tuvo algunos ataques tibios que me generaron ilusión, pero Ferro tenía la pelota, tocaba y tocaba, llegaba por todos lados. Incluso le tapé un zurdazo tremendo a Pobersnik volando con la mano cambiada. 

–Brillaaaaaante, Roaaa, la saca al córner –relató Matías. En ese momento supe cómo se sintió Maradona en México '86.

Parecía que terminaba 0-0, y tenía lógica: Mati no había hecho ningún gesto porque había salido un empate, y habría que hacer otro sorteo para definir el ganador. Mientras pensaba en eso, un delantero de Ferro me cabeceó de pique al suelo y metió el 1-0. 

Mati no lo gritó. Yo no lo podía creer y reclamé offside, pero nadie me escuchó. Fue la última pelota del partido. Por culpa del estúpido sorteo, Racing quedó eliminado en primera ronda. Mati vino a consolarme y subimos la escalera abrazados y llenos de tristeza. Sabíamos que la culpa no era nuestra, sino del destino.

El otro aprendizaje que dejó la primera ronda fue que algunos resultados eran previsibles. Cuando yo veía que el Nantes de Francia atacaba y atacaba, y que los delanteros del Flamengo ni figuraban, me daba cuenta de que los franceses iban a ganar. Era obvio.

Mati, que ya era un genio, modificó la estrategia para la segunda ronda, en la que se jugaron 16 partidos. ¿Cómo? Fácil. Ponele que jugaban Celtic de Escocia y Peñarol de Uruguay. Los escoceses se venían como locos, atacaban incluso estando 1-0 arriba. Yo ya imaginaba la goleada, pero en los últimos cinco minutos Peñarol metía dos goles y el partido terminaba 2-1.

Eso requería de mucho esfuerzo de Mati, que tenía que meter algunos goles en pocas llegadas, y calcular que yo atajara unos cuantos tiros. Pero, claro, a veces fallaba. Si el Toluca tenía que perder 1 a 0, Mati disimulaba y le inventaba ataques, pateando tiros más o menos fáciles. Cuando a mí se me escapaba alguna, aparecía el grito salvador: “¡Posición adelantada, posición adelantada, el gol no vale!”, decía el relato.

Yo, que no era tonto (al menos para esas cosas), me daba cuenta de que, cuando un gol se anulaba, era porque ese equipo no tenía que hacer ninguno más. Entonces, toda la emoción se iba al diablo.

Para los octavos de final, Mati redobló la apuesta. Escuchen con atención, así entienden porque lo admiraba tanto. Arrancaba un partido entre, por ejemplo, Colo Colo e Independiente. Empezaban 1 a 1 y después los chilenos no paraban de atacar. Yo intentaba descifrar el resultado mientras el partido transcurría. De pronto, Colo Colo metía un gol y Mati gritaba: “¡Posición adelantada!”.

–Listo –pensaba yo–. Eso significa que Colo Colo no va a hacer más goles.

Todo parecía confirmarse cuando Independiente metía el 2-1. Minga: sobre el final, los chilenos hacían dos goles y terminaban ganando 3-2.

–Pero... ¿por qué antes anulaste el gol si Colo Colo todavía tenía que hacer dos más? –pregunté.

Mati me respondió con una sonrisa triunfante: una vez más, había logrado que el resultado fuera incierto.

Los últimos partidos eran casi psicodélicos. Mati generaba situaciones rarísimas para que yo no adivinara los resultados y los dos terminábamos mareados por tantos goles anulados, incluso en partidos que salían 0 a 0.

Aquel Mundial del ’93, nuestro Mundial, duró más de dos meses. Los últimos partidos se estiraban desde la mañana hasta la tarde, incluso inventábamos las formaciones y actuábamos las charlas con los técnicos en el entretiempo. Pero ya era el primer fin de semana de marzo y el lunes empezaban las clases: el torneo tenía que terminar.

No sé si Mati me creerá, pero me acuerdo de que a la final llegaron Atlético Madrid y el Ajax de Holanda. Ese domingo, los dos estábamos melancólicos; así se debe sentir un futbolista cuando se retira. Pero el nuestro era un retiro apresurado: Mati tenía 13 años; yo, apenas 8.

Casi no habíamos dormido por la ansiedad, y el sorteo del resultado lo hicimos mientras nuestro abuelo Víctor escuchaba “Ucrania libre” en la radio. O sea, muy temprano. Pese a que Elvi nos pedía que no molestáramos a Luchessi, el vecino, con los pelotazos contra la pared, a las ocho y media de la mañana del domingo ya estábamos en la cancha. Creo que Mati hasta se puso canilleras.

Por mucho que estiramos el partido (incluso almorzamos durante el entretiempo), a la tardecita no había nada más para inventar. Estaban 1-1 y todos se pasaban la pelota sin peligro, yo solo participaba tocándosela a mis defensores. Era la final del único Mundial que jugaríamos en nuestras vidas. Los dos lo sabíamos y queríamos que ese momento durara todo lo posible.

Mati, que si de chico hubiera dedicado su inteligencia a algo que no fuera divertirme podría haber creado la Internet con un alambre y dos hilos, encontró una solución drástica. Les juro por Racing que esto es verdad: primero, el Ajax metió un lindo gol que lo dejó 2-1 arriba; después, Mati lo festejó colgándose de las rejas verdes; finalmente, relató:

–¡Los hinchas del Ajax se cuelgan del alambrado y el árbitro suspende el partido! ¡Iban 27 minutos del segundo tiempo y el partido estaba 2-1!

Yo no entendía nada. En la bolsa no había ningún papelito que dijera “partido suspendido” y además, al otro día, Mati arrancaba el colegio a las ocho de la mañana. La idea de dejar el torneo inconcluso tampoco me parecía correcta. ¿Qué estaba pasando?

Con una fenomenal cara de árbitro, Mati me miró y me dijo: “Yo así no puedo seguir, hay un montón de gente arriba del alambrado” y se fue a su casa. Yo agarré la pelota y entré a cenar para que Tati no me retara.

Al otro día empezaron las clases. Cuando me desperté, Mati ya se había ido. Y al mediodía me fui yo, solamente con Chuna y Gaby: ya no tenía con quién patear mandarinas durante el recorrido hacia la escuela. Pero, más que eso, me preocupaba el destino del Mundial. Pensé en la copa toda la tarde. Cuando volví del colegio, Mati me estaba esperando con la Caprichito naranja abajo de la suela.

–Apurate para sacarte el guardapolvo –me dijo– que se están por jugar los últimos minutos.

Yo ni llegué a entrar. Le di la mochila y el guardapolvo a mi abuela Fanny, que nos había ido a buscar, y Mati me tiró los guantes de arquero que usaba siempre.

Ajax hizo un gol más, ganó 3-1 y se quedó con la hermosa copa plateada. Cuando terminó el partido dimos la vuelta olímpica y celebramos como si estuviéramos drogados. Creo que Elvi nos miraba orgullosa desde el balcón.

–No sé si vamos a poder jugar siempre, pero igual armemos algunos amistosos para las tardecitas –me dijo Mati antes de subir las escaleras. Y yo sentí que tenía el mejor primo del mundo.

Seguimos jugando muchos años más en los ratos libres, que cada vez fueron menos. Hoy, Mati vive en otra casa con su mujer; y yo escribo esto desde mi austero y solitario departamento. Pero sé que leés este blog, así que te lo aviso desde ahora, Mati: para el verano que viene ya armé un amistoso entre el Cannon Yaoundé de Camerún y Racing, así que andá pensando cómo hacemos con el resultado.

sábado, 30 de junio de 2012

Yo también soy Damián Toledo

Por Martín Estévez

Por si no la saben, cuento la historia. Hoy, Chacarita se estaba yendo al descenso. Necesitaba ganar y perdía 1-0. Empató sobre el final y en el último minuto tuvo un penal a favor. Si lo metía, concretaba la épica hazaña de salvarse. Si no, quedaba condenado al doloroso infierno del descenso. Alguien tenía que hacerse cargo de ese penal, de esa bomba a punto de explotar. Ese alguien fue Damián Toledo.

Hasta hoy sabía poco y nada sobre él, pero me alcanzó con lo que vi. Damián agarró la pelota mientras los hinchas gritaban histéricos. Tomó carrera y le pegó como supo, como pudo, con la fuerza que el miedo no le había quitado. Y atajó el arquero. Me reconocí en su cara en el instante posterior al penal errado. Me vi reflejado en los ojos perdidos, en el alma frágil, en el frío en el cuerpo. Hoy, yo también soy un poco Damián Toledo.

Para que entiendan cómo se siente Damián Toledo, cómo me siento yo, hay que explicar una cosa: en el mundo hay tortugas y dragones. Existen muchos otros animales, pero hablemos de estas dos especies.

Las tortugas pasamos el 99% del tiempo en nuestro caparazón, asomando solo la cabeza y las extremidades. Por eso, cuando alguien siempre tiene fríos los pies y las manos, no crean en el tonto mito de la mala circulación de la sangre: en realidad, es tortuga.

Acostumbradas a analizar con paciencia cada acción, las tortugas nos sabemos frágiles y repetidas: cada tortuga se parece mucho a las demás. Hemos hecho excursiones temporales fuera del caparazón y salimos lastimadas. Muy. Aprendimos a valorar el calorcito de la casa propia, el silencio, la paz. Aprendimos a convivir con nuestros miedos sin molestarlos.

Los dragones, a diferencia de las tortugas, no son de verdad. Como todos sabemos, las tortugas existen; los dragones, no. Ser dragón es una construcción artificial: el dragón es en realidad cualquier otro animal, pero sostiene su disfraz de dragón sin importar las consecuencias. Los dragones son agresivos, avasallantes, conquistadores. Parecen no tener miedo y, si lo tienen, lo disimulan con brillantez. Se consideran únicos, incomparables. Los dragones compiten, y casi siempre ganan.

Cuando una tortuga está en presencia de un dragón, siente incomodidad; cuando un dragón está frente a una tortuga, siente indiferencia.

Yo sé lo que sentiste, Damián. Vi el fuego en tus ojos. Supe que, por un segundo, fuiste dragón. Podrías haber mirado para otro lado, total eran once los que podían patear. Podrías haberte quedado dentro de tu caparazón y observar sin riesgos el final de la historia. Pero vi el fuego en tus ojos. Te hiciste cargo de tu destino y del de los demás; como en la escondida, libraste por todos los compañeros. Y te salió mal.

A mí me pasó lo mismo. Llevo largo tiempo siendo tortuga, más por fatalismo que por elección; las tortugas somos tortugas, no cuestionamos eso. Pero ayer sentí el fuego. Una cosquilla que empieza siendo llamita y se hace fogata, y se hace volcán, y se hace erupción. Es un fuego incontrolable e instintivo, imposible de explicar desde nuestro tortuguismo.

Ayer fui dragón por un ratito. También levanté la mano y dije “pateo yo”. Me hice cargo de esta reputísima vida de tortuga por una vez. Un fuego que no sé controlar y me asusta, un fuego peligroso y para nada artificial, un fuego que me puede hacer mierda. Soy esa tortuga que fui toda mi vida, pero soy también este fuego.

Damián y yo corrimos a la pelota creyéndonos dragones y pateamos como tortugas. Lo arruinamos todo. Por eso sé lo que sentiste, Damián, porque yo también lo sentí. Los dientes apretados, el cuerpo tensionado al mango, el mareo, la cara contra el pasto y la mueca cruel de ver tu caparazón a un costado, vacío.

No vas a tener hambre en estos días, ni ganas de coger. Ni siquiera de putear. Vas a tener pesadillas y a despertarte transpirado. Vas a lamerte las heridas, avergonzado, adentro de tu caparazón. Pero es mi obligación, como tortuga, decirte que no hay nada que lamentar. Que, así como ni vos ni yo elegimos ser tortugas, tampoco elegimos el fuego. No era como el de los dragones, no era un fuego artificial: era de verdad. Los dragones juegan con fuego porque saben que se van a quemar los demás. Las tortugas, Damián, jugamos aunque lo más probable sea que terminemos con quemaduras de tercer grado en el corazón.

No digo que sea bueno lo que nos pasó. Digo que es inevitable. Yo también ahora tengo los dientes apretados, el cuerpo tensionado y la cara contra el pasto. Pero valió la pena por ese segundo de fuego. Después todo se fue a la mierda, pero ¿qué importa? El caparazón está ahí, imperturbable a las llamas y a los golpes. Lo otro, esa hermosura que sentimos por un instante, esa osadía de querer influir en la historia, de comernos el mundo, es lo que le da sentido a nuestra existencia. Nuestra existencia de tortuga, de dragón o de simples seres humanos.

Lo único importante es que la próxima vez que sintamos esa llamita volvamos a animarnos. Que tiremos el caparazón a la mierda y salgamos a vivir. Vos te animaste a patear, yo también. Un día, Damián, creéme, la pelota va a entrar. Un día, te lo juro por mi alma, las tortugas y su fuego reinarán.

sábado, 23 de junio de 2012

La culpa la tiene Casciari

Por Martín Estévez

Me pasa todo el tiempo. Siento unas ganas irrefrenables de escribir algo simpático y con alguna idea medio fumada, y justo cuando estoy por arrancar me doy cuenta de que lo que quiero decir ya lo escribieron Alejandro Dolina o Hernán Casciari. Entonces las ganas de escribir se me vuelven angustia, y la angustia continúa incluso cuando desisto de escribir, y termino deprimido sin saber por qué, y sin haber escrito nada. ¡Mierda!

Casciari me enseñó que Borges “dijo todo lo necesario que había para decir en el mundo. Las demás cosas que dijo o escribió el resto pueden estar bien o estar mal, pero no son tan, tan, tan fundamentales”. Qué bien escribe el hijo de puta de Casciari. Pero él, incluso afirmando que Borges escribió todo lo que había para escribir, sigue escribiendo. Debería tomarlo como ejemplo y escribir pese a todo, pero ya estoy deprimido, y no quiero escribir, ni leer, ni tomar como ejemplo a un forro que escribe tan, tan, tan bien que me deja sin ganas de nada.

Antes de empezar este texto (lo confieso con vergüenza de principiante) había hecho un listado de temas que podía desarrollar (según mi obsesión cronológica) sobre 1993: 

• Hablar sobre Matías Podestá, un compañero de 4º grado al que le decíamos Zapallito.

• Hacer una deducción matemática de cuántas lamparitas rompíamos con Mati jugando a la pelota.

• Recordar los partidos que jugó Racing ese año contando dónde estaba mientras se jugaban. La derrota 3-0 contra Vélez la escuché en un parque en el que estábamos porque Gaby quería ver a Festilindo; el 1-0 a Mandiyú fue un miércoles a la noche: el gol nació desde la radio de mi abuelo, semidormido, y me acerqué a escuchar si había sido de Racing o de los correntinos. Y así.

• Detallar los orígenes del prode familiar, que empezamos con Mati en el '93 y que sobrevivió hasta 2010.

• Contar mi búsqueda de historietas imposibles en Parque Rivadavia, especialmente para ver si alguno se compadecía y me regalaba el imposible especial Nº 4 de la Liga de la Justicia.

Pero, como esa gente que en el amigo invisible arruina todo averiguando quién le regala a quién, antes de empezar agarré a escribir agarré un libro de Casciari. Justo lo que no tendría que haber hecho. 

Así me dejó: deprimido, entendiendo que mis ideas son galletitas de agua húmedas, rancias, con las que es imposible cocinar un texto riquísimo como los de Casciari, o nutritivo como los de Dolina.

Sin embargo, desde el mismo libro, Casciari me tira ánimo: “El arte sólo requiere un 10% de talento; el resto es práctica tenaz y constante”. La frase no es gran cosa, pero de algo tengo que agarrarme. Y escribo. 

Escribo con tenacidad y constancia, aunque no hable sobre nada. Ni de lamparitas, ni de la radio de mi abuelo, ni del Parque Rivadavia. Pero escribo, no paro de escribir. Hago de la escritura mi ejercicio, mi desahogo y mi justicia. Insisto, buscando ese momento fugaz, peligroso e irrepetible en el que siento que escribí algo que me gusta leer. Como insistía buscando emociones ese gordito de 9 años que, cada vez que Mati le pegaba fuerte a la pelota, se tapaba la cabeza porque sabía que, instantes después, pasaría algo fugaz, peligroso e irrepetible: cientos de pedacitos de vidrio, que antes habían fingido ser lamparita, caerían como lluvia sobre su cabeza.

domingo, 6 de mayo de 2012

Y él respondía “nada”

Por Martín Estévez

Todo empezó con Jorge Díaz. Estábamos en 4ºC, turno tarde, y Graciela Tacconi, nuestra maestra, explicó por qué a veces le compraba un alfajor a Jorge. Era cuando le preguntaba qué había comido durante el día, y él respondía “nada”. 

Jorge, que hasta ese momento era un flaquito malo que nos podía fajar con una mano atada, dejó de ser un villano. De algún modo, comenzó a parecerme casi justo que nos cagara a trompadas. A él, el mundo le venía pegando desde mucho antes.

Terminé 9º grado en el ’98. Mis compañeros ya habían perdido la ingenuidad y empezaban a fumar porro. Mauro había salido en el diario por llevar revólver a un colegio; poco después se caería de un techo en un intento de robo y empezaría un tratamiento para dejar de drogarse. La última vez que lo vi fue hace ocho años; me visitó para contarme cómo iba su recuperación. No sé qué fue de él.

A partir de los 18 años empecé a frecuentar sectores sociales opuestos. Cuando Tati me convenció de que estudiara en un terciario privado, me sentí incómodo. Mis compañeros... ¿cómo decirlo? Eran de otra clase. Yo nunca pasé hambre, pero para no pedir plata para viajar (la cuota sí me la pagaban) repartía volantes y, al principio con ayuda de Víctor, vendía diarios y cartones.

Las relaciones de pareja también me transformaron en esto que soy. Primero tuve una novia hermosa que sufría las desigualdades sociales. El método para comer en su casa era el siguiente: los cinco integrantes de la familia ponían las monedas que tenían, ella iba a la carnicería, dejaba las monedas sobre el mostrador y le pedía al carnicero que le diera milanesas, las que alcanzaran con esas monedas. A veces no eran más de tres.

Después tuve otra novia hermosa que luchaba contra esas desigualdades sociales. Que militaba, que se conmovía, que ponía en práctica cosas que yo, siempre tan apático, sólo manifestaba en teoría. Tal vez fueron demasiadas las veces en las que nos olvidamos de acariciarnos para discutir sobre comunismo, sobre la función del Estado o sobre movimientos piqueteros, pero no me arrepiento de que haya sido así.

En el medio, empecé a ir a las marchas de las Madres de Plaza de Mayo, a las de la Noche de los Lápices, a las del 24 de Marzo. Compartí muchas horas con imbéciles terratenientes, con dueños de campos de polo, pero también con integrantes de La Poderosa. Escuché a los cómplices del sistema quejándose por los cortes de ruta, contra los valientes que luchan por nuestros derechos, mientras me interiorizaba en las ideas del FOL y veía a la injusticia social más de cerca. 

Me anoté en una universidad pública con el único fin de aprender y compartir. Debatí con los del centro de estudiantes, con profesores, con compañeros. Me entusiasmé con la sociología, con Marx, con Foucault, con Adorno, con Althusser. 

En todo este tiempo, entendí que lo que me pasa desde los 9 años, la incomodidad de tener cosas que otros no tienen, la sensación de que, aunque me cagara a trompadas, Jorge no tenía la culpa de nada, no era un trauma mío, sino una consecuencia de miles de sucesos que ocurren desde hace siglos. Supe que no soy el único que tiene más ganas de cambiar la realidad que de conocer Estados Unidos.

Ahora puedo decir, desde mi corazón y desde mi cabeza, después de pensarlo y de sufrirlo, que los que piden cárcel para chicos de 12 años, los que creen que las personas son mejores o peores según su nacionalidad, los que se sienten superiores a otros no son ni serán nunca más mis amigos. Aunque me duela, los que dicen que quienes reciben planes sociales no quieren trabajar, los que repiten las pelotudeces que escuchan en televisión y creen que la culpa es siempre de los demás, van a perder puestos en mi lista de Personas Que Quiero hasta desaparecer.

Ya tengo algunas ideas claras, y no desde el capricho, sino desde el conocimiento. Me animo a debatirlas durante el tiempo que quieran, del modo y en el lugar que quieran, con todo el respeto y paciencia que me quedan. Tengo claro que nunca será justo que haya personas trabajando mientras otras viven del trabajo de los demás. Y no me refiero a los desocupados, entiéndanlo de una vez: me refiero a esos hijos de puta de traje y corbata que parecen tan respetables, a los hábiles empresarios que no son más que explotadores que nos esclavizan, a imbéciles a los que votamos por su piel blanca y sus ojos claros mientras son cómplices de la trata de personas, de la violación de menores de edad, de la corrupción en sus formas más abyectas.

Todo empezó con Jorge, con un sistema que mortificó a su familia hasta dejarla sin fuerzas, sin respuestas, sin nada para comer. Y siguió con una, dos, trescientas pruebas de que los robos, los asesinatos, la discriminación y esta enorme tristeza son culpa de elegantes y caritativos hijos de puta enfermos de sexo comprado, de cocaína y de barrios cerrados. Pero, por suerte, en estos años más amigos del dolor que de la alegría, encontré a muchas, muchas personas que me enseñaron por qué no hay que abandonar, por qué no hay que olvidar, por qué hay que seguir luchando y luchando y luchando hasta que nos brillen los ojos: hay que seguir por ellos, por los abandonados, por los olvidados, por los que, solos, tristes y cansados, necesitan mucho, muchísimo más que un alfajor.

martes, 13 de marzo de 2012

Cuadras y barquitos

Por Martín Estévez

Acá me duele. Acá y no quiero decírselo a nadie, ni quejarme, ni gritar. Acá, en las cuadras que caminamos los dos, en las noches que no perdimos, en tus tristezas. Me duele el momento en que algo empezó a salir mal y no supimos cambiarlo. Me duele tu voz tan neutral, me duele este viento que no nos silba ninguna canción. Me duele este segundo, y éste, y éste.

Me duele que esto no salga, me duele que escribir ya no me alivie. No sé si llorar con nadie es más verdad, pero debería serlo. Ver la pantalla borrosa de horror, de sonrisas humilladas por la realidad, de inmensa falta de consuelo. Desmoronado de a poquito, roto, destripado mi mundo y lo que tenía y lo que quería tener. Solo y pesado y apático, despreciable, gris.

Tantas palabras de mierda y tan inútiles, tantas palabras que no sirven para vivir. Tanto cemento, tanta pretensión y tanta nada. El cuchillazo de querer abrazarte. Pero vos allá, y yo acá. Todo tan mal. Hice un barquito para vos, y es de papel, y no navega, y se rompe. Lo hice para vos y me duele no dártelo, me duele verlo, me duele haberlo hecho.

Me duele no saber cómo empezar de nuevo, me duele no querer empezar. Encadenado a repetirme, a arruinarme, a insultarme de nuevo. Divorciado de mí. Áspero. Estúpido egocéntrico, lleno de violencia reprimida, y tan pero tan pero tan vulgarmente triste: no sos mucho más que nada. Corré a abrazarla o tené la humildad suficiente para aprender de este dolor tan insoportable, de estas lágrimas espesas, de este ahogo perpetuo. Y hacelo en silencio.

sábado, 10 de marzo de 2012

Vivir solo

Por Martín Estévez

Nunca pensé que iba a vivir solo. De chico me parecía algo inútil y aburrido. Mi plan era quedarme en casa hasta que me fuera a vivir con alguna novia y recién ahí transportar los siete mil comics a otra parte. Si eso no ocurría, manejaba dos opciones. Una era irme algún tiempo con mi primo Matías para compartir noches de fútbol, videojuegos y debates sobre dibujantes. La otra, construir otro piso más sobre la casa de Oliden y vivir ahí para siempre. Cualquier psicólogo barato podía darse cuenta, con esa referencia, de que mi salida exogámica (o sea, irme de una puta vez de la casa de mi mamá, y de mis tíos, y de mis abuelos, y de mis primos) tardaría bastante en llegar. Pero llegó. Y acá estoy. Viviendo solo.

Podría estar paseando desnudo por mi nueva casa. Podría salir ahora mismo, en pantuflas, y volver cuando se me cante. Podría llorar, o cantar canciones de Iván Noble. O mejor: canciones de Zambayonny, enteras y sin censurar ninguna puteada. Podría abrir un paraguas, decir víbora-víbora-víbora e insultar a Dios sin que nadie me lo reproche. Podría leer a Dolina o a Casciari hasta las seis de la mañana. Podría morirme ahora y nadie se enteraría, con suerte, hasta mañana a la noche. Sin embargo, estoy haciendo una de las pocas cosas que las personas hacemos estando solas para estar con los demás. Estoy escribiendo.

Si a los 16 años me hubieran mostrado el futuro y me hubiera visto así, exactamente como estoy ahora, me habría asustado. ¿Dónde están los hijos, dónde está la estabilidad? Y especialmente, ¿dónde están los siete mil comics?, me preguntaría a mí mismo. Tranquilo, Martín adolescente: no es para tanto. Es cierto que, a primera vista, esto impresiona un poco. Que en mi casita de 30 metros cuadrados no hay televisión, ni sillas presentables, ni lavarropas. Apenas esta vieja computadora sin Internet, un horno que se prende cuando quiere y mucho silencio. Muchísimo. Pero, con excepción del silencio, lo demás lo elegí yo.

Es espantoso ver cómo el tiempo te revuelve las ideas. Cómo un día te despertás con la necesidad imperiosa y sincera de ganar espacio, de decidir tus cosas, de irte a la mierda. La mejor frase que escuché sobre mí la dijo mi abuela Fanny, haciendo referencia a mi infancia: “Martín estaba siempre con alguien, pero siempre estaba solo”. Qué genia. Y a los 27 años, a decir verdad, las cosas no cambiaron demasiado. A los 27 años, creo, todos estamos juntando los pedacitos que quedaron de nuestros sueños para ver si alguno se acomoda a nuestro nuevo mapa, a nuestras nuevas rutinas, a ese ser adulto y un poco odioso en el que nos convertimos. A los 27 años todos estamos un poco desesperados; no tanto porque no encontramos lo que buscamos, sino porque no sabemos qué buscar.

Este silencio que me envuelve ahora, que me avasalla y por momentos me da escalofríos, me recuerda lo mucho que me gustaba cuando en casa se cortaba la luz. Era un momento en el que el mundo artificial, lleno de luces, de ruido y de imágenes televisadas, quedaba desnudo ante nosotros. Cuando se cortaba la luz a la noche, todos nos sentábamos alrededor de la única vela encendida y nos quedábamos en silencio. Un silencio que solo se rompía cuando alguien susurraba algo, siempre muy despacito, como si temiéramos despertar a los monstruos de la oscuridad.

Créanme que no tengo ganas de decir algo optimista, no hoy: no son días optimistas para mí. Pero me parece que, en algún momento de nuestra vida, todos necesitamos que se corte la luz, que se apague el mundo. Necesitamos quedarnos solos para darnos cuenta de que el monstruo en la oscuridad al que no queremos despertar en realidad somos nosotros mismos. Que casi siempre es nuestra voz tapada por la televisión y los ruidos, es nuestra sombra oculta debajo de bombitas de 60 kilowatts que no nos permiten susurrarnos una verdad en la oscuridad. Incluso en estos días tristes en las que no me conviene desafiar a mis sentimientos, sigo prefiriendo enfrentarme conmigo, con este ser odioso en el que me convertí, antes que gritar mentiras para no escuchar las cosas que me duelen. No hay hijos ni estabilidad, Martín adolescente, pero, si vos querés, los siete mil comics vamos a ir trayéndolos de a poco. Y por lo demás, no te preocupes, que, como le dijo Huck a Tom Sawyer, no vale nada lo que no nos cueste un poco conseguir.

sábado, 25 de febrero de 2012

Apenas algo de Tavárez

Por Martín Estévez

Odio los textos en los que alguien escribe sobre alguien para que lean un montón de personas que no conocen a la persona sobre la que se escribe y, a veces, tampoco a la persona que escribe. 

Odio que todo sea público, odio las largas declaraciones de Facebook en las que una adolescente elogia a su mejor amiga y repite veintidós veces “te amo, Natyyyy, por estar siempre y por esa noche genial con las chicas”, y nadie sabe quién es Naty, quiénes son las chicas y qué pasó en la noche genial. 

Por ese motivo, les aclaro algo ahora mismo, para quedar bien en orsai: este texto es tan odioso como el de la amiga de Naty. Y habla sobre mi prima Chuna.

En realidad quiero contar otra cosa, pero la voy a usar a ella de excusa. Todo empezó una tarde cualquiera. Yo tenía 7 años y estaba leyendo el anuario de El Gráfico de la temporada 90/91. No sé que estaría haciendo Chuna en ese momento, pero yo la miré y tuvimos esta corta conversación.

–Vane...
–¿Qué?
–Apenas algo de Tavárez.

No pidan que les explique por qué se lo dije. Ni yo lo sé. Lo llamativo es que a partir de ese momento, sin que ninguno de los dos lo explicitara, establecimos un código. Tampoco sé cómo funcionaba, pero todo el maldito tiempo, tres o cuatro veces por día, repetíamos el diálogo.

–Martín...
–¿Qué?
–Apenas algo de Tavárez.

El asunto duró algunos meses, durante los que el origen de esa frase fue un misterio familiar. El secreto carece de emoción: leí esa oración en un comentario sobre Chaco For Ever, me resultó curiosa y se la dije a Chuna. Fin del misterio.

Un psicólogo podría hacer un análisis mejor de por qué la repetíamos sin sentido, pero mi explicación es más linda: me gusta creer que Chuna y yo, de esa manera, estábamos construyendo una relación.

En casa éramos cinco primos: Diego, Mati, Chuna, Gaby y yo. Diego era el más grande y yo era el más chico. Esos siete años de diferencia no nos permitieron compartir demasiada infancia. Con quien sí compartí demasiado (pero demasiado) fue con Gaby, mi hermana. Nos odiábamos un poco por estar siempre juntos y otro poco por nuestras personalidades opuestas. A Mati lo admiré desde chiquito: era mi referente y cualquier cosa que hiciera me parecía bien. Con Chuna, en cambio, todo había que construirlo.


Ella era mujer, dos años más grande que yo y, por lógica, se juntaba más con Gaby. Además era sociable, le iba bien en el colegio y siempre estaba rodeada de amigas. Yo era un proyecto de ermitaño, un boceto de persona dedicada a leer historietas y bla bla bla (quiero hablar sobre Chuna, no sobre mí).


De chicos, sin embargo, pasábamos mucho tiempo juntos. “Herminio Masantonio”, “Claudio-Miguel/Miguel-Claudio” y “el agujero en la garganta de la tía Kseña” son otras palabras-código que sólo nosotros entendíamos. Pero ahora tengo un problema: las entiendo yo solo,  porque Chuna tiene muy mala memoria. No se acuerda de casi nada que haya pasado hace más de dos meses. “No me entran los datos en el rígido –dice, riéndose como cuando tenía 9 años-. Para agregar información nueva tengo que sacar la vieja”.

Es espantoso cuando pensás que compartís un secreto con alguien, un chiste interno, y de golpe te das cuenta de que el único idiota que le había dado importancia fuiste vos. Me pasó ochenta y cuatro veces en mi vida.

–¡Hoola, Adrián! ¡Mi socio en el ya pidió-ya salió!
–¿Qué?
–¡Ya pidió-ya salió, boludo! ¿No te acordás del lugar ése en el que comíamos?
–No, ni idea.

Qué bronca, la puta madre. Por eso, si alguien me habla de algo que no recuerdo, le sigo la conversación hasta el final para no romperle el alma.

Ése es el único problema con Chuna: no se acuerda de nada. Ella intenta, hace el esfuerzo, pero los recuerdos le desaparecen. Nos queremos un montón, pero temo que ella no se acuerda bien por qué. Yo sí me acuerdo: nos queremos porque construimos. Porque fuimos cómplices silenciosos de chicos y somos cómplices silenciosos de grandes.

Las relaciones importantes necesitan momentos importantes. Pensalo vos, que estás ahí leyendo. Pensá en las cinco o seis relaciones importantes que tenés y recordá en qué momento se transformaron en importantes. Casi siempre es por una depresión, una separación, un secreto, un dolor profundo. En esos momentos en que no podemos recurrir a casi nadie, aparecen las benditas relaciones importantes. Aparece Chuna. De todas maneras, no me sorprendería que éste sea otro código que no comparto con nadie. Ya imagino el diálogo:

–¡Chunaa! ¡Tanto tiempo! ¡Qué hermosa amistad construimos!
–No es para tanto, Martín.

Pero no me importa, Chuna. No me importa que no te acuerdes de nada, que no te consideres mi amiga o que te hayas quedado con mis discos de Los Piojos. No me importan las diferencias ideológicas, no me importa que a vos no te gusten los piqueteros y que a mí cada vez me gusten más. Alguna vez te voy a convencer. 

Cómo no te voy a querer, Chuna, si hasta a tus novios los termino queriendo, si nunca me sentí incómodo en un lugar en el que estuvieras vos, si yo te escuchaba a las 7 de la mañana tragándote las lágrimas para poder hablar con nuestro abuelo Víctor, cuando estaba enfermo, y hacerlo reír.

Todo este texto, que es igual a esos textos que odio de los que hablé antes, es sólo para que entiendan lo que sentí hace algunos días, durante una tarde de mierda, cuando abrí el facebook y vi una notificación: Chuna Arias ha publicado en tu muro. 

Eterna desmemoriada, pensé yo, espero que no me escriba para preguntarme de dónde nos conocemos. Hice clic con un poco de desconfianza, pero lo que leí fue lo que nunca hubiera esperado. Chuna, porque sí y sin ningún motivo, publicó en mi muro:

sábado, 22 de octubre de 2011

La edad de mis preocupaciones

Por Martín Estévez

Yo no sé si tenía pocos problemas o era muy pelotudo, pero a los 8 años mi mayor drama fue perder una historieta, la Flush Man número 3. Drama en serio, eh: con angustia, llanto, falta de hambre, bronca y dolor. Hubiera firmado una vida sin postre a cambio de volver a ver esa tapa en la que (como siempre) Flush Man corría a toda velocidad. 

Si hoy puedo seguir comiendo helado es porque, esa tarde, el Diablo estaba distraído.

En realidad, ahora que lo pienso, casi todas mis grandes preocupaciones del pasado hoy me causan vergüenza. Las veo desde lejos y no puedo entender cómo cuestiones patéticamente sencillas me amargaban la merienda. Especialmente la merienda de los sábados, que era el día que en casa compraban facturas.

A los 7 años le tenía miedo a la fiesta de fin de año del colegio porque en la del año anterior: no encontraba a mi familia y pensé que se habían ido sin mí.

A los 9, sentía pánico cada vez que tenía que ser árbitro en un partido entre mis primos, porque Diego se enojaba, me gritaba y yo terminaba llorando, o cobrando cualquier cosa.

A los 11, me hubiera encerrado para siempre en mi pieza si alguien se enteraba de que me gustaba Violeta.

A los 14, mi vida dependía de que Racing no desapareciera: la primera vez que entré a un banco fue para depositar, en la cuenta del club, monedas que les pedía a mis compañeros con lágrimas en los ojos.

A los 15, vivía atormentado pensando que jamás le iba a dar un beso a una chica. Los aparatos fijos no me ayudaban.

A los 17, tenía pesadillas en las que alguien descubría mi mayor secreto: que no sabía andar en bicicleta.

A los 19, cuestioné mi vida porque me fue mal en una evaluación de conocimientos generales. Me obsesioné con saberlo todo y lo único que logré fue perder días enteros leyendo libros del siglo XVII, viendo cine mudo y resumiendo la Historia Universal.

A los 22, me levantaba a las tres de la mañana para grabar los goles del Piojo López en México que sólo televisaba ESPN, y me angustiaba cuando no los pasaban. Todavía no sé por qué.

A los 24, me ocultaba para que nadie supiera que salía con chicas a las que había conocido chateando.

A los 26, sufría imaginando que alguien deduciría que, aunque yo estaba a cargo de la revista El Gráfico Polo, en mi reputísima vida había visto o leído algo sobre polo.

Los miedos terribles e inevitables (a la muerte o a que se te caigan todos los dientes) no me afectaban tanto como el terror a que Diego se enojara o a morir virgen de besos. Lo que realmente me ponía mal era que alguien me viera perdiendo el equilibrio y cayéndome de la bici en Sucre al 1500.

¿A qué quiero llegar con esto? A que sigo siendo un cobarde exagerado, un maricón crónico, a que sigo preocupado y muerto de miedo por cosas que nunca van a pasar.

Porque la Flush Man número 3 apareció, nunca me abandonaron en la escuela y di mi primer beso a los 16. Porque Racing levantó su quiebra, ya ni recuerdo qué goles me faltó grabar, por chat conocí gente maravillosa y aprendí que lo único que hay que saber sobre polo es que es mejor no saber nada.

Sin embargo, a los 27 años, sigo sintiendo que me rondan tragedias ocultas, sigo arruinando los mejores momentos de mi vida preocupado por alguna estupidez.

Le tengo un miedo exageradísimo a que mi jefe me llame a su oficina y diga por fin: 

—¿Se puede saber por qué llegás tarde absolutamente todos los días? 

Miedo en serio, eh: subo corriendo las escaleras mecánicas, atravieso pasillos sin saludar y prendo la computadora incluso antes de sacarme la mochila de los hombros. Se los juro: hoy mismo, 20 de octubre de 2011, estuve asustado hasta que Elías Perugino se acercó y dijo lo que me dice cada vez que llego tardísimo: 

—Hola, ¿cómo va?

Mis momentos más pasionales en la popular de Racing, lo confieso, son una mentira: en realidad, todo el tiempo estoy pensando que, si mete un gol, en la avalancha me van a destrozar los anteojos y voy a estar ciego durante días por no tener unos de repuesto. Tener 3,75 de aumento no es joda: me imagino cruzando la calle guiado exclusivamente por sonidos y olores. Dios, no quiero ir más a la cancha.

Le tengo miedo a boludeces, a que se me pierdan las llaves de casa, a no pagar los impuestos, a comer algo que tenga carne sin saberlo. Miedo a que me den un billete falso, a olvidarme de un cumpleaños importante, a no conocer nunca a Fausto, el hijo de mi amigo Pablo. Miedo, miedo, muchísimos miedos insensatos y molestos que me nublan el cerebro.

¿Cómo puede ser que, aunque ya lo sepa, me siga pasando? Si sé que siempre me preocupé sin sentido, incluso ahora, ¿por qué estoy angustiado frente al teclado y pensando en que tal vez este texto, y todos los que escribo, a todos les parecen una porquería y nadie me lo quiere decir?