martes, 31 de mayo de 2016

Los orgasmos de mi abuela

Por Martín Estévez

Quiero escribir sobre mi abuela antes de que se muera. Más que nada, por principios: para que pueda defenderse. Aunque, la verdad, mucho no puede defenderse: tiene 84 años y anda débil, duerme casi todo el día y el cerebro está empezando a fallarle. Igual, aunque no sé cuándo morirá, prefiero escribir ahora. Y empezar contando que, a grandes rasgos, mi abuela podría ingresar en el grupo conocido como “viejas de mierda”.

Puede ser que escriba enojado por el trato que me dio hoy, por el que nos da a todos, todos los días. Puede ser. Aunque le cocinan, la cuidan, la quieren, mi abuela Teofania se queja. Maltrata a sus hijas, les rompe la paciencia, las ignora. Yo soy un boludo porque hago 35 cuadras en bicicleta bajo llovizna, con 11 grados de temperatura, con las orejas congeladas para verla. Y ella, con suerte, me saluda y me pregunta cómo estoy. Se queja de alguna cosa, se da vuelta y sigue durmiendo. Eso, en un buen día.

En un mal día me ignora, o me dice que su vida es una porquería, que no tiene nada que hacer, que tiene calor o tiene frío o le arden los ojos o no escucha bien o le molesta la luz o le molesta el ruido o le molesta la lluvia o le molesta que la llamen por teléfono o le molesta que alguien, en el mundo, sea feliz. Me dice que no la moleste más y sigue durmiendo.

Alguno pensará que es porque está vieja, pero no: Fanny fue siempre así. Mucha cara de perro, mucha queja. Cuando llorabas, te retaba porque llorabas. Cuando te reías, decía su frase más de mierda:

El que se ríe de día, va a llorar de noche…

¡Qué ganas de arruinarte el momento! Me acuerdo, me acuerdo bien una noche en la que Chuna se quedó a dormir abajo y, con mi hermana, cantábamos canciones groseras, bajito. Ella entró, nos escuchó a los tres, y me retó. A mí solo. “Sabía que vos ibas a estar cantando esas porquerías”, dijo. Y se fue.

Me acuerdo, me acuerdo bien cuando dibujé una bandera para regalársela, la de su país: Unión Soviética. ¡Más contento fui a dársela! Cuando la vio, en vez de explicarme que estaba en desacuerdo con el régimen político soviético, la rompió en pedacitos, en mi cara. Y, con cara de culo, me dijo: “Nunca más dibujes algo así”.

Me acuerdo, me acuerdo bien cuando me hablaba mal, muy mal de mi papá. A solas, aprovechándose de lo indefenso que puede estar un chico de 8 años. Llegó a decir que tenía que “colgarse de una soguita”. Sugirió, enfrente mío, envuelta en su dolor de madre, que mi papá tenía que suicidarse por las cosas que había hecho.

Me acuerdo, me acuerdo bien que, cuando yo tenía 19 años, salí de mi casa y volví enseguida, porque me había olvidado algo. Entré a mi pieza y ahí estaba ella, concentrada, silenciosa: Fanny leyendo mis cartas, las cartas íntimas que me escribía con mi novia, las cartas donde ella contaba cosas sólo para mí, y yo sólo para ella. Y Fanny, infame, sentada ahí, cagándose en mi privacidad, traicionándome.

Por las dudas, les aviso a mi tía Elvira y a mi mamá Tatiana (sus hijas) que, si esto les pareció demasiado fuerte, dejen de leer, porque lo que viene es peor.

Después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que mi abuela es así porque no disfrutó del sexo. No es que disfrutó poco: no disfrutó nada. Nunca se revolcó porque sí, mi abuela. Sí, estoy diciendo sexo: besarse, manosearse, excitarse. Si hace falta, introducir un pene en una vagina. Si leer esto los pone incómodos, estamos en problemas: lo único que vamos a lograr es generar personas reprimidas como mi abuela.

Yo la escuché hablar mucho a Fanny. Muchísimo. La escuché decir miles de cosas. Pero nunca, nunca jamás de su boca, salieron las palabras placer, goce, pasión. Nunca jamás la escuché decir sexo, pene o vagina. No estaban en su vocabulario. No se las enseñaron.

A Teofania, a Fanny, a mi abuela, le enseñaron que su trabajo era cocinar, lavar y coser. Nació en Bielorrusia, hacía frío, había nieve y, a los 11 años, a veces tenía que cuidar sola a sus hermanas mellizas, que tenían 3.

Repito: a los 11 años tenía que cuidar sola a sus hermanas mellizas, que tenían 3.

Y de pronto estaba en un barco, lleno de hombres y mujeres y borrachos y camarotes chiquitos. Semanas en un barco en el que había enfermedades, pestes, fiebre, personas que morían. Ella era una niña que veía a personas morir enfermas, sin medicinas, sin cuidados, sin sepulcro.

De pronto no había nieve y frío, sino calor, y ella estaba en Paraguay, y tenía que trabajar en la casa de desconocidos cocinando, barriendo y planchando. Era menor de edad y tal vez limpiaba los restos de mierda del inodoro de una familia de desconocidos. 

Hablo de Fanny. De mi abuela.

Y en Bielorrusia y en Paraguay y en Argentina escuchó la misma cosa: que ella era mujer, y que la mujer que gozaba era una prostituta. Que la mujer que se vestía como quería era una ramera. Que la mujer que cojía por placer era una puta. “Cojer”, sí. Alguno pensará que es aberrante que yo escriba así; yo digo que es aberrante que se lo hayan hecho creer a mi abuela.

Fanny tuvo sexo sólo para cumplir con otra obligación: tener hijos. Dos veces. Me juego tres dedos de la mano a que jamás tuvo un orgasmo. Le dediqué tiempo a pensar si mi abuela tuvo o no tuvo orgasmos. No es zarpado, ni gracioso: es lo que tenemos que hacer en esta sociedad para dejar de ser machistas.

Fanny rompía las bolas con que su marido (Víctor) no la llevo nunca al cine. Se lo escuché decir mil veces. La entiendo ahora: a ella no le molestaba que Víctor fuera o no fuera al cine. A Fanny, lo que la lastimaba, era que sus decisiones dependieran de un hombre. Desde lo psicológico, porque se lo habían enseñado: ella tenía que “seguirlo”. Pero también desde lo material: Fanny no tenía un peso. Cuando ella era joven, los hombres podían comprarse cigarrillos, ir al cine, pagar una prostituta y someterla. Las mujeres, como Fanny, no podían comprarse un peine, ni un chocolate, ni una entrada de cine sin pedirle plata a su marido.

Fanny no disfrutó de su familia, porque tuvo que trabajar. Fanny no disfrutó de lo material, porque era pobre. Y Fanny no disfrutó su sexualidad, porque era mujer. Qué vida de mierda le impusieron los políticos, los empresarios, los explotadores, el sistema. Qué vida de mierda.

¿Cómo no va a quejarse? ¿Cómo no va a sufrir? Le enseñaron que su vida dependía de un hombre, y el hombre se murió hace exactamente seis años. Y entonces ella se empezó a morir también, tal como se lo enseñaron: sin un hombre al lado, no servís.

¿Podría ser distinta? Sí. Su hermana Nina sufrió lo mismo, y también se le murió el marido, y no pudo tener hijos. Pero, aunque es amable y sonríe, es una excepción. Está mal pedirles a todas las mujeres que sufrieron tanto, que sean como Nina. Sería como pedirles a todos los niños pobres de Rosario que se conviertan en Messi: una injusticia absoluta.

Hoy lloró mi abuela, lloró mucho, como cada vez que la veo. A veces le preguntan por qué llora. A mí no me hace falta preguntarle: llora por cada infancia en la que fue mucama, por cada muerte que vio al lado suyo, por tantos deseos sexuales que tuvo que reprimir. Llora por las películas que no pudo ver sin su marido, por todas las putas tardes en las que ni siquiera puede reprocharle a un hombre todas sus lágrimas.

Llora mi abuela y lloro yo con ella, en silencio, sin que se dé cuenta. Lloro por ella y por todas las mujeres a las que les complicaron la vida con ideas absurdas, crueles, violentas. Le perdono todo porque soy hombre, porque soy yo el que tiene que pedir perdón. Sé que ser mujer hoy es tan difícil y me duele estar del otro lado, culpable por no arrancar a todos los hombres injustos que contaminan el mundo.

Sé que ser mujer hoy es tan difícil, pero no puedo ni imaginarme lo difícil que habrá sido en 1931, cuando nacía esta viejita hermosa. Cuando esta bisabuela que hoy nos trata mal no era bisabuela ni nos trataba mal, sino que esperaba del mundo lo que merecía: justicia, placer, amor.

El capitalismo le robó la justicia, porque mientras algunos no trabajaban y tenían mucho, ella trabajó mucho y no tuvo nada. El machismo le robó el placer, porque una mujer de bien no tenía que disfrutar del sexo. Le robaron la justicia y el placer. Y es por eso, especialmente por eso, que están ahí Tati, y Elvi, y estamos todos los que queremos estar, dándole cada vez que podemos lo único que no pudieron robarle: el amor.

El amor que Fanny me dio cada vez que me cocinaba, cada vez que me llevaba al colegio, cada vez que me compraba un chocolate antes de un examen. El amor que le vi mostrar por su marido sólo una vez, justo en el momento del infarto cerebral, cuando lo agarró de la cara y le dijo, se lo dijo, yo lo escuché: “¡Víctor, mi amor!”.

¡Cuánto, cuánto inmenso amor vi en los ojos de esa vieja quejosa, cuántos meses pasamos los dos sentados al lado de Víctor, cuántos dolores compartidos!

A vos, Fanny, te enseñaron a acompañar a tu marido hasta el final, y no te dijeron quién te acompañaría a vos. Pero quedate tranquila: ahí están tus hijas, pacientes, para quererte. Y aunque te quejes siempre, tragues fuerte, me trates mal, no quieras leer, no quieras conversar, no quieras mirar y tampoco quieras oír, también, te lo prometo, hasta el final de los finales, voy a estar yo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Los Andes es sólo una cordillera

Por Martín Estévez

Nunca tuve problemas con mi barrio. Lomas de Zamora es una localidad como tantas de Buenos Aires, con estación de tren, plaza principal y club de fútbol. El club se llama Los Andes y siempre fue motivo de unión en nuestra casa. Ahí convivíamos hinchas de Racing, Boca y River, pero los sábados a la tarde no había conflictos: éramos todos de Los Andes.

Recuerdo a mi abuelo Víctor escuchando, por Radio Lomense, partidos en los que jugaban Papescu, Herner o Arrebillaga. Señores a los que jamás les vi la cara, pero de los que sabía que eran un flojo delantero, que tenían un mellizo o que eran bajitos y gambeteaban. Hasta retengo en la mente una derrota 5-2 contra Argentino de Quilmes, en la que Víctor y yo terminamos al borde del llanto.

Antes que a la cancha de Racing, mi tío Alberto me llevó a la de Los Andes. En el 94 vimos la final por el ascenso al Nacional B contra Deportivo Armenio: ganamos 1-0 con gol de un uruguayo pelado llamado Gilmar Gilberto Villagrán. También festejé la salvación del descenso en el 95 y los goles del Pirata Czornomaz en el 96.

¿Cómo no iba a ser de Los Andes si la última vez que Víctor fue a una cancha fue a un Los Andes-Banfield, a los 75 años, y ahí estábamos todos? Él, Alberto, Diego, Matías y yo: los cinco varones de la calle Oliden. 

En el 2000, por única vez en 49 años, Los Andes ascendió a Primera. Fui a la ida de la final contra Quilmes y días después, aunque hacía frío, caminé hasta la cancha para festejar con más de 30.000 personas, llevarme un poquito de pasto y saludar a los jugadores, que paseaban en el camión de los bomberos. El barrio era una fiesta.

Servían, esas cosas, para desahogar las penas que me generaba Racing. Si aquel fue el peor año en la historia del club (último, en quiebra, al borde de la desaparición) fue también el año en el que más hincha fui. Mucho más que ahora. Amaba a Racing con locura. Le hacía canciones, vivía los partidos durante toda la semana previa, me sabía la formación de la Reserva. 

Era tanto el sufrimiento, que en mi colegio todos hinchaban un poco por Racing. No por cariño, sino por lástima. El día después del único triunfo en ocho meses (2-0 contra Almagro), los profesores no usaron el pizarrón por un solo motivo: me dejaron colgar ahí, durante todo el día, una bandera de Racing.

No sólo era hincha de Racing, sino de todo lo relacionado con Racing: de Pepe Sánchez, basquetbolista hincha de Racing; de Gimnasia, porque era amigo de Racing; y del Piojo López, porque había pasado por Racing. Les juro que no miento: nunca fueron tantos amigos a mi casa como cuando el equipo del Piojo, Valencia, jugó la final de la Liga de Campeones de Europa contra Real Madrid. Creo que no querían perderse la posibilidad de verme, por una vez en la vida, festejar un título. Pero claro: Valencia perdió 3 a 0.

Racing, Racing, Racing. Lo nombro tanto a propósito para que entiendan lo presente que estaba en mi vida en aquellos tiempos. Racing, Racing, Racing.

El 6 de agosto de 2000, el destino quiso que Los Andes debutara en Primera en cancha de Racing. Durante los días previos me preguntaron varias veces quién quería que ganara, y yo respondía Racing. Contestaba con tranquilidad, porque sabía que Los Andes sufriría mucho en Primera. No hacía falta humillarlo, sólo sumar tres puntos.

Fue una tarde rara. Diez mil hinchas de Los Andes viajaron con nosotros hasta Avellaneda, pero ellos fueron a una tribuna y yo a la otra. Me conmovió ver la popular visitante colmada y me sentí incómodo cuando los de Racing cantaron:

¡Los de Lomas son todos putos, los de Lomas son todos putos!

Yo hice un silencio de hondo respeto ante cada canción agresiva. Y mucho más cuando Racing se puso 1-0 con gol del Chanchi Estévez. Grité el gol, pero porque realmente necesitábamos ganar. Era un partido clave.

En el segundo tiempo, cuando nadie lo esperaba, Los Andes empató 1-1. No lo podía creer. El partido se puso caliente. Matías se agarraba la cabeza y yo miraba desconcertado. Los hinchas de Racing gritaron todavía más fuerte:

¡Los de Lomas son todos putos, los de Lomas son todos putos!

A mí me pareció una exageración. Los Andes no tenía la culpa de los errores de la defensa, y además, después de todo, había un empate. Me di cuenta, en medio de la tribuna, mientras todos parecían fanáticos dementes, que no era para tanto. Que se trataba de un partido de fútbol, y que del otro lado estaba Los Andes, el club del barrio, el de la familia, el de Lomas de Zamora.

Que me perdonen los hinchas de Racing, pero me amigué con la idea del empate. Era histórico para Los Andes, y Racing cortaba tanta mala racha. Por un momento me imaginé caminando por Lomas, durante la semana siguiente, y escuchando a todos decir:

Qué grande es Racing, qué empate le sacamos, deberíamos ser amigos de su hinchada.

Sabía que Víctor estaba con la oreja pegada a Radio Lomense escuchando orgulloso el empate. Que al otro día conversaríamos sobre eso. Me alegré. Y me sentí bien conmigo mismo.

Si alguna vez tenía que demostrar madurez y falta de egoísmo, era en ese momento. ¿Qué me costaba ponerme contento por un empate, si también dejaba contentos a los diez mil de enfrente y a toda mi familia? ¿Desde cuándo el fútbol se había transformado en un territorio en el que yo dejaba de ser reflexivo, callado y pensante para convertirme en un tarado más que insulta a los rivales? ¿No era hora de dejar de lado tanta estupidez?

Levanté la cabeza de a poco. Respiré profundo. Miré a mi tío. A mi primo. A los hinchas de este lado. A los del otro. Y sentí en el pecho la tranquilidad de saber que el cariño por Los Andes y el amor por Racing podían convivir pacíficamente dentro mío. 

Levanté un poco más la cabeza y miré hacia el campo de juego: un tipo llamado Oscar Monje, en la última jugada del partido, metió el 2-1 para Los Andes.

¡¡¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!! ¡¡¡La concha de tu madre, hijo de putaaaaaaaaa!!! le grité, pero no me escuchó.

Me saqué la zapatilla derecha y la revoleé con la intención de romperle la cabeza, pero ni llegó a pasar el alambrado. Los vi irse, a los diez mil, contentos y cantando. Y yo grité, más seguro que nunca, junto a todos los míos:

¡Los de Lomas son todos putos, los de Lomas son todos putos!

Cuando ellos, los visitantes, por fin se fueron, me senté en el escalón y lloré durante veinticinco minutos seguidos. Alberto y Mati me esperaron pacientemente. Volvimos destruidos, en tren, a una ciudad que sabíamos enemiga: Lomas de Zamora.

En casa, prendí fuego algunos recuerdos y no hablé con Víctor hasta el domingo siguiente. 

Para mí, desde aquel 6 de agosto y para siempre, Los Andes es sólo una cordillera.

domingo, 1 de mayo de 2016

El pelotudo de la mesa 51

Por Martín Estévez

Quiero que este texto recorra Buenos Aires para que le llegue a la persona que aparece a la derecha en esta foto. Sólo se ve su sombra, pero sé que podremos encontrarlo. Porque existen injusticias estructurales, generadas por el sistema, pero también existen injusticias individuales provocadas por energúmenos como este tipo. Quiero que le llegue a él y a todos los que son como él, para que se den cuenta de que están viviendo equivocados. De que el mundo entero los detesta. De que sus vidas son una gran y absurda mentira.

Los que me conocen, saben que no me gusta pagar. Desconfío de lo que no me regalan. Uno de los motivos por los que soy capaz de comprar algo no relacionado con mis necesidades básicas es un gordito llamado Hernán Casciari, cuya particularidad es ser uno de los dos mejores escritores vivos del planeta. Por eso, este viernes (29 de abril de 2016) fui a escucharlo contar historias en un centro cultural bastante antipático llamado No me olvides. Para ayudar en la búsqueda del energúmeno de la foto, apunto la dirección: Avenida Meeks 490, localidad de Lomas de Zamora. Él estaba sentado en la mesa número 51, pegadita a la ventana.

Antes de aclarar por qué lo busco, quiero explicarles que en el universo existen tres clases de personas. 

A) Un grupo está conformado por los que terminan siendo mejores que el contexto en el que crecieron. Por ejemplo, las personas oprimidas por el sistema que no se convierten en delincuentes (el atleta Braian Toledo); los que dedicaron su vida a la justicia social en lugar de al bienestar individual (la jubilada Norma Plá); o los que utilizan sus capacidades para mejorar el mundo de algún modo (Hernán Casciari). A este grupo lo llamo el de los genios (y genias, claro). A ellos, lo que hay que hacer es abrazarlos.

B) El segundo grupo de personas lo conforman los que terminan siendo similares a su contexto. Lo integran, entre otros, los que pasaron hambre de pequeños y se convirtieron en asesinos seriales; las que tenían una mamá maestra jardinera y hoy son maestras jardineras; los que tenían un papá abogado y ahora son corruptos; y los que recibieron cariño de chicos y ahora no les pegan a los animales. En este conjunto estamos (me incluyo) la gran mayoría de los seres humanos. Por ese motivo lo llamo el grupo de los normales. A estas personas, lo que hay que hacer es pedirles un poco más de esfuerzo.

C) El tercer y último grupo está formado por los que terminan siendo peores que su contexto. Personas a las que nunca les pegaron y fajan a su pareja; hijos de hippies que estudian Recursos Humanos o Marketing; los que recibieron alguna vez un subsidio del Estado y se quejan contra los planes sociales; o los imbéciles que son capaces de arruinarme una noche en la que Casciari cuenta historias. A este grupo los llamo los pelotudos (y pelotudas, claro), y lo que hay que hacer es encerrarlos a todos juntos para que no molesten a los demás.

Uno de ellos estuvo el viernes, en la fatídica mesa 51. Lo reconocí enseguida, y no se trata de un prejuicio: a los pelotudos se los detecta fácilmente por el tono de voz, por la forma de respirar o porque creen que Macri quiere hacer felices a los argentinos.

El pelotudo de la mesa 51, lo sé, estoy totalmente seguro, tuvo en su infancia un contexto favorable. No pasó hambre, fue a la escuela, su familia lo quiso, no le falta un brazo. No lo fajaron de chico, no tuvo que ocultar su sexualidad, alguna vez le regalaron un libro. Tuvo todo para ser una persona normal; hasta podría haber sido un genio. Pero no.

El viernes, un artista llamado Zambayonny cantaba una canción y, luego, Casciari contaba un cuento. Así, sucesivamente. En el lugar entraban pocas personas (unas 200), así que nada podía salir mal. El único capaz de arruinar algo así era él.

En cada canción, el pelotudo de la mesa 51 cantaba lo más fuerte que podía, muy mal, y golpeando la mesa. En cada cuento, se reía exageradamente, con una risa nauseabunda, con cara de foca descompuesta, y hacía comentarios forzados.

Todos se dieron cuenta de que era pelotudo por muchos motivos, pero especialmente por uno: se reía cuando no se tenía que reír. Cuando Zambayonny insultaba en una canción, él también insultaba y largaba una carcajada molesta. Vaya y pase. Pero cuando Casciari nos acercaba a todos a una reflexión sobre la condición humana, la muerte o la soledad, el pelotudo también se reía.

Que se entienda: él no cantaba porque le gustaba la canción ni se reía porque algo le causaba gracia. Los pelotudos cantan en recitales de otros porque no soportan no ser el centro de atención y porque son incapaces de esforzarse lo suficiente para crear arte. Él creía que por aprenderse una letra de Zambayonny era tan genial como Zambayonny, pero no. Ya sabemos que genio no es. Es otra cosa.

El pelotudo se reía de cada frase de Casciari (aunque fuera "extraño a mi viejo") porque quería fingir que entendía un código humorístico que los demás no, que captaba un chiste interno que era sólo para inteligentes, que él también podía estar sentado sobre el escenario. Pero no, flaco, no: cuando alguien dice que extraña a su papá, nunca tenés que reírte. Nunca.

Que sirva esta denuncia para que empecemos a escrachar a todos los pelotudos que nos rodean. Búsquenlos, son fáciles de encontrar: se hacen los dormidos en el colectivo cuando sube una mujer con bastón; insultan a personas por ser de otros países; se burlan de los ecologistas; cometen delitos porque "lo hace todo el mundo"; critican a los demás y no construyen nada; creen que las personas tienen hijos para que les den un plan social; reciben un regalo y le miran la marca; creen que todo lo importado es superior; dicen que siempre va a haber pobres; piensan que son mejores que los demás.

Lo peor, pelotudo de la mesa 51, es que no sólo los desconocidos te miraban porque se daban cuenta de tu condición. También tus amigos. Se les notaba que estaban ahí porque no les quedaba otra; que sentían vergüenza ajena ante tu intención de llamar la atención; que tus chistes nunca, pero nunca, les causaban gracia. Te tienen lástima, y está bien que así sea.

Sé que será difícil que te llegue este mensaje, pero no tengo ningún apuro. Porque estoy seguro de que, en la batalla de todos los tiempos (los que soñamos un mundo más justo contra los que lo convierten en un infierno) nos encontraremos. Vos estarás con tu risita estúpida, golpeando la mesa, molestando a tus compañeros de bando. Yo estaré tan pacífico como siempre, guardando en el bolsillo una trompada bien puesta que empecé a construir este viernes. Estaremos frente a frente y vos te reirás de la guerra, y yo también sentiré lástima, y por eso decidiré no pegarte. Pero vos, por un único motivo, revisarás mi bolsillo y recibirás en el medio de los dientes la trompada que deberían haberte pegado el viernes: porque sos un pelotudo.

martes, 26 de abril de 2016

Lo que me enseñó Marisa

Por Martín Estévez

Marisa se murió cuando tenía 16 años. Lo aclaro ahora porque no quiero usar el golpe bajo de contarlo al final del texto. También me parece sincero explicar que casi no tuve relación con ella: jamás fui a su casa, no recuerdo el nombre de sus padres, nunca nos sentamos juntos. Apenas sé que le gustaba Rata Blanca y que tuvo un novio llamado Nicolás. Aun así, Marisa me enseñó una de las cosas más importantes que aprendí en la vida. 

 Fuimos compañeros en primer grado. Y en segundo, y en tercero. Y en cuarto, en quinto, en sexto. En séptimo, en octavo y en noveno. Y en primer año del polimodal. Insisto: no éramos amigos. Pero, ahora mismo, me sorprendo pensando que nos vimos cuatro horas de lunes a viernes durante diez años. Y entiendo por qué estoy escribiendo esto. 

Marisa fue una más, como esos compañeros de trabajo con los que sólo te decís hola y chau, hasta que un día, en el colegio, nos contaron que tenía una enfermedad dura, probablemente terminal. Yo tenía 15 años (los mismos que ella) y la muerte sólo me había atacado en zonas superficiales: una bisabuela llamada Merce y un primo lejano que me hizo conocer qué era exactamente el SIDA. Por eso todavía creía que, a veces, a la muerte se le podía ganar. 

Se organizó una visita entre varios compañeros para visitar a Marisa, que estaba internada, y fui. No recuerdo en qué hospital era, pero el viaje me pareció eterno. Sentía la incomodidad de no saber qué hacer ante alguien que sufría. Entramos a la sala y la vimos: estaba tan flaca, tan débil, la enfermedad estaba siendo tan hija de puta con ella. Pensaba que era yo el que tenía que hacer algo, pero lo hizo ella, enseguida, justo en el momento en que me saludó.

Vengo contando en este blog que el año 2000 representó el primer gran quiebre en mi vida. Se sumaron cambios tontos (me corté el pelo, adelgacé, me sacaron los aparatos fijos) y algunos más importantes (me operé). Esas cosas estaban dando vueltas en mi cabeza cuando me tocó saludar a Marisa, acostada, con los ojos entrecerrados, con el pelo tan finito. Ella me dio un beso, me miró un rato, fijamente, y me dijo: 

–Te cortaste el pelo, Martín. Estás muy lindo. 

 Es difícil explicarles lo que sentí, lo que vuelvo a sentir otra vez ahora, pero igual lo intento: hasta ese momento, nunca jamás me habían dicho (ni yo tampoco había dicho) algo lindo a una persona que no fuera de mi familia. Eso no existía. Decirle “te quiero” a un hombre era de puto. Y antes de decirle “sos linda” a una mujer, me habría desmayado de los nervios. Con suerte, alguna vez le había escrito “sos un buen amigo” a alguien, pero nada más. 

Estás muy lindo. Marisa me lo dijo con una simpleza que me atravesó. No estaba diciendo que yo le gustaba, ni gracias por venir, ni ninguna otra cosa. Simplemente estaba diciendo lo que pensaba: que el corte de pelo me quedaba bien. Sólo eso. 

No le dio vergüenza. Fue evidente que ni siquiera le costó. Y tiene lógica: ella llevaba semanas luchando contra la muerte. La timidez era un rival al que podía ganarle con una mano atada. O con los ojos entrecerrados, con el pelo tan finito y acostada en esa cama de ese hospital en el que ella y yo, por fin sin la excusa de una escuela, fuimos, por única vez, nosotros. 

Insisto: casi no conocí a Marisa. Era, en la definición rápida de mi cerebro, la mejor amiga de Violeta. Cuando me enteré de su enfermedad no me cambió la vida, ni me largué a llorar, ni fui corriendo a verla. No quiero agregarle a este texto ningún dato que no sea absolutamente real y sincero. No hace falta. 

Aquella visita no fue larga. Probablemente permitían media hora, y había que irse. Debo haber hablado poco, porque éramos varios y porque yo sí era tímido. La miré mucho a Marisa, porque lo que yo había ido a buscar (una “compañera muy enferma”) se había convertido en otra cosa: en una parte de lo que es hoy este blog, este texto, mi vida. 

La forma de hablar de Marisa, de sonreír, de luchar, me generó algo. Algo que primero tuve en el estómago, y me fue subiendo hacia la garganta hasta que nos avisaron que teníamos que irnos. Todos la saludaron y, cuando me tocó a mí, de la garganta salió para afuera. Le acaricié la cara (nunca había acariciado la cara de alguien que no fuera mi mamá) y le dije: 

–Vos también estás hermosa. 

Ella me miró, seria. 

–No. Mirá cómo estoy… 

Y yo la miré con otros ojos: con los ojos que ella me había enseñado media hora antes. 

–De verdad –le dije–. Estás hermosa. 

Y Marisa sonrió. 

Su lucha duró unos meses más (hasta volvió al colegio durante algunos días). Y murió, a los 16 años. Es muy poco más lo que puedo contarles sobre ella. “Pienso mucho en Marisa, en lo que sufrió siendo tan chica, y en las ganas que tenía de vivir. Hacía quimioterapia y a la vez me pedía las carpetas para no atrasarse en el colegio. Hasta pidió rendir las materias para no perder el año. Me da bronca. Me da bronca que no viva”. Esas palabras, que alguna vez me escribió Violeta, tienen mucho más valor que todas las que yo pueda decir. 

Sólo me quedé con el aprendizaje, enorme, de decir lo que siento. Lo internalicé muy rápido, porque en ese mismo año 2000 cambió mi forma de expresarme. Empecé a ser más parecido a lo que soy ahora, a esta bestia capaz de decirle a Leandro que con rastas está re potro o a Luz que es mi actriz preferida para siempre. Pero también de decirle a cada persona que escriba un comentario en este texto, en público y sin ponerme colorado, alguna verdad que nunca le haya contado. 

Lo hago porque a la verdad no sólo hay que decirla, sino que hay que decirla cuanto antes. Lo hago porque no sabemos, nunca sabemos, cuál de todas será la última verdad que podamos decir. Y lo hago, especialmente, porque me lo enseñó Marisa.

domingo, 3 de abril de 2016

Me cortaron el pene

Por Martín Estévez

Cuando era chico, descubrí que mi pene era deforme. No es una historia graciosa. Un día, sentado en el baño, tiré la piel (ahora sé que se llama prepucio) para atrás y descubrí algo raro. Había visto penes dibujados en un libro llamado ¿De dónde venimos? y el mío no era como los que aparecían ahí. Estaba corrido para un costado, tironeado por algo, algo parecido a una banda elástica roja que todo el tiempo parecía a punto de reventarse y de transformar mis genitales en un charco de sangre. Desde ese momento, viví con una angustia enorme y silenciosa. Cuanto más silenciosa, más enorme.

Les juro por mi mamá que todo es cierto. Yo iba al baño, me sentaba, y me miraba el pene. Me sentaba aunque sólo hiciera pis porque me salía raro: en dos chorritos o muy desviado. Y me miraba para ver si algo había cambiado: si esa deformación se había ido o si iba a explotar de una vez. Pero eso nunca pasaba.

Lo peor fue cuando empecé a crecer y a tener erecciones. Las erecciones me dolían. La banda elástica roja tiraba más y más fuerte. No me convenía que se me parara el pito: era peligroso. Me imagino que, en esa idea (¡que se me parara el pito era peligroso!), nacieron mis posteriores y numerosos traumas sexuales. Pero yo no lo sabía. Me encerraba y sufría pensando que convenía que nunca nadie me viera desnudo, así nadie descubría mi terrible secreto.

En momentos donde no tenía internet ni amigos, empecé a investigar mi problema en el único lugar que se me ocurrió: un viejo diccionario. Buscando y buscando, encontré algunas enfermedades sexuales y deduje que, probablemente, tenía sífilis. O gonorrea. O algo de eso.

Si mi primera poesía la había escrito por un amor no correspondido, ahora utilizaba la literatura para aliviar tanto miedo. En Tirando paredes expliqué, sin gracia y de modo muy críptico, lo que me pasaba: cada día me levantaba pensando “hoy se lo cuento a alguien”, pero llegaba la noche y me acostaba con la angustia multiplicada.

No se los quiero hacer más largo, no es necesario: ya se imaginarán lo que puede generarle a un niño convivir durante años con una deformidad oculta. Y encima, en el pene. En mi casa, jamás se nombraba al pene, o a la vagina. Jamás. Y yo lo tenía deforme.

En una historia anterior conté que, cuando empezó el año 2000, decidí enfrentar mis problemas. Empecé cortándome el pelo e intentando perder la timidez con las chicas: yo tenía 15 años y no había estado ni cerca de besar a alguien. Pero el otro problema, el más grande, estaba ahí, esperándome. Y no tenía la más puta idea de qué hacer.

Recuerdo esa noche perfectamente. Fue el viernes 17 de marzo de 2000. Había subido a la casa de mis tíos para ver Racing-Instituto. Yo era muy fanático de Racing. Mucho. Los cordobeses eran un rival débil y empezamos ganando con gol de Cordone, pero nos dieron vuelta el partido y perdimos 2-1. De locales. En Avellaneda. Contra Instituto.

Apenas terminó el partido, como sucedía cada vez que Racing perdía, bajé inmediatamente, en silencio, sin saludar. Sentí tanta bronca por una derrota tan humillante, que pensé: “No puedo estar peor”. Las chicas no gustaban de mí, mi pene era deforme y Racing siempre perdía. Realmente no podía estar peor. Algo tenía que solucionar, urgente. Y lo único que dependía de mí era una cosa. Sí: esa.

Serían las 23:15. Mi mamá dormía. Respiré hondo, entré despacio en su pieza y le dije, bajito:

Tati…
¿Qué pasa? ¿Pasó algo?
No, no… Te quería preguntar…

Tragué saliva. Sentí que iba a desmayarme.

... ¿cómo es que se llama el médico que es como el ginecólogo, pero de los hombres?
No sé… Urólogo, creo. ¿Por qué?
Porque… me parece que me gustaría ir a hacerle una consulta.
¿Estás bien? ¿Te pasó algo?
No, no. Para ir nomás. Hacerle unas consultas.
Bueno, si querés mañana te pido un turno.
No, no, está bien, yo lo pido, yo lo pido.

A la mierda. El primer paso estaba dado: alguien sabía algo. Ya no estaba solo en ese infierno. Ahora faltaba lo peor: saber qué demonios tenía. Si era curable, o si mi pene sería deforme para siempre.

Fui al Policlínico Lomas una tardecita. Estaba lleno de hombres de más de 40 años y yo: 16 recién cumplidos, asustado, haciéndome cargo de mi vida.

Decime, en qué te puedo ayudar –me dijo el doctor Juan Pablo Aguirre.
Vine porque me parece que tengo algo raro en el pene. Como que me tira, me molesta…
A ver, desvestite y acostate.

Ay, si supieran los nervios que tenía. Seguro estaba pálido y transpirando simultáneamente. Por primera vez, alguien iba a ver el gran problema de mi niñez. Pero yo ya no era un niño.

¿Siempre tuviste esto así?
Sí… Desde que yo recuerdo, sí.
¿Y nunca nadie te revisó?
No…
Mirá –me dijo, y yo sentía que la verdad estaba a punto de caer sobre mí lo que vos tenés se llama fimosis. Es un problema de nacimiento que, cuando tenés pocos meses de vida, se soluciona con una pequeña intervención. Lo extraño es que nunca nadie se haya dado cuenta. Es algo que se detecta enseguida. No puedo entender que, desde que naciste, nadie te haya revisado.
¿Y entonces?
Ahora es un poco más complicado. Seguramente te debe generar mucha molestia y dolor…

Hice que sí con la cabeza.

… ahora tendríamos que hacer una intervención más importante: una operación. Pero, para eso, necesito la firma de tus padres: vos sos menor de edad.

Me quedé mudo.

¿Querés preguntarme algo?
Sí… ¿Me puedo morir en la operación?
Mirá, los riesgos son bajos. Muy muy bajos. Pero te vamos a tener que dormir el cerebro. Y, cuando se duerme el cerebro, siempre algún riesgo hay.

¡Cómo me acuerdo de esa tarde! Dentro del Policlínico hay como una capillita, y cuando salí del consultorio me metí ahí. Al principio, porque no sabía dónde ir. Después, para que nadie me viera llorar. Lo confieso con vergüenza: creo que recé. Dije que, si había Dios, ya era hora de que me tirara un centro. Que no me podía morir tan rápido. Y que si me salvaba, si sobrevivía a la operación, iba a dejar de ser tan maricón.

A la noche, cuando Tati ya estaba acostada, entré de nuevo.

Tati…
¿Qué pasa? ¿Pasó algo?
No, no… ¿Viste que te dije que iba a ir al médico ese, al urólogo?
Sí.
Bueno, fui. Me dijo que me van a tener que hacer… como una intervención, algo medio sencillito, que se hace en el día, es una pavada. Pero necesita que vayas, para que firmes unos papeles.

Tati abrió los ojos bien grandes.

¿Seguro no es nada grave?
Seguro, seguro, es una pavada.

Pobre Tati, ¡cómo se habrá puesto cuando el doctor le dijo la verdad! A la noche siguiente, me habló ella.

Martín, no sé si sabés, pero lo que tienen que hacerte no es tan sencillo…
Sí, ya sé, pero no quería preocuparte.

Y nos abrazamos.

Pasé una noche en la clínica y me desmayé por única vez en mi vida (Tati me atajó cuando salía del baño arrastrando el suero), pero la operación fue un éxito. Lo que hicieron, básicamente, fue cortarme una parte del pene: me extirparon el prepucio. Una especie de circuncisión judía, pero a un hombre grande. Lo primero que noté fue que ya podía hacer pis parado: el chorro salía derechito, como de manguera nueva.

El post operatorio, lo siento por los impresionables, fue traumático: tenía alrededor de treinta puntos de sutura alrededor del pene. Decenas de alambres enredados justo en una de las partes más sensibles del cuerpo humano. Y algo más: las curaciones con iodo tenía que hacérmelas yo. Y los alambres, mientras me bañaba, también tenía que sacarlos yo. Ay, diosito mío, me acuerdo y se me cierran las piernas.

Fueron dos semanas en cama, pero lleno de alegría por haber hecho mierda a las trompadas al monstruo de mi infancia. Y el pene, esa palabra que yo no podía decir en voz alta, se había transformado en el protagonista de mi vida.

¿Qué timidez podía sentir ahora, que varios desconocidos me lo habían visto y uno me lo había cortado en pedacitos? ¿Cómo seguir ocultando cualquier problema pavote, si en la mesa familiar todos preguntaban (aunque de modo sutil) cómo está el pene de Martín? Recuerdo que mi primo Matías me llevó en auto a la primera revisación, y yo le avisaba en cada lomo de burro: “Despacito, despacito”. Y, cuando volví al colegio, con Nico hicimos un cartel para que las personas no me lastimaran en el colectivo. Decía: “Cuidado: post operatorio”.

No cuento esta historia para atragantarles la cena a las señoras mayores ni para evidenciar mi orgullo por ser al menos un poco religioso: tengo pene judío. No, señor. Lo cuento porque muchas personas en el mundo viven angustiadas por un secreto asfixiante que piensan que jamás podrán resolver. A veces es un pene deforme, a veces es miedo a quedarnos solos, a veces es vergüenza a decir lo que deseamos. O el secreto pueden ser nuestros gustos sexuales, un mal que le hicimos a alguien, un amor no correspondido. Odiar a nuestra familia, o amarla hasta lo obsesivo, o no saber qué carajo queremos en nuestra vida mientras todos parecen tan seguros. Hay un secreto angustiante para cada ser humano.

No importa cuál sea el precio: el rechazo de algunas personas, centenas de lágrimas o veinte días curándonos el pene con iodo sentados en el piso del baño. Cualquier cosa, se los juro por el doctor Juan Pablo Aguirre, es mejor que vivir siempre con esa angustia que nos hace respirar raro, doler la panza y sonreír de mentira, siempre de mentira, porque las angustias secretas no se olvidan, ni con el mejor chiste, ni con la peor droga.

Saquen, sáquense de encima esos monstruos, que no son tan grandes ni tan monstruos. Los tenemos todos, aunque nadie se dé cuenta. Yo, una noche, le toqué el hombro a Tati para hablarle y todo empezó a cambiar. Y ahora, mi pene judío y yo, es cierto, vivimos sin prepucio. Pero sin tanto miedo y con sonrisas de verdad.

sábado, 26 de marzo de 2016

Rencorito

Por Martín Estévez

Mis peores defectos son la soberbia y el rencor. La soberbia no me parece tan mala, porque me agarró hace unos años para equilibrar décadas de baja autoestima. Pero lo otro es peor: no soy un rencoroso común, sino uno apasionado. Cuando le tengo bronca a alguien, mastico su recuerdo en cada chicle, incorporo su nombre en cada insulto y lo uso como ejemplo de todo lo malo de este mundo. Por ese motivo, llegaron a apodarme Rencorito

Como estoy de mal humor, les voy a contar, con nombre y apellido, quiénes son mis odiados favoritos. Cuidado: alguno de ustedes puede figurar sin saberlo. 

Rencor N°1 
Mi rencor más antiguo nació en 1999. Para los que no leen habitualmente este blog, les cuento que en esa época yo era un gordo anteojudo y antisocial con pelo largo, aparatos fijos y jogging ancho y gastado. Como era consciente de que iba camino a la infelicidad, había decidido que en el año 2000 tendría que enfrentar mis problemas. Así que arranqué temprano: el 1° de enero de 2000. 

Ya con el pelo corto (primer problema solucionado), decidí atacar mi extrema timidez: llamaría por teléfono a la chica que me gustaba (Violeta) y, ya que estaba, a otra que me caía bien: Lucía Ocampo. Estuve desde las doce y media hasta la una de la mañana con el teléfono en la mano, asustado. Pero marqué. 

Violeta me atendió con sorprendente simpatía y tuvimos una charla larguísima y agradable. Envalentonado, llamé a Lucía, pero del otro lado recibí un cachetazo: ella, tal vez pasada de sidra, se burló de mi llamado y, luego de humillarme durante algunos minutos, me cortó. ¡Ay, Lucía! 

La historia tiene final literario: meses después (y acá viene mi parte soberbia) me puse potro y ella empezó a gustar de mí. ¿Yo qué hice? Durante el resto del Polimodal, le devolví cruelmente, durante dos años, aquellos horribles minutos telefónicos que me había hecho pasar. La hice sufrir, y sin culpa. Qué hijo de puta. 

Rencor N°2 
Hace muy poco conté que, en el 99, formé mi primer grupo de amigos. Ahora explicaré por qué todo terminó en 2001. 

Yo había empezado a besarme con una chica y uno de ellos, Marcelo Petrucci, no estaba contento con mi decisión. Luego de meses de conflictos y celos infantiles, culminó una discusión diciéndome que a mi novia, por su forma de relacionarse con el género masculino (y con el perdón de las amas de casa), el resto de los hombres del planeta “deberían darle un tremendo pijazo”. 

Poco importa si tenía razón en su apreciación; lo que activó mi rencor fue su contundente deseo de lastimarme lo más profundo que pudiera. Sí: tendría que haberlo cagado a trompadas. Pero, como todos saben, soy cobarde y tengo más tendencia a conservar mis dientes que mi orgullo. Así que decidí, simplemente, no perdonarle jamás la ofensa. Tras dos años de intensa amistad, lo saludé amablemente y nunca más volví a hablarle. 

Rencor N°3 
En el viaje de egresados a Bariloche que padecí en 2001, a dos compañeras les robaron toda su plata. Como estaban muy tristes, agarré mis casi únicos 100 pesos y le di 50 a cada una, para que pudieran seguir el viaje normalmente. 

Cuando volvimos, una de ellas se hizo olímpicamente la boluda y jamás me los devolvió. Se lo recordé muchas veces, hasta la llamé por teléfono al año siguiente. Le inventé que tenía un abuelo enfermo y que necesitaba la plata con urgencia, pero no hubo caso. 

Débora Escalante: ojalá nunca necesites un riñón, porque si es por mí, te morís esperando.

Rencor N°4 
En 2005, un periodista nos citó, a mi amigo Sebastián Fernández y a mí, a las oficinas de Ideas del Sur (sí, la empresa de Tinelli). Nos preguntó cuánto dinero estábamos ganando; y nos prometió que en los días siguientes empezaríamos a trabajar en la revista Fox Sports por mucho más dinero que ese. 

En 2006 llegó el llamado y fui contratado, pero a Sebastián no lo llamaron jamás. Fue sólo el comienzo: cuando recibí mi primer sueldo (arreglado “de palabra”) no era “mucho más” de lo que ganaba, sino “bastante menos”. Lo peor, de todas maneras, fue convivir dos años con ese señor, que oficiaba como director de la revista. 

Es, sencillamente, la persona más desagradable que conocí en la vida. Machista, grosero, irrespetuoso, manipulador. Un ejemplo: al fines del 2006 decidió autoritariamente qué aumento debía recibir cada empleado. Nos encerraba en una oficina y decía “a vos te doy 200 pesos más, porque le vamos a aumentar 400 a otro, que cobra menos”. No sólo era ridículo, ¡encima era mentira! “A vos no te aumento porque venís a trabajar con mala cara”, fue otra de sus surreales explicaciones. 

Nunca trabajé tanto en mi vida como en esa revista, y nunca recibí tan poco reconocimiento y respeto. Incluso, durante mucho tiempo, tuve un sueldo por debajo del mínimo, y una de las tareas que hacía (corregir la revista) figuraba como que la hacía otro “por cuestión de imagen”. 

El rencor, esa vez, fue constructivo: armé una rebelión con otros maltratados y conseguimos que este señor, del que no diré el nombre porque ahora tiene fuertes influencias en el ambiente del periodismo, fuera removido de su cargo. 

Rencor N°5 
El caso más reciente es de diciembre de 2015. Para combatir mi soberbia, había sido parte de la creación de una organización social en la que lo único que no se puede, justamente, es ser soberbio: su fin es reconocer que otras organizaciones son mejores y que nuestro deber es ayudarlas en lo que necesiten. 

Durante años encontramos abrazos y rechazos, pero nunca nada como lo que recibimos de una chica llamada Melina Ríos, que era parte de una organización con la que compartimos jornadas relacionadas con el cuidado del medio ambiente, el reciclaje y etcétera.

Que quede claro: nosotros íbamos algunos sábados a separar residuos de vecinos, a cebar mate y a preguntarle a esta organización qué tipo de ayuda podíamos darles. Eso nomás.

En una reunión, mientras sus compañeros nos trataban con la amabilidad de siempre, ella (a quien había visto una sola vez en la vida) ensayó un letal discurso de ocho minutos en el que remarcó una y otra vez que “no compartía nada con nosotros”, que “no se entendía qué hacíamos” y que “no pensaba soportar ni un instante más” nuestra presencia. Se paró y se mandó a mudar. Sin saludar. Con cara de asco. Fue sobrenatural: me habían odiado antes, pero nunca alguien que no me conociera. 

Los recuerdo a todos con mucha bronca. No estoy orgulloso de ser así, pero qué va'cer: Rencorito es tan parte de mí como mi rodilla izquierda. Y la verdad es que todavía hoy, cada vez que algo me enoja, cada vez que un ecoladrillo se resiste a recibir nuevos plásticos en su interior, pongo mi cara más amorosa y grito, para darme fuerza y seguir empujando: “¡Débora, Melina y la reputamadre que los remil parió a todooooossss!”. La bronca, un poco, se me pasa. Pero olvidar, lo que se dice olvidar, eso sí que no puedo.

martes, 16 de febrero de 2016

Mi papá (por fin me animo)

Por Martín Estévez

Es 16 de mayo de 1999. Racing, que hace días estuvo a punto de desaparecer, pierde 1-0 contra Argentinos Juniors en cancha de Deportivo Español. Perico Ojeda, un grandote torpe pero querible, lucha por la pelota como un condenado, y la hinchada de Racing lo aplaude. Pero yo no miro a Ojeda. Me quedo mirando a Juanca, que aplaude al lado mío. Y sigo sin entender.

Juanca es mi papá, y también el problema más largo de mi vida. Si lo nombré muy poco en este blog es porque hubo épocas en las que estuvo ausente, pero también porque me cuesta mucho escribir (y hablar) sobre él. Me duele. Pensé mucho si tenía derecho a contar lo que voy a contar ahora, y no llegué a ninguna conclusión. Pero acá estoy.

El primer recuerdo de mi vida, aunque medio borroso, es mi cumpleaños de 5. Tati y Juanca se habían separado y yo vivía con ella en lo de mis abuelos. Me habían regalado una camiseta de Racing (todavía la tengo) y, a la noche, llegó Juanca para saludarme. Cuando vio mi camiseta, le chifló el moño, le saltó la térmica, enloqueció: empezó a insultar desde la calle, no recuerdo si a mí, a mis familiares o al mundo. Se puso violento. Se colgó de las rejas. Me dio miedo.

No estoy juzgando, sólo cuento. Tampoco quiero juzgar la decisión de alguien (no sé quién) de llamar a la policía en ese momento. Ni la de Tatiana, que me tapaba los oídos para que no oyera los gritos. Sólo cuento.

Yo ahora podré ser un hijo de puta, pero esa noche era un inocente de 5 años al que, minutos después, lo hacían salir a una vereda oscura para darle un beso a un señor que tenía los ojos desorbitados, que estaba escoltado por dos policías, y que antes había insultado fuerte. Ese señor era mi papá.

Los años siguientes fueron difíciles para mí y para mi hermana Gabriela. Imagino que para él también. Juanca se volvió un tema tabú. Nadie lo nombraba. Él había decidido “desaparecer”, y en mi casa no se volvió a hablar de aquella noche.

En primer grado, cuando la maestra preguntaba de qué trabajaban los papás, yo decía que Juanca era sodero. No mentía a propósito: no tenía idea de qué era él. De quién era él. No tenía ningún recuerdo que no fuera el del monstruo colgado de las rejas.

El mito del monstruo fue creciendo. Durante el par de años que no supe nada de él, una persona (otro día les digo quién) se encargó de contarme, una y otra vez, que Tati y Juanca se habían separado porque él “la había engañado tres veces, y ella lo vio”. Yo no entendía qué era “engañar” a alguien, pero me parecía terrible, especialmente porque ella lo había visto.

Juanca quiso volver a vernos cuando yo tenía 7 años. A Gaby y a mí. Pero la idea nos aterraba. Le teníamos miedo al monstruo. A que gritara. A que no le gustara mi remera. A que volviera a desaparecer.

Las primeras salidas fueron cortas y con escolta: a él no lo escoltaba la policía, pero Tati nos acompañaba a nosotros. Me acuerdo y me duele la panza. Sufríamos mucho, probablemente todos.

Después empezamos a verlo solos, domingo por medio. Pero el miedo no se iba. Yo soñaba que él nos pasaba a buscar, arrancaba el auto y no frenaba nunca, nos llevaba y nos llevaba, lejos de mi casa. No podía contárselo a nadie. Hasta los 15 años, de hecho, no pude mencionar en voz alta aquel cumpleaños de 5. No me animaba.

El problema, igual, no fue esa noche. El problema fue el silencio posterior. Ni Juanca ni nadie, en ningún momento, se sentó a decirnos “esa noche pasó esto, esto y esto, pero no tengan miedo: no va a volver a suceder”. En ningún momento se dieron cuenta de que nosotros habíamos estado ahí, de que nos acordábamos y de que no entendíamos el porqué de la violencia. Hicieron como que no había pasado nada, seguro pensando que era lo mejor para nosotros. Pero se equivocaron. Se equivocaron mucho. Y ahora sí estoy juzgando.

Me costó asumirlo, pero lo asumí: si alguna vez en mi vida fui víctima de algo, fue en ese momento. En esa noche de miedo, en esos años de silencio, en esas pesadillas. No debe ser fácil ser padre, pero es una elección. Una responsabilidad enorme. Y hay que hacerse cargo. Si yo tengo 31 años y todavía no tuve hijos es porque sigo pensando qué le diría si un día lo veo con una remera que diga “Macri presidente”. Cómo hago para explicarle que algo me duele mucho sin gritar y sin colgarme de las rejas.

Entre 1993 y 1999, luchamos contra esa noche, contra ese silencio. Gaby, Juanca, yo. Nos veíamos, con bastante regularidad, cada dos semanas. Él nos trataba bien, nos compraba cosas y también iba a algunos actos de la escuela. En el 95 tuve una hermana, Victoria, a la que quise enseguida. Y en el 99, días después del Argentinos-Racing, nacería Federico. No era la relación perfecta, pero las pesadillas habían desaparecido.

No sé si ya se los dije, pero Juanca es de River. Y River, desde mi cumpleaños de 5, había ganado 9 títulos. Era el mejor equipo de Argentina. Yo soy de Racing. Y Racing, desde mi cumpleaños de 5, no había ganado nada. 

El 21 de marzo del 99, perdió 2-0 el clásico contra Independiente y quedó último en la tabla. Vi el partido en la casa de Juanca, en silencio, sin berrinches infantiles, con un dolor hondo (y silencioso) que a él lo habrá conmovido. Intuyo que la idea de acompañarme a la cancha nació en ese momento.

Ya contaré lo que pasó en los años siguientes, que fue mucho, pero por ahora quiero frenar acá, en la mañana del 16 de mayo de 1999, en esa tribuna del Deportivo Español. Quiero que se pongan en mi lugar, en ese pibe de 15 años que mira a su papá aplaudir a Perico Ojeda y no entiende. No está triste, ni contento, ni enojado: está confundido. Se pregunta, mientras lo mira, lo mismo que me pregunto todavía hoy. Todavía ahora. Se pregunta, si el problema aquella noche no había sido la camiseta, cuál había sido.