sábado, 14 de marzo de 2015

Verano del '98

Por Martín Estévez

Las relaciones familiares me importan un carajo. Tal vez sea para equilibrar que, durante mis primeros catorce años, nueve de las diez personas que más quise eran familiares, vivían conmigo, mi mundo eran ellos. O por ahí es porque me importa más estar con personas que me quieran, que me diviertan, que me hagan sentir bien, que sostener cariño por alguien a quien no soporto pero que tiene sangre parecida a la mía. Así que imagínense qué poco me va a costar hablar mal de una lejana media hermana llamada Victoria.

La borrega nació en el 95, pero para mí los bebés son todos medio iguales: recién les presto atención cuando dicen algo llamativo, caminan o al menos no te vomitan los hombros cada veinte minutos. Así que mi primer recuerdo importante de esta chiquita son las vacaciones de 1998. De hecho, casi lo único que recuerdo de esas vacaciones es a ella.

Insoportable era. Seis horas de ida a Villa Gesell escuchando el casete de Chiquititas predisponen mal a cualquiera. Y oír durante catorce días "¿Qué tas atiendo? ¿Qué tas atiendo? ¿Qué tas atiendo?", más que malhumorar, directamente genera ira. La cuestión era más o menos así: yo estaba escuchando un partido clave para Racing, contra Estudiantes, en La Plata, y aparecía Vicky.

-¿Qué tas atiendo?
-Escucho un partido de Racing, Vicky.
-Ah... Tantín... ¿qué tas atiendo?
-Lo que te dije, Vicky: escucho a Racing.
-Ah... Tantín... Tantín... ¿qué tas...?

Y yo miraba con cara de "quién me manda a estar acá". Hasta que Chuna, desde lejos, le gritaba:

-Vicky, ¡hacele a Martín la cara de chanchito enojado!

Y la borrega me miraba de frente y hacía una mueca con la cara que me enternecía hasta el diafragma.

Los que me conocen saben que trato igual a las personas de 2, 15 o 50 años. Nada de hablarle con voz de pelotudo a un nene de 5 años: el que tiene 5 años es él, no yo. Entonces a Vicky le hablé de igual a igual, en esas vacaciones y siempre.

Nos veíamos cada dos o tres semanas, así que quererla no era tan fácil, pero jugamos, conversamos, nos entendimos: nos quisimos. Con los años, la relación se fue enfriando lo lógico, por cuestiones de edad, pero también un poco más que lo lógico.

Es que me cuestan los hermanos. Y yo les cuesto a ellos. Con Gaby vivimos lo mismo, pero lo vivimos distinto. Fede es el más chico; con él estamos juntando pedacitos del pasado para ver si podemos armar un presente. Sobre ellos, claro, voy a escribir un texto entero en el futuro. Pero este texto es sobre Vicky. Probablemente porque tenía que contar una historia relacionada con 1998; pero, en realidad, creo que habla sobre ella por la última vez que la vi, hace algunas semanas.

Nos juntamos los cuatro: Gaby, Vicky, Fede y yo. Por primera vez, solos. Situación tensa. Todos nos estamos llevando un poco como el orto, si es que nos llevamos. Y a todos nos duele un poco la familia, si es que no nos duele mucho.

Aunque le pesó el debut en Primera, Fede puso la cara, fue el que generó el encuentro, se llevó aplausos de la tribuna. Gaby es Gaby, con todo lo que eso conlleva: sigue pasando de 0 a 37 en un rayo de sol. Mete un golazo pero después se hace expulsar. Demasiado imprevisible en el deporte de las relaciones. Y Vicky, que era promesa de buen fútbol, la rompió.

Yo te vi la cara, borrega. Vi que, cuando Fede mostró su lado de chiquito, vos mostraste grandeza. Vi que entendías los chistes, que devolvías con la mirada, te vi grande y chica y defectuosa y viva. Vi que entendimos lo mismo. No sé qué, pero era lo mismo. Te quise sin sangre de por medio, sin obligaciones de apellido, te quise porque me gustaba estar ahí con vos.

Ojo: seguimos teniendo una relación de mierda. No nos vemos nunca, sabemos poco del otro, somos inconstantes, nos hacemos los cancheros y etcétera etcétera. De hecho, desde esa vez no nos comunicamos más. Ni un puto mensaje. Pero sentí, por un segundo y por algunos más, que no te estaba queriendo como media hermana, ni como hermana entera, ni por sangre ni por apellido: te estaba queriendo como persona. Como te quería en aquel verano del 98, en el que, rompiéndome las pelotas, no hiciste más que alegrarme el corazón. 

sábado, 10 de enero de 2015

Los Chakales 1 - Borges 0

Por Martín Estévez

No digo nada. Cierro la boca. No opino. Y, si estoy forzado a opinar, tiro una evasiva. Me refiero a las adolescentes fanáticas de One Direction, Justin Bieber o La Piedra Urbana. De los pibes que se la pasan jugando a la PlayStation, aprendiéndose letras de reggaeton o formando club de fans ridículos. No es que no piense nada sobre ellos, pero estoy obligado a callarme. ¿Qué quieren que diga? ¿Que son tontos? ¿Que pierden el tiempo? ¿Que así nunca van a llegar a nada? ¿Cómo carajo puedo criticarlos si yo... si yo...? Ay, dios mío... Si yo era fanático de Los Chakales.

Supongo que ustedes no saben cómo funciona este blog, pero mi idea es contar tres historias de cada año de mi vida. Este texto corresponde a 1997, año para el cual tenía una sola palabra anotada en la puerta de la heladera: "Borges". Yo quería contar con orgullo que a los 13 años ya había leído Ficciones y El Aleph, libros que le había pedido especialmente a Tati. No sólo que los había leído: que se los había recomendado a mi primo Matías, y que a él también le gustaron, y que terminé regalándole uno de los dos.

Quería contar que leía a Borges, pero es mentira. La verdad es que si en 1997 estuve, con suerte, diez horas leyendo a Borges, le dediqué veinte veces más tiempo a Los Chakales. ¡Ay, carajo! No era sólo ver Tropicalísima y TropiHits los fines de semana, o comprar revistas sobre cumbia (¡revistas sobre cumbia!) cada mes: todos los días, al mediodía y a las siete de la tarde, por un canal que ya no existe llamado TVA, miraba una hora de un programa intragable para esperar los dos minutos y medio por reloj (cortaban los temas donde fuera) que les dedicaban a Los Chakales. Y encima los grababa.

No tenía gollete, en serio: ni siquiera tocaban en vivo. Hacían playback, siempre en el mismo estudio, siempre de las mismas canciones y, como los Simpsons, siempre con la misma ropa. ¡¿Para qué los grababa, la puta que me parió?! Me acuerdo y me quiero pegar un fierrazo en la cabeza. ¡Horas de tu vida, Martín! ¡Horas de tu vida perdiste en esa pelotudez!

Me sabía los pasos de cada canción, el autor de cada letra, ¡hasta me hice trencitas en el pelo como el cantante! Déjenme, déjenme seguir contando, tengo que sacarme todo esto de encima: firmaba en el colegio como el Chakal de Lomas y pedía que me llamaran "Julito", como el líder de la banda. 

En el cumpleaños de 15 de Gaby me comporté como debe comportarse un hermano de 13 años: conversé sobre fútbol y no bailé ningún tema. Hasta que pusieron Vete de mi lado: entonces, mi torpe cuerpo no evitó la tentación, en camisa, corbata y frente a cien invitados, de bailar como un poseído. Por suerte, como en TVA, la canción se cortó a los dos minutos y medio y volví avergonzado a la mesa.

No exagero: los habré visto unas trescientas veces (sí: trescientas veces) hacer lo mismo. Un conductor ignoto gritaba: "Con ustedees... ¡Loos Chaaakalessss!"; ponían algunas de sus tres o cuatro canciones conocidas; ellos fingían que tocaban; las chicas de la tribuna coreaban "¡Y dale dale dale dale Cha-ka-les!"; y todo terminaba. Yo apretaba stop en la videocassetera y me quedaba lo más tranquilo. Lo más emocionante que podía pasar, se lo comentaba a Gaby:

-¡Mirá, hoy Toto salió con una guitarra de juguete en vez de una de verdad!

O tal vez:

-Qué raro que no está Juampi... ¿se habrá ido de la banda?

"Toto" y "Juampi", la puta que me parió. Me acuerdo los apodos de dos pibes que tocaban (¿tocaban?) hace 17 años en Los Chakales, pero no me acuerdo el día del cumpleaños de Lucía, y muchísimo menos de los títulos de los cuentos de Borges.

¿Y saben qué es lo peor de esto? Que no estoy arrepentido. Que no creo que ser un fanático descerebrado de Los Chakales me haya atrofiado el cerebro. Es más: creo que, a los 13 años, era una de las mejores cosas que podía hacer.

Si hubiera leído doscientas horas a Borges, y hubiera visto diez de programas de cumbia, creo que estaría asfixiado de literatura, harto de sobriedad, o peor: me creería superior al resto. Pero no: por suerte fui un pelotudo, como hay que serlo un poco a los 13 años, y soñaba con verlos en alguna de esas bailantas que, en aquel momento, me parecían tan peligrosas como el infierno. Pero, por escuchar Ay de mí en vivo, hubiera soportado los pinchazos de algún demonio de segundo orden.

Hoy, a escondidas, escucho a Los Chakales de vez en cuando, y me alegra haber vivido esa etapa tan ridícula. Ojalá hubiera hecho lo mismo después. Porque a los 17, 18 años ya me volví serio, correcto, aburrido. Si hubiera hecho lo que correspondía, si me hubiera comportado conforme a mi edad, hoy no estaría vestido como adolescente, no trataría a los adolescentes como iguales y, especialmente, no estaría a punto de irme con dos semi-adolescentes a andar en bicicleta hasta cualquier lugar con un casco parecido al de los Power Rangers para armar una carpa, dormir a la intemperie y contarnos cosas que nos duelen.

Así que ya saben: a mí no me rompan las pelotas con que ahora los adolescentes son estúpidos, ni me pidan que les aconseje un libro de Nietzsche para leer. A los adolescentes hay que dejarlos equivocarse, ser fanáticos, rebeldes y molestos. Hay que dejarlos vivir. Y, cada tanto, preguntarles por algún tema bueno de One Direction, pedirles que nos presten la Play o por ahí que nos canten un reggaeton. No sea cosa que, por hacernos tanto los adultos, nos estemos perdiendo algo bueno.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Mi problema con Milito

Por Martín Estévez

Conocí a Diego Milito en abril de 1997. Yo estaba enfermo por Racing y leí en la revista Sólo Fútbol que le había metido cuatro goles a San Lorenzo en Quinta División. Creí, entonces, que debía empezar a seguirlo, recortar y anotar cada detalle de su carrera por si él se transformaba en un crack que sacaba campeón a Racing, brillaba en Europa y volvía para despedirse a lo grande en La Academia. Creía, en realidad, que por admirarlo desde aquel 6-2 a San Lorenzo, él, algún día, retribuiría mi esfuerzo. Hoy, lo digo con un poco de dolor y para sorpresa de los que leen esto, me doy cuenta de que estaba equivocado.

Sí, es cierto que ese pibe, Milito, llegó a Primera; y en 2000, cuando todos los que sentimos a Racing como algo propio sufríamos por la quiebra, la desaparición, los promedios, por la agonía diaria del club, él se plantó frente al periodismo y dijo: "Yo amo a Racing. Más allá de todo lo que nos pasa, me quiero quedar a jugar acá, a cambiar la historia".

El mundo pareció darme la razón cuando, después de 35 años, Racing ganó el título con Milito en el equipo. Aquellos eran días difíciles para mí, abrumado por la adolescencia y problemas más importantes que ya contaré en este blog, así que lloré mucho, como lloró él, cuando el 27 de diciembre de 2001 fuimos campeones por primera vez.

Lo adoré mientras jugó en Racing (hasta enero de 2004) y también después, cuando se fue a Italia. En 2005 ascendió con el Genoa y yo, que ya era periodista, lo entrevisté por teléfono mientras él saltaba en un vestuario a miles de kilómetros de distancia.

De ahí se fue a España, para brillar en Zaragoza hasta 2008. Otro añito en Genoa y, después, la gloria con el Inter: en ocho meses, Milito fue campeón de la Copa Italia, la Liga Italiana, la Champions League, la Supercopa Italiana y el Mundial de Clubes, y lo eligieron mejor jugador de Europa. En el medio, jugó la Copa del Mundo de Sudáfrica. Zarpado.

Mientras iba rompiendo estadísticas y se convertía en uno de los futbolistas argentinos más importantes de todos los tiempos, decía que su sueño era volver a Racing. Pero dudaba. En 2013 lo conocí personalmente, y le mostré mis kilos de recortes y anotaciones sobre su carrera. Él me dijo:

-Ni mi mamá tiene tantas cosas de mi carrera. ¿No me los regalás?

-No -le respondí con una de las caras más sinceras de mi vida-. Primero volvé a Racing y, cuando termines tu carrera, te lo llevo adonde quieras y terminado.

Se anotó mi número de teléfono como si fuera el de una agencia de reclamos. Me parece que de verdad le habían gustado los libracos. En enero de este año, mientras estaba en Villazón, Bolivia, a punto de quedar incomunicado durante semanas, me llegó un mensaje:

-Hola, Martín. Soy el representante de Diego Milito. Me mandó una camiseta para vos. Combinemos para que pueda alcanzártela.

Y volvió, eh. Volvió menos de un año después, para rearmar los pedacitos de un Racing semi destruído. Con tanto amor, con tanta paciencia, con tanto coraje los armó, que fue sumando triunfo tras triunfo y hace un rato, el 14 de diciembre de 2014, lo vi dar la vuelta olímpica otra vez, a metros de mis ojos, mientras 55 mil personas gritaban su apellido, ese que yo había conocido 17 años antes.

El de 2001 y éste fueron los únicos dos títulos que ganó Racing desde que respiro celeste y expiro blanco. ¿Y saben qué? Éste lo disfruté más, ya sin los traumas de mi adolescencia, seguro de haber encontrado un camino justo para mí y para la injusta sociedad que me rodea. Lloré, sí, lloré, pero no porque tengo problemas que me parezcan imposibles de resolver. Lloré por estos 13 años sin títulos, por todos los fines de semana de angustia, porque tenía ganas de abrazarme con personas a las que abrazo cada vez menos. Pero también fui feliz, porque entendí que todo eso era crecer, como Milito había crecido en su década europea, para ser una persona mejor, para poder ser feliz sin mentirme.

Conocí a Diego Milito en 1997 y creí que, por admirarlo desde aquel 6-2 a San Lorenzo, él, algún día, retribuiría mi esfuerzo. Pero, para sorpresa de los que leen esto, me doy cuenta de que estaba equivocado. Me di cuenta cuando él, el día que nos conocimos y miraba mis anotaciones, me dijo:

-Estos cuatro goles en la Quinta no fueron contra San Lorenzo: fueron contra Independiente. No me los olvido más.

Perdón, Diego, por haber estado tantos años equivocado. Y gracias por haberle hecho sentir a ese chico de 13 años que recortar diarios y anotar goles no eran tiempo perdido, sino futuro ganado.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El doctor Moldes

Por Martín Estévez

La vista iba camino a ser uno de los grandes traumas de mi vida. Hacía bastante tiempo que no veía el pizarrón desde lejos, así que a los 13 años empecé a usar anteojos. Nada liviano: 1.5 grados de aumento.

Tati decía que a mi edad la vista se corregía, que por ahí los usaba un tiempo y no los necesitaba más, pero yo ya sospechaba que mi nariz nunca más iba a estar libre. Lo peor llegó meses después. Cuando volví al oculista (o al oftalmólogo, como se llame), un hombre frío y cruel, el doctor Amenta, me dijo con cara de nada:

-Esto empeoró mucho. Te fuiste a 2.5 en cada ojo. Y tendrías que haber venido antes: el control es cada tres meses y pasaron nueve. Acá está la receta para los anteojos nuevos.

“Esto”, cínico doctor, eran mis ojos, uno de los tres sentidos más importantes que tenemos los seres humanos. Me contuve y cuando salimos del consultorio, frente a Tati y Gaby, me largué a llorar.

-Ya está, negrito –me decía Tati con tristeza-. El hijo de Isabel tiene ocho en cada ojo y es más chico que vos, así que lo tuyo no es tanto.

-No lloro por eso –le dije-. Lloro porque el forro del doctor tenía razón: ¡tendría que haber venido hace seis meses!

Hoy entiendo que, aunque tal vez Amenta tenía razón, con la razón no alcanza: hay que tener algo más en la vida. Sensibilidad, tacto, dedicación por lo que hacemos, ¡compasión al menos! Todo eso que le faltaba al tibio de Amenta, le sobraría después al doctor Moldes.

Volví al oculista a los tres meses. Amenta estaba de vacaciones y me atendió otro tipo. Alto, algo amanerado, con poco pelo y bigotes: el doctor Juan Antonio Moldes. ¡Ay, dios, escucho su nombre y ya se me llena el corazón!

Moldes era oftalmólogo, pero si hubiera sido motivador de personas condenadas a muerte también le habría ido bien. En diez minutos de visita me cambió la cabeza:

-¡Pero qué bien están estos ojos, Martincito! –gritó después del control de rutina-. ¡Perfecto, la miopía no avanzó ni un centímetro! ¡Tenemos que seguir así, Martincito! ¡Tenemos que seguir así, eh!

“Tenemos”, dijo Moldes. El tipo vio en mis ojos no sólo el nivel de enfermedad, sino también el terror que tenía a una mala noticia. Se puso la camiseta del paciente, se puso mi camiseta y gritó con euforia: “¡Tenemos que seguir así!”.

-La última vez empeoré mucho –le conté-, así que ahora estoy comiendo más zanahoria y viendo menos televisión a la noche.

-No la fuerces, Martincito –me dijo bajando la voz y se acercó-. Lo que tenés que hacer es no forzar la vista. Cuando la sientas cansada, dejala descansar. Ah: y volvé dentro de tres meses.

Salí del centro de ojos (queda en Alsina al 200, Banfield, por si alguno lo conoce) sonriendo y cantando Fito Páez. Y a partir de ahí comenzó una constante: cada vez que iba, el doctor Moldes me decía cuándo volver, pero yo aparecía antes. Si me pedía “vení en tres meses”, yo volvía en dos. Si me decía que lo visitara en seis, yo estaba ahí en apenas cuatro. Es que visitar a Moldes me encantaba, me levantaba el ánimo. Incluso trataba de ir cerca de Navidad para desearle felices fiestas y darle un abrazo.

Casualidad o no, durante más de diez años mi vista casi no empeoró. No sé cuántas veces habré ido a verlo, pero seguro fueron más de cuarenta. Durante el control me hacía leer números, aunque en un momento ya no me hacía falta mirar: me los sabía de memoria. De hecho, todavía los sé. Las dos últimas líneas, por ejemplo, eran:

9          6          7          6
7          4          2          9

Se los juro. Igual, jamás le mentía. Si veía borroso, le aclaraba: “Sé que dice 7-4-2-9, pero no lo veo bien”. Entonces Moldes usaba otra forma de examinarme.

Fuimos perdiendo la formalidad y nos contábamos cosas de nuestra vida. Hasta me enteré de que tenía un hijo hincha del Valencia de España, como yo. Me gustaba pensar que me trataba así porque era su paciente preferido, pero sabía que no. Sabía que trataba así a todos, que no lo hacía por favoritismo sino por generosidad: el doctor Moldes deseaba que las personas fueran más felices y hacía lo que estaba a su alcance por lograrlo.

Cuando yo tenía unos 24 años, dejó de atender a pacientes que tenían OSDE. Fue un golpe duro, pero lo tomé como el fin de una etapa. Como homenaje, decidí comprarme lentes de contacto, algo con lo que él siempre me insistía y a lo que yo me negaba.

Ahora que soy profesor, me doy cuenta de que lo más importante para entusiasmar a los chicos de la secundaria lo aprendí del doctor Moldes. Me enseñó que jamás hay que decirles “esto empeoró mucho” señalando sus faltas de ortografía; ni preguntarles “¿esto es lo mejor que se les ocurrió?” cuando presentan una idea para un cortometraje. Hay que poner en juego la sensibilidad, el tacto, la compasión. ¡El alma hay que poner!

-Sí, tenés setecientos errores de ortografía, como elejir, que se escribe con “G” –le decía a Facu Szeinkop en El Rancho, escuela de Turdera-. ¡Pero qué hermosa te sale la jota! ¡Es la mejor jota que vi!

Y Facundo, en vez de frustrarse porque lo llenaba de reproches, al siguiente trabajo se la pasaba buscando palabras con jota para lucirse. Y eso no sólo servía para motivarlo, sino que lo obligaba a pensar bien qué palabras usar. Se me ocurren pocas formas mejores que esa para sumar herramientas literarias.

-La verdad es que este grupo funciona bastante mal, no se juntan nunca y siempre se quejan de todo –les remarqué anteayer a Brenda y Sofía en la Escuela 37 de Lomas-. Pero ustedes vinieron a la reunión un día de lluvia a las ocho de la mañana. ¡Son unas genias!

Hace bastante quería escribir sobre el doctor Moldes, pero lo hago justo hoy, minutos después de una derrota de Racing: 1-3 contra Lanús en Avellaneda. ¿Qué tiene que ver esto? Que pensé en él durante el retorno hasta mi casa. Intenté pensar como él para aliviarme.

-Sí, perdimos otra vez y el árbitro nos afanó de nuevo, Martincito –imaginé su voz en mi cabeza-. ¡Pero qué golazo hizo Centurión! ¡Cuánta gente fue a la cancha! ¡Qué noble es ser de Racing, Martincito, qué noble!

Después me acomodé los anteojos y, la verdad, me sentí menos triste.

Si este mundo tuviera muchos Juan Antonio Moldes –pienso ahora- no harían falta antidepresivos, interconsultas médicas ni renuncias de directores técnicos. Yo no sé qué será de su vida, de hecho ni siquiera sé si está vivo, pero si alguno de ustedes lo conoce o se atiende con él, le pido que la próxima vez que lo vea le dé un abrazo sentido y lleno de cariño. Y no le digan que es de mi parte, eh, nada de eso: díganle que es de parte de la humanidad. 

jueves, 17 de julio de 2014

Hoy maté al Piojo López

Por Martín Estévez

Debería tener las manos manchadas con sangre, pero ni eso. Nunca pensé que iba a poder hacerlo, pero lo hice. Acabo de matar a una persona. Y no a cualquier persona. Acabo de matar a alguien a quien adoré. Me siento Mark Chapman, el fanático enloquecido que asesinó a John Lennon. Lo hice, lo hice, por fin lo hice. Y sé por qué lo hice. Que Dios me perdone: acabo de matar al Piojo López.

Para los que no lo saben, antes de morir el tipo jugó a la pelota. Bastante bien. Me hice fanático suyo en 1996. Él llevaba casi cuatro años en Racing, pero en el 96 la rompió. En Racing y en la selección. Y se fue. Se fue de una manera exageradamente memorable: tenía que mudarse a España para jugar en su nuevo club, pero le-pidió-por-favor-dale-dale-dale-dejame al presidente del Valencia, le rogó que le permitiera volver a Avellaneda un ratito más, un partido más, porque Racing jugaba contra el Boca de Maradona y él no podía irse así, con la triste derrota que había sufrido contra Newell’s un mes antes.

Se fue de una manera exageradamente memorable porque metió un gol sobre el final y Racing ganó 1-0, y Boca y Maradona y Caniggia se quedaron sin campeonato, y él se subió al arco y saludó a todos llorando, moviendo las manecitas, y de ahí se fue directo a tomarse un avión que lo mantendría una década lejos.

Todo eso me hizo mal. Tocó una parte frágil de mi cerebro. Me conmocionó. Comencé a seguir su carrera con una intensidad injustificada. Yo tenía 12 años, estaba en 7º grado, y antes de que mis compañeros sugirieran un distintivo de egresados (esos dibujos plastificados que se colgaban los que terminaban la primaria), dejé en claro que no iba a usar otra cosa durante el año que una foto del Piojo enganchada en mi ropa. Se ve que en el colegio ya me sabían peligroso, porque nadie me lo cuestionó.

Miren la foto que está ahí arriba y díganme, con una mano en el corazón, si no les da una mezcla de pena y pánico: miren mi obesidad creciente, el buzo que parece un mantel, la mirada perdida observando con desdén al fotógrafo de turno. Quisiera que nunca nadie hubiera visto esta foto que me humilla; pero si no la hubieran visto, jamás entenderían por qué lo acabo de matar. Miren: yo era ése de ahí. Ése.

Los que me conocen (los que creían conocerme antes de lo que acabo de hacer) ya lo saben: recortaba cada noticia suya y la pegaba delicadamente en un libro de actas, negro y de tapa dura, en el que obsesivamente detallaba sus estadísticas, sus momentos memorables, su forma de respirar. Cuando yo jugaba a la pelota, me negaba a pegarle con mi pierna hábil, la derecha: quería ser zurdo como él.

Jugó en España, en Italia, en México. Jugó dos Mundiales, también. Jugó 812 partidos en su carrera. Lo sé porque los conté. Lo sé porque los tengo en el libro de actas negro y de tapa dura. Lo sé porque los tengo en una libretita que computa sus partidos, goles, calificaciones recibidas y su promedio de gol. Lo sé porque figuran en el blog que creé en su homenaje, y al que perfeccioné durante dos años.

Lo más demencial que hice ya lo conté en este blog: durante su etapa en México, cuando yo ya era una persona grande que trabajaba y tenía barba, sus goles sólo podía verlos a las dos de la mañana en un programa llamado ESPN Report. Y como yo tenía (tenía) que grabar todos sus goles, estaba entre las 2 y las 3 de la mañana despierto, con el control de la videograbadora en la mano, esperando, si había suerte, que anunciaran los goles argentinos en el exterior. Muchas veces no los pasaban, y yo me quedaba angustiado pensando que ese gol quedaría para siempre en el olvido, que yo no lo había registrado, que la vida era un poco más triste.

Tuve las camisetas de sus clubes, las medias de sus clubes, me hice remeras con sus fotos, practiqué la tonada cordobesa: todas las estupideces que hacen las adolescentes enamoradas de un cantante de pop barato. El problema era que yo crecía, que mis obligaciones aumentaban, pero cada partido suyo igual detenía el mundo, me obligaba a verlo, o a seguirlo por internet, o a imaginarlo.

En febrero de 2007, tanto tiempo después de su despedida, anunció que volvía a Racing. Lo había prometido. Yo lloraba, pero no de emoción: horas antes (se los juro, horas antes), mi primera novia me había dejado para siempre. Nunca había estado tan triste como cuando fui a la conferencia de prensa a ver un sueño cumplirse, y ese sueño no me importaba nada.

Jugó un año en Racing y se fue a terminar su carrera a Estados Unidos. ¡A Estados Unidos! Y lo seguí, claro. Me hice hincha de equipos ridículos como Kansas City Wizards o Colorado Rapids. Grité en diferido su último gol: fue cuando apareció “López: ¡goal!” en la página de internet de Colorado durante una serie de penales. Ni siquiera salió en el diario al otro día: no le importaba a nadie.

Eso fue hace ya cuatro años: se retiró en 2010. En todo aquel tiempo, lo conocí, me saqué una foto con él, le hice una bandera, lo entrevisté por teléfono, le conté que lo admiraba y me dijo: “No te hubieras molestado en decir palabras tan lindas”. En todo aquel tiempo, crecí y me obsesioné con los recortes, con las cronologías, con completar todas las cosas que se pudieran completar. Me obsesioné con el pasado.

Hoy decidí terminar con todo eso. Me siento ridículo subiendo al facebook fotos de un tipo que ya no juega. Me siento anacrónico, antiguo, me siento gastado. Ese Martín, el que a las 2:51 de la mañana sufría porque quedaban nueve minutos de chances para grabar el gol al Cruz Azul, ya no existe más. Ese gordito triste de la foto es un poco parte de mí, pero ya no soy yo.

Sé que cuando subo una foto del Piojo López doy una imagen como la de Gaby cuando escucha Xuxa, la de Tati cuando insiste en juntar a sus compañeros de la primaria, la de Juanca guardando discos de los Beatles sin abrir. Parece que viene de familia esto de aferrarse al pasado aunque el pasado no nos haga bien, aunque nos detenga en un lugar donde no queremos detenernos, aunque no nos haga felices.

Así que lo hago un poco por mí, y un poco por ellos. Y un poco por todos los que estamos detenidos en momentos de nuestras vidas que nos marcaron. Salgamos de ahí. Huyamos. Vivamos.

No es un día cualquiera ni un momento cualquiera. Hoy, justo hoy, Claudio López cumple 40 años. Y yo ya bailo alegre alrededor de los 30. Ya no escucho Los Chakales, ni me gusta la chica que me gustaba a los 12 años, ni me cocina Fanny. Ya no uso buzos que parecen un mantel, ni grabo goles ajenos, ni quiero ser el más y mejor fanático de nadie.

Soy éste que soy ahora, y éste no quiere seguir escribiendo sobre partidos viejos, actualizando blogs de deportistas retirados, perdiendo el tiempo en otros porque me da miedo arriesgar ese tiempo estando conmigo.

Hoy, 17 de julio de 2014, declaro oficialmente mi independencia del Piojo López, de sus goles grabados en video, de sus recortes, de sus noticias, de las notas que le hagan. Me declaro libre del que fui a los 12 años, del que vivía a través de los demás, del que tenía (tenía) que hacer cosas sin saber por qué las hacía.

Elimino a su fantasma. Me lo saco de encima, lo borro de mi presente, nunca más será una obligación para mí. No más blog, no más recortes, no más estadísticas. No más fanatismos absurdos. Por fin, por fin puedo, por fin no duele, por fin aprendí. Por fin puedo desencadenarme, cortarlo en pedacitos, puedo agarrar el diario con su última carrera (porque ahora es piloto de autos) y destrozar las páginas con mis dientes, sin siquiera preocuparme por el puesto en que terminó. Escucho las sirenas de mi inconciente, los pasos de los guardiacárceles de mi pasado, pero vengan a buscarme, hagan lo que quieran de mí: no me importa, no me arrepiento. Hoy, hoy carajo, por fin y para siempre: hoy maté al Piojo López.

martes, 31 de diciembre de 2013

Esquinas

Por Martín Estévez

A los seres humanos nos adjudican un montón de pavadas como propias: un número de documento, título secundario, grupo sanguíneo, antecedentes penales, la tarjeta SUBE, y hasta nombre y apellido. Pero hay algo mucho más importante que no figura en ningún registro civil: nuestras esquinas.

Todos tenemos esquinas propias, que nadie nos puede robar, que marcaron nuestras vidas más que las vacunas que nos inyectaron. Mi primera esquina la conseguí en 1996: es la intersección de Molina Arrotea y 24 de Mayo, en un barrio (parecido a todos los barrios) de Lomas de Zamora.

Ahí quedaba la Escuela 29, en la que hice de 1º a 9º grado, pero no me apropié de esa esquina hasta 7º, cuando al salir de clase nos sentábamos con Mauro (el mismo que nombro en “Y él respondía nada”) a ser amigos. Hay personas que se juntan para conversar sobre programas de televisión, para tomar café, para contarlo en Facebook, para desahogarse. A mí me gusta juntarme con las personas para ser amigos.

La orden en mi casa era no volver de noche, así que en verano me sentaba unas cuantas horas sin problemas. Pero en invierno, como salíamos a las 17:30, anochecía enseguida y yo terminaba corriendo las diez cuadras que separaban a la escuela del caserón de Oliden.

En Molina Arrotea y 24 de Mayo di mi primer beso, me puse de novio, bailé el vals en Navidad, me junté con amigos hasta los 17 años y esperé a una morocha para abrazarla hasta los 22.

Mi segunda esquina tardó en aparecer. Para los que estén interesados en adquirirla, es la de Darregueyra y Santa Fe, en Palermo. La hice mía entre 2007 y 2009: todas las noches salíamos con Pablo de la revista Fox Sports y caminábamos hasta ahí. Él, porque por esa esquina pasaba el micro Chevallier que lo llevaba a Campana, donde cenaba, dormía y hacía el amor con Marina. Yo, porque ya no tenía morocha que abrazar y, especialmente, porque me gustaba juntarme con Pablo para ser amigos.

Mientras esperábamos que llegara el diferencial, hablábamos de nuestros problemas más catastróficos y de las pelotudeces más atómicas. Y siempre que él se ponía contento, porque asomaba el Chevallier, yo me ponía triste, porque asomaba un regreso de dos horas en absoluta soledad.

¿Qué otra esquina me cambió la vida? Ya sé: la de Kurth y Polonia. A dos cuadras, en un barrio de Llavallol al que los GPS llamarían “zona peligrosa”, vivió una de mis mejores novias. Yo me tomaba el 562 y tenía que bajarme ahí. Y, si era de noche, caminar lo más rápido posible para que no me afanaran hasta llegar a su calle de tierra, hasta su puerta, hasta sus brazos.

Lo mejor pasaba a las siete de la mañana del día siguiente: nos despertábamos por culpa del motor del auto de un vecino, tomábamos unos mates y nos íbamos, claro, hasta Kurth y Polonia, a esperar un colectivo que la acercaría a ella hasta el trabajo. A esa hora, ya sonaba cumbia en los monoblocks de enfrente. Nunca se lo dije, pero me encantaban esas mañanas de 2010, tan barriales, tan Llavallol, tan nosotros. Cuando Tamara tomaba el colectivo, yo cruzaba y, también en Kurth y Polonia, esperaba el 562 que me llevaría de vuelta a casa.

En los últimos tres años conseguí tres nuevas esquinas que quisiera que figuraran en el libro azul de mi vida. Y, si no hay un libro azul con todas las verdades del Universo, al menos nombrarlas en este blog.

En 2011 me volví fanático de Las Piedras y Luján, callecitas de Lanús. Casi no hacía otra cosa que tomarme el 74 y espiar la numeración de Luján, porque tenía que bajarme al 2200 para ir a la casa de Eugenia o Melisa, compañeras de teatro a las que nunca me pude sacar de encima. De hecho, como tengo mala memoria, durante años Melisa figuró en mi celular como ‘Meli 2200’ para saber dónde bajarme.

La casa de Eugenia era el punto de reunión antes de alguna salida, para merendar escones, soñar con nuestra compañía de teatro o contar tristezas. Ir a lo de Melisa sigue siendo una salvajada emocional: casi no hay vez en la que, al irme de ahí, alguno de los dos no sienta que le cambió la vida para siempre.

Mi esquina favorita en 2012 fue la de Sirito y Palos Borrachos, donde vive la gloriosa familia de Leandro, una de las cinco personas que más quiero. La casa es tan chica y tan grande a la vez: entran ahí una farmacia enorme, un piano que el adolescente hermano de Leandro toca con maestría, decenas de plantas, centenas de libros, un garage, un padre que lee esos libros en el garage, comidas que no probé en ningún otro lugar y un televisor.

El dato del televisor no es menor: como yo no tengo, cada vez que hay un evento deportivo que me interesa, la familia de Leandro se agarra la cabeza. Sabe que a las 8 de la mañana yo tocaré timbre, él preparará té de manzanilla y nos dispondremos a ver Federer-Del Potro como si estuviéramos en las tribunas de Wimbledon.

Ya sé que, mientras leen, todos están pensando en cuáles son las esquinas importantes de su vida, pero déjenme terminar. La sexta y última que quisiera que filmaran si alguna vez me hacen un homenaje en televisión es la de Alsina y Fonrouge. Como vivo a dos cuadras de esa esquina, por la que pasan el tren y un montón de colectivos, este año pasé más tiempo ahí que durmiendo. De verdad, hice la cuenta.

De hecho, mientras escribo este texto, estoy esperando un mensaje que diga: “Estoy yendo para allá”. Eso significa que por milésima vez tengo que ponerme las ojotas y caminar hasta Alsina y Fonrouge, donde un colectivo o el tren depositarán a alguna chica linda que no quiere caminar sola, o a algún chico lindo que no conoce el barrio. Es más: “Te espero en Alsina y Fonrouge” es el único mensaje predeterminado que tengo en el celular.

Perdonen que termine este texto de golpe, pero acaba de llegar el mensaje y tengo que salir corriendo para la esquina. No sea cosa que, por llegar tarde, me pierda mi primer beso, un abrazo de Pablo o al hermano de Leandro dando un concierto de piano debajo del semáforo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Duhalde, mi buen amigo

Por Martín Estévez

Esta historia, como todas las que escribo, es verdadera. Por suerte existen varios testigos, porque un texto en el que converso personalmente con Eduardo Duhalde invita a la sospecha de que les estoy mintiendo a todos. Pero insisto: esta historia es verdadera.

Es el año 1996, tengo 12 años y, después de la clase de educación física (de 8 a 9 de la mañana, en contraturno) con los pibes nos vamos a jugar a la pelota al parque de Lomas. En esos años, en la pista de atletismo del parque aterrizaba una vez por semana un helicóptero que transportaba a Duhalde.

(Duhalde, para los que no lo saben, fue gobernador de Buenos Aires en los peores años de Buenos Aires, que son casi todos. Y presidente argentino en 2002 y 2003. Duhalde era malo en serio: corrupción, narcotráfico, cosas que casi todos sabemos pero no podemos denunciar por falta de pruebas).

Nosotros, más por aburrimiento que por convicción política, nos colgábamos del alambrado que rodeaba a la pista y empezábamos a insultar a ese señor cabezón. Sí: una vez por semana, cinco o seis pibes de 12 años cantábamos canciones para faltarle el respeto al gobernador de la provincia.

Uno de esos miércoles, ya cerca del mediodía, mientras entonábamos “¡Duhalde, cagón, vos sos la corrupción!”, una persona se acercó por nuestro costado ciego. “¿Hay algún problema?”, preguntó enojado. Era uno de los hombres de seguridad del gobernador y tenía un bastón en la mano.

Lautaro, Claudio y el resto se quedaron mudos. Yo respondí lo primero que se me ocurrió: “Es que estamos enojados, señor –le dije con cara de nomepegue, porque si en nuestra escuela no hacen aulas, todos nosotros vamos a tener que separarnos”.

No se entendió mucho, pero el tipo nos miró interesado. Eso me envalentonó: “El año que viene deberíamos ir a octavo grado, pero en nuestra escuela nunca hicieron aulas y ya nos dijeron que nos busquemos otra porque todos no entramos”.

El hombre guardó el bastón y nos dijo que escribiéramos una carta para “el señor Duhalde” contándole el problema, y que él mismo se comprometía a alcanzársela durante el miércoles siguiente para ver si “se podía hacer algo”.

Nosotros estábamos tan contentos por no haber terminado presos que esa misma tarde le contamos la historia a la señorita Gladys (sin la parte en que nos colgábamos a insultar, claro). Ella propuso que todo el grado escribiera la carta. Una semana después, estábamos de nuevo en el parque, sin insultos pero con un sobre en las manos. El guardia nos reconoció enseguida y se acercó a buscar la carta. Lo vimos: luego fue caminando directo hacia Duhalde y conversó con él.

-Dice el gobernador que vengan el miércoles que viene con la directora de su escuela. Quiere hablar con ella –nos pidió.

Dos semanas después de putear desde el alambrado, la directora, la vicedirectora y cinco de nosotros estábamos parados al lado del helicóptero, frente a Duhalde. El tipo, lo juro, era más bajo que yo, que tenía 12 años. Un enano con cara de hijo de puta que enseguida nos prometió que en los próximos días iba a ordenar la construcción de aulas nuevas en la Escuela Nº29.

El día que llegó la confirmación a través de un comunicado del Ministerio de Educación, juntaron a los estudiantes de la escuela y les contaron que, gracias a nuestra “preocupación y esfuerzo”, todos podrían terminar los nueve años de la primaria en la 29. El patio entero estalló en aplausos. La secretaria, María Ángela, nos miraba emocionada, como diciendo: “Con chicos así, el mundo tiene esperanzas”.

Empezamos octavo grado en la biblioteca, claro. Las obras se demoraron y recién para mitad de 1997 terminó la construcción de las aulas. Al final egresé de la Escuela 29 sin pena ni gloria, sin viaje de egresados ni amigos para siempre.

La historia no parece tener moraleja, aunque podemos inventarle tres. La primera es que muchos de los aplausos más efusivos que recibimos en la vida no los merecemos. O los merecemos por otros motivos: fue injusto que nos aplaudieran por una “preocupación” y un “esfuerzo” que nunca demostramos; pero tal vez merecimos los aplausos por la creatividad en un momento complicado; y por seguir la historia hasta el final, como siempre hay que seguir las historias.

La segunda moraleja es que, aunque Duhalde puede ser confundido en este relato como un político sensible y solidario, en realidad reafirma sus peores cualidades: la 29 se salvó porque a un tipo de seguridad le caímos bien, pero muchas escuelas terminaron sin aulas y devastadas por un sistema educativo nefasto impulsado por él.

Y la última conclusión es que, desde los 12 a los 29 años, de tanto cambiar no cambié más: este año, en otro parque, con otros pibes, cantamos una canción mientras pedíamos justicia para Darío Santillán y Maxi Kosteki, luchadores asesinados durante la presidencia de Duhalde  en 2002:

–“¡Duhalde, cagón, vos sos la corrupción!”.

sábado, 6 de julio de 2013

La esperanza no desciende

Por Martín Estévez

Es 17 de diciembre de 1995 y estoy llorando. Lloro mucho en la planta alta de mi casa, donde viven mis tíos y primos. Pero no hay nadie, estoy solo y llorando. Tirado en el suelo, boca arriba, mientras escucho. Escucho cuatro cosas: que Colón le gana 5-1 a Racing, que Vélez le gana 3-0 a Independiente, que los de Vélez gritan “dale campeón” y que los de Independiente también festejan. Festejan que otra vez perdí.

El día había empezado con la esperanza de ver a Racing ganar un título por primera vez en mi vida. Había que derrotar a Colón y esperar que Independiente le ganara a Vélez para forzar una final. Entonces, ritual familiar: todos frente a la televisión, con café y bizcochuelo, esperando el milagro.

Racing arrancó ganando en Santa Fe y aumentó la ilusión, pero Independiente no estaba dispuesto a colaborar: sus jugadores no atacaron nunca y sus hinchas celebraron los tres goles de Vélez. Sí: los tres goles que su equipo recibía. Para peor, desmoronado anímicamente, Racing terminó comiéndose una goleada escandalosa.

Rotos de dolor e indignación, mis familiares se fueron yendo, uno a uno, antes del final de los partidos. Creo que viajaban a Campana y estaban con el tiempo justo. Yo me quedé. Siempre me quedo. Me quedo porque alguien tiene que cumplir ese rol: el del que barre después de la fiesta, el del que apaga la luz, el del que llora después del pitazo final porque Racing (otra vez) no es campeón.

Yo tenía sólo 11 años, pero ya sabía algo: La Academia no ganaba nunca. Ser campeón era casi imposible, y una buena oportunidad se había escapado. Los de Boca, los de River y los de Independiente, todos, habían sido campeones en esos últimos tres años. Racing, en cambio, no ganaba un título desde 1966.

Empecé a entender el fútbol a los 6 años y desde entonces fui íntimo amigo de la derrota: contra Boca, River y el Rojo, contra los tres enemigos a los que había que cruzar en el colegio o en cualquier parte, perdíamos siempre. Los que me conocen saben que soy el principal estadígrafo de Racing en el planeta y que no miento: de los primeros 32 partidos que viví contra esos equipos, ganamos 4. Apenas 4. 4 de 32.

Eso me marcó. Crecí acostumbrado a los golpes, sabiéndome parte del bando perdedor. Y a partir de ese momento, siempre que decidí entre dos posturas, elegí la de los débiles, la de los que sufren. Los que creen que soy piquetero porque leí a Marx o porque tengo conciencia social no entienden nada: soy piquetero porque antes fui de Racing. Así de sencillo.

Para peor, en mi escuela eran todos de Boca o de River. Por ahí a alguna chica no le gustaba el fútbol y no tenía equipo, pero el resto (turno mañana, turno tarde, directivos) eran de Boca o de River.

Si River le ganaba a Boca, una mitad del colegio cargaba a la otra mitad. Si Boca le ganaba a River, lo mismo. Pero si River o Boca le ganaban a Racing, todo el colegio me cargaba a mí. Me sabían sensible, me tenían marcado, me espiaban para ver si otra vez, como después de cada derrota, había llevado la camiseta abajo del guardapolvo. Y como Racing no ganaba nunca, yo no podía cargar a nadie.

El 27 de diciembre de 2001, cuando Racing fue campeón por única vez en 47 años, me puse a llorar. No lloraba porque estaba emocionado: lloraba porque era 27 de diciembre, se habían terminado las clases y no tenía a quien cargar.

Aquel título, igual, fue un espejismo. Las cargadas y el sufrimiento siguieron. Racing acumuló derrotas, peleó el descenso, estuvo al borde de la desaparición. Yo aprendí otros valores que no eran el éxito: la fidelidad, la constancia, la humildad, el dolor como forma de reconstrucción. En la cancha y en mi vida.

Estar del lado de los castigados es poético para escribirlo, pero en la realidad es una trompada todos los días. Todas las horas. Todo el tiempo. Racing y mi vida se fusionaron. El gerenciamiento del club y el capitalismo como sistema. El índice de desocupación y la tabla del descenso. La represión policial y las goleadas que nos metía Independiente. Todo dolía, todo era un poco lo mismo. Los que piensen que esta comparación es una frivolidad absurda tienen razón. Pero, como diría Dolina, “a mí la razón no me alcanza”.

Empecé a abrazarme a un Racing sin resultados, a Racing como forma de vida. Lo apliqué en la realidad: aprendí a luchar con mis armas, con lo que tengo, aunque parezca destinado a derrota incluso antes del partido. Empecé a aceptar que no puedo cambiar el mundo, pero puedo cambiar una partecita del mundo; y que si no puedo cambiar ni una partecita, puedo intentarlo hasta que no me quede aire por respirar.

Las derrotas se nos siguieron acumulando, a Racing y a mí. Pero con Leandro y Melisa nos lo repetimos todos los días: sólo necesitamos ganar una vez para haber ganado siempre. Un pibe que evite su destino de drogas y cárcel, una mujer que deje de ser golpeada por su marido, una chica que descubra una idea leyendo un texto de Casciari. Un solo día en el que los oprimidos liberen sus cadenas y los poderosos paguen sus culpas, una tarde en la que el adolescente que lloraba en la planta alta de su casa se dé cuenta de que, aunque estaba en el bando predestinado a perder, estaba en el bando correcto.

Es 15 de junio de 2013 y estoy sonriendo. Sonrío mucho en la planta alta de la cancha de Independiente, donde quisieran estar mis tíos y primos. Pero no hay nadie, estoy solo y sonriendo. No sonrío porque Independiente acaba de irse al descenso por primera vez en la historia de la humanidad. No. Sonrío porque cuando asumí que estaba en el bando débil, pensé que nunca iba a ver al poderoso derrotado, a la clase alta del fútbol perdiendo sus propiedades privadas, mientras los derrotados de siempre sostienen la esperanza de un futuro mejor.

Ahora, mientras asumo que estoy en el bando débil del mundo, en el de los empobrecidos, los explotados, los trabajadores desocupados, las que tienen que abortar ilegalmente, los que limpian los baños y manejan los autos y construyen las casas de los ricos mientras la sociedad los mira con miedo, pienso lleno de tristeza que nunca voy a ver a los poderosos, a los opresores, a la clase alta del mundo perdiendo su poder en manos del pueblo. Pero nunca, tampoco, había pensado en ver a Independiente descender; y acá estoy, escribiendo este texto en mi cabeza mientras soy testigo de ese descenso. Escribo este texto en mi cabeza mientras sueño con que algún día, aunque suene imposible, el mundo se parezca un poco más al fútbol. Y los débiles, por fin, tengamos una tarde de reivindicación.

sábado, 8 de junio de 2013

Martín Estévez en wikipedia

Martín Estévez                                                        
Martín Gonzalo Estévez (n. 10 de abril de 1984) es un ex jugador argentino de vóley. Jugó en la posición de armador para el Instituto Lomas de Zamora y, tras su retiro, se dedicó a la literatura barata y militó en el neohippismo piquetero.

Índice                                                                         
1 Inicios
2 En la Escuela Nº29 (1995-1998)
3 En el Instituto Lomas (1999-2001)
4 Títulos y premios
5 Referencias

Sus inicios                                                                 
Nació el 10 de abril de 1984 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En su infancia se dedicó al fútbol, llegando a disputar el Mundial 93. Sin lugar para ese deporte en la Escuela Nº29 de Lomas de Zamora, practicó handball.

En 1995 cumplió 11 años, edad en la que en la Argentina comienza a participarse en competencias intercolegiales, pero en la preselección del equipo escolar perdió su lugar ante jugadores de menor renombre como Matías Salinas y Marcelo Garay. “Fue una de las decepciones más grandes de mi carrera. Nunca le perdoné al profesor Guillermo que me dejara afuera” , reconoció tiempo después (1).

En la Escuela Nº29 (1995-1998)                     
Sus compañeros lo convencieron de probar suerte en el vóley, y terminó siendo titular en el equipo que perdió los tres partidos del intercolegial y quedó rápidamente eliminado.

En séptimo grado compartió equipo con Marcelo Petrucci, iniciando una dupla memorablemente olvidable. En el intercolegial ‘96 compitieron 16 colegios. La Escuela 29 ganó los siete partidos clasificatorios y la semifinal, pero perdió 18-17 el match decisivo (se jugaba por tiempo).

Al año siguiente participó de un triangular en el que ganó un partido y perdió otro, quedando eliminado por diferencia de tantos. Allí conoció a Nicolás Briant, el otro armador del equipo. “Hoy sigue estando en mi ranking de personas que quiero –enfatizó Martín en una entrevista reciente-. Es el amigo más antiguo que tengo, pensar que lo conocí gritando: ¡sacá de arriba, carajo!”(2).

En noveno grado llegó la despedida de la Escuela 29 y de un grupo de jugadores que nunca supieron acompañar el entusiasmo de Martín, Marcelo y Nicolás. Tres estrepitosas derrotas dejaron al profesor Gabriel Coyne con las rastas de punta. Era el fin de una era.

En el Instituto Lomas (1999-2001)            
“Lo que me acuerdo de Martín son dos cosas: a los árbitros pidiéndome que no mostrara la camiseta de Racing cada vez que ganaba un punto; y que siempre me preguntaba por Marina Cava, una rubia a la que yo entrenaba y terminó en la selección argentina de básquet”, recuerda Mónica Nápoli, directora técnica durante la etapa de Martín en el Instituto Lomas de Zamora.

En 1999, ella preparó a un fuerte equipo que contaba con valores como Martín, Marcelo, Nicolás, el chileno Luis Berrocal y Walter “Fleco” Rivas. “Cuando votábamos quién tenía que ser el capitán, lo elegíamos a él –recuerda Berni Berrocal-, más que nada porque nos explicaba Físico-Química a todos. Pero nunca aceptaba(3). Durante años se especuló con diversas versiones: que era demasiado modesto, que no soportaba la presión porque era pecho frío o que creía que ser capitán traía mala suerte. Años después, Martín reveló la verdad en su blog: “¡Es que no veía la moneda en el sorteo, ni al árbitro, ni los números de los rivales! ¡Te lo juro, en esa época sin anteojos no veía nada!”(4) .

Dos triunfos y una derrota (ante el prestigioso Colegio Pallotti) dejaron al Instituto Lomas eliminado en primera ronda. Una vez más, la diferencia de tantos fue decisiva. “¡Siempre nos pasa lo mismo, la concha de la lora!”, declaraba Petrucci con mucha calma. Al año siguiente se sumó un talentoso receptor punta de apellido Fuentes, pero el Instituto perdió sus tres partidos. “¡Siempre nos pasa lo mismo, la concha de la lora!”, declaró Petrucci después de la eliminación.

El último año de Martín como jugador arrancó pésimo. “Fleco” Rivas y el chileno Berrocal habían dejado de estudiar; Fuentes ya tenía 19 años y por reglamento no podía participar; y su relación con Petrucci se había roto durante el viaje de egresados. “Era todo un desastre –recuerda Nico Briant-. Quedábamos sólo cinco jugadores, ¡no podíamos ni formar un equipo!”. “Semanas antes del torneo –detalla Mónica– los junté en el Parque de Lomas y les dije que no íbamos a presentarnos porque faltaba un jugador”. Entre todos convencieron a su compañero Lucas Chaparro, que en su vida había tocado una pelota de vóley, de que se sumara al equipo. “Minutos antes de los partidos le explicábamos a Chapi el reglamento, una locura”, se ríe Briant.

El Instituto Lomas integró una zona de cuatro equipos en la que el favorito era el Colegio Nuevo Sol. Todos los partidos se jugaban en días distintos y eso generó una situación sorprendente: los dos restantes colegios, luego de perder en su debut ante Nuevo Sol, abandonaron la competencia. “Ganamos los dos partidos porque no se presentaron. De golpe, estábamos en la final del grupo sin haber jugado”, explica Briant.

En esa final, el Instituto sorprendió y se llevó el primer set. Nuevo Sol cargó el juego sobre Chaparro para llevarse el segundo. Le pidieron a Lucas que recibiera lo más alto posible y todos corrieron detrás de la pelota: el Instituto Lomas ganó el tercer set y su grupo. El equipo ya estaba entre los ocho mejores de la zona sur de Buenos Aires.

En cuartos de final, el rival era el San José, colegio privado que tenía un plantel de doce jugadores con camisetas, pantalones y medias de la institución. “Desde el 99, nosotros usábamos el mismo juego de remeras blancas para todo el colegio –señala Briant-. A Martín ya casi no le entraba, pero igual se ponía la camiseta de Racing abajo, parecía un matambre. Y empezamos a llevar pantalones del mismo color porque si no parecíamos una murga”.

Antes del partido, Mónica juntó a los seis y, con los ojos brillosos, dijo: “Llevo muchos años como profe y nunca había llegado tan lejos. ¡Estamos entre los ocho mejores de todo el sur! Sólo puedo decirles gracias, y rómpanse todo. Rómpanse todo porque este partido no se lo tienen que olvidar nunca más”.

Salieron llenos de intensidad y nervios, y San José ganó el primer set. Marcelo y Martín, que casi no se dirigían la palabra, se miraron fijo al comienzo del segundo. En sus ojos podía leerse: “Hagámoslo por última vez”. El Instituto brilló como nunca antes y ganó el segundo. El tercer set fue a puro lujo, con Nico manejando los hilos, Marcelo pegando, y Lucas y Martín formando un muro en el bloqueo. “Fue el mejor partido de mi vida -aseguró Martín el otro día, mientras tomaba mate en la placita de Laprida-. Mientras los del San José se iban en su micro callados, nosotros salíamos eufóricos a la calle a preguntar con qué colectivo nos podíamos volver”.

La semifinal se jugó en un marco poco habitual para un torneo intercolegial: el Westminster llevó cerca de cien hinchas, bombos y jugadores que hasta tenían su nombre escrito en las camisetas. Los del Instituto eran los seis de siempre. “Nosotros también llevamos hinchada: mi hermana y su novio -se emociona Martín mientras come galletas integrales en la Universidad de Lomas-. Ellos tenían como diez entrenadores, jugadas en la pizarra, parecían más la selección de Italia que un colegio”.

El Westminster ganó 25-16 y 25-18 en el que fue el último partido de la carrera de Martín. “En ese momento era conciente de que se acababa todo. Mientras volvíamos en el colectivo lo hablábamos con Nico –recuerda Martín mientras escribe este texto-: nunca más los viajes, nunca más abrazarnos después de un punto, nunca más la camiseta de Racing abajo, nunca más el cosquilleo antes de sacar. Y nunca más escribir canciones en la hora de geografía, aprobar inglés con lo justo, mirar chicas en el recreo, hablar con una compañera hasta enamorarnos, y enamorarla hasta que sea nuestra novia, y vivir cada detalle como si fuera el fin del mundo, el comienzo del mundo, la eternidad. Nunca más la gloria extraña de ir al colegio, a esa institución que nació como una herramienta del capitalismo para transformarnos en soldaditos y que de a poco, muy de a poco, vamos a transformar en nuestro triunfo. Aunque seamos seis, aunque tengamos las mismas remeras de siempre, aunque a veces peleemos entre nosotros, y aunque a veces terminemos mezclando artículos de wikipedia y cuentos de blogs con ideales políticos”.

Títulos y premios                                                 
Ganó un trofeo chiquito en séptimo grado. Nunca más ganó nada de nada. Así que cuidalo, Martín.

Enlaces externos                                                 
(1) Revista La Acadé Nº11, enero 2004, pág. 4
(2) El Asesino Anónimo Nº52, junio de 2000
(3) Revista Animal Man (ediciones Zinco) Nº1.
(4) www.palabrasenreveradas.blogspot.com