Por Martín Estévez
Debería tener las manos manchadas con sangre, pero ni eso. Nunca pensé que iba a poder hacerlo, pero lo hice. Acabo de matar a una persona. Y no a cualquier persona. Acabo de matar a alguien a quien adoré. Me siento Mark Chapman, el fanático enloquecido que asesinó a John Lennon. Lo hice, lo hice, por fin lo hice. Y sé por qué lo hice. Que Dios me perdone: acabo de matar al Piojo López.
Para los que no lo saben, antes de morir el tipo jugó a la pelota. Bastante bien. Me hice fanático suyo en 1996. Él llevaba casi cuatro años en Racing, pero en el 96 la rompió. En Racing y en la selección. Y se fue. Se fue de una manera exageradamente memorable: tenía que mudarse a España para jugar en su nuevo club, pero le-pidió-por-favor-dale-dale-dale-dejame al presidente del Valencia, le rogó que le permitiera volver a Avellaneda un ratito más, un partido más, porque Racing jugaba contra el Boca de Maradona y él no podía irse así, con la triste derrota que había sufrido contra Newell’s un mes antes.
Se fue de una manera exageradamente memorable porque metió un gol sobre el final y Racing ganó 1-0, y Boca y Maradona y Caniggia se quedaron sin campeonato, y él se subió al arco y saludó a todos llorando, moviendo las manecitas, y de ahí se fue directo a tomarse un avión que lo mantendría una década lejos.
Todo eso me hizo mal. Tocó una parte frágil de mi cerebro. Me conmocionó. Comencé a seguir su carrera con una intensidad injustificada. Yo tenía 12 años, estaba en 7º grado, y antes de que mis compañeros sugirieran un distintivo de egresados (esos dibujos plastificados que se colgaban los que terminaban la primaria), dejé en claro que no iba a usar otra cosa durante el año que una foto del Piojo enganchada en mi ropa. Se ve que en el colegio ya me sabían peligroso, porque nadie me lo cuestionó.
Miren la foto que está ahí arriba y díganme, con una mano en el corazón, si no les da una mezcla de pena y pánico: miren mi obesidad creciente, el buzo que parece un mantel, la mirada perdida observando con desdén al fotógrafo de turno. Quisiera que nunca nadie hubiera visto esta foto que me humilla; pero si no la hubieran visto, jamás entenderían por qué lo acabo de matar. Miren: yo era ése de ahí. Ése.
Los que me conocen (los que creían conocerme antes de lo que acabo de hacer) ya lo saben: recortaba cada noticia suya y la pegaba delicadamente en un libro de actas, negro y de tapa dura, en el que obsesivamente detallaba sus estadísticas, sus momentos memorables, su forma de respirar. Cuando yo jugaba a la pelota, me negaba a pegarle con mi pierna hábil, la derecha: quería ser zurdo como él.
Jugó en España, en Italia, en México. Jugó dos Mundiales, también. Jugó 812 partidos en su carrera. Lo sé porque los conté. Lo sé porque los tengo en el libro de actas negro y de tapa dura. Lo sé porque los tengo en una libretita que computa sus partidos, goles, calificaciones recibidas y su promedio de gol. Lo sé porque figuran en el blog que creé en su homenaje, y al que perfeccioné durante dos años.
Lo más demencial que hice ya lo conté en este blog: durante su etapa en México, cuando yo ya era una persona grande que trabajaba y tenía barba, sus goles sólo podía verlos a las dos de la mañana en un programa llamado ESPN Report. Y como yo tenía (tenía) que grabar todos sus goles, estaba entre las 2 y las 3 de la mañana despierto, con el control de la videograbadora en la mano, esperando, si había suerte, que anunciaran los goles argentinos en el exterior. Muchas veces no los pasaban, y yo me quedaba angustiado pensando que ese gol quedaría para siempre en el olvido, que yo no lo había registrado, que la vida era un poco más triste.
Tuve las camisetas de sus clubes, las medias de sus clubes, me hice remeras con sus fotos, practiqué la tonada cordobesa: todas las estupideces que hacen las adolescentes enamoradas de un cantante de pop barato. El problema era que yo crecía, que mis obligaciones aumentaban, pero cada partido suyo igual detenía el mundo, me obligaba a verlo, o a seguirlo por internet, o a imaginarlo.
En febrero de 2007, tanto tiempo después de su despedida, anunció que volvía a Racing. Lo había prometido. Yo lloraba, pero no de emoción: horas antes (se los juro, horas antes), mi primera novia me había dejado para siempre. Nunca había estado tan triste como cuando fui a la conferencia de prensa a ver un sueño cumplirse, y ese sueño no me importaba nada.
Jugó un año en Racing y se fue a terminar su carrera a Estados Unidos. ¡A Estados Unidos! Y lo seguí, claro. Me hice hincha de equipos ridículos como Kansas City Wizards o Colorado Rapids. Grité en diferido su último gol: fue cuando apareció “López: ¡goal!” en la página de internet de Colorado durante una serie de penales. Ni siquiera salió en el diario al otro día: no le importaba a nadie.
Eso fue hace ya cuatro años: se retiró en 2010. En todo aquel tiempo, lo conocí, me saqué una foto con él, le hice una bandera, lo entrevisté por teléfono, le conté que lo admiraba y me dijo: “No te hubieras molestado en decir palabras tan lindas”. En todo aquel tiempo, crecí y me obsesioné con los recortes, con las cronologías, con completar todas las cosas que se pudieran completar. Me obsesioné con el pasado.
Hoy decidí terminar con todo eso. Me siento ridículo subiendo al facebook fotos de un tipo que ya no juega. Me siento anacrónico, antiguo, me siento gastado. Ese Martín, el que a las 2:51 de la mañana sufría porque quedaban nueve minutos de chances para grabar el gol al Cruz Azul, ya no existe más. Ese gordito triste de la foto es un poco parte de mí, pero ya no soy yo.
Sé que cuando subo una foto del Piojo López doy una imagen como la de Gaby cuando escucha Xuxa, la de Tati cuando insiste en juntar a sus compañeros de la primaria, la de Juanca guardando discos de los Beatles sin abrir. Parece que viene de familia esto de aferrarse al pasado aunque el pasado no nos haga bien, aunque nos detenga en un lugar donde no queremos detenernos, aunque no nos haga felices.
Así que lo hago un poco por mí, y un poco por ellos. Y un poco por todos los que estamos detenidos en momentos de nuestras vidas que nos marcaron. Salgamos de ahí. Huyamos. Vivamos.
No es un día cualquiera ni un momento cualquiera. Hoy, justo hoy, Claudio López cumple 40 años. Y yo ya bailo alegre alrededor de los 30. Ya no escucho Los Chakales, ni me gusta la chica que me gustaba a los 12 años, ni me cocina Fanny. Ya no uso buzos que parecen un mantel, ni grabo goles ajenos, ni quiero ser el más y mejor fanático de nadie.
Soy éste que soy ahora, y éste no quiere seguir escribiendo sobre partidos viejos, actualizando blogs de deportistas retirados, perdiendo el tiempo en otros porque me da miedo arriesgar ese tiempo estando conmigo.
Hoy, 17 de julio de 2014, declaro oficialmente mi independencia del Piojo López, de sus goles grabados en video, de sus recortes, de sus noticias, de las notas que le hagan. Me declaro libre del que fui a los 12 años, del que vivía a través de los demás, del que tenía (tenía) que hacer cosas sin saber por qué las hacía.
Elimino a su fantasma. Me lo saco de encima, lo borro de mi presente, nunca más será una obligación para mí. No más blog, no más recortes, no más estadísticas. No más fanatismos absurdos. Por fin, por fin puedo, por fin no duele, por fin aprendí. Por fin puedo desencadenarme, cortarlo en pedacitos, puedo agarrar el diario con su última carrera (porque ahora es piloto de autos) y destrozar las páginas con mis dientes, sin siquiera preocuparme por el puesto en que terminó. Escucho las sirenas de mi inconciente, los pasos de los guardiacárceles de mi pasado, pero vengan a buscarme, hagan lo que quieran de mí: no me importa, no me arrepiento. Hoy, hoy carajo, por fin y para siempre: hoy maté al Piojo López.
jueves, 17 de julio de 2014
martes, 31 de diciembre de 2013
Esquinas
Por Martín Estévez
A los
seres humanos nos adjudican un montón de pavadas como propias: un número de
documento, título secundario, grupo sanguíneo, antecedentes penales, la tarjeta
SUBE, y hasta nombre y apellido. Pero hay algo mucho más importante que no
figura en ningún registro civil: nuestras esquinas.
Todos
tenemos esquinas propias, que nadie nos puede robar, que marcaron nuestras
vidas más que las vacunas que nos inyectaron. Mi primera esquina la conseguí en 1996: es la
intersección de Molina Arrotea y 24 de Mayo, en un barrio (parecido a todos los barrios) de
Lomas de Zamora.
Ahí
quedaba la Escuela
29, en la que hice de 1º a 9º grado, pero no me apropié de esa esquina hasta
7º, cuando al salir de clase nos sentábamos con Mauro (el mismo que nombro en “Y él respondía nada”) a ser amigos. Hay personas que se juntan para
conversar sobre programas de televisión, para tomar café, para contarlo en
Facebook, para desahogarse. A mí me gusta juntarme con las personas para ser amigos.
La orden
en mi casa era no volver de noche, así que en verano me sentaba unas
cuantas horas sin problemas. Pero en invierno, como salíamos a las 17:30,
anochecía enseguida y yo terminaba corriendo las diez cuadras que separaban a
la escuela del caserón de Oliden.
En
Molina Arrotea y 24 de Mayo di mi primer beso, me puse de novio, bailé el vals
en Navidad, me junté con amigos hasta los 17 años y esperé a una morocha para
abrazarla hasta los 22.
Mi
segunda esquina tardó en aparecer. Para los que estén interesados en
adquirirla, es la de Darregueyra y Santa Fe, en Palermo. La hice mía entre 2007
y 2009: todas las noches salíamos con Pablo de la revista Fox Sports y
caminábamos hasta ahí. Él, porque por esa esquina pasaba el micro
Chevallier que lo llevaba a Campana, donde cenaba, dormía y hacía el
amor con Marina. Yo, porque ya no tenía morocha que abrazar y,
especialmente, porque me gustaba juntarme con Pablo para ser amigos.
Mientras
esperábamos que llegara el diferencial, hablábamos de nuestros problemas más catastróficos y de las pelotudeces
más atómicas. Y siempre que él se ponía contento, porque asomaba el Chevallier,
yo me ponía triste, porque asomaba un regreso de dos horas en absoluta soledad.
¿Qué
otra esquina me cambió la vida? Ya sé: la de Kurth y Polonia. A dos cuadras, en
un barrio de Llavallol al que los GPS llamarían “zona peligrosa”, vivió una de
mis mejores novias. Yo me tomaba el 562 y tenía que bajarme ahí. Y, si era de
noche, caminar lo más rápido posible para que no me afanaran hasta llegar a su calle de tierra, hasta su puerta,
hasta sus brazos.
Lo mejor
pasaba a las siete de la mañana del día siguiente: nos despertábamos por culpa del
motor del auto de un vecino, tomábamos unos mates y nos íbamos, claro, hasta
Kurth y Polonia, a esperar un colectivo que la acercaría a ella hasta el
trabajo. A esa hora, ya sonaba cumbia en los monoblocks de enfrente. Nunca se lo dije, pero me encantaban esas mañanas de 2010, tan barriales, tan
Llavallol, tan nosotros. Cuando Tamara tomaba el colectivo, yo cruzaba y,
también en Kurth y Polonia, esperaba el 562 que me llevaría de vuelta a casa.
En los
últimos tres años conseguí tres nuevas esquinas que quisiera que figuraran
en el libro azul de mi vida. Y, si no hay un libro azul con todas las verdades
del Universo, al menos nombrarlas en
este blog.
En 2011
me volví fanático de Las Piedras y Luján, callecitas de Lanús. Casi no hacía
otra cosa que tomarme el 74 y espiar la numeración de Luján, porque tenía que
bajarme al 2200 para ir a la casa de Eugenia o Melisa, compañeras de teatro
a las que nunca me pude sacar de encima. De hecho, como tengo mala memoria,
durante años Melisa figuró en mi celular como ‘Meli 2200’ para saber dónde
bajarme.
La casa
de Eugenia era el punto de reunión antes de alguna salida, para merendar
escones, soñar con nuestra compañía de teatro o contar tristezas. Ir
a lo de Melisa sigue siendo una salvajada emocional: casi no hay vez en la que,
al irme de ahí, alguno de los dos no sienta que le cambió la vida para siempre.
Mi
esquina favorita en 2012 fue la de Sirito y Palos Borrachos, donde vive la
gloriosa familia de Leandro, una de las cinco personas que más quiero.
La casa es tan chica y tan grande a la vez: entran ahí una farmacia enorme, un
piano que el adolescente hermano de Leandro toca con maestría, decenas de
plantas, centenas de libros, un garage, un padre que lee esos libros en el
garage, comidas que no probé en ningún otro lugar y un televisor.
El dato
del televisor no es menor: como yo no tengo, cada vez que hay un evento
deportivo que me interesa, la familia de Leandro se agarra la cabeza. Sabe que
a las 8 de la mañana yo tocaré timbre, él preparará té de manzanilla y nos
dispondremos a ver Federer-Del Potro como si estuviéramos en las tribunas de
Wimbledon.
Ya sé
que, mientras leen, todos están pensando en cuáles son las esquinas importantes
de su vida, pero déjenme terminar. La sexta y última que quisiera que filmaran
si alguna vez me hacen un homenaje en televisión es la de Alsina y Fonrouge. Como vivo a dos cuadras de esa esquina, por la
que pasan el tren y un montón de colectivos, este año pasé más tiempo ahí que
durmiendo. De verdad, hice la cuenta.
De
hecho, mientras escribo este texto, estoy esperando un mensaje que diga: “Estoy
yendo para allá”. Eso significa que por milésima vez tengo que ponerme las
ojotas y caminar hasta Alsina y Fonrouge, donde un colectivo o el tren
depositarán a alguna chica linda que no quiere caminar sola, o a algún chico
lindo que no conoce el barrio. Es más: “Te espero en Alsina y Fonrouge” es el único
mensaje predeterminado que tengo en el celular.
Perdonen
que termine este texto de golpe, pero acaba de llegar el mensaje y tengo que
salir corriendo para la esquina. No sea cosa que, por llegar tarde, me pierda
mi primer beso, un abrazo de Pablo o al hermano de Leandro dando un concierto
de piano debajo del semáforo.
viernes, 27 de diciembre de 2013
Duhalde, mi buen amigo
Por Martín Estévez
Esta historia, como todas las que escribo, es verdadera. Por
suerte existen varios testigos, porque un texto en el que converso personalmente
con Eduardo Duhalde invita a la sospecha de que les estoy mintiendo a todos.
Pero insisto: esta historia es verdadera.
Es el año 1996, tengo 12 años y, después de la clase de educación
física (de 8 a 9 de la mañana, en contraturno) con los pibes nos vamos a jugar
a la pelota al parque de Lomas. En esos años, en la pista de atletismo del
parque aterrizaba una vez por semana un helicóptero que transportaba a Duhalde.
(Duhalde, para los que no lo saben, fue gobernador de Buenos Aires
en los peores años de Buenos Aires, que son casi todos. Y presidente argentino
en 2002 y 2003. Duhalde era malo en serio: corrupción, narcotráfico, cosas
que casi todos sabemos pero no podemos denunciar por falta de pruebas).
Nosotros, más por aburrimiento que por convicción política, nos
colgábamos del alambrado que rodeaba a la pista y empezábamos a insultar a ese
señor cabezón. Sí: una vez por semana, cinco o seis pibes de 12 años cantábamos
canciones para faltarle el respeto al gobernador de la provincia.
Uno de esos miércoles, ya cerca del mediodía, mientras entonábamos “¡Duhalde, cagón, vos sos la corrupción!”, una persona se acercó por nuestro
costado ciego. “¿Hay algún problema?”, preguntó enojado. Era uno de los hombres
de seguridad del gobernador y tenía un bastón en la mano.
Lautaro, Claudio y el resto se quedaron mudos. Yo respondí lo
primero que se me ocurrió: “Es que estamos enojados, señor –le dije con cara de
nomepegue–, porque si en nuestra escuela no hacen aulas, todos nosotros vamos a
tener que separarnos”.
No se entendió mucho, pero el tipo nos miró interesado. Eso me
envalentonó: “El año que viene deberíamos ir a octavo grado, pero en nuestra
escuela nunca hicieron aulas y ya nos dijeron que nos busquemos otra porque
todos no entramos”.
El hombre guardó el bastón y nos dijo que escribiéramos una carta
para “el señor Duhalde” contándole el problema, y que él mismo se comprometía a
alcanzársela durante el miércoles siguiente para ver si “se podía hacer algo”.
Nosotros estábamos tan contentos por no haber terminado presos que
esa misma tarde le contamos la historia a la señorita Gladys (sin la parte en
que nos colgábamos a insultar, claro). Ella propuso que todo el grado
escribiera la carta. Una semana después, estábamos de nuevo en el parque, sin
insultos pero con un sobre en las manos. El guardia nos reconoció enseguida y
se acercó a buscar la carta. Lo vimos: luego fue caminando directo hacia
Duhalde y conversó con él.
-Dice el gobernador que vengan el miércoles que viene con la
directora de su escuela. Quiere hablar con ella –nos pidió.
Dos semanas después de putear desde el alambrado, la directora, la
vicedirectora y cinco de nosotros estábamos parados al lado del helicóptero,
frente a Duhalde. El tipo, lo juro, era más bajo que yo, que tenía 12 años. Un
enano con cara de hijo de puta que enseguida nos prometió que en los próximos
días iba a ordenar la construcción de aulas nuevas en la Escuela Nº29.
El día que llegó la confirmación a través de un comunicado del
Ministerio de Educación, juntaron a los estudiantes de la escuela y les
contaron que, gracias a nuestra “preocupación y esfuerzo”, todos podrían
terminar los nueve años de la primaria en la 29. El patio entero estalló en
aplausos. La secretaria, María Ángela, nos miraba emocionada, como diciendo:
“Con chicos así, el mundo tiene esperanzas”.
Empezamos octavo grado en la biblioteca, claro. Las obras se
demoraron y recién para mitad de 1997 terminó la construcción de las aulas. Al
final egresé de la Escuela 29 sin pena ni gloria, sin viaje de egresados ni
amigos para siempre.
La historia no parece tener moraleja, aunque podemos inventarle
tres. La primera es que muchos de los aplausos más efusivos que recibimos en la
vida no los merecemos. O los merecemos por otros motivos: fue injusto que nos
aplaudieran por una “preocupación” y un “esfuerzo” que nunca demostramos; pero
tal vez merecimos los aplausos por la creatividad en un momento complicado; y
por seguir la historia hasta el final, como siempre hay que seguir las
historias.
La segunda moraleja es que, aunque Duhalde puede ser confundido en
este relato como un político sensible y solidario, en realidad reafirma sus
peores cualidades: la 29 se salvó porque a un tipo de seguridad le caímos bien,
pero muchas escuelas terminaron sin aulas y devastadas por un sistema educativo
nefasto impulsado por él.
Y la última conclusión es que, desde los 12 a los 29 años, de
tanto cambiar no cambié más: este año, en otro parque, con otros pibes,
cantamos una canción mientras pedíamos justicia para Darío Santillán y Maxi
Kosteki, luchadores asesinados durante la presidencia de Duhalde en 2002:
sábado, 6 de julio de 2013
La esperanza no desciende
Por Martín Estévez
Es 17 de diciembre de 1995 y estoy llorando. Lloro mucho en la planta alta de mi casa, donde viven mis tíos y primos. Pero no hay nadie, estoy solo y llorando. Tirado en el suelo, boca arriba, mientras escucho. Escucho cuatro cosas: que Colón le gana 5-1 a Racing, que Vélez le gana 3-0 a Independiente, que los de Vélez gritan “dale campeón” y que los de Independiente también festejan. Festejan que otra vez perdí.
El día había empezado con la esperanza de ver a Racing ganar un título por primera vez en mi vida. Había que derrotar a Colón y esperar que Independiente le ganara a Vélez para forzar una final. Entonces, ritual familiar: todos frente a la televisión, con café y bizcochuelo, esperando el milagro.
Racing arrancó ganando en Santa Fe y aumentó la ilusión, pero Independiente no estaba dispuesto a colaborar: sus jugadores no atacaron nunca y sus hinchas celebraron los tres goles de Vélez. Sí: los tres goles que su equipo recibía. Para peor, desmoronado anímicamente, Racing terminó comiéndose una goleada escandalosa.
Rotos de dolor e indignación, mis familiares se fueron yendo, uno a uno, antes del final de los partidos. Creo que viajaban a Campana y estaban con el tiempo justo. Yo me quedé. Siempre me quedo. Me quedo porque alguien tiene que cumplir ese rol: el del que barre después de la fiesta, el del que apaga la luz, el del que llora después del pitazo final porque Racing (otra vez) no es campeón.
Yo tenía sólo 11 años, pero ya sabía algo: La Academia no ganaba nunca. Ser campeón era casi imposible, y una buena oportunidad se había escapado. Los de Boca, los de River y los de Independiente, todos, habían sido campeones en esos últimos tres años. Racing, en cambio, no ganaba un título desde 1966.
Empecé a entender el fútbol a los 6 años y desde entonces fui íntimo amigo de la derrota: contra Boca, River y el Rojo, contra los tres enemigos a los que había que cruzar en el colegio o en cualquier parte, perdíamos siempre. Los que me conocen saben que soy el principal estadígrafo de Racing en el planeta y que no miento: de los primeros 32 partidos que viví contra esos equipos, ganamos 4. Apenas 4. 4 de 32.
Eso me marcó. Crecí acostumbrado a los golpes, sabiéndome parte del bando perdedor. Y a partir de ese momento, siempre que decidí entre dos posturas, elegí la de los débiles, la de los que sufren. Los que creen que soy piquetero porque leí a Marx o porque tengo conciencia social no entienden nada: soy piquetero porque antes fui de Racing. Así de sencillo.
Para peor, en mi escuela eran todos de Boca o de River. Por ahí a alguna chica no le gustaba el fútbol y no tenía equipo, pero el resto (turno mañana, turno tarde, directivos) eran de Boca o de River.
Si River le ganaba a Boca, una mitad del colegio cargaba a la otra mitad. Si Boca le ganaba a River, lo mismo. Pero si River o Boca le ganaban a Racing, todo el colegio me cargaba a mí. Me sabían sensible, me tenían marcado, me espiaban para ver si otra vez, como después de cada derrota, había llevado la camiseta abajo del guardapolvo. Y como Racing no ganaba nunca, yo no podía cargar a nadie.
El 27 de diciembre de 2001, cuando Racing fue campeón por única vez en 47 años, me puse a llorar. No lloraba porque estaba emocionado: lloraba porque era 27 de diciembre, se habían terminado las clases y no tenía a quien cargar.
Aquel título, igual, fue un espejismo. Las cargadas y el sufrimiento siguieron. Racing acumuló derrotas, peleó el descenso, estuvo al borde de la desaparición. Yo aprendí otros valores que no eran el éxito: la fidelidad, la constancia, la humildad, el dolor como forma de reconstrucción. En la cancha y en mi vida.
Estar del lado de los castigados es poético para escribirlo, pero en la realidad es una trompada todos los días. Todas las horas. Todo el tiempo. Racing y mi vida se fusionaron. El gerenciamiento del club y el capitalismo como sistema. El índice de desocupación y la tabla del descenso. La represión policial y las goleadas que nos metía Independiente. Todo dolía, todo era un poco lo mismo. Los que piensen que esta comparación es una frivolidad absurda tienen razón. Pero, como diría Dolina, “a mí la razón no me alcanza”.
Empecé a abrazarme a un Racing sin resultados, a Racing como forma de vida. Lo apliqué en la realidad: aprendí a luchar con mis armas, con lo que tengo, aunque parezca destinado a derrota incluso antes del partido. Empecé a aceptar que no puedo cambiar el mundo, pero puedo cambiar una partecita del mundo; y que si no puedo cambiar ni una partecita, puedo intentarlo hasta que no me quede aire por respirar.
Las derrotas se nos siguieron acumulando, a Racing y a mí. Pero con Leandro y Melisa nos lo repetimos todos los días: sólo necesitamos ganar una vez para haber ganado siempre. Un pibe que evite su destino de drogas y cárcel, una mujer que deje de ser golpeada por su marido, una chica que descubra una idea leyendo un texto de Casciari. Un solo día en el que los oprimidos liberen sus cadenas y los poderosos paguen sus culpas, una tarde en la que el adolescente que lloraba en la planta alta de su casa se dé cuenta de que, aunque estaba en el bando predestinado a perder, estaba en el bando correcto.
Es 15 de junio de 2013 y estoy sonriendo. Sonrío mucho en la planta alta de la cancha de Independiente, donde quisieran estar mis tíos y primos. Pero no hay nadie, estoy solo y sonriendo. No sonrío porque Independiente acaba de irse al descenso por primera vez en la historia de la humanidad. No. Sonrío porque cuando asumí que estaba en el bando débil, pensé que nunca iba a ver al poderoso derrotado, a la clase alta del fútbol perdiendo sus propiedades privadas, mientras los derrotados de siempre sostienen la esperanza de un futuro mejor.
Ahora, mientras asumo que estoy en el bando débil del mundo, en el de los empobrecidos, los explotados, los trabajadores desocupados, las que tienen que abortar ilegalmente, los que limpian los baños y manejan los autos y construyen las casas de los ricos mientras la sociedad los mira con miedo, pienso lleno de tristeza que nunca voy a ver a los poderosos, a los opresores, a la clase alta del mundo perdiendo su poder en manos del pueblo. Pero nunca, tampoco, había pensado en ver a Independiente descender; y acá estoy, escribiendo este texto en mi cabeza mientras soy testigo de ese descenso. Escribo este texto en mi cabeza mientras sueño con que algún día, aunque suene imposible, el mundo se parezca un poco más al fútbol. Y los débiles, por fin, tengamos una tarde de reivindicación.
Es 17 de diciembre de 1995 y estoy llorando. Lloro mucho en la planta alta de mi casa, donde viven mis tíos y primos. Pero no hay nadie, estoy solo y llorando. Tirado en el suelo, boca arriba, mientras escucho. Escucho cuatro cosas: que Colón le gana 5-1 a Racing, que Vélez le gana 3-0 a Independiente, que los de Vélez gritan “dale campeón” y que los de Independiente también festejan. Festejan que otra vez perdí.
El día había empezado con la esperanza de ver a Racing ganar un título por primera vez en mi vida. Había que derrotar a Colón y esperar que Independiente le ganara a Vélez para forzar una final. Entonces, ritual familiar: todos frente a la televisión, con café y bizcochuelo, esperando el milagro.
Racing arrancó ganando en Santa Fe y aumentó la ilusión, pero Independiente no estaba dispuesto a colaborar: sus jugadores no atacaron nunca y sus hinchas celebraron los tres goles de Vélez. Sí: los tres goles que su equipo recibía. Para peor, desmoronado anímicamente, Racing terminó comiéndose una goleada escandalosa.
Rotos de dolor e indignación, mis familiares se fueron yendo, uno a uno, antes del final de los partidos. Creo que viajaban a Campana y estaban con el tiempo justo. Yo me quedé. Siempre me quedo. Me quedo porque alguien tiene que cumplir ese rol: el del que barre después de la fiesta, el del que apaga la luz, el del que llora después del pitazo final porque Racing (otra vez) no es campeón.
Yo tenía sólo 11 años, pero ya sabía algo: La Academia no ganaba nunca. Ser campeón era casi imposible, y una buena oportunidad se había escapado. Los de Boca, los de River y los de Independiente, todos, habían sido campeones en esos últimos tres años. Racing, en cambio, no ganaba un título desde 1966.
Empecé a entender el fútbol a los 6 años y desde entonces fui íntimo amigo de la derrota: contra Boca, River y el Rojo, contra los tres enemigos a los que había que cruzar en el colegio o en cualquier parte, perdíamos siempre. Los que me conocen saben que soy el principal estadígrafo de Racing en el planeta y que no miento: de los primeros 32 partidos que viví contra esos equipos, ganamos 4. Apenas 4. 4 de 32.
Eso me marcó. Crecí acostumbrado a los golpes, sabiéndome parte del bando perdedor. Y a partir de ese momento, siempre que decidí entre dos posturas, elegí la de los débiles, la de los que sufren. Los que creen que soy piquetero porque leí a Marx o porque tengo conciencia social no entienden nada: soy piquetero porque antes fui de Racing. Así de sencillo.
Para peor, en mi escuela eran todos de Boca o de River. Por ahí a alguna chica no le gustaba el fútbol y no tenía equipo, pero el resto (turno mañana, turno tarde, directivos) eran de Boca o de River.
Si River le ganaba a Boca, una mitad del colegio cargaba a la otra mitad. Si Boca le ganaba a River, lo mismo. Pero si River o Boca le ganaban a Racing, todo el colegio me cargaba a mí. Me sabían sensible, me tenían marcado, me espiaban para ver si otra vez, como después de cada derrota, había llevado la camiseta abajo del guardapolvo. Y como Racing no ganaba nunca, yo no podía cargar a nadie.
El 27 de diciembre de 2001, cuando Racing fue campeón por única vez en 47 años, me puse a llorar. No lloraba porque estaba emocionado: lloraba porque era 27 de diciembre, se habían terminado las clases y no tenía a quien cargar.
Aquel título, igual, fue un espejismo. Las cargadas y el sufrimiento siguieron. Racing acumuló derrotas, peleó el descenso, estuvo al borde de la desaparición. Yo aprendí otros valores que no eran el éxito: la fidelidad, la constancia, la humildad, el dolor como forma de reconstrucción. En la cancha y en mi vida.
Estar del lado de los castigados es poético para escribirlo, pero en la realidad es una trompada todos los días. Todas las horas. Todo el tiempo. Racing y mi vida se fusionaron. El gerenciamiento del club y el capitalismo como sistema. El índice de desocupación y la tabla del descenso. La represión policial y las goleadas que nos metía Independiente. Todo dolía, todo era un poco lo mismo. Los que piensen que esta comparación es una frivolidad absurda tienen razón. Pero, como diría Dolina, “a mí la razón no me alcanza”.
Empecé a abrazarme a un Racing sin resultados, a Racing como forma de vida. Lo apliqué en la realidad: aprendí a luchar con mis armas, con lo que tengo, aunque parezca destinado a derrota incluso antes del partido. Empecé a aceptar que no puedo cambiar el mundo, pero puedo cambiar una partecita del mundo; y que si no puedo cambiar ni una partecita, puedo intentarlo hasta que no me quede aire por respirar.
Las derrotas se nos siguieron acumulando, a Racing y a mí. Pero con Leandro y Melisa nos lo repetimos todos los días: sólo necesitamos ganar una vez para haber ganado siempre. Un pibe que evite su destino de drogas y cárcel, una mujer que deje de ser golpeada por su marido, una chica que descubra una idea leyendo un texto de Casciari. Un solo día en el que los oprimidos liberen sus cadenas y los poderosos paguen sus culpas, una tarde en la que el adolescente que lloraba en la planta alta de su casa se dé cuenta de que, aunque estaba en el bando predestinado a perder, estaba en el bando correcto.
Es 15 de junio de 2013 y estoy sonriendo. Sonrío mucho en la planta alta de la cancha de Independiente, donde quisieran estar mis tíos y primos. Pero no hay nadie, estoy solo y sonriendo. No sonrío porque Independiente acaba de irse al descenso por primera vez en la historia de la humanidad. No. Sonrío porque cuando asumí que estaba en el bando débil, pensé que nunca iba a ver al poderoso derrotado, a la clase alta del fútbol perdiendo sus propiedades privadas, mientras los derrotados de siempre sostienen la esperanza de un futuro mejor.
Ahora, mientras asumo que estoy en el bando débil del mundo, en el de los empobrecidos, los explotados, los trabajadores desocupados, las que tienen que abortar ilegalmente, los que limpian los baños y manejan los autos y construyen las casas de los ricos mientras la sociedad los mira con miedo, pienso lleno de tristeza que nunca voy a ver a los poderosos, a los opresores, a la clase alta del mundo perdiendo su poder en manos del pueblo. Pero nunca, tampoco, había pensado en ver a Independiente descender; y acá estoy, escribiendo este texto en mi cabeza mientras soy testigo de ese descenso. Escribo este texto en mi cabeza mientras sueño con que algún día, aunque suene imposible, el mundo se parezca un poco más al fútbol. Y los débiles, por fin, tengamos una tarde de reivindicación.
sábado, 8 de junio de 2013
Martín Estévez en wikipedia
Martín Estévez
Martín Gonzalo Estévez (n. 10 de abril de 1984) es un ex jugador argentino de vóley. Jugó en la posición de armador para el Instituto Lomas de Zamora y, tras su retiro, se dedicó a la literatura barata y militó en el neohippismo piquetero.
Índice
1 Inicios
2 En la Escuela Nº29 (1995-1998)
3 En el Instituto Lomas (1999-2001)
4 Títulos y premios
5 Referencias
Sus inicios
Nació el 10 de abril de 1984 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En su infancia se dedicó al fútbol, llegando a disputar el Mundial 93. Sin lugar para ese deporte en la Escuela Nº29 de Lomas de Zamora, practicó handball.
En 1995 cumplió 11 años, edad en la que en la Argentina comienza a participarse en competencias intercolegiales, pero en la preselección del equipo escolar perdió su lugar ante jugadores de menor renombre como Matías Salinas y Marcelo Garay. “Fue una de las decepciones más grandes de mi carrera. Nunca le perdoné al profesor Guillermo que me dejara afuera” , reconoció tiempo después (1).
En la Escuela Nº29 (1995-1998)
Sus compañeros lo convencieron de probar suerte en el vóley, y terminó siendo titular en el equipo que perdió los tres partidos del intercolegial y quedó rápidamente eliminado.
En séptimo grado compartió equipo con Marcelo Petrucci, iniciando una dupla memorablemente olvidable. En el intercolegial ‘96 compitieron 16 colegios. La Escuela 29 ganó los siete partidos clasificatorios y la semifinal, pero perdió 18-17 el match decisivo (se jugaba por tiempo).
Al año siguiente participó de un triangular en el que ganó un partido y perdió otro, quedando eliminado por diferencia de tantos. Allí conoció a Nicolás Briant, el otro armador del equipo. “Hoy sigue estando en mi ranking de personas que quiero –enfatizó Martín en una entrevista reciente-. Es el amigo más antiguo que tengo, pensar que lo conocí gritando: ¡sacá de arriba, carajo!”(2).
En noveno grado llegó la despedida de la Escuela 29 y de un grupo de jugadores que nunca supieron acompañar el entusiasmo de Martín, Marcelo y Nicolás. Tres estrepitosas derrotas dejaron al profesor Gabriel Coyne con las rastas de punta. Era el fin de una era.
En el Instituto Lomas (1999-2001)
“Lo que me acuerdo de Martín son dos cosas: a los árbitros pidiéndome que no mostrara la camiseta de Racing cada vez que ganaba un punto; y que siempre me preguntaba por Marina Cava, una rubia a la que yo entrenaba y terminó en la selección argentina de básquet”, recuerda Mónica Nápoli, directora técnica durante la etapa de Martín en el Instituto Lomas de Zamora.
En 1999, ella preparó a un fuerte equipo que contaba con valores como Martín, Marcelo, Nicolás, el chileno Luis Berrocal y Walter “Fleco” Rivas. “Cuando votábamos quién tenía que ser el capitán, lo elegíamos a él –recuerda Berni Berrocal-, más que nada porque nos explicaba Físico-Química a todos. Pero nunca aceptaba”(3). Durante años se especuló con diversas versiones: que era demasiado modesto, que no soportaba la presión porque era pecho frío o que creía que ser capitán traía mala suerte. Años después, Martín reveló la verdad en su blog: “¡Es que no veía la moneda en el sorteo, ni al árbitro, ni los números de los rivales! ¡Te lo juro, en esa época sin anteojos no veía nada!”(4) .
Dos triunfos y una derrota (ante el prestigioso Colegio Pallotti) dejaron al Instituto Lomas eliminado en primera ronda. Una vez más, la diferencia de tantos fue decisiva. “¡Siempre nos pasa lo mismo, la concha de la lora!”, declaraba Petrucci con mucha calma. Al año siguiente se sumó un talentoso receptor punta de apellido Fuentes, pero el Instituto perdió sus tres partidos. “¡Siempre nos pasa lo mismo, la concha de la lora!”, declaró Petrucci después de la eliminación.
El último año de Martín como jugador arrancó pésimo. “Fleco” Rivas y el chileno Berrocal habían dejado de estudiar; Fuentes ya tenía 19 años y por reglamento no podía participar; y su relación con Petrucci se había roto durante el viaje de egresados. “Era todo un desastre –recuerda Nico Briant-. Quedábamos sólo cinco jugadores, ¡no podíamos ni formar un equipo!”. “Semanas antes del torneo –detalla Mónica– los junté en el Parque de Lomas y les dije que no íbamos a presentarnos porque faltaba un jugador”. Entre todos convencieron a su compañero Lucas Chaparro, que en su vida había tocado una pelota de vóley, de que se sumara al equipo. “Minutos antes de los partidos le explicábamos a Chapi el reglamento, una locura”, se ríe Briant.
El Instituto Lomas integró una zona de cuatro equipos en la que el favorito era el Colegio Nuevo Sol. Todos los partidos se jugaban en días distintos y eso generó una situación sorprendente: los dos restantes colegios, luego de perder en su debut ante Nuevo Sol, abandonaron la competencia. “Ganamos los dos partidos porque no se presentaron. De golpe, estábamos en la final del grupo sin haber jugado”, explica Briant.
En esa final, el Instituto sorprendió y se llevó el primer set. Nuevo Sol cargó el juego sobre Chaparro para llevarse el segundo. Le pidieron a Lucas que recibiera lo más alto posible y todos corrieron detrás de la pelota: el Instituto Lomas ganó el tercer set y su grupo. El equipo ya estaba entre los ocho mejores de la zona sur de Buenos Aires.
En cuartos de final, el rival era el San José, colegio privado que tenía un plantel de doce jugadores con camisetas, pantalones y medias de la institución. “Desde el 99, nosotros usábamos el mismo juego de remeras blancas para todo el colegio –señala Briant-. A Martín ya casi no le entraba, pero igual se ponía la camiseta de Racing abajo, parecía un matambre. Y empezamos a llevar pantalones del mismo color porque si no parecíamos una murga”.
Antes del partido, Mónica juntó a los seis y, con los ojos brillosos, dijo: “Llevo muchos años como profe y nunca había llegado tan lejos. ¡Estamos entre los ocho mejores de todo el sur! Sólo puedo decirles gracias, y rómpanse todo. Rómpanse todo porque este partido no se lo tienen que olvidar nunca más”.
Salieron llenos de intensidad y nervios, y San José ganó el primer set. Marcelo y Martín, que casi no se dirigían la palabra, se miraron fijo al comienzo del segundo. En sus ojos podía leerse: “Hagámoslo por última vez”. El Instituto brilló como nunca antes y ganó el segundo. El tercer set fue a puro lujo, con Nico manejando los hilos, Marcelo pegando, y Lucas y Martín formando un muro en el bloqueo. “Fue el mejor partido de mi vida -aseguró Martín el otro día, mientras tomaba mate en la placita de Laprida-. Mientras los del San José se iban en su micro callados, nosotros salíamos eufóricos a la calle a preguntar con qué colectivo nos podíamos volver”.
La semifinal se jugó en un marco poco habitual para un torneo intercolegial: el Westminster llevó cerca de cien hinchas, bombos y jugadores que hasta tenían su nombre escrito en las camisetas. Los del Instituto eran los seis de siempre. “Nosotros también llevamos hinchada: mi hermana y su novio -se emociona Martín mientras come galletas integrales en la Universidad de Lomas-. Ellos tenían como diez entrenadores, jugadas en la pizarra, parecían más la selección de Italia que un colegio”.
El Westminster ganó 25-16 y 25-18 en el que fue el último partido de la carrera de Martín. “En ese momento era conciente de que se acababa todo. Mientras volvíamos en el colectivo lo hablábamos con Nico –recuerda Martín mientras escribe este texto-: nunca más los viajes, nunca más abrazarnos después de un punto, nunca más la camiseta de Racing abajo, nunca más el cosquilleo antes de sacar. Y nunca más escribir canciones en la hora de geografía, aprobar inglés con lo justo, mirar chicas en el recreo, hablar con una compañera hasta enamorarnos, y enamorarla hasta que sea nuestra novia, y vivir cada detalle como si fuera el fin del mundo, el comienzo del mundo, la eternidad. Nunca más la gloria extraña de ir al colegio, a esa institución que nació como una herramienta del capitalismo para transformarnos en soldaditos y que de a poco, muy de a poco, vamos a transformar en nuestro triunfo. Aunque seamos seis, aunque tengamos las mismas remeras de siempre, aunque a veces peleemos entre nosotros, y aunque a veces terminemos mezclando artículos de wikipedia y cuentos de blogs con ideales políticos”.
Títulos y premios
Ganó un trofeo chiquito en séptimo grado. Nunca más ganó nada de nada. Así que cuidalo, Martín.
Enlaces externos
(1) Revista La Acadé Nº11, enero 2004, pág. 4
(2) El Asesino Anónimo Nº52, junio de 2000
(3) Revista Animal Man (ediciones Zinco) Nº1.
(4) www.palabrasenreveradas.blogspot.com
Martín Gonzalo Estévez (n. 10 de abril de 1984) es un ex jugador argentino de vóley. Jugó en la posición de armador para el Instituto Lomas de Zamora y, tras su retiro, se dedicó a la literatura barata y militó en el neohippismo piquetero.
Índice
1 Inicios
2 En la Escuela Nº29 (1995-1998)
3 En el Instituto Lomas (1999-2001)
4 Títulos y premios
5 Referencias
Sus inicios
Nació el 10 de abril de 1984 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En su infancia se dedicó al fútbol, llegando a disputar el Mundial 93. Sin lugar para ese deporte en la Escuela Nº29 de Lomas de Zamora, practicó handball.
En 1995 cumplió 11 años, edad en la que en la Argentina comienza a participarse en competencias intercolegiales, pero en la preselección del equipo escolar perdió su lugar ante jugadores de menor renombre como Matías Salinas y Marcelo Garay. “Fue una de las decepciones más grandes de mi carrera. Nunca le perdoné al profesor Guillermo que me dejara afuera” , reconoció tiempo después (1).
En la Escuela Nº29 (1995-1998)
Sus compañeros lo convencieron de probar suerte en el vóley, y terminó siendo titular en el equipo que perdió los tres partidos del intercolegial y quedó rápidamente eliminado.
En séptimo grado compartió equipo con Marcelo Petrucci, iniciando una dupla memorablemente olvidable. En el intercolegial ‘96 compitieron 16 colegios. La Escuela 29 ganó los siete partidos clasificatorios y la semifinal, pero perdió 18-17 el match decisivo (se jugaba por tiempo).
Al año siguiente participó de un triangular en el que ganó un partido y perdió otro, quedando eliminado por diferencia de tantos. Allí conoció a Nicolás Briant, el otro armador del equipo. “Hoy sigue estando en mi ranking de personas que quiero –enfatizó Martín en una entrevista reciente-. Es el amigo más antiguo que tengo, pensar que lo conocí gritando: ¡sacá de arriba, carajo!”(2).
En noveno grado llegó la despedida de la Escuela 29 y de un grupo de jugadores que nunca supieron acompañar el entusiasmo de Martín, Marcelo y Nicolás. Tres estrepitosas derrotas dejaron al profesor Gabriel Coyne con las rastas de punta. Era el fin de una era.
En el Instituto Lomas (1999-2001)
“Lo que me acuerdo de Martín son dos cosas: a los árbitros pidiéndome que no mostrara la camiseta de Racing cada vez que ganaba un punto; y que siempre me preguntaba por Marina Cava, una rubia a la que yo entrenaba y terminó en la selección argentina de básquet”, recuerda Mónica Nápoli, directora técnica durante la etapa de Martín en el Instituto Lomas de Zamora.
En 1999, ella preparó a un fuerte equipo que contaba con valores como Martín, Marcelo, Nicolás, el chileno Luis Berrocal y Walter “Fleco” Rivas. “Cuando votábamos quién tenía que ser el capitán, lo elegíamos a él –recuerda Berni Berrocal-, más que nada porque nos explicaba Físico-Química a todos. Pero nunca aceptaba”(3). Durante años se especuló con diversas versiones: que era demasiado modesto, que no soportaba la presión porque era pecho frío o que creía que ser capitán traía mala suerte. Años después, Martín reveló la verdad en su blog: “¡Es que no veía la moneda en el sorteo, ni al árbitro, ni los números de los rivales! ¡Te lo juro, en esa época sin anteojos no veía nada!”(4) .
Dos triunfos y una derrota (ante el prestigioso Colegio Pallotti) dejaron al Instituto Lomas eliminado en primera ronda. Una vez más, la diferencia de tantos fue decisiva. “¡Siempre nos pasa lo mismo, la concha de la lora!”, declaraba Petrucci con mucha calma. Al año siguiente se sumó un talentoso receptor punta de apellido Fuentes, pero el Instituto perdió sus tres partidos. “¡Siempre nos pasa lo mismo, la concha de la lora!”, declaró Petrucci después de la eliminación.
El último año de Martín como jugador arrancó pésimo. “Fleco” Rivas y el chileno Berrocal habían dejado de estudiar; Fuentes ya tenía 19 años y por reglamento no podía participar; y su relación con Petrucci se había roto durante el viaje de egresados. “Era todo un desastre –recuerda Nico Briant-. Quedábamos sólo cinco jugadores, ¡no podíamos ni formar un equipo!”. “Semanas antes del torneo –detalla Mónica– los junté en el Parque de Lomas y les dije que no íbamos a presentarnos porque faltaba un jugador”. Entre todos convencieron a su compañero Lucas Chaparro, que en su vida había tocado una pelota de vóley, de que se sumara al equipo. “Minutos antes de los partidos le explicábamos a Chapi el reglamento, una locura”, se ríe Briant.
El Instituto Lomas integró una zona de cuatro equipos en la que el favorito era el Colegio Nuevo Sol. Todos los partidos se jugaban en días distintos y eso generó una situación sorprendente: los dos restantes colegios, luego de perder en su debut ante Nuevo Sol, abandonaron la competencia. “Ganamos los dos partidos porque no se presentaron. De golpe, estábamos en la final del grupo sin haber jugado”, explica Briant.
En esa final, el Instituto sorprendió y se llevó el primer set. Nuevo Sol cargó el juego sobre Chaparro para llevarse el segundo. Le pidieron a Lucas que recibiera lo más alto posible y todos corrieron detrás de la pelota: el Instituto Lomas ganó el tercer set y su grupo. El equipo ya estaba entre los ocho mejores de la zona sur de Buenos Aires.
En cuartos de final, el rival era el San José, colegio privado que tenía un plantel de doce jugadores con camisetas, pantalones y medias de la institución. “Desde el 99, nosotros usábamos el mismo juego de remeras blancas para todo el colegio –señala Briant-. A Martín ya casi no le entraba, pero igual se ponía la camiseta de Racing abajo, parecía un matambre. Y empezamos a llevar pantalones del mismo color porque si no parecíamos una murga”.
Antes del partido, Mónica juntó a los seis y, con los ojos brillosos, dijo: “Llevo muchos años como profe y nunca había llegado tan lejos. ¡Estamos entre los ocho mejores de todo el sur! Sólo puedo decirles gracias, y rómpanse todo. Rómpanse todo porque este partido no se lo tienen que olvidar nunca más”.
Salieron llenos de intensidad y nervios, y San José ganó el primer set. Marcelo y Martín, que casi no se dirigían la palabra, se miraron fijo al comienzo del segundo. En sus ojos podía leerse: “Hagámoslo por última vez”. El Instituto brilló como nunca antes y ganó el segundo. El tercer set fue a puro lujo, con Nico manejando los hilos, Marcelo pegando, y Lucas y Martín formando un muro en el bloqueo. “Fue el mejor partido de mi vida -aseguró Martín el otro día, mientras tomaba mate en la placita de Laprida-. Mientras los del San José se iban en su micro callados, nosotros salíamos eufóricos a la calle a preguntar con qué colectivo nos podíamos volver”.
La semifinal se jugó en un marco poco habitual para un torneo intercolegial: el Westminster llevó cerca de cien hinchas, bombos y jugadores que hasta tenían su nombre escrito en las camisetas. Los del Instituto eran los seis de siempre. “Nosotros también llevamos hinchada: mi hermana y su novio -se emociona Martín mientras come galletas integrales en la Universidad de Lomas-. Ellos tenían como diez entrenadores, jugadas en la pizarra, parecían más la selección de Italia que un colegio”.
El Westminster ganó 25-16 y 25-18 en el que fue el último partido de la carrera de Martín. “En ese momento era conciente de que se acababa todo. Mientras volvíamos en el colectivo lo hablábamos con Nico –recuerda Martín mientras escribe este texto-: nunca más los viajes, nunca más abrazarnos después de un punto, nunca más la camiseta de Racing abajo, nunca más el cosquilleo antes de sacar. Y nunca más escribir canciones en la hora de geografía, aprobar inglés con lo justo, mirar chicas en el recreo, hablar con una compañera hasta enamorarnos, y enamorarla hasta que sea nuestra novia, y vivir cada detalle como si fuera el fin del mundo, el comienzo del mundo, la eternidad. Nunca más la gloria extraña de ir al colegio, a esa institución que nació como una herramienta del capitalismo para transformarnos en soldaditos y que de a poco, muy de a poco, vamos a transformar en nuestro triunfo. Aunque seamos seis, aunque tengamos las mismas remeras de siempre, aunque a veces peleemos entre nosotros, y aunque a veces terminemos mezclando artículos de wikipedia y cuentos de blogs con ideales políticos”.
Títulos y premios
Ganó un trofeo chiquito en séptimo grado. Nunca más ganó nada de nada. Así que cuidalo, Martín.
Enlaces externos
(1) Revista La Acadé Nº11, enero 2004, pág. 4
(2) El Asesino Anónimo Nº52, junio de 2000
(3) Revista Animal Man (ediciones Zinco) Nº1.
(4) www.palabrasenreveradas.blogspot.com
domingo, 21 de abril de 2013
¡Soy varón, la puta madre!
Por Martín Estévez
A los 11 años, yo era mujer. No se trataba de preferencias sexuales, un problema hormonal o travestismo. Simplemente, el mundo me creía mujer. El aviso había llegado dos años antes, cuando mi abuelo viajó a Rusia y mostró fotos de sus nietos argentinos. “¿Quién es esta nena tan linda?”, le preguntaban a Víctor, que se moría de vergüenza, mientras me señalaban a mí. Él mismo me lo contó, lleno de angustia. “Qué sociedad retrógrada”, pensaba yo, sin saber qué significaba retrógrada. Pero, tiempo después, la cosa se puso peor.
Estábamos en sexto grado y a la salida de la escuela comenzaban a promocionar el viaje de egresados de séptimo (viaje que, lo cuento de paso, jamás hicimos). Una promotora de la empresa Compañía hablaba con las chicas; y otra con nosotros, los chicos. La desalmada que estaba con mis compañeras, no puedo borrarlo de mi cerebro, les dijo en voz alta y muy suelta de cuerpo: “¿Y esa chica por qué se junta con los varones y no con ustedes?”. La chica era yo. Todos notaron que escuché, y fue tan humillante la situación que nadie se burló. Mariana, la más varonera de mis compañeras, fue la única que se animó a responder. “Es un varón”, dijo bajito. No volví a participar de reuniones que tuvieran que ver con ese viaje de egresados.
El golpe fatal, y no me da gracia contarlo, sucedió meses después. Tati nos llevó a Mati y a mí a un entrenamiento de Racing; teníamos la posibilidad de entrar al vestuario para ver de cerca a Nacho González, al Mago Capria, al Chelo Delgado. Nuestro nexo era el ayudante de campo, que cuando nos vio le dijo a mi mamá: “Los jugadores se están bañando. Yo no tengo problemas con que entren, pero no sé si ella se va a sentir cómoda”. Ella era yo. Tati, que no notaba que su hijo era un travesti con pantalones, respondió tranquila: “No hay problemas, que entren, yo los espero afuera”. “Qué pervertida”, habrá pensado el tipo.
A partir de esa vez empecé a perseguirme todo el tiempo. No veía la hora de cortarme el pelo, de que me creciera la barba, de tatuarme mi nombre en la frente. “¡Soy un varón, la puta madre!”, decía cuando estaba solo, pero con voz finita y femenina. No es chiste, se los juro: cada vez que veía a alguien que no conocía, me anticipaba a cualquier palabra suya diciendo: “Hola, me llamo Martín”, incluso en situaciones que me hacían pasar el ridículo. Claro: prefería parecer boludo a parecer mujer.
Ahora, que deseo ser homosexual, boliviano y musulmán para pertenecer a las minorías oprimidas, la situación me parece graciosa. Pero en aquel momento era una preocupación constante, un problema gravísimo, una pesadilla que revivía cada vez que algún almacenero italiano e imbécil como Beto me decía: “¿Qué vas a llevar, nennna?”. ¡Soy un varón, la puta madre! Si Chuna no tuviera tanta mala memoria, recordaría esa mañana triste que yo nunca pude olvidar.
¿A qué viene todo esto? A que no sé hasta qué punto dejé de ser mujer. Sí, me corté el pelo y me dejé la barba para afianzar mi masculinidad (sólo faltó tatuarme “Soy Martín” en la frente) pero el mundo, casi siempre, me sigue ubicando en el bando femenino. No es sólo que no sé manejar, sino que detesto los autos. No es sólo que no sé preparar un asado, sino que soy vegetariano. No es sólo que acompaño a mujeres a comprarse ropa, sino que puedo explicar con precisión qué es un strapless, con qué combina una remerita fucsia y cuándo queda bien usar zapatos con plataforma.
Acá estoy, tipeando estas letras con una postura muy delicada y las piernas cruzadas, con Alejandro Sanz y Kevin Johansen sonando de fondo, en un mundo que me ve haciendo teatro, estudiando letras, cocinando verduritas y subiendo fotos al Facebook.
Yo disimulo yendo a la popular de Racing para insultar a lo bestia, pero mi amor por el Piojo López y Diego Milito me deja bajo sospecha. Recorto fotos de Luciano Vietto y las pego por todos lados como una adolescente enamorada. Y vivo rodeado de chicas que se la pasan contándome sus problemas sentimentales, físicos, hormonales y sexuales con un nivel de intimidad que me corre del lugar de hombre y me transforma en una amiga más. Melisa, Micaela, Luz, Anahí, Maru, Eugenia, Laura, sépanlo, yeguas: todo esto es culpa de ustedes.
“¡Soy varón, la puta madre!”, grito cuando estoy solo, pero sigo evitando canciones de Arjona porque me ponen triste, tomando té de manzanilla con azúcar orgánica, dedicándole tiempo a mis hermosas plantitas y durmiendo abrazado a una almohada.
Harto, harto estoy de esta postura maricona, de que nadie respete mi nuez de adán, de que los pelos de mis piernas no signifiquen nada de nada para un mundo que espera de mí sensibilidad y delicadeza. Voy a transformarme en un machote de verdad, en un hombre hecho y derecho, en un musculoso guarro que se agarre a piñas sin miedo. Voy a luchar y luchar y luchar contra esta imagen que me persigue desde los 11 años para honrar esa frase que tanto me gusta y que hace poco vi escrita en una remerita negra re linda, con mangas tres cuartos y que se podía combinar con alguna pollerita de jean: “Mujer hermosa es la que lucha”.
A los 11 años, yo era mujer. No se trataba de preferencias sexuales, un problema hormonal o travestismo. Simplemente, el mundo me creía mujer. El aviso había llegado dos años antes, cuando mi abuelo viajó a Rusia y mostró fotos de sus nietos argentinos. “¿Quién es esta nena tan linda?”, le preguntaban a Víctor, que se moría de vergüenza, mientras me señalaban a mí. Él mismo me lo contó, lleno de angustia. “Qué sociedad retrógrada”, pensaba yo, sin saber qué significaba retrógrada. Pero, tiempo después, la cosa se puso peor.
Estábamos en sexto grado y a la salida de la escuela comenzaban a promocionar el viaje de egresados de séptimo (viaje que, lo cuento de paso, jamás hicimos). Una promotora de la empresa Compañía hablaba con las chicas; y otra con nosotros, los chicos. La desalmada que estaba con mis compañeras, no puedo borrarlo de mi cerebro, les dijo en voz alta y muy suelta de cuerpo: “¿Y esa chica por qué se junta con los varones y no con ustedes?”. La chica era yo. Todos notaron que escuché, y fue tan humillante la situación que nadie se burló. Mariana, la más varonera de mis compañeras, fue la única que se animó a responder. “Es un varón”, dijo bajito. No volví a participar de reuniones que tuvieran que ver con ese viaje de egresados.
El golpe fatal, y no me da gracia contarlo, sucedió meses después. Tati nos llevó a Mati y a mí a un entrenamiento de Racing; teníamos la posibilidad de entrar al vestuario para ver de cerca a Nacho González, al Mago Capria, al Chelo Delgado. Nuestro nexo era el ayudante de campo, que cuando nos vio le dijo a mi mamá: “Los jugadores se están bañando. Yo no tengo problemas con que entren, pero no sé si ella se va a sentir cómoda”. Ella era yo. Tati, que no notaba que su hijo era un travesti con pantalones, respondió tranquila: “No hay problemas, que entren, yo los espero afuera”. “Qué pervertida”, habrá pensado el tipo.
A partir de esa vez empecé a perseguirme todo el tiempo. No veía la hora de cortarme el pelo, de que me creciera la barba, de tatuarme mi nombre en la frente. “¡Soy un varón, la puta madre!”, decía cuando estaba solo, pero con voz finita y femenina. No es chiste, se los juro: cada vez que veía a alguien que no conocía, me anticipaba a cualquier palabra suya diciendo: “Hola, me llamo Martín”, incluso en situaciones que me hacían pasar el ridículo. Claro: prefería parecer boludo a parecer mujer.
Ahora, que deseo ser homosexual, boliviano y musulmán para pertenecer a las minorías oprimidas, la situación me parece graciosa. Pero en aquel momento era una preocupación constante, un problema gravísimo, una pesadilla que revivía cada vez que algún almacenero italiano e imbécil como Beto me decía: “¿Qué vas a llevar, nennna?”. ¡Soy un varón, la puta madre! Si Chuna no tuviera tanta mala memoria, recordaría esa mañana triste que yo nunca pude olvidar.
¿A qué viene todo esto? A que no sé hasta qué punto dejé de ser mujer. Sí, me corté el pelo y me dejé la barba para afianzar mi masculinidad (sólo faltó tatuarme “Soy Martín” en la frente) pero el mundo, casi siempre, me sigue ubicando en el bando femenino. No es sólo que no sé manejar, sino que detesto los autos. No es sólo que no sé preparar un asado, sino que soy vegetariano. No es sólo que acompaño a mujeres a comprarse ropa, sino que puedo explicar con precisión qué es un strapless, con qué combina una remerita fucsia y cuándo queda bien usar zapatos con plataforma.
Acá estoy, tipeando estas letras con una postura muy delicada y las piernas cruzadas, con Alejandro Sanz y Kevin Johansen sonando de fondo, en un mundo que me ve haciendo teatro, estudiando letras, cocinando verduritas y subiendo fotos al Facebook.
Yo disimulo yendo a la popular de Racing para insultar a lo bestia, pero mi amor por el Piojo López y Diego Milito me deja bajo sospecha. Recorto fotos de Luciano Vietto y las pego por todos lados como una adolescente enamorada. Y vivo rodeado de chicas que se la pasan contándome sus problemas sentimentales, físicos, hormonales y sexuales con un nivel de intimidad que me corre del lugar de hombre y me transforma en una amiga más. Melisa, Micaela, Luz, Anahí, Maru, Eugenia, Laura, sépanlo, yeguas: todo esto es culpa de ustedes.
“¡Soy varón, la puta madre!”, grito cuando estoy solo, pero sigo evitando canciones de Arjona porque me ponen triste, tomando té de manzanilla con azúcar orgánica, dedicándole tiempo a mis hermosas plantitas y durmiendo abrazado a una almohada.
Harto, harto estoy de esta postura maricona, de que nadie respete mi nuez de adán, de que los pelos de mis piernas no signifiquen nada de nada para un mundo que espera de mí sensibilidad y delicadeza. Voy a transformarme en un machote de verdad, en un hombre hecho y derecho, en un musculoso guarro que se agarre a piñas sin miedo. Voy a luchar y luchar y luchar contra esta imagen que me persigue desde los 11 años para honrar esa frase que tanto me gusta y que hace poco vi escrita en una remerita negra re linda, con mangas tres cuartos y que se podía combinar con alguna pollerita de jean: “Mujer hermosa es la que lucha”.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Ir a la cancha es una mierda
Por Martín Estévez
Los que dicen que ir a la cancha está bueno, mienten. A menos que vivas en Europa, ir a la cancha es salir de tu casa a las seis de la tarde con la camiseta escondida para que no te caguen a palos en el viaje y pagar 50 pesos para estar tres horas parado en un lugar cuyos baños son lo más parecido al infierno que conocí. Ir a la cancha es entrar una hora antes para tener una ubicación donde al menos veas algo y que, cinco minutos antes del partido, entre la barrabrava, empuje a todos, termines justo atrás del tipo más alto del mundo y te la pases espiando por los costados del gigante.
Ir a la cancha es fumarte el humo del tabaco y la marihuana de treinta mil tipos, pasar noventa minutos pegado a un grandote transpirado y en cuero. Ir a la cancha es que el sacado de atrás te escupa cada vez que putea, cada vez que alienta y cada vez que habla. Es no poder disfrutar un gol porque enseguida viene una avalancha que te golpea la cara contra el hombro de otro y te deja tirado en el suelo. Si tenés anteojos, te aseguro que la avalancha es una verdadera pesadilla.
Ir a la cancha es que te venda un vaso de gaseosa rebajada con agua, a diez pesos, un tipo que pasa cada cinco minutos por donde no hay lugar para pasar y te grita al oído “¡cocaaaaaaaa!” justo cuando está por venirse un gol. Ir a la cancha es que termine un partido malísimo en el que tu equipo perdió 1-0 y esperar treinta minutos para que los cincuenta tipos de la hinchada rival se vayan. Antes, claro, cantan canciones soeces en las que te someten a todo tipo de vejaciones sexuales.
Ir a la cancha es salir del estadio a las once y cuarto de la noche, rezando para que no haya choque de barras y apurado para que no se escape el último tren. Ir a la cancha es viajar en un vagón repleto de hinchas calientes que cantan canciones brutales asustando a señoras que vuelven de trabajar y que tratan de no mirar fijo a nadie para que no les afanen.
Ir a la cancha es perder todo el puto sábado, o el puto domingo, para pagar los autos lujosos de futbolistas millonarios que duran seis meses en tu club. Es haber dejado de estudiar, de visitar a tu abuela en su cumpleaños, de juntarte con tus amigos, de dormir la siesta para estar ahí, para cumplir con un ritual absurdo que, después de una derrota estrepitosa, te caga no solo un día, sino toda la semana. Porque el lunes, en el trabajo, en el colegio o en el almacén no va a faltar un pelotudo que te diga “¡Se comieron tres de nuevo, eh!”. A esos hijos de puta habría que prenderlos fuego.
Mi primera vez en una cancha fue en el ‘91. Mi papá, que había desaparecido durante dos años, volvió a verme y quiso meter presión para que yo fuera de River llevándome a un partido contra Racing. ¡Ja!, dije yo y fui a la tribuna de River con un gorrito de La Academia. Resultó una experiencia de mierda: fue la primera vez que escuché expresiones como “chupame la pija”, a Juanca lo cargaban porque su hijo le había salido perdedor y encima el partido se suspendió porque al arquero de River le tiraron un piedrazo en la cabeza. Juro que todo es cierto.
En el ‘94 fui por primera vez a la popular de Racing, con mi tío Alberto, mi primo Matías y un amigo suyo, Rodrigo. Argentinos tocaba la pelota mientras Racing la veía pasar. Cuando faltaban diez minutos, Albert me sentó sobre la pared que separa la tribuna del foso para que viera cómo los hinchas insultaban y le tiraban cosas al presidente del club, el impresentable Juan De Stéfano, que estaba escondido en una cabina de transmisión. El foso, para los que no lo saben, es un hueco lleno de agua podrida que rodea la cancha para que los hinchas no entren a cagar a piñas a los jugadores. Lo único que hice en esos minutos fue rezar para no desbalancearme y morir cayendo de cabeza en ese pozo sin fondo. En el último minuto, el Piojo López capturó una pelota perdida y puso el 2-1 para Racing. Albert, Mati, Rodrigo y yo nos abrazamos. Qué grande el Piojo.
Durante los años siguientes, el contexto se repitió. Una vez por torneo, Albert juntaba plata y nos llevaba a la cancha contra algún rival poco peligroso. La rutina terminaba casi siempre con una derrota.
En el año ‘98, Racing llevaba 32 años sin salir campeón, pero armó tan buen equipo que el día del debut como local, como Albert no podía, nos llevó Tati. Empezamos ganándole 2-0 a Rosario Central y ella dijo: “No sé por qué siempre vuelven de la cancha tan tristes, si esto es divertido”. Con Mati la miramos en silencio. Dos horas después, Racing había perdido 5-3 y, mientras volvíamos, Tati dijo enojada: “A estos muertos no hay que venir a verlos nunca más”.
Meses después, la Justicia determinó que Racing "había dejado de existir". Tal vez Tati me vio llorar a escondidas en esos días, o se enteró de que hacía colectas en la escuela para levantar la quiebra. Por lo que sea, cuando el equipo volvió a jugar, en marzo del ‘99, nos dijo a Mati, a Rodri y a mí: “Nos vamos para Santa Fe”. Y fuimos en una caravana increíble hasta la cancha de Rosario Central, a vengarnos del humillante 5-3 del torneo anterior. Hacía un calor bestial, estuvimos apretadísimos en la tribuna y, claro, perdimos 2 a 1.
Eran semanas de sufrimiento. Racing estaba a punto de desaparecer y cada partido era una agonía, casi como despedir a un pariente enfermo. Juanca lo comprendió un domingo en el que yo estaba en su casa y se jugó el clásico contra Independiente. Racing perdió 2-0 y quedó último. Habrá sido muy fuerte ver mi sufrimiento en vivo, porque cuando volvió a jugar después de otro coma institucional, me llevó a la cancha. Sí: mi papá, el tipo que me odió cuando me vio con una camiseta celeste y blanca, estaba ahí, con la gente de Racing, aplaudiendo cada vez que Perico Ojeda peleaba la pelota en el banderín del córner. Al final, claro, perdimos 1 a 0 contra Argentinos.
Las cábalas, a veces, son crueles. A mi prima Chuna la llevamos en el 2000, y Racing, que sumaba nueve meses invicto como local, perdió 2-0 contra un Ferro que no le ganaba a nadie. Pobre Chuna: no volvió nunca más.
En 2001, cuando el equipo peleaba el descenso, fue la primera vez que tuve la iniciativa de ir a la cancha. Me habían regalado plata por mi cumpleaños y le dije a Albert, con timidez: “¿Podríamos ir el viernes, no? Yo tengo para mi entrada”. Fue contra Lanús y al final no me dejó pagar. ¿El resultado? Racing erró dos penales y terminamos 1 a 1.
El 2 de diciembre de 2001 se jugó el partido más importante del mundo. Si Racing no perdía contra River, daba el paso clave para ser campeón después de 35 años. Ahí estábamos Albert, Mati, Rodri y yo, hermosamente apretados en la popular. Yo rogaba que, por una vez, no volviéramos callados y tristes. El olor a marihuana ya me parecía simpático y en el segundo tiempo, cuando River ganaba 1-0, me vi gritando “¡Vaaaaaaaaaamos, Racing, carajooooooooooo!” y escupiendo sin querer al tipo que estaba abajo, un grandote transpirado tan nervioso como yo.
A cuatro minutos del final, Bedoya metió el gol más importante del mundo. Los cuatro nos abrazamos y empezamos a gritar “dale campeón”. Yo lloraba sin parar. Albert parecía el hombre elástico: nunca más lo vi saltar así. A mí no me importaban las cargadas en la escuela o perder siempre. Sólo quería que Racing no desapareciera para seguir escuchándolo con Víctor, yendo a la cancha con Albert, cantando “La Acadé, La Acadé” mientras caminaba por Lomas. Y ahora estaba ahí, gritando “dale campeón” mientras volvíamos en tren. Una señora que viajaba con su hijo nos veía saltar como resortes y sonreía. Seguro era de Racing.
Falté a mi entrega de medallas del secundario para ir con Gaby al amistoso en el que festejamos el campeonato, un 5-1 ante Guaraní de Paraguay. En los partidos siguientes, aunque perdiéramos, el recuerdo del título nos consolaba. Yo ya era más grande y las charlas con Albert y Mati a la vuelta de la cancha, en la pizzería Las Carabelas, no eran solo sobre Milito y Chirola Romero; empezamos a conocernos más mientras los mozos miraban con cara de “son las dos de la mañana y queremos cerrar”.
En 2004 ya era periodista y por primera vez me acreditaron para un partido de Racing: cubrí el 0-0 de visitante contra Quilmes para el (detestable) diario Clarín. El 10 de abril de 2005 cumplí 21 años y me designaron para Racing-Independiente: un maravilloso 3-1 con golazo de Lisandro López incluido. Aún recuerdo la frase que elegí de Navarro Montoya, arquero del Rojo, para empezar mi nota: “Fuimos un equipo amargo”. Mi periodismo partidario encubierto daba sus primeros pasos.
Cuando el Piojo López volvió a Racing después de 11 años, me hice socio para no perderme ningún partido suyo. Pero, días antes del debut, Rosana rompió nuestros seis años de noviazgo y me destrozó el corazón. Ir a la cancha se transformó en mi último refugio, el rincón del mundo donde simulaba gritar goles del Piojo mientras gritaba mi dolor. Era un fantasma en las tribunas y esperaba una situación que me permitiera saltar o insultar para no implotar por dentro. La extrañaba mucho.
Los que piensan que me independicé cuando me fui a vivir solo no entienden nada. Mi declaración de independencia llegó el 16 de junio de 2007. Racing cerraba un mal torneo contra Godoy Cruz, un congelado viernes a la noche. Por primera vez, nadie quiso ir conmigo a la cancha. La tentación de mirarlo por tele al lado del horno era enorme, pero jugaba el Piojo López, así que agarré el carnet, las monedas para el colectivo y encaré para el Cilindro. Por primera vez, elegí en qué lugar de la tribuna ubicarme: exactamente donde iba siempre con Albert y Mati. El Piojo metió un gol memorable de tiro libre y Racing ganó 4 a 2. Volví a la medianoche, solo, extrañando a Albert y a Mati, y a Rosana. Pero sintiéndome vivo.
Mi amor por ella empezó a terminarse cuando me mandó un mail contándome que había ido a ver un 1-1 entre Racing y Banfield... ¡a la tribuna de Banfield! Mirá, Rosana, yo puedo aguantar que me dejes, que me rompas el corazón, que destroces todos mis planes futuros en una noche. Pero que tu nuevo novio te lleve a la tribuna visitante cuando juraste ser de Racing para siempre es im-per-do-na-ble. Sos la peor ex novia del mundo, no pienso sufrir nunca más por vos. Ah: y ojalá se vayan a la B.
En 2008, Racing estaba al borde del descenso y seguimos la campaña con fanatismo. Fecha a fecha, derrota a derrota, nos dábamos ánimo para no abandonar. Volvíamos siempre con dolor en el cuerpo, angustiados, hechos mierda. “Tío, ¿seguro querés venir hoy?”, preguntaba yo con culpa. “Vamos, Martincito, vamos. Hoy ganamos seguro”, me respondía. Pero Estudiantes nos daba vuelta el partido y perdíamos 2 a 1, con tres expulsados y escándalo incluido. Siempre lo mismo.
Finalmente, Racing cayó en la Promoción y todo se definía en un partido: si perdía contra Belgrano en Avellaneda se iba al descenso. El fin del mundo era un chiste comparado con eso. Entresemana, Albert nos mandó un mail ofreciéndose a comprar plateas para estar más tranquilos, porque iba a haber 50 mil personas en la cancha. Mi respuesta textual fue la siguiente:
Salimos cuatro horas antes del partido, con las camisetas puestas y sánguches de milanesa para todos (la mía de soja, porque ya era vegetariano). El viaje y la espera fueron tensos. No sabíamos qué decir para ahuyentar los malos augurios. El fin del mundo, Racing en la B, estaba ahí, a un partido de distancia. La cancha explotaba y me llenaba de orgullo que siguiera entrando gente hasta aplastarnos, hasta ser todos uno, hasta que no hubiera lugar ni para rascarse la cabeza.
El vendedor tampoco podía moverse y gritaba desde su lugar: “¡Coooocaaaaaaa! ¡Y vamos Racing que hoy ganamos!”. A los 10 minutos, Maxi Moralez metió un golazo y me golpeé la cara contra el hombro del de adelante. Y lo abracé, y abracé a Albert y a Mati. Sufrimos el resto del partido, pero ganamos 1 a 0 y nos quedamos en Primera. Esperamos treinta minutos hasta que salieron los de Belgrano, pero no nos fuimos: nos quedamos media hora más cantando “soy de Racing, soy de Racing”. El regreso en tren fue uno de los viajes más placenteros de mi vida.
Cuando mi amigo Sebastián Fernández volvió luego de varios meses en España, nuestro reencuentro fue en la popular. Racing, claro, perdió 2-0 con Colón. En 2010 fui por primera vez a la cancha con una novia: Tamara y yo festejamos juntos un 1-0 clave contra San Lorenzo. Y este año lo invité a Leandro, mi intelectual compañero en la carrera de Letras, a un partido “tranquilo”. Para qué: Racing erró dos penales, empató 1 a 1 con Atlético de Rafaela y él me vio gritando como un desquiciado por un gol mal anulado a Sand. Qué papelón.
Acabo de contar las veces que vine a ver a Racing: este fue mi partido 108. Estoy en la platea gracias a mi acreditación de prensa, mandé estadísticas por mensaje de texto a otros periodistas, le relaté la mitad del partido por teléfono a Leandro, disfruté de un estadio repleto y me prometí volver pronto a la popular.
Mientras me preparo para volver en el tren, miro este estadio gigante y me acuerdo de Albert, de Mati, de Rodri, de Tati, de Chuna, de Gaby, de Sebastián, de Tamara, de Leandro: de ellos y de todos los que alguna vez entendieron que, aunque venir a la cancha siga siendo una mierda, es una de las cosas que más me gustan en el mundo.
Los que dicen que ir a la cancha está bueno, mienten. A menos que vivas en Europa, ir a la cancha es salir de tu casa a las seis de la tarde con la camiseta escondida para que no te caguen a palos en el viaje y pagar 50 pesos para estar tres horas parado en un lugar cuyos baños son lo más parecido al infierno que conocí. Ir a la cancha es entrar una hora antes para tener una ubicación donde al menos veas algo y que, cinco minutos antes del partido, entre la barrabrava, empuje a todos, termines justo atrás del tipo más alto del mundo y te la pases espiando por los costados del gigante.
Ir a la cancha es fumarte el humo del tabaco y la marihuana de treinta mil tipos, pasar noventa minutos pegado a un grandote transpirado y en cuero. Ir a la cancha es que el sacado de atrás te escupa cada vez que putea, cada vez que alienta y cada vez que habla. Es no poder disfrutar un gol porque enseguida viene una avalancha que te golpea la cara contra el hombro de otro y te deja tirado en el suelo. Si tenés anteojos, te aseguro que la avalancha es una verdadera pesadilla.
Ir a la cancha es que te venda un vaso de gaseosa rebajada con agua, a diez pesos, un tipo que pasa cada cinco minutos por donde no hay lugar para pasar y te grita al oído “¡cocaaaaaaaa!” justo cuando está por venirse un gol. Ir a la cancha es que termine un partido malísimo en el que tu equipo perdió 1-0 y esperar treinta minutos para que los cincuenta tipos de la hinchada rival se vayan. Antes, claro, cantan canciones soeces en las que te someten a todo tipo de vejaciones sexuales.
Ir a la cancha es salir del estadio a las once y cuarto de la noche, rezando para que no haya choque de barras y apurado para que no se escape el último tren. Ir a la cancha es viajar en un vagón repleto de hinchas calientes que cantan canciones brutales asustando a señoras que vuelven de trabajar y que tratan de no mirar fijo a nadie para que no les afanen.
Ir a la cancha es perder todo el puto sábado, o el puto domingo, para pagar los autos lujosos de futbolistas millonarios que duran seis meses en tu club. Es haber dejado de estudiar, de visitar a tu abuela en su cumpleaños, de juntarte con tus amigos, de dormir la siesta para estar ahí, para cumplir con un ritual absurdo que, después de una derrota estrepitosa, te caga no solo un día, sino toda la semana. Porque el lunes, en el trabajo, en el colegio o en el almacén no va a faltar un pelotudo que te diga “¡Se comieron tres de nuevo, eh!”. A esos hijos de puta habría que prenderlos fuego.
Mi primera vez en una cancha fue en el ‘91. Mi papá, que había desaparecido durante dos años, volvió a verme y quiso meter presión para que yo fuera de River llevándome a un partido contra Racing. ¡Ja!, dije yo y fui a la tribuna de River con un gorrito de La Academia. Resultó una experiencia de mierda: fue la primera vez que escuché expresiones como “chupame la pija”, a Juanca lo cargaban porque su hijo le había salido perdedor y encima el partido se suspendió porque al arquero de River le tiraron un piedrazo en la cabeza. Juro que todo es cierto.
En el ‘94 fui por primera vez a la popular de Racing, con mi tío Alberto, mi primo Matías y un amigo suyo, Rodrigo. Argentinos tocaba la pelota mientras Racing la veía pasar. Cuando faltaban diez minutos, Albert me sentó sobre la pared que separa la tribuna del foso para que viera cómo los hinchas insultaban y le tiraban cosas al presidente del club, el impresentable Juan De Stéfano, que estaba escondido en una cabina de transmisión. El foso, para los que no lo saben, es un hueco lleno de agua podrida que rodea la cancha para que los hinchas no entren a cagar a piñas a los jugadores. Lo único que hice en esos minutos fue rezar para no desbalancearme y morir cayendo de cabeza en ese pozo sin fondo. En el último minuto, el Piojo López capturó una pelota perdida y puso el 2-1 para Racing. Albert, Mati, Rodrigo y yo nos abrazamos. Qué grande el Piojo.
Durante los años siguientes, el contexto se repitió. Una vez por torneo, Albert juntaba plata y nos llevaba a la cancha contra algún rival poco peligroso. La rutina terminaba casi siempre con una derrota.
En el año ‘98, Racing llevaba 32 años sin salir campeón, pero armó tan buen equipo que el día del debut como local, como Albert no podía, nos llevó Tati. Empezamos ganándole 2-0 a Rosario Central y ella dijo: “No sé por qué siempre vuelven de la cancha tan tristes, si esto es divertido”. Con Mati la miramos en silencio. Dos horas después, Racing había perdido 5-3 y, mientras volvíamos, Tati dijo enojada: “A estos muertos no hay que venir a verlos nunca más”.
Meses después, la Justicia determinó que Racing "había dejado de existir". Tal vez Tati me vio llorar a escondidas en esos días, o se enteró de que hacía colectas en la escuela para levantar la quiebra. Por lo que sea, cuando el equipo volvió a jugar, en marzo del ‘99, nos dijo a Mati, a Rodri y a mí: “Nos vamos para Santa Fe”. Y fuimos en una caravana increíble hasta la cancha de Rosario Central, a vengarnos del humillante 5-3 del torneo anterior. Hacía un calor bestial, estuvimos apretadísimos en la tribuna y, claro, perdimos 2 a 1.
Eran semanas de sufrimiento. Racing estaba a punto de desaparecer y cada partido era una agonía, casi como despedir a un pariente enfermo. Juanca lo comprendió un domingo en el que yo estaba en su casa y se jugó el clásico contra Independiente. Racing perdió 2-0 y quedó último. Habrá sido muy fuerte ver mi sufrimiento en vivo, porque cuando volvió a jugar después de otro coma institucional, me llevó a la cancha. Sí: mi papá, el tipo que me odió cuando me vio con una camiseta celeste y blanca, estaba ahí, con la gente de Racing, aplaudiendo cada vez que Perico Ojeda peleaba la pelota en el banderín del córner. Al final, claro, perdimos 1 a 0 contra Argentinos.
Las cábalas, a veces, son crueles. A mi prima Chuna la llevamos en el 2000, y Racing, que sumaba nueve meses invicto como local, perdió 2-0 contra un Ferro que no le ganaba a nadie. Pobre Chuna: no volvió nunca más.
En 2001, cuando el equipo peleaba el descenso, fue la primera vez que tuve la iniciativa de ir a la cancha. Me habían regalado plata por mi cumpleaños y le dije a Albert, con timidez: “¿Podríamos ir el viernes, no? Yo tengo para mi entrada”. Fue contra Lanús y al final no me dejó pagar. ¿El resultado? Racing erró dos penales y terminamos 1 a 1.
El 2 de diciembre de 2001 se jugó el partido más importante del mundo. Si Racing no perdía contra River, daba el paso clave para ser campeón después de 35 años. Ahí estábamos Albert, Mati, Rodri y yo, hermosamente apretados en la popular. Yo rogaba que, por una vez, no volviéramos callados y tristes. El olor a marihuana ya me parecía simpático y en el segundo tiempo, cuando River ganaba 1-0, me vi gritando “¡Vaaaaaaaaaamos, Racing, carajooooooooooo!” y escupiendo sin querer al tipo que estaba abajo, un grandote transpirado tan nervioso como yo.
A cuatro minutos del final, Bedoya metió el gol más importante del mundo. Los cuatro nos abrazamos y empezamos a gritar “dale campeón”. Yo lloraba sin parar. Albert parecía el hombre elástico: nunca más lo vi saltar así. A mí no me importaban las cargadas en la escuela o perder siempre. Sólo quería que Racing no desapareciera para seguir escuchándolo con Víctor, yendo a la cancha con Albert, cantando “La Acadé, La Acadé” mientras caminaba por Lomas. Y ahora estaba ahí, gritando “dale campeón” mientras volvíamos en tren. Una señora que viajaba con su hijo nos veía saltar como resortes y sonreía. Seguro era de Racing.
Falté a mi entrega de medallas del secundario para ir con Gaby al amistoso en el que festejamos el campeonato, un 5-1 ante Guaraní de Paraguay. En los partidos siguientes, aunque perdiéramos, el recuerdo del título nos consolaba. Yo ya era más grande y las charlas con Albert y Mati a la vuelta de la cancha, en la pizzería Las Carabelas, no eran solo sobre Milito y Chirola Romero; empezamos a conocernos más mientras los mozos miraban con cara de “son las dos de la mañana y queremos cerrar”.
En 2004 ya era periodista y por primera vez me acreditaron para un partido de Racing: cubrí el 0-0 de visitante contra Quilmes para el (detestable) diario Clarín. El 10 de abril de 2005 cumplí 21 años y me designaron para Racing-Independiente: un maravilloso 3-1 con golazo de Lisandro López incluido. Aún recuerdo la frase que elegí de Navarro Montoya, arquero del Rojo, para empezar mi nota: “Fuimos un equipo amargo”. Mi periodismo partidario encubierto daba sus primeros pasos.
Cuando el Piojo López volvió a Racing después de 11 años, me hice socio para no perderme ningún partido suyo. Pero, días antes del debut, Rosana rompió nuestros seis años de noviazgo y me destrozó el corazón. Ir a la cancha se transformó en mi último refugio, el rincón del mundo donde simulaba gritar goles del Piojo mientras gritaba mi dolor. Era un fantasma en las tribunas y esperaba una situación que me permitiera saltar o insultar para no implotar por dentro. La extrañaba mucho.
Los que piensan que me independicé cuando me fui a vivir solo no entienden nada. Mi declaración de independencia llegó el 16 de junio de 2007. Racing cerraba un mal torneo contra Godoy Cruz, un congelado viernes a la noche. Por primera vez, nadie quiso ir conmigo a la cancha. La tentación de mirarlo por tele al lado del horno era enorme, pero jugaba el Piojo López, así que agarré el carnet, las monedas para el colectivo y encaré para el Cilindro. Por primera vez, elegí en qué lugar de la tribuna ubicarme: exactamente donde iba siempre con Albert y Mati. El Piojo metió un gol memorable de tiro libre y Racing ganó 4 a 2. Volví a la medianoche, solo, extrañando a Albert y a Mati, y a Rosana. Pero sintiéndome vivo.
Mi amor por ella empezó a terminarse cuando me mandó un mail contándome que había ido a ver un 1-1 entre Racing y Banfield... ¡a la tribuna de Banfield! Mirá, Rosana, yo puedo aguantar que me dejes, que me rompas el corazón, que destroces todos mis planes futuros en una noche. Pero que tu nuevo novio te lleve a la tribuna visitante cuando juraste ser de Racing para siempre es im-per-do-na-ble. Sos la peor ex novia del mundo, no pienso sufrir nunca más por vos. Ah: y ojalá se vayan a la B.
En 2008, Racing estaba al borde del descenso y seguimos la campaña con fanatismo. Fecha a fecha, derrota a derrota, nos dábamos ánimo para no abandonar. Volvíamos siempre con dolor en el cuerpo, angustiados, hechos mierda. “Tío, ¿seguro querés venir hoy?”, preguntaba yo con culpa. “Vamos, Martincito, vamos. Hoy ganamos seguro”, me respondía. Pero Estudiantes nos daba vuelta el partido y perdíamos 2 a 1, con tres expulsados y escándalo incluido. Siempre lo mismo.
Finalmente, Racing cayó en la Promoción y todo se definía en un partido: si perdía contra Belgrano en Avellaneda se iba al descenso. El fin del mundo era un chiste comparado con eso. Entresemana, Albert nos mandó un mail ofreciéndose a comprar plateas para estar más tranquilos, porque iba a haber 50 mil personas en la cancha. Mi respuesta textual fue la siguiente:
“Me gusta la popular porque siento que ése es mi lugar, porque veo las mismas caras tristes cada partido y ansío verlas felices una vez, y porque si vuelven a estar tristes quiero compartir su tristeza. Si algo tiene que pasar, que sea en ese lugar, donde me abracé y revoleé remeras con ustedes. Probablemente en algunos años prefiera ir a la platea para sentarme y tomarlo como un juego, pero el domingo quiero seguir creyendo que el destino de la humanidad se define en 90 minutos, y que los buenos son los de celeste y blanco”.
Salimos cuatro horas antes del partido, con las camisetas puestas y sánguches de milanesa para todos (la mía de soja, porque ya era vegetariano). El viaje y la espera fueron tensos. No sabíamos qué decir para ahuyentar los malos augurios. El fin del mundo, Racing en la B, estaba ahí, a un partido de distancia. La cancha explotaba y me llenaba de orgullo que siguiera entrando gente hasta aplastarnos, hasta ser todos uno, hasta que no hubiera lugar ni para rascarse la cabeza.
El vendedor tampoco podía moverse y gritaba desde su lugar: “¡Coooocaaaaaaa! ¡Y vamos Racing que hoy ganamos!”. A los 10 minutos, Maxi Moralez metió un golazo y me golpeé la cara contra el hombro del de adelante. Y lo abracé, y abracé a Albert y a Mati. Sufrimos el resto del partido, pero ganamos 1 a 0 y nos quedamos en Primera. Esperamos treinta minutos hasta que salieron los de Belgrano, pero no nos fuimos: nos quedamos media hora más cantando “soy de Racing, soy de Racing”. El regreso en tren fue uno de los viajes más placenteros de mi vida.
Cuando mi amigo Sebastián Fernández volvió luego de varios meses en España, nuestro reencuentro fue en la popular. Racing, claro, perdió 2-0 con Colón. En 2010 fui por primera vez a la cancha con una novia: Tamara y yo festejamos juntos un 1-0 clave contra San Lorenzo. Y este año lo invité a Leandro, mi intelectual compañero en la carrera de Letras, a un partido “tranquilo”. Para qué: Racing erró dos penales, empató 1 a 1 con Atlético de Rafaela y él me vio gritando como un desquiciado por un gol mal anulado a Sand. Qué papelón.
Acabo de contar las veces que vine a ver a Racing: este fue mi partido 108. Estoy en la platea gracias a mi acreditación de prensa, mandé estadísticas por mensaje de texto a otros periodistas, le relaté la mitad del partido por teléfono a Leandro, disfruté de un estadio repleto y me prometí volver pronto a la popular.
Mientras me preparo para volver en el tren, miro este estadio gigante y me acuerdo de Albert, de Mati, de Rodri, de Tati, de Chuna, de Gaby, de Sebastián, de Tamara, de Leandro: de ellos y de todos los que alguna vez entendieron que, aunque venir a la cancha siga siendo una mierda, es una de las cosas que más me gustan en el mundo.
sábado, 27 de octubre de 2012
Rodolfito
Por Martín Estévez
En el año ’94, Tati compró nuestro primer equipo de música con una novedad inmensa: la posibilidad de escuchar compact discs. En mi familia todavía se ríen de la pregunta de Gaby la primera vez que vio uno: “¿Y esto cómo se rebobina?”. Días después me regalaron mi primer disco: El amor después del amor, de Fito Páez.
Mi admiración por Fito había nacido dos años antes, cuando Mati bajó las escaleras con el cassette de El amor después del amor y lo puso para ver si me gustaba.
Me rompió la cabeza.
Yo tenía 8 años y no capté ni por casualidad las alegorías, metáforas e intertextos de las letras, pero me sentí fascinado. Los ojos se me quedaban fijos y mi cabeza, siempre tan grande e inútil, entraba en una dimensión de supermarkets, AZT’s, círculos de baba, mandalas y Gibson Les Pauls.
En el año ’94, Tati compró nuestro primer equipo de música con una novedad inmensa: la posibilidad de escuchar compact discs. En mi familia todavía se ríen de la pregunta de Gaby la primera vez que vio uno: “¿Y esto cómo se rebobina?”. Días después me regalaron mi primer disco: El amor después del amor, de Fito Páez.
Mi admiración por Fito había nacido dos años antes, cuando Mati bajó las escaleras con el cassette de El amor después del amor y lo puso para ver si me gustaba.
Me rompió la cabeza.
Yo tenía 8 años y no capté ni por casualidad las alegorías, metáforas e intertextos de las letras, pero me sentí fascinado. Los ojos se me quedaban fijos y mi cabeza, siempre tan grande e inútil, entraba en una dimensión de supermarkets, AZT’s, círculos de baba, mandalas y Gibson Les Pauls.
No tenía ni puta idea de qué eran esas cosas, pero me excitaron el cerebro. Hubo algo en la melodía, en la voz, en esas catorce canciones que me transportó a un lugar que nunca había visitado hasta entonces. Sí: estaba conociendo a la música.
Me grabé el cassette en un TDK y lo escuché tanto que, cuando Gaby y Tati quisieron comprarme mi primer CD, ni tuvieron que pensar cuál debía ser. Y así, un tipo empezó a escurrir su voz entre mis ropas, entre mis amigos, entre mis tristezas. Desde hace ya veinte años, este tal Fito Páez es tan parte de mi vida como mi mano izquierda.
No soy su fan, no lo considero perfecto. Incluso algunas de sus canciones me parecen menos buenas que otras. Pero no puedo negarlo: aunque me inyecté en los oídos cientos de otros músicos, ritmos y sonidos durante estas dos décadas, es Fito quien está componiendo la banda sonora de mi vida.
En el secundario, con Nico cambiábamos las letras de sus canciones para transformarlas en futboleras. Veamos un ejemplo. Si El diablo de tu corazón decía:
Nosotros cantábamos:
Un poco más osada era la conversión de Lleva. La canción original dice en su parte más hermosa:
Y nuestra traducción racinguista era:
No sólo marcó mi amistad con Nico, sino muchas otras relaciones. Conocí a Vanina porque su nick en el messenger era: “El tiempo a mí me puso en otro lado”, frase de Al lado del camino. Y esa canción representa mi vínculo con Pablo aunque no sepamos por qué. Tamara odiaba a Fito pero terminamos cantando juntos El cuarto de al lado. La última planta que me regaló Melisa dice en su maceta: “El tiempo cuenta al final lo que valió la pena”, un extracto de Limbo Mambo. Y otro Pablo de mi vida, Aro Geraldes, hasta se parece físicamente a él.
Mientras fui creciendo, descubrí que las palabras raras de sus canciones (hash, art decó, voyeur, requiem, Jobim, steady cam, Kubrick, Chagall) en realidad existían; y cada vez que me aprendía una, sus canciones se resignificaban. La semana pasada, sin ir más lejos, leyendo un número de Orsai descubrí que macoña, eso que menciona en Ojos rojos, es el nombre que recibe la marihuana en Brasil. ¡Ahora entiendo, viejo!
Quiera o no quiera, sus frases están todo el tiempo en mi cabeza, asegurándome que “nada nos deja más en soledad que la alegría si se va” y que “lo que perdemos lo volvemos a amar”, aconsejándome que “no dificulte la llegada del amor” y recordándome que “nadie nos prometió un jardín de rosas”.
Me grabé el cassette en un TDK y lo escuché tanto que, cuando Gaby y Tati quisieron comprarme mi primer CD, ni tuvieron que pensar cuál debía ser. Y así, un tipo empezó a escurrir su voz entre mis ropas, entre mis amigos, entre mis tristezas. Desde hace ya veinte años, este tal Fito Páez es tan parte de mi vida como mi mano izquierda.
No soy su fan, no lo considero perfecto. Incluso algunas de sus canciones me parecen menos buenas que otras. Pero no puedo negarlo: aunque me inyecté en los oídos cientos de otros músicos, ritmos y sonidos durante estas dos décadas, es Fito quien está componiendo la banda sonora de mi vida.
En el secundario, con Nico cambiábamos las letras de sus canciones para transformarlas en futboleras. Veamos un ejemplo. Si El diablo de tu corazón decía:
¡Buenos Aires, sí, sacate el diablo de tu corazón!
Porque aquí en todas partes hay pibes en el balcón
También hay pibes en un cajón
Hay mucha rabia suelta, y angustia, nena
¡Y hay mucha, mucha desesperación!
Nosotros cantábamos:
¡Academia, sí, sacate el miedo de la promoción!
Porque aquí por todas partes hay pibes de Selección
Pibes que dejan el corazón
El Chanchi está de vuelta, y las redes llena
¡Bastía es lucha y recuperación!
Un poco más osada era la conversión de Lleva. La canción original dice en su parte más hermosa:
Llevame vos, llevo mucha nada en la valija
Llevarlo es preciso para amar
¡Llevame como yo te llevo!
Under, así, liviano
Llevame el fuego, no lleves mal.
Y nuestra traducción racinguista era:
Llevala vos, Chatruc, vos siempre sos una fija
Llevala vos, sos preciso y sos un crack
¡Sessa, que buen corte de pelo!
“Bajen, Lux, Green y Arano,
si yo no llego”, gritó Bressán.
No sólo marcó mi amistad con Nico, sino muchas otras relaciones. Conocí a Vanina porque su nick en el messenger era: “El tiempo a mí me puso en otro lado”, frase de Al lado del camino. Y esa canción representa mi vínculo con Pablo aunque no sepamos por qué. Tamara odiaba a Fito pero terminamos cantando juntos El cuarto de al lado. La última planta que me regaló Melisa dice en su maceta: “El tiempo cuenta al final lo que valió la pena”, un extracto de Limbo Mambo. Y otro Pablo de mi vida, Aro Geraldes, hasta se parece físicamente a él.
Mientras fui creciendo, descubrí que las palabras raras de sus canciones (hash, art decó, voyeur, requiem, Jobim, steady cam, Kubrick, Chagall) en realidad existían; y cada vez que me aprendía una, sus canciones se resignificaban. La semana pasada, sin ir más lejos, leyendo un número de Orsai descubrí que macoña, eso que menciona en Ojos rojos, es el nombre que recibe la marihuana en Brasil. ¡Ahora entiendo, viejo!
Quiera o no quiera, sus frases están todo el tiempo en mi cabeza, asegurándome que “nada nos deja más en soledad que la alegría si se va” y que “lo que perdemos lo volvemos a amar”, aconsejándome que “no dificulte la llegada del amor” y recordándome que “nadie nos prometió un jardín de rosas”.
Fito, Fito, Fito. Camino por Oliden tarareando Soy un hippie, me anudo la garganta escuchando Las palabras encerrado en casa, adoro Un vestido y un amor al repasarla en silencio, grito la letra de Sable chino mientras escribo este texto. Canté tanto sus canciones que a cualquier tema, aunque sea de Valeria Lynch, termino cantándolo con su voz. Los que me conocen saben que no es chiste.
Está tanto Fito en mi vida que lo tienen incluso acá arriba, en el nombre de este blog: Palabras enreveradas es antes que nada un homenaje a él, que inventó la palabra “enreverado” en la gloriosa Al lado del camino.
Se supone que este texto viene a cuento de que se cumplen veinte años desde que compuso El amor después del amor, y de que me emocioné escuchándolo en el Planetario. Pero podría haberlo escrito ayer o mañana, a los 10 años o a los 37, porque Fito es un tipo que desde hace dos décadas es parte de mi vida cotidiana y de mis giros, de mis mañanas entusiastas y mis noches melancólicas, de mis euforias y mis despedidas, de mi viejo mundo y de mi mundo de hoy, de mis hermosos buenos tiempos y de mis más dolorosas e inolvidables tumbas de la gloria.
Está tanto Fito en mi vida que lo tienen incluso acá arriba, en el nombre de este blog: Palabras enreveradas es antes que nada un homenaje a él, que inventó la palabra “enreverado” en la gloriosa Al lado del camino.
Se supone que este texto viene a cuento de que se cumplen veinte años desde que compuso El amor después del amor, y de que me emocioné escuchándolo en el Planetario. Pero podría haberlo escrito ayer o mañana, a los 10 años o a los 37, porque Fito es un tipo que desde hace dos décadas es parte de mi vida cotidiana y de mis giros, de mis mañanas entusiastas y mis noches melancólicas, de mis euforias y mis despedidas, de mi viejo mundo y de mi mundo de hoy, de mis hermosos buenos tiempos y de mis más dolorosas e inolvidables tumbas de la gloria.
sábado, 1 de septiembre de 2012
Terapia infantil
Por Martín Estévez
La primera vez que fui a una psicóloga tenía 10 años. Me da mucha vergüenza contar esta situación, pero necesito exorcisarla. Un lunes me desperté a las 7:30, corrí a la cocina y les pregunté a mis abuelos dónde estaba mi mamá. Cuando respondieron que, como siempre, se había ido a trabajar, me largué a llorar. Y no paré.
Ojalá supiera el motivo, pero no lo sé. Sólo sé que lloré y lloré y lloré durante horas. Sin gritos, ni quejas, ni palabras: sólo lágrimas. Fanny y Víctor estaban viviendo la pesadilla que habían imaginado: Martín, el más pequeño de sus cinco nietos, por fin había enloquecido.
Enseguida me encerraron en la pieza para que nadie se contagiara. Yo los escuchaba hablar detrás de la puerta, pero sólo podía llorar. No reclamaba amor, ni regalos, ni faltar a la escuela. Lloraba con la mente en blanco, o demasiado llena de colores para distinguir alguno. La cosa se estaba poniendo fulera.
–Gaby, decile a Martín si quiere jugar diez minutos a la pelota, antes de que vayan al colegio –le dijo mi primo a mi hermana.
–No, Mati, me parece que Martín no va. Está encerrado en la pieza llorando –respondió Gaby mientras se peinaba.
–¿Que qué? –se sorprendió Mati y, sin pensarlo, abrió la puerta con valentía.
Levanté la cara de la almohada y quedó petrificado. Nos miramos fijo. Intentó decirme algo, preguntarme, darme ánimo, pero no pudo. Con las lágrimas chorreando como una catarata silenciosa, hice un gesto lapidario. Seguro supo codificar el mensaje: “Parece que esta vez va en serio”.
Cuando Tati intenta sacarme fotos en un momento inapropiado, debería recordar sus viajes desde el trabajo por cualquier pavada: Gaby era abanderada, Martín actuaba de Belgrano, había reunión de padres. Colectivo-tren-colectivo-escuela-colectivo-tren-colectivo. Tres horas de viaje por unos minutos de orgullo materno. Y yo, qué hijo de puta soy, me quejo porque quiere una foto justo cuando tengo ganas de ir al baño.
La hora y media de Tati hasta casa debe haber sido de las peores. Cuando llegó y me preguntó qué pasaba, no tuve nada para decirle. Seguí llorando. Ella también sintió ganas de llorar, pero se contuvo. O tal vez lloró como lloran las buenas madres: con tanto disimulo que ni nos enteramos. Pasaban las horas y nos mirábamos con impotencia. Me apretó las manos en silencio y me miró, gesto que traduje como:
–Si no sé qué te pasa, no tengo idea de qué puedo hacer.
Le respondí moviendo los hombros, lo que significaba:
–Tengo 10 años, ¿cómo querés que lo sepa?
Probablemente ya era de noche cuando aparecieron las palabras salvadoras. A esa altura, Tati estaba más cansada que preocupada.
–¿Y si voy a un psicólogo? –le dije mientras me sonaba los mocos.
No se crean que vengo de una familia analizada: ni uno solo de los diez que vivíamos en la casa de Oliden había ido a terapia. Ni siquiera sé cómo demonios había aprendido la palabra psicólogo. Pero Tati accedió.
La primera experiencia fue nefasta. Después de una conversación de diez minutos en la que explicamos mi caso (o sea, que no teníamos idea de por qué no paraba de llorar), una licenciada muy de mierda nos cobró cien pesos y dijo que volviera tres días después.
Cuando salimos del consultorio, la paré a Tati en la vereda y le dije: “Es mucha plata, por ahí no hace falta un psicólogo. De verdad”. Ella confió en mí y me contó lo que sentía. “Sí, es mucha plata, pero además me dio esto –abrió la cartera y sacó una receta–. Quiere que tomes estas pastillas antes de venir”. Nos miramos aterrados. “Martín, no quiero que tomes esto. No sé ni qué es”. Acabábamos de descubrir la diferencia entre una psicóloga y una psiquiatra. “No, no, pastillas no”, dije pálido. Cruzamos la avenida corriendo y nunca más supimos de la vieja ni de los cien pesos.
Al final, Tati consiguió una psicóloga sin pastillas y dentro de nuestras posibilidades económicas: la hermana de una amiga. Era una chica joven, bastante novata, que la remó como pudo.
–Contame, Martín, ¿qué hiciste ayer?
–Y... Se armó un lindo partido, con dos equipos muy parejos, hubo alguna patada de más pero ninguna tarjeta roja. Jugamos noventa minutos y nada: un cero a cero cerrado, con pocas llegadas a los arcos, doctora.
–Mirá vos... ¿y en dónde jugaron?
–En el patio de mi casa.
–¿Entraron todos en el patio de tu casa? ¿Cuántos chicos eran?
–Yo solo.
A ella le sobraban buenas intenciones pero no sabía para dónde agarrar. Pobre santa. Se le ocurrió decirme que llevara juegos de mesa para usar durante la sesión. Habíamos empezado con la ruleta hacía sólo diez minutos cuando le conté:
–Mi hermana siempre me trata mal. Eso me pone triste.
–Bueno, cuando te trate mal, preguntale con tranquilidad: ¿por qué me tratás mal? ¿Qué te hice?
Al otro día, yo estaba mirando televisión y Gaby cambió el canal para molestar. Lo puse donde estaba, pero cambió de nuevo. Y otra vez. Y otra. Diez segundos después, y no es chiste, mi hermana estaba acurrucada en la cocina protegiéndose bajo una silla de madera. Yo era un cuerpo de 70 kilos de furia a punto de pegarle mientras gritaba:
–¿¿¿Por qué??? ¿¿¿Por qué me hinchás tanto las pelotas, por qué??? ¿¿¿Por qué no me dejás de joder de una vez, pelotuda???
Por primera vez, Gaby tuvo miedo de que le rompieran la jeta. Yo grité un poco más, me largué a llorar y me encerré en el baño.
Fue la última vez que me molestó.
A los tres meses, ya estaba hinchado las pelotas de ir a la psicóloga. Y mucho más cansado estaba de no tener amigos y de no poder contarle a nadie que sufría por una chica, que mi cuerpo me avergonzaba, que el mundo que estaba fuera de las paredes de mi casa me daba pánico. Hasta que una noche todos se juntaron a cenar y yo, que lloraba en la pieza (como siempre), llamé a Tati.
–Creo que ya sé lo que me pasa –le dije.
Tati respiró hondo. No sabía si estaba por anunciarle una solución o un problema. Me preguntó qué me pasaba.
–Me siento solo.
Ella necesitaba algo concreto. Que un compañero de colegio me pegaba, que se me había perdido una historieta o que no quería ser más de Racing. Pero lo que le dije era muy abstracto y no le gustó nada.
–¿¿¿Te sentís solo??? ¿¿¿Te sentís solo??? ¡Martín, mirá a tu alrededor! ¡Somos diez personas, en esta casa no podés estar solo ni aunque quieras! –me dijo–. Yo te quiero ayudar, ¡pero no me vengas con pelotudeces!
Sí, Tati, te lo juro: dijiste pelotudeces. Igual, no te culpes ni te preocupes: no sólo te perdoné, sino que gracias a eso me di cuenta de que no podía depender de alguien para todo. Había cosas que ni Tati, ni Mati, ni mis abuelos, ni nadie podía hacer por mí. Dejé de llorar sin sentido, de llamar la atención, de esperar que alguien me entendiera siempre. Crecer, igual, dolió como la mierda.
Mi primera frase en la siguiente sesión con la psicóloga fue también la última:
–Le quería decir que no voy a venir más.
La primera vez que fui a una psicóloga tenía 10 años. Me da mucha vergüenza contar esta situación, pero necesito exorcisarla. Un lunes me desperté a las 7:30, corrí a la cocina y les pregunté a mis abuelos dónde estaba mi mamá. Cuando respondieron que, como siempre, se había ido a trabajar, me largué a llorar. Y no paré.
Ojalá supiera el motivo, pero no lo sé. Sólo sé que lloré y lloré y lloré durante horas. Sin gritos, ni quejas, ni palabras: sólo lágrimas. Fanny y Víctor estaban viviendo la pesadilla que habían imaginado: Martín, el más pequeño de sus cinco nietos, por fin había enloquecido.
Enseguida me encerraron en la pieza para que nadie se contagiara. Yo los escuchaba hablar detrás de la puerta, pero sólo podía llorar. No reclamaba amor, ni regalos, ni faltar a la escuela. Lloraba con la mente en blanco, o demasiado llena de colores para distinguir alguno. La cosa se estaba poniendo fulera.
–Gaby, decile a Martín si quiere jugar diez minutos a la pelota, antes de que vayan al colegio –le dijo mi primo a mi hermana.
–No, Mati, me parece que Martín no va. Está encerrado en la pieza llorando –respondió Gaby mientras se peinaba.
–¿Que qué? –se sorprendió Mati y, sin pensarlo, abrió la puerta con valentía.
Levanté la cara de la almohada y quedó petrificado. Nos miramos fijo. Intentó decirme algo, preguntarme, darme ánimo, pero no pudo. Con las lágrimas chorreando como una catarata silenciosa, hice un gesto lapidario. Seguro supo codificar el mensaje: “Parece que esta vez va en serio”.
Cuando Tati intenta sacarme fotos en un momento inapropiado, debería recordar sus viajes desde el trabajo por cualquier pavada: Gaby era abanderada, Martín actuaba de Belgrano, había reunión de padres. Colectivo-tren-colectivo-escuela-colectivo-tren-colectivo. Tres horas de viaje por unos minutos de orgullo materno. Y yo, qué hijo de puta soy, me quejo porque quiere una foto justo cuando tengo ganas de ir al baño.
La hora y media de Tati hasta casa debe haber sido de las peores. Cuando llegó y me preguntó qué pasaba, no tuve nada para decirle. Seguí llorando. Ella también sintió ganas de llorar, pero se contuvo. O tal vez lloró como lloran las buenas madres: con tanto disimulo que ni nos enteramos. Pasaban las horas y nos mirábamos con impotencia. Me apretó las manos en silencio y me miró, gesto que traduje como:
–Si no sé qué te pasa, no tengo idea de qué puedo hacer.
Le respondí moviendo los hombros, lo que significaba:
–Tengo 10 años, ¿cómo querés que lo sepa?
Probablemente ya era de noche cuando aparecieron las palabras salvadoras. A esa altura, Tati estaba más cansada que preocupada.
–¿Y si voy a un psicólogo? –le dije mientras me sonaba los mocos.
No se crean que vengo de una familia analizada: ni uno solo de los diez que vivíamos en la casa de Oliden había ido a terapia. Ni siquiera sé cómo demonios había aprendido la palabra psicólogo. Pero Tati accedió.
La primera experiencia fue nefasta. Después de una conversación de diez minutos en la que explicamos mi caso (o sea, que no teníamos idea de por qué no paraba de llorar), una licenciada muy de mierda nos cobró cien pesos y dijo que volviera tres días después.
Cuando salimos del consultorio, la paré a Tati en la vereda y le dije: “Es mucha plata, por ahí no hace falta un psicólogo. De verdad”. Ella confió en mí y me contó lo que sentía. “Sí, es mucha plata, pero además me dio esto –abrió la cartera y sacó una receta–. Quiere que tomes estas pastillas antes de venir”. Nos miramos aterrados. “Martín, no quiero que tomes esto. No sé ni qué es”. Acabábamos de descubrir la diferencia entre una psicóloga y una psiquiatra. “No, no, pastillas no”, dije pálido. Cruzamos la avenida corriendo y nunca más supimos de la vieja ni de los cien pesos.
Al final, Tati consiguió una psicóloga sin pastillas y dentro de nuestras posibilidades económicas: la hermana de una amiga. Era una chica joven, bastante novata, que la remó como pudo.
–Contame, Martín, ¿qué hiciste ayer?
–Y... Se armó un lindo partido, con dos equipos muy parejos, hubo alguna patada de más pero ninguna tarjeta roja. Jugamos noventa minutos y nada: un cero a cero cerrado, con pocas llegadas a los arcos, doctora.
–Mirá vos... ¿y en dónde jugaron?
–En el patio de mi casa.
–¿Entraron todos en el patio de tu casa? ¿Cuántos chicos eran?
–Yo solo.
A ella le sobraban buenas intenciones pero no sabía para dónde agarrar. Pobre santa. Se le ocurrió decirme que llevara juegos de mesa para usar durante la sesión. Habíamos empezado con la ruleta hacía sólo diez minutos cuando le conté:
–Mi hermana siempre me trata mal. Eso me pone triste.
–Bueno, cuando te trate mal, preguntale con tranquilidad: ¿por qué me tratás mal? ¿Qué te hice?
Al otro día, yo estaba mirando televisión y Gaby cambió el canal para molestar. Lo puse donde estaba, pero cambió de nuevo. Y otra vez. Y otra. Diez segundos después, y no es chiste, mi hermana estaba acurrucada en la cocina protegiéndose bajo una silla de madera. Yo era un cuerpo de 70 kilos de furia a punto de pegarle mientras gritaba:
–¿¿¿Por qué??? ¿¿¿Por qué me hinchás tanto las pelotas, por qué??? ¿¿¿Por qué no me dejás de joder de una vez, pelotuda???
Por primera vez, Gaby tuvo miedo de que le rompieran la jeta. Yo grité un poco más, me largué a llorar y me encerré en el baño.
Fue la última vez que me molestó.
A los tres meses, ya estaba hinchado las pelotas de ir a la psicóloga. Y mucho más cansado estaba de no tener amigos y de no poder contarle a nadie que sufría por una chica, que mi cuerpo me avergonzaba, que el mundo que estaba fuera de las paredes de mi casa me daba pánico. Hasta que una noche todos se juntaron a cenar y yo, que lloraba en la pieza (como siempre), llamé a Tati.
–Creo que ya sé lo que me pasa –le dije.
Tati respiró hondo. No sabía si estaba por anunciarle una solución o un problema. Me preguntó qué me pasaba.
–Me siento solo.
Ella necesitaba algo concreto. Que un compañero de colegio me pegaba, que se me había perdido una historieta o que no quería ser más de Racing. Pero lo que le dije era muy abstracto y no le gustó nada.
–¿¿¿Te sentís solo??? ¿¿¿Te sentís solo??? ¡Martín, mirá a tu alrededor! ¡Somos diez personas, en esta casa no podés estar solo ni aunque quieras! –me dijo–. Yo te quiero ayudar, ¡pero no me vengas con pelotudeces!
Sí, Tati, te lo juro: dijiste pelotudeces. Igual, no te culpes ni te preocupes: no sólo te perdoné, sino que gracias a eso me di cuenta de que no podía depender de alguien para todo. Había cosas que ni Tati, ni Mati, ni mis abuelos, ni nadie podía hacer por mí. Dejé de llorar sin sentido, de llamar la atención, de esperar que alguien me entendiera siempre. Crecer, igual, dolió como la mierda.
Mi primera frase en la siguiente sesión con la psicóloga fue también la última:
–Le quería decir que no voy a venir más.
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