lunes, 31 de agosto de 2020

Mi novia flogger

Por Martín Estévez 

Existió una novia que nadie supo que tuve. Ni mis amigues, ni mi familia, nadie la conoció. No es un chiste, un truco, ni una mentira: oculté mi segundo noviazgo al mundo entero. No por olvido ni por discreción: la vergüenza me llevó a negar esa historia hasta esta noche en que la pandemia y el vino, o tal vez el amor por la verdad, me impulsan a contarla: la historia de mi novia flogger. 

Estamos en febrero de 2009 e invaden Buenos Aires chicas y chicos con flequillos extraños, colores estridentes, chupines ajustados: los floggers. Adolescentes que se comunican a través de una cosa rara llamada Fotolog, en la que pueden subir una foto por día. El sueño de todo flogger es tener miles de personas que los pongan en “Favoritos” (“¡Effeameee!”, rogaban) para llegar a la gloria: ser “Flogger Gold” (o sea, publicar seis fotos por día en lugar de una). 

Yo tengo 24 años, quince días de vacaciones y no sé qué hacer con mi vida. No quiero pasar dos semanas solo y triste, así que decido darle una última oportunidad a la relación con mi papá, y una de las primeras oportunidades a la relación con mis hermanes, y viajo a la costa a pasar mis vacaciones con elles. 

Enseguida entiendo que con Juanca la cosa saldrá mal, y con Vicky y Fede, muy bien. Pero elles tienen 13 y 10 años, y yo tengo 24 y estoy desesperado por sentir emoción en mi vida. Desesperado en serio: una noche agarro una botella de Frizze, un libro de mil páginas llamado Los Miserables y me dispongo a pasar la noche en una plaza desconocida. No tengo idea de por qué: nomás me siento en una hamaca y leo, entonado por el alcohol, un libro francés de 1862. Para peor, mientras tanto me saco selfies, también sin saber por qué. 

Estoy en pose, eso sí lo sé. Quiero fingir algo que no soy. Quiero que pase algo en esta vida infame que es una meseta absurda en la que extraño a alguien a quien ya casi no recuerdo: a mi primera novia. En la que extraño, en realidad, una vida emocionante que tal vez nunca tuve y que ni siquiera sé si existe. Estoy sentado en una plaza con un libro terriblemente cruel en la mano, sin saber por qué. 

A las 4 de la mañana veo una mancha fucsia en la oscuridad. Alguien se acerca muy rápido, como si me conociera. 

–Qué divertido que estés con ese libro grandote. ¿No sos de acá, no? ¿Qué estás haciendo? –me dice. 

–No… No sé… Yo… –balbuceo, porque no sé qué estoy haciendo. 

–¡Daleeeee, reinaaaa! –le gritan desde la esquina. 

–Me tengo que ir, vení conmigo –me dice, y me arranca de la hamaca. 

Caminamos cinco cuadras en las que no digo ni una palabra. Ella no para de hablar de cualquier cosa. De golpe frena y me dice: 

–Vivo ahí, ¿ves? En esa casita. Vení mañana a la tarde y charlamos. A las cinco. 

Estoy por decirle que mejor no, pero no me da tiempo. 

–Antes saquémonos una foto para el flog –me dice. 

Y en menos de dos segundos quedo retratado para siempre en esa esquina, en esa noche, en esa vida. 

Al otro día, a las cinco, estoy ahí. No sé por qué. Entro a su casa. Me siento en un sillón. 

–¿En serio te llamás Reina? –le digo. 

–No –responde–, es mi fotolog: reinadelflog. Cuando puedas effeame. 

Quince minutos después, estamos besándonos. Tengo 24 años y ella es la segunda persona en la vida a la que le doy un beso en la boca. No sé por qué. 

Veintiséis minutos después, estamos en una cama. El sexo para mí es un trauma. Ella no lo sabe, pero se da cuenta enseguida. 

–¿Qué pasa? –me dice. 

Pienso en inventar una mentira, pero digo una oración larguísima de golpe. 

–No me sale coger, no tengo ganas de molestarte, me dijiste que venga y vine, perdoname, no sé qué hago acá y tampoco sé qué hago con mi vida. 

La imagen es patética. Yo estoy desnudo, desprotegido y frágil. Hablo sin fuerzas. 

–Vestite –me dice, y se va a la cocina. 

Tengo una nebulosa en el cerebro. No estoy triste: estoy extraviado. Me visto mecánicamente y agarro el buzo antes de irme. Ella me frena. 

–¿Querés ser mi novio? –me dice. 

–¿Qué? –respondo atontado–. En 6 días me voy. A Lomas. Vivo en Lomas. 

–Seamos novios seis días. Mañana pasá a buscarme a las tres –dice, y me empuja hasta la puerta–. Si vas a ser mi novio, te tengo que presentar a mi mamá. ¡No llegues tarde! 

No sé por qué, pero al otro día, a las 3, estoy ahí. Me agarra del brazo y empezamos a caminar. A las personas que la conocen les dice “él es Martín, mi novio”, y todes me saludan como si nada. Vamos por una peatonal, se frena y le pide una papa frita a alguien que come un paquete. El chico la mira extrañado, le ofrece una papa, y de golpe, lo juro, ella le saca todo el paquete de la mano y le dice “mejor dame todas”. 

En una mano se lleva el paquete enorme de papas fritas y en la otra me lleva a mí. Siento que me van a cagar a piñas por su culpa. Miro para atrás para pedir perdón y el pibe, tres veces más grandote que yo, mira con cara de sorpresa. Tampoco sabe qué hacer. 

–¿Qué hacés? –le digo. 

–Lo que me da la gana. No te conozco, pero es obvio que a vos te falta esto: hacer lo que te da la gana. Así que te enseño. Ah: dame un beso. 

–¿Qué? 

–Que me des un beso. Si vas a ser mi novio, nos tenemos que besar. 

Y nos ponemos a transar enfrente de un vendedor de churros. 

En los siguientes seis días, no solo me lleva a conocer a su mamá, sino que me muestra los secretos de su vida: su infancia, el rincón donde va cuando quiere estar sola, la angustia de una ciudad tan llena en verano y tan vacía en invierno. Me cuenta que ella tampoco sabe qué hacer con su vida, pero que mientras tanto hace lo que quiere. Me dice que eso tengo que hacer yo. 

Lo peor, lo mejor, o lo más inolvidable sucede cuando me lleva a un cyber. Un cyber es el lugar donde podés usar internet en 2009. 

–Tengo que revisar el flog –me dice. 

Lo que veo en los siguientes 30 minutos no lo voy a olvidar jamás. Ella sube una foto y de golpe empieza a abrir ventanitas. Una, dos, tres. Diez, quince, treinta. De pronto hay alrededor de cincuenta chats simultáneos en los que intercambia diálogos absurdos con cincuenta personas a la vez. Cincuenta personas no: cincuenta floggers.  

–Gracsssss, gooooorrrr…… 
–Lindoo vosssssssss
–que haces santiiiii!!!!!
–amigaaaaa
–ay k divinoooo
–¡effeame de reverseeeeeeeeeeeee! 

Escribe así, en velocidad infinita, abriendo y cerrando ventanitas, el teclado parece una ametralladora, es imposible que realmente esté leyendo lo que esas personas dicen, que esté entendiendo algo de lo que está pasando. Por momentos siento que no puede ser real que ella esté sentada sosteniendo cincuenta conversaciones simultáneas durante 30 minutos con gente que se llama [[[€r®®®iiiiiii ]]] o {{rayitodesooooool :) }}. Que no puede ser real que un hombre serio de 24 años esté parado en un cyber de la costa, una tarde de febrero, siendo novio de una verdadera e hiperquinética flogger. 

En el quinto atardecer de nuestro noviazgo, nos sentamos en un edificio abandonado a medio construir. La vista es hermosa. Por primera vez, hay silencio: ella no habla. 

–Por ahí no es que no me animo, sino que no sé lo que quiero hacer –le digo. 

–Sos lindo –dice ella sin hablar tan rápido–. Decís cosas lindas. Yo soy rara, tengo un montón de problemas, pero vos estás acá conmigo. Todo el tiempo estás tratando de ayudarme. Por ahí lo que querés hacer es esto: estar acá, pensando qué querés hacer algún día. 

–¿No te molesta que no hayamos podido coger? –le digo con culpa. 

–No, prefiero estar acá hablando con vos. Vos hablás de verdad. 

El sexto y último día nos dedicamos a caminar durante horas. Nos contamos cosas de verdad. Cerca de las 8 me llaman desde mi trabajo, ella me saca el celular y dice: “Soy la novia de Martín, no puede hablar ahora, está de vacaciones”. Y corta. Le sonrío. Nos abrazamos. Tengo ganas de llorar, no sé por qué, pero me aguanto el nudo en la garganta. Al otro día, nos separamos para siempre. La historia termina ahí. 

Mentiría si digo que la recuerdo seguido, pero sí cada vez que escucho Mil Horas, de los Abuelos de la Nada. Como era una de las dos o tres canciones que tenía en su celular, cuando estábamos juntes sonaba mil veces. Me hace acordar de lo raro de aquel viaje, de mí, sentado en una hamaca leyendo Los Miserables, de lo lejos y cerca que estaba de saber qué demonios quería en la vida. Pero me acuerdo, más que nada y especialmente, de la risa espontánea que le salía cada vez que cantaba la versión que había inventado para ella:

“La otra noche estuve devolviendo firmas dos horas… Mil firmas por posteo…
Y cuando firmaste, vos posteaste y me dijiste: flogger, vos effeame, y yo te effeo…”. 

Me hace recordar con cariño esa risa que se le escapaba sin querer y que, en un mundo superficial, mezclado y enfermo, me gritaba que ella, y todes les floggers, eran inocentes de todas las catástrofes del universo.

domingo, 23 de agosto de 2020

Vanina (parte I)

Por Martín Estévez

Si algo le faltaba a mi vida el sábado 18 de octubre de 2008 era magia. Yo escribía en una revista que se publicaba en Puerto Rico y extrañaba a una ex novia que había dejado de amarme hacía muchísimo. Había llegado la internet a casa y los fines de semana chateaba de madrugada, mientras Tati dormía a mis espaldas. Trataba de no hacer ruido con el teclado para no molestarla. Respiraba gris. 

En salas de chat o páginas ridículas como “¿Sexy o no?” conocía decenas de personas que agregaba al MSN y con las que no conversaba nunca más. Ese 18 de octubre, apareció conectada una foto pixelada en la que se veía una cara acostada sobre un almohadón (igual a la mía) y una frase de Fito Páez: “El tiempo a mí me puso en otro lado”. Cuando le pregunté “vos también acostada?” empezó una de las mejores historias de amor de mi vida. 

 Tal vez tendría que explicar muchas cosas para que entiendan por qué, con Vanina, volvió a mi vida la magia (no magia de creo-en-los-unicornios, magia de siento-algo-que-la-ciencia-no-explica), pero yo no les subestimo a ustedes: entiendo que pueden reconstruir las infinitas horas que faltan en estos pedacitos arbitrarios de chat, insulsos sin contexto, disecados sin vivirlos de madrugada, con creatividad, con empatía, con sus propias historias. Y si sale mal el intento, no importa, qué va a importar: lo único que quiero es hablarles de Vanina. Bienvenides a la primera parte de la historia. 

• •  18 de octubre de 2008 • •  

Martín: El tiempo te puso en otro lado. ¿En dónde? 

Vanina: El muy jodido me trajo de Capital a Pinamar. Mala pasada me jugó. 

M: ¿Qué tu mail sea “tan.ilógica” me tiene que preocupar? 

V: La lógica es el camino, lo ilógico es meterte en medio de los yuyos. Cuando es cuestión de vida o muerte, andá por el camino. Pero cuando tenés tiempo, ¿a quién no le gusta perderlo entre árboles y yuyos? 

M: Qué profundo para alguien de 17 años. 

V: Es culpa (o dicha) de la noche. Durante el día, sale de mí una parte que preferiría asesinar, y dice cosas como “o seaa, tipo, re copado mal, gordita, arree…”. Pero en los domingos nublados, ¿qué más placentero que ir al Parque Rivadavia, revolver libros viejos y dejarse estafar un rato por los vendedores de los puestos? 

M: ¡No podés existir! Odio estas cosas: uno anda por su vida gris, haciendo cosas grises, pensando en mundos grises, sin emociones violentas, sin opresiones en el alma, sin ilusiones enormes. Entonces aparece una chica que dice “arreee” todo el tiempo, y tu noche de sábado gris se convierte en lluvia de fibras fosforescentes. ¡Te odio! 

V: Por eso siempre hay que llevar paraguas, o pasear bajo la lluvia y disfrutarla. Después de todo, uno nunca sabe cuánto puede durar… pero lo seguro es que es pasajera. 

M: Pero las chicas fluorescentes son difíciles de lavar del alma: tienen esa tinta en la mirada…

V: Entonces solo queda disfrutar del agua. Mojarte la ropa y llevarte un poquito de esa agua a casa. Así, cuando la lluvia pase, vas a tener algo que conservar. 

M: ¿En el país de las mujeres imposibles, hoy adelantan una hora el reloj o no? V: Aaa, estoy en contra de eso. 

M: ¿De las mujeres imposibles? ¡Yo también! Te enseñan que son todas iguales, ¡y después aparece una que está contra el cambio de hora! 

V: ¡Es que es indignante! La hora es una de las pocas cosas libres, que vienen de la nada y a la nada van. ¡Y estos señores la quieren modificar! 

M: Es tan terrible como talar un árbol. 

V: Se me acaba de ocurrir una paradoja: si una persona llora por la tala de árboles, ¡se tiene que secar con pañuelitos de papel! Porque no es humano secarse con otra cosa que no sean pañuelitos Elite doble hoja. 

M: A mí se me ocurrió una solución: si alguien llora por la tala de árboles tiene que dejar caer sus lágrimas, para regar la tierra y ayudar a que crezcan nuevos árboles. 

V: Bueno, me desconecto. Me gusta prolongar esto lo más posible, porque cumplo un ciclo con las personas: “conocerlos – pasarla bien – pasarla re bien – distanciamiento – olvido”. O sea que cuanto más tardemos en quemar etapas, más te voy a tener. Prometo cuidarte mientras seas mío. 

M: Ahí te vas, dejando la lluvia de fibras. Supongo que saldré a caminar sin paraguas, para ver si te encuentro caminando entre los yuyos. Total, tenemos tiempo, ¿no? 

V: Muchísimo. Solo espero que la lluvia que ahora te gusta, no te termine molestando. 

M: Si deja de gustarme la lluvia, me gustará la nostalgia del gusto perdido. 

V: Y al menos sé que vas a guardar un poquito de agua en un frasquito… así no siento que lloví en vano. 

• •  25 de octubre de 2008 • •  

V: La amistad es siempre mejor que el amor. Los amigos son para siempre. Los novios, para un para siempre más corto… 

M: Con tanto chiste sobre ser flogger, ya me pregunto en serio si tenés fotolog… 

V: Emm… TENGO.

M: Jajaja, ¡flogger! 

V: Vos? 

M: Bueno… emmm… de una manera extraña… no muy tradicional… SÍ. 

V: ¡Sos un farsanteeeee! Criticás a los floggers: TENÉS FLOG. ¿Dios míoo, cuántas mentiras más voy a tener que soportar? 

M: Jajajaja. Te quiero. No puedo evitar decirlo. 

V: aaaaaaa, ¡este momento es momento Kodak! Es la primera vez que me decís “te quiero”. Espero que no sea la última. 

M: Esto va demasiado rápido. 

V: El tiempo que me rige no es el mismo que rige a la humanidad, Martincito. De modo que no te preocupes, dejate llevar y disfrutá del viaje. Otra cosa: eeeu, me gusta muucho lo que escribís. Tu nivel de flasheo, de pasar de un tema a otro relacionándolos así. Me suelo aburrir de la gente vana, tonta y superficial que solo me habla para invitarme a algún lado algún día y sacarse meses de calentura virtual. Y vos no sos así. 

M: Sos ácida, eh. 

V: Eso depende de la persona con la que trate. Sé que vos lo resistís y lo usás como material para una futura bomba de limón. Si trato así, a mis amigas se me ponen a llorar. Con ellas soy una dulzura caminante. Vos sos sarcástico, y eso está muy bien. La persona que no es sarcástica es porque no puede serlo. 

M: ¿De dónde sale todo lo que tenés en la cabeza? 

V: No sé, está ahí. A veces hace ruido, y molesta. A veces trato de ignorarlo para divertirme más. 

M: Es hora de encontrarte defectos. 

V: Te puedo ayudar. Soy posesiva. Soy histérica. Hoy quiero a Dios, mañana al Diablo. Vivo en una suerte de existencia que me pasea entre un pasado idealizado y un presente a veces bueno, a veces horrible. Tengo un problemita respecto a la constancia. Cada determinado periodo de tiempo desaparezco del mapa. Me canso de todos y necesito irme sola al medio de la nada para pensar todo lo que pasa. Después extraño, necesito, me termino sintiendo humana otra vez. Eso termina enojando a todos mis proyectos (de amigos más que amigos, claro) (…) Quiero decirte algo que todavía no te dije: tenés un don especial para hacer que todo suene a realidades salidas de las páginas de Dolina. Es algo verdaderamente mágico. 

M: No lo digas, me pongo a lagrimear, este es un verdadero momento Kodak… 

V: Sí, leo a Dolina a los 17 años. Te faxeo los pañuelos. Mirá si te pasa como la historia de la primera novia, pero en tiempo presente: me buscás, me encontrás y ¡PUF! Desilusión. Toda esta conversación me parece increíble. No me podés caer más bien, porque a esta altura del viaje sería imposible. 

M: Me hacés sentir raro. 

V: Es el mejor elogio que me podés llegar a hacer. 

M: “Los que recuerdan están rescatando cosas de la muerte. A su manera, son salvadores”. 

V: “No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión”. 

M: Muy raro, me siento. 

V: Al menos te sentís. 

M: Gracias por eso. 

V: aaaaa, yo me siento feliz. Sonrío y sé por qué: porque me alegraste. Me permitís ser un YO que no ejercito casi nunca. Un YO que me gusta más que el YO que generalmente represento.

M: Sos hermosa y no se diga más nada en este planeta. Que se callen todos y escuchen el eco de esa frase. 

V: No puede estar tan llena de momentos Kodak esta conversación. Ya es épica. Gracias por ser el primero que me dice eso sin conocerme, solo por como pienso. Vale más para mí que los “hermosa” de todos los demás. 

• •  27 de octubre de 2018 • •  

V: ¡Oh, my fucking god! 

M: ¿Cómo blasfemás en nombre de Dios? ¿No te dijeron que algo malo puede pasar? 

V: Todavía estoy esperando lo malo, para así jamás volver a blasfemar. Que baje, me golpee y me diga: MALEDUCADA. Voy a ser su sierva toda la vida. Hace dos años soy una niña del Instituto María Auxiliadora, pero mis ideas no pueden ser uniformadas ni obligadas a adaptarse a un régimen impuesto, que solo busca anular la individualidad de los adolescentes.

M: Sos un rompecabezas de 5.000 piezas, tengo solo 3 y lo peor es que se me perdió la caja. 

• •  2 de noviembre de 2008 • •  

V: Nosotros somos piezas de la misma caja de rompecabezas, y eso es difícil, considerando que cada persona es una pieza ¡y hay millones, billones de cajas a las que podrías pertenecer! Y más raro aun es que encuentres a las cuatro piezas que van enganchadas con vos. Nosotros estamos en la misma caja, Martín. Eso es seguro. ¡Nos reconocimos en cuanto nos vimos! 

M: Te creo. No sé por qué, pero te creo casi como si fueras solo una verdad que va por la vida gritando. Mucho cuidado con dejarme colgar de barriletes que no soportarían el peso de mis miserias. 

V: Tenés la facilidad de decirme cosas que me halagan de una manera completamente distinta de todas las maneras en las cuales me halagaron alguna vez. 

• •  10 de diciembre de 2008 • •  

V: Si seguís metiendo elogios en mi cabeza, voy a terminar explotando. La gente no va a entender qué me pasó hasta que los forenses lleguen a mi computadora. Y ahí van a querer perseguirte, pero vos tenés que correr mucho y muy rápido. De esa manera, podés iniciar una vida de fugitivo hasta que, en algún desierto de México, dentro de algunos años, encuentres a una nena chiquita que usa chupines violetas y habla con metáforas constantes. Vas a darte cuenta que se trata de mí de inmediato, y la reencarnación se te va a presentar como un hecho. ¡Volví a la vida y nos reencontramos! ¡Alabado sea Alá! 

• •  12 de diciembre de 2008 • •  

V: ¿Viste qué linda la sensación de escuchar canciones que fueron muy importantes para vos hace algunos años? Te da como un “no sé qué”. Como tomar sopa y agua fría, una después de la otra. Escalofríos en la panza. Te quiero, Matín. Definitivamente te quiero. 

M: Me pareció escuchar algo, como si me hubieran explicado para qué venimos al mundo. 

V: Antes que sea más tarde, antes que se me olvide, o antes de que se te desconecte la PC, te quiero decir gracias. Por preocuparte, tomarte el tiempo de hablarme, por todo. 

M: Me gusta leerte. Mucho. Hablo de eso con algunas personas. De una chica a la que me gusta leer. Aunque no me lo creas, aunque yo no me lo crea, no necesito otra cosa.

domingo, 2 de agosto de 2020

Cuarentenas eran las de antes

Por Martín Estévez

Ustedes, que creen que esto es aislamiento social, no entienden nada. ¿De qué cuarentena me hablan? Videollamadas, historias de Instagram, convivir con parientes, dar una vuelta manzana para comprar… ¡Esto no es aislamiento, señoras y señores! Aislamiento, lo juro por les donantes de plasma, es lo que viví hace exactamente 12 años. 

Todo arrancó a fines de julio de 2008. Tres manchitas en el cuerpo, llamada y rapidísimo diagnóstico: varicela. ¡Varicela a los 24 años! Me había contagiado de mi abuelo Víctor (tuvo culebrilla) y el médico fue terminante: 

–La carga del virus es grande. Si no lo aíslan, van a terminar todos enfermos. Y para personas adultas, contagiarse puede ser muy peligroso. 

No hubo anuncio presidencial ni tiempo para comprar víveres: diez minutos después cerraron la puerta de mi pieza durante tres semanas. No recuerdo si era todo tan distinto, si éramos medio pobres o si yo era anti-tecnología, pero no tenía teléfono celular ni computadora. Ni siquiera televisión. 

Pensalo en serio: que te encierren 21 días con un equipo de música, libros que ya leíste y Caladryl para ponerte cada ocho horas. Nada más. Te pica el cuerpo, mucho, todo. Si te rascás, la mancha queda para siempre. ¿Empezás a sentir lo que es aislamiento social en serio? 

Ni avisé al trabajo: no podía tocar el teléfono. Tati llamó a la revista Fox Sports y explicó que cualquier pregunta tenían que hacérsela a ella, y yo gritaría a través de la puerta si la fiebre lo permitía. 

La puerta se abría cuatro veces al día, en las cuales me dejaban, a distancia, agua y comida. En realidad, cinco veces: a las cuatro de la tarde la entornaba un poquito, ilegalmente, para escuchar a Fanny y Víctor hablar sobre los precios del supermercado Norte. Me emocionaba oír voces humanas tan cerca. Llegué a llorar mientras discutían si convenía comprar fideos moñitos o tapas de empanada para una cena. 

Encontré una malísima colección de rock nacional de la revista Noticias y la escuché completa: ni las canciones de Los Ratones Paranoicos me salteaba. El resto del día sonaba radio Metro como cortina de una vida en la que no pasaba nada. Solo mis pensamientos. A las 12 de la noche, cuando empezaba Dolina, las drogas ya me hacían delirar. 

Después, otro día igual. Y otro. Y otro. 21 veces. Sin historias para contar. Agosto de 2008: mi verdadero aislamiento. El primer mano a mano con mi cabeza, sin nada alrededor. 

Lo que más recuerdo es que no tenía vida social pero sí un plan: ser para siempre periodista deportivo, no perder a mis únicos dos amigos, que mi ex pareja volviera a amarme, vivir con ella y escribirnos cartas de amor en cada aniversario. Intuía que en 2009 o 2010, a más tardar, mi vida iba a tener rumbo definido. 

Jamás hubiera creído que llegaría otro virus, otro aislamiento, otra habitación solitaria. Pero mucho menos hubiera creído que a mi vida, 12 años después, solo le quedarían el cariño de Tati y el vegetarianismo. Que no habría ninguna otra coincidencia. ¿Qué pensarías si te dijeran que, dentro de 12 años, en tu vida no habrá nada de lo que existe hoy? 

Yo hubiera enloquecido, literalmente, si en 2008 me contaban que Rosana dejaría de doler, que el periodismo deportivo me sería indiferente, que mi abuelo moriría tan cerca de mis manos y mi abuela, tan lejos. Que Vanina me rompería el corazón, que yo se lo rompería a Tamara, que me iría a vivir solo a un departamento sin pasto ni balcón. 

Que practicaría esa locura del “amor libre”. Que Milito y Lisandro volverían y serían campeones, pero que en ese momento Racing me importaría menos que cambiar el mundo. Que estudiaría Letras durante 11 años, que todos mis amigues serían más jóvenes que yo, que mi familia se disolvería, que aprendería a vivir con ese vacío. Que en Argentina volvería a gobernar la ultraderecha, que la revolución feminista me haría repensar el mundo, que sería feliz durante años en ese departamento sin pasto ni balcón. 

Que por fin aprendería qué hacer cuando viera a alguien durmiendo en la calle. Que empezaría a escribir verdades en un blog, después en Facebook, después en un libro y después en todos lados. Que le rompería el corazón a Luz, que después ella me lo rompería a mí, que al final descubriría que nadie le rompe el corazón a nadie, que al final descubriría que nunca se sabe cuándo es el final. 

Que me dispararía la policía, que amaría las plazas y las confesiones bajo la lluvia, que sería un desocupado durante años, que una noche de 2020 lloraría agarrado a un teléfono y diría, lleno de honestidad: “Siento mucha vergüenza de esto que soy”. 

Que aprendería que darlo todo en cada ratito me permitiría dormir bien. Que a los 36 años no sería nada de lo que esperaba ser a los 36 años, pero que a los 36 años me querría más fuerte que nunca. Que aprendería que no es posible saber cuándo vamos a estar obligadamente solos durante muchos días. Y que nunca, pero nunca, podemos saber ni planificar ni suponer, ni advertir ni anticipar ni adivinar, cómo diablos será nuestra vida 12 años después. Ah, eso sí: estoy seguro que en 2032…

lunes, 20 de julio de 2020

Abrazame hasta que termine la pandemia

Por Martín Estévez 

Me rompe soberanamente los huevos andar ocultando por qué me preocupa tanto la pandemia. Estoy harto de caretearla todo el tiempo, de inventar que no quiero seguir encerrado o que tengo miedo de que muera la humanidad entera. A mí lo que me tiene angustiadísimo desde que empezó esta mierda del coronavirus, lo que realmente me mortifica, es recuperar un libro de Hernán Casciari. 

La clave del asunto es Florencia Leva. Pongo su nombre y apellido porque, si algo me pasa, ella será responsable. A mi (por ahora) adorada Florencia la vi por primera vez en 2012, no me acuerdo la fecha. El día en que conocí a Hernán Casciari, en cambio, no me lo olvido más: fue el 16 de julio de 2008. 

Meses antes, con Pablo fingíamos hacer periodismo para la revista Fox Sports pero nos la pasábamos boludeando. Una tarde señaló en su computadora un texto que se llama “Borges, desde el tablón” y me dijo: “Este tipo sería tu amigo”. Y desde que lo leí, ay, Hernán, te amo. 

Hernán Casciari vivía en España, acá lo conocía poca gente. Aquel 16 de julio de 2008 volvió a la Argentina después de ocho años para presentar un libro. Con Pablo dijimos que entrevistaríamos a un tenista y nos escapamos del trabajo para verlo. 

Gracias al (o por culpa del) gordo Casciari cambié para siempre mi forma de escribir: supe que si no arriesgo un poco la vida, si no hay violentas verdades escondidas cada dos líneas, ningún texto vale nada. Lo imité descaradamente y con orgullo. Con orgullo, también, recuerdo que en el primer número de su revista Orsai aparece mi nombre, porque compré 10 ejemplares para las personas que más quería. 

Comenté casi todos los 353 textos de su blog publicados hasta el 2013. Lo fui a ver hasta en la Universidad de La Matanza. En 12 años jamás pude evitar la amorosa envidia, o el envidioso amor, de decir “qué gordo hijo de puta” cada vez que escribe algo que yo hubiera amado escribir. Después siento culpa, porque “hijo de puta” es un insulto machista, pero igual no puedo evitarlo. 

Al principio, cuando se fue haciendo famoso, me sentí como alguien que sigue a una banda desde que toca para 10 personas y sufre cuando, de golpe, la escucha hasta su peor enemigo. Enseguida se me pasó y entendí que si sus textos escritos con las tripas llegan a más lugares, el mundo puede ser un lugar mejor. 

En 2011, el gordo abrió un bar en San Telmo, que como su blog y su revista se llamó Orsai. Todavía guardo una servilleta con el logo. Una noche estaba ahí y de pronto aparecieron Casciari (todavía vivía en España) y otras personas a recitar. Como siempre, el gordo me hizo hervir la pasión por lo que más me gusta en la vida después de la distribución de las riquezas: escribir. 

Hubo musiquita, paz. Hubo magia. Se hizo de madrugada y se me iba el último 74 a Lomas. Me acerqué a una mesita donde se reía con sus amigues. Lo interrumpí para contarle una pavada que había escrito sobre él en la revista El Gráfico

Cualquier reacción era esperable, menos la que tuvo: se alejó de la mesa, hizo fuerza para mantener la atención en lo que le contaba, agradeció con una sonrisa y me dedicó un libro suyo que, como siempre, yo llevaba en la mochila. 

¿Qué tienen que ver Florencia Leva y la pandemia con todo esto? Ya les explico. 

Hernán dice que la vida está grabada en surcos de un longplay, y que uno es la púa ciega que rasguña el vinilo. “Lo difícil –afirma– no es que suene la música (siempre suena), sino dar con el surco que a cada cual le corresponde. Una crisis es un salto antiestético en la canción. Encontrar otra vez la música correcta puede resultar muy complicado. A veces no ocurre nunca y enloquecemos. La locura es un disco rayado, es la desesperación que le hace repetir al desequilibrado la misma historia triste siempre”. 

Una de esas crisis, el gordo la resolvió en un viaje. Por eso, desde que empecé mi segunda gran crisis, en 2018, planeé un viaje desquiciado: presentí que en una placita de Ucrania volvería a sonar la música correcta. (Si alguien pensó que se trataba de un sensato viaje para conocer mis raíces, acaba de descubrir que gasté mis ahorros en una corazonada inspirada por Casciari). 

–¿¡ Pero qué tiene que ver esa tal Florencia Leva, hombre?! –ya escucho los gritos de ustedes. 

Para explicarlo, cito otra idea del gordo, la Teoría de los Guiños: “Funciona cuando la vida nos brinda una posibilidad, o nos ofrece un riesgo. En esos momentos, el mundo que nos rodea comienza a emitir gestos de complicidad”. 

Ojo: no está diciendo esa pavada de “cuando queremos algo el mundo conspira a nuestro favor”, sino que hay que descubrir 'cuándo' conspira a nuestro favor, porque una mala lectura nos puede cagar la existencia. “Las pequeñas desgracias cotidianas son productos de una mala decisión muy anterior, tan anterior que nos resulta imposible relacionar una cosa con la otra”, agrega el gordito lindo. 

La cuestión es que Florencia vive en España y la última vez que vino a Argentina me pidió algo para leer. En ese momento sentí el guiño, oí a Casciari susurrándome en los oídos, intuí que para que sonara la música correcta, mi viaje necesitaba algo más que la placita ucraniana. Le di a Florencia un libro del gordo y le dije que de regreso de Ucrania pasaría a buscarlo por España, donde ella vive, donde Hernán vivió, donde el libro había sido escrito. 

Enseguida saqué los pasajes. La placita ucraniana, el reencuentro con Florencia y con el libro de Casciari, el fin de mi crisis y el advenimiento de mi felicidad tenían fecha: 14 de abril de 2020. 

¿Entienden ahora? Estoy desesperado. Volver a tener ese libro en mis manos significaba que Ucrania, la placita, España, la música sonando en el surco que le corresponde, mi felicidad: todo había sido un presentimiento correcto. Significaba que la Teoría de los Guiños de mi gordo precioso no me iba a fallar. 

El viaje se canceló indefinidamente y nadie sabe qué pasará con el mundo. Cada noche le mando a Florencia audios como este:

–Che, vi que en España hay un rebrote del virus y otra vez vas a pasar semanas encerrada, qué bajón. Ah, otra cosita: ¿el libro está bien? 

Hasta que hace poco, entre medio de muchas otras cosas, Florencia deslizó: 

–A esta altura ni siquiera sé si voy a estar en España para cuando viajes, jajaja. 

Yo no me reí. 

Ahora resulta que el instante en que recupero el libro y suena la música correcta, el momento exacto de mi felicidad, no depende solamente de la pandemia, de la reprogramación del viaje, de que las aerolíneas no quiebren, de que en la placita ucraniana un rayo cósmico me sane el corazón. Ahora mi felicidad depende también de que Florencia no se mude a Francia, a Australia o a Corea del Norte. Ay, Florencia. 

Igual me parece que ustedes siguen sin entender. ¡No es la pandemia, la crisis ni mi felicidad lo que me tiene repleto de angustia, imposibilitado de dormir, vacío de hambre! Lo realmente terrible, doloroso, devastador si todo sale mal, ¿saben qué sería? Sería no haber sabido aplicar la Teoría de los Guiños, no haber reconocido las señales del destino. 

Lo fatalmente imperdonable, para mí, sería fallarle al gordo hermoso que me enseñó que si en ningún momento de un texto (atrás de los chistes, Florencia, Ucrania y la felicidad, atrás de los guiños, las teorías, el amor y respirar, atrás de mis palabras, tus ojos, los virus y el infinito) desnudamos que necesitamos un abrazo para soportar la angustia de existir sin saber por qué, entonces hay que borrar todo. Y, claro, empezar a escribir de nuevo.

viernes, 17 de abril de 2020

La psicóloga que no me entendía

Por Martín Estévez

Mi psicóloga me mira, casi con bronca, y me dice: “Martín, te angustia tu sexualidad, casi no tenés amigos, extrañás a tu ex novia, sentís que no hacés nada por el mundo… ¡¿Cómo podés sufrir por Racing?!”. 

Es lunes 21 de abril de 2008, y como cada dos lunes, a las 9 de la mañana estoy en el consultorio de Griselda, una señora grandota que fuma mucho aunque una vez me preguntó si me molestaba que fumara y le dije que sí.

–Le juro que antes pienso todo: que es solo fútbol, que nadie va a morir, que no puedo ser tan estúpido. Lo único que pido es un partido normal. Ganar 3 a 1, o perder 2 a 0, pero que no pase nada raro. Pero empezamos ganando 3-0 y Lanús nos empata 3-3 sobre la hora con dos goles en offside. Yo sé que para usted es difícil de entender que me ponga así... 

 –Sí, es difícil de entender. A veces se gana y otras se pierde… 

–Nosotros no ganamos nunca. Es la tercera vez este año que empezamos 3-0 y no ganamos. Estamos por irnos al descenso. Y el juez avisó que si Racing desciende, no puede pagar la quiebra y el club desaparece. 

–Te soy sincera, el fútbol no me interesa, pero voy a tratar de enterarme los resultados, al menos. Para saber cómo esperarte. 

• • • • • 

Lunes 5 de mayo, 9:22. Un día antes, Racing perdió 3-2 en Rosario.  

–Cuando ganábamos 1-0, me dije “no te ilusiones” –le explico a Griselda–. Nos hicieron dos goles y estaba lo más tranquilo. Cuando empatamos sobre la hora no sabe cómo grité. Pero al minuto 49, ¡cuarenta y nueve!, el Kily González tiró mal un centro y nadie sabe cómo entró la pelota. Me paré, dije “buenas noches” y me fui a caminar por el barrio, me cagué de frío, lloraba y temblaba, fue horrible. 

–Decís que te preocupa que Racing desaparezca. ¿Qué pasa si deja de existir, Martín? ¿Qué pasaría con vos? 

–Es lo que hago, de lo que trabajo, voy a la cancha con mi primo y mi tío, recorto diarios. Es lo que me hace gritar y enojar y me hace sentir vivo. 

–¿Sabés que vi el partido con mi marido? Él también dijo que no pueden tener tanta mala suerte, que siempre les pasa lo mismo.

• • • • • 

Lunes 19 de mayo, 9:14. Griselda me mira seria y fuma. 

–Hago todo lo que puedo. El fin de semana fui a Campana para no sentirme solo, para estar con mi único amigo. Decidí ver el partido con su familia. Me preparé, le juro que me preparé, hasta para perder 6 a 0 y no ponerme mal. Empezamos ganando y traté de no ilusionarme. Pero pasaban los minutos y pasaban y pasaban. Seguíamos ganando. Se me pusieron los ojos llorosos. El papá de Pablo, que es de Boca, me dijo: “Ya termina, hoy ganan, se lo merecen”. Y sobre el final nos empataron con un gol con la mano y en offside. ¡Con la mano y en offside! Y encima después… 

–Les hicieron otro gol en el minuto 49 –completa Griselda–. Sí, lo vi. Les pasó lo mismo que en el otro partido. Hasta a mí me resulta inexplicable. 

–Y me la aguanté calladito, hasta acepté un café, disimulé, pero después volví llorando tres horas y media desde Campana hasta mi casa. No puedo entender por qué me pongo así. 

–Martín, ¿sabés qué pensaba mientras miraba el partido? Que hablás de Racing usando el “nosotros”. Tenés que romper esa simbiosis. Si Racing desaparece no desaparecés vos ni las cosas que hacés. 

• • • • • 

Lunes 2 de junio, 9:36. Racing empató 0-0 con Independiente y sigue en serio peligro. 

–Hoy que estuviste más tranquilo pudimos terminar el rompecabezas –dice Griselda, satisfecha–. Ser de Racing con fuerza fue tu respuesta inconsciente después de esa noche en que tu papá gritaba desde la reja que vos tenías que ser de River. Y durante tu infancia, y tal vez también ahora, fue tu único lugar, tu refugio, tu identidad, de alguna forma esas 30.000 personas que sufren en la cancha son tu grupo de pertenencia. Y por eso tenés miedo de que desaparezca: para no quedarte solo. 

–Y lo otro que dijo también tiene sentido: que le haya ido siempre mal aumentó mi identificación con Racing, porque a mí también siempre me iba mal. 

–Exacto. Entender te puede ayudar, Martín: vos necesitás ser otra cosa además de Racing. Necesitás otros espacios, otros refugios. Vos no sos Racing y Racing no es vos. No hay un “nosotros”: son Racing y vos. Por separado. 

• • • • • 

Lunes 23 de junio, 9:26. Racing perdió 1-0 contra Colón y jugará la Promoción contra Belgrano para saber si desciende o se salva. 

–No sé ni qué decir –le digo–. No tengo ganas de hablar. Cambiamos la fecha de esta sesión por si pasaba esto. Y pasó. Y no sé qué decir.  

–Es increíble, otra vez en el minuto 49 –reniega Griselda–. ¡Y mirá que tuvieron chances! Toda esa gente que fue a Santa Fe, y estuvieron tan cerquita de ganar y salvarse… 

–Hace años que estamos yendo a todos lados, que estamos cerquita de algo, y siempre termina igual. Todo el dolor que me llevó entender por qué sufro por Racing y ahora lo único que pido es que no se vaya al descenso, que no desaparezca. Nunca pido la gran cosa: algunos amigos, algunos ratos felices, algo que no me haga sentir tan solo. Me siento un pelotudo por llorar por esto, acá, ahora, con usted, pero es como un símbolo de mi vida esta mierda: tanto esfuerzo para que todo termine mal. Pensé en no venir, estuve una hora y media viajando como el orto, el tren, el subte, tratando de no enojarme, y ni sé qué decirle ahora. A usted le debe parecer una pelotudez con tanta gente muriéndose de hambre, y a mí también, pero nomás quisiera que una vez algo salga bien, abrazar a mi familia contento en vez de pasarme el domingo llorando. Me doy vergüenza, y lástima, y ya no sé. 

Griselda me mira con frialdad y, aunque es temprano, da por terminada la sesión. 

–Te espero el lunes a las 9 –me dice. 

• • • • • 

El 29 de junio de 2008, Racing le ganó con sufrimiento a Belgrano y se salvó del descenso. Lloré, canté, grité y me abracé en la cancha y en mi casa, me teñí el pelo de celeste. Pero lo que nunca voy a olvidar pasó un día después: el lunes a las 9, en el consultorio de Griselda. Entré, apagó el cigarrillo, me miró con cara rara. Se me acercó, me abrazó fuerte y me dijo:  

–Nos salvamos, Martín. Nos salvamos.

jueves, 9 de abril de 2020

Héroes por un día

Por Martín Estévez

El 10 de abril de 2008 cumplía 24 años y buscaba amor desesperadamente. Mi familia me quería, pero necesitaba amigues: tenía uno solo y vivía en Campana. Entonces agarré mi sueldo, compré cerveza, chizitos y sánguches de miga, y mandé un mail a 32 personas invitándolas a mi cumpleaños. Me angustiaba seguir sintiéndome solo, estar solo para siempre. Y extrañaba a Rosana. 

Sin embargo, las cosas no… No, no. Esperen, esperen en serio: freno acá. Ahora mismo, mientras empiezo el segundo párrafo, me doy cuenta de que me estoy por mandar una cagada. 

No por haber dicho Rosana (pobre santa, pronto dejo de nombrarla) sino porque estoy a punto de contar otra historia de fracaso. Y no lo voy a hacer: les juro que estoy cambiando ahora mismo la idea del texto. Iba a exagerar mis expectativas de ese día, transformarlas en decepción y contar que después estuve una semana comiendo sánguches rancios que sobraron, porque no fue nadie. Pero es mentira. 

Y si freno acá es porque Miguelito, mi psicólogo, me viene rompiendo las bolas con la “lectura” que hago de mi vida. Dice que siempre cuento la verdad, pero solo una parte, la que más duele, la que no me deja ni siquiera una piecita para rearmar algo mejor. No se lo pienso admitir, pero puede que tenga razón. 

Es verdad que sería muy forro si me quedara solamente en la burla a mí mismo, en decir que era un muñecote aburrido y melancólico, en que 30 potenciales amigues ni me saludaron. Sería muy forro con tres personas. 

Sería muy forro con Fran y con Christian porque estuvieron ahí, brindando conmigo. No se convirtieron en mis amigos, de hecho nunca más los vi, pero qué carajo importa. Lo que importa es que esa tarde, si no hubieran ido, habría estado ocho horas esperando que por favor alguien tocara el timbre, y nadie lo hubiera tocado. La angustia habría sido fulera: me hubiera sentido humillado ante mi familia y ante mí mismo. Pero no: ellos leyeron el mail, se lavaron los dientes y fueron a mi casa a darme un abrazo. No merecen un texto lleno de desdén: esa tarde se convirtieron en héroes. 

Y también sería muy forro conmigo, porque esas “lecturas” que hago de mi vida muchas veces me hacen mierda: soy siempre el que nunca se sale de sus estructuras, el soberbio, extremista y rencoroso, el miope abandonado, el que se queda solo en las organizaciones, el sexualmente incomprensible, el que no tiene profesión, familia propia ni trabajo estable, el que no escapa jamás de sus obsesiones. 

¡Y es mentira, la concha del pato! ¡Es mentira! Todo lo que nombré tiene mucho de cierto, pero no todo. Ahora mismo, cambiando este texto, escribiendo lo que se me canta, lo demuestro. Aunque persigo la fantasía de un día cambiar todo junto, puedo pensar que estoy cambiando todo de a poco, todos los días, todo el tiempo, ahora mismo. 

Si no hubiera cambiado… ¿por qué no me parezco en nada al de 2008? Para empezar, tengo amigues. Agusita, Leandrín, Cami, Andreycito de mi alma, Lujanita… ¡Ay, cuántos audios de mierda les mando cuando estoy triste! Y elles ya saben que, como siempre, quiero usar una fecha de excusa para perseguir la fantasía de cambiar todo. ¡Ya sé que no se puede!, pero voy a seguir intentando milagros hasta que alguno se rinda por cansancio. Y mi nueva fecha para cambiarme el mundo está acá nomás. 

Mañana, 10 de abril de 2020, vuelvo a cumplir años. Esta vez sí que nadie va a tocar timbre, porque vivo solo y estoy aislado por una pandemia mundial. Pero no importa: no hay momento ideal para avanzar salvajemente hacia la felicidad, hacia lo imprevisible, o al menos hacia lo que nos permita escribir buenas historias en el futuro. Lo importante del cumpleaños de 2008 tal vez no fue quién fue y quién no, sino haber mandado esos 32 mails para que pasara algo. 

Así que les pido por el amor de lo que más quieran, ayúdenme a hacer de este cumpleaños algo memorable: sean heroínas y héroes por un día y comenten algo que haya hecho por ustedes, un día en que les haya sorprendido, lo que sea, pero cuéntenme algo. Ayúdenme (porque también tengo que aprender a pedir ayuda) a pensar que en estos 36 años de vida pude construir historias, muchas historias, que nos hagan sonreír.

lunes, 6 de abril de 2020

Mis noches en el infierno

Por Martín Estévez

A principios de 2008 acumulaba un año sin besos, trabajaba 11 horas de lunes a viernes, Pablo era mi único amigo, Racing era siempre tormenta y extrañaba a mi ex novia. Mi vida era una lastimadura llena de sangre y de tierra, muy a punto de infectarse. Tenía 23 años y viernes y sábados, a la noche, no sabía qué mierda hacer. Entonces caía en mi droga de esos tiempos: las salas de chat. 

Intuyo que poc@s de ustedes han estado en ese infierno. Les cuento: entrabas a una página (en mi caso, tuchat.com) y había salas con distintos nombres, como “Argentina 1”, “Argentina 2”, “México 1”, “Menos de 20 años”, “Solo solteros”, “Infieles”, etcétera. El cupo era limitado: tenías que buscar una con poca gente o esperar a que alguien saliera para entrar. 

Solía meterme en alguna de Argentina. Sólo veía nombrecitos inventados y un diálogo entre 30 personas que avanzaba rapidísimo. Casi siempre eran varias conversaciones a la vez. La mayor parte, supuestos hombres intentando levantarse supuestas mujeres. “Levantarse” era pasar al chat privado. 

Había en esos chats algo que todavía me aterra. Personas (hoy les llamarían “trolls”) que, apenas entrabas, se ponían un nombre parecido al tuyo y, a lo que decías, lo transformaban en una grosería perversa. Si yo aparecía como “Martín” y respondía: “Acá, comiendo una pizza”, enseguida (muy muy enseguida) aparecía alguien con nombre Mar.tín y decía: “Acá, comiendo una pija”. Perdonen, pero así de grotesco era el asunto: una y otra y otra frase era replicada (muchas veces con sorprendente creatividad) con un detalle sexual o escatológico.

Era monstruoso: ¿por qué miles de personas hacían eso todas las noches en todas las salas? Sigo queriendo saberlo: es de las cosas más raras que viví. 

La lucha era feroz. Había que ignorar a los trolls durante una horita y empezaban a aflojar. Tipo 2 de la mañana, entonces, quedábamos l@s 6 o 7 que habíamos sobrevivido, cansad@s tras la batalla, y sin saber bien qué hacíamos ahí. Entonces aparecía mi magia: ponía sobre la mesa del chat una verdad. 

Empezaba contando mi fracaso y les decía a todes que, si estábamos en esa sala infernal un sábado a la madrugada, era porque nuestra vida era incluso peor. Pero que no tuvieran miedo, que había que tener paciencia y valentía para salir de ese pozo negro que nos hacía buscar cariño u olvido en nombrecitos desconocidos de tuchat.com

De a poco, todes admitían su dolor y cerca de las 4 de la mañana ya éramos casi familia, los cuatro que quedábamos nos jurábamos querernos para siempre y, a veces, nos pasábamos los mails para escribirnos si nos sentíamos tristes. Era un final épico y mentiroso, humillante y esperanzador. Casi nunca volvíamos a escribirnos, pero las horas habían pasado y era más fácil dormirnos llenos de confusión o mentira que vacíos. 

Llegué a conversar por MSN con algunas personas y las perdí en el camino: la bibliotecaria mendocina que quería conocerme, el pibe que agradecía mis palabras de aliento, la mexicana que nunca supe si me gustaba o si me gustaba conversar con alguien desconocido de otro país. 

Pero la historia que más recuerdo es la de “verdecita”: una chica que estaba siempre en la misma sala hasta que un día nos pasamos los MSN. Atravesaba una situación llena de violencia, y espero haberle dado cariño en medio de su dolor. 

Ella (me decía “viejito” porque mis 23 años le parecían muchos y no creo que recuerde casi nada de esto) fue la única que atravesó redes sociales: todavía la tengo en Facebook. Cada tanto entro a su cuenta para recordar esos infiernos, para adivinar su presente, para saber si es feliz. Siempre le deseo el bien: cómo no, si fuimos amigues en el infierno. 

Doce años después, intuyo que todes tenemos un infierno artificial que reemplaza al peor de los infiernos: a una soledad triste, a la angustia de no saber para qué vivimos, a las noches con gusto a nada. Imagino que los infiernos de mentira de hoy son las historias de Instagram, las biografías de Tinder, las charlas vacías de WhatsApp. 

¿Y yo qué hago sin mi chat infernal? Cuando me acechan fantasmas de mi vida, canciones del pasado, ausencias del futuro, prendo la computadora y en este chat gigante que son las redes sociales, hago mi magia: ahora enfrente de todes y rodeado de caras conocidas, empiezo a contar una verdad.

miércoles, 8 de enero de 2020

Flashear amor

Por Martín Estévez 

Me muero de vergüenza si Micaela lee este texto. Sé que pasaron 12 años y ella apenas se debe acordar de mí: eso lo hace peor. ¿Cómo pude flashear amor de la nada, inventar tanta mentira, falsear la realidad? ¿Cómo pude haber estado nueve meses pensando en alguien a quien casi no conocí, en alguien a quien (ahora me resulta más ridículo todavía) vi apenas una vez en la vida? 

En realidad, la había visto sin verla: Mica y yo trabajamos un año (entre 2004 y 2005) en el mismo edificio. Cuando bajaba a saludar a amigues periodistas, ella a veces estaba, pero me pasó desapercibida. 

La única vez que la vi en serio fue el 27 de abril de 2008, en el casamiento de una periodista. No sé cuánto habremos estado en la fiesta, tal vez tres horas, pero yo la adoré. Mica me pareció divertida, inteligente, agradable, humilde, ingeniosa y no sé cuántos adjetivos más, que hoy me resulta sospechoso se descubran en tres horas. 

No pasó nada de nada. Solo conversamos durante algunos ratos, quejándonos de algo o burlándonos de alguien. Recuerdo un diálogo:  

–Mica, ¿viste la pelícu…? 
–¡No, no la vi! 
–Pero si ni siquiera… 
–¡Es que, siempre que me preguntan eso, nunca pero nunca la vi! 

A mí me encantó enseguida. Aunque no hubo ninguna señal que indicara que Mica estuviera interesada en amarme por toda la eternidad, me agarré de sus sonrisas cómplices para ilusionarme. 

Le pedí su mail a una amiga en común y 19 días después le escribí. Pongo todos estos datos insípidos porque, si no, este texto sería cortísimo: con Mica no pasó casi nada, o todo pasó en mi cabeza. 

Del mail pasamos al MSN, y conversamos con bastantes interrupciones entre mayo y diciembre de 2008. En septiembre me agarró varicela (¡varicela a los 24 años!) y, como no podía chatear (estaba encerrado para no contagiar), hablamos algunas veces por teléfono. Ahí terminó de encandilarme. Poco después le escribí uno de esos poemas supermelosos que solía escribir, que nunca le mostré y que tampoco pienso mostrar ahora. 

A principios de 2009, todo terminó de golpe. Se suponía que alguna vez íbamos a vernos (o yo había entendido eso), pero de un día para el otro Mica dejó de hablarme. No entendí bien qué pasó; probablemente notó que yo la adoraba y que a ella no le pasaba lo mismo. 

Y así como vino, mi amor por Mica se fue. Algunos meses después, dejé de pensar en ella. 

Hoy, doce años después, pienso que ese fue un amor inacabado, unilateral, un amor cobarde. Un amor que me inventé para pensar fuerte en otra persona que no fuera Rosana, esa primera novia que un año antes me había roto el corazón. 

No le estoy quitando méritos a Mica (seguro era tan genial como yo la imaginaba), sino dejando en claro que más del 80% de mis ideas sobre ella eran fantasías. Hoy entiendo que si durante nueve meses una persona no te dice que quiere verte, es sencillamente porque no tiene ganas de verte: le alcanza un mail, un mensaje por MSN, un llamado. En 2008, yo no lo entendía: yo flasheaba amor donde no lo había. 

Me aterra recordarme a los 24 años con una visión torpemente romántica, con tantos meses que perder esperando cosas que no pasarían, ¡escribiendo un poema para alguien que había visto una sola vez! Pero entiendo también que Micaela fue un espejismo que inventó mi cerebro para que dejar de hundirse por el pasado e inventar algo nuevo, lo que fuera. Deseaba tanto que las conversaciones con Mica no terminaran que no había lugar para desear que Rosana volviera. Y eso, para el Martín de 2008, era un montón. 

Hablar de Mica con Pablo, hablar de Mica en el trabajo, hablar de Mica conmigo mismo. Una buena parte de mi 2008 fue eso. Y ya no me avergüenza tanto. Durante mucho tiempo no viví amores reales, sino dolores disfrazados. En esos más de dos años sin un solo beso apasionado, sin un solo abrazo intenso, sin nadie que quisiera amarme para siempre, en esos más de dos años llenos de marea, desamor, vacío y reconstrucción, Mica fue una esperancita voladora, una idea que nadie concretó, un colectivo fuera de línea que no paró en la madrugada. 

Sin embargo, amigarme con ese mamarracho que fui a los 24, siento, me va a amigar un poco con el mamarracho que soy a los 35. Para salir de aquel pozo, flashear amor fue parte del recorrido. Para salir del cráter enorme en el que estoy, tendré que equivocarme también. Equivocarse, Martín, es parte del camino; reconocer los errores, parte de la solución. Me homanajeo a mí mismo, a mis errores y a todes les que ahora mismo están flasheando amores que no existen, compartiendo aquella poesía que le escribí en 2008 a Mica, el amor más irreal de mi vida. 


Extracto del mundo 
caligrafía exacta 
mi perdición sos. 
Futuro ansioso 
efervescencia 
tu halo sos. 
Herida eterna 
abierta 
espontánea sos. 

Adoro la maldición de tus ojos 
infinitos, diáfanos, vívidos. 
Adoro tu infancia incompleta 
un hilito de tu vida, tu voz. 

Mi contradicción 
tu historia 
ventanales sos. 
Una exageración 
tres gestos 
cinco flores sos. 
 El mejor error del mundo 
navega en tus piernas, 
pero me fiaste un cuento. 
Ignoro el secreto 
que ya sé: 
dolés tanto... 

Profunda 
absoluta 
la inmensidad sos. 
El pasado de un abrazo 
la foto de un espejo 
lo imposible sos. 
Felicidad a cuerda 
casa de muñecas 
mil libros sos. 

 No sé leer tus dedos. Todavía. 
Te regalo ideas, comprensión y cien vidas. 
No me masacraste. Todavía. 
Bendigo en silencio esa tarde de abril. 

 Ay, no: qué vergüenza. Ojalá Mica nunca lo lea.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Se me murió una vida

Por Martín Estévez

El día que presenté mi libro, “Lo hago para que me quieran”, fue uno de los más felices de mi vida. Yo no lo sabía, pero aquel 25 de marzo de 2018, también, empezó el fin de mi felicidad. 

“Lo hago para que me quieran”, qué curioso todo, se había convertido en mi forma de ser, de actuar, de pensar, de amar. Todavía no sé si fue una forma de vida buena o mala, porque entre 2013 y 2018 generó mis felicidades más largas; pero terminó hundiéndome en esta tristeza tan inmensa. 

Fui feliz en 2000, 2003, 2005 y 2009, tengo bien identificados los momentos. Semanas, a veces meses enteros. Pero nunca como sucedió entre 2013 y 2018: bloques gigantes de felicidades intensas, construcciones llenas de sinceridad, tal vez algún año entero (¡un año entero!) sin que la angustia existencial le ganara a las formas del amor. 

Yo “lo hice para que me quieran” otras personas, pude poner a un Martín social sobre mis deseos individuales, porque tenía amores asegurados, dónde ser abrazado, dónde descansar: mi familia, mi pareja, un trabajo estable, los viajes a la nada, los partidos de Racing, mis amigues, Etiopía. 

Hasta el 25 de marzo de 2018, con temblores, el modelo “Lo hago para que me quieran” aguantó bien. Nueve meses después, el edificio se destruyó y todavía duermo entre escombros. Son muchos, y difíciles, y me duelen. 

Las 7 patas de mi estructura, en apenas nueve meses, fueron atacadas. Algunas directamente estallaron en mil pedazos; otras tratan de rearmarse con las partes que quedaron. 

Me hice bastante el pelotudo, es verdad. Tardé nueve meses en asumir lo que no había podido ver durante la tristeza ni durante la felicidad, tal vez casi nunca en mi vida: que necesitaba ayuda. Que necesito ayuda. 

En medio de la catástrofe, llené los huecos que dejaron las cosas que me daban alivio con presiones: espacios y actividades en las que mi función era (es) colaborar, mediar, coordinar, ser paciente, respirar hondo, resolver, insistir, enseñar, construir, perseverar, esforzarme, respirar hondo de nuevo, insistir más fuerte, no aflojar la vena del cuello hasta que algo en este mundo de mierda sea más justo. 

Desde que me despertaba hasta que me acostaba, desde que me despierto hasta que me acuesto, durante nueve meses fui enterrando al Martín que sufre en Año Nuevo, que imita a Fito Páez, que necesita matecito los domingos, que quiere que alguien lea con las tripas lo que le sale de este llanto desgarrado. Lo silencié, con todo el dolor que siempre me generaron los silencios. 

Un lunes de hace dos meses, el Martín individual que tengo adentro se rebeló contra la opresión del otro, el Martín social que tiene que seguir siendo y haciendo aunque ya no haya alivios ni refugio ni nada que haga soportable el renacimiento del monstruo que me despertaba a los 10 años: el terror a que nadie pueda entenderme, a la soledad intelectual y, muchísimo más, a la soledad emocional. Siento el terror en la nuca, un escalofrío en estos dedos que tipean. Lo tengo acá al monstruo, mientras escribo, y me hace doler la panza. 

Necesité pedir ayuda. Yo (el hombre blanco que tuvo agua potable y comió todos los días, el heterosexual obligado a cuestionar sus privilegios y sin derecho a ningún derecho) tuve que humillarme y reconocer que no puedo solo, caer en el ejercicio más individual y burgués que se me ocurre: ir a un psicólogo. Pagarle a un señor desconocido porque ya no sé para dónde salir corriendo, o si dejar de correr, o si volver hacia ningún lado. Tuve que sentir esa aguja en la médula espinal que significa para mi ego asumir que no soy omnipotente. 

Y, enseguida, descubrir que esa omnipotencia del orto también estaba tirando a la mierda mi edificio. Metidita adentro, qué sé yo si era bondad, soberbia, confusión, presión social, estigma, vocación, estupidez, un poco de todo, no sé, y puedo no saber porque no siempre puedo saber todo, ni siquiera de mí. Por eso pedí ayuda en estos últimos 13 días: porque ya no pude más. Porque ya no puedo más. 

Habrá que volver a escuchar al nenito asustado que siempre fui por dentro: todavía me asustan la noche, las ratas, que se vayan a vivir lejos, la mesa larga del pasado. Me aterra la imperfección de mi cuerpo, que alguien me vea totalmente desnudo, me paraliza de miedo llegar a los 50 años sin familia y cenar solo, en una mesa chiquita, todos los domingos a la noche. 

La concha del mundo, Martín: hace seis meses no usás la excusa de escribir sobre el pasado para sanarte el presente. Ni siquiera eso hacés, cabezón. Te estás lastimando profundo. Me estás lastimando profundo. Me estoy lastimando profundo. 

Les estoy pidiendo ayuda. Que me tengan paciencia, que me digan cosas lindas, que no me exijan nada mientras hago el duelo de la vida que murió. Por ahí estoy siendo extremista, por ahí haber sido extremista fue parte de esa muerte, pero igual déjenme, déjenme ser lo que pueda ser, lo pido por favor y tapando mi cuerpo que ni siquiera yo puedo ver desnudo. 

Confieso mi derrota y mi tristeza, por fin y después de tanto. 

Lo hago porque hoy no me importa una mierda nada que no sea la verdad fuerte de adentro que nos hace tirar los objetos que nos torturan, nada que no sea escuchar a eso que fuimos durante el primer beso feliz, durante la primera valentía bajo la lluvia, eso que somos cuando tomamos la decisión que nos mata de miedo y nos hace llorar y nos hace abrazar a la persona que nos ayuda a tomar esa decisión. Lo hago porque no siempre podemos sol@s. 

Lo hago porque no voy a poder luchar por otres si no lucho ya mismo por mí. Lo hago por el nenito de 8 años que miraba su cuerpo desnudo con miedo a que esa deformidad lo convirtiera en un monstruo, o lo matara. Lo hago por el adolescente de 15 años que pidió un turno en un urólogo y con voz temblorosa le dijo a un desconocido: no sé qué tengo, necesito ayuda. Lo hago por el adulto de 35 años que pidió turno en un psicólogo y con voz temblorosa le dijo a un desconocido: no sé qué tengo, necesito ayuda. Lo hago para volver a jugar, lo hago para escribirlo después, lo hago porque lo merezco, lo hago para dejar de acariciarme una mano con la otra cada noche de angustia. A partir de esta vida, no lo hago para que me quieran: lo hago para quererme.

lunes, 10 de junio de 2019

La Gira del Desamor

Por Martín Estévez

En el 2007 yo era un potus. Tenía 23 años y perseguía un rígido plan en el que sería siempre prolijo, amaría siempre a la misma mujer y me convertiría poco a poco en el as del periodismo deportivo. Recién cuando Rosana me dejó, me di cuenta de que mi vida era una poronga. 

Lo primero que recuerdo después de la catástrofe es que me escapé a Neuquén con Tati, pero su recuerdo estaba en cada lago Huechulafquen. Después dejé de comer vacas y gallinas. ¿Cómo pensar en carne cuando te sangran las tripas? Todo fue apenas la previa de la verdadera fumata: la Gira del Desamor

Como no sabía qué hacer, decidí que durante seis meses, entre el 1° de julio y el 31 de diciembre de 2007, debía hablar sobre mi tristeza en todos lados, todo el tiempo, y hacer algo nuevo cada día. Lo que fuera: tragarme un chicle, viajar a Villa Bosch, subirme a un dromedario. Algo que jamás hubiera hecho. 

Compilaría todo en un libro cuya tapa arrancaría siendo la cara gigante de Rosana; se sumarían caritas pequeñas de quienes participaran de alguna manera. La tapa quedó horrible pero me parece una gran metáfora: los ojos de Rosana espiando y todes les demás ocultando un poco su recuerdo. 

Como no había hecho casi nada, fue fácil probar cosas nuevas: tomé vino y cerveza, fui solo a un boliche, vi a Les Luthiers con mis primos y mi tío, a Gabriel Rolón (el psicólogo) con Chuna, a Alejandro Dolina, a Fito Páez, leí a Hernán Casciari por primera vez, volví a terapia después de 13 años. 

“También está nevando sobre tu nariz” pensé el 9 de julio, durante la única nevada en Buenos Aires en cien años. “Nos deja embarrados en el silencio, olvidados de Dios. Indisoluble, inmodificable, estúpidamente lógica”, escribí sobre la muerte tras un funeral. “Qué día el de hoy, cuando mis abuelos sonreían por la mañana y todavía soñaba con que ella volvería”. Esa paradoja barata, esa nostalgia adelantada, evidencia la forma melosa en la que escribía en 2007. ¡Ay, qué pesado era! 

Algunas “cosas nuevas” fueron más osadas: una muestra artística ¡en una iglesia de Temperley!, la primera cita con alguien que conocí en Internet (qué mal la pasé), la exitosa rebelión de empleados contra un jefe corrupto, mi primer blog, votar a Pino Solanas, ser modelo publicitario. También empecé a gustar de mi amiga Julia y fuimos juntes al cine.

“¿Dónde te veré la próxima vez? ¿Creeré que sos la misma, creerás que soy el mismo?”, me pregunté mientras viajaba a Campana con mis únicos amigos, llamados Pablo. Pronto supe que Rosana estaba en pareja, entonces huí del país y me fui a sufrir a Uruguay. Racing supo acompañar ese momento de mi vida: perdió 4-3 un partido que iba ganando 3 a 0. 

“Aun apagada, tu voz está más encendida que toda mi furia”, dice el Diario del Desamor que todavía guardo. 

Una noche volví caminando a las tres de la mañana bajo una tormenta imposible. En la última parte de la gira, inventé la “recorrida laboral” (visité a seis personas en sus trabajos el mismo día), acompañé a mi abuelo Víctor a cobrar su jubilación y, a fuerza de speed con vodka, me emborraché por primera vez, en una fiesta de disfraces y con mis primos alrededor. 

En la escala anímica que ya usaba, la del 0 al 37, empecé la gira en 13 y la terminé en 22. Lo sé porque el diario va marcando los cambios: “Un 21 que se parece mucho a un 20 y mi vida que se parece mucho a tu sombra”. 

Si la separación se pareció a morir, la Gira del Desamor fue como renacer. La angustia no me tiró en la cama, me sacó a la calle, a la lluvia, al riesgo, a vivir. Al principio quería algo para contarle a Rosana cuando volviéramos; después asumí que tenía que hacerlo por mí. Durante la Gira del Desamor no fui feliz, pero empecé a construir el Martín que soy ahora. 

El otro día alguien me acusó de escribir siempre con moraleja, Y sí, tiene razón. Cuento esto para que las que están angustiadas, los que odian su vida, empiecen a romper sus estructuras como les salga. Oblíguense, como me obligué durante 184 días a no ser un potus. Inventen sus giras, sus propias excusas para animarse a lo nuevo. Descubran que vivir da miedo pero está buenísimo. 

“Soy tu voz cuando censuró mi sonrisa y la palabra que me la devolvió –escribí en la última página del Diario del Desamor–. Soy cada demente que se subió a mi tren descarrilado y le cambió el recorrido. Soy nostalgia gigante, nervios encriptados, imágenes de regalo que me atragantan. Soy este conteo final en el que mi familia, como símbolo de todos los ellos que acariciaron mis heridas durante seis meses, abraza un final que invita a nuevos comienzos. La Gira del Desamor ya nació, ya me sonrió y ya se fue. Como ella. Como todo”.