Por Martín Estévez
Todo empezó con Jorge Díaz. Estábamos en 4ºC, turno tarde, y Graciela Tacconi, nuestra maestra, explicó por qué a veces le compraba un alfajor a Jorge. Era cuando le preguntaba qué había comido durante el día, y él respondía “nada”.
Jorge, que hasta ese momento era un flaquito malo que nos podía fajar con una mano atada, dejó de ser un villano. De algún modo, comenzó a parecerme casi justo que nos cagara a trompadas. A él, el mundo le venía pegando desde mucho antes.
Terminé 9º grado en el ’98. Mis compañeros ya habían perdido la ingenuidad y empezaban a fumar porro. Mauro había salido en el diario por llevar revólver a un colegio; poco después se caería de un techo en un intento de robo y empezaría un tratamiento para dejar de drogarse. La última vez que lo vi fue hace ocho años; me visitó para contarme cómo iba su recuperación. No sé qué fue de él.
A partir de los 18 años empecé a frecuentar sectores sociales opuestos. Cuando Tati me convenció de que estudiara en un terciario privado, me sentí incómodo. Mis compañeros... ¿cómo decirlo? Eran de otra clase. Yo nunca pasé hambre, pero para no pedir plata para viajar (la cuota sí me la pagaban) repartía volantes y, al principio con ayuda de Víctor, vendía diarios y cartones.
Las relaciones de pareja también me transformaron en esto que soy. Primero tuve una novia hermosa que sufría las desigualdades sociales. El método para comer en su casa era el siguiente: los cinco integrantes de la familia ponían las monedas que tenían, ella iba a la carnicería, dejaba las monedas sobre el mostrador y le pedía al carnicero que le diera milanesas, las que alcanzaran con esas monedas. A veces no eran más de tres.
Después tuve otra novia hermosa que luchaba contra esas desigualdades sociales. Que militaba, que se conmovía, que ponía en práctica cosas que yo, siempre tan apático, sólo manifestaba en teoría. Tal vez fueron demasiadas las veces en las que nos olvidamos de acariciarnos para discutir sobre comunismo, sobre la función del Estado o sobre movimientos piqueteros, pero no me arrepiento de que haya sido así.
En el medio, empecé a ir a las marchas de las Madres de Plaza de Mayo, a las de la Noche de los Lápices, a las del 24 de Marzo. Compartí muchas horas con imbéciles terratenientes, con dueños de campos de polo, pero también con integrantes de La Poderosa. Escuché a los cómplices del sistema quejándose por los cortes de ruta, contra los valientes que luchan por nuestros derechos, mientras me interiorizaba en las ideas del FOL y veía a la injusticia social más de cerca.
Me anoté en una universidad pública con el único fin de aprender y compartir. Debatí con los del centro de estudiantes, con profesores, con compañeros. Me entusiasmé con la sociología, con Marx, con Foucault, con Adorno, con Althusser.
En todo este tiempo, entendí que lo que me pasa desde los 9 años, la incomodidad de tener cosas que otros no tienen, la sensación de que, aunque me cagara a trompadas, Jorge no tenía la culpa de nada, no era un trauma mío, sino una consecuencia de miles de sucesos que ocurren desde hace siglos. Supe que no soy el único que tiene más ganas de cambiar la realidad que de conocer Estados Unidos.
Ahora puedo decir, desde mi corazón y desde mi cabeza, después de pensarlo y de sufrirlo, que los que piden cárcel para chicos de 12 años, los que creen que las personas son mejores o peores según su nacionalidad, los que se sienten superiores a otros no son ni serán nunca más mis amigos. Aunque me duela, los que dicen que quienes reciben planes sociales no quieren trabajar, los que repiten las pelotudeces que escuchan en televisión y creen que la culpa es siempre de los demás, van a perder puestos en mi lista de Personas Que Quiero hasta desaparecer.
Ya tengo algunas ideas claras, y no desde el capricho, sino desde el conocimiento. Me animo a debatirlas durante el tiempo que quieran, del modo y en el lugar que quieran, con todo el respeto y paciencia que me quedan. Tengo claro que nunca será justo que haya personas trabajando mientras otras viven del trabajo de los demás. Y no me refiero a los desocupados, entiéndanlo de una vez: me refiero a esos hijos de puta de traje y corbata que parecen tan respetables, a los hábiles empresarios que no son más que explotadores que nos esclavizan, a imbéciles a los que votamos por su piel blanca y sus ojos claros mientras son cómplices de la trata de personas, de la violación de menores de edad, de la corrupción en sus formas más abyectas.
Todo empezó con Jorge, con un sistema que mortificó a su familia hasta dejarla sin fuerzas, sin respuestas, sin nada para comer. Y siguió con una, dos, trescientas pruebas de que los robos, los asesinatos, la discriminación y esta enorme tristeza son culpa de elegantes y caritativos hijos de puta enfermos de sexo comprado, de cocaína y de barrios cerrados. Pero, por suerte, en estos años más amigos del dolor que de la alegría, encontré a muchas, muchas personas que me enseñaron por qué no hay que abandonar, por qué no hay que olvidar, por qué hay que seguir luchando y luchando y luchando hasta que nos brillen los ojos: hay que seguir por ellos, por los abandonados, por los olvidados, por los que, solos, tristes y cansados, necesitan mucho, muchísimo más que un alfajor.
domingo, 6 de mayo de 2012
martes, 13 de marzo de 2012
Cuadras y barquitos
Por Martín Estévez
Acá me duele. Acá y no quiero decírselo a nadie, ni quejarme, ni gritar. Acá, en las cuadras que caminamos los dos, en las noches que no perdimos, en tus tristezas. Me duele el momento en que algo empezó a salir mal y no supimos cambiarlo. Me duele tu voz tan neutral, me duele este viento que no nos silba ninguna canción. Me duele este segundo, y éste, y éste.
Me duele que esto no salga, me duele que escribir ya no me alivie. No sé si llorar con nadie es más verdad, pero debería serlo. Ver la pantalla borrosa de horror, de sonrisas humilladas por la realidad, de inmensa falta de consuelo. Desmoronado de a poquito, roto, destripado mi mundo y lo que tenía y lo que quería tener. Solo y pesado y apático, despreciable, gris.
Tantas palabras de mierda y tan inútiles, tantas palabras que no sirven para vivir. Tanto cemento, tanta pretensión y tanta nada. El cuchillazo de querer abrazarte. Pero vos allá, y yo acá. Todo tan mal. Hice un barquito para vos, y es de papel, y no navega, y se rompe. Lo hice para vos y me duele no dártelo, me duele verlo, me duele haberlo hecho.
Me duele no saber cómo empezar de nuevo, me duele no querer empezar. Encadenado a repetirme, a arruinarme, a insultarme de nuevo. Divorciado de mí. Áspero. Estúpido egocéntrico, lleno de violencia reprimida, y tan pero tan pero tan vulgarmente triste: no sos mucho más que nada. Corré a abrazarla o tené la humildad suficiente para aprender de este dolor tan insoportable, de estas lágrimas espesas, de este ahogo perpetuo. Y hacelo en silencio.
Acá me duele. Acá y no quiero decírselo a nadie, ni quejarme, ni gritar. Acá, en las cuadras que caminamos los dos, en las noches que no perdimos, en tus tristezas. Me duele el momento en que algo empezó a salir mal y no supimos cambiarlo. Me duele tu voz tan neutral, me duele este viento que no nos silba ninguna canción. Me duele este segundo, y éste, y éste.
Me duele que esto no salga, me duele que escribir ya no me alivie. No sé si llorar con nadie es más verdad, pero debería serlo. Ver la pantalla borrosa de horror, de sonrisas humilladas por la realidad, de inmensa falta de consuelo. Desmoronado de a poquito, roto, destripado mi mundo y lo que tenía y lo que quería tener. Solo y pesado y apático, despreciable, gris.
Tantas palabras de mierda y tan inútiles, tantas palabras que no sirven para vivir. Tanto cemento, tanta pretensión y tanta nada. El cuchillazo de querer abrazarte. Pero vos allá, y yo acá. Todo tan mal. Hice un barquito para vos, y es de papel, y no navega, y se rompe. Lo hice para vos y me duele no dártelo, me duele verlo, me duele haberlo hecho.
Me duele no saber cómo empezar de nuevo, me duele no querer empezar. Encadenado a repetirme, a arruinarme, a insultarme de nuevo. Divorciado de mí. Áspero. Estúpido egocéntrico, lleno de violencia reprimida, y tan pero tan pero tan vulgarmente triste: no sos mucho más que nada. Corré a abrazarla o tené la humildad suficiente para aprender de este dolor tan insoportable, de estas lágrimas espesas, de este ahogo perpetuo. Y hacelo en silencio.
sábado, 10 de marzo de 2012
Vivir solo
Por Martín Estévez
Nunca pensé que iba a vivir solo. De chico me parecía algo inútil y aburrido. Mi plan era quedarme en casa hasta que me fuera a vivir con alguna novia y recién ahí transportar los siete mil comics a otra parte. Si eso no ocurría, manejaba dos opciones. Una era irme algún tiempo con mi primo Matías para compartir noches de fútbol, videojuegos y debates sobre dibujantes. La otra, construir otro piso más sobre la casa de Oliden y vivir ahí para siempre. Cualquier psicólogo barato podía darse cuenta, con esa referencia, de que mi salida exogámica (o sea, irme de una puta vez de la casa de mi mamá, y de mis tíos, y de mis abuelos, y de mis primos) tardaría bastante en llegar. Pero llegó. Y acá estoy. Viviendo solo.
Podría estar paseando desnudo por mi nueva casa. Podría salir ahora mismo, en pantuflas, y volver cuando se me cante. Podría llorar, o cantar canciones de Iván Noble. O mejor: canciones de Zambayonny, enteras y sin censurar ninguna puteada. Podría abrir un paraguas, decir víbora-víbora-víbora e insultar a Dios sin que nadie me lo reproche. Podría leer a Dolina o a Casciari hasta las seis de la mañana. Podría morirme ahora y nadie se enteraría, con suerte, hasta mañana a la noche. Sin embargo, estoy haciendo una de las pocas cosas que las personas hacemos estando solas para estar con los demás. Estoy escribiendo.
Si a los 16 años me hubieran mostrado el futuro y me hubiera visto así, exactamente como estoy ahora, me habría asustado. ¿Dónde están los hijos, dónde está la estabilidad? Y especialmente, ¿dónde están los siete mil comics?, me preguntaría a mí mismo. Tranquilo, Martín adolescente: no es para tanto. Es cierto que, a primera vista, esto impresiona un poco. Que en mi casita de 30 metros cuadrados no hay televisión, ni sillas presentables, ni lavarropas. Apenas esta vieja computadora sin Internet, un horno que se prende cuando quiere y mucho silencio. Muchísimo. Pero, con excepción del silencio, lo demás lo elegí yo.
Es espantoso ver cómo el tiempo te revuelve las ideas. Cómo un día te despertás con la necesidad imperiosa y sincera de ganar espacio, de decidir tus cosas, de irte a la mierda. La mejor frase que escuché sobre mí la dijo mi abuela Fanny, haciendo referencia a mi infancia: “Martín estaba siempre con alguien, pero siempre estaba solo”. Qué genia. Y a los 27 años, a decir verdad, las cosas no cambiaron demasiado. A los 27 años, creo, todos estamos juntando los pedacitos que quedaron de nuestros sueños para ver si alguno se acomoda a nuestro nuevo mapa, a nuestras nuevas rutinas, a ese ser adulto y un poco odioso en el que nos convertimos. A los 27 años todos estamos un poco desesperados; no tanto porque no encontramos lo que buscamos, sino porque no sabemos qué buscar.
Este silencio que me envuelve ahora, que me avasalla y por momentos me da escalofríos, me recuerda lo mucho que me gustaba cuando en casa se cortaba la luz. Era un momento en el que el mundo artificial, lleno de luces, de ruido y de imágenes televisadas, quedaba desnudo ante nosotros. Cuando se cortaba la luz a la noche, todos nos sentábamos alrededor de la única vela encendida y nos quedábamos en silencio. Un silencio que solo se rompía cuando alguien susurraba algo, siempre muy despacito, como si temiéramos despertar a los monstruos de la oscuridad.
Créanme que no tengo ganas de decir algo optimista, no hoy: no son días optimistas para mí. Pero me parece que, en algún momento de nuestra vida, todos necesitamos que se corte la luz, que se apague el mundo. Necesitamos quedarnos solos para darnos cuenta de que el monstruo en la oscuridad al que no queremos despertar en realidad somos nosotros mismos. Que casi siempre es nuestra voz tapada por la televisión y los ruidos, es nuestra sombra oculta debajo de bombitas de 60 kilowatts que no nos permiten susurrarnos una verdad en la oscuridad. Incluso en estos días tristes en las que no me conviene desafiar a mis sentimientos, sigo prefiriendo enfrentarme conmigo, con este ser odioso en el que me convertí, antes que gritar mentiras para no escuchar las cosas que me duelen. No hay hijos ni estabilidad, Martín adolescente, pero, si vos querés, los siete mil comics vamos a ir trayéndolos de a poco. Y por lo demás, no te preocupes, que, como le dijo Huck a Tom Sawyer, no vale nada lo que no nos cueste un poco conseguir.
Nunca pensé que iba a vivir solo. De chico me parecía algo inútil y aburrido. Mi plan era quedarme en casa hasta que me fuera a vivir con alguna novia y recién ahí transportar los siete mil comics a otra parte. Si eso no ocurría, manejaba dos opciones. Una era irme algún tiempo con mi primo Matías para compartir noches de fútbol, videojuegos y debates sobre dibujantes. La otra, construir otro piso más sobre la casa de Oliden y vivir ahí para siempre. Cualquier psicólogo barato podía darse cuenta, con esa referencia, de que mi salida exogámica (o sea, irme de una puta vez de la casa de mi mamá, y de mis tíos, y de mis abuelos, y de mis primos) tardaría bastante en llegar. Pero llegó. Y acá estoy. Viviendo solo.
Podría estar paseando desnudo por mi nueva casa. Podría salir ahora mismo, en pantuflas, y volver cuando se me cante. Podría llorar, o cantar canciones de Iván Noble. O mejor: canciones de Zambayonny, enteras y sin censurar ninguna puteada. Podría abrir un paraguas, decir víbora-víbora-víbora e insultar a Dios sin que nadie me lo reproche. Podría leer a Dolina o a Casciari hasta las seis de la mañana. Podría morirme ahora y nadie se enteraría, con suerte, hasta mañana a la noche. Sin embargo, estoy haciendo una de las pocas cosas que las personas hacemos estando solas para estar con los demás. Estoy escribiendo.
Si a los 16 años me hubieran mostrado el futuro y me hubiera visto así, exactamente como estoy ahora, me habría asustado. ¿Dónde están los hijos, dónde está la estabilidad? Y especialmente, ¿dónde están los siete mil comics?, me preguntaría a mí mismo. Tranquilo, Martín adolescente: no es para tanto. Es cierto que, a primera vista, esto impresiona un poco. Que en mi casita de 30 metros cuadrados no hay televisión, ni sillas presentables, ni lavarropas. Apenas esta vieja computadora sin Internet, un horno que se prende cuando quiere y mucho silencio. Muchísimo. Pero, con excepción del silencio, lo demás lo elegí yo.
Es espantoso ver cómo el tiempo te revuelve las ideas. Cómo un día te despertás con la necesidad imperiosa y sincera de ganar espacio, de decidir tus cosas, de irte a la mierda. La mejor frase que escuché sobre mí la dijo mi abuela Fanny, haciendo referencia a mi infancia: “Martín estaba siempre con alguien, pero siempre estaba solo”. Qué genia. Y a los 27 años, a decir verdad, las cosas no cambiaron demasiado. A los 27 años, creo, todos estamos juntando los pedacitos que quedaron de nuestros sueños para ver si alguno se acomoda a nuestro nuevo mapa, a nuestras nuevas rutinas, a ese ser adulto y un poco odioso en el que nos convertimos. A los 27 años todos estamos un poco desesperados; no tanto porque no encontramos lo que buscamos, sino porque no sabemos qué buscar.
Este silencio que me envuelve ahora, que me avasalla y por momentos me da escalofríos, me recuerda lo mucho que me gustaba cuando en casa se cortaba la luz. Era un momento en el que el mundo artificial, lleno de luces, de ruido y de imágenes televisadas, quedaba desnudo ante nosotros. Cuando se cortaba la luz a la noche, todos nos sentábamos alrededor de la única vela encendida y nos quedábamos en silencio. Un silencio que solo se rompía cuando alguien susurraba algo, siempre muy despacito, como si temiéramos despertar a los monstruos de la oscuridad.
Créanme que no tengo ganas de decir algo optimista, no hoy: no son días optimistas para mí. Pero me parece que, en algún momento de nuestra vida, todos necesitamos que se corte la luz, que se apague el mundo. Necesitamos quedarnos solos para darnos cuenta de que el monstruo en la oscuridad al que no queremos despertar en realidad somos nosotros mismos. Que casi siempre es nuestra voz tapada por la televisión y los ruidos, es nuestra sombra oculta debajo de bombitas de 60 kilowatts que no nos permiten susurrarnos una verdad en la oscuridad. Incluso en estos días tristes en las que no me conviene desafiar a mis sentimientos, sigo prefiriendo enfrentarme conmigo, con este ser odioso en el que me convertí, antes que gritar mentiras para no escuchar las cosas que me duelen. No hay hijos ni estabilidad, Martín adolescente, pero, si vos querés, los siete mil comics vamos a ir trayéndolos de a poco. Y por lo demás, no te preocupes, que, como le dijo Huck a Tom Sawyer, no vale nada lo que no nos cueste un poco conseguir.
sábado, 25 de febrero de 2012
Apenas algo de Tavárez
Por Martín Estévez
Odio los textos en los que alguien escribe sobre alguien para que lean un montón de personas que no conocen a la persona sobre la que se escribe y, a veces, tampoco a la persona que escribe.
Odio que todo sea público, odio las largas declaraciones de Facebook en las que una adolescente elogia a su mejor amiga y repite veintidós veces “te amo, Natyyyy, por estar siempre y por esa noche genial con las chicas”, y nadie sabe quién es Naty, quiénes son las chicas y qué pasó en la noche genial.
Por ese motivo, les aclaro algo ahora mismo, para quedar bien en orsai: este texto es tan odioso como el de la amiga de Naty. Y habla sobre mi prima Chuna.
En realidad quiero contar otra cosa, pero la voy a usar a ella de excusa. Todo empezó una tarde cualquiera. Yo tenía 7 años y estaba leyendo el anuario de El Gráfico de la temporada 90/91. No sé que estaría haciendo Chuna en ese momento, pero yo la miré y tuvimos esta corta conversación.
–Vane...
–¿Qué?
–Apenas algo de Tavárez.
No pidan que les explique por qué se lo dije. Ni yo lo sé. Lo llamativo es que a partir de ese momento, sin que ninguno de los dos lo explicitara, establecimos un código. Tampoco sé cómo funcionaba, pero todo el maldito tiempo, tres o cuatro veces por día, repetíamos el diálogo.
–Martín...
–¿Qué?
–Apenas algo de Tavárez.
El asunto duró algunos meses, durante los que el origen de esa frase fue un misterio familiar. El secreto carece de emoción: leí esa oración en un comentario sobre Chaco For Ever, me resultó curiosa y se la dije a Chuna. Fin del misterio.
Un psicólogo podría hacer un análisis mejor de por qué la repetíamos sin sentido, pero mi explicación es más linda: me gusta creer que Chuna y yo, de esa manera, estábamos construyendo una relación.
En casa éramos cinco primos: Diego, Mati, Chuna, Gaby y yo. Diego era el más grande y yo era el más chico. Esos siete años de diferencia no nos permitieron compartir demasiada infancia. Con quien sí compartí demasiado (pero demasiado) fue con Gaby, mi hermana. Nos odiábamos un poco por estar siempre juntos y otro poco por nuestras personalidades opuestas. A Mati lo admiré desde chiquito: era mi referente y cualquier cosa que hiciera me parecía bien. Con Chuna, en cambio, todo había que construirlo.
Ella era mujer, dos años más grande que yo y, por lógica, se juntaba más con Gaby. Además era sociable, le iba bien en el colegio y siempre estaba rodeada de amigas. Yo era un proyecto de ermitaño, un boceto de persona dedicada a leer historietas y bla bla bla (quiero hablar sobre Chuna, no sobre mí).
De chicos, sin embargo, pasábamos mucho tiempo juntos. “Herminio Masantonio”, “Claudio-Miguel/Miguel-Claudio” y “el agujero en la garganta de la tía Kseña” son otras palabras-código que sólo nosotros entendíamos. Pero ahora tengo un problema: las entiendo yo solo, porque Chuna tiene muy mala memoria. No se acuerda de casi nada que haya pasado hace más de dos meses. “No me entran los datos en el rígido –dice, riéndose como cuando tenía 9 años-. Para agregar información nueva tengo que sacar la vieja”.
Es espantoso cuando pensás que compartís un secreto con alguien, un chiste interno, y de golpe te das cuenta de que el único idiota que le había dado importancia fuiste vos. Me pasó ochenta y cuatro veces en mi vida.
–¡Hoola, Adrián! ¡Mi socio en el ya pidió-ya salió!
–¿Qué?
–¡Ya pidió-ya salió, boludo! ¿No te acordás del lugar ése en el que comíamos?
–No, ni idea.
Qué bronca, la puta madre. Por eso, si alguien me habla de algo que no recuerdo, le sigo la conversación hasta el final para no romperle el alma.
Ése es el único problema con Chuna: no se acuerda de nada. Ella intenta, hace el esfuerzo, pero los recuerdos le desaparecen. Nos queremos un montón, pero temo que ella no se acuerda bien por qué. Yo sí me acuerdo: nos queremos porque construimos. Porque fuimos cómplices silenciosos de chicos y somos cómplices silenciosos de grandes.
Las relaciones importantes necesitan momentos importantes. Pensalo vos, que estás ahí leyendo. Pensá en las cinco o seis relaciones importantes que tenés y recordá en qué momento se transformaron en importantes. Casi siempre es por una depresión, una separación, un secreto, un dolor profundo. En esos momentos en que no podemos recurrir a casi nadie, aparecen las benditas relaciones importantes. Aparece Chuna. De todas maneras, no me sorprendería que éste sea otro código que no comparto con nadie. Ya imagino el diálogo:
–¡Chunaa! ¡Tanto tiempo! ¡Qué hermosa amistad construimos!
–No es para tanto, Martín.
Pero no me importa, Chuna. No me importa que no te acuerdes de nada, que no te consideres mi amiga o que te hayas quedado con mis discos de Los Piojos. No me importan las diferencias ideológicas, no me importa que a vos no te gusten los piqueteros y que a mí cada vez me gusten más. Alguna vez te voy a convencer.
Cómo no te voy a querer, Chuna, si hasta a tus novios los termino queriendo, si nunca me sentí incómodo en un lugar en el que estuvieras vos, si yo te escuchaba a las 7 de la mañana tragándote las lágrimas para poder hablar con nuestro abuelo Víctor, cuando estaba enfermo, y hacerlo reír.
Todo este texto, que es igual a esos textos que odio de los que hablé antes, es sólo para que entiendan lo que sentí hace algunos días, durante una tarde de mierda, cuando abrí el facebook y vi una notificación: Chuna Arias ha publicado en tu muro.
Eterna desmemoriada, pensé yo, espero que no me escriba para preguntarme de dónde nos conocemos. Hice clic con un poco de desconfianza, pero lo que leí fue lo que nunca hubiera esperado. Chuna, porque sí y sin ningún motivo, publicó en mi muro:
Odio los textos en los que alguien escribe sobre alguien para que lean un montón de personas que no conocen a la persona sobre la que se escribe y, a veces, tampoco a la persona que escribe.
Odio que todo sea público, odio las largas declaraciones de Facebook en las que una adolescente elogia a su mejor amiga y repite veintidós veces “te amo, Natyyyy, por estar siempre y por esa noche genial con las chicas”, y nadie sabe quién es Naty, quiénes son las chicas y qué pasó en la noche genial.
Por ese motivo, les aclaro algo ahora mismo, para quedar bien en orsai: este texto es tan odioso como el de la amiga de Naty. Y habla sobre mi prima Chuna.
En realidad quiero contar otra cosa, pero la voy a usar a ella de excusa. Todo empezó una tarde cualquiera. Yo tenía 7 años y estaba leyendo el anuario de El Gráfico de la temporada 90/91. No sé que estaría haciendo Chuna en ese momento, pero yo la miré y tuvimos esta corta conversación.
–Vane...
–¿Qué?
–Apenas algo de Tavárez.
No pidan que les explique por qué se lo dije. Ni yo lo sé. Lo llamativo es que a partir de ese momento, sin que ninguno de los dos lo explicitara, establecimos un código. Tampoco sé cómo funcionaba, pero todo el maldito tiempo, tres o cuatro veces por día, repetíamos el diálogo.
–Martín...
–¿Qué?
–Apenas algo de Tavárez.
El asunto duró algunos meses, durante los que el origen de esa frase fue un misterio familiar. El secreto carece de emoción: leí esa oración en un comentario sobre Chaco For Ever, me resultó curiosa y se la dije a Chuna. Fin del misterio.
Un psicólogo podría hacer un análisis mejor de por qué la repetíamos sin sentido, pero mi explicación es más linda: me gusta creer que Chuna y yo, de esa manera, estábamos construyendo una relación.
En casa éramos cinco primos: Diego, Mati, Chuna, Gaby y yo. Diego era el más grande y yo era el más chico. Esos siete años de diferencia no nos permitieron compartir demasiada infancia. Con quien sí compartí demasiado (pero demasiado) fue con Gaby, mi hermana. Nos odiábamos un poco por estar siempre juntos y otro poco por nuestras personalidades opuestas. A Mati lo admiré desde chiquito: era mi referente y cualquier cosa que hiciera me parecía bien. Con Chuna, en cambio, todo había que construirlo.
Ella era mujer, dos años más grande que yo y, por lógica, se juntaba más con Gaby. Además era sociable, le iba bien en el colegio y siempre estaba rodeada de amigas. Yo era un proyecto de ermitaño, un boceto de persona dedicada a leer historietas y bla bla bla (quiero hablar sobre Chuna, no sobre mí).
De chicos, sin embargo, pasábamos mucho tiempo juntos. “Herminio Masantonio”, “Claudio-Miguel/Miguel-Claudio” y “el agujero en la garganta de la tía Kseña” son otras palabras-código que sólo nosotros entendíamos. Pero ahora tengo un problema: las entiendo yo solo, porque Chuna tiene muy mala memoria. No se acuerda de casi nada que haya pasado hace más de dos meses. “No me entran los datos en el rígido –dice, riéndose como cuando tenía 9 años-. Para agregar información nueva tengo que sacar la vieja”.
Es espantoso cuando pensás que compartís un secreto con alguien, un chiste interno, y de golpe te das cuenta de que el único idiota que le había dado importancia fuiste vos. Me pasó ochenta y cuatro veces en mi vida.
–¡Hoola, Adrián! ¡Mi socio en el ya pidió-ya salió!
–¿Qué?
–¡Ya pidió-ya salió, boludo! ¿No te acordás del lugar ése en el que comíamos?
–No, ni idea.
Qué bronca, la puta madre. Por eso, si alguien me habla de algo que no recuerdo, le sigo la conversación hasta el final para no romperle el alma.
Ése es el único problema con Chuna: no se acuerda de nada. Ella intenta, hace el esfuerzo, pero los recuerdos le desaparecen. Nos queremos un montón, pero temo que ella no se acuerda bien por qué. Yo sí me acuerdo: nos queremos porque construimos. Porque fuimos cómplices silenciosos de chicos y somos cómplices silenciosos de grandes.
Las relaciones importantes necesitan momentos importantes. Pensalo vos, que estás ahí leyendo. Pensá en las cinco o seis relaciones importantes que tenés y recordá en qué momento se transformaron en importantes. Casi siempre es por una depresión, una separación, un secreto, un dolor profundo. En esos momentos en que no podemos recurrir a casi nadie, aparecen las benditas relaciones importantes. Aparece Chuna. De todas maneras, no me sorprendería que éste sea otro código que no comparto con nadie. Ya imagino el diálogo:
–¡Chunaa! ¡Tanto tiempo! ¡Qué hermosa amistad construimos!
–No es para tanto, Martín.
Pero no me importa, Chuna. No me importa que no te acuerdes de nada, que no te consideres mi amiga o que te hayas quedado con mis discos de Los Piojos. No me importan las diferencias ideológicas, no me importa que a vos no te gusten los piqueteros y que a mí cada vez me gusten más. Alguna vez te voy a convencer.
Cómo no te voy a querer, Chuna, si hasta a tus novios los termino queriendo, si nunca me sentí incómodo en un lugar en el que estuvieras vos, si yo te escuchaba a las 7 de la mañana tragándote las lágrimas para poder hablar con nuestro abuelo Víctor, cuando estaba enfermo, y hacerlo reír.
Todo este texto, que es igual a esos textos que odio de los que hablé antes, es sólo para que entiendan lo que sentí hace algunos días, durante una tarde de mierda, cuando abrí el facebook y vi una notificación: Chuna Arias ha publicado en tu muro.
Eterna desmemoriada, pensé yo, espero que no me escriba para preguntarme de dónde nos conocemos. Hice clic con un poco de desconfianza, pero lo que leí fue lo que nunca hubiera esperado. Chuna, porque sí y sin ningún motivo, publicó en mi muro:
sábado, 22 de octubre de 2011
La edad de mis preocupaciones
Por Martín Estévez
Yo no sé si tenía pocos problemas o era muy pelotudo, pero a los 8 años mi mayor drama fue perder una historieta, la Flush Man número 3. Drama en serio, eh: con angustia, llanto, falta de hambre, bronca y dolor. Hubiera firmado una vida sin postre a cambio de volver a ver esa tapa en la que (como siempre) Flush Man corría a toda velocidad.
Si hoy puedo seguir comiendo helado es porque, esa tarde, el Diablo estaba distraído.
En realidad, ahora que lo pienso, casi todas mis grandes preocupaciones del pasado hoy me causan vergüenza. Las veo desde lejos y no puedo entender cómo cuestiones patéticamente sencillas me amargaban la merienda. Especialmente la merienda de los sábados, que era el día que en casa compraban facturas.
A los 7 años le tenía miedo a la fiesta de fin de año del colegio porque en la del año anterior: no encontraba a mi familia y pensé que se habían ido sin mí.
A los 9, sentía pánico cada vez que tenía que ser árbitro en un partido entre mis primos, porque Diego se enojaba, me gritaba y yo terminaba llorando, o cobrando cualquier cosa.
A los 11, me hubiera encerrado para siempre en mi pieza si alguien se enteraba de que me gustaba Violeta.
A los 14, mi vida dependía de que Racing no desapareciera: la primera vez que entré a un banco fue para depositar, en la cuenta del club, monedas que les pedía a mis compañeros con lágrimas en los ojos.
A los 15, vivía atormentado pensando que jamás le iba a dar un beso a una chica. Los aparatos fijos no me ayudaban.
A los 17, tenía pesadillas en las que alguien descubría mi mayor secreto: que no sabía andar en bicicleta.
A los 19, cuestioné mi vida porque me fue mal en una evaluación de conocimientos generales. Me obsesioné con saberlo todo y lo único que logré fue perder días enteros leyendo libros del siglo XVII, viendo cine mudo y resumiendo la Historia Universal.
A los 22, me levantaba a las tres de la mañana para grabar los goles del Piojo López en México que sólo televisaba ESPN, y me angustiaba cuando no los pasaban. Todavía no sé por qué.
A los 24, me ocultaba para que nadie supiera que salía con chicas a las que había conocido chateando.
A los 26, sufría imaginando que alguien deduciría que, aunque yo estaba a cargo de la revista El Gráfico Polo, en mi reputísima vida había visto o leído algo sobre polo.
Los miedos terribles e inevitables (a la muerte o a que se te caigan todos los dientes) no me afectaban tanto como el terror a que Diego se enojara o a morir virgen de besos. Lo que realmente me ponía mal era que alguien me viera perdiendo el equilibrio y cayéndome de la bici en Sucre al 1500.
¿A qué quiero llegar con esto? A que sigo siendo un cobarde exagerado, un maricón crónico, a que sigo preocupado y muerto de miedo por cosas que nunca van a pasar.
Porque la Flush Man número 3 apareció, nunca me abandonaron en la escuela y di mi primer beso a los 16. Porque Racing levantó su quiebra, ya ni recuerdo qué goles me faltó grabar, por chat conocí gente maravillosa y aprendí que lo único que hay que saber sobre polo es que es mejor no saber nada.
Sin embargo, a los 27 años, sigo sintiendo que me rondan tragedias ocultas, sigo arruinando los mejores momentos de mi vida preocupado por alguna estupidez.
Le tengo un miedo exageradísimo a que mi jefe me llame a su oficina y diga por fin:
—¿Se puede saber por qué llegás tarde absolutamente todos los días?
Miedo en serio, eh: subo corriendo las escaleras mecánicas, atravieso pasillos sin saludar y prendo la computadora incluso antes de sacarme la mochila de los hombros. Se los juro: hoy mismo, 20 de octubre de 2011, estuve asustado hasta que Elías Perugino se acercó y dijo lo que me dice cada vez que llego tardísimo:
—Hola, ¿cómo va?
Mis momentos más pasionales en la popular de Racing, lo confieso, son una mentira: en realidad, todo el tiempo estoy pensando que, si mete un gol, en la avalancha me van a destrozar los anteojos y voy a estar ciego durante días por no tener unos de repuesto. Tener 3,75 de aumento no es joda: me imagino cruzando la calle guiado exclusivamente por sonidos y olores. Dios, no quiero ir más a la cancha.
Le tengo miedo a boludeces, a que se me pierdan las llaves de casa, a no pagar los impuestos, a comer algo que tenga carne sin saberlo. Miedo a que me den un billete falso, a olvidarme de un cumpleaños importante, a no conocer nunca a Fausto, el hijo de mi amigo Pablo. Miedo, miedo, muchísimos miedos insensatos y molestos que me nublan el cerebro.
¿Cómo puede ser que, aunque ya lo sepa, me siga pasando? Si sé que siempre me preocupé sin sentido, incluso ahora, ¿por qué estoy angustiado frente al teclado y pensando en que tal vez este texto, y todos los que escribo, a todos les parecen una porquería y nadie me lo quiere decir?
Yo no sé si tenía pocos problemas o era muy pelotudo, pero a los 8 años mi mayor drama fue perder una historieta, la Flush Man número 3. Drama en serio, eh: con angustia, llanto, falta de hambre, bronca y dolor. Hubiera firmado una vida sin postre a cambio de volver a ver esa tapa en la que (como siempre) Flush Man corría a toda velocidad.
Si hoy puedo seguir comiendo helado es porque, esa tarde, el Diablo estaba distraído.
En realidad, ahora que lo pienso, casi todas mis grandes preocupaciones del pasado hoy me causan vergüenza. Las veo desde lejos y no puedo entender cómo cuestiones patéticamente sencillas me amargaban la merienda. Especialmente la merienda de los sábados, que era el día que en casa compraban facturas.
A los 7 años le tenía miedo a la fiesta de fin de año del colegio porque en la del año anterior: no encontraba a mi familia y pensé que se habían ido sin mí.
A los 9, sentía pánico cada vez que tenía que ser árbitro en un partido entre mis primos, porque Diego se enojaba, me gritaba y yo terminaba llorando, o cobrando cualquier cosa.
A los 11, me hubiera encerrado para siempre en mi pieza si alguien se enteraba de que me gustaba Violeta.
A los 14, mi vida dependía de que Racing no desapareciera: la primera vez que entré a un banco fue para depositar, en la cuenta del club, monedas que les pedía a mis compañeros con lágrimas en los ojos.
A los 15, vivía atormentado pensando que jamás le iba a dar un beso a una chica. Los aparatos fijos no me ayudaban.
A los 17, tenía pesadillas en las que alguien descubría mi mayor secreto: que no sabía andar en bicicleta.
A los 19, cuestioné mi vida porque me fue mal en una evaluación de conocimientos generales. Me obsesioné con saberlo todo y lo único que logré fue perder días enteros leyendo libros del siglo XVII, viendo cine mudo y resumiendo la Historia Universal.
A los 22, me levantaba a las tres de la mañana para grabar los goles del Piojo López en México que sólo televisaba ESPN, y me angustiaba cuando no los pasaban. Todavía no sé por qué.
A los 24, me ocultaba para que nadie supiera que salía con chicas a las que había conocido chateando.
A los 26, sufría imaginando que alguien deduciría que, aunque yo estaba a cargo de la revista El Gráfico Polo, en mi reputísima vida había visto o leído algo sobre polo.
Los miedos terribles e inevitables (a la muerte o a que se te caigan todos los dientes) no me afectaban tanto como el terror a que Diego se enojara o a morir virgen de besos. Lo que realmente me ponía mal era que alguien me viera perdiendo el equilibrio y cayéndome de la bici en Sucre al 1500.
¿A qué quiero llegar con esto? A que sigo siendo un cobarde exagerado, un maricón crónico, a que sigo preocupado y muerto de miedo por cosas que nunca van a pasar.
Porque la Flush Man número 3 apareció, nunca me abandonaron en la escuela y di mi primer beso a los 16. Porque Racing levantó su quiebra, ya ni recuerdo qué goles me faltó grabar, por chat conocí gente maravillosa y aprendí que lo único que hay que saber sobre polo es que es mejor no saber nada.
Sin embargo, a los 27 años, sigo sintiendo que me rondan tragedias ocultas, sigo arruinando los mejores momentos de mi vida preocupado por alguna estupidez.
Le tengo un miedo exageradísimo a que mi jefe me llame a su oficina y diga por fin:
—¿Se puede saber por qué llegás tarde absolutamente todos los días?
Miedo en serio, eh: subo corriendo las escaleras mecánicas, atravieso pasillos sin saludar y prendo la computadora incluso antes de sacarme la mochila de los hombros. Se los juro: hoy mismo, 20 de octubre de 2011, estuve asustado hasta que Elías Perugino se acercó y dijo lo que me dice cada vez que llego tardísimo:
—Hola, ¿cómo va?
Mis momentos más pasionales en la popular de Racing, lo confieso, son una mentira: en realidad, todo el tiempo estoy pensando que, si mete un gol, en la avalancha me van a destrozar los anteojos y voy a estar ciego durante días por no tener unos de repuesto. Tener 3,75 de aumento no es joda: me imagino cruzando la calle guiado exclusivamente por sonidos y olores. Dios, no quiero ir más a la cancha.
Le tengo miedo a boludeces, a que se me pierdan las llaves de casa, a no pagar los impuestos, a comer algo que tenga carne sin saberlo. Miedo a que me den un billete falso, a olvidarme de un cumpleaños importante, a no conocer nunca a Fausto, el hijo de mi amigo Pablo. Miedo, miedo, muchísimos miedos insensatos y molestos que me nublan el cerebro.
¿Cómo puede ser que, aunque ya lo sepa, me siga pasando? Si sé que siempre me preocupé sin sentido, incluso ahora, ¿por qué estoy angustiado frente al teclado y pensando en que tal vez este texto, y todos los que escribo, a todos les parecen una porquería y nadie me lo quiere decir?
viernes, 2 de septiembre de 2011
1992
Por Martín Estévez
No me acuerdo nada de 1992. Todos los años tienen particularidades, eventos importantes, alguna tristeza contundente. Algo que los distingue de los demás. Pero mi 1992 no tuvo nada de nada de nada. Como mucho, puedo decir que iba a tercer grado y que mi maestra se llamaba Elisa Susana Bandín; que recuerde su nombre completo es la muestra de que, ese año, mi memoria no tuvo nada mejor que atesorar.
Cuando pienso en un año lo asocio a lo que pasó futbolísticamente. Y en el ’92 no pasó nada: no hubo Mundial ni Copa América, y las campañas de Racing fueron tristes. Habría sido memorable si ganaba la Supercopa, pero perder 4-0 una final contra Cruzeiro no es algo que quiera recordar muy seguido.
Si hago fuerza, puedo acordarme algunos momentos de 1992, pero tan insípidos que nadie más los recuerda. Como lo que pasó el día después de la final de la Copa Libertadores. Esa mañana, Mati bajó y me preguntó si había visto la derrota por penales de Newell’s ante San Pablo.
—¿Si lo vio? –se metió Gaby de golpe—. ¡Cuando Ñuls perdió se puso a llorar!
Mati no sabía si creerle o no, y me miró medio raro. Yo sabía que podía decirle que era mentira, que mi hermana inventaba, que cómo iba a llorar por algo así. Sabía que Gaby no tenía por qué meterse, que Mati no tenía por qué creerle, que mi intimidad era mi intimidad y era problema mío si me había angustiado por el penal que Alfredo Mendoza tiró por arriba del travesaño. Podía negarlo todo.
—¿En serio lloraste? —me preguntó Mati.
—Sí —respondí lleno de vergüenza y bajé la cabeza.
Mati era mi ídolo. De hecho, en 1992 me había dejado el pelo largo para parecerme a él, pero terminé pareciendo una nena. ¡Qué espantoso me quedaba! Todos los días, antes de ir para la escuela, mi abuela Fanny agarraba el gel e intentaba que mi pelo no estuviera desprolijo. Pero era peor, mucho peor: se endurecía y me salía en punta por los costados.
A los 8 años, la puta madre, me parecía a Gokú. Y encima, a un Gokú gordo.
En el ’92 no hacía más que estar en mi casa y en la escuela. Ya me gustaba Violeta, pero nadie en el mundo lo sabía. Nadie sabía, tampoco, que tenía un problema físico que me atormentaría durante años. Digo "problema físico" porque el problema era exactamente donde se imaginan. Exactamente ahí. Sí, sí: ahí.
Leía el suplemento deportivo de Crónica los domingos y mis tíos tenían una cassettera que grababa la voz. Gracias a ese milagro, con Mati relatábamos partidos imaginarios.
(En aquellos años, sépanlo los más jóvenes, no había computadora, ni DVD, ni videojuegos, porque se nos había roto el Atari).
Si tuviera que mirar una filmación del más emocionante de esos 365 días de mi vida, bostezaría a los cinco minutos. No hacía nada. Comía, iba a la escuela, jugaba a la pelota solo, dormía. Ni siquiera dormía bien: tenía pesadillas recurrentes.
Fue por el ’92 cuando volví a ver a mi papá (después de que se lo llevara la policía en mi cumpleaños del ’89), y le tenía un miedo horrendo. El sueño se repetía: él pasaba a buscarme en su Renault 12 por mi casa, arrancaba y no frenaba nunca más. Me raptaba, me llevaba lejos, me dejaba sin Tati, sin Elvi, sin Víctor: me dejaba sin familia.
Familia eran esas nueve personas que vivían conmigo en la casa de Oliden, nueve de las diez personas que yo más quería en el mundo. La otra, perdonen que insista, era Violeta.
En el ’92 ya era rasca. Rasca se les llama a las personas que sienten placer al ahorrar centavos. Por rasca no tengo la foto grupal de tercer grado: me parecía cara. Entonces le pedí a mi tía que fuera al grado y sacara fotos, así que Elvi irrumpió en medio de la clase de dibujo (dirigida por una señora poco feliz llamada Sarita) y disparó el flash una decena de veces. Las fotos son espantosas, casi no aparezco y, ahora que lo pienso, revelarlas era más caro que comprar la foto grupal.
En 1992, además de rasca, era boludo yo.
Vivíamos con un perro que se llamaba Max y que me daba miedo.
Me encantaban las papas fritas. En Pumper Nic pedía papas fritas y una hamburguesa sin tomate, sin queso, sin mayonesa, sin nada. O con algo: con papas fritas.
Algún martes lluvioso faltaba a la escuela y completaba con Mati la revista El Ojo Sagaz.
Me gustaban las malas de los dibujitos, como Gatúbela o Catra, la villana de She-Ra que está en la imagen de arriba. Jem y sus amigas, por ejemplo, me parecían inocentes con sus guitarritas rosas; The Misfits, las chicas malas, con sus pelos verdes y sus medias de red, me volaban el cerebro. Era el inicio de mis perversiones: años después, saldría con una flogger y me obsesionaría con las góticas, las darks, las punk y todas las que fueran capaces de usar medias rotas con orgullo.
En el ’92, Elisa Susana Bandín hizo repetir de grado a mi amigo Víctor y yo me largué a llorar. No lloraba por Newell’s ni por Víctor en el ’92: lloraba por mí. Estaba empezando a inhalar silencios.
¿Cuántas, cuántas veces pateé la Caprichito naranja en el patio, grité un gol falso y me acerqué al tanque de agua para anotar el resultado de un partido que había inventado cinco minutos antes?
¿Cuántas veces Diego y yo fuimos la Selección de Angola, cuántas veces Mati fue Estados Unidos, cuántas veces tiré al aro desde lejos y le pegué al caño de gas, y todos nos miramos como diciendo “algún día se va a romper”?
¿Cómo me pude olvidar de que Mati estaba en séptimo grado, de que fueron las últimas veces que caminamos juntos hasta la escuela? De que bajábamos una mandarina de un árbol, justo a mitad de camino, y empezábamos a patearla. Del tiro desde lejos para meterla en la alcantarilla de la esquina de la escuela. De Elvi quejándose porque ensuciábamos las zapatillas, de los días de lluvia en los que tomábamos el 550, de Babu yendo a buscarnos con la botellita de agua, de los anillitos en la merienda, de Tati llegando a la noche con una Superman en la mano, de las otras setenta historietas en los cajones del placard amarillo, de las rifas que vendíamos con Chuna para sortear una torta incomible, de las jaulas vacías de pajaritos que se oxidaban en el galpón, de las lamparitas rotas por los pelotazos, del olor a manteca de cacao de una vecina llamada María Emilia, de las paradas de bicicletas que improvisábamos en las paredes, de las noches de verano en las que comíamos afuera, de mis dolores de piernas de los lunes, de Los Autos Locos, de escuchar a Fito Páez por primera vez...
¿Cómo puede haber pasado? ¿Cómo puede ser que no me acuerde nada, pero absolutamente nada, de ese vacío año llamado 1992?
No me acuerdo nada de 1992. Todos los años tienen particularidades, eventos importantes, alguna tristeza contundente. Algo que los distingue de los demás. Pero mi 1992 no tuvo nada de nada de nada. Como mucho, puedo decir que iba a tercer grado y que mi maestra se llamaba Elisa Susana Bandín; que recuerde su nombre completo es la muestra de que, ese año, mi memoria no tuvo nada mejor que atesorar.
Cuando pienso en un año lo asocio a lo que pasó futbolísticamente. Y en el ’92 no pasó nada: no hubo Mundial ni Copa América, y las campañas de Racing fueron tristes. Habría sido memorable si ganaba la Supercopa, pero perder 4-0 una final contra Cruzeiro no es algo que quiera recordar muy seguido.
Si hago fuerza, puedo acordarme algunos momentos de 1992, pero tan insípidos que nadie más los recuerda. Como lo que pasó el día después de la final de la Copa Libertadores. Esa mañana, Mati bajó y me preguntó si había visto la derrota por penales de Newell’s ante San Pablo.
—¿Si lo vio? –se metió Gaby de golpe—. ¡Cuando Ñuls perdió se puso a llorar!
Mati no sabía si creerle o no, y me miró medio raro. Yo sabía que podía decirle que era mentira, que mi hermana inventaba, que cómo iba a llorar por algo así. Sabía que Gaby no tenía por qué meterse, que Mati no tenía por qué creerle, que mi intimidad era mi intimidad y era problema mío si me había angustiado por el penal que Alfredo Mendoza tiró por arriba del travesaño. Podía negarlo todo.
—¿En serio lloraste? —me preguntó Mati.
—Sí —respondí lleno de vergüenza y bajé la cabeza.
Mati era mi ídolo. De hecho, en 1992 me había dejado el pelo largo para parecerme a él, pero terminé pareciendo una nena. ¡Qué espantoso me quedaba! Todos los días, antes de ir para la escuela, mi abuela Fanny agarraba el gel e intentaba que mi pelo no estuviera desprolijo. Pero era peor, mucho peor: se endurecía y me salía en punta por los costados.
A los 8 años, la puta madre, me parecía a Gokú. Y encima, a un Gokú gordo.
En el ’92 no hacía más que estar en mi casa y en la escuela. Ya me gustaba Violeta, pero nadie en el mundo lo sabía. Nadie sabía, tampoco, que tenía un problema físico que me atormentaría durante años. Digo "problema físico" porque el problema era exactamente donde se imaginan. Exactamente ahí. Sí, sí: ahí.
Leía el suplemento deportivo de Crónica los domingos y mis tíos tenían una cassettera que grababa la voz. Gracias a ese milagro, con Mati relatábamos partidos imaginarios.
(En aquellos años, sépanlo los más jóvenes, no había computadora, ni DVD, ni videojuegos, porque se nos había roto el Atari).
Si tuviera que mirar una filmación del más emocionante de esos 365 días de mi vida, bostezaría a los cinco minutos. No hacía nada. Comía, iba a la escuela, jugaba a la pelota solo, dormía. Ni siquiera dormía bien: tenía pesadillas recurrentes.
Fue por el ’92 cuando volví a ver a mi papá (después de que se lo llevara la policía en mi cumpleaños del ’89), y le tenía un miedo horrendo. El sueño se repetía: él pasaba a buscarme en su Renault 12 por mi casa, arrancaba y no frenaba nunca más. Me raptaba, me llevaba lejos, me dejaba sin Tati, sin Elvi, sin Víctor: me dejaba sin familia.
Familia eran esas nueve personas que vivían conmigo en la casa de Oliden, nueve de las diez personas que yo más quería en el mundo. La otra, perdonen que insista, era Violeta.
En el ’92 ya era rasca. Rasca se les llama a las personas que sienten placer al ahorrar centavos. Por rasca no tengo la foto grupal de tercer grado: me parecía cara. Entonces le pedí a mi tía que fuera al grado y sacara fotos, así que Elvi irrumpió en medio de la clase de dibujo (dirigida por una señora poco feliz llamada Sarita) y disparó el flash una decena de veces. Las fotos son espantosas, casi no aparezco y, ahora que lo pienso, revelarlas era más caro que comprar la foto grupal.
En 1992, además de rasca, era boludo yo.
Vivíamos con un perro que se llamaba Max y que me daba miedo.
Me encantaban las papas fritas. En Pumper Nic pedía papas fritas y una hamburguesa sin tomate, sin queso, sin mayonesa, sin nada. O con algo: con papas fritas.
Algún martes lluvioso faltaba a la escuela y completaba con Mati la revista El Ojo Sagaz.
Me gustaban las malas de los dibujitos, como Gatúbela o Catra, la villana de She-Ra que está en la imagen de arriba. Jem y sus amigas, por ejemplo, me parecían inocentes con sus guitarritas rosas; The Misfits, las chicas malas, con sus pelos verdes y sus medias de red, me volaban el cerebro. Era el inicio de mis perversiones: años después, saldría con una flogger y me obsesionaría con las góticas, las darks, las punk y todas las que fueran capaces de usar medias rotas con orgullo.
En el ’92, Elisa Susana Bandín hizo repetir de grado a mi amigo Víctor y yo me largué a llorar. No lloraba por Newell’s ni por Víctor en el ’92: lloraba por mí. Estaba empezando a inhalar silencios.
¿Cuántas, cuántas veces pateé la Caprichito naranja en el patio, grité un gol falso y me acerqué al tanque de agua para anotar el resultado de un partido que había inventado cinco minutos antes?
¿Cuántas veces Diego y yo fuimos la Selección de Angola, cuántas veces Mati fue Estados Unidos, cuántas veces tiré al aro desde lejos y le pegué al caño de gas, y todos nos miramos como diciendo “algún día se va a romper”?
¿Cómo me pude olvidar de que Mati estaba en séptimo grado, de que fueron las últimas veces que caminamos juntos hasta la escuela? De que bajábamos una mandarina de un árbol, justo a mitad de camino, y empezábamos a patearla. Del tiro desde lejos para meterla en la alcantarilla de la esquina de la escuela. De Elvi quejándose porque ensuciábamos las zapatillas, de los días de lluvia en los que tomábamos el 550, de Babu yendo a buscarnos con la botellita de agua, de los anillitos en la merienda, de Tati llegando a la noche con una Superman en la mano, de las otras setenta historietas en los cajones del placard amarillo, de las rifas que vendíamos con Chuna para sortear una torta incomible, de las jaulas vacías de pajaritos que se oxidaban en el galpón, de las lamparitas rotas por los pelotazos, del olor a manteca de cacao de una vecina llamada María Emilia, de las paradas de bicicletas que improvisábamos en las paredes, de las noches de verano en las que comíamos afuera, de mis dolores de piernas de los lunes, de Los Autos Locos, de escuchar a Fito Páez por primera vez...
¿Cómo puede haber pasado? ¿Cómo puede ser que no me acuerde nada, pero absolutamente nada, de ese vacío año llamado 1992?
viernes, 18 de febrero de 2011
El último clásico
Por Martín Estévez
En épocas en las que yo todavía usaba guardapolvo, en casa eran todos de Racing. Corrijo: se habían hecho de Racing por cariño a Albert, a Mati y a mí. Por eso, cuando se jugaba un Racing-Boca, todos queríamos que gane Racing. Todos menos Víctor: él hinchaba por Boca, gritaba los goles, nos desafiaba.
Yo pensaba que era para molestar, pero hace poco entendí que no. Que Víctor lo hacía para incentivar nuestro fanatismo por Racing dándonos un rival, un archienemigo. Si todos hubiéramos sido de Racing, los partidos hubieran sido aburridísimos. No hay nada más tibio que una conversación en la que todos piensan igual. No tiene gracia un juego donde todos queremos que gane el mismo. Sí: Víctor era de Boca solamente para que nosotros fuéramos de Racing.
El nivel de complicidad era enorme: durante el partido se gritaban los goles y, enseguida, se pedían las disculpas correspondientes. Pero se gritaban. Y durante los seis meses siguientes, todas las benditas mañanas, el último ganador recordaba el resultado con algún comentario burlón.
--Ay, Martín... ¿cuándo ganarán? –me decía Víctor después de un 4-0 de Boca.
--Ya les ganamos –respondía yo con injustificado orgullo-. Acordate del 6 a 4 en el ‘95.
Durante los noventa minutos que duraba el partido reinaba la paz. Siempre había un bizcochuelo, unos cafés y más de seis personas frente a la televisión. O tardecitas sentados frente a la radio. Con él compartí el 6 a 1 que, a Boca, lo dejó a un paso del título en el Clausura 91; y a mí, a un paso de la depresión. Con él compartí ése y treinta y siete clásicos más.
A principios de 2010 supe que a Víctor le quedaba poco tiempo de vida. Una enfermedad avasallante y brutal se le había instalado en el cuerpo para no irse.
El último clásico lo jugamos el 6 de marzo de 2010. Y yo sabía que era el último. Faltaban seis meses para que volvieran a enfrentarse y Víctor no iba a llegar. Ya no podía levantarse de la cama y había perdido parcialmente el oído y la vista. Me acosté al lado suyo y, por primera vez, no supe por quién hinchar. Me dediqué a relatarle el partido bien fuerte, a decirle cuánto tiempo faltaba, a hacerle creer que no le dolía todo.
Boca hizo el 1-0 enseguida y yo aproveché para enojarme y poner mala cara. En realidad estaba enojado porque mi abuelo se estaba muriendo, pero había que disimular para no levantar sospechas. Yo quería ser bueno e hinchar por Boca, para que Víctor se pusiera contento aunque no tuviera fuerzas para festejar, pero me costaba mucho desear contra Racing. Encima, el empate nos dejaba complicados con el descenso.
Peor me sentí cuando Racing dio vuelta el partido y se puso 2-1. No puedo negar que, por dentro, lo deseaba. Yo quería ser bueno, pero antes que bueno era hincha de Racing. Debería darme vergüenza.
Durante el segundo tiempo tuve ganas de llorar, de ver el partido, de hablar con Víctor de otra cosa y de irme, todo junto y sin pausas. Seguía diciendo sin parar que iban 19, que Racing iba a hacer el tercero en cualquier momento, que el partido era emocionante.
Cuando faltaban diez minutos ya no podía relatar porque tenía un nudo en la garganta. Pero no llorar cuando estabas con Víctor era sagrado. Ya no me importaban una mierda Hauche, Riquelme ni los promedios. Me le acerqué bien al oído, como para que no escuche nadie más, y le dije:
--Ahora viene el gol de Boca, Babu, ya vas a ver. Yo quiero que empaten así estamos contentos los dos.
Le acaricié la mano derecha y la frente. Y le sonreí la última sonrisa sincera que me quedó hasta su muerte. El mundo se hizo silencio y yo comprendí que se nos iba el Racing-Boca, los veintiseis años compartidos, la vida. Nunca más nadie iba a ser mi archienemigo. Si me despedí de Víctor muchas veces, ésa fue una de las más dolorosas.
Corrían 42 minutos del segundo tiempo y el empate de Boca era inminente: nos estaban peloteando. De pronto, Babu me tocó. Me acerqué y, con el hilo de voz que le quedaba, me dijo:
--Yo quiero que gane Racing, Martín. Yo quiero que gane Racing.
Le agarré la mano de nuevo, fuerte, y seguí relatando hasta el final. El equipo aguantó como pudo; Racing ganó 2 a 1. No sé de dónde sacó fuerzas, no sé de dónde saqué fuerzas, pero él y yo festejamos juntos, sin nadie alrededor, de la manera que pudimos. Dos meses después, Víctor murió. Desde entonces, no hay burlas a la mañana, ni canciones de cancha, ni sonrisas compartidas. Desde entonces, no hay Racing-Boca para mí.
En épocas en las que yo todavía usaba guardapolvo, en casa eran todos de Racing. Corrijo: se habían hecho de Racing por cariño a Albert, a Mati y a mí. Por eso, cuando se jugaba un Racing-Boca, todos queríamos que gane Racing. Todos menos Víctor: él hinchaba por Boca, gritaba los goles, nos desafiaba.
Yo pensaba que era para molestar, pero hace poco entendí que no. Que Víctor lo hacía para incentivar nuestro fanatismo por Racing dándonos un rival, un archienemigo. Si todos hubiéramos sido de Racing, los partidos hubieran sido aburridísimos. No hay nada más tibio que una conversación en la que todos piensan igual. No tiene gracia un juego donde todos queremos que gane el mismo. Sí: Víctor era de Boca solamente para que nosotros fuéramos de Racing.
El nivel de complicidad era enorme: durante el partido se gritaban los goles y, enseguida, se pedían las disculpas correspondientes. Pero se gritaban. Y durante los seis meses siguientes, todas las benditas mañanas, el último ganador recordaba el resultado con algún comentario burlón.
--Ay, Martín... ¿cuándo ganarán? –me decía Víctor después de un 4-0 de Boca.
--Ya les ganamos –respondía yo con injustificado orgullo-. Acordate del 6 a 4 en el ‘95.
Durante los noventa minutos que duraba el partido reinaba la paz. Siempre había un bizcochuelo, unos cafés y más de seis personas frente a la televisión. O tardecitas sentados frente a la radio. Con él compartí el 6 a 1 que, a Boca, lo dejó a un paso del título en el Clausura 91; y a mí, a un paso de la depresión. Con él compartí ése y treinta y siete clásicos más.
A principios de 2010 supe que a Víctor le quedaba poco tiempo de vida. Una enfermedad avasallante y brutal se le había instalado en el cuerpo para no irse.
El último clásico lo jugamos el 6 de marzo de 2010. Y yo sabía que era el último. Faltaban seis meses para que volvieran a enfrentarse y Víctor no iba a llegar. Ya no podía levantarse de la cama y había perdido parcialmente el oído y la vista. Me acosté al lado suyo y, por primera vez, no supe por quién hinchar. Me dediqué a relatarle el partido bien fuerte, a decirle cuánto tiempo faltaba, a hacerle creer que no le dolía todo.
Boca hizo el 1-0 enseguida y yo aproveché para enojarme y poner mala cara. En realidad estaba enojado porque mi abuelo se estaba muriendo, pero había que disimular para no levantar sospechas. Yo quería ser bueno e hinchar por Boca, para que Víctor se pusiera contento aunque no tuviera fuerzas para festejar, pero me costaba mucho desear contra Racing. Encima, el empate nos dejaba complicados con el descenso.
Peor me sentí cuando Racing dio vuelta el partido y se puso 2-1. No puedo negar que, por dentro, lo deseaba. Yo quería ser bueno, pero antes que bueno era hincha de Racing. Debería darme vergüenza.
Durante el segundo tiempo tuve ganas de llorar, de ver el partido, de hablar con Víctor de otra cosa y de irme, todo junto y sin pausas. Seguía diciendo sin parar que iban 19, que Racing iba a hacer el tercero en cualquier momento, que el partido era emocionante.
Cuando faltaban diez minutos ya no podía relatar porque tenía un nudo en la garganta. Pero no llorar cuando estabas con Víctor era sagrado. Ya no me importaban una mierda Hauche, Riquelme ni los promedios. Me le acerqué bien al oído, como para que no escuche nadie más, y le dije:
--Ahora viene el gol de Boca, Babu, ya vas a ver. Yo quiero que empaten así estamos contentos los dos.
Le acaricié la mano derecha y la frente. Y le sonreí la última sonrisa sincera que me quedó hasta su muerte. El mundo se hizo silencio y yo comprendí que se nos iba el Racing-Boca, los veintiseis años compartidos, la vida. Nunca más nadie iba a ser mi archienemigo. Si me despedí de Víctor muchas veces, ésa fue una de las más dolorosas.
Corrían 42 minutos del segundo tiempo y el empate de Boca era inminente: nos estaban peloteando. De pronto, Babu me tocó. Me acerqué y, con el hilo de voz que le quedaba, me dijo:
--Yo quiero que gane Racing, Martín. Yo quiero que gane Racing.
Le agarré la mano de nuevo, fuerte, y seguí relatando hasta el final. El equipo aguantó como pudo; Racing ganó 2 a 1. No sé de dónde sacó fuerzas, no sé de dónde saqué fuerzas, pero él y yo festejamos juntos, sin nadie alrededor, de la manera que pudimos. Dos meses después, Víctor murió. Desde entonces, no hay burlas a la mañana, ni canciones de cancha, ni sonrisas compartidas. Desde entonces, no hay Racing-Boca para mí.
miércoles, 19 de enero de 2011
Los cedros
Nadia camina por la calle Los Cedros, y se pregunta cómo serán. Cómo serán los cedros, pero también cómo serán las mañanas sin pesadillas y las tardes felices. Nadia se cruza con Lautaro, y Lautaro la mira, y suspira. Se siente tan vacío que hasta sospecha que es vil.
Un sol golpea el pelo rubio de Nadia, que no lo sabe. No sabe que su pelo es rubio, ni cuándo anochece, ni cómo llorar. Nadia no se queja ante Lucía, ni ante mamá, ni ante nadie. No mira nada, y suspira. Se siente tan vacía que hasta sospecha que es triste.
Ester frena el auto aunque el semáforo está verde. Desde que se separó de Luis se volvió menos cuidadosa, pero no ante personas como Nadia. Nadia no respeta el semáforo, pero no sabe. No sabe que no lo respeta, ni cuánto faltara para que algo, ni cómo eran los ojos de Nico.
Nico está en la cama de Mica, seguro de que es lo mejor. Es lo mejor estar con Mica, es lo mejor en la cama, es lo mejor sin Nadia. Nadie nunca lo vio. Nunca lo vio a Nico, ni al semáforo, ni a Lautaro. Mica nunca lo quiso.
Un día, Lautaro volverá a ver a Nadia y sabrá. Sabrá Lautaro que no es vil, sabrá Nadia cómo son los cedros, cómo son las mañanas sin pesadillas y las tardes felices. Sabrá cuándo anochece y cómo llorar. Un día, el que anochece es Nico. Un día, la que llora es Ester. Un día, los que se besan, salvados de muerte, bañados de cedros, son Nadia y Lautaro. Pero nadie los ve.
Un sol golpea el pelo rubio de Nadia, que no lo sabe. No sabe que su pelo es rubio, ni cuándo anochece, ni cómo llorar. Nadia no se queja ante Lucía, ni ante mamá, ni ante nadie. No mira nada, y suspira. Se siente tan vacía que hasta sospecha que es triste.
Ester frena el auto aunque el semáforo está verde. Desde que se separó de Luis se volvió menos cuidadosa, pero no ante personas como Nadia. Nadia no respeta el semáforo, pero no sabe. No sabe que no lo respeta, ni cuánto faltara para que algo, ni cómo eran los ojos de Nico.
Nico está en la cama de Mica, seguro de que es lo mejor. Es lo mejor estar con Mica, es lo mejor en la cama, es lo mejor sin Nadia. Nadie nunca lo vio. Nunca lo vio a Nico, ni al semáforo, ni a Lautaro. Mica nunca lo quiso.
Un día, Lautaro volverá a ver a Nadia y sabrá. Sabrá Lautaro que no es vil, sabrá Nadia cómo son los cedros, cómo son las mañanas sin pesadillas y las tardes felices. Sabrá cuándo anochece y cómo llorar. Un día, el que anochece es Nico. Un día, la que llora es Ester. Un día, los que se besan, salvados de muerte, bañados de cedros, son Nadia y Lautaro. Pero nadie los ve.
jueves, 6 de enero de 2011
Violeta
Por Martín Estévez
La culpa de mi tristeza la tiene Violeta. No la tristeza pasajera, que aparece porque perdió Racing o porque Tamara se enojó porque de nuevo estoy hablando sobre otras mujeres en mi blog. Esa tristeza se soluciona con un gol de Lugüercio, por un lado; o con mates y besos, por el otro.
Violeta, en cambio, es la culpable de mi tristeza esencial, eterna e inmodificable. Violeta moldeó mi nostalgia con sus ojos.
Si de chico tenía una esperanza de que existiera Dios, era porque eso explicaba que ella y yo fuéramos todos los días a la misma escuela. Nos conocíamos desde el prescolar, pero recién en segundo grado me enamoré. Perdidamente.
Violeta tenía pecas y desesperantes ratos de timidez. Cuando algo le daba vergüenza no se ponía roja como cualquiera: los ojos se le cerraban un poquito y le brillaban, dejaba escapar un tercio de sonrisa majestuoso, movía los hombros con delicadeza insuperable.
Cuando Violeta sentía vergüenza, mirarla me generaba exactamente lo mismo.
La segunda prueba de la existencia de Dios fue cuando nuestra maestra de segundo, Silvia (sobre quien escribí alguna vez), nos sentó juntos. A los dos. Violeta y yo. Solos. Fueron tres de las mejores semanas de mi vida, aunque casi ni me animé a hablarle.
Silvia decía que nos mezclaba a todos para que el grupo se integrara, pero yo intuía que no era así: ella sabía la verdad, había notado mi amor y había decidido (ya que era su alumno preferido) intervenir para que Violeta y yo nos casáramos de grandes.
(Hace poco, Silvia me juró que nos sentó juntos por motivos pedagógicos: éramos los únicos del grado que leíamos de corrido. Y también me aclaró que nunca fui su alumno favorito. Pero sé que es mentira: Silvia sabía que yo no podía vivir sin Violeta).
Quiero que lo entiendan: todo lo que escriba sobre mi vida entre 1991 y 2000 en realidad habla sobre Violeta. Todas mis acciones, mis pensamientos, mis sueños eran motivados por sus ojazos verdes. Todos mis textos sobre esos nueve cortos años se refieren a ella aunque simulen hablar de otro tema. Lo digo en serio.
En verano vivía en estado de animación suspendida. Casi no dormía por culpa de una pesadilla recurrente: comenzaban las clases, todos formábamos y ella no estaba. Violeta se había cambiado de colegio y mi mundo se había terminado para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre. Verla el primer día me garantizaba un año más de vida. De hecho, el único motivo por el que hice el secundario en el Instituto Lomas fue porque ella se había anotado ahí.
Cualquier mínimo suceso que ocurriera entre nosotros me parecía un milagro. En tercer grado nos tocó el mismo turno para ir a la biblioteca; fue así como, para impresionarla, leí Fuenteovejuna, La vida es sueño y Fausto sin entender nada de lo que decían.
—¿Seguro querés las obras completas de Voltaire? —me preguntaba la bibliotecaria con desconfianza.
En quinto votamos qué canción cantar a fin de año y eligió la misma que yo; durante tres meses tarareé ese tema con una sonrisa.
La mejor nota que recibí en mi infancia fue un 3 en Ciencias Naturales: exactamente la misma que se sacó Violeta. Era maravilloso, ambos teníamos idéntico desconocimiento sobre la composición de las células. Para mí resultaba evidente: éramos el uno para el otro.
Cada año había una fecha determinante para saber qué sentía ella por mí: la entrega de las fotos grupales. Esa tarde todos firmábamos las fotos de todos, y a los que no tenían plata para comprarla, agarrábamos una hoja y les firmábamos igual.
Si en cuarto grado había vivido veinte segundos lumínicos discutiendo con ella quién pondría primero el inocente “Violeta” o “Martín” en la foto del otro (teníamos una sola lapicera para los dos), en sexto me rompió el corazón.
Todos empezaban a soltarse y, en lugar de los nombres, proliferaban frases como Sos mi mejor amiga, Me parecés el más divertido del grado o Aguante River 95. Yo había ensayado durante días cómo firmarle y tomé la iniciativa, declarándola por escrito la chica más linda de todas las veredas del mundo. Ella me escribió lo siguiente:
¿Para un buen compañero? ¡¿Para un buen compañero?! Yo empezaba a crecer y ésa fue la primera verdad inmodificable de mi vida: ella no gustaba de mí. Nunca iba a gustar de mí. Volví triste a casa y no tomé la merienda. A la noche, asumí que debería adorarla sin esperar nada a cambio.
En realidad, siempre supe que no tenía chances con ella. Ninguna. Durante mi infancia yo era una especie de insulto a la estética: gordo, con pelo largo, inútil para conversar con una chica, cobarde. Tenía todo en contra y Violeta tenía dos cosas determinantes a su favor: sus ojos. Yo no estaba a su altura y eso me generaba doble angustia: lo sabía y no podía compartir mi dolor con nadie.
La ausencia total de amigos y la literatura suelen ir de la mano. Yo tenía ante mí la certeza del amor no correspondido en toda su magnificencia. Sabía que estaba condenado a soñar con alguien que nunca soñaría conmigo. El amor no correspondido era una monstruosa sombra negra que no me permitía mostrar los dientes al reír, que me hacía doler las piernas todos los lunes, que me empujaba hacia adentro para que yo nunca pudiera salir.
Pasar nueve años pensando en alguien a quien jamás vas a poder abrazar: eso me hizo ser lo que soy ahora. No hay nada que haya influido tanto en mi formación como persona como el amor no correspondido. No hay nada que me haya generado tanta melancolía como esperar sin esperanza. Pero los ojos de Violeta, además de tristeza, me dieron una vocación: si este blog existe es porque Violeta no me quiso.
Fue un sábado. Yo tenía 12 años y estaba en la casa de Juanca (mi papá) en Lugano. Eran las dos de la mañana y todos dormían. El Nintendo ya me había fastidiado y no hacía otra cosa que pensar, como siempre, en Violeta. En cada gesto que había hecho durante la semana, en qué excusa inventar para hablarle. En qué estaría haciendo, en cómo dormiría, en por qué, por qué, por qué nunca, ella y yo, estaríamos juntos.
La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo: supe que era de noche, que ella estaba lejos, que nunca sabría nada de mí y que yo estaba triste; supe que la angustia es perversa, que enamorarse es peligroso, que aunque había comido cinco porciones de pizza me sentía vacío.
Fue un ejercicio maravilloso porque no hubo nadie para verlo. Nació espontáneo, como si esas palabras hubieran estado siempre dentro mío, esperando para salir en cuanto me animara. No supe bien qué hice, pero lo hice: miré fijo la servilleta, apreté la lapicera y escribí mi primera poesía.
La culpa de mi tristeza la tiene Violeta. No la tristeza pasajera, que aparece porque perdió Racing o porque Tamara se enojó porque de nuevo estoy hablando sobre otras mujeres en mi blog. Esa tristeza se soluciona con un gol de Lugüercio, por un lado; o con mates y besos, por el otro.
Violeta, en cambio, es la culpable de mi tristeza esencial, eterna e inmodificable. Violeta moldeó mi nostalgia con sus ojos.
Si de chico tenía una esperanza de que existiera Dios, era porque eso explicaba que ella y yo fuéramos todos los días a la misma escuela. Nos conocíamos desde el prescolar, pero recién en segundo grado me enamoré. Perdidamente.
Violeta tenía pecas y desesperantes ratos de timidez. Cuando algo le daba vergüenza no se ponía roja como cualquiera: los ojos se le cerraban un poquito y le brillaban, dejaba escapar un tercio de sonrisa majestuoso, movía los hombros con delicadeza insuperable.
Cuando Violeta sentía vergüenza, mirarla me generaba exactamente lo mismo.
La segunda prueba de la existencia de Dios fue cuando nuestra maestra de segundo, Silvia (sobre quien escribí alguna vez), nos sentó juntos. A los dos. Violeta y yo. Solos. Fueron tres de las mejores semanas de mi vida, aunque casi ni me animé a hablarle.
Silvia decía que nos mezclaba a todos para que el grupo se integrara, pero yo intuía que no era así: ella sabía la verdad, había notado mi amor y había decidido (ya que era su alumno preferido) intervenir para que Violeta y yo nos casáramos de grandes.
(Hace poco, Silvia me juró que nos sentó juntos por motivos pedagógicos: éramos los únicos del grado que leíamos de corrido. Y también me aclaró que nunca fui su alumno favorito. Pero sé que es mentira: Silvia sabía que yo no podía vivir sin Violeta).
Quiero que lo entiendan: todo lo que escriba sobre mi vida entre 1991 y 2000 en realidad habla sobre Violeta. Todas mis acciones, mis pensamientos, mis sueños eran motivados por sus ojazos verdes. Todos mis textos sobre esos nueve cortos años se refieren a ella aunque simulen hablar de otro tema. Lo digo en serio.
En verano vivía en estado de animación suspendida. Casi no dormía por culpa de una pesadilla recurrente: comenzaban las clases, todos formábamos y ella no estaba. Violeta se había cambiado de colegio y mi mundo se había terminado para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre. Verla el primer día me garantizaba un año más de vida. De hecho, el único motivo por el que hice el secundario en el Instituto Lomas fue porque ella se había anotado ahí.
Cualquier mínimo suceso que ocurriera entre nosotros me parecía un milagro. En tercer grado nos tocó el mismo turno para ir a la biblioteca; fue así como, para impresionarla, leí Fuenteovejuna, La vida es sueño y Fausto sin entender nada de lo que decían.
—¿Seguro querés las obras completas de Voltaire? —me preguntaba la bibliotecaria con desconfianza.
En quinto votamos qué canción cantar a fin de año y eligió la misma que yo; durante tres meses tarareé ese tema con una sonrisa.
La mejor nota que recibí en mi infancia fue un 3 en Ciencias Naturales: exactamente la misma que se sacó Violeta. Era maravilloso, ambos teníamos idéntico desconocimiento sobre la composición de las células. Para mí resultaba evidente: éramos el uno para el otro.
Cada año había una fecha determinante para saber qué sentía ella por mí: la entrega de las fotos grupales. Esa tarde todos firmábamos las fotos de todos, y a los que no tenían plata para comprarla, agarrábamos una hoja y les firmábamos igual.
Si en cuarto grado había vivido veinte segundos lumínicos discutiendo con ella quién pondría primero el inocente “Violeta” o “Martín” en la foto del otro (teníamos una sola lapicera para los dos), en sexto me rompió el corazón.
Todos empezaban a soltarse y, en lugar de los nombres, proliferaban frases como Sos mi mejor amiga, Me parecés el más divertido del grado o Aguante River 95. Yo había ensayado durante días cómo firmarle y tomé la iniciativa, declarándola por escrito la chica más linda de todas las veredas del mundo. Ella me escribió lo siguiente:
Para un buen compañero
Violeta
¿Para un buen compañero? ¡¿Para un buen compañero?! Yo empezaba a crecer y ésa fue la primera verdad inmodificable de mi vida: ella no gustaba de mí. Nunca iba a gustar de mí. Volví triste a casa y no tomé la merienda. A la noche, asumí que debería adorarla sin esperar nada a cambio.
En realidad, siempre supe que no tenía chances con ella. Ninguna. Durante mi infancia yo era una especie de insulto a la estética: gordo, con pelo largo, inútil para conversar con una chica, cobarde. Tenía todo en contra y Violeta tenía dos cosas determinantes a su favor: sus ojos. Yo no estaba a su altura y eso me generaba doble angustia: lo sabía y no podía compartir mi dolor con nadie.
La ausencia total de amigos y la literatura suelen ir de la mano. Yo tenía ante mí la certeza del amor no correspondido en toda su magnificencia. Sabía que estaba condenado a soñar con alguien que nunca soñaría conmigo. El amor no correspondido era una monstruosa sombra negra que no me permitía mostrar los dientes al reír, que me hacía doler las piernas todos los lunes, que me empujaba hacia adentro para que yo nunca pudiera salir.
Pasar nueve años pensando en alguien a quien jamás vas a poder abrazar: eso me hizo ser lo que soy ahora. No hay nada que haya influido tanto en mi formación como persona como el amor no correspondido. No hay nada que me haya generado tanta melancolía como esperar sin esperanza. Pero los ojos de Violeta, además de tristeza, me dieron una vocación: si este blog existe es porque Violeta no me quiso.
Fue un sábado. Yo tenía 12 años y estaba en la casa de Juanca (mi papá) en Lugano. Eran las dos de la mañana y todos dormían. El Nintendo ya me había fastidiado y no hacía otra cosa que pensar, como siempre, en Violeta. En cada gesto que había hecho durante la semana, en qué excusa inventar para hablarle. En qué estaría haciendo, en cómo dormiría, en por qué, por qué, por qué nunca, ella y yo, estaríamos juntos.
La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo: supe que era de noche, que ella estaba lejos, que nunca sabría nada de mí y que yo estaba triste; supe que la angustia es perversa, que enamorarse es peligroso, que aunque había comido cinco porciones de pizza me sentía vacío.
Fue un ejercicio maravilloso porque no hubo nadie para verlo. Nació espontáneo, como si esas palabras hubieran estado siempre dentro mío, esperando para salir en cuanto me animara. No supe bien qué hice, pero lo hice: miré fijo la servilleta, apreté la lapicera y escribí mi primera poesía.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Quería llamarme Javier
Por Martín Estévez
En el parque temático del Infierno flota tu pelo. Ya sos lejos, entropía, asesina de lo azul. Anoche llovió en el mar y no estabas. Nunca estás.
No decido caminar cuando camino; decido cuando te pierdo. Sos caminar porque tus piernas me cantan bajo. Suspiran. No decido nada cuando decidís. Pierdo.
Quería llamarme Javier cuando era chico, pero nunca lo supiste. Ni de mis jaulas, ni de mis letras, ni de mi adiós. Todavía te miro mientras tus ojos surfean en la fuente. Vivos de tanta muerte. Huérfanos de verdad.
Nadia me convida de su cuerpo, pero no siento nada. El hambre no es una necesidad, sino un deseo. Vos seguís siempre en la fuente, o en un mar lluvioso, o en mis labios. Ni siquiera pretendo entenderlo. Seguís siendo todo lo que espero del mundo.
Anteanoche jugué al poker con Lautaro. Él también te recuerda leyendo Madame Bovary, pero no recuerda cuándo. Ni tus medias perpendiculares al Ecuador, ni el modo en que pestañeabas, ni cuando juraste amarme para siempre. Lucas no fuma desde que dejé de pensar en vos. Vuelve a pitar.
Vos estudiabas mecanografía sin sentido: nunca quisiste una máquina de escribir. Te conocí en un mes que no me animo a nombrar; no era mayo. Tenías algunas pulseras menos y cuatro caracoles en tu habitación. Yo dormía con alguien.
Un año después ya no cantabas a la mañana. Tu Navidad había sido la peor y dejaste de escribir. Te dolía. Yo seguía componiendo para vos aunque nunca me animé. Ahora me cansa tanto catalogar nuestro pasado que prefiero perderte.
Hoy doy la última materia. Sigo odiando Comunicación Social; la elegí por vos. Debería estudiar, y mentir, y olvidar. Pero estoy sentado con este lápiz, y tus ojos surfeando sobre esa fuente.
No soy yo desde que lloraste en ese bar. Esa noche asumí mi fracaso. Soy tan tristemente tuyo que me da miedo. Porque no estuviste. Porque nunca estás.
En el parque temático del Infierno flota tu pelo. Ya sos lejos, entropía, asesina de lo azul. Anoche llovió en el mar y no estabas. Nunca estás.
No decido caminar cuando camino; decido cuando te pierdo. Sos caminar porque tus piernas me cantan bajo. Suspiran. No decido nada cuando decidís. Pierdo.
Quería llamarme Javier cuando era chico, pero nunca lo supiste. Ni de mis jaulas, ni de mis letras, ni de mi adiós. Todavía te miro mientras tus ojos surfean en la fuente. Vivos de tanta muerte. Huérfanos de verdad.
Nadia me convida de su cuerpo, pero no siento nada. El hambre no es una necesidad, sino un deseo. Vos seguís siempre en la fuente, o en un mar lluvioso, o en mis labios. Ni siquiera pretendo entenderlo. Seguís siendo todo lo que espero del mundo.
Anteanoche jugué al poker con Lautaro. Él también te recuerda leyendo Madame Bovary, pero no recuerda cuándo. Ni tus medias perpendiculares al Ecuador, ni el modo en que pestañeabas, ni cuando juraste amarme para siempre. Lucas no fuma desde que dejé de pensar en vos. Vuelve a pitar.
Vos estudiabas mecanografía sin sentido: nunca quisiste una máquina de escribir. Te conocí en un mes que no me animo a nombrar; no era mayo. Tenías algunas pulseras menos y cuatro caracoles en tu habitación. Yo dormía con alguien.
Un año después ya no cantabas a la mañana. Tu Navidad había sido la peor y dejaste de escribir. Te dolía. Yo seguía componiendo para vos aunque nunca me animé. Ahora me cansa tanto catalogar nuestro pasado que prefiero perderte.
Hoy doy la última materia. Sigo odiando Comunicación Social; la elegí por vos. Debería estudiar, y mentir, y olvidar. Pero estoy sentado con este lápiz, y tus ojos surfeando sobre esa fuente.
No soy yo desde que lloraste en ese bar. Esa noche asumí mi fracaso. Soy tan tristemente tuyo que me da miedo. Porque no estuviste. Porque nunca estás.
martes, 2 de noviembre de 2010
El peso de la langosta
Por Martín Estévez / Ilustración: Matías Arias
Gaby y Alberto están en su casa mirando un libro. Gaby es amiga de mi mamá y Alberto es su esposo. El libro está repleto de banderas. Yo tengo 7 años y los miro esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—¿Ésta es de algún país árabe, no?” —dice ella.
—Puede ser. Siria o alguno de ésos —dice él.
—Tailandia no es. ¿Y Pakistán? —dice ella.
—¿Seguro no es de Europa?” —dice mi mamá.
—Mozambique —digo yo.
Y todos miran asombrados.
La situación se repite todo el tiempo. No el hecho de ir a lo de Gabriela, sino que me miren con asombro. Por exceso de tiempo libre, memorizo datos inútiles: diseños de banderas africanas, la programación de ATC, el plantel de Ferro, canciones de Los Rodríguez. El hecho, de tan cotidiano, me es indiferente.
—Después, cuando llame tu mamá, pedile su número de documento —me dice mi tía Elvi.
—Dieciocho siete cuatro dos siete tres cinco —le respondo sin quitar la mirada de la Croniquita.
Sin embargo, mis conocimientos no habían incomodado a nadie hasta esta tarde de domingo en la que Diego revisa las cartas de Lucha Fuerte con desdén. Diego tiene 14 años y es mi primo. Lucha Fuerte es un programa de catch barato que miro por televisión. Yo estoy en la mesa familiar esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—Si te toca la carta de Gibor cantás la edad y ganás siempre —se queja Diego—. ¡Tiene 125 años!
—Kruel tiene 140 —digo con voz casi imperceptible—. Y Robox, 150.
Y todos miran asombrados.
Treinta y cuatro segundos después, Diego ya me apostó 5.000 australes a que no puedo decirle todos los datos de las cartas. Está seguro de que en alguna voy a fallar. Acepto sin darle demasiada importancia.
—El ninja negro. ¿Peso? —dispara Diego.
—82 kilos —respondo.
—El Charro Santana. ¿Estatura?
—1,70.
—Enrique Orchessi. ¿Levantamiento de pesas?
—150 kilos.
—Papa Pacífico. ¿Edad?
—48 años.
Diego empieza a transpirar y a pensar en cómo conseguir 5.000 australes. Los otros ocho integrantes de la familia me miran orgullosos, deseando mi victoria. Soy el más chico, y eso genera simpatía.
—Iván Kowalski. ¿Estatura?
—1,78.
—Rasputín. ¿Levantamiento de pesas?
—143 kilos.
—El tiburón del Caribe, ¿edad?
—43 años.
El triunfo está asegurado y sonrío haciéndome el canchero. No hay chances de perder. Queda sólo una pregunta y Diego la hace con resignación.
—La langosta. ¿Peso?
La sé. Claro que la sé. Sé que la langosta pesa 73 kilos, cinco más que Don Pepo, 47 menos que William Boo. Levanto la cabeza con soberbia y veo a Diego molesto, herido, derrotado. Si hasta este momento las cosas que recuerdo no han hecho daño, eso está por cambiar. Diego está sufriendo.
Me detengo. Se hace un silencio. Un silencio largo. “Me parece que no la sabe”, susurra Chuna.
Entiendo de pronto que, si respondo correctamente, si gano esos 5.000 australes sin esfuerzo, seré siempre un burdo buscador de asombro, un recolector de datos inútiles, un desdichado que solo querrá llamar la atención.
Si respondo correctamente seré un cobarde que le temerá a la ignorancia. Durante los interminables años que me queden de vida intentaré acumular conocimientos por temor a que no me quieran.
Si digo el peso exacto de la langosta, hoy me regocijaré sintiéndome mejor que los demás, pero mañana mi bolso lleno de datos inútiles estará vacío, o peor: lleno de ausencias y de soledad.
Si no respondo, en cambio, si digo un número cualquiera, si simulo que los nervios me derrotaron, si me permito perder, elegiré otro camino.
Diego no se sentirá humillado por un chico de 7 años, mi familia no esperará que yo siempre sepa todo, no nadaré durante décadas en una infundada soberbia.
Si respondo mal pierdo 5.000 australes pero gano libertad: me quito de encima las miradas, las obligaciones, la desesperación por mostrarles a todos que no solo sé que Qatar y Ghana son países, sino que también sé que jugaron el último Mundial Sub 17.
Dejo la cucharita, dejo el bizcochuelo y los miro a ellos, a nueve personas que no saben que en este momento estoy definiendo buena parte de mi vida. Que, en el instante en que responda, estaré condenándome a acumular millones de datos inútiles para caer bien; o decidiendo una vida feliz donde no me importe la mirada de los demás, donde no me sienta avergonzado por mis defectos.
Respiro. El silencio ya es insoportable. Diego está por insultarme y siento calor en la cara. El momento llega. Alguien mueve una silla. Respiro de nuevo. Miro al vacío e intento que no me tiemble la voz.
—73 kilos —respondo.
• Escuchá este texto en Spotify.
• Mirá y escuchá este texto en YouTube.
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
Gaby y Alberto están en su casa mirando un libro. Gaby es amiga de mi mamá y Alberto es su esposo. El libro está repleto de banderas. Yo tengo 7 años y los miro esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—¿Ésta es de algún país árabe, no?” —dice ella.
—Puede ser. Siria o alguno de ésos —dice él.
—Tailandia no es. ¿Y Pakistán? —dice ella.
—¿Seguro no es de Europa?” —dice mi mamá.
—Mozambique —digo yo.
Y todos miran asombrados.
La situación se repite todo el tiempo. No el hecho de ir a lo de Gabriela, sino que me miren con asombro. Por exceso de tiempo libre, memorizo datos inútiles: diseños de banderas africanas, la programación de ATC, el plantel de Ferro, canciones de Los Rodríguez. El hecho, de tan cotidiano, me es indiferente.
—Después, cuando llame tu mamá, pedile su número de documento —me dice mi tía Elvi.
—Dieciocho siete cuatro dos siete tres cinco —le respondo sin quitar la mirada de la Croniquita.
Sin embargo, mis conocimientos no habían incomodado a nadie hasta esta tarde de domingo en la que Diego revisa las cartas de Lucha Fuerte con desdén. Diego tiene 14 años y es mi primo. Lucha Fuerte es un programa de catch barato que miro por televisión. Yo estoy en la mesa familiar esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—Si te toca la carta de Gibor cantás la edad y ganás siempre —se queja Diego—. ¡Tiene 125 años!
—Kruel tiene 140 —digo con voz casi imperceptible—. Y Robox, 150.
Y todos miran asombrados.
Treinta y cuatro segundos después, Diego ya me apostó 5.000 australes a que no puedo decirle todos los datos de las cartas. Está seguro de que en alguna voy a fallar. Acepto sin darle demasiada importancia.
—El ninja negro. ¿Peso? —dispara Diego.
—82 kilos —respondo.
—El Charro Santana. ¿Estatura?
—1,70.
—Enrique Orchessi. ¿Levantamiento de pesas?
—150 kilos.
—Papa Pacífico. ¿Edad?
—48 años.
Diego empieza a transpirar y a pensar en cómo conseguir 5.000 australes. Los otros ocho integrantes de la familia me miran orgullosos, deseando mi victoria. Soy el más chico, y eso genera simpatía.
—Iván Kowalski. ¿Estatura?
—1,78.
—Rasputín. ¿Levantamiento de pesas?
—143 kilos.
—El tiburón del Caribe, ¿edad?
—43 años.
El triunfo está asegurado y sonrío haciéndome el canchero. No hay chances de perder. Queda sólo una pregunta y Diego la hace con resignación.
—La langosta. ¿Peso?
La sé. Claro que la sé. Sé que la langosta pesa 73 kilos, cinco más que Don Pepo, 47 menos que William Boo. Levanto la cabeza con soberbia y veo a Diego molesto, herido, derrotado. Si hasta este momento las cosas que recuerdo no han hecho daño, eso está por cambiar. Diego está sufriendo.
Me detengo. Se hace un silencio. Un silencio largo. “Me parece que no la sabe”, susurra Chuna.
Entiendo de pronto que, si respondo correctamente, si gano esos 5.000 australes sin esfuerzo, seré siempre un burdo buscador de asombro, un recolector de datos inútiles, un desdichado que solo querrá llamar la atención.
Si respondo correctamente seré un cobarde que le temerá a la ignorancia. Durante los interminables años que me queden de vida intentaré acumular conocimientos por temor a que no me quieran.
Si digo el peso exacto de la langosta, hoy me regocijaré sintiéndome mejor que los demás, pero mañana mi bolso lleno de datos inútiles estará vacío, o peor: lleno de ausencias y de soledad.
Si no respondo, en cambio, si digo un número cualquiera, si simulo que los nervios me derrotaron, si me permito perder, elegiré otro camino.
Diego no se sentirá humillado por un chico de 7 años, mi familia no esperará que yo siempre sepa todo, no nadaré durante décadas en una infundada soberbia.
Si respondo mal pierdo 5.000 australes pero gano libertad: me quito de encima las miradas, las obligaciones, la desesperación por mostrarles a todos que no solo sé que Qatar y Ghana son países, sino que también sé que jugaron el último Mundial Sub 17.
Dejo la cucharita, dejo el bizcochuelo y los miro a ellos, a nueve personas que no saben que en este momento estoy definiendo buena parte de mi vida. Que, en el instante en que responda, estaré condenándome a acumular millones de datos inútiles para caer bien; o decidiendo una vida feliz donde no me importe la mirada de los demás, donde no me sienta avergonzado por mis defectos.
Respiro. El silencio ya es insoportable. Diego está por insultarme y siento calor en la cara. El momento llega. Alguien mueve una silla. Respiro de nuevo. Miro al vacío e intento que no me tiemble la voz.
—73 kilos —respondo.
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lunes, 25 de octubre de 2010
El amigo que perdí
Por Martín Estévez
Ya en primer grado supe que me esperaba una vida llena de vacíos y silencios, de miradas desconfiadas, de miedo. A los 6 años, me refugiaba en mi casa y no iba a ningún lugar que no fuera la escuela. Y encima, en la escuela, dos grandotes de segundo me cagaban a trompadas todos los días. Primer grado habría sido una mierda si no hubiera estado David.
No nos parecíamos en nada. David era más sociable, menos tímido, más normal. No sé cómo nos encontramos. Hay personas que nos caen bien enseguida, al ver sus gestos, sus movimientos, su forma de hablar. A las que, con sólo escucharlas quejarse de su psicóloga, ya las queremos. David fue uno de ésos.
A los 6 años yo me dedicaba a ser prolijo, a pasar desapercibido, a no dar indicios de psicótico. Excepto con David. Con él, en cada recreo, nos convertíamos en enemigos. A las 13:50, 14:50 y 15:50, ayudados por una bola de papel y cinta scotch, y por los banquitos de cemento del patio, nos entregábamos a un duelo de penales visceral y terminante: no valía empatar.
Hoy no puedo entender cómo nos animábamos, pero David y yo (angelitos el resto del día) ignorábamos los reclamos de la maestra cuando íbamos empatados. Ni siquiera la mirábamos. Pateábamos penales hasta que la balanza se desequilibraba hacia algún lado. Ganaba él o ganaba yo. Sin concesiones.
Al final de un recreo de mayo, cansada de nosotros, la señorita Liliana intentó hacer valer su autoridad. Se acercó con cara de mala, caminando casi agachada para quedarse con nuestra pelota. Pero, justo antes de que la tocara, David gritó, con los ojos inyectados de sangre: la miró fijo, con los ojos un poco rojos.
—¡Noooooooooo! ¿Qué haceeeee?
—¡Bueno, bueno! —retrocedió ella asustada—. Pero cuando terminen, entren rapidito.
Y nunca volvió a molestarnos.
Con David no hablábamos sobre chicas ni sobre nuestros papás. Ni sobre nada que no fueran los penales. Adivinábamos el estado de ánimo del otro por el modo en que pateaba: si él despedazaba la pelota de papel de un derechazo, yo sabía que lo habían retado en casa; si yo apenas movía el pie por las ganas de llorar, él se dejaba ganar para no profundizar la herida.
La primera vez que hablamos sobre otra cosa fue un jueves de noviembre, me re acuerdo. Todos se arremangaban el guardapolvo por el calor y Adrián Tedeschi lloraba, como casi siempre. Mientras formábamos para entrar, David dijo:
—Me cambio de escuela.
Nos despedimos el viernes 7 de diciembre de 1990. Resistí todo el acto de fin de año con un nudo en la garganta y, cuando terminó, aprendí un saludo que repetiría muchas veces durante mi vida. Le apreté fuerte la mano derecha y le dije “fue un placer”. No me lo olvido más: me respondió con la mirada.
Las vacaciones fueron un calvario por culpa de Flavia Palmiero. Yo no pensaba en David hasta que Chuna o Gaby, sin sospechar nada, ponían el cassette de La ola está de fiesta. Estúpido cassette. Lo odié con toda mi alma.
—Cuando pasen muchos años y lleguemos a ser grandes me gustaría que sigamos como hoy...
... desafinaba Flavia en Somos amigos, y a mí se me rompía el corazón. No es que me ponía un poco triste: tenía que esconderme en la pieza porque lloraba a lo bestia, inconsciente de cómo dañaba mi hombría en ese acto. Fue la primera cosa que los homofóbicos llamarían de puto que hice. Más adelante escucharía discos de Alejandro Sanz, sería vegetariano e iría a un taller de teatro.
Tiempo después, confié en Gaby, le conté mi secreto y le pedí que nunca más pusiera esa canción. Fue un error: Somos amigos se repitió infinitamente en casa, a todo volumen, con risas de fondo. Una y otra vez.
Hasta que, de tanto enfermarme, me curé. Y, como casi todo, David pasó al olvido.
El único motivo por el que escribo esto, ahora lo descubro, es porque la amistad con David fue cortada de golpe, serruchada sin prolijidad, arrancada de la lógica.
Si David hubiera seguido en la Escuela 29, nos habríamos peleado en quinto grado. O sería policía, como Diego, y nos alejaríamos por decantación. Pero no: David es siempre un niño de 6 años que no creció, no engordó, no se volvió un adolescente idiota. David es el Che Guevara de mi infancia.
Me tiene harto, David.
Yo, antes que por los amigos que se alejan llenos de gloria, por los jóvenes que se retiran campeones, por las novias que nos dejan y por las cosas que podrían haber sido, brindo por otra cosa.
Brindo por los que se quedan a remar conmigo, por los que juegan a ganar hasta los 84 años.
Brindo por las mujeres que nos quieren hoy, por las cosas que sí fueron y (aunque no sean de miel) son nuestras.
Brindo por amigos imperfectos que me esperan aunque haga frío, por los que saben que voy a perder pero igual sostienen mi esperanza.
Brindo por todos los que, en el medio de mis catástrofes y hasta que me muera viejo, siguen leyendo estas palabras aunque nunca signifiquen nada.
• La ilustración fue un regalo que me hizo Valeria Macchia.
• En la foto, David es el quinto de la segunda fila.
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• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
Ya en primer grado supe que me esperaba una vida llena de vacíos y silencios, de miradas desconfiadas, de miedo. A los 6 años, me refugiaba en mi casa y no iba a ningún lugar que no fuera la escuela. Y encima, en la escuela, dos grandotes de segundo me cagaban a trompadas todos los días. Primer grado habría sido una mierda si no hubiera estado David.
No nos parecíamos en nada. David era más sociable, menos tímido, más normal. No sé cómo nos encontramos. Hay personas que nos caen bien enseguida, al ver sus gestos, sus movimientos, su forma de hablar. A las que, con sólo escucharlas quejarse de su psicóloga, ya las queremos. David fue uno de ésos.
A los 6 años yo me dedicaba a ser prolijo, a pasar desapercibido, a no dar indicios de psicótico. Excepto con David. Con él, en cada recreo, nos convertíamos en enemigos. A las 13:50, 14:50 y 15:50, ayudados por una bola de papel y cinta scotch, y por los banquitos de cemento del patio, nos entregábamos a un duelo de penales visceral y terminante: no valía empatar.
Hoy no puedo entender cómo nos animábamos, pero David y yo (angelitos el resto del día) ignorábamos los reclamos de la maestra cuando íbamos empatados. Ni siquiera la mirábamos. Pateábamos penales hasta que la balanza se desequilibraba hacia algún lado. Ganaba él o ganaba yo. Sin concesiones.
Al final de un recreo de mayo, cansada de nosotros, la señorita Liliana intentó hacer valer su autoridad. Se acercó con cara de mala, caminando casi agachada para quedarse con nuestra pelota. Pero, justo antes de que la tocara, David gritó, con los ojos inyectados de sangre: la miró fijo, con los ojos un poco rojos.
—¡Noooooooooo! ¿Qué haceeeee?
—¡Bueno, bueno! —retrocedió ella asustada—. Pero cuando terminen, entren rapidito.
Y nunca volvió a molestarnos.
Con David no hablábamos sobre chicas ni sobre nuestros papás. Ni sobre nada que no fueran los penales. Adivinábamos el estado de ánimo del otro por el modo en que pateaba: si él despedazaba la pelota de papel de un derechazo, yo sabía que lo habían retado en casa; si yo apenas movía el pie por las ganas de llorar, él se dejaba ganar para no profundizar la herida.
La primera vez que hablamos sobre otra cosa fue un jueves de noviembre, me re acuerdo. Todos se arremangaban el guardapolvo por el calor y Adrián Tedeschi lloraba, como casi siempre. Mientras formábamos para entrar, David dijo:
—Me cambio de escuela.
Nos despedimos el viernes 7 de diciembre de 1990. Resistí todo el acto de fin de año con un nudo en la garganta y, cuando terminó, aprendí un saludo que repetiría muchas veces durante mi vida. Le apreté fuerte la mano derecha y le dije “fue un placer”. No me lo olvido más: me respondió con la mirada.
Las vacaciones fueron un calvario por culpa de Flavia Palmiero. Yo no pensaba en David hasta que Chuna o Gaby, sin sospechar nada, ponían el cassette de La ola está de fiesta. Estúpido cassette. Lo odié con toda mi alma.
—Cuando pasen muchos años y lleguemos a ser grandes me gustaría que sigamos como hoy...
... desafinaba Flavia en Somos amigos, y a mí se me rompía el corazón. No es que me ponía un poco triste: tenía que esconderme en la pieza porque lloraba a lo bestia, inconsciente de cómo dañaba mi hombría en ese acto. Fue la primera cosa que los homofóbicos llamarían de puto que hice. Más adelante escucharía discos de Alejandro Sanz, sería vegetariano e iría a un taller de teatro.
Tiempo después, confié en Gaby, le conté mi secreto y le pedí que nunca más pusiera esa canción. Fue un error: Somos amigos se repitió infinitamente en casa, a todo volumen, con risas de fondo. Una y otra vez.
Hasta que, de tanto enfermarme, me curé. Y, como casi todo, David pasó al olvido.
El único motivo por el que escribo esto, ahora lo descubro, es porque la amistad con David fue cortada de golpe, serruchada sin prolijidad, arrancada de la lógica.
Si David hubiera seguido en la Escuela 29, nos habríamos peleado en quinto grado. O sería policía, como Diego, y nos alejaríamos por decantación. Pero no: David es siempre un niño de 6 años que no creció, no engordó, no se volvió un adolescente idiota. David es el Che Guevara de mi infancia.
Me tiene harto, David.
Yo, antes que por los amigos que se alejan llenos de gloria, por los jóvenes que se retiran campeones, por las novias que nos dejan y por las cosas que podrían haber sido, brindo por otra cosa.
Brindo por los que se quedan a remar conmigo, por los que juegan a ganar hasta los 84 años.
Brindo por las mujeres que nos quieren hoy, por las cosas que sí fueron y (aunque no sean de miel) son nuestras.
Brindo por amigos imperfectos que me esperan aunque haga frío, por los que saben que voy a perder pero igual sostienen mi esperanza.
Brindo por todos los que, en el medio de mis catástrofes y hasta que me muera viejo, siguen leyendo estas palabras aunque nunca signifiquen nada.
• La ilustración fue un regalo que me hizo Valeria Macchia.
• En la foto, David es el quinto de la segunda fila.
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