Por Martín Estévez
No me acuerdo nada de 1992. Todos los años tienen particularidades, eventos importantes, alguna tristeza contundente. Algo que los distingue de los demás. Pero mi 1992 no tuvo nada de nada de nada. Como mucho, puedo decir que iba a tercer grado y que mi maestra se llamaba Elisa Susana Bandín; que recuerde su nombre completo es la muestra de que, ese año, mi memoria no tuvo nada mejor que atesorar.
Cuando pienso en un año lo asocio a lo que pasó futbolísticamente. Y en el ’92 no pasó nada: no hubo Mundial ni Copa América, y las campañas de Racing fueron tristes. Habría sido memorable si ganaba la Supercopa, pero perder 4-0 una final contra Cruzeiro no es algo que quiera recordar muy seguido.
Si hago fuerza, puedo acordarme algunos momentos de 1992, pero tan insípidos que nadie más los recuerda. Como lo que pasó el día después de la final de la Copa Libertadores. Esa mañana, Mati bajó y me preguntó si había visto la derrota por penales de Newell’s ante San Pablo.
—¿Si lo vio? –se metió Gaby de golpe—. ¡Cuando Ñuls perdió se puso a llorar!
Mati no sabía si creerle o no, y me miró medio raro. Yo sabía que podía decirle que era mentira, que mi hermana inventaba, que cómo iba a llorar por algo así. Sabía que Gaby no tenía por qué meterse, que Mati no tenía por qué creerle, que mi intimidad era mi intimidad y era problema mío si me había angustiado por el penal que Alfredo Mendoza tiró por arriba del travesaño. Podía negarlo todo.
—¿En serio lloraste? —me preguntó Mati.
—Sí —respondí lleno de vergüenza y bajé la cabeza.
Mati era mi ídolo. De hecho, en 1992 me había dejado el pelo largo para parecerme a él, pero terminé pareciendo una nena. ¡Qué espantoso me quedaba! Todos los días, antes de ir para la escuela, mi abuela Fanny agarraba el gel e intentaba que mi pelo no estuviera desprolijo. Pero era peor, mucho peor: se endurecía y me salía en punta por los costados.
A los 8 años, la puta madre, me parecía a Gokú. Y encima, a un Gokú gordo.
En el ’92 no hacía más que estar en mi casa y en la escuela. Ya me gustaba Violeta, pero nadie en el mundo lo sabía. Nadie sabía, tampoco, que tenía un problema físico que me atormentaría durante años. Digo "problema físico" porque el problema era exactamente donde se imaginan. Exactamente ahí. Sí, sí: ahí.
Leía el suplemento deportivo de Crónica los domingos y mis tíos tenían una cassettera que grababa la voz. Gracias a ese milagro, con Mati relatábamos partidos imaginarios.
(En aquellos años, sépanlo los más jóvenes, no había computadora, ni DVD, ni videojuegos, porque se nos había roto el Atari).
Si tuviera que mirar una filmación del más emocionante de esos 365 días de mi vida, bostezaría a los cinco minutos. No hacía nada. Comía, iba a la escuela, jugaba a la pelota solo, dormía. Ni siquiera dormía bien: tenía pesadillas recurrentes.
Fue por el ’92 cuando volví a ver a mi papá (después de que se lo llevara la policía en mi cumpleaños del ’89), y le tenía un miedo horrendo. El sueño se repetía: él pasaba a buscarme en su Renault 12 por mi casa, arrancaba y no frenaba nunca más. Me raptaba, me llevaba lejos, me dejaba sin Tati, sin Elvi, sin Víctor: me dejaba sin familia.
Familia eran esas nueve personas que vivían conmigo en la casa de Oliden, nueve de las diez personas que yo más quería en el mundo. La otra, perdonen que insista, era Violeta.
En el ’92 ya era rasca. Rasca se les llama a las personas que sienten placer al ahorrar centavos. Por rasca no tengo la foto grupal de tercer grado: me parecía cara. Entonces le pedí a mi tía que fuera al grado y sacara fotos, así que Elvi irrumpió en medio de la clase de dibujo (dirigida por una señora poco feliz llamada Sarita) y disparó el flash una decena de veces. Las fotos son espantosas, casi no aparezco y, ahora que lo pienso, revelarlas era más caro que comprar la foto grupal.
En 1992, además de rasca, era boludo yo.
Vivíamos con un perro que se llamaba Max y que me daba miedo.
Me encantaban las papas fritas. En Pumper Nic pedía papas fritas y una hamburguesa sin tomate, sin queso, sin mayonesa, sin nada. O con algo: con papas fritas.
Algún martes lluvioso faltaba a la escuela y completaba con Mati la revista El Ojo Sagaz.
Me gustaban las malas de los dibujitos, como Gatúbela o Catra, la villana de She-Ra que está en la imagen de arriba. Jem y sus amigas, por ejemplo, me parecían inocentes con sus guitarritas rosas; The Misfits, las chicas malas, con sus pelos verdes y sus medias de red, me volaban el cerebro. Era el inicio de mis perversiones: años después, saldría con una flogger y me obsesionaría con las góticas, las darks, las punk y todas las que fueran capaces de usar medias rotas con orgullo.
En el ’92, Elisa Susana Bandín hizo repetir de grado a mi amigo Víctor y yo me largué a llorar. No lloraba por Newell’s ni por Víctor en el ’92: lloraba por mí. Estaba empezando a inhalar silencios.
¿Cuántas, cuántas veces pateé la Caprichito naranja en el patio, grité un gol falso y me acerqué al tanque de agua para anotar el resultado de un partido que había inventado cinco minutos antes?
¿Cuántas veces Diego y yo fuimos la Selección de Angola, cuántas veces Mati fue Estados Unidos, cuántas veces tiré al aro desde lejos y le pegué al caño de gas, y todos nos miramos como diciendo “algún día se va a romper”?
¿Cómo me pude olvidar de que Mati estaba en séptimo grado, de que fueron las últimas veces que caminamos juntos hasta la escuela? De que bajábamos una mandarina de un árbol, justo a mitad de camino, y empezábamos a patearla. Del tiro desde lejos para meterla en la alcantarilla de la esquina de la escuela. De Elvi quejándose porque ensuciábamos las zapatillas, de los días de lluvia en los que tomábamos el 550, de Babu yendo a buscarnos con la botellita de agua, de los anillitos en la merienda, de Tati llegando a la noche con una Superman en la mano, de las otras setenta historietas en los cajones del placard amarillo, de las rifas que vendíamos con Chuna para sortear una torta incomible, de las jaulas vacías de pajaritos que se oxidaban en el galpón, de las lamparitas rotas por los pelotazos, del olor a manteca de cacao de una vecina llamada María Emilia, de las paradas de bicicletas que improvisábamos en las paredes, de las noches de verano en las que comíamos afuera, de mis dolores de piernas de los lunes, de Los Autos Locos, de escuchar a Fito Páez por primera vez...
¿Cómo puede haber pasado? ¿Cómo puede ser que no me acuerde nada, pero absolutamente nada, de ese vacío año llamado 1992?
viernes, 2 de septiembre de 2011
viernes, 18 de febrero de 2011
El último clásico
Por Martín Estévez
En épocas en las que yo todavía usaba guardapolvo, en casa eran todos de Racing. Corrijo: se habían hecho de Racing por cariño a Albert, a Mati y a mí. Por eso, cuando se jugaba un Racing-Boca, todos queríamos que gane Racing. Todos menos Víctor: él hinchaba por Boca, gritaba los goles, nos desafiaba.
Yo pensaba que era para molestar, pero hace poco entendí que no. Que Víctor lo hacía para incentivar nuestro fanatismo por Racing dándonos un rival, un archienemigo. Si todos hubiéramos sido de Racing, los partidos hubieran sido aburridísimos. No hay nada más tibio que una conversación en la que todos piensan igual. No tiene gracia un juego donde todos queremos que gane el mismo. Sí: Víctor era de Boca solamente para que nosotros fuéramos de Racing.
El nivel de complicidad era enorme: durante el partido se gritaban los goles y, enseguida, se pedían las disculpas correspondientes. Pero se gritaban. Y durante los seis meses siguientes, todas las benditas mañanas, el último ganador recordaba el resultado con algún comentario burlón.
--Ay, Martín... ¿cuándo ganarán? –me decía Víctor después de un 4-0 de Boca.
--Ya les ganamos –respondía yo con injustificado orgullo-. Acordate del 6 a 4 en el ‘95.
Durante los noventa minutos que duraba el partido reinaba la paz. Siempre había un bizcochuelo, unos cafés y más de seis personas frente a la televisión. O tardecitas sentados frente a la radio. Con él compartí el 6 a 1 que, a Boca, lo dejó a un paso del título en el Clausura 91; y a mí, a un paso de la depresión. Con él compartí ése y treinta y siete clásicos más.
A principios de 2010 supe que a Víctor le quedaba poco tiempo de vida. Una enfermedad avasallante y brutal se le había instalado en el cuerpo para no irse.
El último clásico lo jugamos el 6 de marzo de 2010. Y yo sabía que era el último. Faltaban seis meses para que volvieran a enfrentarse y Víctor no iba a llegar. Ya no podía levantarse de la cama y había perdido parcialmente el oído y la vista. Me acosté al lado suyo y, por primera vez, no supe por quién hinchar. Me dediqué a relatarle el partido bien fuerte, a decirle cuánto tiempo faltaba, a hacerle creer que no le dolía todo.
Boca hizo el 1-0 enseguida y yo aproveché para enojarme y poner mala cara. En realidad estaba enojado porque mi abuelo se estaba muriendo, pero había que disimular para no levantar sospechas. Yo quería ser bueno e hinchar por Boca, para que Víctor se pusiera contento aunque no tuviera fuerzas para festejar, pero me costaba mucho desear contra Racing. Encima, el empate nos dejaba complicados con el descenso.
Peor me sentí cuando Racing dio vuelta el partido y se puso 2-1. No puedo negar que, por dentro, lo deseaba. Yo quería ser bueno, pero antes que bueno era hincha de Racing. Debería darme vergüenza.
Durante el segundo tiempo tuve ganas de llorar, de ver el partido, de hablar con Víctor de otra cosa y de irme, todo junto y sin pausas. Seguía diciendo sin parar que iban 19, que Racing iba a hacer el tercero en cualquier momento, que el partido era emocionante.
Cuando faltaban diez minutos ya no podía relatar porque tenía un nudo en la garganta. Pero no llorar cuando estabas con Víctor era sagrado. Ya no me importaban una mierda Hauche, Riquelme ni los promedios. Me le acerqué bien al oído, como para que no escuche nadie más, y le dije:
--Ahora viene el gol de Boca, Babu, ya vas a ver. Yo quiero que empaten así estamos contentos los dos.
Le acaricié la mano derecha y la frente. Y le sonreí la última sonrisa sincera que me quedó hasta su muerte. El mundo se hizo silencio y yo comprendí que se nos iba el Racing-Boca, los veintiseis años compartidos, la vida. Nunca más nadie iba a ser mi archienemigo. Si me despedí de Víctor muchas veces, ésa fue una de las más dolorosas.
Corrían 42 minutos del segundo tiempo y el empate de Boca era inminente: nos estaban peloteando. De pronto, Babu me tocó. Me acerqué y, con el hilo de voz que le quedaba, me dijo:
--Yo quiero que gane Racing, Martín. Yo quiero que gane Racing.
Le agarré la mano de nuevo, fuerte, y seguí relatando hasta el final. El equipo aguantó como pudo; Racing ganó 2 a 1. No sé de dónde sacó fuerzas, no sé de dónde saqué fuerzas, pero él y yo festejamos juntos, sin nadie alrededor, de la manera que pudimos. Dos meses después, Víctor murió. Desde entonces, no hay burlas a la mañana, ni canciones de cancha, ni sonrisas compartidas. Desde entonces, no hay Racing-Boca para mí.
En épocas en las que yo todavía usaba guardapolvo, en casa eran todos de Racing. Corrijo: se habían hecho de Racing por cariño a Albert, a Mati y a mí. Por eso, cuando se jugaba un Racing-Boca, todos queríamos que gane Racing. Todos menos Víctor: él hinchaba por Boca, gritaba los goles, nos desafiaba.
Yo pensaba que era para molestar, pero hace poco entendí que no. Que Víctor lo hacía para incentivar nuestro fanatismo por Racing dándonos un rival, un archienemigo. Si todos hubiéramos sido de Racing, los partidos hubieran sido aburridísimos. No hay nada más tibio que una conversación en la que todos piensan igual. No tiene gracia un juego donde todos queremos que gane el mismo. Sí: Víctor era de Boca solamente para que nosotros fuéramos de Racing.
El nivel de complicidad era enorme: durante el partido se gritaban los goles y, enseguida, se pedían las disculpas correspondientes. Pero se gritaban. Y durante los seis meses siguientes, todas las benditas mañanas, el último ganador recordaba el resultado con algún comentario burlón.
--Ay, Martín... ¿cuándo ganarán? –me decía Víctor después de un 4-0 de Boca.
--Ya les ganamos –respondía yo con injustificado orgullo-. Acordate del 6 a 4 en el ‘95.
Durante los noventa minutos que duraba el partido reinaba la paz. Siempre había un bizcochuelo, unos cafés y más de seis personas frente a la televisión. O tardecitas sentados frente a la radio. Con él compartí el 6 a 1 que, a Boca, lo dejó a un paso del título en el Clausura 91; y a mí, a un paso de la depresión. Con él compartí ése y treinta y siete clásicos más.
A principios de 2010 supe que a Víctor le quedaba poco tiempo de vida. Una enfermedad avasallante y brutal se le había instalado en el cuerpo para no irse.
El último clásico lo jugamos el 6 de marzo de 2010. Y yo sabía que era el último. Faltaban seis meses para que volvieran a enfrentarse y Víctor no iba a llegar. Ya no podía levantarse de la cama y había perdido parcialmente el oído y la vista. Me acosté al lado suyo y, por primera vez, no supe por quién hinchar. Me dediqué a relatarle el partido bien fuerte, a decirle cuánto tiempo faltaba, a hacerle creer que no le dolía todo.
Boca hizo el 1-0 enseguida y yo aproveché para enojarme y poner mala cara. En realidad estaba enojado porque mi abuelo se estaba muriendo, pero había que disimular para no levantar sospechas. Yo quería ser bueno e hinchar por Boca, para que Víctor se pusiera contento aunque no tuviera fuerzas para festejar, pero me costaba mucho desear contra Racing. Encima, el empate nos dejaba complicados con el descenso.
Peor me sentí cuando Racing dio vuelta el partido y se puso 2-1. No puedo negar que, por dentro, lo deseaba. Yo quería ser bueno, pero antes que bueno era hincha de Racing. Debería darme vergüenza.
Durante el segundo tiempo tuve ganas de llorar, de ver el partido, de hablar con Víctor de otra cosa y de irme, todo junto y sin pausas. Seguía diciendo sin parar que iban 19, que Racing iba a hacer el tercero en cualquier momento, que el partido era emocionante.
Cuando faltaban diez minutos ya no podía relatar porque tenía un nudo en la garganta. Pero no llorar cuando estabas con Víctor era sagrado. Ya no me importaban una mierda Hauche, Riquelme ni los promedios. Me le acerqué bien al oído, como para que no escuche nadie más, y le dije:
--Ahora viene el gol de Boca, Babu, ya vas a ver. Yo quiero que empaten así estamos contentos los dos.
Le acaricié la mano derecha y la frente. Y le sonreí la última sonrisa sincera que me quedó hasta su muerte. El mundo se hizo silencio y yo comprendí que se nos iba el Racing-Boca, los veintiseis años compartidos, la vida. Nunca más nadie iba a ser mi archienemigo. Si me despedí de Víctor muchas veces, ésa fue una de las más dolorosas.
Corrían 42 minutos del segundo tiempo y el empate de Boca era inminente: nos estaban peloteando. De pronto, Babu me tocó. Me acerqué y, con el hilo de voz que le quedaba, me dijo:
--Yo quiero que gane Racing, Martín. Yo quiero que gane Racing.
Le agarré la mano de nuevo, fuerte, y seguí relatando hasta el final. El equipo aguantó como pudo; Racing ganó 2 a 1. No sé de dónde sacó fuerzas, no sé de dónde saqué fuerzas, pero él y yo festejamos juntos, sin nadie alrededor, de la manera que pudimos. Dos meses después, Víctor murió. Desde entonces, no hay burlas a la mañana, ni canciones de cancha, ni sonrisas compartidas. Desde entonces, no hay Racing-Boca para mí.
miércoles, 19 de enero de 2011
Los cedros
Nadia camina por la calle Los Cedros, y se pregunta cómo serán. Cómo serán los cedros, pero también cómo serán las mañanas sin pesadillas y las tardes felices. Nadia se cruza con Lautaro, y Lautaro la mira, y suspira. Se siente tan vacío que hasta sospecha que es vil.
Un sol golpea el pelo rubio de Nadia, que no lo sabe. No sabe que su pelo es rubio, ni cuándo anochece, ni cómo llorar. Nadia no se queja ante Lucía, ni ante mamá, ni ante nadie. No mira nada, y suspira. Se siente tan vacía que hasta sospecha que es triste.
Ester frena el auto aunque el semáforo está verde. Desde que se separó de Luis se volvió menos cuidadosa, pero no ante personas como Nadia. Nadia no respeta el semáforo, pero no sabe. No sabe que no lo respeta, ni cuánto faltara para que algo, ni cómo eran los ojos de Nico.
Nico está en la cama de Mica, seguro de que es lo mejor. Es lo mejor estar con Mica, es lo mejor en la cama, es lo mejor sin Nadia. Nadie nunca lo vio. Nunca lo vio a Nico, ni al semáforo, ni a Lautaro. Mica nunca lo quiso.
Un día, Lautaro volverá a ver a Nadia y sabrá. Sabrá Lautaro que no es vil, sabrá Nadia cómo son los cedros, cómo son las mañanas sin pesadillas y las tardes felices. Sabrá cuándo anochece y cómo llorar. Un día, el que anochece es Nico. Un día, la que llora es Ester. Un día, los que se besan, salvados de muerte, bañados de cedros, son Nadia y Lautaro. Pero nadie los ve.
Un sol golpea el pelo rubio de Nadia, que no lo sabe. No sabe que su pelo es rubio, ni cuándo anochece, ni cómo llorar. Nadia no se queja ante Lucía, ni ante mamá, ni ante nadie. No mira nada, y suspira. Se siente tan vacía que hasta sospecha que es triste.
Ester frena el auto aunque el semáforo está verde. Desde que se separó de Luis se volvió menos cuidadosa, pero no ante personas como Nadia. Nadia no respeta el semáforo, pero no sabe. No sabe que no lo respeta, ni cuánto faltara para que algo, ni cómo eran los ojos de Nico.
Nico está en la cama de Mica, seguro de que es lo mejor. Es lo mejor estar con Mica, es lo mejor en la cama, es lo mejor sin Nadia. Nadie nunca lo vio. Nunca lo vio a Nico, ni al semáforo, ni a Lautaro. Mica nunca lo quiso.
Un día, Lautaro volverá a ver a Nadia y sabrá. Sabrá Lautaro que no es vil, sabrá Nadia cómo son los cedros, cómo son las mañanas sin pesadillas y las tardes felices. Sabrá cuándo anochece y cómo llorar. Un día, el que anochece es Nico. Un día, la que llora es Ester. Un día, los que se besan, salvados de muerte, bañados de cedros, son Nadia y Lautaro. Pero nadie los ve.
jueves, 6 de enero de 2011
Violeta
Por Martín Estévez
La culpa de mi tristeza la tiene Violeta. No la tristeza pasajera, que aparece porque perdió Racing o porque Tamara se enojó porque de nuevo estoy hablando sobre otras mujeres en mi blog. Esa tristeza se soluciona con un gol de Lugüercio, por un lado; o con mates y besos, por el otro.
Violeta, en cambio, es la culpable de mi tristeza esencial, eterna e inmodificable. Violeta moldeó mi nostalgia con sus ojos.
Si de chico tenía una esperanza de que existiera Dios, era porque eso explicaba que ella y yo fuéramos todos los días a la misma escuela. Nos conocíamos desde el prescolar, pero recién en segundo grado me enamoré. Perdidamente.
Violeta tenía pecas y desesperantes ratos de timidez. Cuando algo le daba vergüenza no se ponía roja como cualquiera: los ojos se le cerraban un poquito y le brillaban, dejaba escapar un tercio de sonrisa majestuoso, movía los hombros con delicadeza insuperable.
Cuando Violeta sentía vergüenza, mirarla me generaba exactamente lo mismo.
La segunda prueba de la existencia de Dios fue cuando nuestra maestra de segundo, Silvia (sobre quien escribí alguna vez), nos sentó juntos. A los dos. Violeta y yo. Solos. Fueron tres de las mejores semanas de mi vida, aunque casi ni me animé a hablarle.
Silvia decía que nos mezclaba a todos para que el grupo se integrara, pero yo intuía que no era así: ella sabía la verdad, había notado mi amor y había decidido (ya que era su alumno preferido) intervenir para que Violeta y yo nos casáramos de grandes.
(Hace poco, Silvia me juró que nos sentó juntos por motivos pedagógicos: éramos los únicos del grado que leíamos de corrido. Y también me aclaró que nunca fui su alumno favorito. Pero sé que es mentira: Silvia sabía que yo no podía vivir sin Violeta).
Quiero que lo entiendan: todo lo que escriba sobre mi vida entre 1991 y 2000 en realidad habla sobre Violeta. Todas mis acciones, mis pensamientos, mis sueños eran motivados por sus ojazos verdes. Todos mis textos sobre esos nueve cortos años se refieren a ella aunque simulen hablar de otro tema. Lo digo en serio.
En verano vivía en estado de animación suspendida. Casi no dormía por culpa de una pesadilla recurrente: comenzaban las clases, todos formábamos y ella no estaba. Violeta se había cambiado de colegio y mi mundo se había terminado para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre. Verla el primer día me garantizaba un año más de vida. De hecho, el único motivo por el que hice el secundario en el Instituto Lomas fue porque ella se había anotado ahí.
Cualquier mínimo suceso que ocurriera entre nosotros me parecía un milagro. En tercer grado nos tocó el mismo turno para ir a la biblioteca; fue así como, para impresionarla, leí Fuenteovejuna, La vida es sueño y Fausto sin entender nada de lo que decían.
—¿Seguro querés las obras completas de Voltaire? —me preguntaba la bibliotecaria con desconfianza.
En quinto votamos qué canción cantar a fin de año y eligió la misma que yo; durante tres meses tarareé ese tema con una sonrisa.
La mejor nota que recibí en mi infancia fue un 3 en Ciencias Naturales: exactamente la misma que se sacó Violeta. Era maravilloso, ambos teníamos idéntico desconocimiento sobre la composición de las células. Para mí resultaba evidente: éramos el uno para el otro.
Cada año había una fecha determinante para saber qué sentía ella por mí: la entrega de las fotos grupales. Esa tarde todos firmábamos las fotos de todos, y a los que no tenían plata para comprarla, agarrábamos una hoja y les firmábamos igual.
Si en cuarto grado había vivido veinte segundos lumínicos discutiendo con ella quién pondría primero el inocente “Violeta” o “Martín” en la foto del otro (teníamos una sola lapicera para los dos), en sexto me rompió el corazón.
Todos empezaban a soltarse y, en lugar de los nombres, proliferaban frases como Sos mi mejor amiga, Me parecés el más divertido del grado o Aguante River 95. Yo había ensayado durante días cómo firmarle y tomé la iniciativa, declarándola por escrito la chica más linda de todas las veredas del mundo. Ella me escribió lo siguiente:
¿Para un buen compañero? ¡¿Para un buen compañero?! Yo empezaba a crecer y ésa fue la primera verdad inmodificable de mi vida: ella no gustaba de mí. Nunca iba a gustar de mí. Volví triste a casa y no tomé la merienda. A la noche, asumí que debería adorarla sin esperar nada a cambio.
En realidad, siempre supe que no tenía chances con ella. Ninguna. Durante mi infancia yo era una especie de insulto a la estética: gordo, con pelo largo, inútil para conversar con una chica, cobarde. Tenía todo en contra y Violeta tenía dos cosas determinantes a su favor: sus ojos. Yo no estaba a su altura y eso me generaba doble angustia: lo sabía y no podía compartir mi dolor con nadie.
La ausencia total de amigos y la literatura suelen ir de la mano. Yo tenía ante mí la certeza del amor no correspondido en toda su magnificencia. Sabía que estaba condenado a soñar con alguien que nunca soñaría conmigo. El amor no correspondido era una monstruosa sombra negra que no me permitía mostrar los dientes al reír, que me hacía doler las piernas todos los lunes, que me empujaba hacia adentro para que yo nunca pudiera salir.
Pasar nueve años pensando en alguien a quien jamás vas a poder abrazar: eso me hizo ser lo que soy ahora. No hay nada que haya influido tanto en mi formación como persona como el amor no correspondido. No hay nada que me haya generado tanta melancolía como esperar sin esperanza. Pero los ojos de Violeta, además de tristeza, me dieron una vocación: si este blog existe es porque Violeta no me quiso.
Fue un sábado. Yo tenía 12 años y estaba en la casa de Juanca (mi papá) en Lugano. Eran las dos de la mañana y todos dormían. El Nintendo ya me había fastidiado y no hacía otra cosa que pensar, como siempre, en Violeta. En cada gesto que había hecho durante la semana, en qué excusa inventar para hablarle. En qué estaría haciendo, en cómo dormiría, en por qué, por qué, por qué nunca, ella y yo, estaríamos juntos.
La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo: supe que era de noche, que ella estaba lejos, que nunca sabría nada de mí y que yo estaba triste; supe que la angustia es perversa, que enamorarse es peligroso, que aunque había comido cinco porciones de pizza me sentía vacío.
Fue un ejercicio maravilloso porque no hubo nadie para verlo. Nació espontáneo, como si esas palabras hubieran estado siempre dentro mío, esperando para salir en cuanto me animara. No supe bien qué hice, pero lo hice: miré fijo la servilleta, apreté la lapicera y escribí mi primera poesía.
La culpa de mi tristeza la tiene Violeta. No la tristeza pasajera, que aparece porque perdió Racing o porque Tamara se enojó porque de nuevo estoy hablando sobre otras mujeres en mi blog. Esa tristeza se soluciona con un gol de Lugüercio, por un lado; o con mates y besos, por el otro.
Violeta, en cambio, es la culpable de mi tristeza esencial, eterna e inmodificable. Violeta moldeó mi nostalgia con sus ojos.
Si de chico tenía una esperanza de que existiera Dios, era porque eso explicaba que ella y yo fuéramos todos los días a la misma escuela. Nos conocíamos desde el prescolar, pero recién en segundo grado me enamoré. Perdidamente.
Violeta tenía pecas y desesperantes ratos de timidez. Cuando algo le daba vergüenza no se ponía roja como cualquiera: los ojos se le cerraban un poquito y le brillaban, dejaba escapar un tercio de sonrisa majestuoso, movía los hombros con delicadeza insuperable.
Cuando Violeta sentía vergüenza, mirarla me generaba exactamente lo mismo.
La segunda prueba de la existencia de Dios fue cuando nuestra maestra de segundo, Silvia (sobre quien escribí alguna vez), nos sentó juntos. A los dos. Violeta y yo. Solos. Fueron tres de las mejores semanas de mi vida, aunque casi ni me animé a hablarle.
Silvia decía que nos mezclaba a todos para que el grupo se integrara, pero yo intuía que no era así: ella sabía la verdad, había notado mi amor y había decidido (ya que era su alumno preferido) intervenir para que Violeta y yo nos casáramos de grandes.
(Hace poco, Silvia me juró que nos sentó juntos por motivos pedagógicos: éramos los únicos del grado que leíamos de corrido. Y también me aclaró que nunca fui su alumno favorito. Pero sé que es mentira: Silvia sabía que yo no podía vivir sin Violeta).
Quiero que lo entiendan: todo lo que escriba sobre mi vida entre 1991 y 2000 en realidad habla sobre Violeta. Todas mis acciones, mis pensamientos, mis sueños eran motivados por sus ojazos verdes. Todos mis textos sobre esos nueve cortos años se refieren a ella aunque simulen hablar de otro tema. Lo digo en serio.
En verano vivía en estado de animación suspendida. Casi no dormía por culpa de una pesadilla recurrente: comenzaban las clases, todos formábamos y ella no estaba. Violeta se había cambiado de colegio y mi mundo se había terminado para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre. Verla el primer día me garantizaba un año más de vida. De hecho, el único motivo por el que hice el secundario en el Instituto Lomas fue porque ella se había anotado ahí.
Cualquier mínimo suceso que ocurriera entre nosotros me parecía un milagro. En tercer grado nos tocó el mismo turno para ir a la biblioteca; fue así como, para impresionarla, leí Fuenteovejuna, La vida es sueño y Fausto sin entender nada de lo que decían.
—¿Seguro querés las obras completas de Voltaire? —me preguntaba la bibliotecaria con desconfianza.
En quinto votamos qué canción cantar a fin de año y eligió la misma que yo; durante tres meses tarareé ese tema con una sonrisa.
La mejor nota que recibí en mi infancia fue un 3 en Ciencias Naturales: exactamente la misma que se sacó Violeta. Era maravilloso, ambos teníamos idéntico desconocimiento sobre la composición de las células. Para mí resultaba evidente: éramos el uno para el otro.
Cada año había una fecha determinante para saber qué sentía ella por mí: la entrega de las fotos grupales. Esa tarde todos firmábamos las fotos de todos, y a los que no tenían plata para comprarla, agarrábamos una hoja y les firmábamos igual.
Si en cuarto grado había vivido veinte segundos lumínicos discutiendo con ella quién pondría primero el inocente “Violeta” o “Martín” en la foto del otro (teníamos una sola lapicera para los dos), en sexto me rompió el corazón.
Todos empezaban a soltarse y, en lugar de los nombres, proliferaban frases como Sos mi mejor amiga, Me parecés el más divertido del grado o Aguante River 95. Yo había ensayado durante días cómo firmarle y tomé la iniciativa, declarándola por escrito la chica más linda de todas las veredas del mundo. Ella me escribió lo siguiente:
Para un buen compañero
Violeta
¿Para un buen compañero? ¡¿Para un buen compañero?! Yo empezaba a crecer y ésa fue la primera verdad inmodificable de mi vida: ella no gustaba de mí. Nunca iba a gustar de mí. Volví triste a casa y no tomé la merienda. A la noche, asumí que debería adorarla sin esperar nada a cambio.
En realidad, siempre supe que no tenía chances con ella. Ninguna. Durante mi infancia yo era una especie de insulto a la estética: gordo, con pelo largo, inútil para conversar con una chica, cobarde. Tenía todo en contra y Violeta tenía dos cosas determinantes a su favor: sus ojos. Yo no estaba a su altura y eso me generaba doble angustia: lo sabía y no podía compartir mi dolor con nadie.
La ausencia total de amigos y la literatura suelen ir de la mano. Yo tenía ante mí la certeza del amor no correspondido en toda su magnificencia. Sabía que estaba condenado a soñar con alguien que nunca soñaría conmigo. El amor no correspondido era una monstruosa sombra negra que no me permitía mostrar los dientes al reír, que me hacía doler las piernas todos los lunes, que me empujaba hacia adentro para que yo nunca pudiera salir.
Pasar nueve años pensando en alguien a quien jamás vas a poder abrazar: eso me hizo ser lo que soy ahora. No hay nada que haya influido tanto en mi formación como persona como el amor no correspondido. No hay nada que me haya generado tanta melancolía como esperar sin esperanza. Pero los ojos de Violeta, además de tristeza, me dieron una vocación: si este blog existe es porque Violeta no me quiso.
Fue un sábado. Yo tenía 12 años y estaba en la casa de Juanca (mi papá) en Lugano. Eran las dos de la mañana y todos dormían. El Nintendo ya me había fastidiado y no hacía otra cosa que pensar, como siempre, en Violeta. En cada gesto que había hecho durante la semana, en qué excusa inventar para hablarle. En qué estaría haciendo, en cómo dormiría, en por qué, por qué, por qué nunca, ella y yo, estaríamos juntos.
La tinta la puso una lapicera de ésas que compraba Juanca. El papel lo puso Elite, porque usé una servilleta que estaba sobre la mesa. El alma la puse yo: supe que era de noche, que ella estaba lejos, que nunca sabría nada de mí y que yo estaba triste; supe que la angustia es perversa, que enamorarse es peligroso, que aunque había comido cinco porciones de pizza me sentía vacío.
Fue un ejercicio maravilloso porque no hubo nadie para verlo. Nació espontáneo, como si esas palabras hubieran estado siempre dentro mío, esperando para salir en cuanto me animara. No supe bien qué hice, pero lo hice: miré fijo la servilleta, apreté la lapicera y escribí mi primera poesía.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Quería llamarme Javier
Por Martín Estévez
En el parque temático del Infierno flota tu pelo. Ya sos lejos, entropía, asesina de lo azul. Anoche llovió en el mar y no estabas. Nunca estás.
No decido caminar cuando camino; decido cuando te pierdo. Sos caminar porque tus piernas me cantan bajo. Suspiran. No decido nada cuando decidís. Pierdo.
Quería llamarme Javier cuando era chico, pero nunca lo supiste. Ni de mis jaulas, ni de mis letras, ni de mi adiós. Todavía te miro mientras tus ojos surfean en la fuente. Vivos de tanta muerte. Huérfanos de verdad.
Nadia me convida de su cuerpo, pero no siento nada. El hambre no es una necesidad, sino un deseo. Vos seguís siempre en la fuente, o en un mar lluvioso, o en mis labios. Ni siquiera pretendo entenderlo. Seguís siendo todo lo que espero del mundo.
Anteanoche jugué al poker con Lautaro. Él también te recuerda leyendo Madame Bovary, pero no recuerda cuándo. Ni tus medias perpendiculares al Ecuador, ni el modo en que pestañeabas, ni cuando juraste amarme para siempre. Lucas no fuma desde que dejé de pensar en vos. Vuelve a pitar.
Vos estudiabas mecanografía sin sentido: nunca quisiste una máquina de escribir. Te conocí en un mes que no me animo a nombrar; no era mayo. Tenías algunas pulseras menos y cuatro caracoles en tu habitación. Yo dormía con alguien.
Un año después ya no cantabas a la mañana. Tu Navidad había sido la peor y dejaste de escribir. Te dolía. Yo seguía componiendo para vos aunque nunca me animé. Ahora me cansa tanto catalogar nuestro pasado que prefiero perderte.
Hoy doy la última materia. Sigo odiando Comunicación Social; la elegí por vos. Debería estudiar, y mentir, y olvidar. Pero estoy sentado con este lápiz, y tus ojos surfeando sobre esa fuente.
No soy yo desde que lloraste en ese bar. Esa noche asumí mi fracaso. Soy tan tristemente tuyo que me da miedo. Porque no estuviste. Porque nunca estás.
En el parque temático del Infierno flota tu pelo. Ya sos lejos, entropía, asesina de lo azul. Anoche llovió en el mar y no estabas. Nunca estás.
No decido caminar cuando camino; decido cuando te pierdo. Sos caminar porque tus piernas me cantan bajo. Suspiran. No decido nada cuando decidís. Pierdo.
Quería llamarme Javier cuando era chico, pero nunca lo supiste. Ni de mis jaulas, ni de mis letras, ni de mi adiós. Todavía te miro mientras tus ojos surfean en la fuente. Vivos de tanta muerte. Huérfanos de verdad.
Nadia me convida de su cuerpo, pero no siento nada. El hambre no es una necesidad, sino un deseo. Vos seguís siempre en la fuente, o en un mar lluvioso, o en mis labios. Ni siquiera pretendo entenderlo. Seguís siendo todo lo que espero del mundo.
Anteanoche jugué al poker con Lautaro. Él también te recuerda leyendo Madame Bovary, pero no recuerda cuándo. Ni tus medias perpendiculares al Ecuador, ni el modo en que pestañeabas, ni cuando juraste amarme para siempre. Lucas no fuma desde que dejé de pensar en vos. Vuelve a pitar.
Vos estudiabas mecanografía sin sentido: nunca quisiste una máquina de escribir. Te conocí en un mes que no me animo a nombrar; no era mayo. Tenías algunas pulseras menos y cuatro caracoles en tu habitación. Yo dormía con alguien.
Un año después ya no cantabas a la mañana. Tu Navidad había sido la peor y dejaste de escribir. Te dolía. Yo seguía componiendo para vos aunque nunca me animé. Ahora me cansa tanto catalogar nuestro pasado que prefiero perderte.
Hoy doy la última materia. Sigo odiando Comunicación Social; la elegí por vos. Debería estudiar, y mentir, y olvidar. Pero estoy sentado con este lápiz, y tus ojos surfeando sobre esa fuente.
No soy yo desde que lloraste en ese bar. Esa noche asumí mi fracaso. Soy tan tristemente tuyo que me da miedo. Porque no estuviste. Porque nunca estás.
martes, 2 de noviembre de 2010
El peso de la langosta
Por Martín Estévez / Ilustración: Matías Arias
Gaby y Alberto están en su casa mirando un libro. Gaby es amiga de mi mamá y Alberto es su esposo. El libro está repleto de banderas. Yo tengo 7 años y los miro esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—¿Ésta es de algún país árabe, no?” —dice ella.
—Puede ser. Siria o alguno de ésos —dice él.
—Tailandia no es. ¿Y Pakistán? —dice ella.
—¿Seguro no es de Europa?” —dice mi mamá.
—Mozambique —digo yo.
Y todos miran asombrados.
La situación se repite todo el tiempo. No el hecho de ir a lo de Gabriela, sino que me miren con asombro. Por exceso de tiempo libre, memorizo datos inútiles: diseños de banderas africanas, la programación de ATC, el plantel de Ferro, canciones de Los Rodríguez. El hecho, de tan cotidiano, me es indiferente.
—Después, cuando llame tu mamá, pedile su número de documento —me dice mi tía Elvi.
—Dieciocho siete cuatro dos siete tres cinco —le respondo sin quitar la mirada de la Croniquita.
Sin embargo, mis conocimientos no habían incomodado a nadie hasta esta tarde de domingo en la que Diego revisa las cartas de Lucha Fuerte con desdén. Diego tiene 14 años y es mi primo. Lucha Fuerte es un programa de catch barato que miro por televisión. Yo estoy en la mesa familiar esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—Si te toca la carta de Gibor cantás la edad y ganás siempre —se queja Diego—. ¡Tiene 125 años!
—Kruel tiene 140 —digo con voz casi imperceptible—. Y Robox, 150.
Y todos miran asombrados.
Treinta y cuatro segundos después, Diego ya me apostó 5.000 australes a que no puedo decirle todos los datos de las cartas. Está seguro de que en alguna voy a fallar. Acepto sin darle demasiada importancia.
—El ninja negro. ¿Peso? —dispara Diego.
—82 kilos —respondo.
—El Charro Santana. ¿Estatura?
—1,70.
—Enrique Orchessi. ¿Levantamiento de pesas?
—150 kilos.
—Papa Pacífico. ¿Edad?
—48 años.
Diego empieza a transpirar y a pensar en cómo conseguir 5.000 australes. Los otros ocho integrantes de la familia me miran orgullosos, deseando mi victoria. Soy el más chico, y eso genera simpatía.
—Iván Kowalski. ¿Estatura?
—1,78.
—Rasputín. ¿Levantamiento de pesas?
—143 kilos.
—El tiburón del Caribe, ¿edad?
—43 años.
El triunfo está asegurado y sonrío haciéndome el canchero. No hay chances de perder. Queda sólo una pregunta y Diego la hace con resignación.
—La langosta. ¿Peso?
La sé. Claro que la sé. Sé que la langosta pesa 73 kilos, cinco más que Don Pepo, 47 menos que William Boo. Levanto la cabeza con soberbia y veo a Diego molesto, herido, derrotado. Si hasta este momento las cosas que recuerdo no han hecho daño, eso está por cambiar. Diego está sufriendo.
Me detengo. Se hace un silencio. Un silencio largo. “Me parece que no la sabe”, susurra Chuna.
Entiendo de pronto que, si respondo correctamente, si gano esos 5.000 australes sin esfuerzo, seré siempre un burdo buscador de asombro, un recolector de datos inútiles, un desdichado que solo querrá llamar la atención.
Si respondo correctamente seré un cobarde que le temerá a la ignorancia. Durante los interminables años que me queden de vida intentaré acumular conocimientos por temor a que no me quieran.
Si digo el peso exacto de la langosta, hoy me regocijaré sintiéndome mejor que los demás, pero mañana mi bolso lleno de datos inútiles estará vacío, o peor: lleno de ausencias y de soledad.
Si no respondo, en cambio, si digo un número cualquiera, si simulo que los nervios me derrotaron, si me permito perder, elegiré otro camino.
Diego no se sentirá humillado por un chico de 7 años, mi familia no esperará que yo siempre sepa todo, no nadaré durante décadas en una infundada soberbia.
Si respondo mal pierdo 5.000 australes pero gano libertad: me quito de encima las miradas, las obligaciones, la desesperación por mostrarles a todos que no solo sé que Qatar y Ghana son países, sino que también sé que jugaron el último Mundial Sub 17.
Dejo la cucharita, dejo el bizcochuelo y los miro a ellos, a nueve personas que no saben que en este momento estoy definiendo buena parte de mi vida. Que, en el instante en que responda, estaré condenándome a acumular millones de datos inútiles para caer bien; o decidiendo una vida feliz donde no me importe la mirada de los demás, donde no me sienta avergonzado por mis defectos.
Respiro. El silencio ya es insoportable. Diego está por insultarme y siento calor en la cara. El momento llega. Alguien mueve una silla. Respiro de nuevo. Miro al vacío e intento que no me tiemble la voz.
—73 kilos —respondo.
• Escuchá este texto en Spotify.
• Mirá y escuchá este texto en YouTube.
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
Gaby y Alberto están en su casa mirando un libro. Gaby es amiga de mi mamá y Alberto es su esposo. El libro está repleto de banderas. Yo tengo 7 años y los miro esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—¿Ésta es de algún país árabe, no?” —dice ella.
—Puede ser. Siria o alguno de ésos —dice él.
—Tailandia no es. ¿Y Pakistán? —dice ella.
—¿Seguro no es de Europa?” —dice mi mamá.
—Mozambique —digo yo.
Y todos miran asombrados.
La situación se repite todo el tiempo. No el hecho de ir a lo de Gabriela, sino que me miren con asombro. Por exceso de tiempo libre, memorizo datos inútiles: diseños de banderas africanas, la programación de ATC, el plantel de Ferro, canciones de Los Rodríguez. El hecho, de tan cotidiano, me es indiferente.
—Después, cuando llame tu mamá, pedile su número de documento —me dice mi tía Elvi.
—Dieciocho siete cuatro dos siete tres cinco —le respondo sin quitar la mirada de la Croniquita.
Sin embargo, mis conocimientos no habían incomodado a nadie hasta esta tarde de domingo en la que Diego revisa las cartas de Lucha Fuerte con desdén. Diego tiene 14 años y es mi primo. Lucha Fuerte es un programa de catch barato que miro por televisión. Yo estoy en la mesa familiar esperando que vuelva a suceder. Y sucede. Otra vez.
—Si te toca la carta de Gibor cantás la edad y ganás siempre —se queja Diego—. ¡Tiene 125 años!
—Kruel tiene 140 —digo con voz casi imperceptible—. Y Robox, 150.
Y todos miran asombrados.
Treinta y cuatro segundos después, Diego ya me apostó 5.000 australes a que no puedo decirle todos los datos de las cartas. Está seguro de que en alguna voy a fallar. Acepto sin darle demasiada importancia.
—El ninja negro. ¿Peso? —dispara Diego.
—82 kilos —respondo.
—El Charro Santana. ¿Estatura?
—1,70.
—Enrique Orchessi. ¿Levantamiento de pesas?
—150 kilos.
—Papa Pacífico. ¿Edad?
—48 años.
Diego empieza a transpirar y a pensar en cómo conseguir 5.000 australes. Los otros ocho integrantes de la familia me miran orgullosos, deseando mi victoria. Soy el más chico, y eso genera simpatía.
—Iván Kowalski. ¿Estatura?
—1,78.
—Rasputín. ¿Levantamiento de pesas?
—143 kilos.
—El tiburón del Caribe, ¿edad?
—43 años.
El triunfo está asegurado y sonrío haciéndome el canchero. No hay chances de perder. Queda sólo una pregunta y Diego la hace con resignación.
—La langosta. ¿Peso?
La sé. Claro que la sé. Sé que la langosta pesa 73 kilos, cinco más que Don Pepo, 47 menos que William Boo. Levanto la cabeza con soberbia y veo a Diego molesto, herido, derrotado. Si hasta este momento las cosas que recuerdo no han hecho daño, eso está por cambiar. Diego está sufriendo.
Me detengo. Se hace un silencio. Un silencio largo. “Me parece que no la sabe”, susurra Chuna.
Entiendo de pronto que, si respondo correctamente, si gano esos 5.000 australes sin esfuerzo, seré siempre un burdo buscador de asombro, un recolector de datos inútiles, un desdichado que solo querrá llamar la atención.
Si respondo correctamente seré un cobarde que le temerá a la ignorancia. Durante los interminables años que me queden de vida intentaré acumular conocimientos por temor a que no me quieran.
Si digo el peso exacto de la langosta, hoy me regocijaré sintiéndome mejor que los demás, pero mañana mi bolso lleno de datos inútiles estará vacío, o peor: lleno de ausencias y de soledad.
Si no respondo, en cambio, si digo un número cualquiera, si simulo que los nervios me derrotaron, si me permito perder, elegiré otro camino.
Diego no se sentirá humillado por un chico de 7 años, mi familia no esperará que yo siempre sepa todo, no nadaré durante décadas en una infundada soberbia.
Si respondo mal pierdo 5.000 australes pero gano libertad: me quito de encima las miradas, las obligaciones, la desesperación por mostrarles a todos que no solo sé que Qatar y Ghana son países, sino que también sé que jugaron el último Mundial Sub 17.
Dejo la cucharita, dejo el bizcochuelo y los miro a ellos, a nueve personas que no saben que en este momento estoy definiendo buena parte de mi vida. Que, en el instante en que responda, estaré condenándome a acumular millones de datos inútiles para caer bien; o decidiendo una vida feliz donde no me importe la mirada de los demás, donde no me sienta avergonzado por mis defectos.
Respiro. El silencio ya es insoportable. Diego está por insultarme y siento calor en la cara. El momento llega. Alguien mueve una silla. Respiro de nuevo. Miro al vacío e intento que no me tiemble la voz.
—73 kilos —respondo.
• Escuchá este texto en Spotify.
• Mirá y escuchá este texto en YouTube.
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
lunes, 25 de octubre de 2010
El amigo que perdí
Por Martín Estévez
Ya en primer grado supe que me esperaba una vida llena de vacíos y silencios, de miradas desconfiadas, de miedo. A los 6 años, me refugiaba en mi casa y no iba a ningún lugar que no fuera la escuela. Y encima, en la escuela, dos grandotes de segundo me cagaban a trompadas todos los días. Primer grado habría sido una mierda si no hubiera estado David.
No nos parecíamos en nada. David era más sociable, menos tímido, más normal. No sé cómo nos encontramos. Hay personas que nos caen bien enseguida, al ver sus gestos, sus movimientos, su forma de hablar. A las que, con sólo escucharlas quejarse de su psicóloga, ya las queremos. David fue uno de ésos.
A los 6 años yo me dedicaba a ser prolijo, a pasar desapercibido, a no dar indicios de psicótico. Excepto con David. Con él, en cada recreo, nos convertíamos en enemigos. A las 13:50, 14:50 y 15:50, ayudados por una bola de papel y cinta scotch, y por los banquitos de cemento del patio, nos entregábamos a un duelo de penales visceral y terminante: no valía empatar.
Hoy no puedo entender cómo nos animábamos, pero David y yo (angelitos el resto del día) ignorábamos los reclamos de la maestra cuando íbamos empatados. Ni siquiera la mirábamos. Pateábamos penales hasta que la balanza se desequilibraba hacia algún lado. Ganaba él o ganaba yo. Sin concesiones.
Al final de un recreo de mayo, cansada de nosotros, la señorita Liliana intentó hacer valer su autoridad. Se acercó con cara de mala, caminando casi agachada para quedarse con nuestra pelota. Pero, justo antes de que la tocara, David gritó, con los ojos inyectados de sangre: la miró fijo, con los ojos un poco rojos.
—¡Noooooooooo! ¿Qué haceeeee?
—¡Bueno, bueno! —retrocedió ella asustada—. Pero cuando terminen, entren rapidito.
Y nunca volvió a molestarnos.
Con David no hablábamos sobre chicas ni sobre nuestros papás. Ni sobre nada que no fueran los penales. Adivinábamos el estado de ánimo del otro por el modo en que pateaba: si él despedazaba la pelota de papel de un derechazo, yo sabía que lo habían retado en casa; si yo apenas movía el pie por las ganas de llorar, él se dejaba ganar para no profundizar la herida.
La primera vez que hablamos sobre otra cosa fue un jueves de noviembre, me re acuerdo. Todos se arremangaban el guardapolvo por el calor y Adrián Tedeschi lloraba, como casi siempre. Mientras formábamos para entrar, David dijo:
—Me cambio de escuela.
Nos despedimos el viernes 7 de diciembre de 1990. Resistí todo el acto de fin de año con un nudo en la garganta y, cuando terminó, aprendí un saludo que repetiría muchas veces durante mi vida. Le apreté fuerte la mano derecha y le dije “fue un placer”. No me lo olvido más: me respondió con la mirada.
Las vacaciones fueron un calvario por culpa de Flavia Palmiero. Yo no pensaba en David hasta que Chuna o Gaby, sin sospechar nada, ponían el cassette de La ola está de fiesta. Estúpido cassette. Lo odié con toda mi alma.
—Cuando pasen muchos años y lleguemos a ser grandes me gustaría que sigamos como hoy...
... desafinaba Flavia en Somos amigos, y a mí se me rompía el corazón. No es que me ponía un poco triste: tenía que esconderme en la pieza porque lloraba a lo bestia, inconsciente de cómo dañaba mi hombría en ese acto. Fue la primera cosa que los homofóbicos llamarían de puto que hice. Más adelante escucharía discos de Alejandro Sanz, sería vegetariano e iría a un taller de teatro.
Tiempo después, confié en Gaby, le conté mi secreto y le pedí que nunca más pusiera esa canción. Fue un error: Somos amigos se repitió infinitamente en casa, a todo volumen, con risas de fondo. Una y otra vez.
Hasta que, de tanto enfermarme, me curé. Y, como casi todo, David pasó al olvido.
El único motivo por el que escribo esto, ahora lo descubro, es porque la amistad con David fue cortada de golpe, serruchada sin prolijidad, arrancada de la lógica.
Si David hubiera seguido en la Escuela 29, nos habríamos peleado en quinto grado. O sería policía, como Diego, y nos alejaríamos por decantación. Pero no: David es siempre un niño de 6 años que no creció, no engordó, no se volvió un adolescente idiota. David es el Che Guevara de mi infancia.
Me tiene harto, David.
Yo, antes que por los amigos que se alejan llenos de gloria, por los jóvenes que se retiran campeones, por las novias que nos dejan y por las cosas que podrían haber sido, brindo por otra cosa.
Brindo por los que se quedan a remar conmigo, por los que juegan a ganar hasta los 84 años.
Brindo por las mujeres que nos quieren hoy, por las cosas que sí fueron y (aunque no sean de miel) son nuestras.
Brindo por amigos imperfectos que me esperan aunque haga frío, por los que saben que voy a perder pero igual sostienen mi esperanza.
Brindo por todos los que, en el medio de mis catástrofes y hasta que me muera viejo, siguen leyendo estas palabras aunque nunca signifiquen nada.
• La ilustración fue un regalo que me hizo Valeria Macchia.
• En la foto, David es el quinto de la segunda fila.
• Escuchá este texto en Spotify.
• Mirá y escuchá este texto en YouTube.
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
Ya en primer grado supe que me esperaba una vida llena de vacíos y silencios, de miradas desconfiadas, de miedo. A los 6 años, me refugiaba en mi casa y no iba a ningún lugar que no fuera la escuela. Y encima, en la escuela, dos grandotes de segundo me cagaban a trompadas todos los días. Primer grado habría sido una mierda si no hubiera estado David.
No nos parecíamos en nada. David era más sociable, menos tímido, más normal. No sé cómo nos encontramos. Hay personas que nos caen bien enseguida, al ver sus gestos, sus movimientos, su forma de hablar. A las que, con sólo escucharlas quejarse de su psicóloga, ya las queremos. David fue uno de ésos.
A los 6 años yo me dedicaba a ser prolijo, a pasar desapercibido, a no dar indicios de psicótico. Excepto con David. Con él, en cada recreo, nos convertíamos en enemigos. A las 13:50, 14:50 y 15:50, ayudados por una bola de papel y cinta scotch, y por los banquitos de cemento del patio, nos entregábamos a un duelo de penales visceral y terminante: no valía empatar.
Hoy no puedo entender cómo nos animábamos, pero David y yo (angelitos el resto del día) ignorábamos los reclamos de la maestra cuando íbamos empatados. Ni siquiera la mirábamos. Pateábamos penales hasta que la balanza se desequilibraba hacia algún lado. Ganaba él o ganaba yo. Sin concesiones.
Al final de un recreo de mayo, cansada de nosotros, la señorita Liliana intentó hacer valer su autoridad. Se acercó con cara de mala, caminando casi agachada para quedarse con nuestra pelota. Pero, justo antes de que la tocara, David gritó, con los ojos inyectados de sangre: la miró fijo, con los ojos un poco rojos.
—¡Noooooooooo! ¿Qué haceeeee?
—¡Bueno, bueno! —retrocedió ella asustada—. Pero cuando terminen, entren rapidito.
Y nunca volvió a molestarnos.
Con David no hablábamos sobre chicas ni sobre nuestros papás. Ni sobre nada que no fueran los penales. Adivinábamos el estado de ánimo del otro por el modo en que pateaba: si él despedazaba la pelota de papel de un derechazo, yo sabía que lo habían retado en casa; si yo apenas movía el pie por las ganas de llorar, él se dejaba ganar para no profundizar la herida.
La primera vez que hablamos sobre otra cosa fue un jueves de noviembre, me re acuerdo. Todos se arremangaban el guardapolvo por el calor y Adrián Tedeschi lloraba, como casi siempre. Mientras formábamos para entrar, David dijo:
—Me cambio de escuela.
Nos despedimos el viernes 7 de diciembre de 1990. Resistí todo el acto de fin de año con un nudo en la garganta y, cuando terminó, aprendí un saludo que repetiría muchas veces durante mi vida. Le apreté fuerte la mano derecha y le dije “fue un placer”. No me lo olvido más: me respondió con la mirada.
Las vacaciones fueron un calvario por culpa de Flavia Palmiero. Yo no pensaba en David hasta que Chuna o Gaby, sin sospechar nada, ponían el cassette de La ola está de fiesta. Estúpido cassette. Lo odié con toda mi alma.
—Cuando pasen muchos años y lleguemos a ser grandes me gustaría que sigamos como hoy...
... desafinaba Flavia en Somos amigos, y a mí se me rompía el corazón. No es que me ponía un poco triste: tenía que esconderme en la pieza porque lloraba a lo bestia, inconsciente de cómo dañaba mi hombría en ese acto. Fue la primera cosa que los homofóbicos llamarían de puto que hice. Más adelante escucharía discos de Alejandro Sanz, sería vegetariano e iría a un taller de teatro.
Tiempo después, confié en Gaby, le conté mi secreto y le pedí que nunca más pusiera esa canción. Fue un error: Somos amigos se repitió infinitamente en casa, a todo volumen, con risas de fondo. Una y otra vez.
Hasta que, de tanto enfermarme, me curé. Y, como casi todo, David pasó al olvido.
El único motivo por el que escribo esto, ahora lo descubro, es porque la amistad con David fue cortada de golpe, serruchada sin prolijidad, arrancada de la lógica.
Si David hubiera seguido en la Escuela 29, nos habríamos peleado en quinto grado. O sería policía, como Diego, y nos alejaríamos por decantación. Pero no: David es siempre un niño de 6 años que no creció, no engordó, no se volvió un adolescente idiota. David es el Che Guevara de mi infancia.
Me tiene harto, David.
Yo, antes que por los amigos que se alejan llenos de gloria, por los jóvenes que se retiran campeones, por las novias que nos dejan y por las cosas que podrían haber sido, brindo por otra cosa.
Brindo por los que se quedan a remar conmigo, por los que juegan a ganar hasta los 84 años.
Brindo por las mujeres que nos quieren hoy, por las cosas que sí fueron y (aunque no sean de miel) son nuestras.
Brindo por amigos imperfectos que me esperan aunque haga frío, por los que saben que voy a perder pero igual sostienen mi esperanza.
Brindo por todos los que, en el medio de mis catástrofes y hasta que me muera viejo, siguen leyendo estas palabras aunque nunca signifiquen nada.
• La ilustración fue un regalo que me hizo Valeria Macchia.
• En la foto, David es el quinto de la segunda fila.
• Escuchá este texto en Spotify.
• Mirá y escuchá este texto en YouTube.
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Walter Castaño
Mi primer ídolo fue Walter Castaño. Jugaba en Racing y era un terremoto de habilidad, un genio de multitudes, un rubiecito que levantaba aplausos con sus lujos y goles, un crack. Un dato más: Walter Castaño nunca existió.
Tenía 6 años, fue un miércoles a la tarde. Mati bajó las escaleras y en el patio, mientras yo pasaba el secador para no mojar la pelota, estiró sus brazos y me dijo: “No me entra más, así que es para vos”. No podía creerlo: una camiseta de Racing con una palabra (Nashua) en el pecho y un número (11) en la espalda. “Es la de Castaño”, me dijo. Y marcó mi infancia para siempre.
Yo no sabía que Nashua era una empresa que pagaba para aparecer en la camiseta. Y mi desconocimiento sobre el funcionamiento del mundo era aplicable al fútbol: jamás había visto un partido de Racing.
El fútbol, en 1990, era para mí tres cosas: lo que me había permitido faltar a la escuela durante el Mundial, lo que jugaba con mis primos y un póster en la pieza de Mati. El póster era rarísimo: un montón de remeritas celestes y blancas, y, debajo, líneas punteadas para escribir el nombre de los jugadores. Solo recuerdo a tres: Roa, Vivalda y Castaño. Roa y Vivalda eran los arqueros. ¿Castaño? Castaño era mi nuevo ídolo.
El conocimiento, a los 6 años, se parece a un rompecabezas. Un niño (como dice el sociólogo Edgar Morin sobre la humanidad) navega entre archipiélagos de certezas sobre un océano de incertidumbres. Y yo, como a un rompecabezas, fui armando a Castaño. Lo convertí en mi héroe.
Alguna vez mi tío Alberto dijo que era habilidoso. Por algún comentario de Mati lo intuí rubio, con el pelo algo largo, parecido a He-Man. También me pareció entender que se llamaba Walter; deduje que llevaba más de 200 goles en el patio de su casa, y algunos más en cancha de Racing. También me gustaba pensar que le encantaban las milanesas, como a mí.
Mi idolatría por Walter Castaño fue creciendo, pero yo también: empecé a ver fútbol por la tele y descubrí que Castaño no jugaba más en Racing. Adopté nuevos ídolos, pero guardé un rincón para él en mi corazón. Quizás algún día consiguiera un video con sus goles y entendiera el valor de la camiseta que Mati me había regalado.
Años después, ya grande, decidí retomar mi fanatismo por Walter, su melena rubia y sus goles. Investigué sobre él y llegué a un dramático descubrimiento: no se llamaba Walter, no era rubio y jamás hizo un gol.
John Edison Castaño fue un colombiano irregular que jugó apenas 11 partidos en Racing. Casi nadie lo recuerda. La imaginación de un niño de 6 años (yo) lo transformó en un crack inenarrable llamado Walter.
John Edison Castaño y mi ídolo no se parecían en nada. Mi ídolo, la puta madre, nunca había existido.
Hoy, a los 26 años, me pregunto cuántos de los ídolos que tengo en realidad no existen. Cuántos de mis principios, cuántos de mis sueños, cuántas de mis alegrías están basadas en cosas que entendí mal, en historias que no me contaron, en maravillas que nunca existieron.
Me pregunto con angustia en la garganta cuántas personas fundamentales de mi vida son en realidad una mentira, un engaño, waltercastaños esperando para apuñalarme con la verdad. Mientras sufro imaginando la respuesta, atesoro la camiseta 11. Lujosa, heroica, imperturbable. Como Walter lo hubiera querido.
• Escuchá este texto en Spotify
• Mirá este texto en YouTube
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran.
sábado, 2 de octubre de 2010
Burum bum bum
Quería en este texto contar mi primer recuerdo, y enseguida me di cuenta de algo: no sé cuál es mi primer recuerdo. A eso le llamo una pésima manera de arrancar un texto.
Lo que pasa es que es difícil saber exactamente qué recordamos. A veces nos parece que sabemos cosas de cuando éramos muy chicos, pero en realidad nos las contaron. O creemos no recordar nada de nuestra infancia, hasta que de pronto aparece una historia que "no recordábamos recordar". Para peor, la edad no tiene nada que ver: mi hermana Gaby dice que recuerda cosas que le pasaron a los 2 años; y mi prima Chuna no tiene la menor idea de qué le pasó antes de cumplir 13.
Yo tengo imágenes borrosas de cuando tenía 4, 5 años: rezar el padre nuestro arrodillado al borde de una cama o cagarme encima en prescolar. Creo recordar la sonrisa dulce de una compañera de jardín, tal vez llamada Fabiana, y las cucarachas que reinaban en mi casa de la calle Sarandí. O ir a visitar a mis abuelos, sin saber que estaba yéndome a vivir con ellos. También guardé fragmentos de mi cumpleaños de 5, especialmente la parte en que la policía se llevó a mi papá, justo después de que él había descubierto que yo era de Racing.
Sin embargo, el primer recuerdo nítido, las primeras fotos en buena resolución de mi memoria, se remontan a un partido de fútbol: Argentina-Camerún del Mundial '90. Más precisamente, a un grito:
—¡¿Por qué él puede faltar a la escuela y yo no?! –se quejó Gaby.
—Porque es su primer Mundial –le respondió Tati, que además de ser mi mamá ya entendía todo.
El que no entendía era yo: no sabía qué era un Mundial. Antes de aquel mediodía, a mí me gustaban los Superamigos y los Autos Locos. El fútbol era algo que sólo había escuchado nombrar y que, si alguna vez había visto en televisión, no me había llamado la atención. Pero ahí estaban Diego y Matías, primos dirigentes de mi masculinidad, para hacerme entender que lo que estaba por venir era importante.
Camerún me sonaba más a una golosina rara que a un país, y en eso pensaba mientras mi abuelo Víctor cantaba “Burum bum bum, burum bum bum, yo soy el hincha de Camerún” y sonreía esperando complicidad. Hacía referencia a unos chistes de Clemente publicados durante el Mundial ’82, de los que yo tampoco tenía ni idea.
De pronto, mirando la tele, Camerún empezó a ser algo más para mí: una camiseta verde y hermosa; y un tipo con un peinado increíble llamado Makanaky. Pero yo tenía 6 años y me costaba concentrarme en el partido; me distraía comiendo galletitas y pensando en qué lindo era pasar una tarde de viernes en casa.
En ese momento no supe que estaba viviendo lo que sería, para siempre, mi primer recuerdo. No podía imaginarme que, a partir de ahí, cada vez que yo apuntara hacia el pasado, mi memoria llegaría como límite a la canción de aquel Mundial, a la televisión en el rincón, a mi abuelo cantando burum bum bum.
Y menos todavía podía saber que ese partido, en el que todo estaba preparado para una fiesta celeste y blanca, reflejaría tan pero tan bien lo que pasaría en los siguientes años de mi vida. Porque ese mediodía, la puta madre, Argentina perdió 1 a 0.
• Escuchá este texto en Spotify
• Mirá este texto en YouTube
• Esta historia forma parte del libro Lo hago para que me quieran
sábado, 18 de septiembre de 2010
Primeras tardes sin mi abuelo (III)
Vos ya volviste una vez. Fue en 1993. Y aunque las cosas eran distintas (vos habías ido a Rusia por unos días y volverías, yo tenía 9 años y parecía mujer), probablemente el día que vuelvas para siempre yo tenga esa misma cara, esos mismos ojos cargados de alegría, de una felicidad intraducible en palabras.
Ni vos ni yo creímos nunca en Dios. Vos viviste demasiadas cosas que te confirmaron que no existía. Yo las estoy viviendo ahora. Pero necesito creer en algo. Aunque sea a esta hora en que me duele cada uno de los huesos, cada respiración. Aunque sea para dejar de morirme todo el tiempo.
Necesito creer que algún día vas a volver. Y que juntos vamos a olvidar esta angustia, esta desesperanza. Que vamos a olvidar la noche en que te empezaste a morir y la maldita tarde en que te quedaste ciego. Porque, solo, yo no puedo dejar de recordar.
Las cosas no me andan saliendo bien, Babu. Está tan vacía tu silla, y tu ventana, y tu radio, y tus fotos, y el aire. Está tan vacía tu cama, y tu pieza, y tu patio, y tu adiós, y la noche. Hace tanto frío en todos lados que no sé dónde estar.
Necesito creer que me vas a ayudar. Que me vas a dar la mano para cruzar este infierno de lágrimas. Que vas a estar despierto cada vez que me despierte, y en casa cada vez que llegue. Necesito creer aunque sea a esta hora, en esta noche tan bastarda, tan viuda de sonrisas, que algún día vas a volver para ya nunca, pero nunca más, sentirme así de triste, así de mutilado. Así de solo.
Ni vos ni yo creímos nunca en Dios. Vos viviste demasiadas cosas que te confirmaron que no existía. Yo las estoy viviendo ahora. Pero necesito creer en algo. Aunque sea a esta hora en que me duele cada uno de los huesos, cada respiración. Aunque sea para dejar de morirme todo el tiempo.
Necesito creer que algún día vas a volver. Y que juntos vamos a olvidar esta angustia, esta desesperanza. Que vamos a olvidar la noche en que te empezaste a morir y la maldita tarde en que te quedaste ciego. Porque, solo, yo no puedo dejar de recordar.
Las cosas no me andan saliendo bien, Babu. Está tan vacía tu silla, y tu ventana, y tu radio, y tus fotos, y el aire. Está tan vacía tu cama, y tu pieza, y tu patio, y tu adiós, y la noche. Hace tanto frío en todos lados que no sé dónde estar.
Necesito creer que me vas a ayudar. Que me vas a dar la mano para cruzar este infierno de lágrimas. Que vas a estar despierto cada vez que me despierte, y en casa cada vez que llegue. Necesito creer aunque sea a esta hora, en esta noche tan bastarda, tan viuda de sonrisas, que algún día vas a volver para ya nunca, pero nunca más, sentirme así de triste, así de mutilado. Así de solo.
martes, 31 de agosto de 2010
Primeras tardes sin mi abuelo (II)
Querido Babu:
Baba está bien. La cuidamos, no la hacemos enojar y la abrazamos. Piensa mucho en vos. No dejamos la casa sola y cerramos con llave y con trabita. Sí, Babu, les damos de comer a Pancho y a Homero.
Ya nadie escucha a Los Andes. No es lo mismo sin vos, ¿sabés? Todavía no nos animamos a comer un asado todos juntos, porque ya no estamos todos, y porque nos da ganas de llorar.
Tus hijas también están bien. Las dos tuvieron que irse algunos días muy lejos para poder gritar de dolor sin que nadie las viera. Yo todavía no puedo gritar, así que mientras te escribo esta carta lloro despacito y sin hacer ruido, para que nadie se despierte.
Sigo olvidándome cosas cada vez que salgo, y vuelvo, pero ya no hay nadie que me repita que eso trae mala suerte. Sigo acumulando diarios debajo del teléfono, pero ya nadie me avisa cuando son demasiados.
Desde que te moriste siento mucho dolor y mucho frío. Se supone que se va a pasar con el tiempo. Vos viste morir a muchos amigos, a mucha familia. Cada vez entiendo más por qué pasabas tanto tiempo callado: los extrañabas.
Todos los recuerdos que eran nuestros ahora son sólo míos. Quisiera creer en Dios y en que algún día los recordaremos juntos, pero no me sale. Ahora sos solamente estas imágenes en mi cabeza, y fotos, y cosas inservibles. Yo quiero darte la mano, Babu, y preguntarte si va a llover. Yo quiero darte un beso en la mejilla y contarte lo mucho que te quise.
Sí, de verdad Baba está bien. Y tus hijas, y Alberto. Yo no, ya sabés que no sé mentir. Pero voy a seguir, no te preocupes: alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que contarle a cada uno de los que pisen esta casa quién viajó desde Ucrania para construirla con sus manos y su voluntad. Alguien tiene que guardar los recuerdos que eran nuestros y que hoy, aunque me pese, me ahogue y me atormente, hoy son solamente míos.
Baba está bien. La cuidamos, no la hacemos enojar y la abrazamos. Piensa mucho en vos. No dejamos la casa sola y cerramos con llave y con trabita. Sí, Babu, les damos de comer a Pancho y a Homero.
Ya nadie escucha a Los Andes. No es lo mismo sin vos, ¿sabés? Todavía no nos animamos a comer un asado todos juntos, porque ya no estamos todos, y porque nos da ganas de llorar.
Tus hijas también están bien. Las dos tuvieron que irse algunos días muy lejos para poder gritar de dolor sin que nadie las viera. Yo todavía no puedo gritar, así que mientras te escribo esta carta lloro despacito y sin hacer ruido, para que nadie se despierte.
Sigo olvidándome cosas cada vez que salgo, y vuelvo, pero ya no hay nadie que me repita que eso trae mala suerte. Sigo acumulando diarios debajo del teléfono, pero ya nadie me avisa cuando son demasiados.
Desde que te moriste siento mucho dolor y mucho frío. Se supone que se va a pasar con el tiempo. Vos viste morir a muchos amigos, a mucha familia. Cada vez entiendo más por qué pasabas tanto tiempo callado: los extrañabas.
Todos los recuerdos que eran nuestros ahora son sólo míos. Quisiera creer en Dios y en que algún día los recordaremos juntos, pero no me sale. Ahora sos solamente estas imágenes en mi cabeza, y fotos, y cosas inservibles. Yo quiero darte la mano, Babu, y preguntarte si va a llover. Yo quiero darte un beso en la mejilla y contarte lo mucho que te quise.
Sí, de verdad Baba está bien. Y tus hijas, y Alberto. Yo no, ya sabés que no sé mentir. Pero voy a seguir, no te preocupes: alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que contarle a cada uno de los que pisen esta casa quién viajó desde Ucrania para construirla con sus manos y su voluntad. Alguien tiene que guardar los recuerdos que eran nuestros y que hoy, aunque me pese, me ahogue y me atormente, hoy son solamente míos.
Te extraña...
Tu nieto, Martín
sábado, 31 de julio de 2010
Primeras tardes sin mi abuelo
Vos ya te fuiste una vez. Fue en 1993. Y aunque las cosas eran distintas (ibas a Rusia y volverías pronto, yo tenía 9 años y parecía mujer), probablemente el día que te fuiste para siempre yo haya tenido esa misma cara, esos mismos ojos cargados de miedo, de una angustia intraducible en lágrimas.El día que te fuiste para siempre dolió más porque teníamos el alma más grande. A mí no me contaron quién eras, Víctor. A nosotros no nos veía nadie cuando jugábamos a la pelota, cuando leíamos el diario, cuando volvíamos juntos de la escuela. Yo no necesitaba postear textos contando que habíamos escuchado juntos a Los Andes o que otra vez me compraste turrones. Pero ahora sí.
Ahora necesito escribir esto porque ya no puedo mirar el Nacional B con vos. Ahora necesito escanear tus fotos para verte porque ya no puedo hacerlo. Ahora necesito llorar cada tanto, solo, porque necesito exorcisar el dolor que vivimos juntos. Te acompañé porque me acompañaste. No podía dejarte solo porque quedaba solo también.
Esta vez, aunque no lo creas, el que se está por ir soy yo. No me voy a Rusia ni me voy para siempre, pero empiezo a irme de esta casa que construiste con tus rodillas cansadas y con una boina en la cabeza. Al final vivimos juntos hasta el final, y me parece bien que haya sido así. No lo hubiera querido de otra forma.
Ojalá algún día, cuando yo visite estos ladrillos que pusiste uno sobre otro durante la década del '60, volvamos a encontrarnos para mirar otro Racing-Boca o para escucharte cantar Ruperta. No importa que yo sepa que eso no va a pasar nunca: lo que importa es que sé que vos hubieras querido lo mismo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











