Por Martín Estévez
Pensaba vivir para siempre en la casona
de Oliden donde crecí. Con mi primo Matías incluso teníamos dividida la casa:
él en la planta alta y yo abajo. Pero los años pasan, a veces cambiamos y
nuestros sueños también cambian. Después soñé otra casita con pasto para cortar
y una novia que aceptara convivir con mis campañas de Racing y mis 5.500 historietas.
Pero los años pasan, a veces cambiamos y nuestras novias también cambian.
Recién a los 25 años asumí que era hora
de irme de Oliden, de mi mamá, de mis abuelos, pero mi abuelo se fue antes: un
cáncer se le agarró fuerte y se lo llevó de su casa, de nuestra casa, para
siempre. Decidí quedarme un tiempo más para compartir ese profundísimo dolor
con Fanny y con Tati.
Hoy tengo 27 años y del lugar en el que
quiero vivir solo me importan dos cosas: que tenga un balconcito para tomar
aire y no tener que alquilar jamás. Lo primero no es tan difícil, y para lo segundo
vengo ahorrando desde los 17 años.
Desde chico me obsesionó la idea de no
alquilar: me resultaba absurdo pagar todos los meses para vivir en algún lado.
Llevo diez años juntando peso por peso, viviendo con austeridad extrema para
ganarle a un sistema que me quiere inquilino.
Hace dos años me echaron de la revista Fox
Sports y luché una indemnización que me acercó a mi objetivo, pero tampoco
alcanzaba. Hasta que el año pasado, gracias a la recomendación de un amigo (dios
te salve, Pablo Aro Geraldes) me contrataron de la revista El Gráfico. ¡4.400
pesos de sueldo mensual! Una fortuna inmensa que aumenta mis ahorros superlativamente:
ya tengo la mitad de la plata que cuesta un departamento.
Voy a pedir un préstamo al banco para
pagar el otro 50% y devolverlo en cómodas cuotas durante diez o veinte años. Todo
va bien y empiezo a ver departamentos con balcón. Mi parte soberbia se
enorgullece de haberlo logrado sin pedirle un peso a nadie.
Pero ¡ay!: desde el banco me responden
que, como tengo poca antigüedad en mi trabajo, no me darán ningún préstamo. ¡Es
una burocracia absurda! Averiguo, averiguo y no hay caso: tengo que esperar al menos
tres años para que la computadorita de un banco de mierda determine que sí puedo tener
casa propia.
Así, como si nada, se me rompió la
ilusión. ¿Y ahora qué?, pienso una noche en mi piecita de Oliden, cuando entra
Tati y me dice:
–Negrito, escuchame… Averigüé y puedo
conseguir que te presten esa plata, pero está difícil: hay que devolver la
plata y todos los intereses en tres años. No hay más tiempo que eso. Más no
puedo hacer.
–Pero… ¿cómo lo conseguiste?
–No te preocupes por eso –dice Tati, y me
la imagino durante un segundo como la reina de la mafia bonaerense, moviendo
contactos–. El tema es… ¿vas a poder pagarlo?
Hacemos cuentas, rápido: tengo que pagar
4.000 pesos por mes durante 36 meses. Mi enorme sueldo de 4.400 quedaría
reducido a 400 pesos por mes.
–Decí que sí, aceptá el préstamo –le
respondo sin dudar.
–Pero Martín… ¿cómo vas a vivir con 400
pesos por mes?
–No te preocupes por eso. La plata va a
estar –le digo, y Tati me imagina durante un segundo comiendo pasto todo el día
en un departamento.
Consiguiendo ese préstamo y todo,
descubro que la plata no alcanza para un departamento con balcón. Se van agregando
gastos y gastos de todos lados. Bajo mis pretensiones y encuentro 28 metros
cuadrados con dos ventanas grandes que serán suficientes para empezar otra
etapa de mi vida.
Llegó el día de juntar la plata,
llevarla a la escribanía, firmar. De no alquilar nunca jamás. Mi niño interior me
felicita por haberlo logrado. Pero nunca nadie nos explica nada y de golpe hay más
honorarios, certificaciones y no sé qué. Sumo, sumo y ni siquiera diez años de
ahorros más un préstamo impagable más olvidarme de tener balcón alcanzan. Me
falta una fortuna: 8.400 pesos.
Si no consigo la plata en 24 horas se
cae todo e incluso voy a perder la seña que ya pagué. Se me ponen los ojos
llorosos, pero no me caen las lágrimas. Tengo rabia. Por primera vez entiendo
que esos diez años de ahorro y paciencia fueron una pelotudez inmensa. Que el
sistema siempre gana.
–Los tengo, Martín.
–¿Qué?
–Tengo esa plata, Martín. Mis ahorros
–me dice Tati.
–No, Tati. No. Es tuyo. En serio. Además
no te lo voy a poder devolver hasta dentro de tres años, con suerte. Me quedan
400 pesos por mes. No.
–Pero después vemos, negrito, mirá, si
vos…
–¡Pará! ¡Sí, sí puedo! ¡El aguinaldo,
Tati! El de junio y el de diciembre. En apenas 6 meses te puedo devolver todo! ¡Y
hasta me sobran 400 pesos! ¡El aguinaldo, Tatita!
Y nos abrazamos. Y le agradezco.
Vamos juntos, firmamos muchos papeles,
saludo a los viejos dueños del departamento. Es día de semana: Tati se tiene
que ir urgente a trabajar, y yo también debería. Pero me dan las llaves y estoy
a solo algunas cuadras. No me puedo resistir: voy caminando rápido, subo
escaleras y entro por primera vez a mi departamentito, a mi casa, a mi nuevo
hogar.
Sin soberbia porque no pude solo: me
ayudaron Tati y miles de obreras y obreros que lucharon por el aguinaldo entre
1910 y 1946. Tampoco tengo balcón, ni nada de nada: todo está vacío, blanco, un
mundo nuevo que tengo que empezar a llenar de cero. Lloro tirado en el suelo,
salto, miro por las ventanas, entra aire puro. Meto la mano en un bolsillo y
encuentro un pumita chiquito de plástico que me guardé hace unos días, cuando
había ayudado a una amiga a mudarse.
Entonces antes de irme, dejo al pumita
parado arriba de lo único que hay: el portero eléctrico. Pero quiero que esta
casa tenga algo mío desde ahora mismo. No sé cómo voy a vivir con 400 pesos por
mes ni qué pasará en los próximos años, pero hoy mi vida, otra vez, cambia para
siempre. Hoy conseguí el lugar en el que voy a vivir quién sabe cuánto tiempo.
Hoy, 21 de junio de 2011, no tengo ni
idea de que, 12 años después, el pumita de plástico seguirá acá y que cada vez
que lo vea recordaré, emocionado, que este día existió.